Las cosas ya no son tan simples

 

A Superchamo, un día después del Día del Padre

 

Ya no vivimos la Revolución Industrial, cuando toda ideología se inventara; ahora vivimos la de la Internet, la telefonía móvil, las tabletas, las interacciones instantáneas, las enciclopedias democráticas, las apps. La de la biogenética, la cirugía mínimamente invasiva, la posibilidad de introducir al planeta especies vegetales o animales nuevas. La de una sonda espacial posada sobre un cometa, la comprobación experimental de la partícula de Dios o Bosón de Higgs, la fotografía cada vez más extensa y detallada de los componentes del cosmos, la materia oscura, la geometría fractal y las ciencias de la complejidad. La de la explosión de la diversidad cultural, la del referendo, del escrutinio inmisericorde de la privacidad de los políticos y el espionaje universal. La del hiperterrorismo, las agitaciones políticas a escala subcontinental, el cambio climático. Nada de esta incompleta enumeración cabe en una ideología, en la cabeza de Stuart Mill, Marx, Bernstein o León XIII. Cualquier ideología—la pretensión de que se conoce cuál debe ser la sociedad perfecta o preferible y quién tiene la culpa de que aún no lo sea—es un envoltorio conceptual enteramente incapaz de contener ese enorme despliegue de factores novísimos y revolucionarios. Ésta es una revolución de revoluciones.

El medio es el medio – 29 de abril de 2015

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Cuando aprendíamos Historia Universal en la escuela primaria nos enseñaban a dividirla en dos eras, la Prehistórica y la Histórica, y a dividir a la vez a ésta en cuatro edades: Antigua, Media, Moderna, Contemporánea. Pues bien, es tiempo de que tomemos conciencia de que estamos, no ya cerrando un siglo, no ya cerrando un milenio y abriendo otro, sino en el mismo comienzo de una nueva edad de la historia, la que me atreveré, en este auditorio de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia, a bautizar con un nombre: la Edad Compleja.

El comunicador necesario: ¿especialista o generalista? – 19 de mayo de 1994

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La humanidad que se enfrenta a la enumeración contenida en el primer epígrafe ha alcanzado, en abril de este año, los 7.700 millones de habitantes del mundo. Cuando nací, todavía la población mundial no había llegado siquiera a 2.500 millones; esto es, ella se ha triplicado tranquilamente (?) mientras he vivido.

El 8 de febrero de 1985 formulé por primera vez—en Proyecto SPV—la siguiente conjetura:

Si se piensa en la distribución real de la «honesti­dad»—o, menos abstractamente, en la conducta promedio de los hombres referida a un eje que va de la deshonestidad máxima a la honestidad máxima—es fácil constatar que no se trata de que existan dos grupos nítidamente distinguibles. Toda sociedad lo suficientemente grande tiende a ostentar una distribución que la ciencia estadística conoce como distribución normal de lo que se llama co­rrientemente «las cualidades morales»: en esa sociedad habrá, naturalmente, pocos héroes y pocos santos, como habrá también pocos felones, y en medio de esos extremos la gran masa de personas cuya conducta se aleja tanto de la heroicidad como de la felonía.

No hacía otra cosa que proyectar, sobre la inasible noción de la moralidad humana, la distribución típica de variables como la estatura o el cociente intelectual. Digamos, 5% de héroes o santos (una Madre Teresa de Calcuta por planeta), 5% de malandrines a tiempo completo y 90% de gente equidistante de tan opuestos extremos. Creo razonable la hipótesis—en ausencia de un moralímetro que Hewlett-Packard no ha inventado aún—de que hoy vivimos en compañía de 385 millones de personas peligrosísimas.

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Yehezkel Dror transcribe otra enumeración de nuevos factores que toma del McKinsey Global Institute: la de tecnologías emergentes disruptivas. (En Avant-Garde Politician: Leaders for a New Epoch, 2014). Es decir, tecnologías que cambiarán la vida de los humanos en modo imprevisto, con efectos positivos y también perniciosos: 1. la Internet móvil; 2. la automatización del trabajo del conocimiento; 3. la Internet de las cosas; 4. la tecnología de nubes; 5. la robótica avanzada; 6. los vehículos autónomos y cuasi-autónomos; 7, la genómica de nueva generación; 8. el almacenamiento de energía; 9. la impresión 3D; 10. los nuevos materiales; 11. la exploración y recuperación avanzadas de petróleo y gas; 12. la energía renovable. (A continuación añade: “Asimismo se menciona en el documento [de McKinsey], aunque no las discute en detalle, la fisión nuclear de próxima generación, la energía de fusión, la captura de carbono, la purificación avanzada del agua y la computación cuántica”).

Todos esos desarrollos, y otros no enumerados o por emerger, tendrán implicaciones políticas pero uno en particular, la proliferación de redes en la Internet—la “Red de redes”—es ya un proceso que conlleva bienvenidas potencialidades y, al mismo tiempo, efectos grandemente nocivos.

Es tiempo, por ejemplo, de proliferación de noticias falsas (fake news) y la difamación programada por puro interés político. Es posible defenderse de tan dañina práctica; Google News, por caso, ha incorporado a su servicio de las principales noticias una sección de verificación fáctica (Fact check), y más de un sitio web se dedica a desmontar las mentiras más absurdas. No es que la difamación por razones políticas sea algo nuevo; en La Guerra Civil ¿Cómo pudo ocurrir?, Julián Marías apunta al exponer el tercero—pereza—de once factores que explican su eclosión: ¿No era una época en que los intelectuales gozaban de gran prestigio, no había entre ellos unos cuantos eminentes y de absoluta probidad intelectual? Ciertamente los había; pero encontraron demasiadas dificultades, se les opuso una espesa cortina de resistencia o difamación”.

Pinocho digitalizado

Todos sabemos que Donald Trump ejerce el cargo más poderoso del mundo creando fake news en sus compulsivos tuits, que comúnmente inicia al despuntar el día en Washington D. C., y registra Wikipedia (en Defamation): “From early times, people have comprehended defamatory and injurious statements made in a public manner (convicium adversus bonos mores)”. Luego registra la gran enciclopedia que en la Inglaterra anglo-sajona—entre los siglos V y XI—se penaba la calumnia cortando la lengua del infractor; ahora habría que cortar el acceso informático de decenas de millones de calumniadores; unos cuantos crédulos diseminan las calumnias sin considerar su veracidad, animados por lo sustancioso o picante de las falsas afirmaciones que dan por veraces.

A mayores escalas, algunos países pueden involucrarse en actividades grandemente dañinas. Sergey Naryshkin, el jefe de la agencia de inteligencia exterior de Rusia (SVR), ha denunciado según Russia Today que algo así emplean los Estados Unidos contra Venezuela:

Los métodos empleados para influir y desestabilizar otras naciones incluyen la creación de estructuras orientadas a la red que pueden operar sobre premisas de activismo público, ciencia, religión o extremismo, dijo el funcionario ruso. Después de recolectar datos sobre las líneas de falla en una sociedad bajo la mira, esas estructuras son usadas para atacar los puntos débiles en ataque sincronizado, abrumando la capacidad de respuesta de las naciones a sus crisis. Simultáneamente, los perpetradores empujan una narrativa, a través de medios globales y redes sociales, que sostiene que la única manera de resolver los problemas es el reemplazo del gobierno de la nación víctima por otro, posiblemente con apoyo extranjero directo. “Podemos observar cómo este escenario está siendo implementado en Venezuela”, dijo Naryshkin.

Claro, la misma Rusia ha sido acusada de prácticas de ataque cibernético sobre la política o la economía estadounidenses. ¿A quién creer? ¿A ninguno o a ambos?

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¿La buena noticia? La red está siendo crecientemente empleada para el alojamiento de espacios del ejercicio democrático, ahora potenciados por la tecnología blockchain (cadena de bloques). Ya la Unidad de Previsión Científica del Parlamento Europeo recomendaba ese preciso camino (EPRS_ATA(2016)581918_EN) a fines de 2016. Una tecnología extraordinariamente confiable existe para, incluso, someter a la legitimación de los ciudadanos del mundo algo como la Constitución de la Humanidad que el profesor Dror ha venido recomendando, al insistir en la sustitución de la razón de Estado por una razón de Humanidad.

Otra buena noticia está pronta a llegarnos desde la computación cuántica:

Hoy en día, la Internet es terreno de juego para los hackers. Desde enlaces de comunicaciones inseguras hasta datos inedecuadamente almacenados en la nube, las inseguridades están por todas partes. Pero, si los físicos cuánticos se salen con la suya, tales debilidades pronto tendrán el destino del pájaro dodo. Ellos quieren construir redes cuánticas (…) en las que la información se cree, se almacene y se mueva en formas que reflejan el extraño comportamiento del mundo cuántico (…) Liberados de muchas limitaciones de las redes “clásicas”, estos sistemas pudieran proveer un nivel de privacidad, seguridad y poder computacional que son imposibles de lograr con la Internet de hoy en día. (La Internet Cuántica está emergiendo, un experimento a la vez. Scientific American, 19 de junio de 2019).

La criptografía cuántica ya había iniciado su camino en la década de los ochenta del siglo XX.

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Cada instrumento inventado por el hombre puede ser empleado para propósitos beneficiosos o perniciosos; la diferencia está ahora en la escala de su impacto. Depende de nosotros, ahora millardos de nosotros, cuál vaya a ser el uso que prevalezca, y 7.315 millones de personas no somos delincuentes a dedicación exclusiva. También, dependerá el curso de los acontecimientos humanos de que los líderes correctos aprendan el empleo de las poderosas tecnologías disruptivas.

“La bondad nunca se equivoca”, nos dijo infaliblemente Pedro Grases.* LEA

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Ésa es precisamente la razón por la cual el Sr. Trump se equivoca a cada rato: Donald Trump no es un político virtuoso. (19 de marzo de 2016).

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