¿A cualquier precio?

 

Los EEUU sólo tendrían intereses

 

A LHB

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Los defensores de Julio II le acreditan el haber seguido una política consciente basada en la convicción de que “la virtud sin el poder”, como había dicho medio siglo antes un orador en el Concilio de Basilea, “sólo sería objeto de burla y que el Papa romano sin el patrimonio de la Iglesia sería un mero esclavo de reyes y príncipes”, que, en resumen, con el fin de ejercer su autoridad, el papado tenía que lograr primero la solidez temporal antes de emprender la reforma. Este es el persuasivo argumento de la Realpolitik que, como la historia ha mostrado a menudo, tiene un corolario: que el proceso de obtener poder emplea medios que degradan o brutalizan a quien los emplea, que despierta para darse cuenta de que aquél ha sido poseído a expensas de la virtud, del propósito moral.

Barbara Tuchman – The March of Folly

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Frank Underwood, el personaje interpretado estupendamente por Kevin Spacey en la exitosa serie televisiva House of cards, es un ejemplo de la filosofía política de Henry Kissinger, sólo que aquél la redimensiona de la escala del país a la escala personal.

Entre nosotros, hay gente que lamenta que las acciones playeras en Venezuela que organizara el ex boina verde Jordan Goudreau hayan fracasado, aunque ellas correspondiesen a los intereses de los Estados Unidos, pues ya se habría rebasado la separación de esos intereses y los venezolanos. Una persona queridísima, con un corazón de oro, me había escrito el 1º de mayo, poco antes de las frustradas incursiones: “Pensaba que a cualquier precio hay que salir de Maduro”. Le respondí que no a cualquier precio: “No al precio de hacer algo incorrecto si hay otros modos de lograr el objetivo. No puedo justificar la salida de Maduro acusándolo de violar la Constitución proponiendo otras violaciones”.

En El caso Venezuela, un deporte internacional, había escrito el 5 de febrero de 2019: “Condenar y sancionar al gobierno venezolano (afectando a su pueblo) se ha convertido en uno de los deportes políticos de moda, comme il faut, dirían los franceses chic. La autoridad que eso haga obtiene una certificación de demócrata preocupada por los derechos humanos a un costo bajísimo (para ella). Precisamos salir de Maduro cuanto antes, pero así no”. En particular, los EEUU no tienen la menor autoridad moral para acusar a nadie de atentar contra los derechos humanos. (Ver acá A propósito de John Kerry, 14 de mayo de 2014).

Luego aduje los criterios de una guerra justa, aquella en la que la violencia armada estaría moralmente justificada:

La doctrina de la “guerra justa” especifica cuatro condiciones para iniciar acciones bélicas: 1. El daño infligido por el agresor en contra de la comunidad ha sido grave y continuado; 2. Todo otro medio de detenerlo se ha mostrado irrealizable o ineficaz; 3. La probabilidad de éxito de la acción reparadora es elevada o suficiente; 4. El empleo de la violencia no debe producir males mayores que lo que se pretende repeler. (La salida, 21 de febrero de 2014).

Es razonable postular que la primera condición se ha cumplido con creces; el régimen presidido por Nicolás Maduro—y antes el de Chávez—es particularmente pernicioso, siendo como es el más ideologizado de los regímenes venezolanos de la historia. Pero, más allá de la fatal obsolescencia de toda política ideológica*, son las muy negativas consecuencias de esos gobiernos socialistas las que reclaman su cesación:

El término oncológico se emplea para destacar que la patología chavista no fue inoculada al país por un agente o vector externo, sino que procede de las propias entrañas de la nación, estaba en su seno. También, por supuesto, para designar su carácter pernicioso e invasivo, que ha ido penetrando extensamente los tejidos social e institucional trastocándolos y destruyéndolos. (DICTAMEN 2010, 18 de diciembre de 2009).

A ese efecto inmensamente indeseable se suma, naturalmente, la destrucción del aparato económico nacional, hoy en ruinas, con las secuelas sociales de mayor dificultad para la mera supervivencia de la mayor parte de la ciudadanía, que a duras penas subsiste mediante la dádiva pública, cada vez más insuficiente.

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Pudiésemos incluso discutir la materialización de la tercera y la cuarta de las condiciones enumeradas para la violencia justa, pero en ningún caso está cumplida la segunda. Nadie ha comprobado que el tratamiento referendario de nuestra desmesurada crisis sea irrealizable o ineficaz, puesto que no se ha probado llevarlo a la práctica. Él es un tratamiento definitivo, enteramente constitucional y totalmente disponible. Quienes lo desatienden—la desaparecida Mesa de la Unidad Democrática, el Frente Amplio Venezuela Libre y cada uno de sus componentes—argumentan que el Consejo Nacional Electoral lo entorpecería, que no lo permitiría,** y quienes niegan el modesto apoyo económico requerido para llevarlo a cabo desde la iniciativa popular (10% de los electores inscritos) prefieren gastar mucho más en aventuras armadas y patrañas argumentales como las de Guaidólar. (Esto sin tomar en cuenta que, de haber resuelto la Asamblea Nacional el problema de su persistente desacato de la Sala Electoral del Tribunal Supremo de Justicia, como el Ejecutivo Nacional y el mismo TSJ recomendaron a comienzos de 2018, ella hubiera podido convocar a referendo por mera mayoría simple de diputados, lo que se ha negado a considerar siquiera).

Por supuesto, hay un tratamiento mucho más sencillo y económico que la consulta popular—la única instancia que pudiera causar supraconstitucionalmente una nueva elección presidencial—, el expuesto acá en Otro camino hace apenas un mes y cuatro días: “1. el presidente Maduro nombra a un nuevo Vicepresidente Ejecutivo que no provenga de las filas oficialistas y tampoco de las de la oposición. 2. el presidente Maduro se separa voluntaria y temporalmente de su cargo por noventa días, encargándose de la Presidencia de la República el Vicepresidente recién nombrado. 3. el presidente Maduro recibe autorización de la Asamblea Nacional para permanecer separado de su cargo por noventa días adicionales. 4. al cabo de este nuevo plazo, el presidente Maduro renuncia a su cargo, causando la falta absoluta contemplada en el Art. 233 que debe ser subsanada por una nueva elección presidencial, a la que podría presentar su candidatura según su voluntad”.

Este blog reitera la invitación al Jefe del Estado, el Sr. Nicolás Maduro Moros, para que abra la puerta, y también invita a la dirigencia opositora a desechar la noción de un “gobierno de emergencia” que requeriría esa ilusión inconstitucional de un tal “Consejo de Estado” y a comprometerse a permitir la segunda falta temporal del presidente Maduro. Cualquier sucesor del Sr. Maduro presidiría la República en condiciones de emergencia, dado que estamos en emergencia; eso no hace falta decretarlo inconstitucionalmente. LEA

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* El mismo día de la muerte de Carlos Fuentes (15 de mayo de 2012), se publicaba simultáneamente en Madrid y Ciudad de México su último artículo: Viva el socialismo, pero… En él preguntaba: “¿Cómo responderá François Hollande a este nuevo desafío, el de una sociedad que al cabo no se reconoce en ninguna de las tribus políticas tradicionales: izquierda, centro o derecha?” La ideología debe ser suplantada por la metodología, una metodología clínica para un oficio cuyo fin es resolver problemas de carácter público. (…) Los conceptos políticos del siglo XIX no pueden asir la compleja realidad de las sociedades del siglo XXI. El uno romano ha escapado del encierro de las equis. (Una especie política nueva, 11 de marzo de 2015).

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** Nadie ha demostrado fraude electoral que adulterase resultados desde que entrase en funciones la dominación chavista-madurista en 1999. Son patentes, por supuesto, el abuso y el ventajismo oficialistas en campañas y actos electorales, los que podrían minimizarse mediante la presencia de observación internacional confiable. El Consejo Nacional Electoral, que proclamó Presidente electo a Nicolás Maduro en la elección del 20 de mayo de 2018, es el mismo que proclamara la elección de 112 diputados de oposición en la Asamblea Nacional el 6 de diciembre de 2015. (Rebajados a 109 por decisión de la Sala Electoral del Tribunal Supremo de Justicia, luego de que fuesen interpuestos nueve recursos de impugnación de la proclamación de los diputados de Amazonas, a siete de los cuales se opuso el CNE mientras la oposición no litigó ninguno). Tibisay Lucena presidía el Consejo Nacional Electoral para la oportunidad del referendo aprobatorio de proyectos estratégicos de reforma constitucional (2 de diciembre de 2007), cuando un envalentonado presidente Chávez, que venía de derrotar abrumadoramente a Manuel Rosales el año anterior, quiso introducir en la Constitución artículos socializantes de contrabando. Esos proyectos fueron derrotados por mínimas diferencias de 1,31% y 2,02%, y aun así el CNE proclamó tales resultados para un asunto tan crucial a los socialistas. Finalmente, una asistencia masiva al referendo propuesto, para mandar una nueva elección presidencial, sería inocultable en la práctica. (Breviario sobre la crisis política venezolana, 31 de mayo de 2019).

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Siempre hay una primera vez

Nicolás Maduro Moros

Razón tenía Hugo Chávez cuando recomendó que se eligiera a Nicolás Maduro como su sucesor. Creo que él lo hizo temiendo los ataques que a su muerte se desatarían contra su Revolución Bolivariana, y pensó que quien entonces era su Vicepresidente daría su vida por preservarla.

Desde el momento mismo de su primera elección como Presidente de la República, el 14 de abril de 2013, Maduro ha sido blanco de una incesante serie de acusaciones y agresiones: que esa elección había sido fraudulenta, lo que jamás fue probado; que él no era Chávez y podía ser depuesto de un soplido; que tenía doble nacionalidad—lo que Colombia ha desmentido—; que no podía permitirse que prosperara un incipiente período de cooperación de su gobierno con algunas alcaldías en manos opositoras (ante problemas de inseguridad ciudadana); que no se creyera en su disposición a dialogar, aunque dijera a líderes opositores en Miraflores que veía en sus rostros la buena voluntad; que era un compromiso “no transable” de la Asamblea Nacional lograr la cesación de su gobierno en pocos meses; que la misma Asamblea solicitara la intervención de la Organización de Estados Americanos mediante la aplicación a Venezuela de la Carta Democrática Interamericana; que había abandonado su cargo; que usurpó el poder del Pueblo al convocar elecciones de la Asamblea Nacional Constituyente; que podía asesinársele a control remoto con drones bombarderos; que su segunda elección fue no sólo fraudulenta, sino también inconstitucional, etcétera. Es realmente excepcional la resiliencia del Presidente Constitucional de Venezuela, Nicolás Maduro Moros.

Igualmente cierto es que la administración del presidente Maduro ha conducido a un aumento notoriamente agudo de la infelicidad de Venezuela, siendo lo más destacado el proceso hiperinflacionario y la desintegración de la moneda nacional, el desmoronamiento de las industrias petrolera y siderúrgica, un elevado número de muertos a manos de agentes del orden público, numerosos detenidos sin que esta condición se origine en sentencias judiciales o como parte de procesos judiciales y otras violaciones de derechos humanos… La explicación de esos resultados que se postula sobre una “guerra económica” en contra de su gobierno, que la hay,* no es suficiente.

Y es tan cierto eso como la existencia de una farsa protagonizada por Juan Guaidó, en apariencia creída “por más de cincuenta países”, mantra esto último que se esgrime continuamente como si fuera demostración de su “legitimidad”. (Ver en este blog, por ejemplo, Más usurpador será usted, 23 de enero de 2019, o Los padrinos de Guaidó, 4 de febrero de 2019).

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La presidencia de Maduro es un verdadero problema para los venezolanos. Por citar una medición representativa, Datanálisis registraba en agosto del año pasado 85,1% de encuestados que evaluaban negativamente al Presidente de la República. (Según Datincorp, 88% al cierre de 2019). Pero ese problema no debe ser resuelto con métodos contrarios a nuestra Constitución, dado que existen modos eficaces que no la contradirían. Como ha sido expuesto repetidamente en este blog, ninguna negociación entre actores políticos venezolanos enfrentados podría causar válidamente nuevas elecciones presidenciales, a pesar de lo que propone entrometidamente el Departamento de Estado de los EE. UU. Sólo un referendo consultivo, por el que el Pueblo exprese su voluntad de celebrar tales elecciones, sería eficaz y compatible con nuestra constitucionalidad.

Pero el propio presidente Maduro puede disolver él solo** la angustiosa y muy inconveniente tensión.

1. el presidente Maduro nombra a un nuevo Vicepresidente Ejecutivo que no provenga de las filas oficialistas y tampoco de las de la oposición.

2. el presidente Maduro se separa voluntaria y temporalmente de su cargo por noventa días, encargándose de la Presidencia de la República el Vicepresidente recién nombrado.

3. el presidente Maduro recibe autorización de la Asamblea Nacional para permanecer separado de su cargo por noventa días adicionales.

4. al cabo de este nuevo plazo, el presidente Maduro renuncia a su cargo, causando la falta absoluta contemplada en el Art. 233 que debe ser subsanada por una nueva elección presidencial, a la que podría presentar su candidatura según su voluntad.

(Otro camino, 4 de abril de 2020).

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Fue en el programa #266 de Dr. Político en Radio Caracas Radio, del 16 de septiembre de 2017, la primera vez que esbozara en forma embrionaria un tratamiento parecido. Éstos son dos fragmentos de audio del segundo y tercer segmento de esa emisión:

Señor Presidente: Ud. no ha cumplido aún 58 años de edad y pudiera tener mucha vida política por delante. Le invito a sentir la emoción vocacional de ser expresidente, que no tendría que ser para siempre. El 11 de marzo de 2004 se registraba acá una observación de Rafael Poleo a su amado predecesor: “Poleo ha recomendado a Chávez mirarse en el espejo de Betancourt, por más que lo deteste, pues el fundador de Acción Democrática fue capaz de aprender de sus errores. Electo directamente por el pueblo a fines de 1958, se reveló como político que había dejado atrás su antiguo radicalismo y condujo la república desde más sensatos y modernos criterios”. Piense en eso, superando el desagrado que Poleo pudiera causarle; por de pronto, en el esquema que propuse el 4 de los corrientes se ponía: “una nueva elección presidencial, a la que podría presentar su candidatura según su voluntad”. LEA

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* Alguien cercano a Vente Venezuela, de María Corina Machado, creyó ser ingenioso al escribirme en 2016: “La buena noticia es que la crisis continúa. Roguemos porque venga aunque sea un Pinochet”.

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** “¿De cuánto tiempo dispone el Presidente de la República? En los últimos meses su estabilidad como gobernante de Venezuela ha entrado claramente en crisis. (…) Pudiera ser también que llegara a tener pronto solamente una alternativa. O tratar de permanecer en el Palacio de Miraflores, o producir la condición jurídica de falta absoluta del Presidente de la República. El Presidente puede renunciar. (…) El Presidente debiera considerar la renuncia. Con ella podría evitar, como gran estadista, el dolor histórico de un golpe de Estado, que gravaría pesadamente, al interrumpir el curso constitucional, la hostigada autoestima nacional. El Presidente tiene en sus manos la posibilidad de dar al país, y a sí mismo, una salida de estadista, una salida legal”. (Salida de estadista, 21 de junio de 1991, seis meses y catorce días antes del alzamiento del 4 de febrero de 1992).

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La soportable brevedad del poder

Solón de Atenas: “No aconsejes lo agradable sino lo mejor“.

 

Sorprendentemente, semejante transformación no nos sorprende.

Milan Kundera – La insoportable levedad del ser

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Para repensar el momento político venezolano, unas pocas citas pueden venir al caso:

En la primera mitad de la década de los años setenta nació, vivió y murió una de las empresas más exitosas de toda la historia económica de Venezuela. La empresa en cuestión duraría, a lo sumo, unos tres o cuatro años en operación. Luego, desapareció sin dejar rastro. La aparente contradicción entre éxito y desaparición se resuelve al comprender que la disolución de la empresa estaba prevista desde sus comienzos, pues había sido diseñada para ejecutar una única misión y disolverse al término de la misma. Esta empresa se llamó Cafreca (Cambio de Frecuencia, C.A.). El caso Cafreca guarda dos lecciones importantísimas para cualquier intento de conversión o reforma institucional. La primera de ellas es la de la cesación planificada de actividades del agente de cambio una vez que éste se ha completado. La segunda lección es que el cambio es mejor administrado por un ente que se especialice precisamente en cambiar, no por los actores que cotidianamente deben administrar el sistema que deba ser modificado. (…) Solón produjo una cantidad de cambio tan grande como la que Napoleón Bonaparte generaría más tarde en su época, sólo que desde una autoridad democrática. De hecho, la tiranía le fue propuesta a Solón y la rechazó. (…) Desprovisto de apetencias por un poder prolongado, enfrentó como médico el cuadro de enfermedades sociales de su tiempo en su patria, le dio solución inteligente y justa, y descendió por propia voluntad de la primera magistratura ateniense, rehusando toda oferta de convertirse en gobernante totalitario. (…) No en vano es Solón figura inamovible del Salón de la Fama griego, porque su vocación no fue la de ser gobernante, sino la de ser ex gobernante. (Solón y Cafreca, 14 de agosto de 2003).

  91 segundos de Y así nos va, grabado en RCR el 18 de noviembre de 2014

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Según puede predecirse como desenlace más probable—no inexorable—de la actual situación política venezolana, estamos ante la posibilidad de una cesación del actual gobierno y la elección de un nuevo presidente que complete el período constitucional. (…) Tal circunstancia determina de por sí un lapso corto y extraordinario que, por una parte, estará signado por grandes dificultades y, por la otra, convendrá tomar como oportunidad especialísima para introducir cambios sustanciales y suficientes en el esquema político nacional. (Intervalo solónico, 3 de junio de 2004, cuando muchos creíamos que sería revocado el mandato de Hugo Chávez Frías).

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Esto dice el primer parágrafo del Artículo 234 de la Constitución: “Las faltas temporales del Presidente o Presidenta de la República serán suplidas por el Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva hasta por noventa días, prorrogables por decisión de la Asamblea Nacional por noventa días más”.

Pudiera entonces darse una secuencia constructiva que, basada en esa disposición, es perfectamente constitucional:

1. el presidente Maduro nombra a un nuevo Vicepresidente Ejecutivo que no provenga de las filas oficialistas y tampoco de las de la oposición.

 Cincuenta y tres segundos del mismo programa

2. el presidente Maduro se separa voluntaria y temporalmente de su cargo por noventa días, encargándose de la Presidencia de la República el Vicepresidente recién nombrado.

3. el presidente Maduro recibe autorización de la Asamblea Nacional para permanecer separado de su cargo por noventa días adicionales.

4. al cabo de este nuevo plazo, el presidente Maduro renuncia a su cargo, causando la falta absoluta contemplada en el Art. 233 que debe ser subsanada por una nueva elección presidencial, a la que podría presentar su candidatura según su voluntad.

La secuencia descrita crea, por tanto, un período especial que debiera ser empleado para tomar urgentes decisiones de ajuste. (Ver, por ejemplo, las enumeradas en Recurso de Amparo, entrada en este blog del 14 de julio de 2015). El peculiar período pudiera ser tan breve como de ocho meses—la duración de la presidencia de Ramón José Velásquez en 1993-1994—, pues se compondría de dos lapsos de tres meses cada uno más un mínimo de dos meses adicionales para la organización y celebración de la elección descrita. Quien ejerza la Vicepresidencia Ejecutiva durante ese período renunciará a su derecho de postularse en tal elección. (Otro camino, 4 de abril de 2020).

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Hace tiempo que es aconsejable para Venezuela un gobierno breve, solónico, que cambie la frecuencia de nuestro Estado. Nicolás Maduro puede pasar a la historia como el gobernante que lo permitiera. LEA

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La pandemia ideológica

 

Mortalidad por semana en París, Berlín, Londres y Nueva York. El pico es atribuible a la gripe. (Wikipedia en Español)

 

La más grave de las pandemias conocidas es la causada por la gripe española de 1918:

La pandemia de gripe de 1918, también conocida como la gran pandemia de gripe o la gripe española,* fue una pandemia de inusitada gravedad. A diferencia de otras epidemias de gripe que afectan básicamente a niños y ancianos, muchas de sus víctimas fueron jóvenes y adultos saludables, y animales, entre ellos perros y gatos.​ Es considerada la pandemia más devastadora de la historia humana, ya que en solo un año mató entre 20 y 40 millones de personas.​ Esta cifra de muertos, que incluía una alta mortalidad infantil, se considera uno de los ejemplos de crisis de mortalidad. (Wikipedia en Español).

Ese mismo año concluía la I Guerra Mundial, cuyas bajas también se estiman en un nivel idéntico de 40 millones. “…las estimaciones van desde 20,5 a 22 millones de muertes y alrededor de 20 a 22 millones de personal militar herido, ubicándola entre los más mortales conflictos de la historia de la humanidad”. (Wikipedia). Se supone que el virus de aquella gripe entró a Francia desde los Estados Unidos cuando este país entró finalmente en esa conflagración.

En Estados Unidos la enfermedad se observó por primera vez en Fort Riley (Kansas) el 4 de marzo de 1918, aunque ya en el otoño de 1917 se había producido una primera oleada heraldo en al menos catorce campamentos militares.​ Un investigador asegura que la enfermedad apareció en el Condado de Haskell, en abril de 1918. Y, en algún momento del verano de ese mismo año, este virus sufrió una mutación o grupo de mutaciones que lo transformó en un agente infeccioso letal; el primer caso confirmado de la mutación se dio el 22 de agosto de 1918 en Brest, el puerto francés por el que entraba la mitad de las tropas estadounidenses Aliadas en la Primera Guerra Mundial.

Tal como pronosticara Winston Churchill con asombrosa exactitud, a los veinte años del Tratado de Versalles que encontrara a Alemania culpable de la “Gran Guerra”, estalló una segunda pandemia política: la Segunda Guerra Mundial, que causó directamente entre 70 a 85 millones de muertes humanas.

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¿Qué sabemos de la fisiopatología de estas epidemias sucesivas? El mecanismo principal es lo que conocemos, desde justamente Alemania, como Realpolitik, o política “realista”:

Su argumento límite va así: “A mí me gustaría que las cosas fuesen de otro modo, pero mi oponente, que en la práctica es todo aquel que no me está subordinado, es una persona a quien debo entender como perpetuamente en procura del engrandecimiento de su propio poder como un fin en sí mismo, y convencido de que la base de su poder descansa sobre la amenaza y el empleo de la fuerza física o la coerción económica. Es así como estoy moralmente justificado, por autopreservación, para emplear cualquier medio de ganarle; es así como estoy moralmente obligado a ganar. Lo único inmoral es no ganar”.** (Dictamen, 21 de junio de 1986).

Más simplemente, la identificación de política y lucha (por el poder), incluso por líderes que dicen guiarse por principios cristianos. (¿Mansedumbre? ¿Poner la otra mejilla? ¿Amor? ¿Caridad?).

La causa profunda de la insuficiencia política venezolana, y la de todo el mundo, es esa idea orgullosa de que los políticos son luchadores: “Al término de una extensa parábola vital, puedo decir que he sido un luchador. Desde mi primera juventud, cuando Venezuela salía de la larga dictadura de Juan Vicente Gómez, hasta comienzos del siglo xxi, mi meta ha sido la lucha por la justicia social y la libertad”. (Último discurso de Rafael Caldera). Esa comprensión de la política como arte marcial está en la raíz de nuestros problemas de sociedad; aquí y en todo el mundo. (Dos perlas, 3 de marzo de 2020).

Uno de los más famosos discursos de Rafael Caldera incluía esta declaración: “Porque yo no estoy en las alturas del poder, sino en las arenas de la lucha política”. 

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El fundador de la profilaxis más común

Hay, entonces, en el genoma del virus de la Realpolitik, una sección de su ADN que es muy peligrosa, fácilmente letal, y para prevenir su mortal virulencia no basta con lavarse las manos. Es preciso erradicar la Realpolitik. “El político que piensa de ese modo, o que por lo menos enfatiza demasiado los aspectos egoísta y codicioso en la imagen que se forma del  otro, ha comenzado a ser anacrónico, y si se sustenta es sólo por la tendencia de los pueblos a que el logro de su felicidad sea al menor costo posible. Una revolución, un cambio repentino, es recurso que los pueblos preferirían no emplear. Por eso se sostiene el político de la Realpolitik. Porque sería preferible, en vista de lo profundo de los cambios que hay que hacer, que el relevo en el mando se hiciera gradualmente, para no añadir un cambio más. Es por tal razón que los pueblos esperan, primero, que sus gobernantes aprendan y entiendan, que sus gobernantes resincronicen y favorezcan los cambios. A menos que sus gobernantes decidan no cambiar, y entonces también todo el pueblo se pasa, por un trágico momento, al bando de la ‘política realista’. También le ocurre a los pueblos que en ocasiones se sienten moralmente obligados a ganar por todos los medios”. (De la Introducción a Dictamen).

Los pueblos se agitan en esta época de peligrosa amplificación de la lucha por el poder. Además de las armas nucleares, hay hoy en día la muy poderosa epidemia informática, una de cuyas cepas más virulentas responde al nombre de fake news, y una técnica poderosamente aumentada de guerra biológica.

En Kalki o El futuro de la Civilización, Sri Radhakrishnan (…) discutía el fundamento ético del protocolo de Ginebra que proscribe el empleo de gases y armas bacteriológicas (1925) en los conflictos bélicos. No le parecía consistente que fuera permitido achicharrar a decenas de personas con bombas incendiarias o que fuese comme il faut atravesar el cerebro de alguien con una bayoneta, mientras se consideraba un atentado contra la urbanidad de la guerra el uso de un gas venenoso. Para Radhakrishnan esto equivalía a criticar a un lobo “no porque se comiese al cordero, sino porque no lo hacía con cubiertos”. Es decir, opinaba que el protocolo de Ginebra no era otra cosa que un ejercicio de hipocresía típicamente occidental. (Carta Semanal #38 de doctorpolítico, 29 de mayo de 2003).

En el fondo de todo, es la insatisfacción popular con los resultados de la política como lucha lo que ha convertido en pandémica la protesta social, la extensión global de la protesta. Así lo registra hace cinco días este gráfico de la epidemia protestaria publicado en The Economist:

 

Epidemiología de la protesta

 

Seis años antes del año inicial registrado en el gráfico, se advertía:

¿Es que podemos afirmar que falta mucho para que ocurran “caracazos” a escala planetaria, continental o subcontinental? ¿Podemos decir que son imposibles? Por más que avancen las tecnologías del poder, el poder último es el de la humanidad, que perfectamente puede manifestarse en alteraciones del orden público a escala del mundo, como la misma tierra parece alterar el clima, la marcha de los océanos, el vulcanismo, en reclamo por nuestras agresiones. Pobladas simultáneas en las principales ciudades suramericanas tendrían efectos tan drásticos y extensos como los del Niño. (La crisis como antifaz – Carta Semanal #42 de doctorpolítico, 26 de junio de 2003).

La virología política ha logrado determinar el segmento peligroso en el ADN del virus de la Realpolitik, la fracción nucleica que se conoce como ideología: “La ideología fue para la vida pública lo que un buen arranque de cólera es a la vida privada: consigue resultados. Y, como la cólera, puede también tener desagradables efectos colaterales, tales como la multiplicación de las inútiles antipatías generalizadas”. (Kenneth Minogue, Alien Powers: The Pure Theory of Ideology, 1985). El virólogo Jean-François Revel describió sus más prominentes aspectos fisiopatológicos:

Contemplemos la cuádruple función de la ideología: es un instrumento de poder; un mecanismo de defensa contra la información; un pretexto para sustraerse a la moral haciendo el mal o aprobándolo con una buena conciencia; y también es un medio para prescindir del criterio de la experiencia, es decir, de eliminar completamente o de aplazar indefinidamente los criterios de éxito o fracaso. (El conocimiento inútil).

¿Aceleradores patógenos? “Líderes” como Trump, Johnson, Bolsonaro, Le Pen, Kim Jong-un, bin Salman, Maduro, Guaidó…

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El pueblo de Venezuela, los pueblos de todo el mundo, deben darle la espalda a los “luchadores políticos”, pues podemos hacer cosas más constructivas. Hacia el final de Recurso de Amparo (14 de julio de 2015) se ponía:

Naturalmente, algunas cosas positivas vendrán de la mera omisión de lo negativo. La erradicación instantánea, por ejemplo, del abuso comunicacional del Ejecutivo Nacional actual y del estilo pugnaz y condenatorio en la retórica de los altos funcionarios del Estado. Un tratamiento respetuoso de nuestros empresarios, de nuestros universitarios, de nuestros obreros, de nuestros científicos, junto con la inmediata mejora del clima nacional, restañaría significativamente la hemorragia de la dolorosa emigración de nuestros talentos. Lo económico es en gran medida climático, y el solo hecho de la cesación de lo malo actual, del cambio de rumbo y de estilo, producirá efectos beneficiosos. Entonces escamparía.

La esperanza renacería, y con ella la energía necesaria para acometer metas ambiciosas. El país debe ser estimulado para que responda con su ingenio y su trabajo en pos de direcciones no tradicionales; es preciso encontrar actividades económicas distintas de la industria petrolera, pues necesitamos entrar en la economía del futuro, distinta de la mera extracción que es lo característico de una economía primaria, otra cosa que nuestra propia estimulación del calentamiento global. Es la marca de los tiempos la expansión indetenible de las actividades informáticas en la Internet o las de ingeniería genética; en actividades como ésas, en la nueva economía—ver New Rules for the New Economyde Kevin Kelly—siempre habrá espacio, siempre será posible, como demostró Irlanda, saltar de una economía tradicional a lo más adelantado.

Esa audacia es necesaria; esa audacia será bienvenida por los venezolanos, que queremos reto y acicate. Nada hay en nuestra composición de pueblo que nos prohíba entender el mundo del futuro. Venezuela tiene las posibilidades, por poner un caso, de convertirse, a la vuelta de no demasiados años, en una de las primeras democracias electrónicamente comunicadas del planeta, en una de las democracias de la Internet. En una sociedad en la que prácticamente esté conectado cada uno de sus hogares con los restantes, con las instituciones del Estado, con los aparatos de procesamiento electoral, con centros de diseminación de conocimiento. No es imposible que en el año 2015 el venezolano promedio tenga un nivel de conocimientos equivalente a una licenciatura de estudios generales. La educación primaria garantizada estaba bien para el país de Guzmán Blanco. A comienzos del siglo XXI los venezolanos todos deberíamos disponer de una educación superior. (En El mes de Janoreferéndum #11, 21 de enero de 1995. Digamos ahora, luego del tiempo perdido, en 2035).

Actuemos antes de que sea tarde. Alcemos nuestra voz referendaria para mandar en vez de protestar, ante la reiterada y peligrosísima convocatoria a “luchar” de un liderazgo obsoleto, que sólo atina a empeorar localmente la pandemia política mundial. LEA

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Recibió el nombre de gripe española porque la pandemia ocupó una mayor atención de la prensa en España que en el resto de Europa, ya que no estaba involucrada en la guerra y por tanto no se censuró la información sobre la enfermedad. Aunque el origen del virus se acepta que fue Estados Unidos—fue el 4 de marzo de 1918 en Camp Funston, uno de los campamentos militares establecidos en Kansas tras el comienzo de la I Guerra Mundial donde se registró el primer caso—, un estudio de 2014 indica que el origen de una de las cepas letales del virus pudo estar en Madrid. (Wikipedia en Español).

** Durante esta entrevista llegué a pensar que Álvarez Paz, quien mostraba cierta renuencia a aceptar la totalidad de mis planteamientos, pudiera estar convencido de la indignidad del gobierno de Luís Herrera. Así se lo pregunté. Fue la primera vez que Oswaldo Álvarez Paz me dijera: “Lo único inmoral es no ganar”. (Krisis – Memorias Prematuras, 1986).

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De la inteligencia como deber

 

El pasaje crucial de La Ética de la Creencia

 

Presentación: lo que sigue—con la adición de tres anotaciones—es la traducción del muy recomendable artículo en brainpickings de María Popova acerca de una obra fundamental de William Kingdon Clifford: La ética de la creencia. Mi admiración por este agudo y certero autor británico es muy grande, y no vacilo en reconocer que ese ensayo suyo es una de mis principales guías éticas, tal vez la más importante, en materia política.

Muy cerca de la postura de Clifford está la expresada por John Erskine en La obligación moral de ser inteligente, puesto que ambos son de la opinión de que el conocimiento no es una cosa que pueda elegirse tener o no tener, según nuestro capricho. Desde el momento cuando terceras personas son afectadas por nuestras acciones, debemos a los otros el asegurarnos, hasta donde sea posible, de que no resultarán dañados por nuestra ignorancia. Es nuestro deber ser inteligentes. (Un tratamiento al problema de la calidad en la educación superior no vocacional en Venezuela, 15 de diciembre de 1990).

La prédica central de Clifford es esencial para no perderse en esta época de fake news, cuando la política está infestada de ellas y de dogmáticas condenas. LEA

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La Ética de la Creencia: el gran matemático y filósofo inglés William Kingdon Clifford sobre la disciplina de la duda y cómo podemos confiar en una verdad

 

 

“La confianza que las personas tienen en sus creencias no es una medida de la calidad de la evidencia sino de la coherencia de la historia que su mente ha logrado construir”, observó el psicólogo Daniel Kahneman*, ganador del premio Nobel, al resumir sus estudios pioneros de psicología del comportamiento sobre cómo y por qué nuestras mentes nos engañan. Y, sin embargo, nuestras creencias son la brújula con la que navegamos por el paisaje de la realidad, la que dirige nuestras acciones y conforma así nuestro impacto sobre esa misma realidad. El gran físico David Bohm capturó esta dependencia ineludible de manera memorable: “La realidad es lo que consideramos cierto. Lo que consideramos verdadero es lo que creemos… Lo que creemos determina lo que consideramos verdadero ”.

¿Cómo, entonces, alinear nuestras creencias con la verdad en lugar de la ilusión, para que podamos percibir la representación más precisa de la realidad de la que sea capaz la mente humana, y a la vez guiar nuestras acciones hacia fines nobles y constructivos?

Eso fue lo que el matemático y filósofo inglés William Kingdon Clifford (4 de mayo de 1845 – 3 de marzo de 1879) exploró con visión poco común y elegancia retórica casi un siglo y medio antes de la edad de oro de los “hechos alternativos“.

Cuando la tuberculosis reclamó su vida a la edad injusta de treinta y tres años, Clifford había revolucionado las matemáticas desarrollando el álgebra geométrica, había escrito un libro de cuentos de hadas para niños y se había convertido en la primera persona en sugerir que la gravedad podría ser una función de una geometría cósmica subyacente, al desarrollar lo que llamó una “teoría espacial de la materia” décadas antes de que Einstein transformara nuestra comprensión del universo al unir el espacio y el tiempo en una geometría del espacio-tiempo.

Pero una de las contribuciones más duraderas de Clifford es un ensayo titulado La ética de la creencia, publicado originalmente en 1877 en la revista Contemporary Review y luego incluido en Razón y responsabilidad: lecciones sobre algunos problemas básicos de filosofía. En el ensayo, Clifford investiga la naturaleza del bien y el mal, el infernal abismo entre la creencia y la verdad, y nuestra responsabilidad por la verdad a pesar de nuestras habituales desviaciones humanas de la sinrazón, el engaño y la racionalización.

Clifford, con solo treinta y dos años, comienza con una parábola que contiene un experimento mental de carácter ético:

Un dueño de barcos se encontraba a punto de enviar al mar un buque de emigración. Sabía que éste era viejo y no demasiado bien construido desde un comienzo; que había visto muchos mares y muchos climas y que a menudo había necesitado reparación. Se le había sugerido dudas de que posiblemente el barco en cuestión no mereciera navegar. Estas dudas hacían presa de su mente y le causaban infelicidad; pensó que tal vez debiera hacer que le reacondicionaran y readaptaran a fondo, aunque eso pudiera significarle un gasto considerable. Antes de que el buque zarpara, no obstante, fue capaz de vencer tales reflexiones melancólicas. Se dijo a sí mismo que el barco había navegado con seguridad en muchos viajes y había superado tantas tormentas que era ocioso suponer que no regresaría a salvo también de este viaje. Pondría su confianza en la Providencia, que difícilmente podría dejar de proteger a las infelices familias que abandonaban su patria para buscar mejores tiempos en alguna otra parte. Despediría de su mente todas las poco generosas suposiciones acerca de la honestidad de constructores y contratistas. De tal modo llegó a adquirir una sincera y cómoda convicción de que su barco era decididamente seguro y digno del mar; le vio zarpar con corazón liviano y con deseos benevolentes por el éxito de los exiliados en lo que sería su nuevo y extraño hogar; y cobró el dinero del seguro cuando el barco se hundió en medio del océano y no contó cuentos.

¿Qué diremos de él? Seguramente esto: que verdaderamente era muy culpable de la muerte de aquellos hombres. Puede admitirse que creyera sinceramente en la idoneidad de su barco; pero la sinceridad de su convicción no puede de ningún modo auxiliarle, porque no tenía derecho de creer en una evidencia tal como la que tenía delante de sí. El había adquirido su creencia no ganándosela responsablemente mediante paciente investigación, sino sofocando sus dudas. Y aun cuando al final podría haberse sentido tan seguro que no hubiera podido pensar de otra manera, sin embargo, en tanto consciente y voluntariamente se dejó llevar a ese estado mental, tiene que considerarse responsable por ello… Alteremos un poco el caso y supongamos que el barco sí era idóneo después de todo, que hizo ese viaje con seguridad y muchos otros después de ése. ¿Disminuye esto la culpa del propietario? Ni un ápice. Una vez que una acción está hecha es correcta o incorrecta para siempre, y ningún fracaso accidental de sus buenas o malas consecuencias puede posiblemente alterar eso. Ese hombre no habría sido inocente, simplemente no habría sido descubierto. 

Clifford agrega una capa de complejidad ética al argumentar que incluso si el barco no se hubiera hundido, el propietario del barco sería culpable del mismo error de juicio, ya que “no habría sido inocente, sino que no habría sido descubierto”. Así escribe:

La cuestión del bien o el mal tiene que ver con el origen de su creencia, no con su sustancia; no con lo que era sino con cómo la obtuvo; no si a fin de cuentas resultó ser verdadera o falsa, sino si tenía el derecho de creer a partir de la evidencia que tenía frente a sí.

[…]

Porque no es posible separar la creencia de la acción que ella sugiere para condenar a una sin condenar a la otra. Ningún hombre que tenga una fuerte creencia a favor de un lado de una cuestión, o incluso que desee sostener una creencia en ese lado, puede investigarlo con tanta justicia e integridad como si realmente estuviera en duda y fuera imparcial, de modo que la existencia de una creencia que no está basada en una investigación justa hace incompetente a un hombre para el desempeño de ese necesario deber.

Un siglo antes de que los psicólogos llegaran a identificar defectos cognitivos tales como el sesgo de confirmación y el efecto contraproducente**, Clifford agregaba:

Tampoco se trataba en absoluto, verdaderamente, de una creencia que no tuviera influencia alguna sobre las acciones de quien la sostenía. Quien realmente cree en lo que lo impulsa a una acción lo ha considerado para codiciarla, ya se ha comprometido con ella en su corazón. Si una creencia no se realiza de inmediato en actuaciones manifiestas, se almacena para la orientación del futuro. Pasa a formar parte de ese agregado de creencias que vincula la sensación y la acción en cada momento de nuestras vidas y se organiza y compacta tanto que ninguna de sus partes puede aislarse del resto, más bien cada nueva adición modifica la estructura del conjunto. Ninguna creencia real, por minúscula y fragmentaria que parezca, es realmente insignificante; nos prepara para recibir otras similares, confirma las anteriores que se le parecen debilitando a otras y así, gradualmente, establece una furtiva cadena de íntimos pensamientos que puede explotar algún día como acción abierta, dejando su impronta en nuestro carácter para siempre.

En un sentimiento evocador de las reflexiones del poeta y filósofo indio Tagore sobre la interdependencia de la existencia, Clifford se encarga de resaltar el tapiz sociológico del que se ha arrancado cada hebra de nuestras creencias privadas:

La creencia de alguien no es, en ningún caso, un asunto privado que le concierne sólo a él. Nuestras vidas están guiadas por esa concepción general sobre el curso de las cosas, que ha sido creada por la sociedad con fines sociales. Nuestras palabras, nuestras frases, nuestras formas y procesos y modos de pensamiento, son propiedad común, formada y perfeccionada por una época tras otra; un legado que cada generación sucesiva hereda como precioso depósito y sagrado fideicomiso para ser entregado a la siguiente; no sin cambios, sino ampliado y purificado, con algunas claras señales de su propio trabajo. En esto, para bien o para mal, se entrelaza cada creencia de cada hombre que oye hablar a sus semejantes. Es un tremendo privilegio y una tremenda responsabilidad que tengamos que crear el mundo en el que vivirá la posteridad.

En un pasaje de asombrosa pertinencia para la actualidad—dado que ciertas peligrosas ideologías divorciadas de la verdad ofrecen un falso consuelo con los llamados “hechos alternativos“, en detrimento de nuestro bien común—, advierte Clifford:

La creencia, esa facultad sagrada que incita las decisiones de nuestra voluntad, y teje en armoniosa obra todas las energías compactadas de nuestro ser, no es nuestra para nosotros sino para la humanidad. Se la usa correctamente en verdades que hayan sido establecidas por una larga experiencia y trabajo paciente, que permanezcan erguidas ante la feroz iluminación de un libre e intrépido cuestionamiento. Entonces sirve para unir a los hombres y fortalecer y dirigir su acción común. Se la profana cuando se la concede a declaraciones no probadas o cuestionadas, para consuelo y placer privado del creyente, para agregar un esplendor de oropel al sencillo camino recto de nuestra vida y mostrar más allá de él un brillante espejismo, o incluso para ahogar las penas comunes de nuestra especie mediante un autoengaño que le permite no solo derribarnos, sino también degradarnos. Quien, en este asunto, desea merecer bien de parte de sus semejantes protegerá la pureza de sus creencias con un verdadero fanatismo que cuidará celosamente, no sea que en algún momento llegue a descansar sobre objeto indigno y adquiera una mancha que nunca podrá ser borrada.

Tres siglos después de que el padre fundador de la filosofía occidental y cruzado de la razón, René Descartes, afirmara que “no es suficiente tener una buena mente; lo principal es emplearla bien”, Clifford agregaría:

En lo que respecta, entonces, a la sagrada tradición de la humanidad, aprendemos que ella no consiste en proposiciones o declaraciones que deban ser aceptadas y creídas por autoridad de la tradición, sino en preguntas correctamente formuladas, conceptos que nos permitan formular preguntas adicionales y métodos para responder las preguntas. El valor de todas estas cosas depende de que sean sometidas a prueba todos los días. La propia condición sagrada de ese precioso depósito nos impone el deber y la responsabilidad de someterlo a prueba, de purificarlo y agrandarlo al máximo de nuestras fuerzas. El que hace uso de sus resultados para sofocar sus propias dudas o para obstaculizar la investigación de otros, es culpable de un sacrilegio que los siglos nunca podrán borrar.

Un método para purificar y ampliar nuestro acceso a la verdad es lo que Carl Sagan esquematizó un siglo más tarde en su inmortal Caja de detección de engaños, pero fue el propio Clifford quien cristalizara el enfoque más eficaz en una frase*** maravillosamente sucinta:

Es en todo tiempo y lugar moralmente erróneo que cualquiera crea en algo sobre la base de evidencia insuficiente.

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En Marcos para la interpretación de la libre empresa en Venezuela, 9 de enero de 2004: “Para un tratamiento bastante exhaustivo y técnico del tema de los marcos, con especial aplicación a la elección entre opciones con diferentes resultados espe­rados, y su diferente presentación o ‘enmarcamiento’, puede verse Choices, Values and Frames, editado por Daniel Kahneman y Amos Tversky y publicado por Cambridge University Press en 2000. Los autores se hicieron acreedores al Premio Nobel de Economía por sus trabajos desde la perspectiva de la psicología de la cognición. Tversky murió antes de recibirlo”.

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** “El efecto contraproducente es un nombre para el hallazgo de que, dada la evidencia en contra de sus creencias, las personas pueden rechazarla y creerlas aun más fuertemente”. (Wikipedia).

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*** El compacto y poderoso dogma de Clifford se sigue por estas palabras: “Si un hombre que sostiene una creencia que se le enseñara en su infancia o de la que se le persuadiera más tarde, abate y repele cualesquiera dudas que sobre ella surgieran en su mente, evita adrede la lectura de libros y la compañía de hombres que la cuestionan o discuten, y considera impías aquellas preguntas que no puedan ser formuladas fácilmente sin perturbarla, la vida de ese hombre es un largo pecado contra la Humanidad.

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Es de sabios rectificar

 

La Asamblea Nacional venezolana

 

El más sutil de los atentados a la libertad es el de suponer el futuro como historia congelada. No se puede decir que los actores políticos tradicionales serán incapaces para comprender los procesos políticos o que serán incapaces para diseñar cursos de acción.

Krisis – Memorias Prematuras, 12 de febrero de 1986

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En verdad, congelar a alguien en su pasado es un grave atentado a su libertad, pues no puede a nadie prohibírsele que cambie para bien.

De mangueras y enemigos, 27 de noviembre de 2003

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Noticia contenida en Rayuela, la novela cumbre de Julio Cortázar. Ella nos informa de peceras con tabiques de vidrio transparente, en la que los peces que nadan allí tropiezan una y otra vez con ellos, pues no pueden distinguirlos del agua. Al cabo de una serie de frustraciones, los animales aprenden y dan vuelta antes de chocar. Luego, retirados los tabiques, continúan creyendo que no pueden pasar de un lado al otro: “Llegar hasta un punto en el agua, girar, volverse, sin saber que ya no hay obstáculo, que bastaría seguir avanzando…

Lo irónico, en el caso de los tabiques que limitan la actuación de nuestra Asamblea Nacional, es que es ella misma quien los ha colocado. Si bien ella no juramentó, hasta ahora, al diputado Juan Guaidó como encargado de la Presidencia de la República, aprobó el 5 de febrero de 2019 el Estatuto que rige la transición a la democracia para restablecer la vigencia de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela que certifica esa postiza investidura: “El Presidente de la Asamblea Nacional es, de conformidad con el artículo 233 de la Constitución, el legítimo Presidente encargado de la República Bolivariana de Venezuela”. (La Presidencia de la República sólo recae en el Presidente de la Asamblea Nacional, según ese artículo, en el caso de falta absoluta del Presidente Electo, y sólo si tal falta se produce antes de su toma de posesión, la que ocurrió el 10 de enero del año pasado. Si se argumenta que la segunda elección de Nicolás Maduro como Presidente de la República es ilegítima—y no le corresponde al Poder Legislativo certificar tal cosa—, entonces no existió nunca el Presidente Electo exigido por la Constitución para que su falta absoluta antes de tomar posesión cause la encargaduría del Presidente de la Asamblea Nacional. El propio “estatuto” declara en su Artículo 8: “El evento político celebrado el 20 de mayo de 2018 no fue una legítima elección presidencial. En consecuencia, no existe Presidente electo legitimado para asumir la Presidencia de la República Bolivariana de Venezuela para el período 2019-2025″).

La ocurrencia del “estatuto” hace mucho más costosa la rectificación por cuanto implicaría una retractación, que sería lo indicado. Ese instrumento fue promovido sobre una equivocada interpretación del Artículo 333 de la Constitución, el que dice: “Esta Constitución no perderá su vigencia si dejare de observarse por acto de fuerza o porque fuere derogada por cualquier otro medio distinto al previsto en ella. En tal eventualidad, todo ciudadano investido o ciudadana investida o no de autoridad, tendrá el deber de colaborar en el restablecimiento de su efectiva vigencia”. La Constitución, aunque ha sufrido violaciones de distinto calibre—ver la más grave en Violación denunciada (12 de agosto de 2008)—no ha dejado de observarse por acto de fuerza (un golpe de Estado, por ejemplo, como el que pretendió ejecutar el mismo Guaidó el pasado 30 de abril). Luego, tampoco ha sido derogada mediante procedimiento distinto del que ella prevé: la aprobación en referendo de un nuevo texto constitucional que provenga de una Asamblea Nacional Constituyente. (Sí pretendió derogarla, por caso, Pedro Carmona Estanga el 12 de abril de 2002, con el “decreto” para el que Allan Randolph Brewer Carías recomendó “correcciones de estilo”, según propia admisión del 15 de abril de 2002). Apartando esos dos casos, no hay otros orígenes para la obligación de “colaborar en el restablecimiento de su efectiva vigencia” que la Constitución impone a cualquier ciudadano y, a todo evento, sería un contrasentido restablecerla con una violación: la “conformación de un Gobierno provisional de unidad nacional” (Artículo 2 del “estatuto”), enteramente ausente de nuestra Carta Magna. Pretender que para defender la Constitución hay que desconocerla, como ha sostenido más de uno, es postura decididamente absurda.

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Nuestra situación requiere que nuestros representantes legislativos se quiten de los ojos las vendas que ellos mismos se han puesto, los tabiques que por su cuenta han introducido a la pecera. Para que la actuación de la Asamblea Nacional elegida a fines de 2015 no sea un total desperdicio, es preciso que ella recupere su eficacia como poder (resolviendo el asunto del persistente desacato) para que pueda convocar, por mayoría simple (Artículo 71 de la Constitución), referendos que resuelvan cosas fundamentales. “Las heridas venezolanas son tantas y tan lacerantes, que no hay modo de curarlas sin una apelación perentoria al poder fundamental y originario del Pueblo, a través de un Gran Referendo Nacional“. (5 de febrero de 2003).

Debe la Asamblea sobreponerse a su prejuicio:

La inmensa mayoría de la dirigencia nacional, política o privada, alimenta un desprecio básico por el pueblo venezolano. A casi todo proyecto político verdaderamente audaz y significativo se le opone usualmente la idea de que el pueblo no se interesa sino por muy elementales necesidades de supervivencia, por las más egoístas apetencias, por los más triviales objetivos. (…) Depende, por tanto, de la opinión que el líder tenga del grupo que aspira a conducir, el desempeño final de éste. Si el liderazgo venezolano continúa desconfiando del pueblo venezolano, si le desprecia, si le cree holgazán y elemental, no obtendrá otra cosa que respuestas pobres congruentes con esa despreciativa imagen. Si, por lo contrario, confía en él, si procura que tenga cada vez más oportunidades de ejercitar su inteligencia, si le reta con grandes cosas, grandes cosas serán posibles. (De héroes y de sabios, 17 de junio de 1998).

La prescripción referendaria, revestida como alianza entre la Asamblea Nacional y el Pueblo de Venezuela, fue recomendada el 9 de enero de 2016 (sólo cuatro días después de la instalación de la nueva legislatura) en el programa #178 de Dr. Político en RCR. He aquí el fragmento* correspondiente, de poco menos de cinco minutos:

 Alianza estratégica

Juan Guaidó ha reconocido recientemente que ha cometido errores (sin especificarlos). Varios otros conductores de la Asamblea Nacional elegida a fines de 2015 también han errado, y los errores se superan únicamente con la rectificación. Nunca es tarde para corregir. (Bueno, a menos que la cosa sea incorregible). LEA

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*El primer segmento del programa #178 comentó algunas actuaciones de personajes importantes de la política nacional, como Nicolás Maduro y Vladimir Padrino López. Creo que vale la pena escucharlo, como refrescamiento de las condiciones políticas a comienzos de 2016 y consideración de conceptos de Luis Salas Rodríguez, por esos días nombrado Ministro de Economía “Productiva”. Helo aquí completo, finalizando con los 4′ 53″ del audio precedente:

  Introducción del 9 de enero de 2016

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