Mera reproducción

 

Por considerarlo de interés, se reproduce acá un artículo de opinión publicado hoy por El País de España.

El presidente de Colombia, Iván Duque, este martes en rueda de prensa. REUTERS

 

Una política exterior de adolescente

En las épocas de Álvaro Uribe era común ver ataques vehementes a la comunidad internacional, pero nunca se llegó a las actuales circunstancias

 

 

En las últimas semanas, y en medio de la crisis del Covid-19, se ha dejado ver lo incoherente e ineficaz de la política exterior colombiana. Hace algunos días, la Oficina de la Alta Comisionada para los Derechos Humanos sacó su informe anual. En él, Colombia quedaba mal parada, pues era claro que la situación de seguridad en el país se estaba deteriorando. No debe olvidarse que la seguridad fue la principal bandera del actual presidente durante la campaña política de 2018. El resultado, luego de 18 meses de gobierno, es un deterioro increíble. El Gobierno colombiano acusó a la ONU de indebida injerencia en la soberanía nacional.

Días más tarde, salió el informe del relator para defensores y defensoras de derechos humanos de la Naciones Unidas, Michel Forst. Allí, quedaba claro que Colombia es el país de la región donde más se asesinan líderes sociales. Además, mostraba que los niveles de impunidad son particularmente altos. Nuevamente, el Gobierno colombiano hizo un gran escándalo. Pero lo más complicado se supo horas después de publicarse el documento: al señor Michel Forst no se le permitió regresar al país en 2019 para terminar su informe, su primera visita fue a finales de 2018. Aunque el relator buscó que lo invitaran, siempre el Ejecutivo colombiano esquivó esa petición. Este tipo de comportamiento solo lo tienen Gobiernos con democracias débiles o abiertamente autoritarios.

Horas después de estas dos reacciones del gobierno ante los dos informes en materia de derechos humanos, el presidente Iván Duque se reunió con el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres. Allí, el presidente intentó rebajar la tensión y anunció un acuerdo de cooperación con las Naciones Unidas. Todo esto ocurrió en unos cuantos días. El mundo diplomático en Colombia dice no entender nada. De hecho, calificaron la política exterior colombiana como caótica y errática.

Pero la cereza en el pastel llegó en las últimas horas. El presidente Iván Duque anunció el cierre de la frontera entre Colombia y Venezuela. Horas después había una verdadera crisis humanitaria, centenares de personas pasaban por las trochas o caminos ilegales. La frontera entre ambos países tiene una extensión de poco más de 2.200 kilómetros, hay más de 150 trochas, todas ellas controlados por las 28 estructuras armadas ilegales que están en el espacio fronterizo. Cada vez que cierran los puentes fronterizos legales, se da una bonanza económica para estas estructuras, pues aumenta el cobro por persona que quiera pasar. De tal forma que el cierre no va a contener el Covid-19. La única forma de contenerlo es garantizando la coordinación entre ambos Estados o al menos entre las autoridades sanitarias de ambos Estados. Aun así, y a pesar de una posible crisis, el Gobierno colombiano sigue hablando de un presidente interino, Juan Guaidó, que en la vida real no existe.

Toda la política exterior colombiana gira en torno a Venezuela, al respaldo a un presidente interino que no controla nada, mientras que la frontera es un verdadero caos. En otro tiempo, en las épocas de Álvaro Uribe, era común ver estos ataques vehementes a la comunidad internacional, pero nunca se llegó a las actuales circunstancias. Además, en ese momento, Uribe tenía el 80% de aprobación, actualmente Duque ronda el 23%. Es decir, hay un gran ridículo internacional y una crisis política interna.

Al final, se puede decir que la política exterior de Colombia es un gran fiasco. Carece de dosis de realismo, de un horizonte común y sobre todo de alguien que la lidere. Pareciera que la política doméstica lo rige todo y el ala radical del partido de Gobierno controla la Cancillería. No se piensa con criterio de Estado sino de venganza partidista.¶

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Actualización: El mismo diario español trae hoy, 19 de marzo, un reportaje (La emergencia sanitaria acerca a Colombia y Venezuela) en el que se lee: “…se produjo una reunión entre el ministro de Salud y Protección Social de Colombia, Fernando Ruiz, el gerente de la frontera con Venezuela, Felipe Muñoz, con el titular de Salud de Venezuela, Carlos Alvarado. En la cita, realizada de forma virtual para coordinar información sobre la Covid-19, participaron en efecto los representantes de la OPS ante los dos Gobiernos. ‘Durante 46 minutos se habló de la estrategia para contener esta epidemia y salvaguardar la salud de la población más vulnerable’, informó el Ejecutivo colombiano”. De todos modos, continúa siendo certera la caracterización de Ariel Ávila al escribir: “un presidente interino, Juan Guaidó, que en la vida real no existe”. El Carabobeño titula una nota en este día de San José de este modo: “Juan Guaidó exhorta a la FANB a permitir el ingreso de la ayuda humanitaria a Venezuela”. Un presidente no exhorta a los militares; les da órdenes. Vale.

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Trashumancia y transhumanismo

 

Un “hombre” del futuro

 

trashumar De tras- y el lat. humus ‘tierra’. 1. intr. Dicho del ganado o de sus conductores: Pasar desde las dehesas de invierno a las de verano, y viceversa. 2. intr. Dicho de una persona: Cambiar periódicamente de lugar.

Diccionario de la Lengua Española

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Elon Musk profesa su propia versión del transhumanismo*, y también predica el traslado de una colonia de un millón de seres humanos desde el ambiente terrícola a Marte, como modo de preservar nuestra especie.

Musk ha dicho que la vida en múltiples planetas nos puede servir como una defensa en contra de amenazas a la supervivencia de la especie humana: Un asteroide o un supervolcán podría destruirnos, y nos enfrentamos a riesgos que los dinosaurios jamás vieron: un virus manufacturado, la creación involuntaria de un mini agujero negro, cambios climáticos catastróficos o alguna tecnología que aún no conocemos podría ser el fin de lo que conocemos. La humanidad ha evolucionado por millones de años, pero en los últimos sesenta años nuestro armamento nuclear ha traído consigo la posibilidad de extinguirnos a nosotros mismos. Tarde o temprano, debemos expandir nuestras vidas más allá de esta bola verde y azul o nos extinguiremos. (Wikipedia en Español).

La posición de Musk va bastante más allá de una mera opinión; como emprendedor de la más alta tecnología, ha desarrollado cohetes que pudieran llevar a cabo esa gigantesca trashumancia. En breve nota del 1º de marzo, Ernesto Martelli escribió para La Nación de Argentina:

El responsable de los cohetes y misiones SpaceX y de los autos eléctricos Tesla, entre otros emprendimientos acusados de delirantes, recomendó en estos días la lectura, completa y en orden, del libro de ciencia ficción que lo inspiró: la saga Fundación, de Isaac Asimov, de cuyo nacimiento se cumplieron 100 años. “El colapso y la reconstrucción de un vasto imperio interestelar” influyeron en el joven Musk. Mientras los virus azotan, él porfía en la oportunidad de viajar a y habitar otros planetas. Y exportar nuestros imperios.

La última oración es una grosera distorsión del pensamiento de Musk.** En todo caso, está de moda eso del transhumanismo, cuya doctrina fue formulada originalmente en 1998. (Se reproduce de seguidas la versión de marzo de 2009):

 

Declaración Transhumanista

 

    1. En el futuro, la humanidad cambiará de forma radical por causa de la tecnología. Prevemos la viabilidad de rediseñar la condición humana, incluyendo parámetros tales como lo inevitable del envejecimiento, las limitaciones de los intelectos humanos y artificiales, la psicología indeseable, el sufrimiento, y nuestro confinamiento al planeta Tierra.
    2. La investigación sistemática debe enfocarse en entender esos desarrollos venideros y sus consecuencias a largo plazo.
    3. Los transhumanistas creemos que siendo generalmente receptivos y aceptando las nuevas tecnologías, tendremos una mayor probabilidad de utilizarlas para nuestro provecho que si intentamos condenarlas o prohibirlas.
    4. Los transhumanistas defienden el derecho moral de aquellos que deseen utilizar la tecnología para ampliar sus capacidades mentales y físicas y para mejorar su control sobre sus propias vidas. Buscamos crecimiento personal más allá de nuestras actuales limitaciones biológicas.
    5. De cara al futuro, es obligatorio tener en cuenta la posibilidad de un progreso tecnológico dramático. Sería trágico si no se materializaran los potenciales beneficios a causa de una tecnofobia injustificada y prohibiciones innecesarias. Por otra parte, también sería trágico que se extinguiera la vida inteligente a causa de algún desastre o guerra ocasionados por las tecnologías avanzadas.
    6. Necesitamos crear foros donde la gente pueda debatir racionalmente qué debe hacerse, y un orden social en el que las decisiones serias puedan llevarse a cabo.
    7. El transhumanismo defiende el bienestar de toda conciencia (sea en intelectos artificiales, humanos, animales no humanos, o posibles especies extraterrestres) y abarca muchos principios del humanismo laico moderno. El transhumanismo no apoya a ningún grupo o plataforma política determinada.

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Ocho años antes de la primera versión de la declaración que antecede, escribí lo que sigue (en Un tratamiento al problema de la calidad en la educación superior no vocacional en Venezuela, diciembre 1990):

El metauniverso

Un paseo por los temas precedentes, independientemente de la profundidad con que se emprenda, habrá dejado de lado las acuciantes preguntas finales que habitualmente son el predio de la filosofía y la teología. Consideraríamos fundamentalmente incompleto un programa de educación superior que las eludiese intencionalmente.

Sería sorprendente que la turbulencia detectada, a fines del siglo XX, en prácticamente toda parcela del conocimiento de la humanidad, estuviera ausente de cuestiones tales como el sentido del mundo y el significado último de la existencia humana. Es cada vez más frecuente encontrar, por otra parte, en los diagnósticos que intentan establecer las causas de la erosión institucional y la patología de la conducta societal, una referencia a una crisis de los valores. Sería igualmente sorprendente que la solución a esta mentada crisis de los valores, a diferencia de la orientación futurista que hemos emprendido en relación con los tópicos previos, fuese a encontrarse en una vuelta a imágenes que fueron funcionales en un pasado.

Pero no se trataría en un programa como el que esbozamos de vender una filosofía, una teología o una religión particulares. Se trataría, en cambio, de afrontar decididamente la temática, de explorarla en conjunto, de discutirla. Por fortuna, también en este territorio es posible echar mano de textos útiles para una deliberación informada sobre el tema.

En primer lugar, es nuestra decidida recomendación la lectura de El Fenómeno Humano, del jesuita francés Pierre Teilhard de Chardin. Como él mismo se cuida de dejar claramente asentado en su introducción a esa obra, su punto de partida no es místico o teológico. Su perspectiva es fenomenológica, basada sobre su experiencia directa como paleontólogo. Y a pesar de que ese importante texto se encuentre desactualizado en más de un dato desde el punto de vista de la empírica paleontológica, su esquema de conjunto continúa siendo un sugestivo y estimulante discurso sobre el sentido del universo.

En una vena diferente están las ideas de Edward Fredkin, profesor de ciencias de la computación en el Instituto Tecnológico de Massachussetts. Fredkin no ha escrito libros, pero sus ideas sobre el universo, expuestas en varios cursos que dicta en el instituto mencionado, han sido recogidas en otras obras, entre otras, en Three Scientists and Their Gods: Looking for Meaning in an Age of Information, escrita por Robert Wright.

Fredkin postula que el universo es semejante a una computadora colosal en la que corre un programa diseñado para responder a una pregunta de Dios. Reporta Wright: “Pero entre más charlamos, Fredkin se acerca más a las implicaciones religiosas que está tratando de evitar. «Me parece que lo que estoy diciendo es que no tengo ninguna creencia religiosa. No sé qué hay o qué podría ser. Pero sí puedo afirmar que, en mi opinión, es probable que este universo en particular sea una consecuencia de algo que yo llamaría inteligencia.» ¿Significa esto que hay algo por ahí que quisiera obtener la respuesta a una pregunta? «Sí» ¿Algo que inició el universo para ver que pasaría? «En cierta forma, sí.»”

La visión de Fredkin es una nueva versión de las ya frecuentes identificaciones o correspondencias entre lo físico y lo informático. Todavía es al menos una curiosidad insólita, si no un misterio más profundo, que la forma matemática de la ecuación de la entropía térmica sea exactamente la misma de la ecuación fundamental de la teoría de la información, formulada por Claude Shannon en los años cuarenta de este siglo. La computadora cósmica de Fredkin tendría que operar, entre otras cosas, dentro de algoritmos fractales que generarían con el tiempo el “caos” del universo observable.

Dios sería, entonces y entre otras cosas, una memoria infinita, un “RAM” inagotable que preservaría, en estado de información completa, el origen y el acontecer del cosmos.

Parece ser una experiencia reiterada de la ciencia el toparse, en el límite de sus especulaciones más abstractas, con el problema de Dios. Puede que sea un importantísimo subproducto de la actividad científica moderna el de proporcionar imágenes para la meditación sobre un Dios al que ya resulta difícil imaginar bajo la forma de un ojo en una nube o una zarza ardiendo. Un Dios informático para una Era de la Información.

Otras intuiciones pertinentes nos vienen, como de contrabando, junto con el tema de “los otros”: la presencia de otros seres inteligentes en el universo. Los astrofísicos consideran muy seriamente la posibilidad de vida inteligente extraterrestre. En realidad, dado el gigantesco número de estrellas y galaxias, contadas por centenares de millones, la hipótesis de que estamos solos en el cosmos resulta, decididamente, una conjetura presuntuosa.

Hasta ahora no hay resultado positivo de los incipientes intentos por establecer comunicación con seres extraterrestres, a pesar de la seriedad científica de tales intentos. (Por ejemplo, el proyecto OZMA, que incluyó la transmisión hacia el espacio exterior de información desde el gran radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico, en códigos que se supone fácilmente descifrables por una inteligencia “normal”).

¿Qué consecuencias podría esto tener para, digamos el paradigma cristiano, hasta cierto punto asentado sobre una noción de unicidad del género humano en el universo? Aun antes de cualquier contacto del “tercer tipo”, la mera posibilidad del encuentro ejerce presión sobre los postulados actuales de al menos algunas—las más “personalizadas”—entre las religiones terrestres.

En otra dirección, ¿qué alteraciones impensadas podrían producirse en el sentimiento trascendental y religioso del hombre si efectivamente se llegara a construir “inteligencias artificiales” operacionalmente indistinguibles de la de un ser humano? ¿Qué nuevas nociones éticas, qué nuevas figuras de derecho requeriría un hecho tal? ¿Tal vez una bula pontificia que declare—como en Short circuit II,*** la película reciente—la “humanidad” de estos seres sintéticos? ¿Sería admisible su esclavización? ¿Es la especie humana la última fase de la evolución biológica, o será una nueva especie una combinación de metales y cerámicas que hayamos programado con inteligencia y con capacidad de autorreproducción?

O, una reflexión ulterior y mucho más radical, sugerida por la hasta hace nada impensable capacidad de alteración artificial del material genético. Nuestra idea firmemente acendrada es la de que habitamos un ambiente cósmico que obedece a unas leyes inmutables. ¿No habrá allá, en un remoto futuro de la humanidad, así como hoy alteramos a voluntad “las leyes de la vida”, la posibilidad de que modifiquemos incluso las leyes de la física, de que variemos la magnitud de una constante universal, y con ello alteremos el propio tejido del universo o demos origen, más aún, a un universo completamente nuevo?

Son cuestiones todas éstas que estimamos saludablemente planteables a inteligencias en procura de una educación superior.

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De la ingeniería genética a la ingeniería cósmica, pues. LEA

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* El transhumanismo es un movimiento cultural e intelectual internacional que tiene como objetivo final transformar la condición humana mediante el desarrollo y fabricación de tecnologías ampliamente disponibles, que mejoren las capacidades humanas, tanto a nivel físico como psicológico o intelectual. Los pensadores transhumanistas estudian los posibles beneficios y peligros de las nuevas tecnologías que podrían superar las limitaciones humanas fundamentales, como también la tecnoética adecuada a la hora de desarrollar y usar esas tecnologías. Estos especulan sosteniendo que los seres humanos pueden llegar a ser capaces de transformarse en seres con extensas capacidades, merecedores de la etiqueta “posthumano”. (Wikipedia en Español).

** Políticamente, Musk se ha descrito a sí mismo como “mitad demócrata, mitad republicano” y “estoy en algún lugar en el medio, socialmente liberal y fiscalmente conservador”. En 2018, declaró que “no era conservador. Estoy registrado como independiente [y] políticamente moderado”. Impulsado por la aparición de automóviles autónomos y la inteligencia artificial, Musk ha expresado su apoyo a un ingreso básico universal; Además, respalda la democracia directa. Se ha descrito a sí mismo como un socialista, pero “no del tipo que desplaza los recursos de lo más productivo a lo menos productivo, pretendiendo hacer el bien y al mismo tiempo causando daño”, argumentando en cambio, “el verdadero socialismo busca el mayor bien para todos”. Apoya la fijación de una tasa impositiva inclusiva del 40%, prefiere los impuestos al consumo a los impuestos sobre la renta y apoya el impuesto al patrimonio, ya que la “probabilidad de que la progenie sea igualmente excelente en la asignación de capital no es alta”. (Traducción del artículo en inglés de Wikipedia).

*** Ver Cortocircuito 2 en Wikipedia en Español.

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De la inteligencia como deber

 

El pasaje crucial de La Ética de la Creencia

 

Presentación: lo que sigue—con la adición de tres anotaciones—es la traducción del muy recomendable artículo en brainpickings de María Popova acerca de una obra fundamental de William Kingdon Clifford: La ética de la creencia. Mi admiración por este agudo y certero autor británico es muy grande, y no vacilo en reconocer que ese ensayo suyo es una de mis principales guías éticas, tal vez la más importante, en materia política.

Muy cerca de la postura de Clifford está la expresada por John Erskine en La obligación moral de ser inteligente, puesto que ambos son de la opinión de que el conocimiento no es una cosa que pueda elegirse tener o no tener, según nuestro capricho. Desde el momento cuando terceras personas son afectadas por nuestras acciones, debemos a los otros el asegurarnos, hasta donde sea posible, de que no resultarán dañados por nuestra ignorancia. Es nuestro deber ser inteligentes. (Un tratamiento al problema de la calidad en la educación superior no vocacional en Venezuela, 15 de diciembre de 1990).

La prédica central de Clifford es esencial para no perderse en esta época de fake news, cuando la política está infestada de ellas y de dogmáticas condenas. LEA

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La Ética de la Creencia: el gran matemático y filósofo inglés William Kingdon Clifford sobre la disciplina de la duda y cómo podemos confiar en una verdad

 

 

“La confianza que las personas tienen en sus creencias no es una medida de la calidad de la evidencia sino de la coherencia de la historia que su mente ha logrado construir”, observó el psicólogo Daniel Kahneman*, ganador del premio Nobel, al resumir sus estudios pioneros de psicología del comportamiento sobre cómo y por qué nuestras mentes nos engañan. Y, sin embargo, nuestras creencias son la brújula con la que navegamos por el paisaje de la realidad, la que dirige nuestras acciones y conforma así nuestro impacto sobre esa misma realidad. El gran físico David Bohm capturó esta dependencia ineludible de manera memorable: “La realidad es lo que consideramos cierto. Lo que consideramos verdadero es lo que creemos… Lo que creemos determina lo que consideramos verdadero ”.

¿Cómo, entonces, alinear nuestras creencias con la verdad en lugar de la ilusión, para que podamos percibir la representación más precisa de la realidad de la que sea capaz la mente humana, y a la vez guiar nuestras acciones hacia fines nobles y constructivos?

Eso fue lo que el matemático y filósofo inglés William Kingdon Clifford (4 de mayo de 1845 – 3 de marzo de 1879) exploró con visión poco común y elegancia retórica casi un siglo y medio antes de la edad de oro de los “hechos alternativos“.

Cuando la tuberculosis reclamó su vida a la edad injusta de treinta y tres años, Clifford había revolucionado las matemáticas desarrollando el álgebra geométrica, había escrito un libro de cuentos de hadas para niños y se había convertido en la primera persona en sugerir que la gravedad podría ser una función de una geometría cósmica subyacente, al desarrollar lo que llamó una “teoría espacial de la materia” décadas antes de que Einstein transformara nuestra comprensión del universo al unir el espacio y el tiempo en una geometría del espacio-tiempo.

Pero una de las contribuciones más duraderas de Clifford es un ensayo titulado La ética de la creencia, publicado originalmente en 1877 en la revista Contemporary Review y luego incluido en Razón y responsabilidad: lecciones sobre algunos problemas básicos de filosofía. En el ensayo, Clifford investiga la naturaleza del bien y el mal, el infernal abismo entre la creencia y la verdad, y nuestra responsabilidad por la verdad a pesar de nuestras habituales desviaciones humanas de la sinrazón, el engaño y la racionalización.

Clifford, con solo treinta y dos años, comienza con una parábola que contiene un experimento mental de carácter ético:

Un dueño de barcos se encontraba a punto de enviar al mar un buque de emigración. Sabía que éste era viejo y no demasiado bien construido desde un comienzo; que había visto muchos mares y muchos climas y que a menudo había necesitado reparación. Se le había sugerido dudas de que posiblemente el barco en cuestión no mereciera navegar. Estas dudas hacían presa de su mente y le causaban infelicidad; pensó que tal vez debiera hacer que le reacondicionaran y readaptaran a fondo, aunque eso pudiera significarle un gasto considerable. Antes de que el buque zarpara, no obstante, fue capaz de vencer tales reflexiones melancólicas. Se dijo a sí mismo que el barco había navegado con seguridad en muchos viajes y había superado tantas tormentas que era ocioso suponer que no regresaría a salvo también de este viaje. Pondría su confianza en la Providencia, que difícilmente podría dejar de proteger a las infelices familias que abandonaban su patria para buscar mejores tiempos en alguna otra parte. Despediría de su mente todas las poco generosas suposiciones acerca de la honestidad de constructores y contratistas. De tal modo llegó a adquirir una sincera y cómoda convicción de que su barco era decididamente seguro y digno del mar; le vio zarpar con corazón liviano y con deseos benevolentes por el éxito de los exiliados en lo que sería su nuevo y extraño hogar; y cobró el dinero del seguro cuando el barco se hundió en medio del océano y no contó cuentos.

¿Qué diremos de él? Seguramente esto: que verdaderamente era muy culpable de la muerte de aquellos hombres. Puede admitirse que creyera sinceramente en la idoneidad de su barco; pero la sinceridad de su convicción no puede de ningún modo auxiliarle, porque no tenía derecho de creer en una evidencia tal como la que tenía delante de sí. El había adquirido su creencia no ganándosela responsablemente mediante paciente investigación, sino sofocando sus dudas. Y aun cuando al final podría haberse sentido tan seguro que no hubiera podido pensar de otra manera, sin embargo, en tanto consciente y voluntariamente se dejó llevar a ese estado mental, tiene que considerarse responsable por ello… Alteremos un poco el caso y supongamos que el barco sí era idóneo después de todo, que hizo ese viaje con seguridad y muchos otros después de ése. ¿Disminuye esto la culpa del propietario? Ni un ápice. Una vez que una acción está hecha es correcta o incorrecta para siempre, y ningún fracaso accidental de sus buenas o malas consecuencias puede posiblemente alterar eso. Ese hombre no habría sido inocente, simplemente no habría sido descubierto. 

Clifford agrega una capa de complejidad ética al argumentar que incluso si el barco no se hubiera hundido, el propietario del barco sería culpable del mismo error de juicio, ya que “no habría sido inocente, sino que no habría sido descubierto”. Así escribe:

La cuestión del bien o el mal tiene que ver con el origen de su creencia, no con su sustancia; no con lo que era sino con cómo la obtuvo; no si a fin de cuentas resultó ser verdadera o falsa, sino si tenía el derecho de creer a partir de la evidencia que tenía frente a sí.

[…]

Porque no es posible separar la creencia de la acción que ella sugiere para condenar a una sin condenar a la otra. Ningún hombre que tenga una fuerte creencia a favor de un lado de una cuestión, o incluso que desee sostener una creencia en ese lado, puede investigarlo con tanta justicia e integridad como si realmente estuviera en duda y fuera imparcial, de modo que la existencia de una creencia que no está basada en una investigación justa hace incompetente a un hombre para el desempeño de ese necesario deber.

Un siglo antes de que los psicólogos llegaran a identificar defectos cognitivos tales como el sesgo de confirmación y el efecto contraproducente**, Clifford agregaba:

Tampoco se trataba en absoluto, verdaderamente, de una creencia que no tuviera influencia alguna sobre las acciones de quien la sostenía. Quien realmente cree en lo que lo impulsa a una acción lo ha considerado para codiciarla, ya se ha comprometido con ella en su corazón. Si una creencia no se realiza de inmediato en actuaciones manifiestas, se almacena para la orientación del futuro. Pasa a formar parte de ese agregado de creencias que vincula la sensación y la acción en cada momento de nuestras vidas y se organiza y compacta tanto que ninguna de sus partes puede aislarse del resto, más bien cada nueva adición modifica la estructura del conjunto. Ninguna creencia real, por minúscula y fragmentaria que parezca, es realmente insignificante; nos prepara para recibir otras similares, confirma las anteriores que se le parecen debilitando a otras y así, gradualmente, establece una furtiva cadena de íntimos pensamientos que puede explotar algún día como acción abierta, dejando su impronta en nuestro carácter para siempre.

En un sentimiento evocador de las reflexiones del poeta y filósofo indio Tagore sobre la interdependencia de la existencia, Clifford se encarga de resaltar el tapiz sociológico del que se ha arrancado cada hebra de nuestras creencias privadas:

La creencia de alguien no es, en ningún caso, un asunto privado que le concierne sólo a él. Nuestras vidas están guiadas por esa concepción general sobre el curso de las cosas, que ha sido creada por la sociedad con fines sociales. Nuestras palabras, nuestras frases, nuestras formas y procesos y modos de pensamiento, son propiedad común, formada y perfeccionada por una época tras otra; un legado que cada generación sucesiva hereda como precioso depósito y sagrado fideicomiso para ser entregado a la siguiente; no sin cambios, sino ampliado y purificado, con algunas claras señales de su propio trabajo. En esto, para bien o para mal, se entrelaza cada creencia de cada hombre que oye hablar a sus semejantes. Es un tremendo privilegio y una tremenda responsabilidad que tengamos que crear el mundo en el que vivirá la posteridad.

En un pasaje de asombrosa pertinencia para la actualidad—dado que ciertas peligrosas ideologías divorciadas de la verdad ofrecen un falso consuelo con los llamados “hechos alternativos“, en detrimento de nuestro bien común—, advierte Clifford:

La creencia, esa facultad sagrada que incita las decisiones de nuestra voluntad, y teje en armoniosa obra todas las energías compactadas de nuestro ser, no es nuestra para nosotros sino para la humanidad. Se la usa correctamente en verdades que hayan sido establecidas por una larga experiencia y trabajo paciente, que permanezcan erguidas ante la feroz iluminación de un libre e intrépido cuestionamiento. Entonces sirve para unir a los hombres y fortalecer y dirigir su acción común. Se la profana cuando se la concede a declaraciones no probadas o cuestionadas, para consuelo y placer privado del creyente, para agregar un esplendor de oropel al sencillo camino recto de nuestra vida y mostrar más allá de él un brillante espejismo, o incluso para ahogar las penas comunes de nuestra especie mediante un autoengaño que le permite no solo derribarnos, sino también degradarnos. Quien, en este asunto, desea merecer bien de parte de sus semejantes protegerá la pureza de sus creencias con un verdadero fanatismo que cuidará celosamente, no sea que en algún momento llegue a descansar sobre objeto indigno y adquiera una mancha que nunca podrá ser borrada.

Tres siglos después de que el padre fundador de la filosofía occidental y cruzado de la razón, René Descartes, afirmara que “no es suficiente tener una buena mente; lo principal es emplearla bien”, Clifford agregaría:

En lo que respecta, entonces, a la sagrada tradición de la humanidad, aprendemos que ella no consiste en proposiciones o declaraciones que deban ser aceptadas y creídas por autoridad de la tradición, sino en preguntas correctamente formuladas, conceptos que nos permitan formular preguntas adicionales y métodos para responder las preguntas. El valor de todas estas cosas depende de que sean sometidas a prueba todos los días. La propia condición sagrada de ese precioso depósito nos impone el deber y la responsabilidad de someterlo a prueba, de purificarlo y agrandarlo al máximo de nuestras fuerzas. El que hace uso de sus resultados para sofocar sus propias dudas o para obstaculizar la investigación de otros, es culpable de un sacrilegio que los siglos nunca podrán borrar.

Un método para purificar y ampliar nuestro acceso a la verdad es lo que Carl Sagan esquematizó un siglo más tarde en su inmortal Caja de detección de engaños, pero fue el propio Clifford quien cristalizara el enfoque más eficaz en una frase*** maravillosamente sucinta:

Es en todo tiempo y lugar moralmente erróneo que cualquiera crea en algo sobre la base de evidencia insuficiente.

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En Marcos para la interpretación de la libre empresa en Venezuela, 9 de enero de 2004: “Para un tratamiento bastante exhaustivo y técnico del tema de los marcos, con especial aplicación a la elección entre opciones con diferentes resultados espe­rados, y su diferente presentación o ‘enmarcamiento’, puede verse Choices, Values and Frames, editado por Daniel Kahneman y Amos Tversky y publicado por Cambridge University Press en 2000. Los autores se hicieron acreedores al Premio Nobel de Economía por sus trabajos desde la perspectiva de la psicología de la cognición. Tversky murió antes de recibirlo”.

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** “El efecto contraproducente es un nombre para el hallazgo de que, dada la evidencia en contra de sus creencias, las personas pueden rechazarla y creerlas aun más fuertemente”. (Wikipedia).

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*** El compacto y poderoso dogma de Clifford se sigue por estas palabras: “Si un hombre que sostiene una creencia que se le enseñara en su infancia o de la que se le persuadiera más tarde, abate y repele cualesquiera dudas que sobre ella surgieran en su mente, evita adrede la lectura de libros y la compañía de hombres que la cuestionan o discuten, y considera impías aquellas preguntas que no puedan ser formuladas fácilmente sin perturbarla, la vida de ese hombre es un largo pecado contra la Humanidad.

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La resurrección de un padre

 

Ariana y Hans Neumann

 

Lo que sigue es traducción al español de una reseña—Hiding from the Gestapo in plain sight in Berlin—que aparecerá el sábado 15 de este mes en la edición impresa de The Spectator, la venerable revista inglesa fundada en 1828. Da cuenta de una obra extraordinaria, producto de la investigación de Ariana Neumann Anzola sobre la vida de su padre antes de su llegada a Venezuela en 1949, de la que él prácticamente no hablaba. Tuve la inmensa suerte de trabajar para él durante más de once años; Hans era un caballero verdaderamente monumental. Cuando se estrenó en el Centro Comercial Chacaíto de Caracas la sala Cinema Uno, se escogió abrirla con El dios fingido (The Magus), película basada en la novela homónima de John Fowles, y mi entusiasmo con el filme me llevó a verlo tres veces, la última en compañía de Hans, a quien convencí de que valía la pena. Una de sus escenas reconstruye la masacre con ametralladoras nazis de ciudadanos griegos comunes, y Hans, sentado a mi derecha, saltó en su asiento clavando sus dedos en mi brazo. Mi inconsciencia no había calculado la aguda pena que la escena le causaría removiendo sus insoportables recuerdos. En otra ocasión, cuando se separaba de su primera esposa para casarse con la madre de Ariana, me confió: “Cuando me casé con Milada [Svaton], vivíamos una época en la que quien se permitiera un sentimiento era hombre muerto”. LEA

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Escondiéndose a plena vista de la Gestapo en Berlín

 

Ariana Neumann describe la extraordinaria existencia de su padre en tiempos de guerra, como judío checo que se movía libremente por la capital alemana

 

Anne Sebba

 

De los muchos momentos sombríos que se han alojado en mi mente desde que leí este libro extraordinario, el más inquebrantable es la imagen del otrora respetable Otto Neumann caminando hacia su muerte bajo una lluvia torrencial, por cuyo rostro y ojos corría betún negro. Su destino quedó sellado cuando un cabello plateado revelado debajo aseguró que se le considerara demasiado viejo como para ser seleccionado para trabajar. Fue enviado a las cámaras de gas de Auschwitz.

Pero si este aguacero, en un mundo horriblemente loco, se puede considerar mala suerte—después de todo, Otto y su esposa Ella se las habían arreglado para sobrevivir en el infierno que fue Terezín durante dos años—Hans, su pequeño hijo. escondido, llegaría a tener momentos de asombrosa buena suerte que aseguraron su supervivencia. Después de la guerra, tal vez su mayor suerte fue tener una hija que ha dedicado años a desentrañar y reconstruir las experiencias de guerra de las que nunca podría hablar con nadie, y menos aún con ella. Sin embargo, él quería claramente que ella escribiera esta historia, y a su muerte en 2001 le dejó una caja de papeles que, ella cree, le dio permiso para continuar la búsqueda.

En realidad, la búsqueda comenzó mucho antes, cuando Ariana, criada como católica en Caracas, jugaba con algunos amigos de la escuela que pretendían ser parte de un club de detectives o espías, al que llamaron el Club de la Bota Misteriosa. Uno de los primeros documentos que descubrió fue una tarjeta de identidad de 1943 con el nombre de Jan Sebesta y una estampilla de Hitler, pero con una foto de su padre cuando era joven. Sin embargo, cuando corrió hacia su madre gritando que su padre debía ser un impostor, nadie le dijo nada más. No se alentaba ninguna discusión acerca de lo que había sucedido antes de su exitosa vida como un rico industrial y coleccionista de arte en Venezuela, adonde se mudó con casi nada en 1949. Y sin embargo, hubo vislumbres ocasionales y desconcertantes, como cuando en 1990 llevó a su hija de regreso a Praga y, deteniéndose en la cerca de malla de alambre a lo largo de las vías del tren de Bubny, rompió a sollozar incontrolablemente. Nunca pudo contarle a su única hija el devastador evento que tuvo lugar allí en 1942. Tendría que averiguarlo por sí misma.

Durante los años transcurridos desde la muerte de su padre, Neumann ha localizado y reunido cientos de documentos y pistas para crear este conmovedor recuento de la supervivencia de su progenitor en tiempos de guerra. Hacia la mitad del libro está el relato de cómo evitó por primera vez la deportación, escondiéndose en una partición estrecha especialmente construida en la fábrica de pinturas de su familia en Praga. Cuando su existencia allí se volvió demasiado peligrosa, él y su amigo Zdenek, en cierto sentido el verdadero héroe de este libro, idearon un intrépido plan para que él viajara a Berlín con papeles falsificados y trabajara bajo un nombre falso en una fábrica de pinturas de Berlín que estaba desarrollando un nuevo sistema de camuflaje para cohetes alemanes.

La historia de cómo este judío checo buscado por la Gestapo, escondido a la vista en Berlín donde tuvo una relación con una viuda de guerra alemana, fue elogiado por su innovador trabajo por un jefe abiertamente nazi, y recorrió la capital alemana en 1943, es impresionante. Hacia el final de la guerra, incluso, se convirtió en espía que pasaba información a un compañero de trabajo holandés en la fábrica de pinturas.

El libro en Amazon

“Lo que queda”, parte del subtítulo de este poderoso libro, es una frase modesta para lo que es un logro gigante. Porque lo que queda es tan vasto… mucho más que una vida sacada de las sombras: es el profundo amor y la humanidad de una hija hacia un padre complejo y ocasionalmente difícil que trató de protegerla del dolor de saber sobre su vida anterior, pero también es la historia amorosamente recreada de toda una familia. Especialmente reveladora es la manera, valientemente tierna, con la que Neumann escribe sobre los abuelos que nunca conoció y que ahora ha compartido con nosotros: una pareja de mediana edad que se acercó a la devastación de los campamentos con actitudes marcadamente diferentes ante la vida.

Ella, ligeramente coqueta, habría hecho casi cualquier cosa para sobrevivir (el casi es importante), lo que resultó en las acusaciones de su esposo Otto de que tenían un ‘matrimonio fallido’ y que su esposa estaba teniendo una aventura con el hombre del campamento para el que ella fungía como ama de llaves. Neumann, lejos de ser crítica, muestra simplemente cuán imposible era la vida, agradecida de que por fin encontrara a la familia que estaba oculta por el silencio. “He recuperado la esencia de ellos y los llevo en mi corazón; ahora que finalmente están conmigo, me niego a decirles adiós”.

Una de las fortalezas clave de las memorias de Neumann es su terca investigación de los asombrosos detalles de la vida cotidiana en los campamentos, gracias en parte a las cartas que sus abuelos sacaron de contrabando, pero también a los relatos escritos por quienes los conocieron. La historia de su agotado abuelo, condenado a muerte por el fallido tinte de betún para el cabello bajo la lluvia de noviembre, proviene de un testigo en el mismo transporte. Este libro es escalofriantemente triste, pero en general optimista, y de ninguna manera es simplemente otra historia del Holocausto. Es un tesoro para saborear como testamento de la voluntad humana de sobrevivir.

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Castillos y armas de la C. I. A.

 

La obra más reciente (2019) de Mario Vargas Llosa

 

La más reciente novela de Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura en 2010, versa sobre la abusiva y criminal intromisión estadounidense en Guatemala para deponer el gobierno presidido por Jacobo Árbenz. El escritor escogió titularla Tiempos recios.

He aquí hechos reportados por Wikipedia en Español acerca de la deposición de Árbenz, Presidente de Guatemala elegido democráticamente en 1950, mediante golpe de Estado urdido por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) a partir del cabildeo de la United Fruit, también conocida como UFCO. (“Durante el siglo XX, United Fruit Company se convirtió en una fuerza política y económica determinante en muchos países de dicha región (las llamadas «repúblicas bananeras»), influyendo decisivamente sobre gobiernos y partidos para mantener sus operaciones con el mayor margen posible de ganancias, al extremo de auspiciar golpes de Estado y sobornar políticos”).

La empresa frutera había reportado un valor bajo de sus propiedades ante el fisco guatemalteco, de modo que cuando se implementó la reforma agraria, la indemnización ofrecida estaba basada en esta información y no en el valor real de las propiedades; el gobierno del presidente Dwight Eisenhower consideró un atropello que el gobierno de Guatemala se basara en la información que la UFCO había proporcionado al gobierno guatemalteco para ofrecer la indemnización, y lo hizo saber a Árbenz mediante el embajador Peurifoy. John Foster Dulles, secretario de Estado y miembro del consejo directivo de la UFCO, exigió veinticinco veces más que el valor reportado—que era lo que realmente valían las tierras, pero que no se había informado al gobierno guatemalteco para pagar únicamente la vigésimo quinta parte de los impuestos correspondientes. Paradójicamente, Jacobo Árbenz, acusado de conspiración comunista, no se había inspirado en los trabajos de Lenin sino en los de Abraham Lincoln para impulsar la reforma agraria mediante el decreto 900, el cual se proponía modernizar el capitalismo en Guatemala y era más moderado que las leyes rurales norteamericanas del siglo xix. Ahora bien, los directivos de la United Fruit Company (UFCO) habían trabajado intensamente en los círculos del gobierno de Harry S. Truman y del general Dwight Eisenhower para hacerles creer que el coronel Árbenz intentaba alinear a Guatemala al Bloque Soviético. Lo que ocurría era que la UFCO se veía amenazada en sus intereses económicos por la reforma agraria de Árbenz, que le quitaba importantes cantidades de tierras ociosas, y el nuevo Código de Trabajo de Guatemala, que ya no le permitía utilizar las fuerzas militares guatemaltecas para contrarrestar las demandas de sus trabajadores. Como la mayor terrateniente y patrona de Guatemala, el Decreto 900 resultó en la expropiación del 40 % de sus terrenos. Los oficiales del gobierno norteamericano tenían pocas pruebas del crecimiento de la amenaza comunista en Guatemala, pero sí una fuerte relación con los personeros de la UFCO, demostrando la fuerte influencia que los intereses corporativos tenían sobre la política exterior norteamericana:

-El secretario de Estado norteamericano John Foster Dulles era un enemigo declarado del comunismo y un fuerte macartista, y su firma de abogados Sullivan and Cromwell ya había representado los intereses de la United Fruit y hecho negociaciones con gobiernos guatemaltecos;

-Por su parte, su hermano Allen Dulles era el director de la CIA y además, miembro del consejo directivo de la UFCO. Junto a su hermano, estuvo en la planilla de la UFCO durante 38 años.

-El hermano del subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos John Moors Cabot había sido presidente de la frutera.

-Ed Whitman, quien era el principal lobista de la United Fruit ante el gobierno, estaba casado con la secretaria personal del presidente Eisenhower, Ann C. Whitman.

(…)

Con el apoyo de los Estados Unidos, bajo el mando del coronel Carlos Castillo Armas que se encontraba exilado en Honduras, de Juan Córdova Cerna, director de la CIA en Centroamérica, y El Cristo Negro de Esquipulas como Capitán General de la Cruzada Liberacionista, se inició la invasión.

Invasión

A las 20:00 del 18 de junio [de 1954] las fuerzas del coronel golpista Castillo Armas cruzaron la frontera. Divididas en cuatro grupos de unos 480 soldados, entraron a través de cinco puntos a lo largo de la frontera hondureña y salvadoreña para simular mayor número de soldados de un amplio frente y para reducir la posibilidad de que la tropa entera se encaminara por un único camino desfavorable. Además de estas tropas regulares, diez saboteadores entrenados en Estados Unidos fueron delante explotando los puentes claves y cortando las líneas de telégrafo. Todas las fuerzas de invasión fueron instruidas para reducir al mínimo encuentros reales con el ejército guatemalteco, sobre todo para evitar dañar la imagen del ejército nacional contra los invasores. El desarrollo entero de la invasión fue expresamente diseñado para sembrar el pánico, dar la impresión de poseer fuerzas insuperables, y atraer la población y a los militares a su lado, antes que derrotarlos.

Durante la invasión, la propaganda radiofónica que transmitía Lionel Sisniega Otero desde la embajada norteamericana enviaba falsos informes de enormes fuerzas que se unían a la población local en una revolución popular. Pero casi inmediatamente, las fuerzas de Castillo Armas fracasaron rotundamente: movilizándose a pie y obstaculizados por su pesado equipo no dieron impresión alguna de ser una fuerza poderosa. Esto debilitó el impacto psicológico de la invasión inicial, pues los guatemaltecos comprendieron que no había peligro inmediato; además, uno de los primeros grupos que llegaron a su objetivo —ciento veintidós rebeldes que pretendían capturar la ciudad de Zacapa— fue aplastado por un pequeño contingente de treinta soldados del ejército guatemalteco y sólo veintiocho rebeldes pudieron escapar.

Una derrota mayor sobrevino al grupo de ciento setenta rebeldes que emprendieron la tarea de capturar la protegida ciudad costera de Puerto Barrios: después de que el jefe de policía descubriese a los invasores, rápidamente armó a los trabajadores portuarios locales y les asignó papeles defensivos; en cuestión de horas casi todos los rebeldes fueron muertos o apresados, mientras que el resto huyó de regreso a Honduras. Tras tres días de supuesta invasión, dos de los cuatro grupos golpistas de Castillo estaban vencidos. Intentando recuperar el ímpetu, Castillo ordenó un ataque aéreo sobre la capital al día siguiente, que fracasó puesto que sólo un avión logró bombardear una pequeña cisterna de petróleo, creando un fuego menor sofocado en veinte minutos.

Se formaron las brigadas de sanidad y las brigadas juveniles comunistas que patrullaban las calles por la noche, y que reclamaron infructuosamente al gobierno la entrega de armas.

Después de los rotundos fracasos rebeldes, el presidente Árbenz mandó a su comandante militar que permitiese a los rebeldes adentrarse en el país, ya que tanto él como su comandante principal no temían al ejército rebelde pero estaban preocupados de que si eran aplastados darían un pretexto para una intervención abierta militar norteamericana, como ya había amenazado el embajador Peurifoy. La clase oficial, temerosa del ataque norteamericano, no quiso contraatacar y derrotar a la diezmada tropa de Castillo. Árbenz temió que sus oficiales intimidados pactaran con Castillo; lo cual se confirmó cuando una guarnición entera del ejército se rindió ante Castillo unos días más tarde en la ciudad de Chiquimula; finalmente, el 27 de junio de 1954, los jefes del Ejército de Guatemala decidieron ignorar la autoridad de Árbenz y exigir su renuncia. Árbenz convocó su gabinete para explicar que el ejército estaba en la rebelión y luego anunció su renuncia al pueblo guatemalteco.

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Acá está el video de una presentación de Mario Vargas Llosa en Casa de América (Madrid), introducida y moderada por Pilar Reyes, Directora de la División Literaria de Penguin-Random House. Luego de una introducción por el escritor, quedó registrada una nutrida secuencia de preguntas a Vargas Llosa y sus respuestas.

Karina Sainz Borgo, enviada de la revista Vozpópuli en la que escribe profusamente y, por supuesto, autora venezolana de La hija de la española, hizo una pregunta a Vargas Llosa que suscitó una respuesta de casi diez minutos, la que eludió por completo lo que se le había preguntado. (¿Incomodidad con la pregunta? ¿Olvido senil?) He aquí el audio de esa interacción, entresacado del video precedente:

 

Bienvenida esta novela del Premio Nobel peruano, cuya lectura recomiendo a Juan Guaidó. LEA

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02022020

 

Portada de Vicente Mazzone para la historieta argentina CAPICÚA

 

A mi hermano José Luis, el mejor jugador de dominó que conozco

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capicúa Del cat. capicua, y este de cap i cua ‘cabeza y cola’. 1. m. Número que es igual leído de izquierda a derecha que de derecha a izquierda; p. ej., el 1331. U. t. c. adj. 2. m. Billete, boleto, etc., cuyo número es capicúa. U. t. c. adj. 3. m. En el juego del dominó, modo de ganar con una ficha que puede colocarse en cualquiera de los dos extremos.

Diccionario de la Lengua Española

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Leopoldo Castillo habría gritado “¡Capicúa!” hoy con inusitado entusiasmo, si existiera aún el programa Aló Ciudadano de la antigua Globovisión. Pero ahora se ocupa de la “reestructuración” de Telesur, tarea que le ha encomendado Juan Guaidó-ódiauG nauJ.

Leopoldo Castillo no pudo negarse a la propuesta de Juan Guaidó de designarlo presidente de la comisión que va a rescatar Telesur y poner el canal al servicio de la democracia. (Miami será sede de Telesur).

La 5ª hizo época (perdón, era)

Bueno, hubiera podido salirse de la suerte pronunciando la palabra ruselet. Cuando el señor MXYZPTLK decía su nombre capicúamente al revés (KLTPZYXM), Supermán veía con alivio cómo desaparecía el travieso y peligroso personaje al transportarse a la quinta dimensión. Fue justamente La Quinta Dimensión el grupo de música pop que nos deleitara con La Era de Acuario, apareada con Dejen que entre la luz del sol. (“La Era de Acuario es una de las doce eras astrológicas o zodiacales definidas por el concepto de «gran año» o «ciclo equinoccial», determinado a su vez por el fenómeno astronómico de la precesión de los equinoccios y conocido también como «año platónico».[,,,] La Era de Acuario marcará un cambio en la conciencia del ser humano, que ya estaría empezando a notarse y que llevaría asociado un tiempo de prosperidad, abundancia y paz”. Wikipedia en Español).

  The Age of Aquarius – Let the Sunshine In

La Era de Acuario parece estar aún por iniciarse; según varios astrólogos, comenzaría en 2080, 2638 o 2658—son comunes las predicciones astrológicas discordantes—y entonces la paz estaría por venir, aunque hay dos opiniones—creídas por The 5th Dimension—que marcan su inicio en 1948 y 1962 contradiciendo esa esperanza, y si no pregunten por la paz a los vietnamitas, los palestinos, los sirios, los iraquíes… Lo astrológico es, por supuesto, mitología, tanto como eso del Paraíso Terrenal, y acaban de sostener en mi presencia que si ese jardín edénico no hubiera estado en Mesopotamia sino en China aún estaríamos disfrutándolo, pues Alán (Adán chino) y Eva no se habrían comido la manzana sino la serpiente. Hoy sabemos que a lo mejor ni siquiera Caín hubiera nacido, pues el primer chino habría sido muerto, junto con su mujer, por el coronavirus de Wuhan.

 

Génesis y Apocalipsis

 

En cualquier caso, la fecha de hoy—2 de febrero de 2020 (02/02/2020)—no es tan particular como aparenta; la misma capicuidad* ocurrirá de nuevo el 3 de marzo de 3030 (03/03/3030), luego del pentaprevisto comienzo de la fulana era. Sólo tenemos que esperar un poco más de mil noches y una noche: mil años y diez años. LEA

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* Bueno, hay otras fechas capicúas antes de 3030, pero no de la “misma capicuidad”.

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