El amigo inmerecido

 

A Mary Taurel

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Conocí a Gerd Stern en Caracas, en 1973. Ya había venido a Venezuela antes, invitado por quien lo hubiera descubierto: el Ministro de Obras Públicas del primer gobierno de Rafael Caldera, José Curiel Rodríguez. Éste había identificado las capacidades de una pequeña empresa de comunicaciones en Cambridge, Massachusetts: Intermedia, de la que Gerd era el factor principal.

El término multimedia hace referencia a cualquier objeto o sistema que utiliza múltiples medios de expresión físicos o digitales para presentar o comunicar información. De allí la expresión multimedios. Los medios pueden ser variados, desde texto e imágenes, hasta animación, sonido, video, alto nivel de interactividad​. También se puede calificar como multimedia a los medios electrónicos u otros medios que permiten almacenar y presentar contenido multimedia. Multimedia es similar al empleo tradicional de medios mixtos en las artes plásticas, pero con un alcance más amplio. (Wikipedia en Español).

Era eso, justamente, la especialidad de Intermedia, y Curiel contrató sus servicios para montar, en el Campo de Carabobo, un espectáculo multimedia que se conoció desde entonces como el Diorama de Carabobo, el que logró impresionar a todo visitante ulterior del terreno de batalla donde se sellara la independencia de Venezuela. Al comienzo del siguiente período constitucional, Diego Arria Salicetti, Gobernador del Distrito Federal, requirió de nuevo la presencia de Intermedia, la que concibió e instaló al frente de la Plaza Bolívar de Caracas otro dispositivo multimedia similar. Gerd Stern, a quien vi por primera vez en casa de Arria antes de la elección de Carlos Andrés Pérez, era el director de esa orquesta y me invitó a su segundo concierto.

Algo hizo clic entre ambos; luego de alucinar con la riqueza sensorial del asombroso espectáculo, descubrí en Gerd un intelectual inquieto, moderno, profundo y nada convencional, repleto de sabiduría insólita, insospechada por mí. No sé que vio en mi persona, pero desde el comienzo me ofreció sus peligrosos abrazos de oso y la calidez de su voz de bajo profundo para descubrir ante mis ojos y oídos un universo de cosas nuevas.

Él había calado, por otra parte, la antropología popular venezolana y vibraba con ella; inexplicablemente, había adquirido una afición a la figura de José Gregorio Hernández, de la que preserva todavía una buena colección de estampas, y prefería almorzar o cenar en el restaurante Jaime Vivas de la avenida Este 2, en el que siempre pedía en español agringado con su voz de Chaliapin: “Yo quiere un bistec de hígado cebollado—nunca dijo encebollado—vuelta y vuelta sine cebolla”. (Tenían que cocerlo con abundante cebolla pero ninguna debía venir en su plato). Sé que conoció e hizo amigos en Valencia y Maracaibo además de Caracas.

Mala foto de un collage que Gerd regalara a mi esposa y a mí

Pronto, además, encontré que era poeta; Gerd descompone, recompone y yuxtapone las palabras inglesas para hacernos entender conceptos nuevos que encuentra o inventa, aunque su lengua original es el alemán. Por otra parte, además de la palabra, maneja la visibilidad y construye collages con sólo vocablos, como el que aparece tras él en la fotografía de arriba o el que muestro acá al lado. Gerd es asimismo un artista plástico; en marzo de 2016, admitió en un correo electrónico: “I’m still gluing words together”,

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En diciembre de 1973, lo visité en su casa de Cambridge, donde su esposa de entonces (Sally) y él me alojaron. (Luego la mía y yo les visitamos por Thanksgiving, ahora mudados a New Jersey). De aquella primera visita guardo un exacto recuerdo sonoro, grabado con profundo buril en mis neuronas: la resonante voz de Gerd descubriendo y recitando para mí uno de sus poemas favoritos: The Idea of Order at Key West, de Wallace Stevens. Puedo aún hacer sonar en mi memoria cómo se entrecortó al declamar: She was the single artificer of the world in which she sang… (El poema completo, leído por su autor, al final de Ella cantaba más allá del genio del mar). El 31 de ese mes me llevaron a la casa del importante profesor de Psicología en Harvard, David McClelland—The Achieving Society, Power: The Inner Experience, etc.—y su esposa, Mary Sharpless, para una extraña recepción de Año Nuevo que incluyó la proyección de la maravillosa película de Charles Eames, Powers of Ten. De allí salí con un obsequio de Mary: cincuenta palitos de milenrama, que los chinos emplean desde hace milenios para obtener los hexagramas en una sesión adivinatoria del I Ching, o Libro de los Cambios.

También me presentó en Cambridge al rabino Zalman Schacter-Shalomi, quien dijera famosamente: “Hay más bien que mal en el mundo, pero no por mucho”, y conocí la sede de Intermedia, donde tomé café con Michael Callahan, su socio de toda una vida de creación civilizatoria, high-tech. Nos encontramos en Nueva York—adonde acaba de mudarse—en 1974, y allí me presentó a varios de sus compinches; por ejemplo, a John Brockmann, fundador de Edge y también poeta. Brockmann, luego de regalarme un libro suyo, me admitió en The Reality Club a comienzos de los ochenta, y Gerd me obsequió más tarde una chaqueta de lanzador de béisbol, negra con letras blancas, con mi nombre bordado al frente y el del club en la espalda. (Mi hija mayor la vistió por varios años, pero a mi reclamo la ha devuelto). Han sido o son amigos de Gerd notables personajes del siglo XX y el XXI; mencionaré sólo dos: un poeta, Allen Ginsberg, y un profeta, Marshall McLuhan, nadie menos. (Bueno, añado un músico: Michael Kamen, de quien me obsequió un disco que mucho aprecié y reproduje hasta rayarlo).

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Salto largo. En 2013 coordinamos por Internet, para su visita a Israel, una reunión con otro amigo especial: Yehezkel Dror, Wolfson Professor of Political Science en la Universidad Hebrea de Jerusalén.

Gerd con Yehezkel

 

Y seguimos en contacto bastante frecuente. Hace dos días, me remitió el archivo de una conversación que sostuvo con Raymond Foye. Quedé anonadado; resultó ser que, tras una amistad de cuarenta y seis años, lo que yo conocía de Gerd era sólo una pequeña muestra de su descomunal existencia. Ya la he leído tres veces y seguiré haciéndolo. En mi agradecimiento le escribí:

Estoy a la vez abrumado y orgulloso. El primer efecto fue causado por la complejidad y significación de sólo esa porción de tu increíble, ricamente significativa, grandemente importante odisea, tal como registra tu deliciosa conversación con Raymond Foye: profunda, mágica, iluminada e iluminadora. (…) Orgulloso de que me llames tu amigo. Estoy convencido de que Donald no debe ser reelecto; es absolutamente imposible que te confiera la Medalla Presidencial de la Libertad, que evidentemente mereces como una fuerza de civilización.

Gerd es real; soy un hombre sortario. LEA

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