Agradecimiento a Guillermo y Juan

 

A Nacha

 

Una vez que una acción está hecha es correcta o incorrecta para siempre, y ningún fracaso accidental de sus buenas o malas consecuencias puede posiblemente alterar eso. (…) La cuestión del bien o el mal tiene que ver con el origen de su creencia, no con su sustancia; no con lo que era sino con cómo la obtuvo; no si a fin de cuentas resultó ser verdadera o falsa, sino si tenía el derecho de creer a partir de la evidencia que tenía frente a sí.

William Kingdon Clifford – La Ética de la Creencia

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William K. Clifford

En su obra fundamental, La Ética de la Creencia, William Clifford nos legó la substancia de la postura intelectual conocida como evidencialismo.* Puede resumirse el aporte de Clifford en una sentencia inapelable: “Es en todo tiempo y lugar moralmente erróneo que cualquier persona crea en algo sobre la base de evidencia insuficiente”. (Citas favoritas, 15 de junio de 2016).

“Muy cerca de la postura de Clifford está la expresada por John Erskine en La obligación moral de ser inteligente, puesto que ambos son de la opinión de que el conocimiento no es una cosa que pueda elegirse tener o no tener, según nuestro capricho. Desde el momento cuando terceras personas son afectadas por nuestras acciones, debemos a los otros el asegurarnos, hasta donde sea posible, de que no resultarán dañados por nuestra ignorancia. Es posible decir, entonces, que es nuestro deber ser inteligentes”. (Un tratamiento al problema de la calidad en la educación superior no vocacional en Venezuela, 15 de diciembre de 1990).

Y esto es principalmente así en nuestras opiniones políticas, que usualmente son formuladas desde reacciones instantáneas cargadas de emocionalidad y prejuicios. Siendo que una opinión política incide sobre el juicio colectivo, debemos tener el mayor cuidado al expresarla.

Procuraré comunicar interpretaciones correctas del estado y evolución de la sociedad general, de modo que contribuya a que los miembros de esa sociedad puedan tener una conciencia más objetiva de su estado y sus posibilidades, y contradiré aquellas interpretaciones que considere inexactas o lesivas a la propia estima de la sociedad general y a la justa evaluación de sus miembros. (Código de Ética Política, 24 de septiembre de 1995).

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John Erskine

Juan Erskine fue un notable educador; en su segunda responsabilidad como profesor universitario, enseñó durante 28 años en la Universidad de Columbia, en la que sembró la semilla de lo que luego se conocería como el movimiento de los Great Books, que materializara la Enciclopedia Británica en su colección de obras fundamentales que justamente lleva ese nombre. Era también Erskine un notable pianista y compositor, y a partir de esa vocación llegaría a ser el primer Presidente de la afamada Escuela de Música Juilliard en Nueva York, y Director de la Ópera Metropolitana de la misma ciudad, en la que brillaron en sucesión Enrico Caruso, Beniamino Gigli y Jussi Bjoerling, por mencionar sólo a sus tenores más notables.

Su predecesor, Guillermo Clifford, “fue un matemático y filósofo inglés. (…)​ Es conocido por su defensa del evidencialismo frente a la responsabilidad moral de creer en aquello de lo que no se tienen pruebas. (…) En 1870 escribió On the space theory of matter (Sobre la teoría espacial de la materia), en la que argüía que energía y materia eran simplemente diferentes tipos de curvatura del espacio. Esas ideas jugaron luego un papel fundamental en la teoría general de la relatividad”.** (Wikipedia en Español).

Gracias, Guillermo; gracias, Juan. LEA

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* “El evidencialismo es una tesis en epistemología que establece que uno está justificado para creer algo si y sólo si esa persona tiene evidencia que respalde su creencia. El evidencialismo es, por tanto, una tesis sobre qué creencias están justificadas y cuáles no”. (Wikipedia).

** Es decir, Clifford, quien viviera sólo 34 años, se adelantó en 46 al postulado principal de la obra cimera de Albert Einstein.

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Gran obra (gratuita) de civilización universal

 

Hace dos días se cumplieron veinte años del nacimiento de un tesoro de la civilización planetaria, la gran enciclopedia global que conocemos como Wikipedia:

Fue creada el 15 de enero de 2001 por Jimmy Wales y Larry Sanger, y es la mayor y más popular obra de consulta en Internet. Desde su fundación, Wikipedia no solo ha ganado en popularidad —se encuentra entre los 20 sitios web más populares del mundo—, sino que además su éxito ha propiciado la aparición de proyectos hermanos: Wikcionario, Wikilibros, Wikiversidad, Wikiquote, Wikinoticias, Wikisource, Wikiespecies y Wikiviajes.

Existen tres características esenciales del proyecto Wikipedia que definen en conjunto su función en la web. El lema «La enciclopedia libre que todos pueden editar» explica los tres principios:

Es una enciclopedia, entendida como soporte que permite la recopilación, el almacenamiento y la transmisión de la información de forma estructurada.

Es un wiki, por lo que, con pequeñas excepciones, puede ser editada por cualquiera.*

Es de contenido abierto.

Según su cofundador, Jimmy Wales, el proyecto constituye «un esfuerzo para crear y distribuir una enciclopedia libre, de la más alta calidad posible, a cada persona del planeta, en su idioma», para lograr «un mundo en el que cada persona del planeta tenga acceso libre a la suma de todo el saber de la humanidad». Se desarrolla en el sitio Wikipedia.org haciendo uso de un software wiki —término originalmente usado para el WikiWikiWeb—.

Y ese descomunal repositorio de conocimiento está disponible en 300 ediciones, de las que superan el millón de artículos las escritas en inglés, cebuano, sueco, alemán, francés, neerlandés, ruso, italiano, español, polaco, samareño, vietnamita, japonés, chino, árabe, portugués y ucraniano. Es justamente Wikipedia la obra que nos informa de modo que podamos compararla con la muy prestigiosa Enciclopedia Británica, que en 2012 anunciara que ya no se imprimiría para existir solamente en forma digital: “El tamaño de la Britannica, a grandes rasgos, ha permanecido constante en los últimos setenta años, con cerca de 40 millones de palabras en quinientos mil temas”. (Esto es, la mitad de los artículos alojados por Wikipedia en cada una de las diecisiete lenguas enumeradas).

Es con mucho agradecimiento como admito que Wikipedia es, desde hace un buen rato, mi principal fuente de aprendizaje. LEA

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Es esa característica lo que asegura la veracidad y exactitud de la inmensa cantidad de artículos de Wikipedia. Los errores son descubiertos y corregidos por cualquier usuario, y de inmediato verificados por el equipo profesional de la organización.

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Pensamiento crítico y científico

A Nelson Landáez

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Es de vieja tradición en la filosofía occidental (…) el establecimiento de la distinción entre opinión y conocimiento. Aristóteles, por ejemplo, propone que si lo opuesto de una proposición no es imposible o no conduce a la autocontradicción, entonces la proposición y su contraria son asunto de opinión. Este criterio excluye las proposiciones de suyo evidentes, así como las demostrables, y ambos tipos de proposición no expresan opinión, sino conocimiento.

Conocimiento y opinión, 14 de junio de 2007

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Hace tres días recibí por el medio de WhatsApp el video que se coloca a continuación:

 

 

Reproduzco, de este blog, la Nota del Día del 28 de junio de 2010 (Contenedores de palabras podridas):

Neil Postman y Charles Weingartner sostenían en La enseñanza como actividad subversiva (1969), que una de las tareas fundamentales de la educación era proporcionar a los educandos un “detector de porquería”. (Crap detector). El estudiante debía aprender a distinguir entre un discurso válido y con sentido, y uno construido con falsedad. Así, el paciente racional debe preferir la medicina científica a cacareadas “medicinas sistémicas” o “alternativas”, independientemente de la propaganda televisada que nuestros canales de televisión admitan. Así debe el ciudadano preferir, más bien exigir, una política científica, y rechazar la payasada que busca imponérsenos.

El primer deber del político es el de educar al pueblo, para que sea cada vez más autónomo, menos tutelado políticamente. (Claro que entonces él mismo debe ser educado en la verdad política). Así que recordaremos a John Stuart Mill y Bárbara Tuchman. Dice ésta en conjetura profundamente democrática: “El problema pudiera ser no tanto un asunto de educar funcionarios para el gobierno como de educar al electorado a reconocer y premiar la integridad de carácter y a rechazar lo artificial”.

Dice Mill: “Si nos preguntamos qué es lo que causa y condiciona el buen gobierno en todos sus sentidos, desde el más humilde hasta el más exaltado, encontraremos que la causa principal entre todas, aquella que trasciende a todas las demás, no es otra cosa que las cualidades de los seres humanos que componen la sociedad sobre la que el gobierno es ejercido… Siendo, por tanto, el primer elemento del buen gobierno la virtud y la inteligencia de los seres humanos que componen la comunidad, el punto de excelencia más importante que cualquier forma de gobierno puede poseer es promover la virtud y la inteligencia del pueblo mismo… Es lo que los hombres piensan lo que determina cómo actúan”.

Pero también advierte: “Un pueblo puede preferir un gobierno libre, pero si, por indolencia, descuido, cobardía o falta de espíritu público, se muestra incapaz de los trabajos necesarios para preservarlo; si no pelea por él cuando es directamente atacado; si puede ser engañado por los artificios empleados para robárselo; si por desmoralización momentánea, o pánico temporal, o un arranque de entusiasmo por un individuo, ese pueblo puede ser inducido a entregar sus libertades a los pies de incluso un gran hombre, o le confía poderes que le permiten subvertir sus instituciones; en todos estos casos es más o menos incapaz de libertad, y aunque pueda serle beneficioso tenerlo así sea por corto tiempo, es improbable que lo disfrute por mucho”.

Y ésta es una cita complementaria—Lo que no corta una hojilla—de la Nota del Día 15 de julio de ese mismo año:

Una ideología se compone de una explicación y una prescripción. Por el primero de sus componentes, pretende entender cómo funciona una sociedad dada o, como en el caso de la más pretenciosa de todas (el marxismo), la historia entera de la humanidad. (Historicismo marxista o materialismo histórico). Es este componente el que se quiere hacer pasar por científico. Aunque fue la pareja Marx-Engels la que acuñó el término “socialismo utópico”, fue el segundo quien catalogó las teorías de Marx como “socialismo científico”. Muchos creen conmovedoramente que esto es así. El general Raúl Isaías Baduel, con ocasión de su pase a retiro el 18 de julio de 2007, dijo en su discurso de despedida: “…si la base para la construcción del Socialismo del Siglo XXI es una teoría científica de la talla de la de Marx y Engels…”, …”, y el presidente Chávez dijo en la Asamblea Nacional el 15 de enero de este año: “El marxismo sin duda que es la teoría más avanzada en la interpretación, en primer lugar, científica de la historia, de la realidad concreta de los pueblos…” Captor y cautivo piensan lo mismo en este punto.

Fue, sin embargo, nadie menos que Karl Popper, el papa de la Filosofía de la Ciencia en el siglo XX, quien mostrara y demostrara que el “historicismo”, en particular el marxista, era un discurso contracientífico. (En La miseria del historicismo). Antes, en La lógica de la investigación científica, Popper estableció un sólido criterio, el famoso “criterio de demarcación”, para distinguir entre un discurso científico y uno que no lo es. El marxismo no pudo nunca superar la barra del criterio popperiano.

La explicación proporcionada por la ideología usualmente consigue culpables de un estado indeseable de la sociedad—indeseabilidad que se establece según los “valores” de la ideología concreta—que resalta en su crítica. Así, por ejemplo, el marxista sostendrá que la culpa del subdesarrollo es de la empresa privada, cuyo afán de lucro produce la “exclusión” de grandes contingentes humanos en su afán por mantener privilegios de clase, y que el Estado revolucionario está llamado a corregir ese estado de cosas; por lo contrario, un liberal argüirá que el subdesarrollo es culpa de la excesiva intromisión del Estado en la economía y que, si se deja tranquila a la “libre empresa”, será posible alcanzar un desarrollo avanzado. En medio de estos polos extremos se ubican las ideologías intermedias: básicamente la socialdemocracia (socialismo evolucionista o reformista), una suerte de socialismo de virulencia atenuada fundado desde Alemania por Eduard Bernstein hacia 1896, y la democracia cristiana o socialcristianismo, desarrollado a partir de principios expuestos en las “encíclicas sociales” de los papas a partir de León XIII (1891), y que desde un inicio se perfilaba explícitamente como un “tercer camino”.

Todas ellas son formas obsoletas e ineficaces de plantearse la actividad política. Son medicina precientífica.

Ahora, un planteamiento precedente que regresa a los autores citados al principio (en Un tratamiento al problema de la calidad en la educación superior no vocacional en Venezuela, 15 de diciembre de 1990):

Un objetivo fundamental de este programa de educación superior, tal vez más profundamente pedagógico que el de ofrecer las nociones más recientes sobre el hombre y su universo, sea el de proporcionar las herramientas útiles al desempeño intelectual. En efecto, transferir contenidos incurre inevitablemente en la subjetividad de la selección de lo que se transmite. En cambio, dotar a un hombre de herramientas para el aprendizaje, para la operación intelectual, es de hecho una donación más liberadora. El objetivo es formulable de la manera siguiente: se trata de convertir un mal aprendedor en un buen aprendedor, siguiendo la terminología de Neil Postman y Charles Weingartner. Estos autores señalan, entre los rasgos de un buen aprendedor, su apertura mental, la nula incomodidad que sienten al formular preguntas, su disposición al reconocimiento de la propia equivocación, su placer de encontrarse en situación de aprendizaje. Obviamente, un buen aprendedor posee, además, el dominio de ciertos métodos y técnicas que hacen eficiente el proceso de absorción y elaboración de conocimiento.

Finalmente, el relato inicial de la Carta Semanal #281 de doctorpolítico (3 de abril de 2008):

Hace treinta y tres años, la edad de Cristo, de que el suscrito, en compañía de Eduardo Quintana Benshimol, filósofo, y Juan Forster Bonini, químico, se trasnochara mucho por culpa de una discusión que amenazaba con hacerse interminable. Amanecimos en casa de Eduardo, entre serísimas consideraciones pedagógicas e innumerables botellas de Coca-Cola. Los tres, ex alumnos del Colegio La Salle, debíamos responder a un requerimiento de la Fundación Neumann, que nos había solicitado que le presentáramos un proyecto innovador en materia educativa.

A pesar de que el proyecto terminaría teniendo una intención instrumental—proporcionar a los educandos herramientas que les permitieran dejar de ser malos aprendedores para ser buenos aprendedores—, la discusión de aquella noche sin fin estaba centrada en el problema de los contenidos. Nos resultaba imposible concebir ejercicios de descripción o razonamiento que no estuvieran referidos a algún contenido concreto, y sabíamos que nuestra posición de instructores determinaba una autoridad con la que sería muy fácil imponer a inteligencias juveniles—trabajaríamos con alumnos de los últimos años de bachillerato y los primeros universitarios—nuestras propias opiniones sobre las cosas.

Después de numerosos desvíos retóricos, ingeniosos aunque no poco bizantinos, aterrizamos hacia las cinco de la mañana en una declaración de principios: en la aplicación del proyecto, nos consideraríamos sin derecho de imponer nuestros puntos de vista a los alumnos, y nos comprometimos a advertirlos cuando discutiéramos cosas que eran materia, no de conocimiento, sino de opinión. Puesto de otro modo: nos comprometimos a respetar y cuidar la libertad de pensamiento de los jóvenes, cuyos cerebros estarían a nuestra disposición mientras participaran en los programas que administraríamos.

Arribados a ese punto, el cansancio tuvo vía libre para cambiar de tema. Hablaríamos unos minutos más de Cat Stevens, Jacques Monod y el béisbol local, y nos fuimos a dormir, exhaustos pero felices de haber resuelto nuestros punzantes y católicos escrúpulos. Dos días después presentamos el proyecto a la fundación (“la cual aceptó”), conscientes de que lo técnico y lo metodológico en el concepto estaban libres de manipulación.

En educación, nada más importante que respetar la libertad de conocimiento de los educandos y dotarles de las herramientas necesarias al ejercicio crítico en su aprendizaje. LEA

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Que no pase por debajo de la mesa

Portada de Mateo Manaure para las actas del simposio

Portada de Mateo Manaure para las actas del simposio

El año pasado se cumplieron 50 años de un evento excepcional: el simposio Desarrollo y Promoción del Hombre, organizado por el naciente Instituto para el Desarrollo Económico y Social (IDES) para presentarse en sociedad. Fueron sus líderes más destacados Arístides Calvani, primer presidente del instituto, Alfredo Anzola Montaubán, a la sazón Gerente de la Fundación Creole, y José Rafael Revenga, su mano derecha y Vicepresidente del IDES.

Entre el 13 y el 17 de julio de 1964, los afortunados asistentes atendimos, en el auditorio del Colegio de Ingenieros de Venezuela, las actuaciones de un insólito encierro de toros de fina casta: Ronald Clapham (Alemania), Simón Romero Lozano (Chile), Kenneth Boulding y Frederick Harbison (Estados Unidos), Jean Yves Calvez, Georges Celestin, Louis Lebret, Guy Lemmonier, Alfred Sauvy (Francia), Felix Morlion (Italia), Juan Pablo Terra (Uruguay), Roberto Álamo, Eloy Anzola Montaubán, Héctor Mujica y Arístides Calvani (Venezuela).

Bastaría recordar que el padre Lebret, fundador de Économie et humanisme, dirigía entonces el IRFED (Instituto Internacional para la Investigación y la Formación, la Educación y el Desarrollo), y era el autor de la famosa definición: “El desarrollo es la serie coordinada de pasos, para una población determinada, y para las fracciones de población que la componen, de una fase menos humana a una fase más humana, al ritmo más rápido posible y al costo menos elevado posible, manteniendo la solidaridad entre las poblaciones y subpoblaciones”. O que Kenneth Boulding, economista, fuera cofundador de la Teoría General de Sistemas y autor de más de treinta libros, entre los que destacaban The Economics of Peace y el seminal Conflict and Defence, además de editor del Journal of Conflict Resolution. O que Alfred Sauvy era ya el Sumo Pontífice de la Demografía e inventor del concepto de Tercer Mundo, que designaba a los países que no estaban alineados ni con Washington ni con Moscú: “…car enfin, ce Tiers Monde ignoré, exploité, méprisé comme le Tiers Etat, veut lui aussi, être quelque chose”. (“…porque, en fin, ese Tercer Mundo ignorado, explotado, despreciado como el Tercer Estado, también quiere ser algo”).

Nunca desde entonces se ha reunido en el país una masa crítica intelectual tan poderosa como la que el IDES ensambló hace cincuenta años y un año. A partir de los ricos e iluminadores insumos de esa pléyade de pensadores, los participantes trabajamos en grupos de discusión e intervinimos en la sesión plenaria, y fuimos testigos de un cotejo sorprendente: el padre Jean Yves Calvez, autor de La Pensée de Karl Marx, disertó—a cuatro manos con Héctor Mujica, la principal autoridad intelectual del Partido Comunista de Venezuela—acerca de La economía como respuesta a las necesidades del hombre. Mujica inició sus palabras con este testimonio: “Creo que los amigos del IDES me han escogido para presidir esta sesión precisamente porque soy un militante, soy un hombre comprometido con una ideología y un partido revolucionario, el Partido Comunista de Venezuela, desde mi adolescencia”. La apertura y tolerancia del liderazgo político y, sobre todo, empresarial de la época en Venezuela—era el primer año de la presidencia de Raúl Leoni—, que había dado origen, un año antes, al Dividendo Voluntario para la Comunidad y a su Declaración de Responsabilidad Social de la Libre Empresa, adelantándose treinta y seis años a la conciencia social corporativa que se consolidara mundialmente hacia el año 2000, se ponían de manifiesto en esa inusual conjunción de marxólogo y marxista. (No faltó quien sugiriera que Alfredo Anzola Montaubán era un comunista disfrazado).

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La obra de Harbison & Myers

La obra de Harbison & Myers

Frederick Harbison fue quien tal vez trajera las más prácticas recomendaciones. (Su conferencia se produjo en la segunda sesión dedicada a Promoción de soluciones operacionales). Experto en desarrollo de recursos humanos, acababa de publicar con Charles Myers el libro Education, Manpower and Economic Growth, obra en la que se defendía la estrategia de desarrollar recursos humanos de alto nivel, luego de mostrar convincentemente que su densidad era el indicador más significativo de un país desarrollado. Harbison abrió su disertación, en la mañana del 17 de julio de 1964, con estas palabras:

Entre las naciones latinoamericanas, Venezuela es evidentemente la más rica en términos de ingreso nacional per cápita y también en términos de recursos nacionales para su población. Venezuela ha gozado consistentemente durante las últimas dos décadas de una tasa de crecimiento muy alta. Efectivamente, en términos de tasa de crecimiento, Venezuela se encuentra entre el 5 y el 10 por ciento de los países de más rápido crecimiento en el mundo. Se podría decir que, entre los países del mundo entero, Venezuela, en términos de su ingreso nacional es ya un país semi-avanzado. Evidentemente, tiene la capacidad para unirse, en un futuro no demasiado distante, al grupo de las naciones económicamente más avanzadas del mundo. Pongamos de lado, de una vez por todas, la idea de que Venezuela es un país pobre o un país subdesarrollado. Venezuela está en el proceso de convertirse en un país muy avanzado, y los venezolanos deberían tener conciencia de ese hecho y enorgullecerse de él. Sin embargo, me permito sugerir que la verdadera riqueza de una nación no son sus recursos minerales, su capital material o sus reservas de divisas extranjeras, sino más bien la etapa de desarrollo y la mentalidad de su población. Si un país no desarrolla a su población, a sus recursos humanos, sus proyectos de desarrollo económico estarán condenados al fracaso.

Medio siglo después, está claro que perdimos ese tren. (Las dos décadas previas aludidas por Harbison van del último año de Medina Angarita, pasando por la Junta presidida por Betancourt, la presidencia de Gallegos, la junta de Delgado Chalbaud y la presidencia de Pérez Jiménez, hasta el período democrático de Betancourt, concluido el mismo año del simposio).

Pero ese tren todavía pasa por nuestra estación. Cuando soplan vientos de cambio en Venezuela, vale la pena recordar su diagnóstico y su récipe: “…aunque Venezuela está acercándose a la etapa de una economía avanzada, su capacidad de desarrollar recursos humanos de alto nivel está muy subdesarrollada. (…) Tiene que desarrollar su propia capacidad de formación de este tipo de personal. Y esto significa, no sólo la expansión de la educación primaria y secundaria, no solamente el ingresar masas indiferentes de estudiantes a las universidades, sino la creación de institutos modernos de investigación, de educación postuniversitaria, de alta calidad, elevación de los niveles de excelencia en la universidad y en los programas avanzados para desarrollar aun más a los gerentes, ingenieros, técnicos y científicos, en el transcurso de su empleo profesional. En este siglo XX, de la explotación de los conocimientos, ninguna nación puede esperar alcanzar la prosperidad sin desarrollar la excelencia y la calidad a través de todo su sistema educativo”.

Más tarde, el Plan Mariscal de Ayacucho, liderado por Leopoldo López Gil bajo la primera presidencia de Carlos Andrés Pérez, fue acertada concreción de la estrategia harbisoniana. Hoy, sin embargo, una proporción alarmantemente grande de nuestros recursos de alto nivel alimenta la dotación profesional de países escogidos por venezolanos para la emigración. (Luego de derrotar a los moros, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla la emprendieron contra los judíos—médicos, comerciantes, artesanos—, a los que expulsaron de España, y ellos buscaron refugio en la tolerante Constantinopla. El gran sultán Salim preguntaba entonces a sus ministros acerca del prestigio político del monarca español: “¿Cómo pueden llamar sabio a este Fernando, que ha empobrecido sus dominios para enriquecer los míos?”).

A mí me tomaría 33 años señalar—en Si yo fuera Presidente—una osada pero posible meta nacional:

A fines del siglo pasado, y siguiendo el ejemplo de varias naciones europeas, Antonio Guzmán Blanco decretó la obligatoriedad de la educación elemental o primaria para todos los ciudadanos de Venezuela. Para la época del gobierno de Marcos Pérez Jiménez el título de bachiller todavía significaba algo, al punto de que funcionarios públicos con el rango de directores de ministerio eran tan sólo bachilleres. Eso ya no es suficiente hoy en día; por esto creo que el Estado venezolano debe apuntar a una meta aún más ambiciosa: que el habitante venezolano promedio pueda alcanzar un nivel de conocimientos equivalente por lo menos a tres años de educación superior.

Llegamos a la elección de una nueva Asamblea Nacional luego de años de desentendimiento entre nuestras universidades y los poderes nacionales, de asedio oficial a nuestros centros superiores de conocimiento. Los nuevos diputados debieran colocar como su primera prioridad el aseguramiento de los fondos necesarios al rescate y reanimación de nuestras universidades, pues Harbison tenía razón y nunca es tarde para hacerle caso. LEA

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Nota: al escribir estas líneas, he querido dedicarlas a José Rafael Revenga, Alfredo Anzola Méndez, Antonio D’Alessandro y Ana Blanco Díaz.

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El caso de una Licenciatura en Política

 

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1. La Política es un arte. A pesar de la legítima existencia de “ciencias políticas”, la Política no es en sí misma una ciencia, sino una profesión, un arte, un oficio. Del mismo modo que la Medicina es una profesión y no una ciencia, por más que se apoye en las llamadas “ciencias médicas”, la Política es la profesión de aquellos que se ocupan de encontrar soluciones a los problemas públicos.

Por tal razón, las soluciones a esta clase de problemas no se obtiene, sino muy rara vez, por la vía deductiva. La esencia del arte de la Política, en cambio, es la de ser un oficio de invención y aplicación de tratamientos. En este sentido, hay un “estado del arte” de la Política.

El paradigma así delineado se contrapone a una visión tradicional de la Política como el oficio de obtener poder, acrecentarlo e impedir que un competidor acceda al poder. Esta formulación, que los alemanes bautizaron con el nombre de Realpolitik, es el enfoque convencional, que en el fondo es responsable por la insuficiencia política—exactamente en el mismo sentido que se habla de insuficiencia cardiaca o renal—de los actores políticos tradicionales. El tránsito de un paradigma de Realpolitik a un paradigma “clínico” o “médico” de la política se hará inevitable en la medida en que la sociedad en general crezca en informatización y acreciente de ese modo el nivel general de cultura política de los ciudadanos.

2. Siendo que la política es una profesión, y de las más complejas, se sigue que debe beneficiarse de una formación sistemática de educación superior, la que debe ser impartida por una escuela universitaria de Política, en la que pudiera ganarse una licenciatura y, posteriormente, grados superiores.

No son lo que se requeriría las Escuelas de Ciencias Políticas. Los “politólogos” egresados de tales escuelas están preparados para el estudio y la enseñanza sobre los procesos políticos, no para hacer Política. Tampoco son la solución los postgrados en políticas públicas, encaminados a preparar para el rol de analistas—policy analysis—al estilo de instituciones tales como la Escuela Kennedy de Gobierno (Harvard) o el doctorado en Policy Analysis de la Corporación RAND, puesto que, de nuevo, sus egresados están en capacidad de servir como auxiliares científicos a la toma de decisiones públicas, y no como decisores ellos mismos. (Típicamente, el análisis de políticas se conduce en institutos especializados que en inglés son designados con el nombre de think tanks).

3. Tradicionalmente—y sobre todo en Venezuela—el político profesional es un autodidacta, proveniente en mayoría del campo jurídico, aunque ocasionalmente de otras profesiones—Belaúnde Terry, arquitecto; Lusinchi, médico; Chávez, militar. Esas formaciones inciden de modo muy colateral sobre la profesión política propiamente dicha, y se da preferencia a destrezas o técnicas más relacionadas con el proceso de obtención de poder.

Así, la oratoria es una práctica apetecida por nuestros políticos, como lo es también el conocimiento de la técnica propagandística y demás instrumentos de análisis y manejo de la opinión pública. Una comprensión suficiente de los procesos de negociación y resolución de conflictos resulta útil al modelo prevaleciente de política de poder y conciliación de intereses.

Este modelo prescribe, en consecuencia, que la legitimación de un actor político se da en función de su éxito como “combatiente” o “luchador”, en la medida de su éxito en el descrédito de un adversario, y muy poco en términos programáticos relacionados con la solución de problemas públicos. Por otra parte, las organizaciones que típicamente alojan a quienes compiten por el poder se parecen muy poco a las instituciones del poder público, por lo que el adiestramiento en la creación y mantenimiento de alianzas dista mucho de ser útil a la hora de dirigir un aparato público organizado de manera muy distinta. La coordinación de una marcha de protesta es asunto muy diferente a la toma de decisiones en gabinete, o a la formulación de una política exterior, por ejemplo.

4. No se trata de postular que el know how en artes como las mencionadas sea totalmente impertinente al ejercicio político. A fin de cuentas, la emulación y la competencia son conductas connaturales a las personas. En este caso, sin embargo, es posible concebir una disciplina del combate, un encauzamiento del mismo con privilegio de una legitimación programática. (“No se trata de eliminar el “combate político”, sino de forzar al sistema para que transcurra por el cauce de un combate programático como el descrito. Valorizar menos la descalificación del adversario en términos de maldad política y más la descalificación por insuficiencia de los tratamientos que proponga… Este desiderátum, expresado recurrentemente como necesidad, es concebido con frecuencia como imposible. Se argumenta que la realidad de las pasiones humanas no permite tan ‘romántico’ ideal. Es bueno percatarse a este respecto que del Renacimiento a esta parte la comunidad científica despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes las pasiones humanas, aun las más bajas y egoístas. El relato que hace James Watson—ganador del premio Nobel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick—en su libro “La Doble Hélice” (1968) es una descarnada exposición a este respecto… Pero si se requiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de la lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación transformadora con la introducción de las reglas del Marqués de Queensberry. Así se transformó de un deporte «salvaje» en uno más «civilizado», en el que no toda clase de ataque está permitida… En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de electores la que termine exigiendo una nueva conducta de los “luchadores” políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevado costo social”. Carta de Política Venezolana, Nº 51, 28 de agosto de 2003).

Por otra parte, una buena proporción del trabajo político tiene que ver con negociación y manejo de conflictos, así como es de mucha utilidad estar familiarizado con los principales protocolos y técnicas del análisis de políticas—diseño de escenarios, análisis de sensibilidad, etc. No es esto suficiente, sin embargo, y Tocqueville hizo un preciso apunte a este respecto, cuando comentaba cómo los políticos de Luis XVI fueron incapaces de prever la Revolución Francesa: “…es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, Intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario”. (Alexis de Tocqueville: El Antiguo Régimen y la Revolución, citado en Carta de Política Venezolana, Nº 50, 21 de agosto de 2003).

Tal vez sea aun más fundamental la ignorancia o más bien desactualización epistémica de la inmensa mayoría de los políticos. (“A través del análisis de las fracturas que se producen en los contenidos de ciertos campos del conocimiento cuando se pasa de una época a otra, Fou­cault propone la noción de “episteme”, para referirse al núcleo de nociones básicas y centrales de una determinada época… Foucault analiza en detalle el campo de la biología, el de la economía y el de la lingüís­tica. Así llega a encontrar cómo hay una radical diferencia conceptual, una verdadera fisura de separación, entre la biología moderna y la clásica, la que ni siquiera se pensaba a sí misma como biología sino como “historia natural”. Igual discontinuidad se observa entre la economía y la ciencia que la precedió, la “teoría de las riquezas”, y entre la lingüística y la “gramática” que fue su antecesora. En cambio, logra demostrar la comunidad de imágenes e ideas que se da entre la historia natural, la gramática y la teo­ría de las riquezas, del mismo modo como en­cuentra nociones comunes a la economía, la lingüística y la biología posteriores”. De “Un tratamiento al problema de la calidad de la educación superior no vocacional en Venezuela”, diciembre de 1990). Nuestros políticos, como prácticamente todos los hombres, comprenden al mundo y a la sociedad desde una episteme, un conjunto de paradigmas que en el mejor de los casos corresponden a nociones prestadas de la física clásica. Así lo revelan expresiones tales como “fuerzas políticas”, “vectores políticos”, “espacios políticos”. (“¿Hay espacio para una nueva fuerza política?”)

Y resulta que en los últimos cuarenta años la ciencia ha podido arribar a un conocimiento altamente pertinente al caso de la Política: se trata de la comprensión de los sistemas complejos con las teorías de la complejidad, de los fenómenos caóticos, del comportamiento de enjambres, etc. Un político profesional que ignore estas nuevas estructuras para la interpretación de los sistemas complejos será incapaz de comprender las sociedades contemporáneas y por tanto de prescribir tratamientos a sus problemas.

5. El pénsum, en consecuencia, de una Escuela de Política, deberá componerse de un conjunto de materias que correspondan a la complejidad del campo profesional de ese oficio y la responsabilidad implicada en ejercerlo. Los siguientes pueden ser, entre otros, los bloques que lo compongan.

  1. Bloque epistémico:
    1. Teoría de la complejidad y el caos: sistemas dinámicos complejos (no lineales); autoorganización; propiedades emergentes; comportamiento caótico; manejo y control del caos
    2. Teoría de enjambres
    3. Episteme general a comienzos del siglo XXI: nociones elementales de cosmología, física de partículas e incertidumbre, teoremas de Gödel, hipótesis de Sapir-Whorf, interpretación de McLuhan, etc.
  2. Bloque de Política General:
    1. Elementos de Política General: noción de “sociedad normal” y de “normalización de sociedades”.
    2. Psicología Social
    3. Sociología General
  3. Bloque de Política Especial:
    1. Política Económica, con énfasis en macroeconomía y finanzas públicas.
    2. Política Internacional: Derecho Público Internacional, Instituciones Internacionales.
    3. Política de Defensa: nociones de geopolítica y doctrinas modernas de defensa.
  4. Bloque de Política Analítica
    1. Nociones de análisis de políticas.
    2. Futurología.
  5. Bloque Instrumental:
    1. Técnicas de oratoria.
    2. Negociación y resolución de conflictos.
    3. Toma de decisiones.
    4. Campañas electorales.
    5. Castellano.
    6. Inglés.
    7. Otro idioma moderno.
    8. Manejo práctico de computadores.
  6. Bloque de Gestión Pública
    1. Nociones generales de gerencia
    2. El problema especial de la gerencia y la administración pública
    3. Tecnologías de manejo de información y gestión pública
  7. Bloque de Derecho
    1. Introducción al Derecho y Filosofía del Derecho
    2. Nociones de Derecho Público
    3. Nociones de Derecho Privado
    4. Nociones de Derecho Constitucional
    5. Nociones de Derecho Administrativo
  8. Bloque de Procesos Contemporáneos
    1. Fenómenos de globalización e informatización
    2. Tendencias hacia instituciones de gobierno mundial
  9. Bloque de Ética
    1. Nociones de Ética General.
    2. Un código deontológico para el ejercicio de la Política.
  10. Bloque de Historia
    1. Historia del Siglo XX
    2. Historia de las ideas y las instituciones políticas.

Una buena dotación de materias electivas—políticas especiales como la educativa, la sanitaria, la comunicacional, etc.—junto con talleres, seminarios y un régimen de pasantías, complementará la redondez necesaria a la carrera.

No pasaría mucho tiempo, por otra parte, sin que debiera responderse a ulteriores necesidades de postgrado.

6. Será preciso el desarrollo de un proyecto más completo y detallado, así como armar la estrategia necesaria a la obtención de las autorizaciones que deberá proveer el Consejo Nacional de Universidades para la creación de esta novísima y fundamental carrera.

Es pronosticable que la demanda de cupo será muy nutrida, en una sociedad que, como la venezolana, se encuentra inmersa en graves problemas de índole política, necesitados de solución.

Por último, la innovación implicada en la fundación de una Escuela de Política, única en su clase en el mundo, conllevará un inusitado interés internacional en torno a su existencia y evolución.

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LEA

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La formación del comunicador

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Conferencia Inaugural en El Comunicador Necesario, Coloquio Conmemorativo del XXXV Aniversario de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia.

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LA FORMACIÓN DEL COMUNICADOR – ¿GENERALISTA O ESPECIALISTA?

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Desde que escuché en la voz noble de Ana Irene Méndez la idea de este coloquio que celebra los 35 años de la Facultad de Humanidades y Educación, pensé que el tema y el concepto del mismo eran la expresión de una decisión producto de cerebros inteligentes. Aquellos indican que esta Facultad, que sin la comunicación no sería una institución universitaria, quiere repensar qué comunicación necesitamos y cuál es, en consecuencia, el comunicador necesario. Que me hayan invitado, además, a disertar de primero sobre un tema que me es tan placentero, la dialéctica de lo general y lo especial, sugiere una mágica conexión: con esta tierra, con esta gente. Es un grandísimo honor para mí, un motivo de íntimo orgullo, abrir este interesantísimo coloquio de la Facultad de Humanidades y Educación. Y como eran Ana Irene y Nerio quienes me invitaban, la excitación del ego se moderaba con la suave sensación de la amistad. Fue un gesto valeroso y conmovedor de Ana Irene, que jamás olvidaré, el que fuese a buscarme a mi casa, pocos días después de que yo cesase en mis responsabilidades de Editor Ejecutivo en el Diario Metropolitano La Columna (por discrepancias con algunos eclesiásticos y un banquero), para invitarme a que hablase a sus alumnos de la Escuela de Comunicación Social, cosa que hice semanas después durante un rato cuya longitud sorprendió a los alumnos, a Ana Irene y a mí.

Es pues el caso de una relación amorosa entre esta Universidad y yo, a la que he venido a conversar, con ésta, seis veces al menos en los últimos cinco años. Yo debiera programar ya mi peregrinación anual a esta Meca lacustre, aunque pensándolo bien, sería estupendo para mí que la frecuencia fuese mucho mayor. La vez anterior ha sido una precursora directa de este coloquio, pues se dio en ocasión de que el Vicerrectorado Académico de la Universidad del Zulia quisiera discutir sobre la reforma de pénsum en esta casa de luz.

Yo he estado, entonces, involucrado en esta tierra en cosas de la comunicación, y he participado en ella en cosas de la educación. Es una fortuna poder estar metido en ambas, en este coloquio, al mismo tiempo.

Las dicotomías son generalmente sospechosas, pues generalmente nada que exista es ejemplo de uno solo de los polos de una dicotomía. Centralización y descentralización, como explicaba Stafford Beer, coexisten en todo organismo biológico viable.

El bien y el mal usualmente cohabitan el alma de la gente, y es difícil encontrar los tipos puros o ideales. A pesar de eso, las dicotomías son útiles modos de discutir sobre la realidad y, en el caso de una orientación generalista o especializante en los procesos formativos y profesionales, esta distinción corresponde a una verdadera disyuntiva.

Desde que García Márquez comenzó una historia por su desenlace en “Crónica de una muerte anunciada”, nos hemos acostumbrado a este orden inverso de las presentaciones argumentales. Comenzaré, pues, por declarar muy temprano mi preferencia personal por uno de los dos términos de la dialéctica generalista-especialista. Permítanme hacerlo a través de la relación de un cierto hallazgo pedagógico.

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Era el año de 1975 cuando un pequeño grupo de investigadores operaba un experimento educativo, auspiciado por la Fundación Neumann, cuyo propósito ostensible era el de encontrar modos de convertir un mal aprendedor en un buen aprendedor, siguiendo la distinción de Postman y Weintgartner en La enseñanza como una actividad subversiva.

Una de las varias hipótesis del proyecto de investigación, portador del nombre código de “Proyecto Lambda”, era el de que el orden y método general de aproximación a la enseñanza de las distintas disciplinas, tenía mucho que ver con el deplorable rendimiento promedio de los alumnos en casi cualquier universidad venezolana. Es así como uno de los miembros del equipo, profesor de Química en dos universidades caraqueñas, acometió la conducción de un curso en Termodinámica guiado por un esquema secuencial distinto del habitual que, como sabemos, consiste en empezar el primer día por el primer tema de un programa para tratarlo durante varias semanas, para pasar luego al segundo tema por varias semanas más, y así sucesivamente.

En cambio, el Dr. Juan Forster optó por exponer a sus alumnos, en menos de una semana, una visión general del campo de la Termodinámica. Esta disciplina, como toda ciencia, consiste en verdad en una media docena de conceptos clave: energía, calor, entropía, etc. Cada uno de estos conceptos genera un amplio capítulo que se despliega luego con el detalle de los especialistas. Lo que hizo el Dr. Forster, como lo había hecho yo un año antes con alumnos de la Escuela de Educación de la Universidad Central de Venezuela, fue mostrar a sus alumnos una temprana visión desde la cima, lo que permitió a éstos percibir la arquitectura del campo y entender las relaciones generales entre los conceptos fundamentales del territorio termodinámico. A continuación, readoptó el método convencional de la explicación detallada secuencial.

El hallazgo fue el siguiente: los alumnos sujetos a esta experiencia no sólo mostraron un rendimiento superior en sus calificaciones académicas en comparación con los alumnos de un curso tradicional de Termodinámica, sino que aventajaron considerablemente a estos últimos en materia de tiempo. Cuando el curso llegaba al mes de abril de 1976, sus alumnos del curso piloto llevaban una ventaja de casi dos meses sobre los alumnos del curso regular, y al mes siguiente habían concluido el programa, lo que les dio tiempo suficiente para repasar con holgura lo ya visto.

Es decir, la percepción global del campo estudiado desde el mismo inicio de la experiencia, aumentó considerablemente la eficiencia pedagógica.

Esta experiencia, junto con sesgos personales que admito, me hacen un decidido partidario de los generalistas, sin que por eso desconozca que los especialistas son necesarios y tienen un grande e indudable valor. Si yo hubiera completado la carrera de Medicina que llevé hasta la mitad, habría escogido ser un médico internista general, y seguramente opté al final por la Sociología en razón de la generalidad de este campo. Así que admito un marcado sesgo personal a favor de una formación de orientación general. Que este enfoque no es sostenible para muchos casos de carreras y profesiones, es definitivamente obvio. Pero que para el caso de la enseñanza de la Comunicación Social la estrategia adecuada es la que enfatiza la formación general, es la tesis que intentaré sustentar en lo que sigue.

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Preguntarse hoy por el comunicador necesario, en este Coloquio de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia, no debe ser un ejercicio insensible a la historia, intemporal, sin referencia o intención respecto de la época actual y de la que ya se avizora en el futuro con bastante claridad. Pienso en cambio que queremos inquirir por el comunicador necesario en esta bisagra de edades que viene siendo el fin de milenio que nos aloja. Por eso tiene pertinencia que establezcamos los rasgos sobresalientes de esta transición histórica, a fin de pensar acertadamente sobre la formación del comunicador necesario.

En el espacio del que dispongo destacaré solamente dos de los múltiples rasgos de la época actual, de este cierre y esta apertura de siglo y de milenio, que en particular me parecen pertinentes al dilema que se me ha encomendado comentar.

El primero de estos rasgos tiene una relación muy directa y esencial con los objetivos de una escuela de Comunicación Social, y es que estamos asistiendo a una brusca expansión del tejido nervioso societal, que no es otro que el tejido comunicacional: satélites, computadoras, módems y telefacsímiles, sensores remotos, fibras ópticas, telefonía celular, medios de almacenamiento compactos y compresión de la información.

Así como la embriología comparada muestra cómo es que el desarrollo de un sistema nervioso progresivamente cefalizado es el signo del crecimiento y humanización de la conciencia, así el desarrollo de la esfera comunicacional, a escalas inéditas de planetización, introduce toda una mutación histórica cualitativa y cuantitativamente insólita, por lo que no sé qué mosca ha llevado a Fukuyama a declarar el fin de la historia. Ahora es cuando la historia verdaderamente comienza.

Por un lado, pues, este desarrollo de las redes de comunicación a escalas imprevistas—salvo para algunos observadores privilegiados como Pierre Teilhard de Chardin—determina una situación radicalmente nueva y exige la presencia de un comunicador que se entienda a sí mismo como miembro de una función planetaria.

Permítanme confiar a Uds. lo que creo fue la variable crucial en el éxito del Diario Metropolitano La Columna entre septiembre de 1989 y abril de 1990, lapso que especifico y acoto porque entiendo que muchas cosas cambiaron en ese periódico a partir de esa última fecha.

De todos los posibles aciertos que el equipo de proyecto tuvo, seguramente fueron las hipótesis acerca del lector de Maracaibo lo que determinó el logro alcanzado. Eran dos las hipótesis: la primera establecía que el lector de Maracaibo es un lector inteligente, que prefiere que se le eleve y no que se le chabacanice. Pero la segunda era aún más importante: y esta fue la hipótesis que nos guió a dirigirnos a ese lector en tanto ciudadano del mundo. Ya no pensar en el lector maracaibero como el eterno sojuzgado del centralismo caraqueño, sino como ciudadano del mundo, parte integral de la conciencia del mundo, responsable por el planeta entero.

En cuanto el lector de Maracaibo entrevió esa verdad, en cuanto supo que su casa era el planeta, desbordó su lealtad en favor de un periódico que lo entendía de ese modo. Eso ya es historia: entre septiembre de 1989 y febrero de 1990, La Columna pasó de una circulación de cero a una de 49.700 ejemplares diarios de circulación pagada y dos meses más tarde se hacía acreedor al Premio Nacional de Periodismo.

El ámbito planetario, pues, hoy en día una realidad tan pronta e inmediata como el localismo más extremo, exige un comunicador de visión y vocación universales.

…………………………..

Pero junto con este rasgo crucial de la época, observamos otro igualmente marcador. La época que nos toca habitar es singularmente difícil porque en ella se produce la crisis de tantos paradigmas que es propio hablar de toda una metamorfosis de la episteme general.

Obviamente, empleamos el término paradigma en el sentido que le dio Thomas Kuhn en “La estructura de las revoluciones científicas”, y el concepto de episteme según la noción desarrollada por Michel Foucault en “Las palabras y las cosas”.

El siglo XX se inicia, en términos epistémicos, con una ruptura paradigmática en el propio año de 1900, cuando Max Planck introduce el concepto de discontinuidad de la energía calórica. A partir de allí, Einstein generaliza en 1905 la noción de quanta a todas las manifestaciones de la energía e introduce el modelo de la relatividad, que en 1916 incluye ya una teoría de lo gravitatorio que sustituye sin destruirlo al esquema newtoniano; en 1921 Ludwig Wittgenstein busca establecer los límites del pensamiento mismo; en 1927 Werner Heisenberg postula su principio de indeterminación; en 1931 Kurt Gödel anuncia a los matemáticos que más allá de cierto punto de riqueza semántica un sistema matemático será forzosamente inconsistente.

Esta revolución en la física continúa vigente, como siguen en despliegue asombroso los nuevos ríos epistémicos de la biología: la genética como ingeniería, la ecología.

Y lo mismo ocurre en las ciencias de la acción humana, como la política, y más allá de cada una de estas disciplinas la ciencia de lo complejo, de lo caótico, produce verdaderas rupturas y reacomodos de la episteme: el contenido total de lo pensable por esta época.

Es así como estamos asistiendo, Sr. Fukuyama, a una nueva época, a una nueva edad de la historia. Cuando aprendíamos historia universal en la escuela primaria nos enseñaban a dividirla en dos eras, la prehistórica y la histórica, y a dividir a la vez a ésta en cuatro edades: Antigua, Media, Moderna, Contemporánea. Pues bien, es tiempo de que tomemos conciencia de que estamos, no ya cerrando un siglo, no ya cerrando un milenio y abriendo otro, sino en el mismo comienzo de una nueva edad de la historia, la que me atreveré, en este auditorio de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia, a bautizar con un nombre: la Edad Compleja.

Ante esta vastísima e intrincada metamorfosis no hay mejor o más inteligente estrategia que la búsqueda de una formación general más rica y avanzada, más modernamente orientada, que la que obtiene el venezolano que cursa los estudios de bachillerato. Intentar dominar esa transformación desde una profesionalización excesivamente temprana, a partir de la base clásica que determinan los actuales programas de educación secundaria en Venezuela, es una tarea imposible.

Nuestro bachiller, nuestro mejor bachiller, es una cabeza clásica, formada en la física de Newton, detenida en el tiempo histórico del siglo XIX. El énfasis es puesto en lo canónico, en lo clásico, en el pensamiento antiguo. Se privilegia a Platón, a Hobbes, a Dalton, a Darwin, mientras se regatea la noticia sobre Einstein, Gell-Mann, Mandelbrot o Prygogine.

Es preciso impartir instrucción sobre el trabajo de los más recientes pensadores, y si en algún caso esto es más necesario es en el caso de la formación del comunicador social. Naturalmente, el adiestramiento en las más modernas herramientas de la comunicación es tarea imprescindible. No es correcto graduar comunicadores de la prehistoria informática. Pero tal vez sea más esencial, junto con la enseñanza del análisis textual y la redacción y la edición, junto con la información sobre los medios—que ahora se confunden y solapan en el concepto de multimedia—programar una educación intensa y general del estudiante en el borde mismo de la episteme actual.

Esta es una misión que debiera cumplir el sistema de educación superior, no una escuela de Comunicación Social. Pero nuestras universidades están estructuradas de forma tal que lo que enseñan—en la mayoría de los casos—es una profesión que ha dejado atrás, a la responsabilidad de la educación media, esa formación general.

Tal vez entonces, una escuela como la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Zulia pueda acometer un reacomodo de su pénsum de estudios que sirva de modelo al resto de la Universidad, tomando sobre sí una responsabilidad que, en principio, no corresponde a una escuela de profesionalización. En ese caso, las estrategias de compresión y aceleración de la formación general serían muy útiles. Un diseño mínimo comprendería una cátedra de estudios generales a lo largo de la carrera, junto con un programa de formación de profesores de la Escuela con una óptica generalista, que en todo caso siempre sería necesario. Mi recomendación precisa se restringiría, entonces, a la incepción de este programa de actualización o formación de profesores. Con unos profesores actualizados en la episteme de este fin de siglo sería más productivo un debate interno acerca de la reforma del pénsum de Comunicación Social, así como fluiría más naturalmente, insertado en cada instancia particular, en cada materia y actividad de la carrera, el “bachillerato superior” que nos está haciendo falta.

Que esto es posible dentro de la Escuela de Comunicación Social, dentro de esta Facultad de Humanidades y Educación que ha arribado a su trigésimo quinto aniversario, es acto de fe que ofrezco junto con mi entera disposición a contribuir a su conversión en realidad.

LEA

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