Suite francesa compuesta por una ucraniana

Tomado del Blog del Club de Lectura Las Hormigas

La efímera paz de Irène Némirovsky y Michel Epstein

 

Una de dos: o supimos del vocablo suite en contexto hotelero—una habitación de tres piezas: sala de estar, recámara y baño—o lo escuchamos por primera vez junto con la música de la Suite del Cascanueces. En este caso, es un conjunto de piezas musicales que han sido extractadas de una obra mayor, a modo de sinopsis o muestrario. Pero antes se llamaba suite a un grupo de danzas; la suite clásica estaba formada por cuatro con nombres franceses: allemande, courante, sarabande y gigue, pues en ese orden fueron establecidas en Francia en el siglo XVII, y el nombre mismo—suytte—fue empleado por vez primera en ese país a fines del XVI. Decir, por tanto, Suite francesa es algo redundante, pues son franceses los inventores de esa forma musical. Luego aumentaría el número de partes, especialmente en las benignas manos alemanas de Juan Sebastián Bach.

La Suite francesa de Irène Némirovski se llama así porque estaba planeada como una suite musical. Irène hizo una lista de los títulos que pensaba escribir: 1. Tempestad, 2. Dolce, 3. Cautividad, 4. ¿Batallas?, 5. ¿La paz? Nunca pudo escribir los tres últimos libros, aunque dejó notas y el planteamiento de ellos en su manuscrito.

Esta suite inconclusa fue el libro que leímos las Hormigas, mi club de lectura, en septiembre [de 2011]. Lo más impresionante es la historia real tras la novela: la que la autora escribe, en vivo y directo, en letra minúscula en un cuaderno, lo suficientemente pequeño como para llevarlo siempre con ella, mientras su mundo conocido se desplomaba. Dejó en él su testimonio de los horrores de la guerra, de la huida enloquecida de los parisinos ante la amenaza de la destrucción de París por los alemanes. Tuvo esta escritora presencia de ánimo como para observar los pequeños eventos cotidianos, la atracción siempre latente entre los sexos, la envidia, la fatuidad, la cobardía, la honradez y la crueldad; en resumen, todas las características buenas y malas del ser humano, ampliadas por el miedo, el hambre y la incertidumbre. Las comparaba con la absurda continuidad de la naturaleza, con su indetenible y hermoso cambio de estaciones, con su belleza, impertérrita ante el desastre provocado por los seres pensantes.

Es sorprendente que, siendo Irène judía de nacimiento y conocida por la crítica constante que hacía a las costumbres de sus iguales, ninguno de los personajes de su historia es judío. Puede ser que temiera que su manuscrito cayera en malignas manos alemanas para servirles de confesión involuntaria.

Es intrigante que en ningún momento relate la historia política de la guerra, la que muchos narrarían después de ella. La usa, sin describirla, no más que en trazos, como telón de fondo para pintar la belleza y la mezquindad de la historia humana.

Como cuenta la nieta de la autora, este manuscrito no pudo ser terminado. Las dos secciones que podemos leer tal vez hubiesen sido pulidas, mejoradas por la autora, de no habérsele presentado la muerte a manos de aquellos alemanes que ella describió con benevolencia. La primera, Tempestad, es el relato del loco éxodo de los franceses ante la amenaza de la destrucción de París por las bombas y la inminente ocupación germana de la ciudad luz. La autora, al final, pone de manifiesto la ironía de aquel esfuerzo, pues París no fue tocada y, cuando volvieron, los habitantes encontraron la ciudad intacta. La novela es una crítica aguda de las costumbres burguesas de los franceses de esa época. Se puede encontrar en ella similitudes con nuestro particular presente histórico: con los que emigran por miedo, con los que no se percatan del peligro real, con los que son indiferentes ante los acontecimientos.

La segunda parte, Dolce, cuenta la historia de un pueblo francés ocupado por los invasores, las relaciones humanas plagadas del temor por el enemigo, de la incertidumbre ante la vida o la muerte del pueblo ocupado, de la incontenible atracción sexual entre los jóvenes que logra vencer el odio y sobreponerse a la guerra. Describe a los alemanes, menos como enemigos que como hombres, con asombrosa objetividad, como terminaron viéndolos las francesas jóvenes luego de una convivencia de años; a fin de cuentas, los hombres jóvenes franceses estaban fuera de su alcance, en el frente de batalla.

A pesar de los trágicos acontecimientos del momento, Suite francesa puede ser considerada una novela liviana, por sus descripciones exhaustivas del paisaje, por el fino sentido del humor con que narra y da cuenta de los acontecimientos más sencillos de la vida cotidiana de aquellas personas. María Isabel Ruán, nuestra hormiga psicóloga, encontró una explicación lógica ante esta aparente inconciencia o evasión de la realidad. Ella dice que la autora—quien escribía la novela mientras se desarrollaban los acontecimientos—tal vez encontraba en la escritura de la novela el escape necesario para no volverse loca con el horror y el miedo que estaba viviendo. Para Irène Némirovski, judía de nacimiento y convertida al catolicismo por temor, escribir era terapéutico y le permitía sobrellevar el desquiciante paralelismo entre la cotidianeidad y la guerra. Convirtió su oficio en una catarsis.

El texto es inteligente, sus descripciones son detalladas y hermosas, retratan perfectamente la capacidad de abstracción de la autora ante aquel desastre. El discreto humor subyacente, el fiel retrato de las emociones humanas, sus precisas descripciones de la naturaleza nos dejaron entrever la fina sensibilidad de esta escritora joven, víctima de la Segunda Guerra Mundial, antes que la alcanzaran la tortura y la muerte enferma de tifus, en Auschwitz.

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Irène Némirovsky nació en Kiev en 1903 y murió en 1942. De su matrimonio con Michel Epstein tuvo dos hijas. Fue detenida el 13 de septiembre de 1942. Cuando la llevaban, dijo a sus hijas: “Ahora salgo de viaje”.

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En 2015, la segunda parte de la novela de Némirovsky fue la base de una película con guión y dirección de Saul Dibb, Suite Française. He aquí, de la música compuesta por Rael Jones para el filme, el Tema de Bruno:

 

Nacha Sucre

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Artículo sobre la novelista ucraniana en Wikipedia en Español.

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¿Qué hay de nuevo?

 

¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y no hay nada nuevo bajo el sol.

Eclesiastés Capítulo 1, versículo 9

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El siguiente video apareció en YouTube siete meses antes del conflicto ruso-ucraniano que mantiene al mundo en vilo. (Dedique 14 minutos a verlo antes de seguir leyendo; le garantizo que se sorprenderá y aprenderá, como el suscrito. Como siempre, puede verlo a pantalla completa presionando el cuadrado de la esquina inferior derecha de la imagen).

 

 

Rusia siempre fue expansionista; en el Océano Pacífico se disputaba territorios asiáticos con Japón a comienzos del siglo XX. La derrota de una flota rusa por buques de guerra japoneses en 1905 constituyó mundialmente una sorpresa mayúscula. Doce años después, durante el penúltimo año de la Primera Guerra Mundial, se desplomaba el régimen zarista, sucedido por el comunista que entraría en «Guerra Fría» con «Occidente», reunido en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN, 1949), organización que sería enfrentada por los países del Pacto de Varsovia (1955), liderados por los rusos. (La cruenta Guerra de Corea no llegó a mayores. Rusia y China apoyaron a Corea del Norte mientras los Estados Unidos pelearon por Corea del Sur, a la que los EEUU y la Unión Soviética acordaron separar de la norteña a partir del famoso Paralelo 38).

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Ahora se opone la mayor parte de Occidente a la infame invasión de Ucrania por los rusos. ¿Cuál es la autoridad moral de los países occidentales, específicamente la de los Estados Unidos? Ya en el siglo XIX hubo un conflicto coreano-estadounidense,* y tan temprano como en 1853 los Estados Unidos hicieron llegar una flota de guerra a la Bahía de Tokío, al mando del Comodoro Perry, con el fin de «invitar» a los japoneses a abrirse al comercio de Occidente. La nación a la que Donald Trump incitaba a recuperar su «grandeza» (MAGA: Make America** Great Again) arrancó a México buena parte de su territorio con la guerra, invadió a Cuba (aún preserva Guantánamo), se hizo dueña de la «Zona del Canal» en Panamá, se apoderó de Hawai y las Islas Fiilpinas, compró a Rusia en 1867 el territorio de Alaska (que convirtió en su cuadragésimo noveno estado), y ha hecho de Puerto Rico un «Estado Libre Asociado». (Tales posesiones dejan de mencionar su constante intervención en favor de regímenes dictatoriales en nuestro continente).*** Esto sin tomar en cuenta a su «madre patria», Inglaterra, cuyo imperio «británico»—de Bretaña, región francesa—tomó la mayor parte de América del Norte, posesiones en la del Sur—Trinidad, Guayana Inglesa—buena parte de África, toda India (su virreinato), así como otros enclaves en Asia—Hong Kong, por ejemplo—y prácticamente todo el continente de Oceanía.

Pero no cejemos, ciudadanos del planeta. Para esto deberemos mandar, como corresponde a los pueblos más que a los gobernantes. Autoridad moral tenemos:

Quizás la causa de nuestro pesimismo contemporáneo es nuestra tendencia a ver la historia como una turbulenta corriente de conflictos—entre individuos en la vida económica, entre grupos en política, entre credos en la religión, entre estados en la guerra. Éste es el lado más dramático de la historia, que captura el ojo del historiador y el interés del lector. Pero si nos alejamos de ese Mississippi de lucha, caliente de odio y oscurecido con sangre, para ver hacia las riberas de la corriente, encontramos escenas más tranquilas pero más inspiradoras: mujeres que crían niños, hombres que construyen hogares, campesinos que extraen alimento del suelo, artesanos que hacen las comodidades de la vida, estadistas que a veces organizan la paz en lugar de la guerra, maestros que forman ciudadanos de salvajes, músicos que doman nuestros corazones con armonía y ritmo, científicos que acumulan conocimiento pacientemente, filósofos que buscan asir la verdad, santos que sugieren la sabiduría del amor. La historia ha sido demasiado frecuentemente una imagen de la sangrienta corriente. La historia de la civilización es un registro de lo que ha ocurrido en las riberas. (Will Durant, en Los placeres de la Filosofía).

Consideremos esto otro:

Es necesario un pacto federal que transfiera a una autoridad central planetaria ciertas atribuciones. ¿Cuáles serían? ¿Quiénes serían las autoridades de ese Estado global? ¿Cómo se les elegiría? Debe haber una legislatura planetaria, tal vez construible sobre una reforma de la Asamblea de las Naciones Unidas, pero probablemente haya que sustituir el Consejo de Seguridad por un Senado Planetario, compuesto por miembros elegidos por los bloques de la “geotectónica política”. Hay ya grandes bloques en el planeta bajo autoridad única: EEUU, Rusia, China, India, Europa, Australia. Hay protobloques en América del Sur y África, así como subbloques en Centroamérica. Hay entidades que tienen más bien base religiosa, como el Islam, que agrupa a más de 1.200 millones de almas. ¿Cómo sería y cómo pudiera establecerse un gobierno mundial viable y beneficioso? ¿Cómo se pagará?

En la base de todo tendría que estar la conciencia apuntada al principio: la de que en verdad somos, por encima de cualquier otra cosa, ciudadanos del planeta; la de que es una nueva soberanía planetaria, emanada del único pueblo del mundo, lo que dará base a un gobierno del mundo. (Ciudadanía mundial, 8 de mayo de 2008).

Por supuesto que hay mucho de nuevo bajo el sol. Las armas actuales, que los políticos y militares han desarrollado, no podían soñarse siquiera en la época de Boris Godunov (1598-1605). Pero los ciudadanos del planeta también tenemos recursos nuevos**** para la paz. LEA

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* La expedición estadounidense a Corea, la Shinmiyangyo (para los coreanos) o simplemente la Korean Expedition (para los estadounidenses) en 1871, fue la primera acción militar de Estados Unidos en Corea. Esta tuvo lugar sobre todo alrededor de la isla Ganghwa. La razón para la presencia de una fuerza naval estadounidense en Corea era dar apoyo a una delegación diplomática enviada para establecer relaciones comerciales y políticas con la nación coreana, además de investigarse el destino del navío mercante General Sherman y establecer un tratado que asegurase la asistencia mutua en caso de naufragio. Cuando las baterías coreanas del río Selee atacaron a los dos buques de guerra estadounidenses el 1 de junio de 1871 se le exigió a Corea una disculpa oficial. Al no recibirla, los estadounidenses decidieron mandar una expedición de castigo que alcanzó Corea 10 días después. La respuesta aislacionista de la Dinastía Joseon y la obstinación de los estadounidenses en malentender el conflicto convirtió una expedición diplomática pacífica en un conflicto armado. El 10 de junio, aproximadamente 650 estadounidenses desembarcaron y capturaron varios fuertes, matando a más de 200 soldados coreanos con sólo 3 bajas. Corea continuó rechazando negociar con Estados Unidos hasta 1882. (Expedición de Estados Unidos a Corea).

** El solo hecho de la costumbre estadounidense de hacerse llamar «América» es una apropiación indebida. Nuestro continente americano se extiende desde Canadá hasta la Patagonia, y deriva su nombre de Américo Vespucio, el navegante italiano (latino), que lo navegó de norte a sur.

*** La Operación Cóndor o Plan Cóndor es el nombre con que se conoce al plan de coordinación de acciones y mutuo apoyo entre las cúpulas de los regímenes dictatoriales del Cono Sur de América del Sur—Chile, Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, Bolivia y esporádicamente, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela,—con participación de los Estados Unidos, siendo Henry Kissinger señalado como su ideólogo. Fue llevado a cabo entre las décadas de 1970 y 1980, con el fin de instalar en la región un plan económico neoliberal, con el desmantelamiento de los Estados como articuladores de la vida pública y el desarrollo económico, más un fuerte endeudamiento externo. Esta coordinación implicó, oficial y directamente, el seguimiento, vigilancia, detención, interrogatorios con tortura, traslados entre países, y desaparición o asesinato de personas consideradas por dichos regímenes como «subversivas del orden instaurado, o contrarias a su política o ideología». El Plan Cóndor se constituyó en una organización clandestina internacional para la estrategia del terrorismo de Estado que instrumentó el asesinato y desaparición de decenas de miles de opositores a las mencionadas dictaduras, la mayoría de ellos pertenecientes a movimientos de la izquierda política. Los llamados «Archivos del Terror» hallados en Paraguay en 1992 dan la cifra de 50.000 personas asesinadas, 30.000 «desaparecidas» y 400.000 encarceladas. (Plan Cóndor).

**** Yehezkel Dror transcribe otra enumeración de nuevos factores que toma del McKinsey Global Institute: la de tecnologías emergentes disruptivas. (…). Es decir, tecnologías que cambiarán la vida de los humanos en modo imprevisto, con efectos positivos y también perniciosos: 1. la Internet móvil; 2. la automatización del trabajo del conocimiento; 3. la Internet de las cosas; 4. la tecnología de nubes; 5. la robótica avanzada; 6. los vehículos autónomos y cuasi-autónomos; 7, la genómica de nueva generación; 8. el almacenamiento de energía; 9. la impresión 3D; 10. los nuevos materiales; 11. la exploración y recuperación avanzadas de petróleo y gas; 12. la energía renovable. A continuación añade: «Asimismo se menciona en el documento [de McKinsey], aunque no las discute en detalle, la fisión nuclear de próxima generación, la energía de fusión, la captura de carbono, la purificación avanzada del agua y la computación cuántica». (En Cuestión de época, 19 de junio de 2019).

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¿Preplagio?

Ahora es muy fácil buscar y transcribir

 

Antes he reconocido que aprecio a PRODAVINCI y sus publicaciones. Por ejemplo, he escrito: «Prodavinci, un sitio web que visito con frecuencia pues usualmente trae trabajos de calidad». (En La conspiración de los holgazanes, 1º de marzo de 2018). Por cierto, ayer anunció que el sitio había ganado el Premio Rey de España 2022 por la investigación «La promesa rota».

Hoy ha llamado mi atención un trabajo publicado allí y firmado por Ricardo Tavares Lourenço, que titulara «Se buscan* filósofos para la era cibernética». Al presentar su contenido, declara que se trata de la reseña de «un libro de reciente aparición y editado por la Fundación Centro Gumilla y la editorial ucabista abediciones (diciembre del 2021):  Pensar comunicaciones hoy. Tendencias y atributos». Así declara al inicio:

Los historiadores tradicionalmente han denominado a nuestra era como contemporánea, la cual abarca desde la Revolución francesa hasta nuestros días. Es hora de considerar que estamos ante otra era de la historia del hombre, que proponemos aquí denominar cibernética, puesto que desde la aparición de la computación, y con ella internet, nuestras relaciones humanas, la construcción y difusión del conocimiento, los conflictos bélicos, el entretenimiento, el comercio y la economía, las telecomunicaciones, la educación, los deportes, la infraestructura, la salud, el turismo, la diplomacia, los lenguajes, las artes, la exploración espacial, la política, la ecología, la religión, entre otros tantísimos campos, han cambiado radicalmente.

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Bueno, en mayo de 1994, hace casi veintiocho años, dije lo siguiente:

Cuando aprendíamos Historia Universal en la escuela primaria nos enseñaban a dividirla en dos eras, la Prehistórica y la Histórica, y a dividir a la vez a ésta en cuatro edades: Antigua, Media, Moderna, Contemporánea. Pues bien, es tiempo de que tomemos conciencia de que estamos, no ya cerrando un siglo, no ya cerrando un milenio y abriendo otro, sino en el mismo comienzo de una nueva edad de la historia, la que me atreveré, en este auditorio de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia, a bautizar con un nombre: la Edad Compleja.**

Este último párrafo pertenece a la disertación inaugural del coloquio El comunicador necesario, evento organizado en Maracaibo para conmemorar los primeros treinta y cinco años de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia. Se me había pedido que disertara sobre esta disyuntiva: La formación del comunicador – ¿Generalista o especialista?

También señalé:

En el espacio del que dispongo destacaré solamente dos de los múltiples rasgos de la época actual, de este cierre y esta apertura de siglo y de milenio, que en particular me parecen pertinentes al dilema que se me ha encomendado comentar.

El primero de estos rasgos tiene una relación muy directa y esencial con los objetivos de una escuela de Comunicación Social, y es que estamos asistiendo a una brusca expansión del tejido nervioso societal, que no es otro que el tejido comunicacional: satélites, computadoras, módems y telefacsímiles, sensores remotos, fibras ópticas, telefonía celular, medios de almacenamiento compactos y compresión de la información.

Así como la embriología comparada muestra cómo es que el desarrollo de un sistema nervioso progresivamente cefalizado es el signo del crecimiento y humanización de la conciencia, así el desarrollo de la esfera comunicacional, a escalas inéditas de planetización, introduce toda una mutación histórica cualitativa y cuantitativamente insólita, por lo que no sé qué mosca ha llevado a Fukuyama a declarar el fin de la historia. Ahora es cuando la historia verdaderamente comienza.

Por un lado, pues, este desarrollo de las redes de comunicación a escalas imprevistas—salvo para algunos observadores privilegiados como Pierre Teilhard de Chardin—determina una situación radicalmente nueva y exige la presencia de un comunicador que se entienda a sí mismo como miembro de una función planetaria.

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Al año siguiente de esa conferencia, redactaba y juraba públicamente—el 24 de septiembre de 1995 a través de los micrófonos de Unión Radio—el Codigo de Conducta que desde entonces y hasta el día de hoy ha regido mi comportamiento político. Su séptima estipulación reza:

7. Reconoceré según mi conocimiento y en todo momento la precedencia de aquellos que hayan interpretado antes que yo o hayan recomendado antes que yo aquello que yo ofrezca como interpretación o recomendación, y estaré agradecido a aquellos que me enseñen del arte de la Política y procuraré corresponderles del mismo modo. (Código de Ética, 24 de septiembre de 1995)

Esto es, no soy un plagiario, no gano indulgencias con escapulario ajeno. LEA

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* En castellano, el verbo concuerda en número (singular o plural) con el sujeto, no con los complementos de la oración. Así, es incorrecto decir o escribir «Se ponen inyecciones» o «Se hacen viajes y mudanzas»; debe usarse «Se pone inyecciones» y «Se hace viajes y mudanzas». A tales oraciones se las conoce como cuasirreflejas, oraciones impersonales (que carecen de sujeto) con apariencia de reflejas. Una oración refleja es una en la que la acción del sujeto recae sobre sí mismo; por ejemplo, «Yo me peino», «Ella se baña». (Las inyecciones no se ponen a sí mismas). En cambio, «Hubo manifestaciones» es una oración impersonal, cuyo sujeto no existe o no está especificado, como en «Llueve». Nadie es el sujeto de esta oración, y la regla es que en las oraciones impersonales el sujeto se presuma en singular: «Llueve a cántaros» o, más claramente, «Llueve sapos y culebras», no «Llueven sapos y culebras». Uno escribe «Él comió tres arepas», con el verbo en singular aunque su complemento esté en plural, y «Ellos comieron un mango cada uno», con el complemento directo en singular y el verbo en plural para concordar en número con el sujeto. (Crimen y Castilla, 30 de enero de 2020).

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** Esta afirmación de Tavares es incorrecta: «Los historiadores tradicionalmente han denominado a nuestra era como contemporánea». No es lo mismo era que edad. Todavía vivimos en la Era Histórica, puesto que la historia es registrada y preservada desde la invención de la escritura. Lo que llamamos «contemporánea» es una «edad de la historia», el período que comenzara con la Revolución Francesa en 1789. Y el inventario que enumera deja de reconocer procesos que no son «cibernéticos»:

Ya no vivimos la Revolución Industrial, cuando toda ideología se inventara; ahora vivimos la de la Internet, la telefonía móvil, las tabletas, las interacciones instantáneas, las enciclopedias democráticas, las apps. La de la biogenética, la cirugía mínimamente invasiva, la posibilidad de introducir al planeta especies vegetales o animales nuevas. La de una sonda espacial posada sobre un cometa, la comprobación experimental de la partícula de Dios o Bosón de Higgs, la fotografía cada vez más extensa y detallada de los componentes del cosmos, la materia oscura, la geometría fractal y las ciencias de la complejidad. La de la explosión de la diversidad cultural, la del referendo, del escrutinio inmisericorde de la privacidad de los políticos y el espionaje universal. La del hiperterrorismo, las agitaciones políticas a escala subcontinental, el cambio climático. Nada de esta incompleta enumeración cabe en una ideología, en la cabeza de Stuart Mill, Marx, Bernstein o León XIII. Cualquier ideología—la pretensión de que se conoce cuál debe ser la sociedad perfecta o preferible y quién tiene la culpa de que aún no lo sea—es un envoltorio conceptual enteramente incapaz de contener ese enorme despliegue de factores novísimos y revolucionarios. Ésta es una revolución de revoluciones. (El medio es el medio, 24 de abril de 2015).

Se considera la Edad Antigua como la primera edad de la Era Histórica:

La Edad Antigua o Antigüedad es un periodo tradicional, muy utilizado en la periodización de la historia humana, definido por el surgimiento y desarrollo de las primeras civilizaciones que tuvieron escritura, llamadas por ello «civilizaciones antiguas». Tradicionalmente ha sido el período inicial de la historia propiamente dicha, iniciada con la invención de la escritura, precedida de la prehistoria. Algunos esquemas periódicos consideran que existe una etapa denominada «protohistoria», entre la prehistoria y la Edad Antigua, definida por el surgimiento de las primeras civilizaciones sin escritura. (Wikipedia en Español).

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No he podido avisar a PRODAVINCI de esta entrada. (Twitter me informa que no se puede enviarle mensajes). Por supuesto, ni el sitio como tal ni el articulista estaban obligados a conocerme como precursosr.

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Definición de progreso

Paul Klee: Angelus Novus

A Nacha Sucre, con quien vi Red Trees para aprender la cita transcrita abajo.

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Una pintura de Klee llamada Angelus Novus muestra la mirada de un ángel como si se aprestara a alejarse de algo que contempla concentrado. Sus ojos miran fijamente, su boca está abierta, sus alas desplegadas. Es así como uno se representa el ángel de la historia. Su rostro está volteado en dirección del pasado. En lo que nosotros percibimos como una sucesión de eventos, él ve una sola catástrofe que persiste en apilar escombros arrojados a sus pies. El ángel quisiera quedarse, despertar a los muertos y recomponer lo que ha sido destrozado. Pero una tormenta sopla desde el Paraíso; ha sido atrapada por sus alas con tal violencia que el ángel ya no puede cerrarlas. La tormenta lo impulsa irresistiblemente hacia el futuro al que da la espalda, mientras la pila de escombros crece delante suyo hacia el cielo. Esta tormenta es lo que llamamos progreso.

Walter Benjamin (1892-1940) – Sobre el Concepto de Historia – Tesis sobre la Filosofía de la Historia (1940)

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Walter Benjamin murió el 26 de septiembre de 1940 en Portbou, (España), tras ingerir una dosis letal de morfina en un hotel del pequeño puerto fronterizo español. Tras haber salido de la localidad francesa de Port Vendres guiado por la activista antinazi Lisa Fittko, quien narró la experiencia en un capítulo dedicado a Benjamin de su Mi travesía de los Pirineos, y teniendo como acompañante a la señora Henny Gurland, futura esposa de Erich Fromm, y su hijo, Benjamin llegó a Portbou muy cansado, ya al atardecer el día 25. En el camino se les había unido un grupo de tres mujeres que intentaban también salir de Francia. En el puesto de policía de la estación fue interceptado por la policía española porque carecía de la visa requerida. Su amigo Theodor Adorno le había ayudado a obtener las visas de tránsito en España y de entrada en Estados Unidos, donde le esperaba, pero carecía del permiso francés de salida del país galo. Otros compañeros de viaje en sus mismas circunstancias, como la fotógrafa Henny Gurland y su hijo, Carina Birman y Sophie Lipmann, consiguieron finalmente pasar por España y llegar a Lisboa. Benjamin, antes que tener que volver a Francia y caer en manos de la Gestapo, decidió acabar con su vida en el Hotel Francia, al que el grupo fue acompañado por la policía.​ La restricción a las visas obtenidas en Marsella sin visado de salida, como la que Benjamin poseía, fue levantada por las autoridades españolas pocos días después. (Wikipedia en Español).

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«Como dijera una vez el rabino Zalman Schacter-Shalomi: ‘Hay más bien que mal en el mundo, pero no por mucho’. Inesperadamente, ‘no mucho’ es todo lo que necesitamos cuando tenemos el poder del interés compuesto en operación. El mundo sólo necesita ser 1% mejor (o incluso una décima de por ciento mejor) cada día para acumular civilización. En tanto creemos 1% más de lo que destruimos cada año, tendremos progreso. Este incremento neto es tan pequeño que es casi imperceptible, especialmente ante el 49% de muerte y destrucción que nos afronta. Sin embargo, este minúsculo, delgado y tímido diferencial genera progreso». (Kevin Kelly: That We Will Embrace the Reality of Progress, citado en Buenos días, tristeza, 16 de junio de 2017).

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Cualquier semejanza es pura coincidencia

Götterdämmerung

Götterdämmerung

 

Fragmentos del capítulo Hitler en la derrota, del libro Los últimos Días de Hitler, por H. R. Trevor-Roper, oficial de inteligencia británico a quien se confiara la misión de establecer lo acontecido durante las semanas finales del Tercer Reich. Al finalizar su tarea, Trevor-Roper ejerció como Regius Professor de Historia en Oxford.

 

Ésa era la puesta en escena, ése el reparto de actores, cuando la ruptura aliada en Avranches en agosto de 1944 abrió el último acto en la tragedia de Alemania. El resto del drama—el ritmo de la catástrofe, la interrelación y concatenación de eventos—estuvo determinado por una fuerza externa, incontrolable: el avance de los ejércitos aliados. Con cada nueva crisis, con la caída de cada gran fortaleza, el paso de cada gran río, una fiebre fresca parecía surgir en Rastenburg, Berlín o Bad Nauheim; pero éstas eran meramente etapas en el desarrollo del drama, no cambios o factores de su curso. Aunque persistían extraños errores en la políticamente inculta corte, aunque Himmler se veía como un nuevo coloso, y Ribbentrop creyó hasta lo último en una inevitable división entre los Aliados, de hecho sólo quedaban dos cuestiones en duda: cuándo llegaría el fin y cómo lo enfrentaría el Partido Nazi en general y Hitler en particular. Porque desde el fracaso del Complot de los Generales él era el único que podía decidir el asunto. Por esa victoria había obtenido, no en verdad la salvación o aun el perdón de Alemania, sino al menos el poder de arruinarla a su modo.

No se podía dar una respuesta racional en Alemania a la primera de esas preguntas, porque la respuesta ya no dependía solamente de Alemania. El Partido, por supuesto, tenía una respuesta oficial: el fin no llegará en absoluto, o al menos no en forma de una derrota para Alemania. El grito que ya había puntuado las manifestaciones de Hitler en 1933—«¡Nunca capitularemos!»—, esa protesta nunca había sido elevada tan a menudo, tan estridentemente, tan poco convincentemente, como en el último invierno de la guerra. Tal respuesta, si hubiera sido realmente admitida, hubiera hecho irrelevante la otra pregunta. Sin embargo, en verdad no todo el mundo, ni siquiera los propios líderes del Partido podían creerla en realidad; muchos de ellos ya preparaban sus planes de escape o, al menos, de supervivencia. Sin embargo, ésa era la respuesta oficial; ninguna otra se permitía, y sobrevino una curiosa pero inevitable consecuencia. Con eslóganes de victoria en los labios, todo el mundo se preparaba para la derrota, y como no podía contemplarse ninguna preparación oficial, se hizo aparente el colapso total de la disciplina y la organización. La planeación de una resistencia colectiva, o incluso de una supervivencia colectiva, se hizo imposible, puesto que todos o casi todos estaban individualmente involucrados en secretas negociaciones de rendición o planes secretos de deserción. Había ruidosa jactancia de un bastión inexpugnable en el sur, un Reducto Alpino en las colinas sagradas de la mitología nazi, colinas cargadas con leyendas de Barbarroja y santificadas por la residencia de Hitler; pero cuando nadie, salvo Hitler mismo y unos cuantos escolares recalentados creyeron en esa resistencia, y todos los demás estaban ocupados con proyectos personales de rendición o desaparición, tales imágenes quedaron en el ya superpoblado reino de la metafísica alemana. La misma falla fatal condenó al llamado movimiento de resistencia alemana desde el comienzo. De hecho, nunca hubo tal movimiento. Un «movimiento de resistencia», definido por las circunstancias de la guerra, es un movimiento de gente no conquistada en un país conquistado. Pero la doctrina oficial del gobierno nazi era que Alemania no sólo no sería, sino que no podía ser conquistada. De hecho, dado que tenía esta implicación, cualquier mención de un movimiento alemán de resistencia estaba absolutamente prohibida.

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Cuando él se veía contra el telón de fondo de la historia, cuando su imaginación había sido calentada y su vanidad intoxicada con la adulación y el éxito, y se levantaba de su modesta cena de pastel de vegetales y agua destilada para saltar sobre la mesa e identificarse con los grandes conquistadores del pasado, no era como Alejandro, o César o Napoleón que deseaba ser celebrado, sino como la reencarnación de esos ángeles de la destrucción: Alarico, el saqueador de Roma, Atila, «el azote de Dios», de Gengis Khan, el líder de la Horda Dorada. En uno de esos estados de ánimo mesiánicos declaró: «No he venido al mundo para hacer mejores a los hombres, sino a hacer uso de sus debilidades». Y conforme a este ideal nihilista, este amor absoluto por la destrucción, él destruiría, si no a sus enemigos, entonces a Alemania y a sí mismo, y a todo lo que pudiera involucrarse en las ruinas. «Aun si no pudiéramos conquistar»—había dicho en 1934—«deberemos arrastrar medio mundo a la destrucción con nosotros, y no dejar que nadie triunfe sobre Alemania. No habrá otro 1918. No nos rendiremos». Y de nuevo: «¡Nunca capitularemos! ¡No! ¡Nunca! Podremos ser destruidos, pero si lo somos, arrastraremos un mundo con nosotros, un mundo en llamas». Ahora, en su odio positivo del pueblo alemán, que le había fallado en sus planes de megalómano, regresaba al mismo tema. El pueblo alemán no era digno de sus grandes ideas: por tanto, que perezca por completo. «Si el pueblo alemán va a ser conquistado en la lucha»—dijo a una reunión de Gauleiters en agosto de 1944—entonces ha sido demasiado débil para enfrentar la prueba de la historia, y sólo era apto para la destrucción».

Ésa era, por consiguiente, la respuesta de Hitler al desafío de la derrota. En parte era una respuesta personal; el gesto vengativo de un orgullo herido. Pero en parte se derivaba de otro aspecto más deliberado de su terrible filosofía. Porque Hitler creía en el Mito, como lo recomendaban los filósofos irracionalistas Sorel y Pareto, cuyos preceptos seguía tan fielmente y tan elocuentemente ratificaba. Más aún, él desdeñaba con abrumador menosprecio al Káiser y sus ministros, los «tontos de 1914-18» que figuraban tan nutridamente en su limitado vocabulario de abuso. Les despreciaba por muchas razones; les despreciaba por muchos de los errores en los que también incurrió, como subestimar a sus enemigos, como hacer la guerra en dos frentes, y por muchos que eludió, como ser demasiado blandos en sus políticas y demasiado escrupulosos en su métodos de guerra; y les despreciaba en particular por su falta de éxito en comprender la importancia del mito y las condiciones de su crecimiento y su utilidad. En 1918 el Káiser se había rendido; en débil desesperación, había abandonado la mano (tal era la versión oficial nazi), sin esperar a la derrota. De esa debilidad y esa desesperación no podía crecer ningún mito floreciente, independientemente de las útiles mentiras que se pudiese inventar. Los mitos requieren un fin dramático, heroico. Aunque sus campeones sean aplastados la idea debe continuar viviendo, para que cuando haya terminado el invierno de la derrota y retornen los aires acariciantes, puedan brotar nuevas flores en aparente continuación. Por tanto, en el papel, hacía tiempo que los expertos estaban contestes (aunque tales especulaciones parecieran remotas y ridículas) en cómo Hitler y sus apóstoles enfrentarían el desastre. En el invierno de 1944-45 el tiempo para la corroboración de esta teoría era obviamente cercano; y como en otras horas oscuras, el profeta Goebbels se adelantó una vez más a corroborarla.

Ya todos sus trucos habían sido gastados y habían fallado, o su éxito temporal había contribuido demasiado poco a lograr esa última necesaria diferencia. Había probado la gloria del militarismo y había fracasado. Había probado con el «socialismo verdadero» y fracasado. Había probado el Nuevo Orden y fracasado. Había probado con la cruzada de avance contra el bolchevismo y fracasado. Había probado la defensa de Europa contra las hordas invasoras de Asia y eso también había fracasado. Con el oscurecimiento de los días había probado (como Speer recomendó que probara) el atractivo de sangre, sudor y lágrimas. Pero la propaganda está sujeta a la ley de rendimientos decrecientes; lo que había funcionado en Inglaterra en 1940 no funcionaría en Alemania en 1944, luego del fracaso de tantas promesas incompatibles; eso también había fracasado. Luego había probado con la guerra de Federico. Recordó al pueblo alemán cómo, en el siglo dieciocho, incluso el gran Federico había parecido condenado, cuando sus aliados cayeron y sus enemigos estrechaban el cerco, cuando los rusos tomaron Berlín y se encontraba solo y superado por todas partes. No obstante sobrevivió y al final triunfó, gracias a su resistencia oriental, su brillante estrategia y el favor cierto de la Providencia, que había sembrado la disensión entre sus enemigos. Ya que los alemanes de 1944 estaban gobernados por un líder de no menos recursos, por el más grande genio estratégico de todos los tiempos, no menos favorecido por la Providencia (como habían mostrado los eventos recientes) ¿no podrían también esperar, en caso de que exhibiesen la misma resistencia, un desenlace similar? Pero aun este llamado parecía inadecuado en el invierno de 1944-45. ¿Qué le quedaba profetizar al profeta?

Goebbels se creció con la ocasión. Si todos los llamados adicionales habían fracasado, al menos restaba el eslogan original del nazismo revolucionario, el eslogan que había inspirado a los déclassés y los desposeídos, los marginados y las víctimas de la sociedad que habían hecho al nazismo antes que los Junkers y generales, los industriales y los funcionarios públicos se hubieran sumado, y que pudiera inspirarles de nuevo, ahora que no podía contarse con estos aliados de buen tiempo. Por Radio Berlín, y luego por Radio Werewolf, se escuchó el eslogan de nuevo: el eslogan de la destrucción; la voz auténtica del nazismo desinhibido, inalterado por todos los desarrollos del ínterin; la misma voz que Rauschning había escuchado, con tímida consternación aristocrática, repicando repentinamente entre las tazas de té, los bollos de crema, los relojes cucú y el bric-à-brac del Berchtesgaden original. Era la doctrina de la guerra de clases, de la revolución permanente, de la sin propósito pero jubilosa destrucción de la vida y la propiedad y de todos aquellos valores de la civilización que el nazi alemán, aunque a veces trate dolorosamente de imitar, fundamentalmente envidia y detesta. Las pruebas de la guerra, los horrores del bombardeo, adquirían ahora un nuevo significado para el exultante Dr. Goebbels: eran instrumentos de destrucción benéfica en lugar de temible. «El terror de las bombas», se deleitaba, «no conserva las viviendas ni de ricos ni de pobres; ante los laboriosos oficios de la guerra total las últimas barreras de clase han tenido que caer». «Bajo los escombros de nuestras ciudades destrozadas», hacía eco la prensa alemana, «los últimos presuntos logros de la clase media del siglo diecinueve han sido finalmente sepultados». «No hay un fin de la revolución», gritaba Radio Werewolf; «una revolución está condenada al fracaso sólo si aquellos que la hacen dejan de ser revolucionarios»; y también daba la bienvenida a los bombardeos que entonces caían con más devastador efecto cada noche sobre las ciudades industriales de Alemania: «junto con los monumentos culturales se desmoronan también los últimos obstáculos al logro de nuestra tarea revolucionaria. Ahora que todo está en ruinas, estamos obligados a reconstruir Europa. En el pasado las posesiones privadas nos ataban a una moderación burguesa. Ahora las bombas, en vez de matar a todos los europeos, sólo han roto los muros de la prisión que les mantenían cautivos… Al tratar de destruir el futuro de Europa, el enemigo sólo ha tenido éxito en destruir su pasado; y con eso todo lo que es viejo y gastado se ha ido».

Hugh Redwald Trevor-Roper, Barón Dacre de Glanton

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Tomado de la primera Ficha Semanal de doctorpolítico, 29 de junio de 2004. (Puede cotejarse con El efecto Munich, artículo para La Verdad de Maracaibo del 22 de agosto de 1998).

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A 17 páginas por año

El 11 de mayo, fue gentilmente entrevistado el suscrito por Fausto Masó, en el programa Golpe a golpe de Radio Caracas Radio, sobre el libro Las élites culposas. He aquí el archivo de audio de esa emisión:


 

Libro en mano... y bastante más de cien volando

Son muchos los incidentes que he apartado en el relato, las más de las veces de modo intencional; la historia completa del tiempo que cubro es mucho más nutrida que la que aquí refiero. Otros, simplemente, los desconozco, y no he suprimido con insinceridad ninguno que pudiera contradecirme para conveniencia de mi interpretación.

Luis Enrique Alcalá

Vestíbulo – Las élites culposas

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Un cuarto de siglo de política venezolana ha sido comprimido en 424 páginas de la primera edición de Las élites culposas (Editorial Libros Marcados). Ya está disponible al público en librerías. Un buen número de ejemplares ha sido ya entregado a las distribuidoras Las Novedades, Tecniciencia, Best Seller y próximamente a Librerías de Nacho. He aquí algunas librerías específicas donde puede ser adquirido el volumen: Alejandría I, II y III, El Buscón, Europa Costa Verde (Maracaibo), Júpiter, Ludens, Mundial, Pasillo (Universidad Central de Venezuela), Suma y Summa; Sophia Producciones alcanzó a exhibirlo en el stand 32 en la útima fase de la Feria del Libro, celebrada en la Plaza Francia de Altamira. En los próximos días llegará a más puntos este libro que salió de imprenta, hace diez,  justo antes de la semana del 1º de mayo.

El autor, quien escribe este aviso, está abierto a la refutación; en septiembre de 1995 juré cumplir un Código de Ética Política que incluye esta estipulación: Consideraré mis apreciaciones y dictámenes como susceptibles de mejora o superación, por lo que escucharé opiniones diferentes a las mías, someteré yo mismo a revisión tales apreciaciones y dictámenes y compensaré justamente los daños que mi intervención haya causado cuando éstos se debiesen a mi negligencia.

No dudo que mi libro suscitará más de una inquietud, o incluso irritación en algunos casos. Son muchas las personas y las posturas mencionadas y criticadas en Las élites culposas; su índice onomástico lista más de seiscientas. La justificación de ese recuento se ofrece en el preámbulo (Vestíbulo), y Ramón J. Velásquez me hizo el favor de certificar, en la nota prologal que amablemente escribió: «Alcalá es un pensador polémico…»

Pero si en algo sirve este juicio de lo que sucedió* es para mostrar las inconvenientes consecuencias de una forma de hacer política que debe y puede ser sustituida. Siento que he cumplido mi deber al haber retratado equivocaciones para señalar caminos. LEA

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* La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió. Jorge Luis Borges: Pierre Menard, autor de El Quijote.

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