por Luis Enrique Alcalá | Jul 6, 2006 | Cartas, Política |

José Vicente Rangel no es persona que debiera hablar de dignidad. No es digno quien dice una cosa hoy y otra mañana, y de esto hay abundantísima evidencia en el caso de Rangel. Esta publicación, por caso, reprodujo en su número 77 (11 de marzo de 2004), entre otras, la siguiente opinión del Vicepresidente Ejecutivo de enero de 1981 (revista Bohemia, #926): «La camorra no da dividendos. Sobre todo a los gobiernos. Ya que los ciudadanos eligen a sus gobiernos no para que promuevan peleas y pierdan el tiempo en menudas confrontaciones, sino para que trabajen para todos». No ha habido, en toda la historia política nacional algún gobierno más camorrero que éste que Rangel sirve.
Como se anotara aquí la semana pasada, al vicepresidente Rangel le ha dado por aconsejar a un sector de la oposición. El Universal reportaba desde su sitio web ayer a las 4:48 p.m.: «El vicepresidente de la República, José Vicente Rangel, calificó hoy de ‘indignos’ a aquellos precandidatos presidenciales de oposición que acepten el ultimátum dado ayer por la organización Súmate para la organización de las elecciones primarias con el fin de elegir un candidato único opositor».
La razón que Rangel ofrece para esta calificación vino construida (gramaticalmente mal) en el estilo camorrero y agresivo que practica para adular, en contra de sus propias posturas antiguas: «Sería totalmente indigno quienes acepten que un organismo, una franquicia del imperio como es Súmate les imponga las condiciones».
Pero es que aun las personas que se equivocan a menudo no siempre están equivocadas.
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Para seguir en vena de autoreferencia, esta publicación se contó entre las primeras que veían virtudes políticas en el mecanismo de elecciones primarias. La primera vez que se refirió a ellas fue en su #15 del 28 de noviembre de 2002: «El lunes de esta semana [25 de noviembre de 2002] escuchamos del Dr. Aurelio García una idea que nos parece democráticamente correcta y altamente oportuna: que la Coordinadora Democrática proceda de inmediato a la celebración de unas elecciones primarias que determinen el nombre del candidato único de oposición en unas eventuales elecciones presidenciales… Pero es que además de resolver un crucial problema estratégico—la selección de la candidatura única—la preparación y celebración de primarias emitiría una señal poderosísima. La oposición a Chávez estaría diciendo al país y al mundo que está absolutamente segura que vienen elecciones para sustituir a Chávez. De este modo asumiría una iniciativa política que el gobierno no podría ni detener ni arrebatar».
No fue, pues, ocurrencia de doctorpolítico la receta de las primarias—sólo la apoyó—por un lado, y las condiciones políticas del momento eran muy distintas de las de ahora, por el otro. En aquel entonces habría convenido la definición de un precandidato único antes de la celebración de un referendo revocatorio, pues no pocos votantes del 15 de agosto de 2004 negarían la revocación de Chávez al ignorar quién le sucedería si debía abandonar el cargo presidencial.
En las condiciones actuales, en cambio, las elecciones primarias serían un error, y esto lo sabe hasta Súmate. Ya sabe que a las primarias asistiría muy poca gente—que no temería ser listada por Tascón o su suplente—, menos que la que consintió en solicitar el referendo revocatorio, y que por tanto se vería seriamente desacreditada por el rotundo fracaso de lo que vendió por tanto tiempo. (A pesar de las encuestas que registran alto apoyo a la fórmula de las primarias ¿dónde está el movimiento de calle en apoyo a Súmate?) Por esto ya Súmate está convencida de que lo mejor para sus intereses es que no haya primarias mientras pueda echarle la culpa a otros de su reculada. Esta peculiar ONG, un actor político que actúa como si fuera tutor de candidatos y partidos, ha dado un ultimátum que vence a las cinco de la tarde de hoy, y que exigiría la aquiescencia de los candidatos con mayor intención de votos a su favor—el trío BPR de Borges, Petkoff y Rosales—a las reglas y requisitos que exige.
Una lectura de los documentos que Súmate quiere aceptados y firmados incluye una exclusión: la de Queremos Elegir y Grupo La Colina. En efecto, Súmate ni siquiera los menciona, y en cambio se arroga la Secretaría Técnica de un «Comité Organizador del Proceso de Primarias para Escoger al Candidato de la Unidad Democrática Nacional». Asimismo, Súmate aspiraría que los pretendientes primarios acepten «el compromiso de la Asociación Civil Súmate como organizador del proceso electoral». Nada de las otras dos organizaciones. La arrogancia es tan subida que el ultimátum pareciera expresamente formulado para que se le rechace.
Durante la rueda de prensa en la que anunciaron el pilatoso emplazamiento—no fue Roma, fue el pueblo judío—los directivos de Súmate evadieron algunas preguntas incómodas. Por ejemplo, no supieron contestar por qué la unidad debe ser construida alrededor suyo, ni por qué no hacían primarias con el gentío precandidatural que había accedido entusiastamente a la receta de las primarias, ni por qué se presionaba a Petkoff pero no a Smith, que ha sido el más claro renuente de todos los precandidatos.
Pero es evidente que Súmate se metería en graves problemas si por casualidad dos del trío BPR—Rosales, el único de los tres a quien María Corina Machado visitara para una conversación tête à tête, y Borges, a quien le resultaría muy difícil no acompañar al otro después de que habló tanto a favor de las primarias—decidieran finalmente entrar por el aro marca Plaz. En este caso tendría que poner el huevo que cacareó anticipadamente, y el previsible fracaso tendría un responsable indiscutible. Ya no podría decir que todo se debió a Petkoff. No es esto, sin embargo, lo que la organización espera, sino el rechazo de sus condiciones que le permita decir que no fue por ella que no hubo primarias.
Una retirada definitiva—confirmación de lo que ya había anunciado la semana pasada—dejaría intacta, no obstante, la capacidad organizativa de Súmate. Si estaba dispuesta a organizar unas complejísimas primarias, le sería mucho más fácil recoger 170 mil firmas para postular un candidato ante el Consejo Nacional Electoral antes del 24 de agosto, fecha límite para la inscripción de candidaturas.
Debe ser, si no un curso ya decidido, una enorme tentación para Súmate su metamorfosis final en partido u organización franca y abiertamente política. («…anuncia Súmate, por boca de su líder María Corina Machado, que hace metamorfosis para convertirse en la crisálida de un ‘movimiento ciudadano nacional’—aún no es el tiempo de emergencia de la final mariposa política—dedicado a ‘defender los derechos democráticos de la ciudadanía’». En la Carta Semanal #129-130 de doctorpolítico del 17 de marzo de 2005). Durante largo tiempo—mientras duró la hegemonía opositora de la extinta Coordinadora Democrática—debió limitarse a servir de brazo operativo y técnico a planes formulados por cabezas distintas a las suyas propias. Ahora que los «políticos de siempre»—que el diario El Nuevo País acusará como por casualidad del pecado imperdonable de conversar y pactar con el gobierno—han impedido la expresión democrática en primarias de la «mayoría opositora», puede ser el tiempo para revolverse y embestirlos hasta aplastarlos, para ofrecer un canal político—de derecha—enteramente nuevo.
Así, podría Súmate fusionarse con núcleos que participen de su interpretación de las cosas, con organizaciones de ideología afín. Por ejemplo, con Un sueño para Venezuela—Gerver Torres, apoyado por el Banco Venezolano de Crédito que preside Oscar García Mendoza, socio de Marcel Granier en el desaparecido pero latente «movimiento 4D» y gran padrino de Súmate—el que puede reivindicar un trabajo de años en la promoción popular de valores liberales. De allí podría salir un candidato de última hora—los mismos Granier y García Mendoza, Rafael Alfonzo, u otro similar. Alguien que «le hable claro al país».
Es Súmate, pues, el agente que divide a la oposición, aislando a los «participacionistas» a partir de las siguientes premisas: que el gobierno no cree en la alternabilidad democrática y por tanto jamás entregaría el poder que perdería en «elecciones limpias»; que lo que cabe es provocar una «crisis de gobernabilidad» para que caiga el gobierno. (O porque Baduel se atreviese a rebelarse contra quien la ha conferido un tercer sol de general, o porque los marines viniesen a salvarnos).
En número anterior (#187, del 27 de abril de 2006) se hacía referencia a lo expuesto en una cierta conferencia, en estos términos:
«La conferencia se inició asentando como premisa—según se dijo suprema—de todo el asunto, la absoluta seguridad de que el actual titular del cargo presidencial no cree en la alternabilidad democrática y, por tanto… No se dijo más nada. La premisa no fue más comentada ni expandida durante toda la exposición, aunque proyectó su sombra sobre todo el resto de lo argumentado. Luego se describió a grandes rasgos el mecanismo de primarias y se rebatió, de forma persuasiva, los inconvenientes que usualmente se oponen a la idea de las mismas. Lo que más se enfatizó, sin embargo, fue la exigencia de que el candidato más votado tendría que convertirse en el sumo adalid de la lucha por condiciones electorales confiables, y retirarse de las elecciones, no con 5% en las encuestas, sino con 40% gracias a las primarias, lo que es preferible y sí ‘tendría impacto»’ en caso de ‘ser necesario’. Fue luego de todo eso que se suscitó una ronda de intervenciones de algunos asistentes. Uno de ellos argumentó que el gobierno no es demócrata y por tanto jamás sería derrotable por vía electoral, razón por la cual ‘lo que había que hacer’ era crear, mediante el retiro de la candidatura, una ‘crisis de gobernabilidad’ que pudiera ser aprovechada por otros factores de poder que acabaran con el régimen. Entonces quien ofreciera la conferencia se dirigió al ponente de la receta descrita para decirle: ‘Pues mira, eso es exactamente lo que estamos buscando’».
Por tal razón doctorpolítico expresaba esta opinión: «Las primarias, definitivamente, permitirían que los electores participaran en la decisión de escogencia del candidato. Serían, es obvio, más democráticas. Pero si se las quiere emplear, en diabólica, insincera y arrogante manipulación, para entusiasmar a muchos electores en una candidatura cuya misión, sin que los ciudadanos lo sepan, es retirarse para generar problemas de gobernabilidad al gobierno y ejecutar después alzamientos o intervenciones extranjeras, entonces debemos rechazarlas con el mayor denuedo. Ya se nos llevó una vez, como corderos, al riesgo de la muerte el 11 de abril de 2002, mientras una necia conspiración se aseguraba de capitalizar, para una autocracia que jamás fue escogida en primarias, el beneficio del sacrificio».
La persona que hacía la presentación reseñada es, sépase, altísimo directivo de Súmate. No es necesario, por los momentos, identificarla. La mayoría de los lectores de esta publicación sabe que ésta se rige por un cierto código de ética de la «Medicina Política», compuesto y jurado por el suscrito en septiembre de 1995. Una de sus estipulaciones establece: «Protegeré el secreto de lo que se me confíe como tal, a menos que se trate de intenciones cuya consecuencia sea socialmente dañina y yo haya advertido de tal cosa a quien tenga tales intenciones y éste probablemente las lleve a la práctica a pesar de mi advertencia». Que Dios me agarre confesado.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Jul 4, 2006 | Fichas, Política |

LEA, por favor
La voz amable del Dr. Francisco Kerdel Vegas me ha enseñado más de una cosa. Por ejemplo, que el ilustre fundador de la patología, el alemán Rudolf Virchow, que también fue político en la época de Bismarck y uno de sus más fieros oponentes, entendía su actuación pública como un acto de carácter médico. Recientemente me introdujo al asombroso mundo intelectual de Theodore Zeldin, el autor de un libro sorprendente: Una historia íntima de la humanidad (1994). De esta insólita obra se comenta: «El notable libro de Theodore Zeldin ofrece al lector una nueva visión del pasado. Mientras otros historiadores se han concentrado en la historia política, social o económica, Zeldin escribe aquí acerca de la historia emocional…»
Una mera ojeada al índice del libro advierte de una vez que estamos ante una aproximación inusual. Contiene capítulos que se llaman De cómo los humanos han perdido repetidamente la esperanza, y cómo nuevos encuentros, y un nuevo par de lentes, la revive, Por qué ha habido más progreso en la cocina que en el sexo, De cómo aquellos que no quieren ni dar órdenes ni recibirlas pueden convertirse en intermediarios, De cómo incluso los astrólogos resisten su destino, o Por qué la crisis de la familia es sólo una etapa en la evolución de la generosidad.
El contenido mismo, naturalmente, es tan sugestivo e interesante como esos títulos. Dice, por ejemplo, en el primer capítulo: «La conclusión que extraigo de la historia de la esclavitud es que la libertad no es sólo un asunto de derechos a ser guardados en el altar de la ley. El derecho de uno a expresarse todavía le deja con la necesidad de decidir qué decir, de encontrar a quien escuche, de hacer que las palabras de uno suenen hermosas; éstas son destrezas que necesitamos adquirir. Todo lo que la ley dice es que podemos tocar nuestra guitarra, si es que podemos obtener una. Así que las declaraciones de derechos proveen sólo unos pocos de los ingredientes con los que está hecha nuestra libertad». Nos pone a pensar.
El trozo escogido para esta centésima Ficha Semanal de doctorpolítico corresponde al comienzo del capítulo que Zeldin tituló De cómo el respeto se ha hecho más deseable que el poder. Como es su método, arranca por la referencia a un caso real, a la descripción de las emociones de una persona concreta, que es siempre una mujer. En este caso reporta las inquietudes de una alcaldesa de Estrasburgo, que sostiene: «La política es un aprendizaje interminable, que requiere que uno se adapte al hecho de que los demás son diferentes». Una percepción alejada de las pretensiones de Aristóbulo Istúriz, quien acaba de decir en el «III Congreso Pedagógico Nacional», como rasero y rastrero igualador: «Cada maestro tiene que estar casado con el modelo de república, y nuestra ideología política tiene como objetivo construir la ideología socialista del siglo XXI». Istúriz nos quiere hormigas.
LEA
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Historia emocional
Soñar, dormir y olvidar. ¿Es que algún estadista ha reivindicado alguna vez ser un especialista en estas artes? Sólo la alcaldesa de Estrasburgo, Catherine Trautmann. Todavía en sus treinta, electa para presidir la capital parlamentaria de Europa ¿es que esta mujer está sugiriendo que la música de la política nunca sonará igual de nuevo?
Su aventura comenzó con una tesis sobre el soñar, el dormir y el olvidar, con especial referencia a los gnósticos. Éstos eran una secta que floreció más o menos en tiempos de Jesucristo, y cuya creencia esencial era que cada individuo es un extraño en el mundo; que incluso Dios es un extraño, pues Su creación es imperfecta y tampoco Se siente cómodo en ella. Eran, sin embargo, una secta de optimistas, convencidos de que todo el mundo encontraría la salvación, o al menos aquellos que desvelaran el simbolismo que es el envoltorio del mundo y descubrieran los rituales necesarios para triunfar sobre el mal. La cristiandad compitió con el gnosticismo y luego tomó prestadas nociones de él; más tarde William Blake, Goethe y Jung estarían entre las grandes mentes que se inspiraron en él. Catherine Trautmann piensa que los gnósticos tienen mucho que decir a la gente moderna que, como ellos, se encuentra incómoda en un mundo injusto. Eran marginales, y ella también lo es (es decir, no se siente parte de un orden establecido, que pretende que las cosas son como deben ser). Los gnósticos tenían «una cierta separación», que ella también procura cultivar. Trataban de ver más allá de las apariencias, para encontrar un significado oculto en lo que parece insignificante, llevar a cabo «una exégesis del alma»; y ella, igualmente, dice que lo que más le interesa no es lo obvio, sino lo que ha sido olvidado. Ellos creían que los aparentes contrarios no eran necesariamente diferentes, y trataban de trascender las diferencias entre lo masculino y lo femenino, lo que resonó con ella, cuyo primer instinto político fue el de un instinto feminista de cambiar el modo con que la gente se trata.
Sin embargo, para alcanzar sus metas hizo una elección deliberada. En vez de enrolarse en el movimiento feminista, se unió a los socialistas. Para mejorar al mundo, se dijo a sí misma, uno no puede permanecer distante, sino participar de la corriente principal. Decidió convertirse en «una marginal integrada a la sociedad», cambiándola desde adentro. Sigue siendo una marginal, pero esto significa ahora que preserva su libertad dentro de la sociedad, sin permitir que la marginalidad se convierta en egoísmo o soberbia. En cualquier caso, los marginales no olvidan sus sueños.
Cuando era niña, ella se decía siempre que no debía olvidar lo que había aprendido, pero siendo adolescente leyó a Freud, y se dio cuenta de que el olvido no es siempre accidental. Por un lado, estaba decidida a convertirse en la clase de persona que quería ser, por lo que cuidadosamente elaboró una lista de sus objetivos. Por la otra, no logró convencerse de que alguna vez descifraría los misteriosos procesos que llevan a una persona a actuar de una manera y no de otra. Su tesis sobre los gnósticos no explica su política actual; era un ejercicio dentro de un marco académico, pero asimismo era un intento por descubrir lo que estaba buscando, y no se ha convertido en un político convencional, puesto que aún se encuentra en el proceso de «desentrañar», tratando de obtener sentido de ella misma y de otros.
Cuando fue elegida alcaldesa, a la edad de treinta y ocho años, le dijo su hija: «Tú quisiste ser alcaldesa durante un largo tiempo y nunca me lo dijiste». A lo que ella replicó: «No sabía que eso era lo que quería». Pero un amigo dijo: «No puedes pretender que es accidental que seas alcaldesa. ¿Es que no puedes ver que has estado apuntando a eso todo el tiempo?» No, dijo Catherine Trautmann, «No me di cuenta de que lo estuve». No es fácil saber qué es por lo que uno está luchando. Y se pregunta: «¿Cuál es mi meta ahora que soy alcaldesa?» Esto no tiene una respuesta simple.
Piensa en su familia de una vez, antes de que pueda enunciar algún gran principio político. Una de las primeras metas de su vida fue la de tener una exitosa asociación con su esposo. Los políticos no comienzan normalmente a hablar de sus vidas privadas, aun cuando es ése el único interés que comparten con todos sus electores, excepto aquellos que se mueven por ambiciones más solitarias. El acuerdo al que llegó con su esposo, cuando se casó a los diecinueve, era que ninguno limitaría jamás la libertad del otro. Ella «ama a la política», dice. Es una pasión, como un amorío. «Mis dos hijas han aceptado esto muy bien, pues les digo que la política es muy importante en mi vida». Esto significa que les ve menos de lo que de otro modo desearía. «No soy una supermujer». Su esposo, sus padres y un círculo de amigos compensan creando una red de afecto en torno de las niñas. Eso no es algo que ocurra naturalmente. Ella sabe cuán difícil es para una madre que trabaja encontrar un pesebre: su propio fracaso en encontrar uno fue el acicate que la llevó a la política en primera instancia.
No obstante, aun con toda esta buena voluntad y esta paciencia, un matrimonio podría romperse. Una mujer, dice, puede ser muy exigente al querer ser escuchada; su insistencia puede ser «brutal». Un día, «me dije a mí misma detente. Estás pidiendo demasiado. Las relaciones matrimoniales tienen una tendencia a convertirse en teatro, en obras representadas una y otra vez… Una alcanza la escena 3 del acto 5… Una se da cuenta de que está actuando. Se hace víctima del hábito que una permite le lleve». La clave que permite alejarse de la escena es la decisión de que uno nunca debe permitir que el desprecio entre a su vida. «El desprecio es la peor de todas las cosas, es una forma simbólica de matar a una persona. Eso me rebela».
Su conclusión poco convencional es que no se trata de que la política le ofrezca una clave, un dogma, una solución a todos los problemas. Habiendo estudiado las disputas teológicas de tiempos antiguos, se sorprende por la similitud de la forma de pensar de los políticos modernos y los teólogos de antaño. «Eso hace imposible que vaya repitiendo ingenuamente un discurso ideológico». Los políticos pueden formar tienda aparte con otros que en términos gruesos tengan opiniones compartidas, pero dentro de cada partido siempre hay conflicto. A ella le gusta acometer estos conflictos, encontrar estratagemas para manejarlos, siempre que haya reglas de juego, como en un deporte. La búsqueda del poder no puede ser la meta, porque «las personas con poder pierden una parte de su identidad: hay una tensión constante entre uno mismo y el cargo público que se detenta», entre el individuo y la forma tradicional de ejercer autoridad. Ella quiere que los políticos sigan siendo seres humanos. Los que más le gustan son los políticos «atípicos». Lo que más importa en la clase de política que prefiere es la continua búsqueda, por los políticos, de su propia comprensión, de su «desarrollo espiritual».
No deben esperar el éxito, puesto que cada victoria es provisional, un mero paso, nunca el paso final. La política es un aprendizaje interminable, que requiere que uno se adapte al hecho de que los demás son diferentes. Ésa es su recompensa, el descubrimiento de la diversidad de la humanidad: «El estar en política es una forma maravillosa de observar la variedad de la vida». Y, por supuesto, la vida está llena de fracasos: «Es importante reconocer los propios fracasos: la prueba de los políticos está en cuán bien puedan aceptar sus fracasos». Las mujeres se atemorizan de la política, dice, porque la perciben como un mundo «duro», pero de hecho tienen una ventaja sobre los hombres: las mujeres «tienen dos lados», ven el mundo como público y privado, lo que les protege de perderse en abstracciones. «Las mujeres tienen más libertad como políticos; los hombres aceptan de éstos una buena cantidad de cosas que no tolerarían los unos de los otros, y con las mujeres hay una expectativa de nuevas ideas, de cambio».
En su juventud estuvo también atemorizada, y no sólo de las políticas: «tímida, ansiosa en la compañía de otros». Como madre joven se preocupaba porque no estaba segura de cómo tratar con sus hijas, o cómo contestar sus preguntas. Así que su ambición se convirtió en una «superación de mi timidez». Siempre se sintió una persona solitaria, lo que parece contradecir su imagen de persona feliz en el trabajo y el hogar. «La soledad es mi pilar interno, mi jardín secreto. Nadie entra, excepto quienes me son más cercanos».
Catherine Trautmann procura seguir siendo una persona doble. «Abuela Mermelada» era su apodo de estudiante. Todavía es su afición favorita confeccionar mermeladas y conservas de membrillo, calabaza y tomate según sus propias recetas. Disfruta haciendo ropa y «objetos inusuales», obras de arte que construye de una miscelánea de pedazos. Los artistas de humor amargo y sarcástico son los que más le agradan, los surrealistas y los grandes caricaturistas. En casa no da discursos. Cuando está con su esposo no es la alcaldesa.
La reina Isabel I de Inglaterra dijo: «Sé que tengo el cuerpo de una mujer débil y lánguida, pero tengo el corazón y el estómago de un rey». Tener el estómago de un rey ya no es más una ambición adecuada. El modelo del Hombre Fuerte que puede inspirar obediencia está obsoleto. El tejido que Catherine Trautmann hace de sus vidas privada y pública sugiere que la política puede tener una textura diferente. Ella es para sus oponentes, por supuesto, sólo otro rival a ser excluido, y uno de sus lados es de hecho el combate de la tradicional guerra de la política, pero su lado menos obvio es indicio de nuevas posibilidades en las relaciones humanas.
Theodore Zeldin
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