Federico Nietzsche (1844-1900)

 

Más allá del bien y del mal. Preludio de una filosofía del futuro (en el original alemán: Jenseits von Gut und Böse. Vorspiel einer Philosophie der Zukunft, 1886) es uno de los textos fundamentales de la filosofía del siglo XIX, del filósofo alemán Friedrich Nietzsche. Publicado en 1886 a costa del mismo autor, el libro no recibió en un principio mucha atención. Nietzsche atacaba en él lo que consideraba vacuidad moral de los pensadores de su siglo, falta de todo sentido crítico de los autodenominados moralistas y su pasiva aceptación de la moral heredada judeo-cristiana. Más allá del bien y del mal recorre todos los temas fundamentales de la madurez filosófica de Nietzsche, y en parte puede ser leído como un desarrollo, en términos más directos, de las ideas que el autor ya había propuesto en un sentido más metafórico en Así habló Zaratustra (Also Sprach Zarathustra).

Wikipedia en Español

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Alba Fernández Ron de Revenga me ha recordado que Baltazar Cardenal Porras y José Rafael su esposo sostenían intensas discusiones acerca de la obra de Federico Nietzsche, pensador por quien guardo profunda admiración. (Aunque sólo fuese por este lema de La ciencia gaya, una de mis citas favoritas: «Sin la música, la vida sería una equivocación»).

En la entrada inmediatamente anterior, indiqué esto de JRR: «Lo conocí en octubre de 1963, como mi profesor de Filosofía Social y Política en la Escuela de Ciencias Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello». Al año siguiente, Alberto Micheo S. J. nos instruía en Doctrina Social de la Iglesia y sorprendentemente, en lugar de encíclicas papales, nos hizo leer ¡a Feodor Dostoievsky (Los hermanos Karamazov) y a Friedrich Nietzsche (Más allá del bien y del mal)!

Por razones musicales yo había explorado, sin concluir su lectura, una obra previa de este último autor: Also sprach Zarathustra:

Richard Strauss – Así hablaba Zaratustra – Fanfarria de apertura (Georg Solti, Orquesta Sinfónica de Chicago)

 

La incompleta exploración de la obra, comprada en Mérida en 1962, logró entusiasmarme con este trozo:

Zaratustra bajó de la montaña y habló de las tres transformaciones del alma. Primero, dijo, es como un camello: un espíritu sacrificado que pide las cargas más pesadas. El camello se convierte entonces en león: “Para crearse la libertad y un santo No, aun enfrente del deber; para eso, hermanos míos, hace falta el león”, prosiguió Zaratustra.

Después preguntó y se contestó él solo: “Pero decidme, hermanos, ¿qué puede hacer el niño que no haya podido hacer el león? ¿Para qué hace falta que el fiero león se trueque en niño? El niño es inocencia y olvido, un nuevo comenzar, un juego, una rueda que gira sobre sí, un primer movimiento, una santa afirmación”.

Así hablaba Zaratustra.

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Pero la lectura de Más allá del bien y del mal resultó ser una verdadera revelación, que percibí como un sismo de todo lo que había pensado hasta mis veinte años, cuando me topé con las enseñanzas del padre Micheo. Es por eso que transcribo a continuación el prefacio de la obra que me sacudiera como ninguna otra.

Prólogo

Suponiendo que la verdad sea una mujer… ¿Cómo? ¿No está justificada la sospecha de que todos los filósofos, en la medida en que han sido dogmáticos, han entendido poco de mujeres, de que la estremecedora seriedad, la torpe insistencia con que hasta ahora han solido acercarse a la verdad eran medios inhábiles e ineptos para conquistar los favores precisamente de una hembra? Lo cierto es que la verdad no se ha dejado conquistar, y hoy toda especie de dogmática está ahí en pie, con una actitud de aflicción y desánimo. (¡Si es que en absoluto permanece en pie!) Pues burlones hay que afirman que ha caído, que toda dogmática yace por el suelo, incluso que toda dogmática se encuentra en las últimas.

Hablando en serio, hay buenas razones que abonan la esperanza de que todo dogmatizar en filosofía, aunque se haya presentado como algo muy solemne, muy definitivo y válido, acaso no haya sido más que una noble puerilidad y cosa de principiantes, y tal vez esté muy cercano el tiempo en que se comprenderá cada vez más qué es lo que propiamente ha bastado para poner la primera piedra de esos sublimes e incondicionales edificios de filósofos que los dogmáticos han venido levantando hasta ahora, una superstición popular cualquiera procedente de una época inmemorial—como la superstición del alma, la cual, en cuanto superstición del sujeto y superstición del yo, aún hoy no ha dejado de causar daño—, acaso un juego cualquiera de palabras, una seducción de parte de la gramática o una temeraria generalización de hechos muy reducidos, muy personales, muy humanos, demasiado humanos.

La filosofía de los dogmáticos ha sido, esperémoslo, tan sólo un hacer promesas durante milenios como lo fue, en una época aún más antigua, la astrología, en cuyo servicio es posible que se hayan invertido más trabajo, dinero, perspicacia, paciencia que los invertidos hasta ahora en favor de cualquiera de las verdaderas ciencias. A la astrología y a sus pretensiones «sobreterrenales» se debe en Asia y en Egipto el estilo grandioso de la arquitectura. Parece que todas las cosas grandes, para inscribirse en el corazón de la humanidad con sus exigencias eternas, tienen que vagar antes sobre la tierra cual monstruosas y tremebundas figuras grotescas. Una de esas figuras grotescas fue la filosofía dogmática, por ejemplo la doctrina del Vedanta en Asia y en Europa el platonismo. No seamos ingratos con ellas, aunque también tengamos que admitir que el peor, el más duradero y peligroso de todos los errores ha sido hasta ahora un error de dogmáticos, a saber, la invención por Platón del espíritu puro y del bien en sí.

Sin embargo, ahora que ese error ha sido superado, ahora que Europa respira aliviada de su pesadilla y que al menos le es lícito disfrutar de un mejor sueño, somos nosotros, cuya tarea es el estar despiertos, los herederos de toda la fuerza que la lucha contra ese error ha desarrollado y hecho crecer. En todo caso, hablar del espíritu y del bien como lo hizo Platón significaría poner la verdad cabeza abajo y negar el perspectivismo, el cual es condición fundamental de toda vida. Incluso, en cuanto médicos, nos es lícito preguntar: «¿De dónde procede esa enfermedad que aparece en la más bella planta de la Antigüedad, en Platón?, ¿es que la corrompió el malvado Sócrates?, ¿habría sido Sócrates, por lo tanto, el corruptor de la juventud?, ¿y habría merecido su cicuta?»

Pero la lucha contra Platón o, para decirlo de una manera más inteligible para el «pueblo», la lucha contra la opresión cristiano-eclesiástica durante siglos—pues el cristianismo es platonismo para el «pueblo»—ha creado en Europa una magnífica tensión del espíritu, cual no la había habido antes en la tierra.

Con un arco tan tenso nosotros podemos tomar ahora como blanco las metas más lejanas. Es cierto que el hombre europeo siente esa tensión como una tortura; y ya por dos veces se ha hecho, con gran estilo, el intento de aflojar el arco, la primera, por el jesuitismo, y la segunda, por la ilustración democrática, ¡a la cual le fue dado de hecho conseguir, con ayuda de la libertad de prensa y de la lectura de periódicos que el espíritu no se sintiese ya tan fácilmente a sí mismo como «tortura»!

Los alemanes inventaron la pólvora —¡todos mis respetos por ello!, pero volvieron a repararlo—, inventaron la prensa. Mas nosotros, que no somos ni jesuitas ni demócratas, y ni siquiera suficientemente alemanes, nosotros los buenos europeos y espíritus libres, muy libres ¡nosotros la tenemos todavía, tenemos la tortura toda del espíritu y la entera tensión de su arco!

Y acaso también la flecha, la tarea y—¿quién sabe?—incluso el blanco

Sils-Maria, Alta Engadina, en junio de 1885

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No sé qué añadir que tenga algún sentido, salvo un enlace desde el que puede descargarse gratuitamente el texto completo de Más allá del bien y del mal (en formato .pdf). LEA

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