Angela Gheorghiu, soprano extraordinaria (en más de un sentido)

 

La Musique est plus belle encore que la beautè.

François Couperin (1668-1733)

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Roberto Benigni nos enseñó en lección inolvidable que La vita è bella, como la que construyó para su hijo en el encierro de un campo de concentración. No nos quejemos ahora del nuestro, muy distinto y no tan atroz, parecido al tiempo que Jorge Luis Borges describe en uno de sus dos sonetos a Spinoza: “Las tardes a las tardes son iguales”.

Con la belleza no se discute, menos con la de la voz o la estampa de Angela Gheorghiu. Oigamos su hermosa rendición del Ave Maria de la más conocida ópera de Pietro Mascagni, Cavalleria Rusticana, sobre la misma melodía de su famoso Intermezzo:

 

Ave Maria

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Si algo podemos hacer en estos días de cuarentena es oír música bella, como la que acabamos de escuchar y las que siguen; las llevaría a una isla desierta, donde no hay encierro pero sí soledad.

Como Couperin, Alessandro Marcello (1673-1747) fue compositor del período Barroco, sólo que italiano. (¿Cómo no con ese nombre?). Una de mis piezas favoritas es su Concierto para oboe en Re menor, que tiene un bellísimo movimiento Lento. Acá suena con guitarra en lugar del solista de ese instrumento “de madera”—así sonó en la importante película de 1970, Las fresas de la amargura—, y creo que esa instrumentación es muy preferible. (Federico Chopin dijo famosamente: “Sólo hay algo más hermoso que una guitarra: dos guitarras”). El arreglo es de Ian Freebairn-Smith:

 Lento

La mención de Chopin, en el mero centro del Romanticismo, es pretexto para escuchar su precioso Nocturno #19 (op. 72) en Mi menor. Claudio Arrau, gran pianista chileno que hiciera muchos amigos en Venezuela, está a cargo de la ejecución:

 Nocturno en Mi menor

Un paso de varias décadas nos lleva un poco más allá, al Romanticismo maduro de Pyotr Illych Tchaikovsky, compositor de inolvidables melodías. El Adagio de la rosa de su ballet La bella durmiente es ciertamente una de las más entrañables, capaz de superar una observación irreverente: el compositor mexicano Gonzalo Curiel plagió al ruso para su famosísimo bolero Vereda tropical. (Pruebe Ud. a cantar en su memoria “es la brisa que viene del mar” para constatar el robo melódico del nacido en Guadalajara). Anatole Fistoulari se hace cargo de la Orquesta Sinfónica de Londres en esta presentación del maravilloso tema:

 Adagio de la rosa

El cuarto movimiento de la Suite al estilo antiguo En tiempos de Holberg (Andante religioso), del noruego Edvard Grieg es no sólo bellísimo sino muy tranquilizante; propio, pues, para tiempos angustiados. Si puede haber hermosura como ésa, no hemos perdido todo. (O, alternativamente, puede considerarse esto, venezolanos, en Rayuela de Julio Cortázar: “Nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo”). Alfred Gehardt dirige aquí a los músicos de la Orquesta Royal Promenade:

 Andante religioso

Herbert von Karajan al frente de su orquesta, la Filarmónica de Berlín, nos entrega ahora la Danza deslizante de las doncellas, la más dulce de las Danzas Polovetsianas que compuso Alexander Borodin para su ópera El Príncipe Igor. (El tema fue adaptado por Robert Wright y George Forrest en el musical Kismet—estrenado en Broadway en 1953 y llevado al cine dos años más tarde—para la canción Stranger in Paradise, con explícito reconocimiento de la autoría del compositor ruso).

 Danza deslizante de las doncellas

Es de gran nobleza estética el segundo movimiento, Largo, del Concierto para Violonchelo y Orquesta en Sol menor de Dmitri Kabalevsky, su opus 49. El estupendo solista Yo-Yo Ma es acompañado en esta versión por la sedosa Orquesta de Filadelfia, con la conducción de su más longevo director: Eugene Ormandy.

 Largo

El compositor impresionista Ottorino Respighi orquestó estupendamente un tema original para piano de Gioachino Rossini para montar el Nocturno del ballet La boutique fantasque (La juguetería mágica). Esa hermosura nos la entregan ahora Andrew Davis y la Orquesta Sinfónica de Toronto.

 Nocturno

Prontos a cerrar esta Musikalisches Opfer, convoquemos de nuevo a Yo-Yo Ma para que interprete una de las piezas más hermosas de toda la música europea: Canciones que me enseñó mi madre, la cuarta de las siete Canciones gitanas del compositor checo Antonín Leopold Dvořák. Lo acompaña Patricia Zander al piano:

 Canciones que me enseñó mi madre

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¿Cómo sonaba la música del autor del epígrafe, François Couperin? Seguramente fue el más importante de los músicos franceses del Barroco y muy destacado intérprete del clavecín. Poco dado a la correcta escritura, escribía sin embargo Música con inicial mayúscula, lo que es apropiado para un arte al que calificó atinadamente de más bello que la belleza. Las barricadas misteriosas para su instrumento de elección, informa Wikipedia, son “un doble sentido que se refiere simultáneamente a la virginidad femenina y las suspensiones armónicas (progresiones) de la música, cuyas figuraciones de laúd son imitadas para producir un enigmático estancamiento”. (Llegó a sostenerse, incluso, que aludían a los cinturones de castidad). Bueno, acá está esa misteriosa obra en un rarísimo instrumento, la tiorba, derivada del laúd barroco y con ¡catorce cuerdas! Lo pulsa estupendamente el especialista Francisco López.

Les barricades mysterieuses

Cerremos con un homenaje de Maurice Ravel al compositor que acabamos de escuchar. Comenzando la Primera Guerra Mundial, inició la composición de la suite Le tombeau de Couperin—La tumba de Couperin—, la que concluyó en 1917 (un año antes del comienzo de la Gripe “Española”),* y aquí está Sir Simon Rattle para dirigir a músicos de la Filarmónica de Berlín en este fragmento de la obra de Ravel.

 

 

Hasta la próxima. En verdad, nada está perdido hasta que todo esté perdido. LEA

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La pandemia de gripe de 1918, también conocida como la gripe española, fue una pandemia de gravedad, causada por un brote del virus Influenza A del subtipo H1N1. A diferencia de otras epidemias de gripe que afectan principalmente a niños y ancianos, sus víctimas fueron también jóvenes y adultos saludables, y animales, entre ellos perros y gatos.​ Se considera la pandemia más devastadora de la historia humana, ya que en solo un año mató entre 20 y 40 millones de personas. (…) Recibió el nombre de gripe española porque la pandemia ocupó una mayor atención de la prensa en España que en el resto de Europa, ya que no estaba involucrada en la guerra y por tanto no se censuró la información sobre la enfermedad. Aunque el origen del virus se acepta que fue Estados Unidos—fue el 4 de marzo de 1918 en Camp Funston, uno de los campamentos militares establecidos en Kansas tras el comienzo de la I Guerra Mundial donde se registró el primer caso—, un estudio de 2014 plantea la hipótesis de que el origen de una de las cepas letales del virus pudo estar en Madrid, aunque sin pruebas científicas de que esto fuera así. (Wikipedia en Español).

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