Nociones de Política Clínica

Carátula del folleto

Carátula del folleto

Hoy se dio inicio al Taller de Política Clínica, que hospitalariamente aloja la Cátedra de Fisiología Normal de la Escuela Luis Razetti en la Facultad de Medicina de la Universidad Central de Venezuela. La actividad, como explicara el Dr. Jacobo Villalobos, Jefe de la cátedra, es una secuela de la presentación La política como arte de carácter médico, en el espacio Ciencia y algo más… que coordina la distinguida Profra. Ana Blanco Díaz. Ella y la competente investigadora Emilia Díaz han organizado estupendamente el taller en tiempo brevísimo. El grupo de acuciosos asistentes se reunirá conmigo hasta el viernes de esta semana. LEA

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Política Clínica en la Escuela Luis Razetti

El afiche promocional

El afiche promocional (clic amplía)

Luego de la experiencia de una disertación del pasado 10 de julio sobre la Política como arte de carácter médico—feliz para mí: Una orgullosa alegría—, la Cátedra de Fisiología Normal de la Escuela Luis Razetti, en la Facultad de Medicina de la Universidad Central de Venezuela, ha acogido mi ofrecimiento de un Taller de Política Clínica y lo ha programado para la semana del 9 al 13 de noviembre. La asistencia es gratuita, aunque el cupo está limitado a 40 personas. Al lado, el afiche elaborado por la cátedra con instrucciones para la inscripción; en el siguiente enlace puede descargarse el plan temático de la actividad, estructurado en seis módulos: Taller de Política Clínica. El último día se expondrán el quinto y sexto módulos. Acá puede descargarse la planilla para inscribirse, la que debe enviarse a fisiologia.razetti@gmail.complanilla inscripción.

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Temas de Política Clínica (7)

El político como médico

El político como médico

Resulta científicamente válido estudiar la arquitectura de los sistemas biológicos para obtener claves que orienten el diseño de sistemas políticos viables. Es particularmente notable el valor heurístico (relativo a la indagación y el descubrimiento) que ofrece el funcionamiento del sistema nervioso. (DRAE: heurístico, ca. 4. f. En algunas ciencias, manera de buscar la solución de un problema mediante métodos no rigurosos, como por tanteo, reglas empíricas, etc.)

El cerebro humano, a pesar de ser el órgano nervioso más desarrollado de todo el reino de lo biológico, no regula directamente sino muy pocas cosas. Más específicamente, la corteza cerebral, asiento de los procesos conscientes y voluntarios de mayor elaboración, sólo regula directamente los movimientos de conjunto del organismo, a través de su conexión con el sistema músculo-esquelético. La gran mayoría de los procesos vitales es de regulación autónoma. La analogía con lo económico es inmediata. La economía, según la observamos, tiende a funcionar mejor dentro de un ambiente de baja intensidad de regulación.

La corteza cerebral puede emitir órdenes incuestionables al organismo… por un tiempo limitado. Puede ordenar a los músculos respiratorios, por ejemplo, que se inmovilicen. Al cabo de un tiempo más bien breve, esta orden es insostenible y el aparato respiratorio recupera su autonomía. Este hecho sugiere, por supuesto, más de una analogía útilmente aplicable para comprender la relación entre gobierno y sociedad.

Más aún, es sólo una pequeña parte de la corteza cerebral la que emite estas órdenes ineludibles. Esta corteza motora o área piramidal, ubicada en la circunvolución pre-rolándica, abarca la extensión aproximada de un dedo sobre toda la superficie de la corteza cerebral.

Un tercio de la corteza restante es corteza de naturaleza sensorial. A través de los cinco sentidos registra información acerca del estado ambiental o externo; a través de las vías sensoriales “propioceptivas” se informa acerca del estado del medio interno corporal.

La gran mayoría de la superficie cortical del cerebro humano es corteza asociativa. Emplea la información recibida por la corteza sensorial, coteja recuerdos almacenados en sus bancos de memoria, y es la que verdaderamente elabora el telos, la intencionalidad del organismo humano. Es interesante constatar este hecho: en la corteza cerebral hay más brujos que caciques.

En cambio, en nuestro aparato político la participación de actores de tipo asociativo es muy reducida, a pesar de que cada vez su necesidad sea mayor. Un desarrollo político a futuro es el de superar el estilo piramidal, autoritario, cacical de nuestro Estado, por uno en el que tenga más cabida la formación racional, científica, no ideológica, responsable, clínica de las políticas. LEA

Audio del texto narrado

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Temas de Política Clínica (6)

<i>El político como médico</i>

El político como médico

El desiderátum de una Política Clínica, en la que la solución de los problemas públicos predomine sobre la búsqueda del poder, es despreciado por los políticos “profesionales”, que lo creen expresión romántica o ingenua. En política, nos dicen, es preciso sacar sangre. Y si se les dice que la actividad política pudiera ser modelada a partir de la actividad de la comunidad científica, entonces no pueden aguantar la risa.

Lo que ignoran, seguramente, es que la comunidad científica no deja de expresar las pasiones humanas de la emulación y la lucha. Es bueno percatarse a este respecto de que, del Renacimiento a esta parte, la comunidad científica—en la que la confrontación sigue un método universal descrito por Karl Popper en La lógica de la investigación científica—despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes aquellas pasiones, aun las más bajas y egoístas. El relato que hace James Watson—ganador del premio Nóbel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick—en su libro “La Doble Hélice”, de 1968, es una descarnada exposición a este respecto. Watson refiere la feroz competencia por la solución de ese problema, en la que su equipo, por ejemplo, se sentía en una carrera urgentísima contra el grupo liderado por Linus Pauling en los Estados Unidos.

Pero si se quiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de lucha física violenta, fue objeto de una metamorfosis con la introducción de las famosas reglas del Marqués de Queensberry. Así se transformó de un deporte “salvaje”, a puño limpio y sin árbitro, en uno algo más “civilizado”, en el que no toda clase de ataque está permitida.

No se trata, en consecuencia, de negar el espíritu competitivo de la humanidad, sino de reglamentarlo, de encauzarlo hacia una competencia de ideas y soluciones. Se trata de eludir la terrible ironía de Argenis Martínez, quien escribiera: “La característica general de la política venezolana hasta ahora es que si usted está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país, entonces usted ya perdió las elecciones”.

En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de Electores la que termine imponiendo una nueva conducta a los “luchadores” políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevadísimo costo social. LEA

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Temas de Política Clínica (5)

The March of Folly: edición castellana

Barbara Wertheim Tuchman escribió, y le fue publicado por primera vez en 1984 (Alfred A. Knopf, Inc.), un libro de más de 440 páginas para justificar un epílogo o, más bien, para dar basamento a una sola y sencilla conjetura en la penúltima página de ese epílogo: “El problema puede ser no tanto un asunto de educar a los funcionarios para el gobierno como de educar al electorado, para que reconozca y premie la integridad de carácter y rechace lo postizo”.

El libro es, por supuesto, La marcha de la locura (Fondo de Cultura Económica, México, 1989): The March of Folly: From Troy to Vietnam. En la introducción, Tuchman define la locura o insensatez política: se la observa en presencia de un gobernante que, a pesar de disponer de opciones y también consejos oportunos para disuadirlo, insiste en seguir un curso de acción desastroso. Allí mismo introduce dos ejemplos clarísimos: la dispersión de las tribus de Israel y la entrega que Moctezuma hizo de Tenochtitlán a Hernán Cortés.

Luego, Tuchman despliega cuatro grandes lienzos históricos, cada vez más documentados: el episodio del Caballo de Troya, cuya entrada a la ciudad fue permitida en contra de las advertencias de Casandra y Laoconte (Timeo Danaos et dona ferentes); la actitud arrogante de los papas del Renacimiento que llevó a una reforma luterana perfectamente evitable; la necia terquedad de Jorge III de Inglaterra, causante de la Independencia de los Estados Unidos; la intromisión de esta última nación en Vietnam.

Al mostrar por este método histórico que la insensatez política, lejos de ser una excepción, es la regla, inquiere por una posible solución, pues ella afecta a grandes contingentes humanos. Entonces apunta la receta de Platón: tómese una selección de hombres y edúqueseles para ser los mejores, quienes deben gobernar. La historiadora rebusca en la historia para comprobar que ese récipe no ofrece garantías. Por ejemplo, el caso del cuerpo de élite de los jenízaros, en Turquía: depusieron y decapitaron al sultán, violaron a la sultana, dilapidaron el tesoro del Imperio Otomano… Es sólo después de ese examen ulterior cuando Bárbara Tuchman asoma su hipótesis.

El “principio Tuchman” encuentra eco en otros autores. Neil Postman y Charles Weingartner expusieron, en La enseñanza como actividad subversiva (Teaching as a Subversive Activity, 1969), que era probablemente el objetivo primordial de la educación dotar a los educandos con un “detector de porquerías” (crap detector).

Se trata de un principio profundamente democrático, que hace residir la clave del buen gobierno, no en los gobernantes, sino en los gobernados. LEA

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Archivo de audio del texto narrado:


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