Nacha dirige unas palabras a la audiencia el día de la presentación de su libro—Alicia Eduardo – Una parte de la vida—, editado en 2009 por la Fundación Empresas Polar, en la Casa Lorenzo Mendoza para el Estudio de la Historia de la Esquina de Veroes

 

A Nacha

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Con el matrimonio el marido y la mujer adquieren los mismos derechos y asumen los mismos deberes. Del matrimonio deriva la obligación de los cónyuges de vivir juntos, guardarse fidelidad y socorrerse mutuamente. La mujer casada podrá usar el apellido del marido. Este derecho subsiste aún después de la disolución del matrimonio por causa de muerte, mientras no contraiga nuevas nupcias. La negativa de la mujer casada a usar el apellido del marido no se considerará, en ningún caso, como falta a los deberes que la Ley impone por efecto del matrimonio.

Artículo 137 del Código Civil de Venezuela

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Desde 1979 hasta 1984 fue Ministra de Estado para la Participación de la Mujer en el Desarrollo la impar amiga Mercedes Pulido de Briceño, y fue durante ese ejercicio cuando se produjera la reforma de nuestro Código Civil, saludada como equiparadora de los derechos de la esposa y el esposo en la unión matrimonial. “Liberación” de la mujer, pues, expresada en el artículo citado en el epígrafe, que iguala a los cónyuges en derechos y deberes y define el uso del apellido del marido por la esposa como algo optativo. Un buen trecho se había recorrido desde el tiempo de los romanos:

El poder del pater familias era llamado patria potestas—patria potestad en español—. (…) Bajo la Ley de las XII Tablas, el pater familias tenía vitae necisque potestas (poder de vida o muerte) sobre sus hijos, su esposa y sus esclavos, de todos los cuales se decía que estaban sub manu—bajo su mano—. (Wikipedia en Español).

Bastante, sin embargo, queda todavía en el mundo de sojuzgamiento femenino, y no sólo en este asunto del derecho sino también en nuestro lenguaje, en el que se expresa aún una cierta inferioridad, aunque la primera acepción del término hombre es registrada así en el Diccionario de la Lengua Española: “m. Ser animado racional, varón o mujer”. Pero el término mujer tiene esta académica acepción cuarta: “4. f. Esposa o pareja femenina habitual, con relación al otro miembro de la pareja”. Hay una mínima diferencia en el uso equivalente para el término hombre: “5. m. coloq. Marido o pareja masculina habitual, con relación al otro miembro de la pareja”. El diccionario advierte que este uso es coloquial; es decir: Propio de una conversación informal y distendida. ¿Sutil diferencia?

Pero la proposición “de” en el uso común de las señoras casadas no se ha desprendido del significado de propiedad o pertenencia. No es casual que la primera acepción—entre veintisiete—de ese monosílabo en el diccionario sea ésta: prep. Denota posesión o pertenencia.

Así, pues, hay un residuo atávico en eso de Mercedes Pulido de Briceño; si no se usa la misma preposición al mencionar a quien fuera su esposo como Wenceslao Briceño de Pulido, persiste una diferencia; decimos que la mujer es propiedad del hombre en el matrimonio y no lo recíproco.

El orden de los apellidos de cualquiera también está sesgado para favorecer lo masculino en el ámbito de nuestra lengua, poniendo el apellido del padre delante del materno. (En el uso estadounidense ocurre lo inverso; Rose Fitzgerald era la madre de John Fitzgerald Kennedy, y por eso su apellido es el primero de su hijo—a veces representado sólo por una inicial: John F. Kennedy—, aunque ella misma fuera luego de casada Rose Kennedy née Fitzgerald. (Nacida Fitzgerald; después, una Kennedy más).*

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Tal vez quien entre a partir de hoy en este blog, desde su portada o página de Inicio, note un pequeño cambio. Antes decía, en la barra azul superior, “el blog de luis enrique alcalá”; ahora dice: “el blog de luis enrique alcalá de sucre”.

Eso no pasa de ser una mínima restitución de la correcta equiparación de esposa y esposo. Yo pertenezco a Cecilia Ignacia Sucre Anderson; soy su esposo. No hay en eso, por supuesto, una revolución sino algo enteramente natural; siempre me he considerado de Nacha, desde que la conociera más de dos años antes de nuestro matrimonio. ¿No hay en esta última palabra—Unión de hombre y mujer, concertada mediante ciertos ritos o formalidades legales, para establecer y mantener una comunidad de vida e intereses—un sesgo que define la madre (matri) antes que el padre? Digo, si la comparamos con patrimonio: “Conjunto de los bienes y derechos propios adquiridos por cualquier título”. (Puede alegarse, naturalmente, que la esposa, la mujer, era cuando se inventó ese vocablo parte del patrimonio del hombre).

En todo caso, el de Sucre no me perturba en lo más mínimo; es más, constituye para mí un motivo de orgullo. Ese apellido designa en particular a una familia especialísima. Me tocó el honor de escribir el prólogo al libro de mi señora y dueña, Alicia Eduardo – Una parte de la vida. Allí puse:

La nobleza, la solidaridad, la discreción, la alegría, el sentido de realidad, la noción del deber ineludible, la paciencia, el respeto del prójimo y lo ajeno, el espíritu de cuerpo, la seriedad, la pasión deportiva, el tino para conseguir consortes, la falta de pretensión y una orientación práctica y desenredada hacia la vida, son rasgos comunes a los Sucre Eduardo, y esa múltiple conjunción, reiterada doce veces, sólo puede explicarse en la labor paternal y maternal de Andrés y Alicia. (…) He tenido el inmenso privilegio de tratarlos y quererlos y no he encontrado el modo de agradecerles su existencia y que me hayan recibido.

Ambos apellidos han estado unidos antes en nuestro país; una tía de mi esposa, María Isabel (Mimí), casó con Juan Alcalá “para repetir lazos orientales”, y Luis Alcalá Sucre fue, a partir de 1965, el primer presidente venezolano de una empresa petrolera en nuestro país. (Mene Grande Oil Company, la tercera en tamaño de las operadoras extranjeras antes de la nacionalización de esa industria una década después). Nunca supe de la distancia que nuestra familia tenía con él, pero sí que Antonio José de Sucre llevaba el Alcalá por segundo apellido, pues era su madre María Manuela Alcalá y Sánchez; el padre de mi tatarabuelo paterno, José Gabriel de Alcalá y Sánchez, era su tío. (Por cierto, es mucho más igualitaria la vieja usanza española de unir los apellidos paterno y materno mediante la más copulativa de las conjunciones castellanas).

Así que, sí, soy de Sucre, a mucha honra. LEA

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* El profesor José Antonio Calcaño, primo hermano de mi abuela materna, fue músico, musicólogo, docente y diplomático. En esta última condición formó parte de la delegación venezolana a la primera Asamblea de las Naciones Unidas en 1945, y poco después de nuestra primera embajada ante ese órgano. Es habitual que las legaciones de una nación en otra—embajadas, consulados—tengan personal del país en el que operan, no sólo por su dominio de la lengua local sino por su conocimiento del “patio”. Uno de los miembros de la delegación venezolana de la que José Antonio formaba parte le pidió ayuda con la recepcionista de la oficina, puesto que él no hablaba bien el inglés y mi pariente sí. “Explícale, por favor, que no debe llamarme Míster González Pérez, sino Pérez González. Ella jura que debe decir de primero el apellido materno”. José Antonio accedió, y a la primera oportunidad encaró a la infractora preguntándole cómo se llamaba él. “Muy fácil”, dijo la secretaria: “Ud. se llama José Antonio Calcaño Calcaño”. “No”, respondió él; “yo me llamo José Antonio Calcaño Calcaño. El Calcaño que Ud. pone delante es el apellido de mi mamá”.¶

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