Benigno Alarcón Deza, feliz

 

De nuevo, ha sido Mireya Caldera quien me hiciera llegar, el 8 de este mes de marzo, un artículo de Benigno Alarcón Deza con esta recomendación: “Sin desperdicio, lee hasta el final”.

Así lo hice; Alarcón, el Director del Centro de Estudios Políticos de la Universidad Católica Andrés Bello, encabeza su texto con palabras de Václav Havel: “No fuimos tan solo las víctimas de un sistema sino quienes lo alimentábamos y manteníamos”. Más adelante, ubica la cita al cierre de este párrafo en el discurso de Havel al tomar posesión como Presidente de Checoslovaquia (1º de enero de 1990):

Por miedo, la gente se ha acostumbrado a ignorar la realidad para centrarse sólo en la suya propia, como si su entorno no existiese. A callar o decir lo contrario a lo que se piensa por miedo. El miedo nos ha llevado a encerrarnos en nuestros asuntos y a ignorar las injusticias, las violaciones más flagrantes a nuestros derechos humanos, ciudadanos y políticos más elementales e incluso la desgracia del otro, para ver a quienes dedican su tiempo a la lucha por la justicia o la democracia como tontos, románticos. Todos nos acostumbramos al régimen totalitario y lo aceptamos como un hecho irrevocable y, con ello, sustentábamos su existencia. En otras palabras: todos nosotros—aunque cada uno en distinta medida—somos responsables del funcionamiento de la maquinaria totalitaria. Ninguno de nosotros es sólo su víctima, sino que todos somos, al mismo tiempo, sus creadores. No fuimos tan solo las víctimas de un sistema sino quienes lo alimentábamos y manteníamos.

Sobre tal idea funda Alarcón su propio diagnóstico de la actualidad política venezolana:

Hoy, el miedo y la lucha por la sobrevivencia nos ha venido hundiendo en una dinámica enfermiza e inmoral. Pero esto no es una situación extraña de la que es imposible salir, sino la enfermedad propia que contamina a las naciones cuando se debilita el sistema y su espíritu democrático, como lo evidencia este discurso en el que Vaclav Havel, refiriéndose a un país que está al otro lado del mundo hace 26 años*, bien podría estarle hablando a la Venezuela de hoy. Esta dinámica inmoral y cínica solo nos lleva a un resultado: la resignación. La resignación, que no es más que esa especie de droga que nos adormece y paraliza como resultado de la desesperanza aprendida, y reforzada por un discurso que pretende ser la única verdad, creída o impuesta, pero la única verdad contra la cual no se puede hacer nada porque luchar contra ella puede tener consecuencias muy graves para quienes se atrevan a desafiar el paradigma impuesto, como si estuviéramos en una nueva etapa del oscurantismo. Así que es mejor bajar la cabeza resignados y simular que creemos que los problemas que vivimos son el resultado de una conspiración y no de las malas decisiones que se imponen sin resistencia alguna en un sistema sin contrapesos institucionales que eviten su auto-destrucción. Acallar la conciencia, callar lo que pensamos, ignorar las injusticias, limitar nuestra existencia al rol miserable de pasar agachados y sobrevivir encerrándonos en nuestras propias vidas es una forma de control social que elimina el último y más importante contrapeso en cualquier sistema democrático: la soberanía del pueblo, que no es más que EL PODER DE LA GENTE.

Sobre este último concepto, escrito a mayúsculas cerradas** que no confieren validez adicional a lo que así se exprese, regresa para concluir:

El camino de la democracia nunca ha sido fácil, los pueblos han tenido que pagar costos muy altos por su libertad. La democracia no es el resultado de lo que está escrito en una Constitución. Una constitución por sí sola no es más que un pedazo de papel. Una constitución para que esté viva necesita del compromiso de la gente con los valores allí expresados y la disposición a luchar por ellos. Los cambios se logran solo cuando las personas de a pie, las personas decentes, que somos la gran mayoría de este país, y con conciencia de lo que es ser ciudadano, lo deciden, se involucran, y se comprometen en las acciones necesarias para lograrlo. Sin la participación de la gente decente***, de los ciudadanos, nada puede cambiar, pero cuando lo deciden, nada los puede detener. En esto consiste EL PODER DE LA GENTE.

El cierre emplea de nuevo esa clase de escritura en mayúsculas para describir típicamente, no explicar concretamente:

Esta es una cruzada en donde nos toca conquistar el corazón de la gente, y despertar las conciencias y la esperanza para iniciar la construcción de un nuevo sistema democrático al servicio de TODOS. Esta es nuestra responsabilidad con la Venezuela en las que nos tocó vivir si queremos ver con orgullo, y no con vergüenza, a los ojos de nuestras próximas generaciones.

Leído el artículo que recibiera de Caldera, le comenté: “Está bien, pero ¿el poder de la gente empleado cómo? ¿Protestando o mandando? Alarcón ha sido particularmente sordo a cosas como ésta, habilitadas por la constitución que él relega al rango de mero papel: Los propios venezolanos“. (Alarcón no concreta cómo es que se “conquista” el corazón de la gente o se “despierta” las conciencias y la esperanza para tan sólo “iniciar” la construcción de un nuevo sistema democrático. También ha escrito: “Una constitución para que esté viva necesita del compromiso de la gente con los valores allí expresados y la disposición a luchar por ellos”, siendo que una constitución es un cuerpo de normas, no de “valores”).

La prédica de este blog acerca de la adquisición por el Pueblo de una “conciencia de Corona” es longeva, pero bastará refrescar cosas dichas en el comentario sobre la marcha del 12 de febrero de 2014 a la Fiscalía General de la República (La marcha de la insensatez; énfasis añadido):

No puede ocultarse lo pernicioso del régimen chavista, y la condición a la que ha sometido al país es repudiable en todo sentido. Es por ello que las ganas de mucho pueblo de protestarlo son harto explicables; el gobierno nos ha llevado a los límites de la exasperación. Pero mandar es muy preferible a protestar. La grave situación de la república, consecuencia de la necia intención de imponerle una camisa de fuerza socialista, sólo puede resolverla la Corona: el Soberano, el Poder Constituyente Originario. Éste es un poder supraconstitucional, sólo limitado por los derechos humanos y lo que la nación haya convenido con las soberanías equivalentes de otras naciones. Es éste el gigante que debe ser despertado para que hable, para que se pronuncie, para que manifieste su voluntad. No para que marche o fabrique pancartas, no para que golpee cacerolas o abuchee presidenticos en juegos de pelota, sino para que ordene. No hay eventos electorales próximos en el calendario nacional (…) pero siempre es tiempo de referendo. Podemos convocarlo cuando queramos. Más que nunca, es el tiempo de preguntar al Soberano si está conforme con la implantación en Venezuela de un régimen político-económico socialista, que es la coartada fundamental del actual gobierno y los que lo antecedieron desde 1999. (Hace dos días, en su amoroso programa Con el mazo dando, el Presidente de la Asamblea Nacional insistía, al comentar la “movida”, la irresponsable “salida” de López & Machado, que “la salida” era el socialismo). Es hora de que hable Su Majestad.

Un abogado anglosajón diría: I rest my case”. LEA

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* Hace treinta y un años; no veintiséis.

** En el uso de Internet, las mayúsculas cerradas constituyen mala educación; se las tiene por el equivalente de gritar.

*** El adjetivo “decente”, que Alarcón emplea dos veces en el mismo párrafo, parece significar que nuestros males deben su origen a políticos “indecentes”. En agosto de 2014, Juan Carlos Sosa Azpúrua postulaba que la solución de nuestro problema nacional vendría de la mano de unos “militares decentes”. Alarcón se incluye en esa categoría: “las personas decentes, que somos la gran mayoría de este país”.

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