Fechas ¿imprevistas?

 

Una fecha infame

 

…es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario.

Alexis de Tocqueville – El Antiguo Régimen y la Revolución (1856)

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He dejado pasar inadvertidamente, al encontrarme convaleciente, un nuevo aniversario de una fecha infame que además fuera perfectamente evitable; me refiero al 4 de febrero de 1992, del que hace dos semanas se cumpliera veintinueve años. Así se inicia el primer capítulo—La democracia sangraba—de Las élites culposas, libro del suscrito publicado en 2012:

Por la ventana de mi cuarto escuchaba las detonaciones del asalto a la residencia presidencial de La Casona, a la una de la madrugada del 4 de febrero de 1992. Una desazón irresoluble me había atrapado, aumentada porque había buscado evitar, sin éxito, lo que ahora se desarrollaba sin clemencia. Varios venezolanos morirían abaleados o bombardeados y no se tenía seguridad acerca del desenlace. En esos momentos era todavía posible que el sistema democrático fallara y fuera interrumpido, que los golpistas desconocidos triunfaran y asumieran el poder en Venezuela.

Siete meses y catorce días atrás, el 21 de julio de 1991, El Diario de Caracas había publicado un artículo mío—Salida de estadista—, en el que recomendaba la renuncia del presidente Pérez como modo de eludir, justamente, lo que estaba ocurriendo a pocas centenas de metros de mi casa. Allí puse: “El Presidente debiera considerar la renuncia. Con ella podría evitar, como gran estadista, el dolor histórico de un golpe de Estado, que gravaría pesadamente, al interrumpir el curso constitucional, la hostigada autoestima nacional. El Presidente tiene en sus manos la posibilidad de dar al país, y a sí mismo, una salida de estadista, una salida legal”.

Saludado como exageración—el Director del periódico, Diego Bautista Urbaneja, escribió tres días después sobre mi planteamiento: “No creo que exista un peligro serio de golpe de Estado…”—, el expediente de la renuncia sería luego propuesto por nada menos que Rafael Caldera, Arturo Úslar Pietri y Miguel Ángel Burelli Rivas, después de la intentona del 4 de febrero. Yo la había recomendado antes del abuso. Herminio Fuenmayor, el Director de la Inteligencia Militar, declaró que había en marcha una campaña—¡el íngrimo artículo!—para lograr la renuncia de Pérez. El general Alberto Müller Rojas, luego jefe de campaña de Hugo Chávez Frías, escribió en El Diario de Caracas sobre la ingenuidad de mi proposición. Al año siguiente, y luego de la intentona, volvió a escribir en adulación a Úslar Pietri, señalándolo como “el primero” que había solicitado la renuncia de Pérez. La verdad era que un mes escaso antes del golpe Úslar proponía que Pérez se pusiera al frente de ¡un gobierno de emergencia nacional! El interés oportunista de Müller Rojas era obvio: habiendo gravitado antes por los predios de aquel “Frente Patriótico”* que lideraba Juan Liscano, quería ahora ser contado entre “Los Notables” que rodeaban a Úslar Pietri.

Pero antes, todavía, alerté sobre el peligro de un golpe de Estado. En Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela (septiembre de 1987), había escrito: “…el próximo gobierno sería, por un lado, débil; por el otro, ineficaz, en razón de su tradicionalidad. Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabilidad de un golpe militar hacia 1991, o aun antes, sería considerable”.**

El liderazgo político venezolano de las dos últimas décadas del siglo pasado no dominaba lo que Tocqueville llamó “el verdadero arte del Estado”, el que exige “una capacidad para predecir el futuro”. LEA

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* Esta asociación más o menos informal fue la primera que promovió la idea de una asamblea constituyente, desde 1989, luego de la Constitución de 1961. Entre sus miembros estuvieron Luis Miquilena y Manuel Quijada.

** La asonada de Chávez, Arias Cárdenas et al., se supo luego, estuvo prevista para fines del año de 1991. Debía darse para el 16 de diciembre de ese año, con la pretensión de amanecer en el poder en el aniversario de la muerte de Simón Bolívar.

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Caldera & Pietri

A una prole de excepción

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El gran repositorio documental que es YouTube preserva un discurso excepcional de un orador que fue siempre excepcional. Así lo presenta:

A un mes del 4 de febrero de 1992, Rafael Caldera enfrenta a partidarios de los militares alzados en un foro en el que participó en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela. Invitado por el rector Luis Fuenmayor y compartiendo el escenario con Andrés Velázquez, Caldera ataca al militarismo, a la tesis del gendarme necesario, al Cesarismo Democrático y hace una defensa de la institucionalidad democrática.

Dice el presidente Caldera que la culpa no la tiene la democracia sino los dirigentes que han abusado de ella para su provecho personal e insiste en que hay salida democrática y tenemos que luchar por ella.

«Traicionaría mi vida si viniera aquí por acto de demagogia a instarlos a ustedes a realizar acciones insurreccionales», dijo en esa ocasión ante una UCV a la que volvía después de muchos años, desde antes de haber ejercido la presidencia por primera vez.

 

 

Sobre el impresionante discurso de Rafael Caldera Rodríguez, Senador Vitalicio, en el Congreso de la República el 4 de febrero de 1992, puse en Las élites culposas:

Caldera estaba diciendo, valientemente, la verdad. Más valientemente continuó: “Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y por la democracia, cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer y de impedir el alza exorbitante en los costos de la subsistencia; cuando no ha sido capaz de poner un coto definitivo al morbo terrible de la corrupción, que a los ojos de todo el mundo está consumiendo todos los días la institucionalidad… El golpe militar es censurable y condenable en toda forma, pero sería ingenuo pensar que se trata solamente de una aventura de unos cuantos ambiciosos que por su cuenta se lanzaron precipitadamente y sin darse cuenta de aquello en que se estaban metiendo”. Tenía razón, como lo hemos comprobado los venezolanos hasta la saciedad. Cuatro días después del primer levantamiento militar de 1992, el diario El Nacional publicó un artículo firmado por Manuel Alfredo Rodríguez, llamado sencillamente “Caldera”. En éste expuso: “El discurso pronunciado por el Maestro Rafael Caldera el 4 de febrero, es un elevado testimonio de patriotismo y un diáfano manifiesto de venezolanidad y humanidad. Pocas veces en la historia de Venezuela un orador pudo decir, con tan pocas palabras, tantas cosas fundamentales y expresar, a través de su angustia, la congoja y las ansias de la patria ensangrentada”. Y para que no cupieran sospechas aclaró: “Nunca había alabado públicamente a Rafael Caldera, aunque siempre he tenido a honra el haber sido su discípulo en nuestra materna Universidad Central. Nunca he sido lisonjero o adulador, y hasta hoy sólo había loado a políticos muertos que no producen ganancias burocráticas ni de ninguna otra naturaleza. Pero me sentiría miserablemente mezquino si ahora no escribiera lo que escribo, y si no le diera gracias al Maestro por haber reforzado mi fe en la inmanencia de Venezuela”. Nada menos que eso después de declarar: “La piedra de toque de los hombres superiores es su capacidad para distinguir lo fundamental de lo accesorio y para sobreponerse a los dictados de lo menudo y contingente. Quien alcanza este estado de ánimo puede meter en su garganta la voz del común, y mirar más allá del horizonte”.

Pero todavía hay hoy contradictorios cobradores de muy escasa inteligencia política:

La misma fauna que cobra odiosamente a Caldera sus palabras, aplaude en Facebook éstas de Nelson Mandela: “La libertad es inútil si la gente no puede llenar de comida sus estómagos, si no puede tener refugio, si el analfabetismo y las enfermedades siguen persiguiéndole”.

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La compañera de ese hombre plenamente excepcional fue, ella misma, una dama excepcional.

 

 

La prole que nos legaron—Mireya Alicia, Rafael Tomás, Juan José, Alicia Elena, Cecilia Antonia, Andrés Antonio—es asimismo excepcional. No podía ser de otra manera.

He dejado constancia de esta inconmovible opinión:

De los Caldera Pietri puedo afirmar lo mismo que dije de los hermanos Sucre-Eduardo—Andrés, el mayor de éstos, firmó con Caldera el acta fundacional de COPEI el 13 de enero de 1946—en el prólogo a Alicia Eduardo: Una parte de la vida (Fundación Empresas Polar), el libro de mi esposa sobre sus abuelos paternos:

La nobleza, la solidaridad, la discreción, la alegría, el sentido de realidad, la noción del deber ineludible, la paciencia, el respeto del prójimo y lo ajeno, el espíritu de cuerpo, la seriedad, (…) la falta de pretensión y una orientación práctica y desenredada hacia la vida, son rasgos comunes a los Sucre Eduardo, y esa múltiple conjunción, reiterada doce veces, sólo puede explicarse en la labor paternal y maternal de Andrés y Alicia.

Los Caldera-Pietri sólo se explican a partir de la labor familiar de Rafael Caldera y Alicia Pietri, y su excelencia es la cosecha de su séxtuple siembra.

Siempre estaré agradecido de su amistad. LEA

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El adiós

José Luis, en una de sus numerosas excursiones montañeras

 

Hoy fue enterrado en el Cementerio del Este el hermano ido. Sus hijos habían solicitado que dijera algo de él en el velorio y decidí escribir mis palabras para protegerme del dolor al decirlas. Acá las reproduzco:

 

José Luis Alcalá, Señor de Pueblo

José Luis Alcalá Corothie irradiaba su poderosa esencia sin proponérselo, pues nunca fue presuntuoso. De él pudiera decirse lo que alguna vez registré de mi esposa: “No conozco gente que sepa de él y no lo quiera, y él quiere estrictamente a todo el mundo y sobre éste distribuye su bondad”.

Ayer recibí una nota escrita por Alejandro Alcalá Ojeda, su segundo hijo. Allí deja una constancia que es una gran verdad:

“Cuando nací en el año 1975, mi padre Jose Luis Alcalá apenas tenía dos años de haber perdido su pierna en un accidente de moto. A pesar de eso, nunca vi a mi papá como un discapacitado; su fuerza, su perseverancia, su actitud echada para adelante, hizo que siempre lo viera como un súper heroe. Mi papá lograba siempre, con su imponente personalidad, que nadie sintiera pena por su situación. A veces hasta parecía que se la ‘vacilaba’, y disfrutaba que sus amigos y familiares le dijéramos el Mochito”.

Eso es muy justo; nadie sintió lástima por la discapacidad de José Luis, aunque más de uno lo llamara cariñosamente “Mochuelo”. Y mocho como era, hacía ejercicios nadando vigorosamente o subiendo cerro, lo que hacía solo o, preferentemente, en compañía de su compadre Ovidio Ramella. Yo no creo que hubiera podido seguirle el enérgico paso que le era característico.

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Cuando José Luis, un bebé todavía, no caminaba, ya era una conducta suya que se durmiera frotando la esquina de un pañal mientras cantaba en voz baja. En ese tiempo trabajaba en nuestra casa la inolvidable Paula Barinas, quien pronosticó que él sería Presidente de la República, pues se dormía cantando el himno de la República. Esa predicción no se cumplió pues, como hizo constar Connie Méndez en su amable canción, en Venezuela “arrullamos a los niños con el Himno Nacional”. (Lo que musitaba José Luis era el “Duérmete mi niño…”) Jamás tuvo vocación política, a pesar de ser gente de Pueblo.

¿Qué quiero decir por eso? Hoy hay luto en el 23 de Enero, en la urbanización Simón Rodríguez, en el barrio El Guarataro, donde hizo amistades que valoraba mucho. José Luis tuvo siempre una preferencia profunda por sus compatriotas menos favorecidos, a quienes llamaba “Mi bella gente pobre”.

Eso era así no por una ideología en que lo hubieran adoctrinado, sino por una identificación total y natural, espontánea, con el Pueblo todo, muy especialmente con sus miembros menos afortunados. Tal preferencia se manifestó en él desde muy pequeño, cuando era su terreno favorito para el juego el barrio El Infiernito en la quebrada de Chacaíto, cosa que le valió el despectivo mote de “orillero”, por aquello de gente de orilla. Él fue, vocacionalmente, gente de orilla; vivió lo que Antonio Machado sentía, ese poeta que todo el mundo reconoce en el verso que registrara Joan Manuel Serrat: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. José Luis anduvo por el mundo, con dos piernas primero, luego con una sola y una muleta, con ese amor popular.

Machado escribió en algún lado:

“Escribir para el pueblo… ¡qué más quisiera yo! Deseoso de escribir para el pueblo aprendí de él cuanto pude, mucho menos, claro está, de lo que él sabe. …yo no he pasado de folklorista, aprendiz, a mi modo, del saber popular. Siempre que advirtáis un tono seguro en mis palabras, pensad que os estoy enseñando algo que creo haber aprendido del pueblo”.*

José Luis de Alcalá y Corothie, Señor de Pueblo, aprendió de ese Pueblo al que amaba sin límites. Tal vez yo le auxiliara de cuando en cuando en algún asunto escolar, pero él me enseñó de la vida.

Hermano, gracias por el orgullo de haberte tenido con nosotros. LEA

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Acababa de citar esas palabras de Antonio Machado hace seis días, en Prólogo de la modestia.

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El segundo en despedirse

José Luis, a la derecha de la fila superior. María Elena a la izquierda de la inferior

 

Los hermanos Alcalá-Corothie fuimos seis y quedamos cuatro, al irse hoy de nuestra compañía el tercero de nosotros, José Luis. El 19 de abril de 2011 se fue la primera, María Elena, la cuarta de la prole de Pedro Enrique Alcalá Reverón y María Josefina Corothie Chenel. Quedamos los dos hermanos mayores y los dos menores.

Yo le puse su nombre; mamá me había invitado a que lo hiciera y escogí José de su segundo nombre—todos la llamaban Josefina—y Luis para repetir el mío. Yo tenía seis años de edad al proponer la combinación. Venía a la casa de mi esposa en la que habito todas las semanas a jugar dominó con la hermana Sylvia, que me sigue, y su consorte, Lisandro Lecuna Rui. Él era, como puse en 02022020, entrada que le dediqué, “el mejor jugador de dominó que conozco”.

 

José Luis, el compañero de Sylvia (29 de diciembre de 2019)

 

José Luis era amor puro, generoso, divertido, respetuoso, siempre alegre. Nuestros corazones, ya cicatrizados del dolor por ME, alojan ahora una nueva y enorme herida, pero él habría prohibido nuestro luto. Era un extraordinario vendedor y un gran comprador, honesto como nuestro padre, de quien fue su mejor compañero. Le vi por última vez hace ocho días, cuando aceptó almorzar un plato de pasta con una de las mejores salsas de la cocina de mi señora. Su creciente malestar le impidió acercarse el último fin de semana para la ritual contienda de veintiocho pedradas.

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Uno contaba con José Luis para cualquier cosa. Ahora lo recibe San Pedro con un trago de güisqui en la patriarcal mano, sonriente, consciente de que el cielo tiene ahora un huésped de tronío. Esta constancia está en la primera entrada musical de este blog:

Resulta que uno de los mejores teóricos del juego de bridge era el inglés Víctor Mollo, y uno de sus más amenos libros es The Bridge Inmortals. En su introducción, Mollo imaginaba que los dioses del Olimpo, encontrándose infinitamente aburridos, optan por seguir la recomendación de combatir el tedio invitando a su divina morada a los más grandes bridgistas de todos los tiempos.

José Luis se ha ido a enseñar dominó a los santos del cielo. LEA

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Los amigos idos

De izquierda a derecha, Vera Roos de Zitman, Rafael Sylva Moreno, Cornelis Zitman y Elizabeth Larrazábal a la mesa en la boda civil de Nacha Sucre—de pie—y el suscrito el 28 de abril de 1979. (Sobreviven las damas).

 

En Día de la Toma de la Bastilla, a los amigos que me quedan

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Cornelis y Rafael ya no están; se han ido. A ambos los he recordado varias veces en este blog: al primero, por ejemplo, en El holandés errante hace doce días, y a Nuestro insólito Rafael Sylva el 18 de enero de 2018. Mi entrañable compinche Eduardo Quintana Benshimol tampoco está entre nosotros. Alguna vez (1974) me curó una decepción amorosa ¡al explicarme la “dialéctica del Señor y el Siervo” expuesta por G. W. F. Hegel en La Fenomenología del Espíritu! Así lo recordaba el 4 de marzo de 2012 en Memorias lógico físicas:

Conocí a mi esposa el 11 de mayo de 1976. Andrés Ignacio Sucre, su primo hermano, quien había sido mi alumno en la Universidad Metropolitana en su primera sede de San Bernardino, compartía conmigo amistad y gusto por la buena música. (…) Me invitó a su casa en la fecha mencionada para escuchar el concierto aniversario de un coro a cuatro voces que dirigía, con sabrosura característica, mi amigo de adolescencia y compadre, Eduardo Plaza Aurrecoechea. (…) Bueno, el día anterior, sin sospechar siquiera la existencia de Cecilia Ignacia Sucre, me encontraba en la oficina que compartía con Eduardo Quintana Benshimol, filósofo, y Juan Forster Bonini, químico.(…) El 10 de mayo de 1976 yo jugaba con la tabla de verdad (…) de la función lógica de implicación: si A, entonces B. (…) De esto trataba mi ociosidad de aquel día, y al anotarla en un Level Book S 1136—un cuaderno de topógrafos que mi padre me había regalado—, la mostré a Eduardo Quintana y le pedí que certificara con su firma el paradójico hallazgo.

 

Eduardo Quintana, de barba, entre su esposa, Adriana Calebotta (a su derecha) y Haydeé Farías, esposa de Diego Bautista Urbaneja (al extremo izquierdo), quien afortunadamente sobrevive como las esposas de ambos y Nacha y yo, que completamos el grupo en nuestra celebración de casamiento.

 

Eduardo Plaza Aurrecoechea

El otro Eduardo se me ha ido también. Eduardo Plaza fue la más antigua de esas intensas amistades/privilegio—entreverada sobre múltiples parentescos de afinidad—y la segunda en desaparecer, y a los pocos días de mi instantáneo enamoramiento de Nacha Sucre fui a asegurarme de que él, quien la había conocido primero, no estuviera sentimentalmente interesado en ella, presto a reconocerle un cierto derecho de prelación. Gracias a Dios, me tranquilizó al respecto, y eso fue lo más cerca que haya yo estado del sacrificio de Zurga y Nadir, los protagonistas de Los pescadores de perlas, la ópera de Georges Bizet que se estrenara en 1863. Estos dos personajes se han enamorado de la misma mujer—la sacerdotisa Leïla—, y su profunda amistad les empuja al juramento de ser amigos por siempre y a renunciar ambos a ella. He aquí su hermosísima aria Au fond du temple saint,* en las voces de Robert Merrill (Zurga) y Jussi Bjoerling (Nadir), quienes en la vida real cantaron juntos muchas veces y fueron grandes amigos:

 Al fondo del templo santo

Au fond du temple saint
Parée de fleurs et d’or
Une femme apparaît!
Je crois la voir encore!
Une femme apparaît!
Je crois la voir encore!
La foule prosternée
La regarde, etonnée
Et murmure tous bas
Voyez, c’est la déesse!
Qui dans l’ombre se dresse
Et vers nous tend les bras!
Son voile se souleve!
Ô vision! Ô reve!
La foule est à genoux!
Oui, c’est elle!
C’est la déesse
Plus charmante et plus belle!
Oui, c’est elle!
C’est la déesse
Qui descend parmi nous!
Son voile se souleve et la foule est à genoux!
Mais à travers la foule
Elle s’ouvre un passage!
Son long voile dejà
Nous cache son visage!
Mon regard,…

 

Pudiéramos escucharla de nuevo en interpretación del grupo que se hace llamar apropiadamente, en feliz conjunción ítalo-inglesa, Amici Forever (Amigos por Siempre):

  Bis

Está bien, una vez más pero sin palabras. Martin Zonnenberg y Martin Mans nos ofrecen el aria ahora en teclados de piano y órgano. La pieza funciona también en versión instrumental:

Bis 2

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Gracias, Eduardo I; gracias Eduardo II; gracias Rafael; gracias Cornelis. Que consintieran en ofrecerme amistad fue una cuádruple y abundante cascada de fresca agua bendita, en la que me bañé cada vez que pude. LEA

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* Escuché por primera vez el aria de Bizet, por casualidad, en 1975. Entré a una librería londinense que la hacía sonar en su piso superior, destinado a ofrecer discos a la venta, y quedé clavado en el sitio, sobrecogido por su belleza. Un dependiente a quien pedí ayuda me informó acerca del nombre de la obra y salí de allí con el álbum de Los pescadores de perlas bajo el brazo. (En mi adolescencia, el doble tocayo y vecino Luis Enrique Doguis Jelambi, fallecido—otro más—prematuramente, cuyo padre era un consumado melómano, mencionó el nombre de la ópera cuando oíamos la obertura de la ópera Carmen, del mismo compositor, a mediados de los años cincuenta).

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El holandés errante

Rostro de mujer venezolana captado por Cornelis Zitman

 

Cornelis vio algo único en el alma venezolana. Él, que entró a Venezuela por la Coro que fundara Juan de Ampíes en 1527—adonde vino de Holanda a casarse con él Vera Roos, el mayor amor de su vida—conoció en esa ciudad colonial a su segundo gran amor: Venezuela. Pero no sólo la Venezuela física, que por supuesto ama, sino al espíritu amistoso, optimista, fraternal y llano de los naturales de nuestra patria. Es nuestra alma, hasta no hace mucho unánimemente amable, la que encontró después en sus alumnos y colegas de la Universidad Central de Venezuela y el Instituto de Diseño de la Fundación Neumann-INCE, en obreros entusiastas, empresarios progresistas y artistas nobles y sabios. Es nuestra gente lo que cautivó a Cornelis y Vera. Se quedaron en Caracas por nosotros. Esta gente es hoy presa de una neurosis política. La prédica del odio y la exclusión resentida ha envenenado el alma del país, antaño dulce. A la cesación del régimen sembrador de cizaña—y para esto no falta mucho—habrá que untar ungüento calmante y sanador al corazón de los venezolanos, hoy hartos del pernicioso e inútil conflicto. Cornelis y Vera han apostado a esa cura. Por eso no se han ido. (Zitmangebouw de Caracas, 22 de febrero de 2011).

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Anoche me llamó Leopoldo Hellmund y hablamos de Cornelis Zitman: le prometí enviarle un fragmento de audio del programa #179 de Dr. Político en RCR, que el 16 de enero de 2016 estuvo dedicado a su memoria. Ya lo he hecho; contiene lo que dije—a propósito de su vida excepcionalmente benéfica para el mundo y especialmente para Venezuela—días después de su considerada despedida (un día antes de mi cumpleaños). Esto es lo que recibió el noble Leopoldo:

 

En Semper Cornelis (6 de marzo de 2017) escribí acá:

Detrás de su arte, por supuesto, estuvo su humanidad; nadie puede crear tanta belleza si ella no es la substancia de su alma. Quienes tuvimos la inmensa fortuna de tratarle supimos de su inerrante instinto moral, su bondad, su generosidad, su invariable alegría. No sabemos, creo, cómo agradecer su existencia entre nosotros.

No has dejado, Cornelis, de hacernos una enorme falta. LEA

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