Atardecer en Juan Griego

 

A fines de 2011, jugaba con la idea de “novelar” conceptos de Política, para hacerlos más asequibles, con la invención de un grupo de asistentes a un taller de un profesor asimismo inventado a quien llamé Santiago De Las Casas. A éste lo maté en un accidente aéreo que en verdad—ese sí—ocurrió: “[Santiago] tomó el vuelo 5022 de Spanair entre Madrid y Gran Canaria el 20 de agosto de 2008. El avión MD-82, de McDonnell-Douglas, no pudo abrir los flaps para el despegue desde Barajas y se fue al suelo a destrozarse. Santiago estaba entre los 154 muertos del total de 172 personas que en él viajaban”. (Acá está en archivo .pdf la introducción del grupo de sesiones del taller cuyas “minutas”—que reuniría bajo el título de Coloquios de Juan Griego—nunca completé a pesar del estímulo de José Rafael Revenga y Victoria Destefano: Introducción). Lo que sigue es una relación del encuentro inicial del fantástico grupo, pretendidamente escrita por un inexistente José Antonio Caballero Díaz, cuyas iniciales la calzan. LEA

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ANTESALA

 

Llegué a la casa donde nos citara el profesor De Las Casas a las 8 y 40 minutos de la mañana, dispuesto a ser más que puntual para la cita de las 9, cuando se iniciaría el coloquio sobre política. Como lo vi dando vueltas por el porche, me atreví a acercarme y presentarme. De Las Casas era un hombre delgado y alto, aunque no demasiado, de tez bronceada y algo más de sesenta años de edad y contextura fuerte. Me saludó afablemente con un suave acento de español y me invitó a pasar y sentarme en la sala; allí tendrían lugar las reuniones. Me indicó que había café recién hecho en una mesa lateral y luego pidió permiso para retirarse unos minutos al interior de su habitación, y me encareció que recibiera a los demás visitantes y les ofreciera café mientras él hacía una llamada internacional.

Quedé solo, pues, en la sala de la casa, que unos pocos afiches de lugares varios de España adornaban. Ella era asimismo comedor; a su costado derecho, si uno veía el espacio desde la entrada, una mesa que podía sentar seis personas lucía limpia ante un mueble auxiliar adosado a una pared. A la izquierda de ésta, una puerta abierta permitía una mirada a parte de la cocina.

Al retirarse el anfitrión, me puse en pie y fui directamente a servirme un café, que tomé de pie mientras daba una ojeada al recinto. Luego fui a sentarme en una butaca secundaria, justamente a la derecha de la puerta de entrada, inferior en comodidad a una poltrona que destacaba a mi lado derecho como asiento principal, que presumí De Las Casas usaría. Al lado de mi asiento, ganado con mi temprana llegada, coloqué el maletín que había llevado conmigo; en él, dos libretas grandes, un grabador digital, cinco copias de la transcripción de una charla del profesor—Nociones elementales de Política—que yo había editado, dos de un trabajo mío del año pasado—La crisis de la política—, mi teléfono celular y un laptop Lenovo formaban mi arsenal. Extraje del maletín una copia del trabajo del profesor y comencé a releer lo que ya sabía de memoria.

Al poco rato, volví la mirada a la sala y procuré imaginar dónde querrían sentarse los restantes miembros del grupo. Quedaban libres dos sillas de cuero y estilo escandinavo, a la derecha de la poltrona magisterial, y un sofá de tres puestos frente a ella y la butaca en la que me sentaba. Entre éstas, un pizarrón blanco estaba obviamente dispuesto para el trabajo. Sabía los nombres de los faltantes, pues De Las Casas había enviado un correo con las instrucciones finales a todos los convocados. Hernán Delgado Franklin, supuse, tomaría la silla escandinava más próxima a De Las Casas, separado por otra idéntica del sofá donde, seguramente, se sentarían frente al profesor las dos damas: Graciela Sánchez Perdomo y Elena Ripamonti Arvelo.

Fueron éstas las que llegaron primero. Vinieron juntas; después supe que se habían escrito y decidido alojarse en el mismo hotel. Llegaron hablando animadamente, como si se conocieran de toda la vida. Confirmaron mi hipótesis: sin pensarlo, fueron a arrellanarse en el sofá una vez que les diera la bienvenida. Les expliqué que De Las Casas estaría pronto con nosotros—cinco minutos faltaban para las 9—y les ofrecí café. Graciela declinó, pero Elena dijo que le encantaría uno pequeño sin azúcar y, al quedarse sentada, entendí que creía que yo debía servirla, cosa que hice sintiéndome manipulado, como siempre, por una mujer.

El profesor De Las Casas hizo su aparición y Elena y Graciela se pusieron de pie para saludarlo. Elena lo saludó primero, con su humanidad flaca y alta y sus pelos largos y lisos de castaño muy oscuro, tendiéndole la mano. Graciela, rolliza y simpática, más baja en estatura que su compañera y de más claros cabellos, no perdió tiempo en saludar al profesor con un beso en la mejilla. Tendría unos veinticinco años; Elena tenía, quizás, treinta.

Sentados todos, la conversación trivial versó sobre el hotel que alojaba a las mujeres y cómo había estado su viaje desde Maiquetía. En eso apareció bajo el umbral de la puerta abierta la figura de un hombre de unos cuarenta y cinco años, atlético y medianamente calvo. Era Delgado Franklin, aparecido exactamente a las 9 de la mañana. Después de los saludos, desvirtuó mi conjetura y se sentó en la silla más próxima al sofá ocupado por las damas.

Entonces Santiago De Las Casas nos dio la bienvenida formal y sugirió que cada uno hiciera una presentación de su persona y explicara las razones que le habían traído al coloquio. Dirigiéndose a mí dijo: “Por orden de aparición”.

Expliqué, pues, que yo era actualmente profesor de Estructuras Político-Constitucionales de América Latina en la Escuela de Estudios Políticos y Administrativos de la Universidad Central de Venezuela—De Las Casas intercaló que él había enseñado Filosofía Política por un año en la misma escuela—y que había obtenido en 1971 el grado de Master 2 de Investigación en Sociología e Instituciones de la Política en la Sorbona. Que conocía varios trabajos del profesor De Las Casas y que, a raíz de su charla de Nociones elementales de Política en el Instituto Pedro Gual de la cancillería venezolana, a la que asistí, había tomado contacto con él con la intención de conocer con más detalle sus puntos de vista, que me parecieron novedosos. Que cuando el profesor sugiriera este encuentro me había parecido un método ideal para tal propósito. Y, armado ya con una libreta para anotar todo lo que escuchara, callé y puse diagonalmente la mirada sobre Delgado Franklin.

Éste se revolvió en el asiento y comenzó a hablar con los ojos fijos en el piso. Dijo que no tenía entre sus títulos nada que se acercara a los que yo acababa de exponer, pues era sólo un comerciante de éxito, importador de implantes mamarios para uso estético o reconstructivo del pecho femenino, actividad que le daba un buen dinero. Pero era curioso de la política, creía que no podía ser ajeno a ella y había entablado relación con un político joven a cuya carrera, medianamente provechosa, había contribuido financieramente. Éste le había entregado el archivo de audio de la charla del anfitrión y le había pedido su opinión sobre ella. Quedó impresionado al escucharlo y consiguió la dirección electrónica para comunicarse con De Las Casas, con quien pronto acordó que vendría a Juan Griego. En este punto, siguió la dirección contraria a las agujas del reloj y tendió la mano hacia Graciela Sánchez, que estaba a su derecha.

La joven comenzó por hablar del profesor, en vez de hacerlo sobre ella. Hizo elogios sobre la charla que claramente era el pivote de nuestra reunión, y dijo que era lo más brillante que hubiera conocido en su vida en materia política, que desde que la escuchara en un iPod la había puesto “miles de veces”, que había querido escuchar al maestro en persona y que también se había comunicado con De Las Casas por correo electrónico. Éste le dijo: “Ajá, pero háblanos de ti”. Graciela se ruborizó y dijo: “Ah bueno, yo soy Licenciada en Psicología de la UCAB y estoy muy interesada en política. Estoy metida en Un Nuevo Tiempo desde la campaña de Rosales en 2006, y ahora soy responsable del partido en Santa Mónica”.

Ya Elena estaba erguida en el sofá, su espalda separada del asiento, y al callar abruptamente su compañera dijo, sin esperar invitación y mirando directamente al maestro, más o menos esto: “Yo soy economista cum laude de la Universidad Santa María, y me doctoré, también cum laude, en el núcleo de Ribeirão Preto de la Universidad de Sao Paulo en 1997. Doy clases de Macroeconomía en la Universidad Central de Venezuela, trabajo como Analista de Cuentas Nacionales en el Banco Central y soy miembro del partido Podemos, porque creo que un socialismo verdadero, no como el de Chávez, es el sistema político-económico que el país necesita. Leí los apuntes hechos por un amigo de la charla del profesor y conseguí su teléfono, y lo llamé porque sentí curiosidad por su enfoque clínico de la política, al que de todos modos creo algo romántico. Vine a ver si me convence”.

Admito haber pensado que esta participante sería problemática, pero De Las Casas la miró con patente deferencia y le dijo: “Muy bien, te felicito, pero no es mi plan convencerte de nada. Tú deberás llegar a tus propias conclusiones”.

De seguidas, repitió lo que ya sabíamos: que trabajaríamos en seis sesiones, de las 9 de la mañana a las 12 del mediodía y de las 3 hasta las 6 de la tarde, durante tres días. También enfatizó la dinámica que quería lograr: en todo momento podíamos intervenir para preguntar o discrepar; la cosa debía ser un diálogo antes que una cátedra. De hecho, mencionó la Academia de Platón y los diálogos que había escrito, y preguntó si conocíamos alguno. Sólo Elena y yo asentimos. “Esto—dijo De Las Casas—es como esa academia griega, en verdad una polidemia, puesto que nuestro tema es la Política”.

Le pregunté si podía grabar en audio las sesiones; de inmediato me autorizó a hacerlo y añadió: “Si después haces tan buen trabajo transcribiendo y editando como hiciste con mi charla, tendremos un buen documento, que pudiera ser útil a otra gente”. Entonces pregunté a mis compañeros si estaban conformes; Elena dijo que le gustaría leer la transcripción antes de que se me ocurriera repartirla por ahí, y yo repuse que en principio el trabajo era sólo para nuestros ojos.

Con una sonrisa de obvia picardía, De Las Casas intervino: “¿Ya tomaron todos café? Tomen una taza antes de empezar”. Hernán fue hasta la mesa a servirse y Elena a tomar una segunda taza que yo no le brindé.

Sentados todos, De Las Casas nos entregó un papel con el esquema de las sesiones:

Sesión 1: ¿Qué es la Política? La política como oficio médico.

Sesión 2. El demos. El pueblo como sustrato y actor principal de la política.

Sesión 3. La sociedad normal. El fin fundamental de la política.

Sesión 4. Complejidad y política. Los moldes mentales adecuados.

Sesión 5. La civilización planetaria. Construcción de la polis del mundo.

Sesión 6. Organización política. Asociarse con reglas distintas.

“Estos son los grandes temas que discutiremos—dijo—. Verán que se fragmentan en múltiples puntos que cubrirán prácticamente todo lo que podemos hoy en día decir, responsablemente, sobre política”.

Entonces ofrecí a mi vez las copias con la transcripción de Nociones elementales de Política y él agradeció, diciendo: “Es bueno tener esto a mano”.

De Las Casas preguntó: “¿Qué es la Política?” Y comenzó a contestar esa pregunta.

JACD

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