La mano hebdomadaria (09/05/10)

Una mano ganadora que pierde

Más vale llegar a tiempo…

El viernes de esta semana que hoy concluye—en domingo, día del Señor, y el dominó es el Señor de los Juegos—, recibí la honrosa visita de Alfredo Fernández Porras, quien vino a asegurar que el suscrito saliera airoso del imprudente compromiso de poner en este blog manos de dominó jugadas correctamente. Luego de revisar las entradas musicales en este sitio—La tesis de la elegancia (donde es nombrado), Titán del piano (Alfredo es también pianista clásico y fiel de la religión de Vladimir Horowitz) y La voz de titanio—, barajamos cuatro veces para dejar al azar la elección de las manos que él analizaría mientras yo tomaba apuntes, como un escolar.

Convinimos—mejor dicho, yo asentí a su proposición—que el análisis que aquí aparecería seguiría líneas convencionales o naturales, intuitivas. Alfredo me advirtió que en el dominó moderno de altura ciertas formas de jugar, que en el dominó naturalmente jugado significarían una cosa, se interpretan diferentemente. Por ejemplo, en el dominó clásico, si uno cierra rápidamente una punta es para avisar que ya no tiene más piedras de la pinta que tapa; para los expertos modernos, más bien indica que la pinta que queda abierta con la jugada es un juego que interesa a quien la ejecuta. (En el juego de bridge, hace tiempo que esta práctica contra natura ha permitido el desarrollo de sistemas de comunicación que parecen contradictorios y son extraordinariamente precisos). Una cosa no acaté: la fotografía de la mano de hoy vuelve a presentar las piedras agrupadas por pintas, lo que no es lo que ocurre en realidad. Cada quien carga más o menos desordenadamente, y se considera impropio—se presta a señas indebidas—arreglar las piedras. (Mi madre tuvo licencia exclusiva de sus hijos para hacerlo, como si organizara sus cartas por pintas en una mano de bridge). Al menos por hoy, pues, se consiente al visitante y las distribuciones se muestran arregladas.

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Lo primero que debe hacerse en una partida de dominó, prosiguió Alfredo, es evaluar la calidad y fuerza de las manos que nos toquen aun antes de hacer la primera jugada. Esto es muy importante, puesto que de esa evaluación se deriva la opción por una estrategia agresiva, a la caza de ganar la mano, si se posee una carga muy buena o, por lo contrario, una defensiva si la carga es débil o peligrosamente pesada para minimizar las posibles pérdidas. La primera evaluación, por supuesto, puede variar en el transcurso de la mano dependiendo de la ubicación exacta de las fichas, y una carga que en principio se considera mediocre o francamente mala puede contener piedras que resultan ser claves del desenlace. Con la mayor frecuencia, sin embargo, una carga inconveniente conduce a la derrota. Dicho esto, procedamos a evaluar la calidad de la carga de cada jugador.

Sur, el salidor, tiene una mano que debe evaluarse como excelente, muy infrecuente: no sólo carece de fallas, sino que dispone de un poderoso violín de cuatros, cinco de ellos con el doble, del que puede desprenderse de una vez puesto que tiene la salida. Tiene todo el derecho de planear un juego agresivo, en razón de la fortaleza de las siete piedras que le han tocado.

Este, por su parte, tampoco tiene fallas y ha cargado un juego fuerte de doses, aunque el doble dos no tiene asegurada su colocación y bien pudiera ser ahorcado. Tiene, además, un peligroso doble seis con la única defensa del 6-4. (La carga promedio tiene dos dobles). Pero su juego no es malo y, en principio, también aspirará a jugar agresivamente, confiando en poder desarrollar su juego de doses.

Ya la carga al Norte no es tan buena. Es una mano de tres dobles con una falla por el seis, junto con una debilidad grande en el 4-3. Si se ve obligado a jugarlo, su mano fallará por tres pintas. Se prepara a jugar conservadoramente, en la esperanza de que su compañero tenga fuerza y sus propias piedras puedan complementarlo.

Finalmente, Oeste tiene un juego regular hacia bueno, a pesar de su falla de dos. Tiene un solo doble con mucha fuerza en los seises, Aguardará agazapado como caimán en boca de caño, antes de decidir un curso agresivo o una huida de emergencia para desprenderse de sus piedras pesadas. (El dominó tiene 168 puntos en total, de modo que teóricamente la carga promedio de uno entre cuatro jugadores contendría 42 puntos. Es bueno sacar la cuenta de los puntos cargados al instante de levantar las piedras para completar la evaluación de la carga. En este caso, Sur está muy cerca de ese promedio con 44 puntos; Este ha levantado un puntaje idéntico de 44; a pesar de sus cincos, Norte tiene la carga más liviana: 32 puntos, en principio buenos para una tranca; esto deja a Oeste una carga de 48 puntos, que tampoco es muy pesada).

Vayamos ahora al juego propiamente dicho.

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Sur inicia de una vez su juego fuerte con el doble cuatro. Es la jugada natural. Los dobles son una vulnerabilidad potencial, puesto que pueden ser ahorcados. (Se agotan las seis restantes piedras de su pinta unas contra las otras y ya no pueden ser jugados). Por esta razón, es el sistema natural aconsejado por el gran Tigre de Carayaca salir por el doble (acompañado) más grande. En el caso de la carga de Sur, ha podido optarse por salir con un cuatro que no sea el doble, pues teniendo cinco cuatros, el doble cuatro no puede ahorcarse. (Aunque hay situaciones infrecuentísimas en las que es posible ahorcar todo un terceto con el doble incluido. Debo recordar pedirle a Alfredo que explique ese caso). El maestro Fernández, no obstante, recomienda la salida por el doble de un violín de cinco. En su enjundioso conocimiento estadístico, se gana más manos así que con la salida por piedra mixta.

El jugador al Este debe jugar obligado y rápidamente el único cuatro que tiene, el 4-6. Al hacerlo de esta forma, el resto de la mesa sabe que no guarda otro cuatro en su mano. El dominó es juego deductivo, y ésa es la primera deducción que se presenta.

Norte, por su parte, también se ve forzado a jugar con rapidez, puesto que sólo dispone de la jugada del 4-3. Ahora se sabe que Este no tiene más cuatros y que Norte tampoco, y que además no tiene ni un solo seis, puesto que cerró la salida de su compañero. (Ya falla por tres piedras, pero sólo él conoce su falla de tres).

Oeste ve el cielo abierto, pues dispone en su carga del 3-6, con el que cuadra a su pinta fuerte, que por afortunada coincidencia es la piedra iniciada por su socio. Esta jugada, a pesar de ser natural, debe hacerlo pensando antes de colocar la piedra, puesto que tiene otros treses, cuya presencia quiere anunciar a su compañero.

Sur debe gastar su único seis (6-2) jugando rápidamente. Al acostarse también rápidamente Este con el 6-6, todo el mundo sabe que los seises restantes están al Oeste. Amargamente, Norte gasta ahora su único dos—ahora el pobre tiene cuatro fallas—sabiendo perfectamente que el 2-0 que juega permitirá el cuadro a seis, puesto que el 0-6 está en poder de Oeste. (Ya puede colegirse que Norte no tenía opción, y que por tanto no debe tener otro dos. Tres de sus cuatro fallas están determinadas).

Oeste, en efecto, cuadra a seis con 0-6 (cuidando de pensar antes para indicar que otro blanco queda en su poder) y juega dos veces, puesto que los restantes jugadores pasan. Entonces opta por bajar su piedra más pesada, el 6-5, sabiendo que no puede impedir la entrada de los cuatros, puesto que colocar el 6-1 permite la jugada del 1-4. (Él es el único que sabe, aparte de Sur que los está viendo en su mano, que el salidor tiene los restantes cuatros pero, como se dijo, no puede evitar que Sur los reintroduzca). En efecto, Sur juega 5-4 con rapidez (no tiene otro cinco).

Este y Norte pasan y Oeste debe irse de la cabeza de seis entregando el 6-1 y facilitando el cuadro a cuatros por parte de Sur con el 1-4. Ahora son los otros quienes pasan todos y Sur quien debe decidir por cuál de los cuatros restantes deberá bajarse. Acá se le presentan dos opciones. Puede bajarse por los blancos con el cuatro blanco (piedra que inició su compañero pero de manera obligada y de la que él no tiene más), o repetir el dos que él mismo inició en su segunda jugada. En esta situación, opta por jugar el 4-2 por las razones expuestas, sin saber muy bien que será atrapado por el cepo de doses en poder del oponente a su derecha.

Este se acuesta tras una buena pensada con el 2-2, Norte y Oeste pasan y Sur debe reventar con el 4-0. Este recuerda la pensada de su compañero cuando jugó 3-6 y ofrece el 0-3, preservando el control de la punta de dos. La víctima del Norte pasa por quinta vez y Oeste, ni corto ni perezoso, y en conocimiento de que Sur ya no tiene cincos, repone esta piedra con 3-5, habilitando el cuadro ganador de su socio, que con seguridad tiene el decisivo 5-2.

Ésta es la piedra que en efecto Este pone y juega una segunda vez, porque todos pasan. Atento al objetivo real del dominó (ganar el mayor número posible de puntos), ofrece el 2-1 para reducir la descarga de sus contendientes. Norte diagnostica correctamente (ni que fuera bruto), que la mano está irremisiblemente perdida y, aunque pone directamente a ganar a Este al encabezarse con la corrida de cincos, juega el 1-5 para descargar seis puntos en lugar de dos con el 1-1. Oeste y Sur pasan y Este, feliz, llega o domina con el 2-3. (El resultado sería peor si Norte hubiera acostado el 1-1; en este caso, Oeste habría colocado el 1-0 y Sur habría pasado). El eje horizontal cosecha 26 puntos.

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De haber optado Sur por jugar el 4-0 en su quinta jugada, el desenlace habría sido idéntico:

Destino inexorable

La barajada mágica de Alfredo Fernández produjo una mano muy interesante. Quien lucía seguro ganador, Sur, no pudo evitar su caída. Tuvo la malísima suerte de jugar con una carga muy vulnerable de su compañero—quien, además, por un tiempo precioso encerró a los cuatros antes de que la primera ronda hubiera concluido, con su primera piedra—y, a pesar de su estupendo juego, terminó perdiendo. Esta infortunada circunstancia, naturalmente, no resta méritos a la pareja Este-Oeste, que jugó con claridad de juego e implacable precisión.

Alfredo no se quedó lo suficiente para notar una rara peculiaridad de la mano qué él mismo barajó y distribuyó: en ella hubo nada menos que un total de ¡diecisiete pases! No sé si él, pero este servidor cree nunca haber visto tal cosa. LEA

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Guerra avisada

A José Luis Alcalá

El poder está en Oriente

Se impone la fuerza del «violín» de cuatros

 

Mi casa paterna tiene vocación de garito. Aunque muy rara vez se juega por dinero, casi no hay juego de mesa que no se practique en ella—Dominó, Bridge, Monopolio, Clue, Uno, Canasta, Scrabble, Ludo, Backgammon, Stratego, Mahjong, Mastermind, Damas chinas, Ajedrez (poco), Risk, Acorazado o La Vieja—cuando no jugamos Mímica o Quién quiere ser millonario. La lista precedente es incompleta. Recientemente, mi hermana María Elena y nuestro cuñado, Lisandro Lecuna, se trenzan en carreras por resolver de primeros el mismo problema de Sudoku.

He debido decir casa materna. Mi padre jugaba, sólo ocasionalmente, un dominó algo menos mediocre que el mío. Era mi madre quien azuzaba la formación de las mesas, intrigando entre nosotros para asegurar a los miembros clave que José Luis Alcalá, o Lisandro (Lecuna) o yo queríamos jugar, y que por tanto había que armar la partida. Ella misma disfrutaba enormemente el dominó, que jugaba egoístamente—si tenía tres blancos era perfectamente capaz de jugar contra los numerosos seises de su compañero— y, sobre todo, el bridge.

Entre nosotros, es José Luis mi hermano el maestro en dominó, seguido a cierta distancia por Lisandro y después por Ma. Elena. Un primo hermano, Florencio Torres Alcalá, está ahí, ahí con José Luis compitiendo por el liderazgo indiscutible. Si juegan juntos, son prácticamente imbatibles. Cuando el menor de nosotros, el prócer José Gabriel, nos recibe en su casa de Miami, no ofrece comida sino dominó. La esposa de José Luis, Marianela, no juega nada mal, quizás un poco mejor que ME, y la mía, Nacha Sucre, me supera desde hace rato y Luis Armando, nuestro hijo, también. (Le viene a mi mujer de su padre y de sus tíos. Armando, mi suegro, se cansó de ganar torneos de dominó, muchas veces en pareja con Alfredo Fernández Porras, el autor de El arte de las 28 piedras. De éste dijo Vladimir Korneev, Capitán de la Selección Rusa de Dominó: «Ante su visión analítica y matemática del dominó, me quito el sombrero»).

Portadilla del libro de Fernández

Pero quien escribe, que carece de disciplina en la mesa y es renuente a los reiterados, a veces humillantes consejos e instrucciones de José Luis, ama el dominó.

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El dominó tiene para nosotros, los venezolanos, hasta un sentido geopolítico. Es juego tan noble y rico como el bridge, cuya afición se extiende principalmente por los Estados Unidos y Europa. (Nada tan implacable y exacto como Il Blue Team, el equipo profesional de los italianos, que arrasara en campeonatos y olimpíadas de bridge bajo la dirección de su riguroso capitán, Carlo Alberto Perroux). El dominó, en cambio, predomina en el área latina, principalmente en América y, más específicamente, en el Caribe. Portorriqueños, dominicanos, mexicanos y, por supuesto, venezolanos, se encuentran entre los mejores jugadores del mundo. Cuba juega un extraño dominó de nueve pintas para dificultar todavía más la cosa, al que naturalmente se le llama dominó cubano. En Venezuela, son temibles la colonia portuguesa y la siria de nuestros estados orientales. En España, Italia y Argentina se juega muy buen dominó. Hay buenos dominocistas en California (San Francisco) y, obviamente, en Florida, coincidiendo con la presencia hispánica en los Estados Unidos. El dominó es de nosotros.

Como el bridge, este juego nuestro admite dos niveles de práctica: puede ser el refinado y entendido de los maestros, que juegan con sistemas estratégicos fuertes y gran precisión. Pero, igualmente, se le juega con menos exigencia en familia y entre amigos y es entonces fuente inagotable de regocijo, aunque también lleva el peligro de suscitar peleas ocasionales. Recientemente, dos grandes ejércitos se han añadido a lo que fuera juego de hombres y botiquines: las mujeres y los jóvenes. Eso ha renovado la población de jugadores y asegura, ciertamente, el futuro.

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Como cualquier arte, el dominó puede ser enseñado. En nuestro país, por un buen tiempo fue la Biblia del dominó el librito de Héctor Simosa Alarcón, el legendario «Tigre de Carayaca». Más recientes son las contribuciones de Ignacio Zaibert—Principios y Sistemas del Dominó por Parejas, Conceptos y Criterios del Dominó por Parejas—, abogado que escribe de dominó como abogado—por ejemplo:  El Principio atinente a “Indicar lo que se tiene”—y reivindica una tal «Doctrina Zaibert» del juego. Pero es de Alfredo Fernández Porras el Nuevo Testamento del dominó: El arte de las 28 piedras. Eduard Petreñas, Presidente fundador de la Federación Internacional de Dominó, ha escrito de él y de su obra: «Sabio del dominó y autor de un libro que es el catecismo dominocístico de muchos campeones. Es arte, el mejor pentagrama, el mejor libreto».

Sin embargo, este servidor ha echado en falta, en la literatura del dominó, la aproximación que encontró en un insólito manual de ajedrez del maestro ruso Irving Chernev. La abrumadora mayoría de los tratados de ajedrez sigue, como los libros de dominó mencionados, un enfoque sistemático y a veces críptico. (En su monumental Tratado General de Ajedrez, el maestro argentino Roberto Grau colocaba comentarios a las jugadas de las partidas que analizaba, los que con frecuencia eran del siguiente tenor: «Peón cuatro torre. La más elástica». Y uno se quedaba en la luna). El libro de Chernev—Ajedrez lógico jugada a jugada—, en cambio, se atuvo a comentar un buen número de partidas ejemplares explicando el proceso de razonamiento de un buen jugador de ajedrez para seleccionar cada movida. Con ese libro, aprendí más ajedrez que el que pude extraer a duras penas de los textos de Capablanca, Nimzowitsch, Pachman, Tartakower o Znosko-Borovsky.

Es la aproximación de Chernev la que, creo, sería más útil al principiante en dominó. Es lo que he suplicado miles de veces a mi hermano José Luis: que me enseñe a pensar como él lo hace. Hasta ahora, mis ruegos han resultado infructuosos; creo que él sabe que, de hacerlo, pronto lo superaría. A fin de cuentas, él sabrá jugar mucho dominó pero, con frecuencia inmerecida, soy yo quien gana muchas de las pollas que disputamos en la quinta Alcalareña.

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Es así como llego a explicar esta guerra que aquí aviso: este blog traerá todas las semanas, en día domingo, el análisis de una mano de dominó bien jugada, explicando paso a paso su lógica interna. Hay un antecedente de esta empresa: mientras ejercí el cargo de Editor-Jefe en El Diario de Caracas (por pocos meses de 1999 y 2000), introduje la misma cosa en el suplemento Corpus. De entonces data la notación que será empleada en el blog. Los libros de dominó que conozco, emplean una engorrosa manera de ilustrar la distribución de las piedras y reportar la secuencia de jugadas.

La notación y nomenclatura que aquí se adoptarán son las que se muestra al comienzo: la carga de cada jugador en su respectiva posición, colocando al sur la del salidor. Debajo de la fotografía (que espero mejorar) de la distribución, una tabla con la secuencia de jugadas y el total de puntos recabados por la pareja ganadora. La notación es obvia. 6-6 es el doble seis y 4-1 es el cuatro uno. La segunda cifra anotada indica la punta que queda abierta. Por ejemplo: la anotación 3-5 significa que se cierra un tres con el tres cinco, quedando el cinco abierto en la mesa; 5-3 que se cierra un cinco con esa piedra y es el tres lo que queda expuesto. El texto que siga contendrá el análisis propiamente dicho y la explicación de las razones de cada jugada. Este tratamiento no es original: es el empleado comúnmente en las columnas de periódicos y revistas, y en los libros, sobre bridge; sin duda, es más conciso y económico en cuanto a espacio. (Será conveniente al lector tener a mano un dominó de bolsillo para reproducir las jugadas que se analice o, alternativamente, imprimir la foto de la distribución y la tabla de jugadas. En este blog, un clic sobre cualquiera de sus ilustraciones la amplía y la aísla. Así es fácil imprimirla sola, sin tener que hacerlo con todo el texto).

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En Alcalareña recordamos con frecuencia a un tío obsesivo-compulsivo que no identificaré y jugaba un dominó fuerte. A la hora de los comentarios post mortem nos amenazaba así: «¡Vamos a reconstruir la mano!» Una ventaja del blog es que ofrece un espacio ilimitado, que no tenía Corpus. Esto permitirá discutir variantes de una misma distribución. Por ejemplo, esto pudiera haber resultado si Este, en lugar de cuadrar a cuatro con el 3-4 en su tercera jugada, lo hubiera hecho a tres con 4-3, para favorecer la pinta iniciada por su compañero:

Cómo perder una mano ganada

Pero, si Oeste en su quinta jugada, en lugar de cerrar el cinco, se hubiera ido de la cabeza de tres con 3-0, entonces el desenlace habría sido otro:

Una cosecha más pobre

Es obvia la superioridad del cuadro a cuatros sobre las otras dos vías, que no agotan las variantes en absoluto. El dominó es árbol de muchas ramas. Para mi tranquilidad, ya he asegurado la autorizada asistencia de Alfredo Fernández; sin ella, estoy seguro de que mi análisis sería frecuentemente incorrecto. Quizás José Luis se apiade de mí para ayudarme; también convocaré el auxilio de Gonzalo Pérez Petersen, abogado como Zaibert y un fino dominocista. Pero asimismo espero la contribución de los visitantes del blog. Si envían a alcala@doctorpolitico.com sus mejores manos (en la notación descrita), aquí nos ocuparemos de ilustrarlas y publicarlas con los créditos debidos. Estoy seguro de que entre ellos hay buenos cultores del dominó: Dominus, el Señor de los Juegos, que es arte radicalmente venezolano. LEA

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