La pandemia ideológica

 

Mortalidad por semana en París, Berlín, Londres y Nueva York. El pico es atribuible a la gripe. (Wikipedia en Español)

 

La más grave de las pandemias conocidas es la causada por la gripe española de 1918:

La pandemia de gripe de 1918, también conocida como la gran pandemia de gripe o la gripe española,* fue una pandemia de inusitada gravedad. A diferencia de otras epidemias de gripe que afectan básicamente a niños y ancianos, muchas de sus víctimas fueron jóvenes y adultos saludables, y animales, entre ellos perros y gatos.​ Es considerada la pandemia más devastadora de la historia humana, ya que en solo un año mató entre 20 y 40 millones de personas.​ Esta cifra de muertos, que incluía una alta mortalidad infantil, se considera uno de los ejemplos de crisis de mortalidad. (Wikipedia en Español).

Ese mismo año concluía la I Guerra Mundial, cuyas bajas también se estiman en un nivel idéntico de 40 millones. “…las estimaciones van desde 20,5 a 22 millones de muertes y alrededor de 20 a 22 millones de personal militar herido, ubicándola entre los más mortales conflictos de la historia de la humanidad”. (Wikipedia). Se supone que el virus de aquella gripe entró a Francia desde los Estados Unidos cuando este país entró finalmente en esa conflagración.

En Estados Unidos la enfermedad se observó por primera vez en Fort Riley (Kansas) el 4 de marzo de 1918, aunque ya en el otoño de 1917 se había producido una primera oleada heraldo en al menos catorce campamentos militares.​ Un investigador asegura que la enfermedad apareció en el Condado de Haskell, en abril de 1918. Y, en algún momento del verano de ese mismo año, este virus sufrió una mutación o grupo de mutaciones que lo transformó en un agente infeccioso letal; el primer caso confirmado de la mutación se dio el 22 de agosto de 1918 en Brest, el puerto francés por el que entraba la mitad de las tropas estadounidenses Aliadas en la Primera Guerra Mundial.

Tal como pronosticara Winston Churchill con asombrosa exactitud, a los veinte años del Tratado de Versalles que encontrara a Alemania culpable de la “Gran Guerra”, estalló una segunda pandemia política: la Segunda Guerra Mundial, que causó directamente entre 70 a 85 millones de muertes humanas.

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¿Qué sabemos de la fisiopatología de estas epidemias sucesivas? El mecanismo principal es lo que conocemos, desde justamente Alemania, como Realpolitik, o política “realista”:

Su argumento límite va así: “A mí me gustaría que las cosas fuesen de otro modo, pero mi oponente, que en la práctica es todo aquel que no me está subordinado, es una persona a quien debo entender como perpetuamente en procura del engrandecimiento de su propio poder como un fin en sí mismo, y convencido de que la base de su poder descansa sobre la amenaza y el empleo de la fuerza física o la coerción económica. Es así como estoy moralmente justificado, por autopreservación, para emplear cualquier medio de ganarle; es así como estoy moralmente obligado a ganar. Lo único inmoral es no ganar”.** (Dictamen, 21 de junio de 1986).

Más simplemente, la identificación de política y lucha (por el poder), incluso por líderes que dicen guiarse por principios cristianos. (¿Mansedumbre? ¿Poner la otra mejilla? ¿Amor? ¿Caridad?).

La causa profunda de la insuficiencia política venezolana, y la de todo el mundo, es esa idea orgullosa de que los políticos son luchadores: “Al término de una extensa parábola vital, puedo decir que he sido un luchador. Desde mi primera juventud, cuando Venezuela salía de la larga dictadura de Juan Vicente Gómez, hasta comienzos del siglo xxi, mi meta ha sido la lucha por la justicia social y la libertad”. (Último discurso de Rafael Caldera). Esa comprensión de la política como arte marcial está en la raíz de nuestros problemas de sociedad; aquí y en todo el mundo. (Dos perlas, 3 de marzo de 2020).

Uno de los más famosos discursos de Rafael Caldera incluía esta declaración: “Porque yo no estoy en las alturas del poder, sino en las arenas de la lucha política”. 

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El fundador de la profilaxis más común

Hay, entonces, en el genoma del virus de la Realpolitik, una sección de su ADN que es muy peligrosa, fácilmente letal, y para prevenir su mortal virulencia no basta con lavarse las manos. Es preciso erradicar la Realpolitik. “El político que piensa de ese modo, o que por lo menos enfatiza demasiado los aspectos egoísta y codicioso en la imagen que se forma del  otro, ha comenzado a ser anacrónico, y si se sustenta es sólo por la tendencia de los pueblos a que el logro de su felicidad sea al menor costo posible. Una revolución, un cambio repentino, es recurso que los pueblos preferirían no emplear. Por eso se sostiene el político de la Realpolitik. Porque sería preferible, en vista de lo profundo de los cambios que hay que hacer, que el relevo en el mando se hiciera gradualmente, para no añadir un cambio más. Es por tal razón que los pueblos esperan, primero, que sus gobernantes aprendan y entiendan, que sus gobernantes resincronicen y favorezcan los cambios. A menos que sus gobernantes decidan no cambiar, y entonces también todo el pueblo se pasa, por un trágico momento, al bando de la ‘política realista’. También le ocurre a los pueblos que en ocasiones se sienten moralmente obligados a ganar por todos los medios”. (De la Introducción a Dictamen).

Los pueblos se agitan en esta época de peligrosa amplificación de la lucha por el poder. Además de las armas nucleares, hay hoy en día la muy poderosa epidemia informática, una de cuyas cepas más virulentas responde al nombre de fake news, y una técnica poderosamente aumentada de guerra biológica.

En Kalki o El futuro de la Civilización, Sri Radhakrishnan (…) discutía el fundamento ético del protocolo de Ginebra que proscribe el empleo de gases y armas bacteriológicas (1925) en los conflictos bélicos. No le parecía consistente que fuera permitido achicharrar a decenas de personas con bombas incendiarias o que fuese comme il faut atravesar el cerebro de alguien con una bayoneta, mientras se consideraba un atentado contra la urbanidad de la guerra el uso de un gas venenoso. Para Radhakrishnan esto equivalía a criticar a un lobo “no porque se comiese al cordero, sino porque no lo hacía con cubiertos”. Es decir, opinaba que el protocolo de Ginebra no era otra cosa que un ejercicio de hipocresía típicamente occidental. (Carta Semanal #38 de doctorpolítico, 29 de mayo de 2003).

En el fondo de todo, es la insatisfacción popular con los resultados de la política como lucha lo que ha convertido en pandémica la protesta social, la extensión global de la protesta. Así lo registra hace cinco días este gráfico de la epidemia protestaria publicado en The Economist:

 

Epidemiología de la protesta

 

Seis años antes del año inicial registrado en el gráfico, se advertía:

¿Es que podemos afirmar que falta mucho para que ocurran “caracazos” a escala planetaria, continental o subcontinental? ¿Podemos decir que son imposibles? Por más que avancen las tecnologías del poder, el poder último es el de la humanidad, que perfectamente puede manifestarse en alteraciones del orden público a escala del mundo, como la misma tierra parece alterar el clima, la marcha de los océanos, el vulcanismo, en reclamo por nuestras agresiones. Pobladas simultáneas en las principales ciudades suramericanas tendrían efectos tan drásticos y extensos como los del Niño. (La crisis como antifaz – Carta Semanal #42 de doctorpolítico, 26 de junio de 2003).

La virología política ha logrado determinar el segmento peligroso en el ADN del virus de la Realpolitik, la fracción nucleica que se conoce como ideología: “La ideología fue para la vida pública lo que un buen arranque de cólera es a la vida privada: consigue resultados. Y, como la cólera, puede también tener desagradables efectos colaterales, tales como la multiplicación de las inútiles antipatías generalizadas”. (Kenneth Minogue, Alien Powers: The Pure Theory of Ideology, 1985). El virólogo Jean-François Revel describió sus más prominentes aspectos fisiopatológicos:

Contemplemos la cuádruple función de la ideología: es un instrumento de poder; un mecanismo de defensa contra la información; un pretexto para sustraerse a la moral haciendo el mal o aprobándolo con una buena conciencia; y también es un medio para prescindir del criterio de la experiencia, es decir, de eliminar completamente o de aplazar indefinidamente los criterios de éxito o fracaso. (El conocimiento inútil).

¿Aceleradores patógenos? “Líderes” como Trump, Johnson, Bolsonaro, Le Pen, Kim Jong-un, bin Salman, Maduro, Guaidó…

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El pueblo de Venezuela, los pueblos de todo el mundo, deben darle la espalda a los “luchadores políticos”, pues podemos hacer cosas más constructivas. Hacia el final de Recurso de Amparo (14 de julio de 2015) se ponía:

Naturalmente, algunas cosas positivas vendrán de la mera omisión de lo negativo. La erradicación instantánea, por ejemplo, del abuso comunicacional del Ejecutivo Nacional actual y del estilo pugnaz y condenatorio en la retórica de los altos funcionarios del Estado. Un tratamiento respetuoso de nuestros empresarios, de nuestros universitarios, de nuestros obreros, de nuestros científicos, junto con la inmediata mejora del clima nacional, restañaría significativamente la hemorragia de la dolorosa emigración de nuestros talentos. Lo económico es en gran medida climático, y el solo hecho de la cesación de lo malo actual, del cambio de rumbo y de estilo, producirá efectos beneficiosos. Entonces escamparía.

La esperanza renacería, y con ella la energía necesaria para acometer metas ambiciosas. El país debe ser estimulado para que responda con su ingenio y su trabajo en pos de direcciones no tradicionales; es preciso encontrar actividades económicas distintas de la industria petrolera, pues necesitamos entrar en la economía del futuro, distinta de la mera extracción que es lo característico de una economía primaria, otra cosa que nuestra propia estimulación del calentamiento global. Es la marca de los tiempos la expansión indetenible de las actividades informáticas en la Internet o las de ingeniería genética; en actividades como ésas, en la nueva economía—ver New Rules for the New Economyde Kevin Kelly—siempre habrá espacio, siempre será posible, como demostró Irlanda, saltar de una economía tradicional a lo más adelantado.

Esa audacia es necesaria; esa audacia será bienvenida por los venezolanos, que queremos reto y acicate. Nada hay en nuestra composición de pueblo que nos prohíba entender el mundo del futuro. Venezuela tiene las posibilidades, por poner un caso, de convertirse, a la vuelta de no demasiados años, en una de las primeras democracias electrónicamente comunicadas del planeta, en una de las democracias de la Internet. En una sociedad en la que prácticamente esté conectado cada uno de sus hogares con los restantes, con las instituciones del Estado, con los aparatos de procesamiento electoral, con centros de diseminación de conocimiento. No es imposible que en el año 2015 el venezolano promedio tenga un nivel de conocimientos equivalente a una licenciatura de estudios generales. La educación primaria garantizada estaba bien para el país de Guzmán Blanco. A comienzos del siglo XXI los venezolanos todos deberíamos disponer de una educación superior. (En El mes de Janoreferéndum #11, 21 de enero de 1995. Digamos ahora, luego del tiempo perdido, en 2035).

Actuemos antes de que sea tarde. Alcemos nuestra voz referendaria para mandar en vez de protestar, ante la reiterada y peligrosísima convocatoria a “luchar” de un liderazgo obsoleto, que sólo atina a empeorar localmente la pandemia política mundial. LEA

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Recibió el nombre de gripe española porque la pandemia ocupó una mayor atención de la prensa en España que en el resto de Europa, ya que no estaba involucrada en la guerra y por tanto no se censuró la información sobre la enfermedad. Aunque el origen del virus se acepta que fue Estados Unidos—fue el 4 de marzo de 1918 en Camp Funston, uno de los campamentos militares establecidos en Kansas tras el comienzo de la I Guerra Mundial donde se registró el primer caso—, un estudio de 2014 indica que el origen de una de las cepas letales del virus pudo estar en Madrid. (Wikipedia en Español).

** Durante esta entrevista llegué a pensar que Álvarez Paz, quien mostraba cierta renuencia a aceptar la totalidad de mis planteamientos, pudiera estar convencido de la indignidad del gobierno de Luís Herrera. Así se lo pregunté. Fue la primera vez que Oswaldo Álvarez Paz me dijera: “Lo único inmoral es no ganar”. (Krisis – Memorias Prematuras, 1986).

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De la inteligencia como deber

 

El pasaje crucial de La Ética de la Creencia

 

Presentación: lo que sigue—con la adición de tres anotaciones—es la traducción del muy recomendable artículo en brainpickings de María Popova acerca de una obra fundamental de William Kingdon Clifford: La ética de la creencia. Mi admiración por este agudo y certero autor británico es muy grande, y no vacilo en reconocer que ese ensayo suyo es una de mis principales guías éticas, tal vez la más importante, en materia política.

Muy cerca de la postura de Clifford está la expresada por John Erskine en La obligación moral de ser inteligente, puesto que ambos son de la opinión de que el conocimiento no es una cosa que pueda elegirse tener o no tener, según nuestro capricho. Desde el momento cuando terceras personas son afectadas por nuestras acciones, debemos a los otros el asegurarnos, hasta donde sea posible, de que no resultarán dañados por nuestra ignorancia. Es nuestro deber ser inteligentes. (Un tratamiento al problema de la calidad en la educación superior no vocacional en Venezuela, 15 de diciembre de 1990).

La prédica central de Clifford es esencial para no perderse en esta época de fake news, cuando la política está infestada de ellas y de dogmáticas condenas. LEA

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La Ética de la Creencia: el gran matemático y filósofo inglés William Kingdon Clifford sobre la disciplina de la duda y cómo podemos confiar en una verdad

 

 

“La confianza que las personas tienen en sus creencias no es una medida de la calidad de la evidencia sino de la coherencia de la historia que su mente ha logrado construir”, observó el psicólogo Daniel Kahneman*, ganador del premio Nobel, al resumir sus estudios pioneros de psicología del comportamiento sobre cómo y por qué nuestras mentes nos engañan. Y, sin embargo, nuestras creencias son la brújula con la que navegamos por el paisaje de la realidad, la que dirige nuestras acciones y conforma así nuestro impacto sobre esa misma realidad. El gran físico David Bohm capturó esta dependencia ineludible de manera memorable: “La realidad es lo que consideramos cierto. Lo que consideramos verdadero es lo que creemos… Lo que creemos determina lo que consideramos verdadero ”.

¿Cómo, entonces, alinear nuestras creencias con la verdad en lugar de la ilusión, para que podamos percibir la representación más precisa de la realidad de la que sea capaz la mente humana, y a la vez guiar nuestras acciones hacia fines nobles y constructivos?

Eso fue lo que el matemático y filósofo inglés William Kingdon Clifford (4 de mayo de 1845 – 3 de marzo de 1879) exploró con visión poco común y elegancia retórica casi un siglo y medio antes de la edad de oro de los “hechos alternativos“.

Cuando la tuberculosis reclamó su vida a la edad injusta de treinta y tres años, Clifford había revolucionado las matemáticas desarrollando el álgebra geométrica, había escrito un libro de cuentos de hadas para niños y se había convertido en la primera persona en sugerir que la gravedad podría ser una función de una geometría cósmica subyacente, al desarrollar lo que llamó una “teoría espacial de la materia” décadas antes de que Einstein transformara nuestra comprensión del universo al unir el espacio y el tiempo en una geometría del espacio-tiempo.

Pero una de las contribuciones más duraderas de Clifford es un ensayo titulado La ética de la creencia, publicado originalmente en 1877 en la revista Contemporary Review y luego incluido en Razón y responsabilidad: lecciones sobre algunos problemas básicos de filosofía. En el ensayo, Clifford investiga la naturaleza del bien y el mal, el infernal abismo entre la creencia y la verdad, y nuestra responsabilidad por la verdad a pesar de nuestras habituales desviaciones humanas de la sinrazón, el engaño y la racionalización.

Clifford, con solo treinta y dos años, comienza con una parábola que contiene un experimento mental de carácter ético:

Un dueño de barcos se encontraba a punto de enviar al mar un buque de emigración. Sabía que éste era viejo y no demasiado bien construido desde un comienzo; que había visto muchos mares y muchos climas y que a menudo había necesitado reparación. Se le había sugerido dudas de que posiblemente el barco en cuestión no mereciera navegar. Estas dudas hacían presa de su mente y le causaban infelicidad; pensó que tal vez debiera hacer que le reacondicionaran y readaptaran a fondo, aunque eso pudiera significarle un gasto considerable. Antes de que el buque zarpara, no obstante, fue capaz de vencer tales reflexiones melancólicas. Se dijo a sí mismo que el barco había navegado con seguridad en muchos viajes y había superado tantas tormentas que era ocioso suponer que no regresaría a salvo también de este viaje. Pondría su confianza en la Providencia, que difícilmente podría dejar de proteger a las infelices familias que abandonaban su patria para buscar mejores tiempos en alguna otra parte. Despediría de su mente todas las poco generosas suposiciones acerca de la honestidad de constructores y contratistas. De tal modo llegó a adquirir una sincera y cómoda convicción de que su barco era decididamente seguro y digno del mar; le vio zarpar con corazón liviano y con deseos benevolentes por el éxito de los exiliados en lo que sería su nuevo y extraño hogar; y cobró el dinero del seguro cuando el barco se hundió en medio del océano y no contó cuentos.

¿Qué diremos de él? Seguramente esto: que verdaderamente era muy culpable de la muerte de aquellos hombres. Puede admitirse que creyera sinceramente en la idoneidad de su barco; pero la sinceridad de su convicción no puede de ningún modo auxiliarle, porque no tenía derecho de creer en una evidencia tal como la que tenía delante de sí. El había adquirido su creencia no ganándosela responsablemente mediante paciente investigación, sino sofocando sus dudas. Y aun cuando al final podría haberse sentido tan seguro que no hubiera podido pensar de otra manera, sin embargo, en tanto consciente y voluntariamente se dejó llevar a ese estado mental, tiene que considerarse responsable por ello… Alteremos un poco el caso y supongamos que el barco sí era idóneo después de todo, que hizo ese viaje con seguridad y muchos otros después de ése. ¿Disminuye esto la culpa del propietario? Ni un ápice. Una vez que una acción está hecha es correcta o incorrecta para siempre, y ningún fracaso accidental de sus buenas o malas consecuencias puede posiblemente alterar eso. Ese hombre no habría sido inocente, simplemente no habría sido descubierto. 

Clifford agrega una capa de complejidad ética al argumentar que incluso si el barco no se hubiera hundido, el propietario del barco sería culpable del mismo error de juicio, ya que “no habría sido inocente, sino que no habría sido descubierto”. Así escribe:

La cuestión del bien o el mal tiene que ver con el origen de su creencia, no con su sustancia; no con lo que era sino con cómo la obtuvo; no si a fin de cuentas resultó ser verdadera o falsa, sino si tenía el derecho de creer a partir de la evidencia que tenía frente a sí.

[…]

Porque no es posible separar la creencia de la acción que ella sugiere para condenar a una sin condenar a la otra. Ningún hombre que tenga una fuerte creencia a favor de un lado de una cuestión, o incluso que desee sostener una creencia en ese lado, puede investigarlo con tanta justicia e integridad como si realmente estuviera en duda y fuera imparcial, de modo que la existencia de una creencia que no está basada en una investigación justa hace incompetente a un hombre para el desempeño de ese necesario deber.

Un siglo antes de que los psicólogos llegaran a identificar defectos cognitivos tales como el sesgo de confirmación y el efecto contraproducente**, Clifford agregaba:

Tampoco se trataba en absoluto, verdaderamente, de una creencia que no tuviera influencia alguna sobre las acciones de quien la sostenía. Quien realmente cree en lo que lo impulsa a una acción lo ha considerado para codiciarla, ya se ha comprometido con ella en su corazón. Si una creencia no se realiza de inmediato en actuaciones manifiestas, se almacena para la orientación del futuro. Pasa a formar parte de ese agregado de creencias que vincula la sensación y la acción en cada momento de nuestras vidas y se organiza y compacta tanto que ninguna de sus partes puede aislarse del resto, más bien cada nueva adición modifica la estructura del conjunto. Ninguna creencia real, por minúscula y fragmentaria que parezca, es realmente insignificante; nos prepara para recibir otras similares, confirma las anteriores que se le parecen debilitando a otras y así, gradualmente, establece una furtiva cadena de íntimos pensamientos que puede explotar algún día como acción abierta, dejando su impronta en nuestro carácter para siempre.

En un sentimiento evocador de las reflexiones del poeta y filósofo indio Tagore sobre la interdependencia de la existencia, Clifford se encarga de resaltar el tapiz sociológico del que se ha arrancado cada hebra de nuestras creencias privadas:

La creencia de alguien no es, en ningún caso, un asunto privado que le concierne sólo a él. Nuestras vidas están guiadas por esa concepción general sobre el curso de las cosas, que ha sido creada por la sociedad con fines sociales. Nuestras palabras, nuestras frases, nuestras formas y procesos y modos de pensamiento, son propiedad común, formada y perfeccionada por una época tras otra; un legado que cada generación sucesiva hereda como precioso depósito y sagrado fideicomiso para ser entregado a la siguiente; no sin cambios, sino ampliado y purificado, con algunas claras señales de su propio trabajo. En esto, para bien o para mal, se entrelaza cada creencia de cada hombre que oye hablar a sus semejantes. Es un tremendo privilegio y una tremenda responsabilidad que tengamos que crear el mundo en el que vivirá la posteridad.

En un pasaje de asombrosa pertinencia para la actualidad—dado que ciertas peligrosas ideologías divorciadas de la verdad ofrecen un falso consuelo con los llamados “hechos alternativos“, en detrimento de nuestro bien común—, advierte Clifford:

La creencia, esa facultad sagrada que incita las decisiones de nuestra voluntad, y teje en armoniosa obra todas las energías compactadas de nuestro ser, no es nuestra para nosotros sino para la humanidad. Se la usa correctamente en verdades que hayan sido establecidas por una larga experiencia y trabajo paciente, que permanezcan erguidas ante la feroz iluminación de un libre e intrépido cuestionamiento. Entonces sirve para unir a los hombres y fortalecer y dirigir su acción común. Se la profana cuando se la concede a declaraciones no probadas o cuestionadas, para consuelo y placer privado del creyente, para agregar un esplendor de oropel al sencillo camino recto de nuestra vida y mostrar más allá de él un brillante espejismo, o incluso para ahogar las penas comunes de nuestra especie mediante un autoengaño que le permite no solo derribarnos, sino también degradarnos. Quien, en este asunto, desea merecer bien de parte de sus semejantes protegerá la pureza de sus creencias con un verdadero fanatismo que cuidará celosamente, no sea que en algún momento llegue a descansar sobre objeto indigno y adquiera una mancha que nunca podrá ser borrada.

Tres siglos después de que el padre fundador de la filosofía occidental y cruzado de la razón, René Descartes, afirmara que “no es suficiente tener una buena mente; lo principal es emplearla bien”, Clifford agregaría:

En lo que respecta, entonces, a la sagrada tradición de la humanidad, aprendemos que ella no consiste en proposiciones o declaraciones que deban ser aceptadas y creídas por autoridad de la tradición, sino en preguntas correctamente formuladas, conceptos que nos permitan formular preguntas adicionales y métodos para responder las preguntas. El valor de todas estas cosas depende de que sean sometidas a prueba todos los días. La propia condición sagrada de ese precioso depósito nos impone el deber y la responsabilidad de someterlo a prueba, de purificarlo y agrandarlo al máximo de nuestras fuerzas. El que hace uso de sus resultados para sofocar sus propias dudas o para obstaculizar la investigación de otros, es culpable de un sacrilegio que los siglos nunca podrán borrar.

Un método para purificar y ampliar nuestro acceso a la verdad es lo que Carl Sagan esquematizó un siglo más tarde en su inmortal Caja de detección de engaños, pero fue el propio Clifford quien cristalizara el enfoque más eficaz en una frase*** maravillosamente sucinta:

Es en todo tiempo y lugar moralmente erróneo que cualquiera crea en algo sobre la base de evidencia insuficiente.

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En Marcos para la interpretación de la libre empresa en Venezuela, 9 de enero de 2004: “Para un tratamiento bastante exhaustivo y técnico del tema de los marcos, con especial aplicación a la elección entre opciones con diferentes resultados espe­rados, y su diferente presentación o ‘enmarcamiento’, puede verse Choices, Values and Frames, editado por Daniel Kahneman y Amos Tversky y publicado por Cambridge University Press en 2000. Los autores se hicieron acreedores al Premio Nobel de Economía por sus trabajos desde la perspectiva de la psicología de la cognición. Tversky murió antes de recibirlo”.

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** “El efecto contraproducente es un nombre para el hallazgo de que, dada la evidencia en contra de sus creencias, las personas pueden rechazarla y creerlas aun más fuertemente”. (Wikipedia).

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*** El compacto y poderoso dogma de Clifford se sigue por estas palabras: “Si un hombre que sostiene una creencia que se le enseñara en su infancia o de la que se le persuadiera más tarde, abate y repele cualesquiera dudas que sobre ella surgieran en su mente, evita adrede la lectura de libros y la compañía de hombres que la cuestionan o discuten, y considera impías aquellas preguntas que no puedan ser formuladas fácilmente sin perturbarla, la vida de ese hombre es un largo pecado contra la Humanidad.

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Es de sabios rectificar

 

La Asamblea Nacional venezolana

 

El más sutil de los atentados a la libertad es el de suponer el futuro como historia congelada. No se puede decir que los actores políticos tradicionales serán incapaces para comprender los procesos políticos o que serán incapaces para diseñar cursos de acción.

Krisis – Memorias Prematuras, 12 de febrero de 1986

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En verdad, congelar a alguien en su pasado es un grave atentado a su libertad, pues no puede a nadie prohibírsele que cambie para bien.

De mangueras y enemigos, 27 de noviembre de 2003

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Noticia contenida en Rayuela, la novela cumbre de Julio Cortázar. Ella nos informa de peceras con tabiques de vidrio transparente, en la que los peces que nadan allí tropiezan una y otra vez con ellos, pues no pueden distinguirlos del agua. Al cabo de una serie de frustraciones, los animales aprenden y dan vuelta antes de chocar. Luego, retirados los tabiques, continúan creyendo que no pueden pasar de un lado al otro: “Llegar hasta un punto en el agua, girar, volverse, sin saber que ya no hay obstáculo, que bastaría seguir avanzando…

Lo irónico, en el caso de los tabiques que limitan la actuación de nuestra Asamblea Nacional, es que es ella misma quien los ha colocado. Si bien ella no juramentó, hasta ahora, al diputado Juan Guaidó como encargado de la Presidencia de la República, aprobó el 5 de febrero de 2019 el Estatuto que rige la transición a la democracia para restablecer la vigencia de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela que certifica esa postiza investidura: “El Presidente de la Asamblea Nacional es, de conformidad con el artículo 233 de la Constitución, el legítimo Presidente encargado de la República Bolivariana de Venezuela”. (La Presidencia de la República sólo recae en el Presidente de la Asamblea Nacional, según ese artículo, en el caso de falta absoluta del Presidente Electo, y sólo si tal falta se produce antes de su toma de posesión, la que ocurrió el 10 de enero del año pasado. Si se argumenta que la segunda elección de Nicolás Maduro como Presidente de la República es ilegítima—y no le corresponde al Poder Legislativo certificar tal cosa—, entonces no existió nunca el Presidente Electo exigido por la Constitución para que su falta absoluta antes de tomar posesión cause la encargaduría del Presidente de la Asamblea Nacional. El propio “estatuto” declara en su Artículo 8: “El evento político celebrado el 20 de mayo de 2018 no fue una legítima elección presidencial. En consecuencia, no existe Presidente electo legitimado para asumir la Presidencia de la República Bolivariana de Venezuela para el período 2019-2025″).

La ocurrencia del “estatuto” hace mucho más costosa la rectificación por cuanto implicaría una retractación, que sería lo indicado. Ese instrumento fue promovido sobre una equivocada interpretación del Artículo 333 de la Constitución, el que dice: “Esta Constitución no perderá su vigencia si dejare de observarse por acto de fuerza o porque fuere derogada por cualquier otro medio distinto al previsto en ella. En tal eventualidad, todo ciudadano investido o ciudadana investida o no de autoridad, tendrá el deber de colaborar en el restablecimiento de su efectiva vigencia”. La Constitución, aunque ha sufrido violaciones de distinto calibre—ver la más grave en Violación denunciada (12 de agosto de 2008)—no ha dejado de observarse por acto de fuerza (un golpe de Estado, por ejemplo, como el que pretendió ejecutar el mismo Guaidó el pasado 30 de abril). Luego, tampoco ha sido derogada mediante procedimiento distinto del que ella prevé: la aprobación en referendo de un nuevo texto constitucional que provenga de una Asamblea Nacional Constituyente. (Sí pretendió derogarla, por caso, Pedro Carmona Estanga el 12 de abril de 2002, con el “decreto” para el que Allan Randolph Brewer Carías recomendó “correcciones de estilo”, según propia admisión del 15 de abril de 2002). Apartando esos dos casos, no hay otros orígenes para la obligación de “colaborar en el restablecimiento de su efectiva vigencia” que la Constitución impone a cualquier ciudadano y, a todo evento, sería un contrasentido restablecerla con una violación: la “conformación de un Gobierno provisional de unidad nacional” (Artículo 2 del “estatuto”), enteramente ausente de nuestra Carta Magna. Pretender que para defender la Constitución hay que desconocerla, como ha sostenido más de uno, es postura decididamente absurda.

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Nuestra situación requiere que nuestros representantes legislativos se quiten de los ojos las vendas que ellos mismos se han puesto, los tabiques que por su cuenta han introducido a la pecera. Para que la actuación de la Asamblea Nacional elegida a fines de 2015 no sea un total desperdicio, es preciso que ella recupere su eficacia como poder (resolviendo el asunto del persistente desacato) para que pueda convocar, por mayoría simple (Artículo 71 de la Constitución), referendos que resuelvan cosas fundamentales. “Las heridas venezolanas son tantas y tan lacerantes, que no hay modo de curarlas sin una apelación perentoria al poder fundamental y originario del Pueblo, a través de un Gran Referendo Nacional“. (5 de febrero de 2003).

Debe la Asamblea sobreponerse a su prejuicio:

La inmensa mayoría de la dirigencia nacional, política o privada, alimenta un desprecio básico por el pueblo venezolano. A casi todo proyecto político verdaderamente audaz y significativo se le opone usualmente la idea de que el pueblo no se interesa sino por muy elementales necesidades de supervivencia, por las más egoístas apetencias, por los más triviales objetivos. (…) Depende, por tanto, de la opinión que el líder tenga del grupo que aspira a conducir, el desempeño final de éste. Si el liderazgo venezolano continúa desconfiando del pueblo venezolano, si le desprecia, si le cree holgazán y elemental, no obtendrá otra cosa que respuestas pobres congruentes con esa despreciativa imagen. Si, por lo contrario, confía en él, si procura que tenga cada vez más oportunidades de ejercitar su inteligencia, si le reta con grandes cosas, grandes cosas serán posibles. (De héroes y de sabios, 17 de junio de 1998).

La prescripción referendaria, revestida como alianza entre la Asamblea Nacional y el Pueblo de Venezuela, fue recomendada el 9 de enero de 2016 (sólo cuatro días después de la instalación de la nueva legislatura) en el programa #178 de Dr. Político en RCR. He aquí el fragmento* correspondiente, de poco menos de cinco minutos:

 Alianza estratégica

Juan Guaidó ha reconocido recientemente que ha cometido errores (sin especificarlos). Varios otros conductores de la Asamblea Nacional elegida a fines de 2015 también han errado, y los errores se superan únicamente con la rectificación. Nunca es tarde para corregir. (Bueno, a menos que la cosa sea incorregible). LEA

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*El primer segmento del programa #178 comentó algunas actuaciones de personajes importantes de la política nacional, como Nicolás Maduro y Vladimir Padrino López. Creo que vale la pena escucharlo, como refrescamiento de las condiciones políticas a comienzos de 2016 y consideración de conceptos de Luis Salas Rodríguez, por esos días nombrado Ministro de Economía “Productiva”. Helo aquí completo, finalizando con los 4′ 53″ del audio precedente:

  Introducción del 9 de enero de 2016

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La falta de imaginación al poder

 

Lo contrario se exigía en el Mayo Francés (1968)

 

Es de esperar que La Patilla—sitio web cuyo jefe es Alberto Federico Ravell, el mismo que dirige el Centro de Comunicación Nacional del “gobierno” de Juan Guaidó—se refiera a éste como protagonista de la ficción que lo tiene por Presidente de la República de Venezuela:

El Presidente (E) de Venezuela, Juan Guaidó, propuso una agenda de lucha para el año 2020, donde los partidos políticos estuvieron respaldando una salida política a la gran crisis humanitaria que atraviesa Venezuela. El plan establecido por el Jefe de Estado busca reunificar, rectificar y alinear las visiones de todos los sectores sociales y políticos del país que hacen falta para lograr los objetivos planteados durante el nuevo ciclo. Los liderazgos políticos, estudiantes, universidades y academia, liderazgo sindical, iglesias, sector empresarial, chavismo disidente, el Frente Amplio e incluso fuerzas independientes como Soy Venezuela, son los que formarán parte de la agenda. El mandatario aseguró que el llamado es a convocar un proceso de encuentros y conversaciones abiertas con los principales liderazgos y sectores de las fuerzas democráticas del país, con el único objetivo de incorporar y asignar responsabilidades, con la intención de definir una única hoja de ruta que confrontará directamente a la dictadura desde distintos flancos.

Ya habíamos visto esa película. El 13 de febrero de 2015 se publicaba en este blog Dos cepas del virus salidista, nota en la que se daba cuenta de lo siguiente:

Athos Ledezma, Porthos López y Aramís Machado—quizás es más apropiado Juana de Arco en lugar de Aramís—proponen luego tres agendas bastante completas para un “gobierno de transición”: agenda política-institucional, agenda de atención a la emergencia social y agenda económica. No es esa enumeración, por archiconocida, lo que interesa en el documento, sino esta prescripción:

Asumiendo ese compromiso hacemos un llamado, sin distingos políticos y trascendiendo las diferencias, para que pongamos en marcha, con la urgencia del caso, un Acuerdo Nacional para la Transición en el que esté representada la Unidad de todos los ciudadanos de Venezuela, a través de las visiones de los trabajadores, los jóvenes, los empresarios, los académicos, los políticos, los miembros de las iglesias y de la Fuerza Armada, en fin, de todos los sectores nacionales. Los consensos y compromisos del Acuerdo Nacional le darán solidez a las decisiones que deberán ser adoptadas para salir de la crisis en todos los ámbitos; para armonizar socialmente al país y para asegurar la estabilidad política en su paso por un proceso que experimentará riesgos, turbulencias y acechanzas de diverso orden.

Una vez más, se cuela el concepto corporativista en el modo propuesto para la aprobación del tal “acuerdo nacional para la transición”. Esto es, el Pueblo no hablaría desde su propia esencia, sino fraccionado en “sectores” (como pedazos de la “torta social”). Cuando Chávez enarbolaba la bandera de la asamblea constituyente en su primera campaña electoral (1998), el artículo Contratesis refutaba esa noción que ahora comparten los comunicadistas à trois:

La constituyente debe componerse, a lo Mussolini, corporativamente. (Chávez Frías et al). Esto es, que debe estar compuesta por representantes de distintos cuerpos o unidades sociales: obreros, empresarios, militares retirados, profesionales colegiados, eclesiásticos, etcétera. Muy incorrecto. Nuestra condición de miembros del Poder Constituyente no nos viene de pertenecer a algún grupo o corporación, sino de la condición simple y original de ser ciudadanos.

(…)

Quien debe hablar en esta crisis es la Corona en estado puro, no sus fragmentos “sectoriales”.

Esto es, lo que se necesita desde hace tiempo y cada vez con mayor urgencia es una gran consulta al Pueblo como único poder capaz de resolver nuestros graves problemas: “Las heridas venezolanas son tantas y tan lacerantes, que no hay modo de curarlas sin una apelación perentoria al poder fundamental y originario del Pueblo, a través de un Gran Referendo Nacional”. (Gran Referendo Nacional, 5 de febrero de 2003).

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Por su parte, Noticiero Digital registra hoy declaraciones de Gerardo Blyde que traslucen la prefabricación de la figura política de Guaidó (énfasis añadido acá):

El 5E debe resurgir un mensaje de esperanza y debemos trazarnos un camino (…) mi recomendación sería no manejar expectativas muy grandes con respecto a lo que realmente se puede lograr. (…) Tenemos un líder que además tiene un soporte parlamentario importante y reconocimiento internacional, tanto la AN como ese líder son importantes para buscar el cambio. (…) Yo no digo que no haya críticas, pero no destructivas, y en el momento que ataquen a uno, nos unamos. No hay tiempo para crear otro líder, no podemos esperar cinco años más.

Guaidó, admite descuidadamente Blyde, es una creación, un producto de laboratorio o, más bien, de libretistas de una telenovela política. Luego de diecinueve años de marchas para protestar, todavía ese liderazgo fabricado reitera la inexacta e inconveniente comprensión sectorial de la Nación. Carece de la imaginación necesaria para asumir la noción simple y fundamental de que el Pueblo es el poder supremo de nuestra República. Es la contumacia al ignorar tan sencilla y poderosa verdad lo que hace repetir al muy poco imaginativo liderazgo opositor que “debemos trazarnos un camino” (Blyde), que hay que tomar “decisiones que deberán ser adoptadas para salir de la crisis en todos los ámbitos” (Ledezma, López & Machado), que se convoca a “todos los sectores” a un proceso de encuentros y conversaciones abiertas con los principales liderazgos y sectores de las fuerzas democráticas del país, con el único objetivo de incorporar y asignar responsabilidades, con la intención de definir una única hoja de ruta que confrontará directamente a la dictadura desde distintos flancos” (Guaidó).

Todo permanece, se nos dice, aún en el futuro: el camino que hay que trazar, decisiones que deberán ser adoptadas, la definición de una única hoja de ruta. Pero debemos ser comprensivos; tales cosas requieren un esfuerzo de imaginación y ésta no se compra en botica. Hasta ahora, la poca imaginación exhibida es mentirosa: Guaidó no es el Presidente de Venezuela, la Asamblea Nacional no puede autorizar la ocupación de nuestro territorio en aplicación del Numeral 11 del Art. 187 de la Constitución y el TIAR no es es “un tratado interamericano, en sus grandes líneas, de asistencia humanitaria. Dicen que tiene que ver con el tema del uso de la fuerza. No es así. Principalmente afecta a cuestiones de asistencia humanitaria”. (Juan Guaidó, El Nacional, 22 de julio de 2019).

No sé si crear otro líder es lo indicado, Dr. Blyde, pero el actual es muy malo. La manifiesta perniciosidad del régimen presidido por Nicolás Maduro no debe ser superada con la mentira. Eso es, además, una falta de respeto al Pueblo. LEA

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Viejo problema que tiene solución

 

Ya han tenido suficientes oportunidades

 

Y no es que descalifiquemos a los actores políticos tra­dicionales porque supongamos que en ellos se encuentre una mayor cantidad de malicia que lo que sería dado esperar en agrupaciones humanas normales. Los descalificamos porque nos hemos convencido de su in­capacidad de comprender los procesos políticos de un modo que no sea a través de conceptos y significados altamente inexactos. Los desautorizamos, entonces, porque nos hemos convencido de su incapacidad para diseñar cursos de acción que resuelvan problemas realmente cruciales. El espacio in­telectual de los actores políticos tradicionales ya no puede incluir ni siquiera referencia a lo que son los ver­daderos problemas de fondo, mucho menos resolverlos.

Proyecto SPV, 8 de febrero de 1985

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Si tuviéramos, Dios no lo permita, un pariente con tan grave dolencia que ameritara la atención de toda una junta médica; si este cuerpo de facultativos intentase primero una cierta terapéutica y con ella provoca a nuestro familiar un paro cardiaco; si a continuación prescribe un segundo tratamiento que le causa una crisis renal aguda; si, finalmente, aplica aún una tercera prescripción que desencadena en nuestro deudo un accidente cerebro-vascular, con toda seguridad no le querremos más como médicos. Y ésta es la estructura del problema con la Coordinadora Democrática. La constelación que se formó alrededor de ella, no sin méritos que hemos reconocido, nos llevó primero a la tragedia de abril de 2002, luego a la sangría suicida del paro, finalmente a la enervante derrota del revocatorio. (Para no agregar al inventario una nutrida colección de derrotas menores). No hay vuelta de hoja. No podemos atender más nunca a esa dirigencia.

Bofetada terapéutica – Carta Semanal #100 de doctorpolítico, 19 de agosto de 2004

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La dirigencia opositora se llena la boca de Pueblo para masticarlo y hacer lo que le dé la gana, así sea enteramente inconstitucional e inmoral. (Aparte de ineficaz). Que gobiernos extranjeros que no conocen nuestro ordenamiento constitucional hayan creído todo lo que les dice esa lamentable dirigencia no convierte sus desaguisados en aciertos. La “comunidad internacional” no tiene vela en este entierro, de exclusiva preocupación nacional.

Más usurpador será usted, 23 de enero de 2019

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Eso sí es una ruta: la del Pueblo de Venezuela, que debe hablar desde la belleza de su supraconstitucionalidad, desde la seguridad de su fuerza, que no requiere violencia o insulto, que no necesita condenar sino mandar serenamente, lo que es ciertamente preferible a protestar o execrar.

Partitura del Pueblo, 4 de agosto de 2019

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El demos cabe en la red

 

La democracia digital

 

Venezuela tiene las posibilidades, por poner un caso, de convertirse, a la vuelta de no demasiados años, en una de las primeras democracias electrónicamente comunicadas del planeta, en una de las democracias de la Internet. En una sociedad en la que prácticamente esté conectado cada uno de sus hogares con los restantes, con las instituciones del Estado, con los aparatos de procesamiento electoral, con centros de diseminación de conocimiento.

El mes de Janoreferéndum #11, 21 de enero de 1995.

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El “único” poder legítimo de la Asamblea Nacional fue establecido el 6 de diciembre de 2015, en elecciones organizadas por el mismo Consejo Nacional Electoral que tenemos actualmente, bajo la misma presidencia de Tibisay Lucena. En camino hacia ese evento, “la Mesa de la Unidad Democrática experimentó dificultades con la selección de sus candidatos a la Asamblea Nacional; pudo celebrar primarias en sólo 33 de los 87 circuitos electorales involucrados el 16 de mayo. El argumento adelantado entonces era el costo que sería presuntamente impagable”. (Cómo seleccionar un candidato, 29 de agosto de 2016). El punto fue levantado por el suscrito, con suficiente tiempo, en una entrevista en el programa Y así nos va que transmitiera Radio Caracas Radio; he aquí el audio del breve pasaje preciso:

Fragmento de Y así nos va (17 de marzo de 2015)

 

La MUD tenía a su disposición un modo verdaderamente económico de efectuar elecciones primarias, en Internet, para determinar sus candidatos en todos los circuitos, y optó por otro camino.

El número de internautas venezolanos mencionado en el programa de Hernández y Lara, así como el de usuarios de teléfonos inteligentes*, continuó ascendiendo aun en medio de nuestras dificultades económicas. Así lo registró Tendencias Digitales, una filial de Datanálisis dedicada desde hace años a medir la penetración de Internet en Latinoamérica, en elocuentes cifras de fines del año pasado:

 

En crecimiento constante

 

La vocación de modernidad del Pueblo de Venezuela

 

El 70% de los internautas puede votar

 

Por estos días de reciente y creciente apoyo a la proposición** de resolver nuestros problemas mediante consultas referendarias, pudiéramos tomar conciencia de tales magnitudes, y asimismo de este principio útil al Pueblo en la Red de redes, estrenado en el Artículo 4 de la Ley de Mensajes de Datos y Firmas Electrónicas (17 de enero de 2001): Los Mensajes de Datos tendrán la misma eficacia probatoria que la ley otorga a los documentos escritos… LEA

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* A fines de 2017, se estimaba en 16 millones la cantidad de teléfonos inteligentes en uso en Venezuela.

** Las heridas venezolanas son tantas y tan lacerantes, que no hay modo de curarlas sin una apelación perentoria al poder fundamental y originario del Pueblo, a través de un Gran Referendo Nacional. (Gran Referendo Nacional, 5 de febrero de 2003).

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