El medio es el mensaje. (Marshall McLuhan, 1964).

 

Después de haber leído en este blog Siempre hay una primera vez (24 de abril de 2020), una estimada amiga me envió este mensaje por WhatsApp: “Eso que Ud. plantea en el enlace anterior sería factible en alguien sensato, pero en un obtuso como el Sr Maduro no creo… mi opinión humilde”. Lo primero que atiné a responder fue reiteración del comienzo de esa entrada:

Desde el momento mismo de su primera elección como Presidente de la República, el 14 de abril de 2013, Maduro ha sido blanco de una incesante serie de acusaciones y agresiones: que esa elección había sido fraudulenta, lo que jamás fue probado; que él no era Chávez y podía ser depuesto de un soplido; que tenía doble nacionalidad—lo que Colombia ha desmentido—; que no podía permitirse que prosperara un incipiente período de cooperación de su gobierno con algunas alcaldías en manos opositoras (ante problemas de inseguridad ciudadana); que no se creyera en su disposición a dialogar, aunque dijera a líderes opositores en Miraflores que veía en sus rostros la buena voluntad; que era un compromiso “no transable” de la Asamblea Nacional lograr la cesación de su gobierno en pocos meses; que la misma Asamblea solicitara la intervención de la Organización de Estados Americanos mediante la aplicación a Venezuela de la Carta Democrática Interamericana; que había abandonado su cargo; que usurpó el poder del Pueblo al convocar elecciones de la Asamblea Nacional Constituyente; que podía asesinársele a control remoto con drones bombarderos; que su segunda elección fue no sólo fraudulenta, sino también inconstitucional, etcétera.

Después añadí: “Si parece obtuso, tal vez haya influido en eso el comportamiento de sus opositores, y obtendría alivio y ventajas en el camino que le señalo. Es un hombre con una misión encomendada por su predecesor, y eso ciertamente contribuye a la inflexibilidad”.

Cerré el intercambio con lo que sigue:

“Creo que mis servicios y obligaciones para con un paciente se han completado una vez que he revelado el significado escondido y secreto de sus síntomas. La cura reside en ese mismo acto. Realmente no es mi responsabilidad si acepta mi diagnóstico o no, aunque por supuesto no habrá cura a menos que lo acepte. Por tanto, para mí es urgente que ella crea en mi solución y trabaje fielmente con mis indicaciones. Si los dolores son la culpa de Emma obviamente no soy yo el culpable; por tanto, ella ha fracasado en su propia cura y no soy responsable de ninguna parte del fracaso”. (Sigmund Freud comentándole a su esposa un sueño que había tenido y que relacionaba con una paciente renuente a aceptar su diagnóstico y su tratamiento. En Pasiones del Espíritu, la biografía de Irving Stone sobre Freud).
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Mi obligación como médico (político) es exponer el mejor tratamiento disponible. La cualidad de “obtuso” que Ud. adjudica a Maduro equivale a declararlo constitucionalmente incapaz de razonar, y esto no nos consta. Como apunté al comienzo de la entrada que Ud. pone en duda, Maduro ha estado abierto al diálogo en más de una ocasión. Se le atribuye, por ejemplo, que se retiró del diálogo en Barbados por una nueva tanda de sanciones estadounidenses y eso no es verdad; se retiró luego de que Guaidó las justificara.

Hasta ahora no hay reacción ulterior de la amable corresponsal.

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En los análisis de nuestro proceso nacional es muy frecuente toparse con psicologizaciones de aparente sofisticación política; por ejemplo, que las recientes decisiones gubernamentales de vigilancia adicional de la industria alimenticia venezolana son “para demostrar quién tiene el control”. Son como ésas, proferidas de lado y lado de nuestro combate político, que pretenden saber telepáticamente “lo que busca Maduro” o “lo que intenta Ramos Allup”. Nadie tiene acceso a sus cabezas.

Mi gentil interlocutora no es de quienes llevan la cosa a cotas “superiores”, aquéllas esgrimidas por “sofisticados” estrategas de bolsillo que se refugian en preceptos como “el enemigo de mi enemigo es mi amigo” o “lo que es igual no es trampa”. Otros me han dicho: “No hubo fraude, pero hay que decir que lo hubo” o “la buena noticia es que la crisis continúa”. Usualmente, he escuchado cosas como ésas de personas que adoptan aires de superioridad, reforzados por una sonrisa mientras hablan. Cuando se preparaba, en total ignorancia mía, la telenovela de Guaidó, alguien a quien respetaba postuló que nuestros problemas eran a esas alturas un “asunto de Derecho Internacional” y que por tanto “¡lo importante es lo que piense Francia!” Más recientemente, alguien graduado justamente en París, en Ciencias Políticas, quiso justificar su renuencia a cualquier salida referendaria aduciendo sólo que “la Política es el arte de lo posible”.

Absolutamente todo lo que proponga una persona tiene que ser, por definición, posible. Lo que debamos hacer tiene que ser posible; nadie está obligado a hacer lo imposible, y Lord Acton nos enseñó que La libertad no es el poder de hacer lo que queramos, sino el derecho de hacer lo que debamos”.

Al líder le importan y tienen que importarle los resultados, especialmente aquellos resultados humanos y organizacionales en los que tiene responsabilidad plena o parcial. A lo que, en razón del honor, debe ser indiferente es a los resultados de las acciones en tanto le afecten personalmente. Suponiendo que su curso de acción sea correcto, que ha descubierto cuál es su deber y cumplido con él, lo que es entonces un asunto de indiferencia, de despreocupación, es su propio éxito o fracaso. Ése es el ideal. Su propio ego debe dejar de importar, tiene que ser eliminado de la ecuación de las variables organizacionales. Tiene que ser trascendido. Y aunque esto pueda parecer escandalosamente idealista, esa praxis es también posible.

Cristopher Hodgkinson, La Filosofía del Liderazgo.

LEA

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