Hay que hacer caso a los avisos

 

Yo nunca tengo razón; yo siempre tenía razón. (Solía decir el padre del Arqto. Juan Bravo Sananes).

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Corría el año de 1985 y el presidente Lusinchi contestaba, según ritual establecido, la participación de la instalación de un nuevo período del Congreso de la República. En cándida admisión, dijo a los presentes en el acto protocolar celebrado en Miraflores: “…el Estado casi se nos está yendo de las manos”.

¿Qué debiera decir, con idéntica sinceridad, Nicolás Maduro a un año de su Plan de Recuperación Económica? Por la medida chiquita debiera admitir que el Estado se le ha ido de las manos, visto el evidentísimo fracaso de su cacareado remedio.

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“Ya llevamos diecisiete años de diálogo”. Lo dijo primero María Corina Machado, y tardó sólo un día Antonio Ledezma en repetirlo. Diecisiete años atrás estábamos en 2002. ¿A qué diálogo se refieren Machado & Ledezma? ¿Al Carmonazo, la toma de la Plaza de Altamira por militares, el inicio del Paro Petrolero…?

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Ahora hay preocupación en Alemania por los alarmantes pronósticos de un triunfo electoral de la ultraderecha en Sajonia y Brandenburgo, que celebrarán elecciones el 1º de septiembre. Me escribe un informado y competente amigo comentando el fenómeno: “Tenemos muchas alertas. Todo el mundo es una alerta”.

Bueno, sí. Hace tiempo que algunos alertamos:

Es evidente la proliferación de crisis políticas en el mundo en estos tiempos, y tal cosa sugiere que más que sólo eso estamos ante una crisis planetaria de la Política en tanto profesión. No otra cosa es el fenómeno manifestado en el Movimiento de los Indignados, Occupy Wall Street, el ascenso de Podemos en España, el de Syriza en Grecia y la sorpresiva votación de las últimas elecciones del Parlamento Europeo, que fueron un rechazo a las organizaciones políticas tradicionales y la vigorosa expresión de radicalismos de derecha e izquierda.

Venezuela no escapa a este fenómeno; es más, lo ha anticipado. Parece ser nuestro sino ser precursores—o bellwethers, según expresión de John Naisbitt—en materia de problemas; la crisis financiera de 2008 en los EEUU y Europa nos llegó a nosotros en 1994, las privaciones que vive ahora Grecia nos tocaron con el paquete de Pérez a partir de 1989, y esta crisis de las organizaciones políticas tradicionales ya se manifestaba entre nosotros en las encuestas de Gaither a comienzos del gobierno de Jaime Lusinchi. Aquella encuestadora solía preguntar cuál era “el mejor partido” entre las opciones AD, COPEI, MAS y otros. Usualmente obtenía un total de alrededor de 28% de encuestados que no lograban identificar un mejor partido; así fue en agosto del 74, septiembre del 79 y octubre del 83. La medición subió repentinamente a 43% en agosto de 1984, poniendo de manifiesto un repentino desplazamiento sísmico en la opinión ciudadana en este punto.

El proceso venezolano continuó su curso con la crisis del segundo gobierno de CAP entre 1991 y 1992; después con la intención de voto de hasta 70% por Irene Sáez, mientras se la vio como postura antibipartidista antes del apoyo de COPEI. El desagüe electoral de la misma preferencia a través de Chávez, quien en diciembre de 1997, un año antes de su primera elección, sólo alcanzaba de 6% a 8% de intención de voto, ocurrió una vez que Salas Römer se opuso a la constituyente que la mayoría deseaba y aceptó el apoyo de la carne de la guanábana bipartidista: Acción Democrática. Ahora Grecia y la amenaza de Podemos en España parecen seguir el curso que ya nosotros hemos recorrido.

Los electores griegos y españoles no están conscientes de las causas profundas de la crisis; como creyeron los electores que han votado por Chávez y Maduro, entendieron que la cosa era un problema de corrupción y desatención a la pobreza, que la culpa de ésta era de una “exclusión” activa intencional, cuando la verdad es, como lo puso el programa de gobierno de María Bolívar, que ningún Estado puede darle entera satisfacción material ni cultural a la sociedad”, y que no se reúne gente todas las semanas en el Country Club para discutir cómo va a excluir más personas de la riqueza.

La causa de la crisis de la Política en todo el mundo es de orden paradigmático; su etiología es la esclerosis de los marcos mentales desde los que operan los actores políticos tradicionales, y éstos no son otros que la comprensión de la Política como lucha por el poder legitimada por una ideología, y el empleo de imágenes clásicas para intentar la comprensión de la sociedad: las newtonianas de “fuerzas” y “espacios políticos” o las geométricas que representan la sociedad como un pastel que puede cortarse con nitidez. (“…un Acuerdo Nacional para la Transición en el que esté representada la Unidad de todos los ciudadanos de Venezuela, a través de las visiones de los trabajadores, los jóvenes, los empresarios, los académicos, los políticos, los miembros de las iglesias y de la Fuerza Armada, en fin, de todos los sectores nacionales”. Manifiesto de Ledezma, López & Machado, 11 de febrero de 2015).

La emulación, la competencia humana por el poder no va a desaparecer—el instinto territorial está cableado en el piso más primitivo del cerebro humano—pero, como con el boxeo a partir del Marqués de Queensberry, pudiera ser reglamentada. Es posible crear espacios políticos en los que se fuerce una legitimación programática, en vez de ser carismática, tradicional o burocrática, como vio Max Weber, o la que simplemente se fundamenta en la mera descalificación ritual del adversario.

Pero es más fácil todavía postular un nuevo espacio político en el que se proscriba la función ideológica. Las ideologías, en sus variedades conocidas (inventadas en el siglo XIX para manejar los asuntos públicos en sociedades de complejidad mucho menor que las del siglo XXI), son obviamente obsoletas. El mismo día de la muerte de Carlos Fuentes (15 de mayo de 2012), se publicaba simultáneamente en Madrid y Ciudad de México su último artículo: Viva el socialismo, pero… En él preguntaba: “¿Cómo responderá François Hollande a este nuevo desafío, el de una sociedad que al cabo no se reconoce en ninguna de las tribus políticas tradicionales: izquierda, centro o derecha?”

La ideología debe ser suplantada por la metodología, una metodología clínica para un oficio cuyo fin es resolver problemas de carácter público, y las nociones geométricas adecuadas ya no son las euclidianas sino las fractales, las correspondientes a la ciencia de la complejidad. Los conceptos políticos del siglo XIX no pueden asir la compleja realidad de las sociedades del siglo XXI. El uno romano ha escapado del encierro de las equis.

Eso fue escrito el 11 de marzo de 2015 (Una especie política nueva). Pero ya se alertaba el 17 de junio de 1998, en De héroes y de sabios:

Es probable que continúe habiendo un predominio de los “hombres de acción” en las cabezas ejecutivas de los Estados, de los partidos políticos, pero aun en este caso habrá un marcado aumento del espacio y la influencia de los “hombres de pensamiento” en la política.

Es probable que los hombres de pensamiento que se dediquen a la formulación de políticas se entiendan más como “brujos de la tribu” que como “brujos del cacique”. Esto es, se reservarán el derecho de comunicar los tratamientos que conciban a los Electores, sobre todo cuando las situaciones públicas sean graves y los jefes se resistan a aceptar sus recomendaciones.

Pero también es probable que en algunos pocos casos algunos brujos lleguen a ejercer como caciques. En situaciones muy críticas, en situaciones en las que una desusada concentración de disfunciones públicas evidencie una falla sistémica, generalizada, es posible que se entienda que más que una crisis política se está ante una crisis de la política, la que requiere un actor diferente que la trate.

Y luego el nuevo paradigma político se extenderá por el planeta: uno en el que la inteligencia reivindique su espacio y su función y en el que los hombres intelectualmente más capaces no sean tratados como inhábiles políticos.

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Ya en febrero de 1985 se hacía notar lo siguiente: “…no es que descalifiquemos a los actores políticos tra­dicionales porque supongamos que en ellos se encuentre una mayor cantidad de malicia que lo que sería dado esperar en agrupaciones humanas normales. Los descalificamos porque nos hemos convencido de su in­capacidad de comprender los procesos políticos de un modo que no sea a través de conceptos y significados altamente inexactos. Los desautorizamos, entonces, porque nos hemos convencido de su incapacidad para diseñar cursos de acción que resuelvan problemas realmente cruciales. El espacio in­telectual de los actores políticos tradicionales ya no puede incluir ni siquiera referencia a lo que son los ver­daderos problemas de fondo, mucho menos resolverlos”. Son treinta y cuatro años de advertencias (el doble de los diecisiete de “diálogo” de Ledezma & Machado).

Seguiremos advirtiendo, hasta donde nos alcance la mirada. LEA

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