JRR

José Rafael Revenga en 2016 (Palacio Legislativo Nacional)

 

Otras veces he dicho, sin faltar a la verdad, que JRR nos regaló la modernidad a quienes fuimos sus alumnos en la Escuela de Ciencias Sociales que fundara el impar Arístides Calvani. Los autores que nos hizo conocer—Anatol Rapoport, Herman Kahn, Kenneth Boulding, John von Neumann, Marshall McLuhan, Daniel Bell…—abrieron nuevos caminos al rico pensamiento del siglo XX, que recorrimos de la mano de nuestro profesor.

Profesor, consejero y amigo, 1º de agosto de 2019.

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José Rafael Revenga Gorrondona vio la luz por primera vez, apropiadamente, en la Ciudad Luz, pues nació en París el 1º de agosto de 1936. Ayer dejó de existir al caer la tarde, luego de una insólita batalla de dos años y un trimestre de resistencia, asistido bajo el amoroso e incansable cuidado de su esposa, la inteligentísima y prolífica Alba Fernández Ron, creadora entre otras muchas cosas del Museo de los Niños de Caracas.

Tomo de la misma entrada citada en el epígrafe:

mi maestro—además de Rafael Domingo Revenga, su padre biológico y familiar—tuvo tres padres putativos de calibre pesado, nada menos que Arturo Úslar Pietri, Pedro Grases y Juan David García Bacca, quien le ofreciera plaza de profesor en la Escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela. Los obsequios que me da este amigo de cuatro padres son o gastronómicamente sabrosos o de importante conocimiento: libros, revistas, referencias de Internet o contenidos de su privilegiada cabeza.

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Hoy no sé qué decir, a pesar de que pudiera hablar horas acerca de JR. Lo conocí en octubre de 1963, como mi profesor de Filosofía Social y Política en la Escuela de Ciencias Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello. En 1965 me contrataba como editor de las memorias del simposio Desarrollo y Promoción del Hombre, la presentación en sociedad del Instituto para el Desarrollo Económico y Social, del que gracias a él fui Director a fines del año siguiente. (JR era entonces la mano derecha de Alfredo Anzola Montauban en la Fundación Creole. Luego trabajaría, en 1973, como ejecutivo de Relaciones Gubernamentales en las oficinas de Nueva York de la Exxon Corporation, empresa matriz de la venezolana Creole Petroleum Company. Ya su esposa preparaba el concepto del Museo de los Niños, y me pidió que fuera a Boston a visitar su Children’s Museum y le informara).

 

Lo que JR me pidió editar. Diseño de Mateo Manaure.

 

De regreso en Caracas, JR se incorporó al Grupo Cisneros; prontamente se asentaría en Venevisión. En Krisis – Memorias Prematuras (1986)* puede leerse este pasaje:

José Rafael Revenga, Vicepresidente Ejecutivo del canal cuatro me llamó a la tarde misma del día de la mesa redonda. De allí salió una entrevista con él que me hacía falta, a nivel personal, desde hacía mucho tiempo. Hubo una época en la que José Rafael era mi principal estímulo intelectual y en la que prácticamente hablábamos todos los días, y hacía ya un buen tiempo que no conversábamos.

Treinta y seis años después, se ha abierto otro silencio más prolongado, el definitivo. Desde el 4 de enero de 2020, fecha del accidente cerebro-vascular que lo postrara, me siento mutilado. Hoy, sin embargo, acepto que su deceso ha puesto fin a su sufrimiento y a la carga de responsabilidad que pesó desde esa fecha sobre su esposa, por él amadísima. Como dije al inicio, había nacido en el año trigésimo sexto del siglo XX.

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Nuestro logotipo

Llegamos a formar una empresa, Visión & Misión, para atender los servicios que nos requería British Petroleum Exploración de Venezuela. Mi hijo mayor diseñó su logotipo—el ojo de ver y la brújula orientadora de misiones—, que a él le encantó. Cuatro presentaciones hicimos al Leadership Team de la petrolera inglesa. José Rafael se encargó de componer tres de las cuatro, pues en ese campo estaba en su elemento. Luego se nos encargaría la edición de una publicación in house, destinada a los empleados de la enorme compañía, a la que también asesoramos en sus actividades contribuyentes de inversión social en nuestro país.

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No puedo quejarme de lo muchísimo que me dejó aprender de él. Para escuchar su voz de nuevo, pondré ahora esta grabación tomada de entrevista que le hicieran en Radio Caracas Radio el 4 de noviembre de 2016:

 

Para decirlo en la lengua de su país natal, Je suis désolé.

LEA

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* También se lee en el mismo libro: «Alba es probablemente la mujer más inteligente y capaz que conozco. Sin ánimo de comparaciones, cuando he pensado en mujeres venezolanas que podrían desempeñar muy bien la Presidencia de la República, el nombre de Alba viene a mi mente…»

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Telón de fondo (conceptual)

Carmona en la madrugada del 12 de abril de 2002 en Fuerte Tiuna, flanqueado por su propio guardaespaldas—el instructor de karate Marcelo Planchart—armado hasta los dientes. (¿Cómo permitieron los militares la presencia de este sujeto?)

 

Esta entrada se insinúa en este blog como apoyo útil a la comprensión de la inmediatamente anterior (Dos décadas hoy). Su texto está tomado del Capítulo IV de Las élites culposas (marzo 2012): Cómo irritar a una nación.

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Casi exactamente un mes antes de la reunión de La Esmeralda, el 3 de febrero, el diario El Universal publicaba una entrevista que me hiciera Ernesto Ecarri Hung, en espacio que compartí con Ángel Álvarez, Director del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad Central de Venezuela. El trabajo buscaba nuestros pareceres sobre lo que ya conformaba una baraja de opciones para salir de Chávez. Algunos comentaristas hablaban de solicitar su renuncia, otros de enmendar la Constitución para recortar el período presidencial, otros más creían que la salida era una nueva Asamblea Constituyente, otros, finalmente, insinuaban con descaro variable el golpe de Estado.

La entrevista fue realizada telefónicamente, y pude informar a Ecarri de una expresión tajante del derecho de rebelión, concepto que comenzaba a ser manejado por aquellos días. Ella se encuentra en la Declaración de Derechos de Virginia, un documento que sirvió de modelo a la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y la precedió por tres semanas y un día, habiendo sido emitida el 12 de junio de 1776. Su Sección Tercera dice: “…cuando cualquier gobierno resultare inadecuado o contrario a estos propósitos—el beneficio común y la protección y la seguridad del pueblo, la nación o la comunidad—una mayoría de la comunidad tendrá un derecho indudable, inalienable e irrevocable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, del modo como sea considerado más conducente a la prosperidad pública”. Ecarri me pidió que le enviara por correo electrónico el texto exacto de la sección para publicarla de modo destacado.

A poco de esto, Jorge Olavarría escribió para El Universal dos artículos bajo el título Derecho de rebelión, y fue el jueves 21 de febrero a la edición meridiana del noticiero de Televén a exponer su particular interpretación de tal derecho. En su opinión, se justificaba una rebelión clásica, un golpe de Estado contra el gobierno de Chávez. En el primero de sus artículos, indicó que el procedimiento convencional era que los rebeldes expusieran al país los motivos de su alzamiento una vez que tuvieran éxito en deponer al Presidente.

Esa interpretación me preocupó grandemente; la Declaración de Virginia era clarísima al adjudicar la titularidad del derecho a la mayoría de la comunidad. No podía ningún grupo arrogarse ese derecho, y creí que la prescripción de Olavarría, seguramente bien intencionada, conduciría irremediablemente a un abuso de poder tan flagrante como el de la intentona del propio Chávez del 4 de febrero de 1992. Puse entonces manos a la obra, y escribí alarmado al mismo Ecarri y llamé a Marta Colomina, quien por ese entonces me entrevistaba con frecuencia por Unión Radio y en Televén, y también a la productora del programa Triángulo, que conducía, igualmente en Televén, Carlos Fernandes.

Fue este último quien reaccionó, y fui invitado a comparecer en la edición de Triángulo del lunes 25 de febrero. La víspera, visité a un amigo que siempre me exige anonimato para comentarle de la oportunidad del día siguiente y que planeaba destacar que el único sujeto del derecho de rebelión era la mayoría de la comunidad, tal como se dijo en Virginia, para salir al paso de la peligrosa opinión de Olavarría. El amigo me dijo: “Sólo quiero señalarte que la Declaración de Virginia es el documento de unos súbditos de Jorge III de Inglaterra, y nosotros no somos súbditos de Chávez”. Entonces me cayó la locha proverbial. En efecto, los venezolanos no éramos súbditos de un rey; Chávez era nuestro mandatario y nosotros los mandantes. Al día siguiente ya había imaginado una ruta democrática y perfectamente constitucional para producir la cesantía de Hugo Chávez: un procedimiento de abolición.

La decisión del 19 de enero de 1999, tomada por la Corte Suprema de Justicia, era el piso jurídico que sustentó todo el proceso constituyente de aquel año; la propia Constitución se sustentaba en ella, la que había establecido que el pueblo, en su carácter de Poder Constituyente Originario, era un poder supraconstitucional. Por eso pudo preguntarse en referéndum si los venezolanos queríamos elegir una asamblea constituyente, aunque tal figura no estuviera contemplada en la Constitución de 1961. Del mismo modo, aunque la Constitución de 1999 no contemplara la figura de la abolición, una mayoría explícita del pueblo podía abolir el gobierno de Hugo Chávez.

Fui con esa tesis a Triángulo, convocado para discutir la existencia del derecho de rebelión. Tres otros entrevistados participaron: Oswaldo Álvarez Paz, Néstor León Heredia, Vicepresidente de la Comisión de Defensa de la Asamblea Nacional, y Omar Meza Ramírez, también diputado y Director de Alianzas del Movimiento Quinta República. Dije entonces: “El pueblo venezolano… es una autoridad superior al Presidente de la República y es su verdadero jefe, de manera que si una mayoría de la comunidad venezolana quisiera que cesara el gobierno de Hugo Chávez, lo que tendría que hacerse es redactarse y firmar un acta de abolición de ese gobierno”.

Los participantes del chavismo, Heredia y Meza, no atinaron a oponer argumento válido a lo que había dicho, y la táctica adecuada parecía ser entonces la de interrumpirme. En un momento del programa, me defendí de las intromisiones:

Dr. Meza: yo le dejé hablar. Si revolución para usted significa no dejar que los demás hablen entonces está claro. Aquí no hay revolución, señores. Aquí hay retrovolución, aquí hay involución. El Dr. Meza participaba en un foro en la Universidad Simón Bolívar en 1999, ya asumido el poder por Chávez; el tema era la Constitución, la Constituyente, y él indicó que él iba a decir unas cosas y se tenía que ir para el Congreso porque se estaba discutiendo la Ley Habilitante. Y allí él declaró que el objeto de la Ley Habilitante era básicamente el mismo objeto de la Constituyente, porque lo que quería era darle poderes totales al Presidente Chávez. Eso es lo que es realmente esta llamada revolución, que es regresar a la idea de que alguien como Fidel Castro pueda imponer su voluntad durante cuarenta años sobre una población.

El impacto del programa fue considerable. El martes 26 de febrero Marta Colomina quiso que explicara el concepto de la abolición a sus radioescuchas de entonces, y después pidió notas escritas sobre el punto, pues quería escribir su artículo del próximo domingo acerca del tema. Por la tarde de ese día, dos emisoras radiales de Maracaibo me entrevistaron también. Tal como me lo había anunciado, el domingo 3 de marzo publicó El Universal el artículo de Colomina: Invitación a conspirar. Abrió fuegos de esta manera: “La persistente negativa de Chávez a producir cambios en su gobierno que establecieran acuerdos con los sectores que garantizarían la gobernabilidad del país, ha generalizado la convicción de que el teniente coronel debe abandonar el poder, si queremos buscar una salida a los graves problemas de Venezuela”.

A continuación, Colomina expuso la complejidad del problema así:

Si hace meses varias voces comenzaron a elevarse para pedir la renuncia de Chávez, ahora millones de venezolanos claman por la búsqueda de una fórmula efectiva, distinta a la de un golpe militar (los golpes siempre han sido el problema y no la solución) que permita sacar a Chávez del poder. Y ahí está el problema. La mayoría está de acuerdo y ya algunos han comenzado a mover teclas institucionales, pero la profusión de fórmulas dispersa la efectividad de los esfuerzos. La CTV por ejemplo, aprovechó su multitudinaria marcha del 27F para plantear a la AN la realización de un referéndum consultivo para que sea el pueblo a través de su poder originario, “el que con su opinión, defina el rumbo que han de seguir los poderes constituidos” y la permanencia de Chávez en el cargo. Copei y Primero Justicia pre- paran propuestas de enmienda constitucional que permitan la reducción del mandato presidencial a cuatro años y que se tome febrero del 99 como inicio del mandato de Chávez, con lo cual estaría concluyendo el cuarto año de gobierno. PJ añade la no reelección, de modo que la AN convocaría a nuevas elecciones en diciembre, fecha para la cual el teniente coronel no podría lanzarse como candidato. El MAS está instando a la Fiscalía a que abra un antejuicio de mérito a Chávez y fundamenta tal solicitud en la comisión de seis graves delitos que van desde el criticado convenio con Cuba y la connivencia y complicidad con actos de corrupción, hasta atentados a la libertad de expresión. En este momento la Fiscalía procesa seis solicitudes de juicio contra el teniente coronel por la comisión de diversos delitos.

Entonces remató con la exposición de la idea que había expuesto en Triángulo y retomado con ella en conversación radio-telefónica del martes de esa semana:

…mucho nos tememos que la dispersión de las propuestas dificulte y alargue indefinidamente cualquiera de las fórmulas que, por lo demás, requieren de la anuencia y de la acción de unos poderes públicos que hasta ahora no han mostrado propósito de enmienda. Por eso, la cronista invita a la sociedad civil organizada, a los partidos políticos, a la CTV, a las ONG y a los constitucionalistas a reunirse para estudiar UNA SOLA FORMULA que reciba el apoyo de la mayoría de la población en su solicitud de ‘Chávez, vete ya’. El politólogo Luis Enrique Alcalá, en una entrevista que le hiciéramos en 99.9 FM nos decía que ‘el mecanismo democráticamente perfecto para la salida de Hugo Chávez de la Presidencia es la firma, por la mayoría de los electores venezolanos, de un Acta de Abolición de su gobierno. Por doctrina constitucional de universal aceptación, confirmada por decisión de la Corte Suprema de Justicia del 19 de enero de 1999 (ponente Humberto La Roche), el Poder Constituyente, esto es, la mayoría de los electores es un poder supraconstitucional. (Fue esa decisión, justamente, la que permitió la convocatoria a Constituyente en ese año, aun cuando no estuviera prevista como figura por la Constitución de 1961, vigente para la época). Bastaría entonces—sigue diciendo LEA—que una mayoría de electores firmara un acta en la que, a continuación de ciertos considerandos, expresara su voluntad de abolir el gobierno de Chávez’. Para evadir trampas de la Constitución del 99 (a la falta absoluta del Presidente antes de la mitad del período habría que hacer elecciones en 30 días, cosa imposible y menos con este CNE), el documento debe incluir, además, un Estatuto de Transición, en el que se estipulen algunas condiciones que no cabrían en este corto espacio. Además, ‘el mandato expreso de la mayoría de los electores perfeccionaría el derecho de rebelión de la FAN, en caso de que Chávez se negase a acatar el mandato’. Con esta fórmula concluye Alcalá ‘ni los militares, ni Estados Unidos podrían objetar nada’.

Ojalá que esta invitación a ‘conspirar’ democráticamente no caiga en saco roto. Nunca antes como ahora cabe recordar el lugar común de que en la unión está la fuerza. Pongámonos de acuerdo y unifiquemos los procesos para acabar con ‘el proceso’.

El editor Rafael Poleo quedó impresionado con tal argumentación.

El mismo domingo 3 de marzo en la mañana, entraba yo con mi esposa al Centro La Estancia en La Floresta—íbamos a ver la espectacular exposición fotográfica de Yann Arthus-Bertrand—cuando sonó mi teléfono celular. Poleo estaba del otro lado, y de una vez me dijo que había leído el artículo de Colomina y quería que yo explicara “eso de la abolición” en uno propio para su revista Zeta.

Asentí, por supuesto, a su proposición, y esa misma tarde escribí un artículo que hacía la consabida referencia a la Declaración de Virginia para desarrollar el argumento y la prescripción. A la postre, el artículo—Acta de abolición—resultó profético; dije cuarenta días antes del 11 de abril, por ejemplo:

…el sujeto del derecho de rebelión, como lo establece el documento virginiano, es la mayoría de la comunidad. No es ése un derecho que repose en Pedro Carmona Estanga, el Cardenal Velasco, Carlos Ortega, Lucas Rincón o un grupo de comandantes que juran prepotencias ante los despojos de un noble y decrépito samán. No es derecho de las iglesias, las ONG, los medios de comunicación o de ninguna institución, por más meritoria o gloriosa que pudiese ser su trayectoria. Es sólo la mayoría de la comunidad la que tiene todo el derecho de abolir un gobierno que no le convenga. El esgrimir el derecho de rebelión como justificación de golpe de Estado equivaldría a cohonestar el abuso de poder de Chávez, Arias Cárdenas, Cabello, Visconti y demás golpistas de nuestra historia, y esta gente lo que necesita es una lección de democracia.

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Convendrá Ud., estimado lector, que la enumeración de personas concretas en ese párrafo estuvo acertada.

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Dos décadas hoy

 

Récord mundial de manifestación popular

 

Me incorporé junto con mi esposa y mi suegro a la manifestación del 11 de abril de 2002, de la que nos separamos a las alturas de la Plaza Venezuela al recibir noticia de balaceras en la Avda. Urdaneta. Luego sabríamos de los muertos y, al día siguiente, fuimos testigos de la pieza de teatro del Salón Ayacucho del Palacio de Miraflores, en la que el protagonista se llamaba Pedro Carmona Estanga.

Varias semanas transcurrieron antes de que completara la redacción de una interpretación de lo sucedido: Tragedia de abril, publicada en este blog el 14 de junio de aquel año. (Previamente, el texto acompañó una colección de fotografías de los acontecimientos en un disco compacto que distribuí a los suscritores de mis publicaciones de entonces). Tomo de ese trabajo lo siguiente:

El 11 de abril se reunió la más gigantesca concentración humana que se haya visto en Venezuela en torno a las oficinas de PDVSA en Chuao. Un descomunal río de gente desbordaba la arteria vial de la autopista Francisco Fajardo. Personas de todas las edades y extracciones sociales se daban cita para protestar el atropello de la industria petrolera y exigir, a voz en cuello, como ya se había gritado el 23 de enero, la salida de Hugo Chávez de Miraflores. Confiado en su innegable y colosal fuerza, y estimulado por la consigna de los oradores de Chuao, que veían excedidas sus más optimistas expectativas, el inconmensurable río comenzó a desbordarse en dirección a ese palacio de gobierno. Por aclamación de unanimidad asombrosa, la mayoría aplastante del pueblo caraqueño, para asombro y terror de Chávez y sus secuaces, pedía que los militares se pronunciaran y sacaran al autócrata de la silla presidencial.

El grandioso movimiento encontró eco en todo el país. Maracaibo, Barquisimeto, Valencia, Puerto La Cruz, Margarita, las ciudades todas alojaban la unánime manifestación de repudio. Y el gobierno se aprestó a dar la batalla de Caracas. Freddy Bernal, el Karl Roehm del Hitler venezolano, comandó las huestes armadas, cuya presencia fue exigida por el Ministro de la Defensa, José Vicente Rangel. Si lo hubiera querido, la portentosa masa hubiera asolado las oficinas del ministro en la base aérea de La Carlota, aledaña al escenario de Chuao.

Luego los muertos. Muchos portaban chalecos que les hacían aparecer como fotógrafos de prensa. Asesinados a mansalva, con ventaja, con alevosía. La sociedad civil puso los mártires necesarios a una conspiración que, sordamente, se había solapado tras la pureza cívica de un movimiento inocente.

Semanas antes del sangriento día, un corpulento abogado trasmitía las seguridades que enviaba una “junta de emergencia nacional” a una reunión de caraqueños que habían descubierto su vocación por lo político en la lucha contra Chávez. Enardecido, con una bandera norteamericana prendida en la solapa, admitía que conspiraba junto con otros, que una junta de nueve miembros—cinco de los cuales serían civiles y el resto militares—ineluctablemente asumiría el poder en cuestión de días. Un editor rechazaba un artículo ofrecido a su revista en el que se exploraba caminos constitucionalmente compatibles, porque lo que iba a pasar era que “los factores reales de poder en Venezuela” depondrían a Chávez y luego darían “un maquillaje constitucional” a un golpe de Estado.* Pedro Carmona Estanga emergería como el líder de un golpe cuyo blanco, antes que Hugo Chávez, depuesto por la presión de un pueblo, era este mismo pueblo, manipulado y utilizado por la sofisticación artera de operadores políticos que habían decidido la operación con bastante antelación.

Viajaron a los Estados Unidos para consultas, coordinaron calendarios, calibraron la temperatura creciente de la protesta popular, y estuvieron listos para el golpe de mano. Nada de esto sabían los que marcharon el 11 de abril. Nada sabrían hasta que la verdadera cara de los golpistas emergiera al día siguiente, 12 de abril de 2002.

LA JUSTIFICACIÓN AUSENTE

Cuando Daniel Romero, flamante y efímero Procurador General de Carmona Estanga, leyó la parte motiva del decreto de constitución del fugaz gobierno de este último, aludía incesantemente a la Constitución “de 1999”. Uno no se refiere a la Constitución de ese modo, a menos que ésta ya no rija el curso del Estado. Uno dice la Constitución vigente o, simplemente, la Constitución a secas.

La noche misma del 12 de diciembre Teodoro Petkoff dejaba traslucir su crítica al deforme decreto en entrevista televisada, y aventuraba la opinión de que detrás del mismo estaría la mano redactora de Allan Brewer Carías. Francamente, costaba trabajo intenso de imaginación pensar que Brewer Carías, innegable conocedor de la disciplina constitucional, pudiera estar metido en el asunto. Al lunes siguiente Brewer ofreció la explicación de que Carmona habría preferido una opinión jurídica distinta a la suya (la de Daniel Romero) y por tanto sólo pudo ofrecer “correcciones de estilo”. Es decir, al menos cohonestó la monstruosidad.

El 26 de julio de 2001 el abogado Oswaldo Paéz Pumar había sostenido, en conferencia dictada ante la asamblea de Fedecámaras que eligió a Pedro Carmona como su presidente, la peregrina idea de que la Constitución vigente en Venezuela era la promulgada en el año de 1961.

La estructura de su sofista argumento era la siguiente: el Artículo 250 de la Constitución del 61 establecía que ésta no perdería su vigencia si dejaba de ser observada por acto de fuerza o era “derogada por medio alguno distinto de los que ella misma dispone”. Comoquiera que la Constituyente de 1999 no era medio previsto por la Constitución del 61, ésta, a tenor de su Artículo 250, no habría perdido su vigencia. Paéz Pumar aseguraba, por otra parte, que “Randy” Brewer había acogido la validez de esta tesis.

El argumento es completamente falaz. La Constituyente de 1999 fue convocada por un poder supraconstitucional, el propio Poder Constituyente Originario, el pueblo de Venezuela pronunciado favorablemente en referéndum. A muchos abogados conservadores no les agrada la decisión de la Corte Suprema de Justicia del 19 de enero de 1999 que dio pie al referéndum que aprobó la convocatoria de la Asamblea Constituyente, y ciertamente tal sentencia no deja de mostrar una redacción a veces defectuosa. Pero su argumentación de fondo es ontológicamente correcta: el Poder Constituyente es un poder supraconstitucional.

Pero es que hay más. Situados en el plano meramente lógico que elige Paéz Pumar para desarrollar su argumento, hay que decir que la Constitución de 1961 ¡no dispone de absolutamente ningún medio para derogarla! Esto es, y en suma, el Artículo 250 de la Constitución de 1961 se refiere a algo que no existe.

En una rueda de prensa celebrada en Miraflores, con pocas horas de antelación a la trágica autojuramentación de Carmona Estanga, éste anunciaba la conformación de un “amplio Consejo Consultivo” de 35 miembros, y advertía, además, que la mayoría de los miembros de tal consejo estaba sentada alrededor de la mesa que presidía. Uno de los personajes sentados a la mesa era el abogado Oswaldo Páez Pumar.

Había logrado vender su sofisma. Ese mismo día había distribuido un correo electrónico—“Una idea para ayudar a la transición”—en el que insistía sobre el punto.

Habiendo aceptado la tesis de Paéz Pumar, Carmona Estanga había logrado la tranquilidad de espíritu con la que despachó de un plumazo, entre otras instituciones, a la Asamblea Nacional y al Tribunal Supremo de Justicia. Claro, lo que debía existir, en toda lógica, era el Congreso bicameral y la Corte Suprema de Justicia definida en la Constitución “vigente” de 1961. Carmona estaba, simplemente, suprimiendo órganos viciados de nulidad de origen.

No hubo, no obstante, la presencia de ánimo como para explicar la teoría. Bastó que Daniel Romero, persona ligadísima a la dañina figura de Carlos Andrés Pérez, leyera el esperpento jurídico con voz de arenga. (Romero, por cierto, apareció como “representante del ex presidente Carlos Andrés Pérez” en una página alojada en Internet que recogía la declaración final, del 5 de mayo de 1999, de una reunión del Centro Carter, reproducida en los documentos anexos a este análisis. Dicha página pudo obtenerse hasta el día 15 de abril de este año. A partir de esa fecha la página había desaparecido: “Page not found. This page may have been removed…etc.” Alguien está borrando sus huellas).

LA TRAICIÓN

Pedro Carmona Estanga traicionó sin escrúpulo la confianza de la sociedad venezolana, que había visto en él a uno de sus líderes. Al presidir un acto arbitrario como el de su autoproclamación y el del monstruoso decreto “constituyente” del 12 de abril, echó por tierra el enorme esfuerzo, regado con sangre, de la sociedad civil que había logrado el milagro político de deponer al autócrata de Sabaneta.

Al asociarse con siniestros personajes, al dar posición prominente al asistente y representante del peor de los políticos de la “Cuarta República”, Carlos Andrés Pérez, traicionó la voluntad de los venezolanos, que no queríamos la restauración de un pasado político vergonzante.

Al nombrar al contralmirante Molina Tamayo, oficial en situación de retiro, como Jefe de su Casa Militar, desconoció toda legalidad castrense.

Al permitir que Isaac Pérez Recao, persona ligada a él por intereses económicos, llevara voz cantante durante las reuniones preparatorias de su golpe de Estado y en las horas de la madrugada del 12 de abril en Fuerte Tiuna, vició la pureza del movimiento cívico que derrocó a Chávez.

Al aceptar ser sucesor de Chávez, con la ceguera de pretender sustituir negro por blanco, al furibundo denunciador de oligarquías por uno de los más destilados representantes de éstas, hizo inviable la transición que necesitábamos y que nos había costado tres años de desasosiego y un año de despertar.

Al hacer todo esto, Pedro Carmona Estanga dejó mal herido al hermoso movimiento venezolano de 2002, que había adquirido fuerza invencible y que ahora, por su culpa y la de los demás conspiradores que manipularon su inocencia, está teñido de sospecha.

La sociedad civil venezolana no tiene nada que agradecer a Pedro Carmona Estanga. Por lo contrario, tiene mucho que reclamarle y cobrarle. El no es nuestro líder. Menos ahora, cuando abandona la escena en procura de su seguridad individual, mientras el resto de los venezolanos debe continuar sufriendo los despropósitos de Hugo Chávez.

Chávez ha significado el más crudo y acelerado de los aprendizajes políticos para los venezolanos. Pedro Carmona, esperemos, representa para nosotros la pérdida definitiva de la inocencia más desprevenida.

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Luego, la Ficha Semanal #116 de doctorpolítico (31 de octubre de 2006) reprodujo las secciones finales del trabajo, añadiendo algo que se conocería más tarde:

No está dicho, por supuesto, todo lo referente a lo acontecido por aquellos días. Hubo conspiración, sin duda. Un «Informe Ejecutivo ‘Senior’ de Inteligencia» del 6 de abril, producido por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos, conocido gracias a su «desclasificación» por efecto de la Ley de Libertad de Información (Freedom of Information Act), registraba:

Las condiciones maduran para un intento de golpe. Facciones militares disidentes, incluyendo algunos oficiales molestos de alta graduación y un grupo de oficiales radicales jóvenes, están acelerando esfuerzos para organizar un golpe contra el presidente Chávez, posiblemente tan pronto como este mes… Para provocar una acción militar, los conspiradores pueden tratar de explotar el descontento que surja de manifestaciones de la oposición programadas para más adelante en el mes o de huelgas en curso en la compañía petrolera estatal PDVSA.

Más claro no canta un gallo. Los líderes del golpe llevaron a conciencia a una gran masa en camino hacia Miraflores o, lo que es lo mismo, hacia la muerte. Se requería muertos que legitimaran la acción…

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* Los conceptos entrecomillados los escuché directamente del editor Rafael Poleo, quien me había pedido un artículo para que explicara el concepto de un Acta de Abolición, que había expuesto inicialmente en el programa Triángulo (Televén) el 25 de febrero de 2002, cuarenta y cinco días antes del Carmonazo, en fútil intento de entorpecer la conspiración que entonces presentía.

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ADDENDUM

Luis Ugalde S. J. en mala compañía, un mes y seis días antes del Carmonazo

La imagen más penetrante de la reunión de La Esmeralda, ese 5 de marzo, es la de Ugalde en medio de Pedro Carmona Estanga y Carlos Ortega, a quienes había tomado de las muñecas para elevar sus brazos como si se tratara de héroes deportivos que hubieran quedado tablas en un encuentro.  (…) El Arzobispado de Pamplona registraba, en su resumen diario de prensa del 7 de marzo de 2002, una nota de esa misma fecha de El País de Madrid, que ponía: “Sindicalistas, empresarios y eclesiásticos de Venezuela firmaron un pacto democrático de emergencia, cuyo objetivo es la superación de la pobreza, para que lo aplique un Gobierno de transición, sin el presidente Hugo Chávez… El presidente de la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV), Carlos Ortega, el presidente de la organización gremial de la patronal venezolana Fedecámaras, Pedro Carmona, y el rector de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), el padre jesuita Luis Ugalde, en representación de la Conferencia Episcopal Venezolana, firmaron el martes el pacto democrático contra Chávez”. (…) La reunión de La Esmeralda formaba parte de la agenda de una conspiración.

Las élites culposas

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Tomás

Uno de los más grandes arquitectos de Venezuela

 

Una comprensión de la psicología de Tomás es esencial para comprender sus creencias sobre el más allá y la resurrección. Tomás, siguiendo la doctrina de la iglesia, acepta que el alma continúa existiendo después de la muerte del cuerpo.

Tomás de Aquino – Wikipedia en Español

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Dios no puede hacer otra cosa que recordarnos, pues almacena automáticamente en su memoria descomunal—no sé a ciencia cierta si es infinita, aunque sospecho con buenas razones que no lo es—el registro de la vida de cada uno de nosotros.

Dios es un cerebro

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A Loly, a Tommy

Trabajos como el de CINESA auxilian la memoria de Dios y contribuyen a nuestra felicidad. Hace algo más de cuatro meses, YouTube me permitió montar acá los recuerdos audiovisuales de la extraordinaria productora fílmica acerca de Juancho Otaola. (Un venezolano imprescindible). Ahora he recibido noticia de otro documental, ideado esta vez por Carlos Oteyza y dirigido por Maurizio Liberatoscioli. Se trata del producido para conmemorar, hace cuatro días, el centenario del nacimiento del amable coloso Tomás José Sanabria, quien me honrara con una cálida amistad. Helo aquí:

 

 

La Facultad de Arquitectura de la Universidad Central de Venezuela enseña materias individuales, pero el núcleo formativo de los futuros profesionales está organizado en Talleres de Composición que tomaban su nombre de su arquitecto jefe. Uno de los más respetados y demandados del conjunto de los siete primeros era el que dirigía el insigne arquitecto Tomás José Sanabria. Sólo competían con él por la primera posición el que dirigió Carlos Raúl Villanueva y el que conducía Augusto Tobito. (En el Taller Sanabria enseñó, por ejemplo, el gran escultor Cornelis Zitman, quien fundara con el apoyo de Sanabria y Diego Carbonell la firma Tecoteca, diseñadora y fabricante de muebles modernos cuyo primer local estuvo en el extremo oeste de la Gran Avenida de Sabana Grande. Cornelis y Tomás fueron grandes amigos).

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Por alguna razón, Tomás Sanabria y Sisa Sucre* me recibían en su casa de Lomas del Mirador y hasta me daban de comer. Yo les llevaba ocasionalmente algún disco de música clásica que oíamos y comentábamos. (Por ejemplo, una versión de Francesca da Rimini de Tchaikovsky, obra que desconocían).

Francesca da Rimini / Leonard Bernstein – Filarmónica de Nueva York

Por alguna razón, Tomás me llevaba con él en sus vuelos sobre Caracas a bordo del aeroplano Cessna Push Pull que lo hacía feliz. En una ocasión dirigió la nave hacia La Vuelta del Oso del Parque Nacional Aguaro-Guariquito (estado Guárico), donde aterrizó sobre un cayo en el que había distinguido a unos amigos que lo saludaban alborozados. Allí nos ofrecieron un pavón que cocinaban en alguna olla calentada con un mechero de kerosén; fue la primera vez que yo comiera un pez de río, y me pareció delicioso. De regreso a Caracas me esperaba otro estreno: Tomás me pidió que tomara los mandos mientras se concentraba, abierta su ventanilla lateral, en tomar numerosas fotografías de nuestra ciudad capital, cuyo desarrollo venía registrando desde hacía años. Dos vueltas dimos: este-oeste, oeste-este, este oeste, oeste-este; entonces recuperó el control de la nave para aterrizar en La Carlota. Juzgaba correctamente el grave peligro que correríamos si yo lo intentara.

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Años antes de que estableciéramos nuestra amistad, mi compañero de primera juventud, Johann Ossott Franklin, fue contratado como arquitecto residente de la obra que le valdría a Tomás el Premio Nacional de Arquitectura de 1967, la nueva sede del Banco Central de Venezuela. Al iniciarse la obra, yo estudiaba Sociología en la Universidad Católica Andrés Bello en su sede inicial de la Esquina de Jesuitas. Si me asomaba por una ventana del segundo piso, podía ver los inicios de la edificación. La amistad con Johann me permitió una visita al interior de la obra cuando buena parte de ella estaba construida; la lógica hermosura del espacio concebido por Tomás era evidente. Meses después, Johann me explicó la razón de un peculiar rasgo del muro exterior por el lado oeste del edificio (Esquina de Carmelitas): a partir del nivel de la calle, la gruesa pared se desarrollaba en una curva cóncava ascendente. Detrás del muro estaban las bóvedas del banco, y Tomás Sanabria llegó a imaginar intentos de irrumpir en ellas para robar—por ejemplo, lingotes de oro—penetrándolas con un tractor. La curva anularía tal propósito, haciendo que un tractor atacante viera su pala dirigirse ineficazmente hacia arriba al ascender su oruga por la pendiente. Hasta en eso pensó el previsivo arquitecto.

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Cuando Tomás cumplió veintiún años, ya yo tenía dos meses de nacido, pero esa diferencia no impidió nuestra natural condición de compinches. Creo no haber tenido más identificación intelectual en aproximaciones, en puntos de vista, con ninguna otra persona, y eso que Dios me ha bendecido con unos cuantos amigos íntimos excepcionalmente talentosos. (Los amigos idos). Nuestros procesos mentales eran muy parecidos: una tarde descubrimos en su casa que ambos, cuando estábamos ante algún problema de cierta dificultad, leíamos libros que no tuvieran relación con el tema en el que trabajábamos para desatrancar el pensamiento.

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Tuve la satisfacción de defender, en 1983, los honestos intereses de Tomás a mi paso por Petróleos de Venezuela como Consejero de la Presidencia. El general Rafael Alfonzo Ravard me pidió que interviniese en un diferendo entre la gran holding petrolera y los hermanos Sanabria (Tomás y Eduardo), quienes proyectaban un edificio para Menevén, una de las subsidiarias de PDVSA. Fui a hablar a sus oficinas, entonces localizadas en Los Chaguaramos, y regresé a reportar que los arquitectos tenían la razón y no se debía a ellos un marcado retraso de la obra, lo que consiguió que se les cancelara lo contratado con prontitud.

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Tomás tenía un travieso sentido del humor. En la casa de campo de San Antonio de Los Altos de Henrique Machado Zuloaga y su esposa, Corina Parisca, pidió una vez un magic marker con el que pintó, en una pared al lado de la puerta de un baño auxiliar, una figura que prometía ser particularmente pornográfica. En minutos la convirtió, ante los atónitos ojos de quienes lo mirábamos, en el retrato de un caballero militar—de la época, pongamos, de Hernán Cortés—con pantalones bombachos, casco, penacho, peto y espada al cinto. En esa amable casa nos distrajimos más de una vez con un juego de estrategia—Origins of World War II—y buenos vinos. Tomás diseñaría más adelante la vivienda caraqueña de los Machado-Parisca.

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Como dijera antes a otro amigo fallecido: «Gracias, Tomás, No te olvides de resucitar».

LEA

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* Sisa Sucre Zurcher era hija de Francisco Sucre Sucre, tío abuelo de mi esposa, y Emmy Zurcher, una distinguida dama nacida en Suiza.

Emmy Zurcher y Francisco Sucre Sucre en Colonia en 1922, el año del nacimiento de Tomás.

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Memorizado para persistir

Salvador Dalí: La persistencia de la memoria

 

Ando revisando documentos que ya son vetustos, como aquél del que extraigo el texto que transcribo abajo. Éste consiste en la Introducción de mi primer libro: Krisis – Memorias prematuras (1986). Creo que algunas cosas dichas allí pueden ser de interés, aun a tres décadas y media de distancia.

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En 1972 exhibieron en Caracas una rara e interesante película que se llamaba La tienda roja. La cinta fantasea sobre la aventura de una expedición italiana hacia regiones árticas inexploradas que dirigía el general Umberto Nobile. Un grupo de expedicionarios voló con él en un dirigible que se estrelló en un inhóspito y desolado paraje. Allí los sobrevivientes pudieron radiodifundir señales de emergencia y pedir auxilio. Tres intentos de rescate, nos cuenta la película, fueron un rompehielos ruso que no pudo llegar a alcanzarlos, la solitaria y trágica figura del noruego Roald Amundsen que se acerca en su trineo y muere en la búsqueda y, finalmente, un piloto alemán que llega hasta el sitio del accidente en un avión biplaza. Esta circunstancia significaba que podría salvarse uno de los sobrevivientes, pues el aeroplano sólo tenía puesto para una persona más. Quien se salva es Nobile, dejando atrás a sus compañeros, abandonados a una muerte prácticamente segura.

La historia sigue, muchos años más tarde, en el salón de la casa de Nobile, ya viejo. Es de noche y le visitan sus fantasmas. Su conciencia proyecta en la sala la imagen de Amundsen, la del piloto alemán, la de un grumete de la expedición que iba a casarse con la novia a quien adoraba… Es un terrible tribunal que le acosa y le pregunta por qué eligió salvarse él y no salvó a cualquier otro. Nobile responde y se defiende: “Mis influencias como general servirían para organizar una partida de salvamento. Ningún otro hacía más probable el rescate posterior de todos los que quedaban. Me salvé para salvar a los demás”.

La discusión prosigue hasta que el fantasma de Amundsen lo emplaza: “Nadie hace nada por una única razón. Siempre hay más de una razón. Pero hay una que en la última instancia es la que definitivamente inclina la balanza. ¡Nobile! ¿Cuál fue esa razón para ti? ¿Cuál, entre tantas, fue la que inclinó la balanza hacia tu propia salvación?” El general calla por un momento, sin más recurso que la sinceridad, y exclama: “¡Yo pensaba en un plato de sopa caliente y en una bañera y en una cama en que dormir al abrigo del viento!”

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Esto es la historia de una decisión personal de quien escribe. El jueves 12 de diciembre de 1985 fui a la oficina del presidente de una importante empresa a explorar la posibilidad de un empleo.* Fuertemente influido por la presión de una agobiante situación económica—por la que no puedo culpar a nadie más que a mí—pensaba que podría hacer un alto de un par de años en mi proceso de preocupación creciente por la política venezolana. Pensaba que podía dejar lo que había venido haciendo últimamente y descansar, escribir unos libros con calma y consolidar mi seguridad económica. La cita con el presidente de la empresa era al final de la mañana. Una hora antes de salir trabajaba en mi escritorio. Aunque no estaba enfermo me sentía terriblemente. No recuerdo muchas veces en las que me haya sentido tan mal. El amor por mi mujer y mis hijos, que sufren la angustia de la incertidumbre que les he impuesto desde hace casi tres años, me dio fuerzas para sobreponerme y manifestar un convincente interés en emplearme. Pero me sentía mal. Yo no quería ese empleo. Yo quería seguir, en contra de considerables obstáculos, en mi creciente inmersión en la política.

La entrevista, y una posterior y casual conversación con el vicepresidente de la misma organización, fueron exitosas. La empresa tendría un lugar para mí aunque tuvieran que crear la posición, según el vicepresidente. Pero, me advirtió: “Debes pensar si eso es realmente lo que tú quieres”.

Regresé a casa y le conté a mi esposa, quien me dijo: “La decisión es tuya”.

Sería la tranquilidad económica tan ansiada. Se trataba de una remuneración anual superior a los quinientos mil bolívares**, y al nivel de vida al que hemos descendido por la atrición en los ingresos, con poco que añadiéramos viviríamos más holgados, quedando un remanente con el que podríamos pagar incontables deudas con prontitud. El fin de semana, como tantos otros, lo pasé trabajando protegido por mi mujer de los reclamos de los niños. Por la madrugada del domingo 15, revisando textos comenzados e interrumpidos días atrás, encontré uno que implicaba un grave paso. Entonces supe que lo daría y sentí paz. Me sentí incomparablemente mejor que cuando fui por el empleo. Al día siguiente, 16 de diciembre de 1985, di el paso. Me presenté en la Notaría Primera del Distrito Sucre y allí autentiqué un documento. El texto es el que sigue:

Yo, Luís Enrique Alcalá Corothie, venezolano, mayor de edad, casado, titular de la cédula de identidad número dos millones ciento treinta y nueve mil cuatrocientos ocho, ocurro ante Notario Público para certificar la siguiente declaración:

Primero. Que en ejercicio de mis derechos políticos, según lo dispuesto en los Artículos 112 y 182 de la Constitución de la República de Venezuela, he decidido solicitar de los electores venezolanos el apoyo necesario para ser postulado candidato a la Presidencia de la República en la próxima oportunidad constitucional.

Segundo. Que buscaré esta postulación directamente de los electores, según lo contemplado en el parágrafo segundo del Artículo 95 de la Ley Orgánica del Sufragio.

Tercero. Que he tomado esta decisión, en pleno uso de mis facultades y con plena conciencia de mis muchas debilidades, porque, después de un severo y laborioso examen de ambas y de una concienzuda consideración del actual proceso nacional y su posible evolución, creo reunir los requisitos que estimo necesarios para desempeñar el cargo de la Presidencia de la República con eficacia.

Cuarto. Que estoy asimismo plenamente consciente de la enorme dificultad del intento que me propongo y que, también considerada debidamente esa dificultad, creo poder vencerla, con la ayuda de Dios.

Quinto. Que en procura de tal finalidad no cabe otra conducta responsable que la de prepararme más aún, en el tiempo que me es disponible, para el servicio a la Nación desde su más obligante magistratura.

Es declaración dada en Caracas, a los dieciséis días del mes de diciembre de mil novecientos ochenta y cinco.

Si, como a Nobile, me preguntaran cuál fue la razón que inclinó mi cargada balanza hacia esa decisión, debería contestar que fueron esos estados opuestos de desasosiego y paz que sentí por esos días. La inquietud cuando iba a solicitar empleo porque representaba una claudicación en la lucha. La paz que lograba con el otro paso. No fue esa última razón un nuevo componente racional, alguna nueva premisa que recompusiera mi análisis de las posibilidades, o algún nuevo dato que yo ignorara. Ni siquiera puedo decir que se trató de algún episodio intuitivo, o que la cosa se resolvió en el terreno emocional. Sentí la respuesta de mi ser como un conjunto global e indiferenciado, tanto en la inquietud como en la calma. No eran mi cerebro o mi corazón lo que se angustiaba o descansaba. Era una plenitud. Pero, como con Nobile, sería inadecuado describir mi decisión como el producto de tales sensaciones. En la formación de ese paso ha intervenido una larga serie de acontecimientos y percepciones, la interacción con mucha gente, incontables horas de análisis y reflexión, mientras he sido tocado, como todo otro venezolano, por los accidentes de nuestra presente crisis nacional. En cierto sentido, mi proceso personal no es otra cosa que el modo como la crisis del país me pasaba por dentro. Ésa es la historia que quiero contar aquí.

Como toda historia, la hago arrancar desde un punto arbitrario: con el año de 1983. Las raíces de una preocupación por la significación histórica de la sociedad de la que soy miembro son muy anteriores a ese año. Así lo es también alguna que otra noción sobre lo social que forma parte de mi actual enfoque y comprensión de lo político. Esta es una de las maneras en que la historia de mi decisión resulta una historia incompleta, pues sería posible encontrar la fuente de algunos de sus componentes en años más remotos. Hay asimismo otra causa de inexactitud: “Cada pulpero alaba su queso”, y por más que he procurado mostrar acá, con alguna desnudez, las debilidades personales que considero pertinentes a mi actuación política y su posible eficacia, mi vergüenza limita mi sinceridad. No creo haber eludido hablar de algún defecto que me conozca y que yo crea que debe ser conocido para que las gentes se formen una opinión válida acerca de mis capacidades políticas. Sin embargo, lo que dejo traslucir en el recuento no es, por supuesto, más que una fracción de mi falibilidad.

La historia de mi decisión de buscar el voto de los venezolanos para acceder al cargo de Presidente de la República está llena de episodios de interacción con un gran número de personas. Refiero aquí la mayoría de ellos. Para eso, he optado por suprimir los nombres de las personas involucradas cuando he estimado que la narración de los hechos pudiera resultarles comprometedora. El paso dado el 16 de diciembre de 1985 fue el acto de un hombre solo. No me hice acompañar por nadie. La autenticación del documento por Notario Público es suficiente signo de que lo quise hacer del dominio general, pero la soledad que elegí habla de que fue igualmente un acto personal de mi exclusiva responsabilidad. Por esta razón, al hacer el recuento del proceso que me llevó a la decisión, a veces protejo a personas que aparecen en el relato con el silencio de sus nombres. A casi todas ellas debo agradecer en mayor o menor medida algún apoyo material o espiritual, alguna palabra de aliento o, simplemente, algún gesto de conmovedora amistad. Muchas de esas personas, preocupadas por mi suerte y la de los míos, me han visto recorrer el tortuoso camino, lleno de oscilaciones, de arranques y retrocesos, de entusiasmo y depresión. Muchos buenos y certeros consejos he recibido de ellas, los que no siempre he sabido llevar a la práctica.

Pero me ha parecido que en este texto no debo asociarlas con mi decisión, tomando en cuenta la aparente insensatez de la misma. El 23 de diciembre de 1985 desayunaban en mi casa cinco venezolanos, ya informados de mi voluntad de buscar la postulación. El más enérgico de los cinco me dijo con inmenso calor de amistad: “¡Esto que te propones es un soberano disparate!” Es necesario que refiera la gestación del disparate. Si no estoy escribiendo exclusivamente para las personas a quienes en estos últimos años he llenado con numerosas y hasta contradictorias imágenes, si bien escribo este recuento para el público en general, también pienso mucho en los amigos, en quienes me han escuchado y han sufrido de algún modo mi anómala trayectoria hacia una función pública. Dedicando, como lo hago, mucho tiempo a pensar la política, es bastante frecuente que llegue a conclusiones que modifican mis posiciones anteriores. Mis interlocutores deben luego sufrir, en entrevistas que no dejan espacio a una relación completa y continua del análisis, alguna sorpresa, alguna modificación. “Parecía tener una interpretación nueva cada semana, la cual pacientemente nos explicaba a mis colegas y a mí. Pero cuando entendíamos todos los detalles (normalmente como una semana después), él ya había refutado su propia hipótesis e ideado otra alternativa”. Así se refiere Richard Muller a su profesor, el físico y Premio Nobel Luís Álvarez. Algún consuelo obtuve al leer esa declaración, pues pensé que no solamente yo torturaba a mis amigos con un incesante cambio en el discurso. Pido perdón por la penosa experiencia a la que he sometido, en más de una ocasión, a tantas y tan pacientes personas amigas. Solicito su comprensión ante lo ambicioso de las reflexiones emprendidas. Apelo a su benevolente entendimiento para que me concedan el atenuante de la profunda crisis que vivimos, cuya lectura es un trabajo arduo y desequilibrante. Lo cambiante del ambiente de señales que recibimos es una condición que ha exigido el constante reexamen en las hipótesis que he venido manejando; la magnitud de los problemas que enfrentamos como sociedad, un factor que induce oscilación en el pensamiento. He procurado mostrar aquí, no obstante, cómo es que, a pesar de las perturbaciones, una cierta interpretación de lo político emerge como teoría válida y cómo es que, a pesar de los cambios en mis proposiciones, cada nuevo estadio construía sobre los anteriores y preservaba lo esencial de mi enfoque, como creo también que cada nueva versión era factible en su momento y esencialmente correcta.

La misma persona que en el desayuno que referí opinó que mi decisión era disparatada se despidió de mí diciéndome: “Vuelve a escribir el Informe Krisis”. Aludía a una publicación mensual que produje desde octubre de 1983 hasta febrero de 1985, y que tanto él como otros amigos me excitaban a continuar, en parte porque podía darme algún ingreso, en parte porque piensan que es un modo de influir en la opinión de importantes actores de la vida nacional. La palabra crisis es de origen griego y en ese idioma significa decisión. Nada parecería más apropiado, pues, que llamar a esta historia de una decisión con el nombre de mi antigua publicación. Ha sido una larga crisis, una difícil pero pacificante decisión.

Otro de los asistentes al desayuno mencionado decía que mis probabilidades objetivas dependerían fundamentalmente de que yo pudiera articular un mensaje cuyos componentes tenía a la mano, no sin advertirme que era esta fácil circunstancia el peor enemigo a vencer. Muchas veces he lidiado con la estructura que daría a muchas cosas que quiero decir. Un afán puntilloso de perfección textual me hizo desechar los varios esquemas. Confío en que la organización de este relato, decidida con posterioridad a la amistosa advertencia, y en función de una secuencia temporal, me permita explicar mis ideas de un modo más natural, sin la pretensión de un ensayo acabado, de un tratado sobre la política, de un plan de acción… versiones que, entre otras, consideré escribir. Lo que aquí se lee no es otra cosa que el tránsito de la crisis que a todos influye por el alma de una persona que se ha dejado deliberadamente penetrar por aquélla. De vez en cuando se topará el lector con referencias a notorios acontecimientos de la época narrada. Un trabajo más completo, un intento más científico, procedería con un recuento sistemático de las noticias como referente paralelo a mi crisis personal.*** Admito la imperfección de una relación incompleta a este respecto y tal vez acometa en ocasión posterior ese trabajo referencial. Pero ahora no tengo tiempo y debo vencer los escrúpulos y presentar a la lectura este texto limitado. Creo en la transparencia política. Creo que la época no se satisface con míticos personajes ya imposibles y que nunca se equivocan, distantes y perfectos. Así expongo al escrutinio público este relato personal que, en virtud de mi decisión política, debo ofrecer. Si no por una postura moral, al menos porque en la política informatizada de nuestros días, ante un ciudadano cada vez más consciente y menos creyente en superhombres salvadores, resulta una necedad exhibirse como esos seres pretendidamente inerrantes que pueblan nuestra política cotidiana. Eso sí sería un verdadero disparate.

Son estas páginas una suerte de memorias prematuras. En mi experiencia, a medida que los recuerdos me son más antiguos, disminuye la pasión negativa que algunos acontecimientos hayan podido causarme. No guardo de estos tres últimos años de mi vida, sin embargo, ningún rencor que valga la pena.

Por lo contrario, jamás como ahora he recibido de los demás mayor cantidad de consideración, paciencia y amistad. Si a los ojos de los amigos alguna meta temporal no fue aún alcanzada tal vez eso se deba a mi falta de humildad y a la terquedad que esta carencia causa, o, como he dicho, a la sensación de lo incompleto o inadecuado de mi diseño ante un proceso social tan complejo e inusual. Es en rebeldía ante el castrante escrúpulo perfeccionista que escribo estas prematuras memorias. Seguramente podría hacerlo con mayor justicia en una ocasión posterior.

26 de diciembre de 1985

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* La empresa era Menevén, y me había reunido primero con su presidente, Renato Urdaneta. Su vicepresidente, quien me recibió luego, era entonces Roberto Mandini.

El amedrentamiento ha sido arma favorita de Chávez durante todo su período, y desde su mismo inicio. Más de una de esas reuniones televisadas desde el Salón Ayacucho parecía atenerse a un estilo de gobernar en corte, como si se tratara del más absoluto de los monarcas franceses tomando decisiones sobre la marcha y delante de todo el mundo, sin discreción alguna, muchas veces para vergüenza de los involucrados. Pero al estilo versallesco de decidir enfrente mismo de los cortesanos, Chávez ha añadido el poder intimidante de una cámara de televisión, clavada sobre el semblante de la persona a quien pudiera ocurrírsele aludir directamente. Por ejemplo, con motivo de la primera reestructuración de la plana mayor de PDVSA, Chávez se dirigía al país desde el centro del estrado, mientras a su lado derecho observaba, entre otros, el recién nombrado presidente de la compañía, Roberto Mandini. Éste último no estaba conforme con el candidato que Chávez quería imponer en PDVSA Gas, Domingo Marsicobetre. Chávez forzó una transmisión televisada al país para informar acerca de la reestructuración de autoridades en PDVSA y, ante las cámaras de televisión, dijo que todavía no había acuerdo respecto de quien dirigiría PDVSA Gas. “Hemos hablado de un nombre… ¿No es así, Mandini? ¿Marsicobetre, no?” El acosado Mandini, sabiéndose enfocado por la cámara, y sin atreverse a contradecir al Presidente de la República ante los ojos de la Nación, capituló allí mismo. (Tragedia de abril, 14 de junio de 2002).

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** A la tasa promedio de 1985, equivalentes a US$ 38.500.

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*** Precisamente hice eso en mi segundo libro: Las élites culposas – Memorias imprudentes.

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La bondad nunca se equivoca

En papel con membrete de la Fundación Casa de Bello. (Clic sobre la imagen para ampliar).

 

Había yo cumplido 44 abriles (eneros) cuando recibí la carta reproducida arriba, que atesoro. Don Pedro Grases habita mi Olimpo particular como uno de sus más importantes dioses. En enero de este año de doses reiterados cumplí uno más que los que reporta al escribir: «Te admiro tu decisión de bajar a la arena y pelear por el bien público. Yo me siento lejos de esta tentación. Además estoy en vísperas de mis 78 abriles, o sea que toda moderación es poca». Viviría otros diecisiete.

El primer día de este mes recordé de nuevo a esa gigantesca divinidad, cuando puse:

Es en este sentido práctico, plenamente realista, que Don Pedro Grases, el gran catalán venezolano, afirmaba en su septuagésimo cumpleaños: “La bondad nunca se equivoca”. Para quien había logrado escapar de la muy real y concreta tragedia de la Guerra Civil Española, eso no era poesía, sino constatación práctica.

Perdóneseme la insistencia en él y en la vocación que admitiera en mis Memorias prematuras (Krisis). LEA

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terciar. Dicho de una cosa o de la oportunidad de hacerla: Presentarse casualmente. Si se tercia, le hablaré de nuestro asunto.

Diccionario de la Lengua Española

 

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