A punto de beatificación

 

A Su Eminencia Baltazar Cardenal Porras, líder del proceso

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Con fecha de hoy se ha procedido, en la Iglesia de Nuestra Señora de La Candelaria, a la exhumación de los restos de José Gregorio Hernández, como paso previo a su definitiva beatificación. El acto fue dirigido por el cardenal Porras en su condición de Administrador Apostólico de la Arquidiócesis de Caracas, e incluyó palabras de su purpurado colega, Jorge Urosa Savino, Arzobispo titular.

Una pareja marabina fallecida en Caracas, la formada por Juan Eduardo Bustamante y María Durán de Eduardo, tuvo una amistad especial en confianza e intimidad con el Dr. Hernández, como testimoniara mi esposa, Cecilia Ignacia Sucre Anderson, en su libro: Alicia Eduardo – Una parte de la vida. (Edición de la Fundación Empresas Polar, 2009). Los aludidos eran sus bisabuelos paternos, padres de Alicia Eduardo, la madre de la docena de hermanos Sucre Eduardo.* No debe extrañar, por tanto, las repetidas menciones en su texto del Dr. Hernández, que además de santa persona fue gloria científica de Venezuela.

Acá transcribo los pasajes de Una parte de la vida donde lo nombra:

 

Capítulo III

Juan Pablo no podía dormir. Fue de nuevo al cuarto de las niñas, tres ahora con una nueva pequeña, para asegurarse de que estaban bien. Tocó sus frentes con cuidado de no despertarlas, pero Alicia abrió los ojos cuando su padre puso sus dedos frescos en su cara. Ella sonrió y él la bendijo, cerrando sus párpados con suaves besos. Le preocupaba mucho la salud de sus hijas; iba a sus cuartos varias veces por la noche para comprobar que estuvieran bien. Era una costumbre que lo tranquilizaba, pues estaba seguro de que podría salvar a las niñas de las enfermedades comunes en aquellos días si descubría a tiempo cualquier quebranto. Jadeando un poco por aquel sencillo recorrido, fue al baño de nuevo antes de acostarse a luchar contra el desvelo.

Él mismo no se sentía bien; la indisposición estomacal persistía. Pensó que tendría que pasar por la consulta del doctor José Gregorio Hernández,** su médico de cabecera, pues había aumentado de peso, sus pies estaban inflamados y había tenido palpitaciones en el pecho y mucha debilidad. Pero lo peor era la falta de concentración y el desgano que sentía constantemente. La administración de las casas, su trabajo habitual, le causaba un agotamiento que lo preocupaba. El insomnio lo había estado acosando últimamente y aquella madrugada no parecía ser distinta, más con el calor y la humedad de aquellos últimos días del mes de octubre de 1900.

Después de leer un rato, pasadas las cuatro de la mañana, se quedó semidormido. Sentía su cuerpo en total reposo y hasta roncaba rítmicamente, pero de algún modo su mente estaba despierta y alerta. Sumido en el letargo escuchaba, por más que no quería, cómo aullaban los perros de forma extraña, como si anunciaran algo indefinido e inminente. De pronto escuchó un ruido sordo, un rugido pavoroso que crecía acompañando una violenta sacudida de la tierra. Las cosas que caían al piso haciéndose pedazos terminaron de despertarlo. Se levantó, y tuvo que luchar con la puerta de dos hojas que se había atascado. Con un empujón logró abrirla de par en par y corrió hacia el patio. Volvió a acosarlo el malestar, pero era tan fuerte su miedo por el sobrecogedor terremoto que no lo tomó en cuenta. Escuchó gritos, y pudo ver cómo se desprendía el techo sobre el sitio donde segundos antes descansara y que un amasijo de la intrincada red de caña brava y tejas de arcilla ocupaba ahora su lugar en la cama.

Dio gracias por haber corrido a tiempo, pero se percató con horror de que su familia, su tesoro, podía quedar sepultada bajo kilos de escombros. Tenía que salvarla. A partir de ese momento, corrió varias veces por la rampa que llevaba al patio de arriba, para verse invariablemente devuelto al mismo sitio, pues los espasmódicos movimientos no lo dejaban avanzar. Sentía los alaridos de sus hijas, que paradójicamente lo tranquilizaron. Estaban vivas, pensó agradecido, pero no podía llegar hasta ellas. Sintió un fuerte dolor en el brazo izquierdo, un puño enorme que le retorcía el corazón y lo dejaba sin resuello, justo cuando la tierra se calmaba y dejaba de temblar. El clamor terrestre había cesado, para ser suplantado por la cacofonía de los gritos, las jaculatorias en voz alta y los lamentos que escuchaba venir de todas partes.

Escuchó que María gritaba su nombre y pudo por fin llegar adonde estaba el resto de la familia, a la que tranquilizó lo mejor que pudo. Todos, familia y criadas, estaban bien; María cargaba a la más pequeña, nacida dos años antes. Juan intentó moverse, pero Alicia y María Teresa se abrazaron a cada una de sus piernas y no quisieron zafarse de ellas. Entonces comenzó otro temblor de tierra, que hizo que parte del cielorraso se rajara y cayera más techo con espantoso estruendo. Oyó a la araña del comedor, a la que mientras subía había visto bambolearse, cuando se desplomaba y hacía añicos con ruido de mil cristales rotos.

Un dolor insoportable le atravesó el pecho como una flecha ardiente y, pensando que se moría, se encomendó seguramente a Dios y no supo más de sí.

La insistente voz de María, llamándolo cerca de su oído, lo sacó de la profundidad de su inconsciencia. Respiraba en el ambiente el húmedo polvo del terremoto, pero él estaba vivo. La cara de su amada fue lo primero que vio cuando abrió los ojos a la luz del amanecer, y supo que ella estaba bien y también las niñas, porque estaban a su lado observándolo con ojos asustados y las cabezas llenas de cascote y polvo gris. Cada vez que intentaba moverse o levantarse del suelo, sentía un dolor que lo abatía en el pecho y en el brazo izquierdo, y palpitaciones que le hacían doler hasta los dientes. Cuando pudo hablar pidió que le trajeran algo donde sentarse. Buscaron de inmediato la mecedora del cuarto de María, y las mujeres de la casa, ayudadas por las niñas, cargaron al hombre hasta la silla. La maniobra le causó un breve colapso, del que sólo se recuperó después de que le dieran un trago de ron de una botella que milagrosamente se había salvado del siniestro.

María, reaccionando sabiamente ante la calamidad, mandó a buscar al médico y pidió con autoridad a las criadas que comenzaran a recoger el estropicio. Le rogó a Juan que no hablara, que se estuviera quieto. Le contó que había despertado cuando el crucifijo de la cabecera de su cama cayó sobre ella y, al percatarse del temblor, corrió al cuarto de al lado y tomó a la bebé en sus brazos, pensando en él y en sus otras hijas. Le dijo que lo amaba, le pidió que se estuviera quieto y con suaves arrumacos lo fue tranquilizando, asegurándole que pronto vendría el doctor. Arropándolo con cariño pudo ver, aliviada, que su marido se dormía.

Al fin, cerca del mediodía, entró de sombrero puesto el doctor Hernández. Después de examinar cuidadosamente a Juan Pablo, dictaminó que había tenido un ataque al corazón, y que era mejor trasladarlo hasta una cama con mucha precaución, darle los medicamentos que recetaría y cuidarlo con amor. Les refirió impresionado, mientras compartía con ellos una taza de sopa, que tuvo que atender varios heridos de gravedad afectados por el sismo, y se decía que había algunos muertos y un inmenso desastre. Los habitantes de Caracas se habían echado a la calle, atemorizados por las numerosas réplicas y el latente recuerdo del terremoto que en 1812 había destrozado la ciudad. Hasta el presidente Castro, en paños menores, se había lanzado desde el balcón del segundo piso de la Casa Amarilla, el que daba a la calle entre las esquinas de Principal y Conde, y se había fracturado un pie. Lo habían acostado en plena plaza Bolívar sobre un colchón. Contó que tanto la Bolívar como todas las demás plazas se habían llenado de gente, y en el laguito del Paraíso se había improvisado un rústico campamento, pues muchas personas habían huido de las calles excesivamente edificadas del centro de la ciudad. Algunos matrimonios de apuro se habían celebrado en las barracas, por el temor de una catástrofe inminente. A pesar de que los daños no eran muchos, la gente estaba muy asustada.

Ante la ocurrencia de más repeticiones, Juan se opuso con terquedad a ser trasladado hasta la cama. Aseguró que no se movería pues estaba muy bien en la mecedora, y que prefería permanecer en ella, en el medio del patio. El médico estuvo de acuerdo y recomendó no contradecirlo. Allí se quedó. Esa noche, la familia compartió el techo único del cielo con casi todos los pobladores de Caracas, pues “…los ánimos estaban acobardados. Circulaban predicciones horribles; se temían verdaderas catástrofes. Llegó a decirse que en el Observatorio Cajigal ondeaba una bandera negra, señal de futuros desastres. Pero lo peor eran los sacudimientos que seguían produciéndose… Caracas se puso tétrica. Durante todo un mes no cesó de temblar, ni de día ni de noche. Todo el que pudo hacerlo salió de la ciudad para los campos vecinos. Los que no tenían donde refugiarse se acogían a la estación del ferrocarril, a dormir en los vagones del tren, o en las plazas donde instalaban sus tiendas. Hubo mujeres que dieron a luz en estos sitios públicos. La ciudad quedó desierta. De noche no se veía ni un alma por esas calles. Y cuando temblaba subía un impresionante clamor: ‘misericordia, misericordia’, acompañado del ladrido de los perros”.

Un mes después, cuando una cierta calma había vuelto a la ciudad y ya hacía tiempo que los muertos habían sido enterrados, María intentó convencer otra vez a Juan de pasarse a la cama. Pero de nuevo él se negó rotundamente, y permaneció allí sin despegarse de su asiento para nada. Desde la silla supervisaría después, como sabio maestro de obras, a los albañiles que arreglaron el techo de la casa. Sus amigos, y el mismo doctor Hernández cuando le hacía su examen médico semanal, le contaban los estragos que había producido el terremoto de cuarenta y cinco segundos, con sus doscientas cincuenta réplicas.

(…)

Se deterioraba rápidamente frente a los ojos de María. Tenía los pies y el abdomen inflamados, aunque casi no comía por las constantes náuseas y vómitos. Le costaba mucho respirar y se le notaban visiblemente inflamadas las venas del cuello. Cada vez se sentía más indispuesto. Por su insomnio y su gravedad llenaron de paja la calle del frente, “para mitigar el ruido que hacían las llantas de hierro de los coches sobre el empedrado”. Juan desesperaba al considerar, en las noches interminables, que la tierra con sus sacudidas había alterado su vida, convirtiéndolo en un lisiado fundido a una mecedora, y que de nada le valdrían los buenos negocios, ni las haciendas, ni las casas que había comprado para devolverle la salud. Pronto iba a morir; estaba convencido de ello. Entendió que tendría que ponerse en paz con Dios y arreglar sus cosas. Comenzaron los preparativos para la administración de los bienes que María y las niñas habían de heredar. Quedaron de acuerdo en otorgarle a Francisco Mayz, amigo y administrador confiable, el manejo del patrimonio conyugal mediante un poder registrado en 1901. El 7 de julio de ese año, pasada la media noche, Juan Pablo Eduardo Bustamante, acosado por sus mortificaciones y con el corazón destrozado, murió sentado en su mecedora.

(…)

Para 1906, con el país pacificado bajo la férrea mano de Gómez, la salud de María comenzó a quebrantarse. Fue a ver a José Gregorio Hernández aquejada de fatiga, fiebre leve y sudoración excesiva, la que se presentaba sobre todo por las noches y que en un principio atribuía a su edad. Había perdido peso y sentía una opresión en el pecho, que había ido aumentado con el tiempo desde la muerte de Juan. El doctor Hernández se mostró muy preocupado por el terrible diagnóstico que tuvo que darle a María: tenía tuberculosis. Le pidió que guardara cama y no tosiera sobre las niñas para no contagiarlas, y prometió ir a verla con frecuencia a revisar la salud de ella y de las muchachas, cada vez que lo necesitaran. Cuando le hizo la primera visita en la casa, le pidió a las criadas que estuvieran pendientes de los medicamentos, mantuvieran la habitación de María ventilada, iluminada y limpia, se lavaran las manos antes y después de cada comida con agua y jabón, le pusieran una gotita de lejía al agua de enjuague de los utensilios de la enferma, y recogieran las expectoraciones en una bolsa de papel para ser quemadas en el patio. De inmediato José Gregorio comenzó una terapia con el aceite de chalmoogra*** que hasta ese entonces se usaba para tratar los enfermos de lepra, pero era el medicamento que el sabio médico venía utilizando con mayor éxito en el tratamiento de la mortal enfermedad. Cada cierto tiempo le ponía una dolorosa inyección del aceite a María, quien al principio, y con los cuidados del buen doctor, comenzó a mejorar.

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La salud de María Durán había empeorado en el último año, y auxiliada por Francisco Mayz puso en orden sus cosas, disponiendo con tiempo y serenidad de lo que, gracias al arduo trabajo de Juan, les dejaría a sus hijas. Para ella era una gran mortificación pensar que tuviera que abandonarlas, pero los días pasaron y la tos era constante y los pañuelos se manchaban con sangre cuando tenía los accesos. Sufría de disnea y tenía un fuerte dolor en la punta de un costado. Muchas veces tenía fiebre muy alta, que la hacía sudar copiosamente y sentirse agotada. Un día, cuando José Gregorio Hernández llegó a la casa de improviso, se encontró a la pequeña Margot acostada en la cama de su madre, abrazada a ella. El médico regañó a María por poner a la niña en peligro de contagio. Ni el consuelo del contacto con sus hijas le estaba permitido.

(…)

En vista del agravamiento de su salud, puso por escrito su última voluntad. Le pidió a Mayz que continuara ocupándose del patrimonio después de que ella muriese. Juntos elaboraron una lista de las personas idóneas para formar un consejo de tutela que se ocupara de sus niñas cuando ella faltara. Fue un proceso doloroso y complicado que la entristeció mucho, pero consiguió dejar organizado el cuidado de sus hijas en manos de su amiga Carlota Cuello de Fleury, esposa del también amigo de Juan, Carlos Fleury. La pareja le juró a María cuidarlas con dedicación.

María Durán amplió el consejo de tutela, que en principio estaba formado por Carlos Fleury y Francisco Javier Mayz, con la incorporación de cinco personas más de su total confianza, incluyendo a su médico y amigo de tantos años, José Gregorio Hernández.

(…)

Francisco J. Mayz, cumpliendo con lo que María tenía dispuesto, compró el 9 de enero de 1908 en 16.000 bolívares una casa en la calle Sur 10 de la parroquia San Juan, entre las esquinas de Quebrada y Pescador. Esta compra se realizó justamente el día antes de la muerte de María, quien venía sufriendo de intensos dolores de cabeza y seguía con fiebre muy alta. No retenía alimentos a causa de los constantes vómitos, y después de sufrir varias convulsiones murió el 10 de enero de 1908, antes de cumplir los cincuenta y dos años de edad.****

(…)

Siete días después estaban en el juzgado los señores Francisco (Pancho) Larrazábal Fagúndez, José Gregorio Hernández, Charles Röhl y Otto Römer, quienes habían sido llamados por el juez para ser informados de su designación como miembros del consejo de tutela. El 20 de enero, el doctor José Gregorio Hernández presentó sus excusas ante el juez y declinó participar en el consejo “debido a sus múltiples ocupaciones”. Entonces fue llamado en su lugar Pedro Larrazábal, el adorado profesor de María Teresa y hermano de Pancho, para formar parte del consejo tutelar, quien aceptó de inmediato la responsabilidad.

 

Capítulo V

Josefina y Graziella***** vieron con sus propios ojos el tamaño del mundo, y le tocaron a cuatro manos los valses criollos en el pabellón de Venezuela. En el Grand Hotel de París tocaron para la corte del ex presidente Guzmán, como tantas veces lo hicieran para muy pocos oídos afortunados en tardes caraqueñas. Compartieron con Arturo Michelena cuando presenciaron la inauguración de la Torre Eiffel, y admiraron la obra que él pintara para esa Exposición Universal. La pintura, un teatral cuadro de Carlota Corday camino al cadalso, que recrea la atmósfera del instante retratado con impactante realismo, obtuvo medalla de oro. Naturalmente, esto fue considerado en Venezuela un triunfo, que fue celebrado de manera estruendosa. Otro pintor venezolano, Emilio Boggio, ganó medalla de bronce.

La pintura de Michelena

Los venezolanos que estaban en París se alegraron también con la medalla de oro que otorgaron a Vicente Marcano en química agronómica, por su muestra de diversos tipos de guano de aves de nuestras cuevas. El mismo Marcano montó en el pabellón de Venezuela, cuya fachada era copia exacta de la catedral de Caracas y estaba situado al lado del templo inca del Ecuador, un mapa geológico del país con muestras de minerales nativos que fue muy elogiado. En la espaciosa sala se exponía además “…muestra de café, y pilones de su panela dulce, y libros de versos y de ingeniería, y zapatos ligeros y finos”. Los visitantes del pabellón venezolano también pudieron descubrir algunos de nuestros típicos productos alimenticios, como lairén, apio, ocumo, ñame, batata, mamón y yuca, y asimismo muestras de más de veinte aguas termominerales, tejidos, cestería y artesanía indígena.

La medalla de oro al mejor violín expuesto también estuvo relacionada con Venezuela. El instrumento fue comprado por José Gregorio Hernández, quien se encontraba en la ciudad estudiando en el laboratorio de histología de Mathias Duval, mientras conseguía el instrumental necesario para el Laboratorio de Fisiología Experimental del Hospital Vargas de Caracas. El médico tocaba ese violín esporádicamente, y terminó regalándolo a un sobrino al abandonar todas sus posesiones para ingresar a la Cartuja de Lucca.

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La docena de los Sucre-Eduardo y sus padres tuvieron como rasgo distintivo el fervor religioso. En el prólogo al libro de mi esposa que tuve el honor de escribir, dejé esta constancia:

Y es que para hablar con propiedad de los Sucre Eduardo se requeriría oficio de antropólogo, puesto que hay una cultura Sucre Eduardo. Seguramente es su primer rasgo distintivo la religiosidad. Don Andrés y Doña Alicia fueron católicos fervientes, y decir Sucre Eduardo es decir Loyola, y no sólo por el deporte. En recuerdo del cura Gustavo también Hernando habría considerado el sacerdocio como vocación, tal como le confiara en una carta, y son las innumerables misas en familia, en fechas especiales del santoral o en recuerdo de los muertos, ocasión a la vez de recogimiento y regocijo, y no pocas terminan en condumio copioso, recientemente en areperas.

Antes dije del “cura Sucre”:

Al padre Gustavo Sucre S.J., verdadera columna vertebral de la Universidad Católica Andrés Bello, su Decano de la Facultad de Economía y su Secretario por muchos años. La universidad quiso premiarle con un especialísimo Doctorado Honoris Causa en Derecho, pues como cuenta el jurista José Luís Aguilar Gorrondona, quería ser abogado y sacrificó su interés al de la universidad, que tenía demasiados hombres de leyes cuando carecía de quienes supieran ciencia económica. No hay misas que den más paz y más sucintas que las que oficia, en cuyos escuetos y pertinentes sermones nunca falta una balsámica nota de humor.

** “Sabio y santo que murió tiempo después en la esquina de Amadores, al bajarse del tranvía de La Pastora que llegaba hasta la esquina de Tajamar. Iba este tranvía pegado a la acera norte, vereda del Guanábano, y José Gregorio se bajó del lado sur de la calle y un carro lo atropelló”. Nota de Andrés Sucre Eduardo.

*** También chaulmoogra, Ginocarda odorata. En sesión de la Academia de Medicina en 1918, Hernández presenta una nota provisional al respecto, la cual finaliza así: “Aunque esta es una comunicación preliminar, pues no hemos tenido el tiempo suficiente para un estudio definido, podemos sin embargo deducir de nuestro trabajo las conclusiones siguientes: el aceite de chaulmoogra ciertamente mata al bacilo de Koch, los enfermos tratados mejoran su estado general después de la inyección… las inyecciones de uno o dos c.c. separados por largos intervalos es lo mejor…”

**** Una certificación que se refiere al acta de defunción de María Durán, firmada por su médico de cabecera, el Siervo de Dios doctor José Gregorio Hernández, la guarda Gustavo Larrazábal Eduardo.

***** Josefina Sucre de Sucre (bisabuela de mi esposa) y Graziella Calcaño Sánchez (tía bisabuela del suscrito) fueron grandes amigas que coincidieron, como estupendas pianistas que eran, en la Exposición Internacional de París de 1889 que celebraba el centenario de la revolución que daría origen a la República Francesa.

LEA

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