el blog de luis enrique alcalá de sucre

la política como arte de carácter médico (y otras cosas)

De Venerable a Beato

A punto de beatificación

 

A Su Eminencia Baltazar Cardenal Porras, líder del proceso

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Con fecha de hoy se ha procedido, en la Iglesia de Nuestra Señora de La Candelaria, a la exhumación de los restos de José Gregorio Hernández, como paso previo a su definitiva beatificación. El acto fue dirigido por el cardenal Porras en su condición de Administrador Apostólico de la Arquidiócesis de Caracas, e incluyó palabras de su purpurado colega, Jorge Urosa Savino, Arzobispo titular.

Una pareja marabina fallecida en Caracas, la formada por Juan Eduardo Bustamante y María Durán de Eduardo, tuvo una amistad especial en confianza e intimidad con el Dr. Hernández, como testimoniara mi esposa, Cecilia Ignacia Sucre Anderson, en su libro: Alicia Eduardo – Una parte de la vida. (Edición de la Fundación Empresas Polar, 2009). Los aludidos eran sus bisabuelos paternos, padres de Alicia Eduardo, la madre de la docena de hermanos Sucre Eduardo.* No debe extrañar, por tanto, las repetidas menciones en su texto del Dr. Hernández, que además de santa persona fue gloria científica de Venezuela.

Acá transcribo los pasajes de Una parte de la vida donde lo nombra:

 

Capítulo III

Juan Pablo no podía dormir. Fue de nuevo al cuarto de las niñas, tres ahora con una nueva pequeña, para asegurarse de que estaban bien. Tocó sus frentes con cuidado de no despertarlas, pero Alicia abrió los ojos cuando su padre puso sus dedos frescos en su cara. Ella sonrió y él la bendijo, cerrando sus párpados con suaves besos. Le preocupaba mucho la salud de sus hijas; iba a sus cuartos varias veces por la noche para comprobar que estuvieran bien. Era una costumbre que lo tranquilizaba, pues estaba seguro de que podría salvar a las niñas de las enfermedades comunes en aquellos días si descubría a tiempo cualquier quebranto. Jadeando un poco por aquel sencillo recorrido, fue al baño de nuevo antes de acostarse a luchar contra el desvelo.

Él mismo no se sentía bien; la indisposición estomacal persistía. Pensó que tendría que pasar por la consulta del doctor José Gregorio Hernández,** su médico de cabecera, pues había aumentado de peso, sus pies estaban inflamados y había tenido palpitaciones en el pecho y mucha debilidad. Pero lo peor era la falta de concentración y el desgano que sentía constantemente. La administración de las casas, su trabajo habitual, le causaba un agotamiento que lo preocupaba. El insomnio lo había estado acosando últimamente y aquella madrugada no parecía ser distinta, más con el calor y la humedad de aquellos últimos días del mes de octubre de 1900.

Después de leer un rato, pasadas las cuatro de la mañana, se quedó semidormido. Sentía su cuerpo en total reposo y hasta roncaba rítmicamente, pero de algún modo su mente estaba despierta y alerta. Sumido en el letargo escuchaba, por más que no quería, cómo aullaban los perros de forma extraña, como si anunciaran algo indefinido e inminente. De pronto escuchó un ruido sordo, un rugido pavoroso que crecía acompañando una violenta sacudida de la tierra. Las cosas que caían al piso haciéndose pedazos terminaron de despertarlo. Se levantó, y tuvo que luchar con la puerta de dos hojas que se había atascado. Con un empujón logró abrirla de par en par y corrió hacia el patio. Volvió a acosarlo el malestar, pero era tan fuerte su miedo por el sobrecogedor terremoto que no lo tomó en cuenta. Escuchó gritos, y pudo ver cómo se desprendía el techo sobre el sitio donde segundos antes descansara y que un amasijo de la intrincada red de caña brava y tejas de arcilla ocupaba ahora su lugar en la cama.

Dio gracias por haber corrido a tiempo, pero se percató con horror de que su familia, su tesoro, podía quedar sepultada bajo kilos de escombros. Tenía que salvarla. A partir de ese momento, corrió varias veces por la rampa que llevaba al patio de arriba, para verse invariablemente devuelto al mismo sitio, pues los espasmódicos movimientos no lo dejaban avanzar. Sentía los alaridos de sus hijas, que paradójicamente lo tranquilizaron. Estaban vivas, pensó agradecido, pero no podía llegar hasta ellas. Sintió un fuerte dolor en el brazo izquierdo, un puño enorme que le retorcía el corazón y lo dejaba sin resuello, justo cuando la tierra se calmaba y dejaba de temblar. El clamor terrestre había cesado, para ser suplantado por la cacofonía de los gritos, las jaculatorias en voz alta y los lamentos que escuchaba venir de todas partes.

Escuchó que María gritaba su nombre y pudo por fin llegar adonde estaba el resto de la familia, a la que tranquilizó lo mejor que pudo. Todos, familia y criadas, estaban bien; María cargaba a la más pequeña, nacida dos años antes. Juan intentó moverse, pero Alicia y María Teresa se abrazaron a cada una de sus piernas y no quisieron zafarse de ellas. Entonces comenzó otro temblor de tierra, que hizo que parte del cielorraso se rajara y cayera más techo con espantoso estruendo. Oyó a la araña del comedor, a la que mientras subía había visto bambolearse, cuando se desplomaba y hacía añicos con ruido de mil cristales rotos.

Un dolor insoportable le atravesó el pecho como una flecha ardiente y, pensando que se moría, se encomendó seguramente a Dios y no supo más de sí.

La insistente voz de María, llamándolo cerca de su oído, lo sacó de la profundidad de su inconsciencia. Respiraba en el ambiente el húmedo polvo del terremoto, pero él estaba vivo. La cara de su amada fue lo primero que vio cuando abrió los ojos a la luz del amanecer, y supo que ella estaba bien y también las niñas, porque estaban a su lado observándolo con ojos asustados y las cabezas llenas de cascote y polvo gris. Cada vez que intentaba moverse o levantarse del suelo, sentía un dolor que lo abatía en el pecho y en el brazo izquierdo, y palpitaciones que le hacían doler hasta los dientes. Cuando pudo hablar pidió que le trajeran algo donde sentarse. Buscaron de inmediato la mecedora del cuarto de María, y las mujeres de la casa, ayudadas por las niñas, cargaron al hombre hasta la silla. La maniobra le causó un breve colapso, del que sólo se recuperó después de que le dieran un trago de ron de una botella que milagrosamente se había salvado del siniestro.

María, reaccionando sabiamente ante la calamidad, mandó a buscar al médico y pidió con autoridad a las criadas que comenzaran a recoger el estropicio. Le rogó a Juan que no hablara, que se estuviera quieto. Le contó que había despertado cuando el crucifijo de la cabecera de su cama cayó sobre ella y, al percatarse del temblor, corrió al cuarto de al lado y tomó a la bebé en sus brazos, pensando en él y en sus otras hijas. Le dijo que lo amaba, le pidió que se estuviera quieto y con suaves arrumacos lo fue tranquilizando, asegurándole que pronto vendría el doctor. Arropándolo con cariño pudo ver, aliviada, que su marido se dormía.

Al fin, cerca del mediodía, entró de sombrero puesto el doctor Hernández. Después de examinar cuidadosamente a Juan Pablo, dictaminó que había tenido un ataque al corazón, y que era mejor trasladarlo hasta una cama con mucha precaución, darle los medicamentos que recetaría y cuidarlo con amor. Les refirió impresionado, mientras compartía con ellos una taza de sopa, que tuvo que atender varios heridos de gravedad afectados por el sismo, y se decía que había algunos muertos y un inmenso desastre. Los habitantes de Caracas se habían echado a la calle, atemorizados por las numerosas réplicas y el latente recuerdo del terremoto que en 1812 había destrozado la ciudad. Hasta el presidente Castro, en paños menores, se había lanzado desde el balcón del segundo piso de la Casa Amarilla, el que daba a la calle entre las esquinas de Principal y Conde, y se había fracturado un pie. Lo habían acostado en plena plaza Bolívar sobre un colchón. Contó que tanto la Bolívar como todas las demás plazas se habían llenado de gente, y en el laguito del Paraíso se había improvisado un rústico campamento, pues muchas personas habían huido de las calles excesivamente edificadas del centro de la ciudad. Algunos matrimonios de apuro se habían celebrado en las barracas, por el temor de una catástrofe inminente. A pesar de que los daños no eran muchos, la gente estaba muy asustada.

Ante la ocurrencia de más repeticiones, Juan se opuso con terquedad a ser trasladado hasta la cama. Aseguró que no se movería pues estaba muy bien en la mecedora, y que prefería permanecer en ella, en el medio del patio. El médico estuvo de acuerdo y recomendó no contradecirlo. Allí se quedó. Esa noche, la familia compartió el techo único del cielo con casi todos los pobladores de Caracas, pues “…los ánimos estaban acobardados. Circulaban predicciones horribles; se temían verdaderas catástrofes. Llegó a decirse que en el Observatorio Cajigal ondeaba una bandera negra, señal de futuros desastres. Pero lo peor eran los sacudimientos que seguían produciéndose… Caracas se puso tétrica. Durante todo un mes no cesó de temblar, ni de día ni de noche. Todo el que pudo hacerlo salió de la ciudad para los campos vecinos. Los que no tenían donde refugiarse se acogían a la estación del ferrocarril, a dormir en los vagones del tren, o en las plazas donde instalaban sus tiendas. Hubo mujeres que dieron a luz en estos sitios públicos. La ciudad quedó desierta. De noche no se veía ni un alma por esas calles. Y cuando temblaba subía un impresionante clamor: ‘misericordia, misericordia’, acompañado del ladrido de los perros”.

Un mes después, cuando una cierta calma había vuelto a la ciudad y ya hacía tiempo que los muertos habían sido enterrados, María intentó convencer otra vez a Juan de pasarse a la cama. Pero de nuevo él se negó rotundamente, y permaneció allí sin despegarse de su asiento para nada. Desde la silla supervisaría después, como sabio maestro de obras, a los albañiles que arreglaron el techo de la casa. Sus amigos, y el mismo doctor Hernández cuando le hacía su examen médico semanal, le contaban los estragos que había producido el terremoto de cuarenta y cinco segundos, con sus doscientas cincuenta réplicas.

(…)

Se deterioraba rápidamente frente a los ojos de María. Tenía los pies y el abdomen inflamados, aunque casi no comía por las constantes náuseas y vómitos. Le costaba mucho respirar y se le notaban visiblemente inflamadas las venas del cuello. Cada vez se sentía más indispuesto. Por su insomnio y su gravedad llenaron de paja la calle del frente, “para mitigar el ruido que hacían las llantas de hierro de los coches sobre el empedrado”. Juan desesperaba al considerar, en las noches interminables, que la tierra con sus sacudidas había alterado su vida, convirtiéndolo en un lisiado fundido a una mecedora, y que de nada le valdrían los buenos negocios, ni las haciendas, ni las casas que había comprado para devolverle la salud. Pronto iba a morir; estaba convencido de ello. Entendió que tendría que ponerse en paz con Dios y arreglar sus cosas. Comenzaron los preparativos para la administración de los bienes que María y las niñas habían de heredar. Quedaron de acuerdo en otorgarle a Francisco Mayz, amigo y administrador confiable, el manejo del patrimonio conyugal mediante un poder registrado en 1901. El 7 de julio de ese año, pasada la media noche, Juan Pablo Eduardo Bustamante, acosado por sus mortificaciones y con el corazón destrozado, murió sentado en su mecedora.

(…)

Para 1906, con el país pacificado bajo la férrea mano de Gómez, la salud de María comenzó a quebrantarse. Fue a ver a José Gregorio Hernández aquejada de fatiga, fiebre leve y sudoración excesiva, la que se presentaba sobre todo por las noches y que en un principio atribuía a su edad. Había perdido peso y sentía una opresión en el pecho, que había ido aumentado con el tiempo desde la muerte de Juan. El doctor Hernández se mostró muy preocupado por el terrible diagnóstico que tuvo que darle a María: tenía tuberculosis. Le pidió que guardara cama y no tosiera sobre las niñas para no contagiarlas, y prometió ir a verla con frecuencia a revisar la salud de ella y de las muchachas, cada vez que lo necesitaran. Cuando le hizo la primera visita en la casa, le pidió a las criadas que estuvieran pendientes de los medicamentos, mantuvieran la habitación de María ventilada, iluminada y limpia, se lavaran las manos antes y después de cada comida con agua y jabón, le pusieran una gotita de lejía al agua de enjuague de los utensilios de la enferma, y recogieran las expectoraciones en una bolsa de papel para ser quemadas en el patio. De inmediato José Gregorio comenzó una terapia con el aceite de chalmoogra*** que hasta ese entonces se usaba para tratar los enfermos de lepra, pero era el medicamento que el sabio médico venía utilizando con mayor éxito en el tratamiento de la mortal enfermedad. Cada cierto tiempo le ponía una dolorosa inyección del aceite a María, quien al principio, y con los cuidados del buen doctor, comenzó a mejorar.

(…)

La salud de María Durán había empeorado en el último año, y auxiliada por Francisco Mayz puso en orden sus cosas, disponiendo con tiempo y serenidad de lo que, gracias al arduo trabajo de Juan, les dejaría a sus hijas. Para ella era una gran mortificación pensar que tuviera que abandonarlas, pero los días pasaron y la tos era constante y los pañuelos se manchaban con sangre cuando tenía los accesos. Sufría de disnea y tenía un fuerte dolor en la punta de un costado. Muchas veces tenía fiebre muy alta, que la hacía sudar copiosamente y sentirse agotada. Un día, cuando José Gregorio Hernández llegó a la casa de improviso, se encontró a la pequeña Margot acostada en la cama de su madre, abrazada a ella. El médico regañó a María por poner a la niña en peligro de contagio. Ni el consuelo del contacto con sus hijas le estaba permitido.

(…)

En vista del agravamiento de su salud, puso por escrito su última voluntad. Le pidió a Mayz que continuara ocupándose del patrimonio después de que ella muriese. Juntos elaboraron una lista de las personas idóneas para formar un consejo de tutela que se ocupara de sus niñas cuando ella faltara. Fue un proceso doloroso y complicado que la entristeció mucho, pero consiguió dejar organizado el cuidado de sus hijas en manos de su amiga Carlota Cuello de Fleury, esposa del también amigo de Juan, Carlos Fleury. La pareja le juró a María cuidarlas con dedicación.

María Durán amplió el consejo de tutela, que en principio estaba formado por Carlos Fleury y Francisco Javier Mayz, con la incorporación de cinco personas más de su total confianza, incluyendo a su médico y amigo de tantos años, José Gregorio Hernández.

(…)

Francisco J. Mayz, cumpliendo con lo que María tenía dispuesto, compró el 9 de enero de 1908 en 16.000 bolívares una casa en la calle Sur 10 de la parroquia San Juan, entre las esquinas de Quebrada y Pescador. Esta compra se realizó justamente el día antes de la muerte de María, quien venía sufriendo de intensos dolores de cabeza y seguía con fiebre muy alta. No retenía alimentos a causa de los constantes vómitos, y después de sufrir varias convulsiones murió el 10 de enero de 1908, antes de cumplir los cincuenta y dos años de edad.****

(…)

Siete días después estaban en el juzgado los señores Francisco (Pancho) Larrazábal Fagúndez, José Gregorio Hernández, Charles Röhl y Otto Römer, quienes habían sido llamados por el juez para ser informados de su designación como miembros del consejo de tutela. El 20 de enero, el doctor José Gregorio Hernández presentó sus excusas ante el juez y declinó participar en el consejo “debido a sus múltiples ocupaciones”. Entonces fue llamado en su lugar Pedro Larrazábal, el adorado profesor de María Teresa y hermano de Pancho, para formar parte del consejo tutelar, quien aceptó de inmediato la responsabilidad.

 

Capítulo V

Josefina y Graziella***** vieron con sus propios ojos el tamaño del mundo, y le tocaron a cuatro manos los valses criollos en el pabellón de Venezuela. En el Grand Hotel de París tocaron para la corte del ex presidente Guzmán, como tantas veces lo hicieran para muy pocos oídos afortunados en tardes caraqueñas. Compartieron con Arturo Michelena cuando presenciaron la inauguración de la Torre Eiffel, y admiraron la obra que él pintara para esa Exposición Universal. La pintura, un teatral cuadro de Carlota Corday camino al cadalso, que recrea la atmósfera del instante retratado con impactante realismo, obtuvo medalla de oro. Naturalmente, esto fue considerado en Venezuela un triunfo, que fue celebrado de manera estruendosa. Otro pintor venezolano, Emilio Boggio, ganó medalla de bronce.

La pintura de Michelena

Los venezolanos que estaban en París se alegraron también con la medalla de oro que otorgaron a Vicente Marcano en química agronómica, por su muestra de diversos tipos de guano de aves de nuestras cuevas. El mismo Marcano montó en el pabellón de Venezuela, cuya fachada era copia exacta de la catedral de Caracas y estaba situado al lado del templo inca del Ecuador, un mapa geológico del país con muestras de minerales nativos que fue muy elogiado. En la espaciosa sala se exponía además “…muestra de café, y pilones de su panela dulce, y libros de versos y de ingeniería, y zapatos ligeros y finos”. Los visitantes del pabellón venezolano también pudieron descubrir algunos de nuestros típicos productos alimenticios, como lairén, apio, ocumo, ñame, batata, mamón y yuca, y asimismo muestras de más de veinte aguas termominerales, tejidos, cestería y artesanía indígena.

La medalla de oro al mejor violín expuesto también estuvo relacionada con Venezuela. El instrumento fue comprado por José Gregorio Hernández, quien se encontraba en la ciudad estudiando en el laboratorio de histología de Mathias Duval, mientras conseguía el instrumental necesario para el Laboratorio de Fisiología Experimental del Hospital Vargas de Caracas. El médico tocaba ese violín esporádicamente, y terminó regalándolo a un sobrino al abandonar todas sus posesiones para ingresar a la Cartuja de Lucca.

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La docena de los Sucre-Eduardo y sus padres tuvieron como rasgo distintivo el fervor religioso. En el prólogo al libro de mi esposa que tuve el honor de escribir, dejé esta constancia:

Y es que para hablar con propiedad de los Sucre Eduardo se requeriría oficio de antropólogo, puesto que hay una cultura Sucre Eduardo. Seguramente es su primer rasgo distintivo la religiosidad. Don Andrés y Doña Alicia fueron católicos fervientes, y decir Sucre Eduardo es decir Loyola, y no sólo por el deporte. En recuerdo del cura Gustavo también Hernando habría considerado el sacerdocio como vocación, tal como le confiara en una carta, y son las innumerables misas en familia, en fechas especiales del santoral o en recuerdo de los muertos, ocasión a la vez de recogimiento y regocijo, y no pocas terminan en condumio copioso, recientemente en areperas.

Antes dije del “cura Sucre”:

Al padre Gustavo Sucre S.J., verdadera columna vertebral de la Universidad Católica Andrés Bello, su Decano de la Facultad de Economía y su Secretario por muchos años. La universidad quiso premiarle con un especialísimo Doctorado Honoris Causa en Derecho, pues como cuenta el jurista José Luís Aguilar Gorrondona, quería ser abogado y sacrificó su interés al de la universidad, que tenía demasiados hombres de leyes cuando carecía de quienes supieran ciencia económica. No hay misas que den más paz y más sucintas que las que oficia, en cuyos escuetos y pertinentes sermones nunca falta una balsámica nota de humor.

** “Sabio y santo que murió tiempo después en la esquina de Amadores, al bajarse del tranvía de La Pastora que llegaba hasta la esquina de Tajamar. Iba este tranvía pegado a la acera norte, vereda del Guanábano, y José Gregorio se bajó del lado sur de la calle y un carro lo atropelló”. Nota de Andrés Sucre Eduardo.

*** También chaulmoogra, Ginocarda odorata. En sesión de la Academia de Medicina en 1918, Hernández presenta una nota provisional al respecto, la cual finaliza así: “Aunque esta es una comunicación preliminar, pues no hemos tenido el tiempo suficiente para un estudio definido, podemos sin embargo deducir de nuestro trabajo las conclusiones siguientes: el aceite de chaulmoogra ciertamente mata al bacilo de Koch, los enfermos tratados mejoran su estado general después de la inyección… las inyecciones de uno o dos c.c. separados por largos intervalos es lo mejor…”

**** Una certificación que se refiere al acta de defunción de María Durán, firmada por su médico de cabecera, el Siervo de Dios doctor José Gregorio Hernández, la guarda Gustavo Larrazábal Eduardo.

***** Josefina Sucre de Sucre (bisabuela de mi esposa) y Graziella Calcaño Sánchez (tía bisabuela del suscrito) fueron grandes amigas que coincidieron, como estupendas pianistas que eran, en la Exposición Internacional de París de 1889 que celebraba el centenario de la revolución que daría origen a la República Francesa.

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La crisis más crítica de todas

En crisis el planeta entero

 

A Alba al alba

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Hace cuatro días hablaba con Alba Fernández de Revenga acerca del actual proceso político estadounidense; a ella le llamó la atención mi observación de que la cosa no es que hay una crisis política en los Estados Unidos, una en Venezuela, otra en Chile, otra en Inglaterra, etcétera. El asunto es que la política misma está en crisis en prácticamente todo el planeta. Mi competente interlocutora creyó que debía justificar por escrito ese preciso diagnóstico.

Algo he hecho ya al respecto, y lo triste es que los resultados de esa crisis de la política eran previsibles. A fines del año pasado, por ejemplo, cuando aún no se había presentado la emergencia del Covid-19, explotaban en América del Sur protestas populares que se extendían desde Chile hasta Colombia, y dieciséis años antes escribí: “¿Es que podemos afirmar que falta mucho para que ocurran ‘caracazos’ a escala planetaria, continental o subcontinental? ¿Podemos decir que son imposibles? Por más que avancen las tecnologías del poder, el poder último es el de la humanidad, que perfectamente puede manifestarse en alteraciones del orden público a escala del mundo, como la misma tierra parece alterar el clima, la marcha de los océanos, el vulcanismo, en reclamo por nuestras agresiones. Pobladas simultáneas en las principales ciudades suramericanas tendrían efectos tan drásticos y extensos como los del Niño”. (La crisis como antifaz, 26 de junio de 2003).

Hace menos tiempo (cinco años), destacaba una de las principales raíces del problema:

Las ideologías han perdido su poder de producir soluciones. El registro de la Organización Internacional del Trabajo hace tiempo que superó el millón de oficios diferentes en el mundo. ¿Cómo puede un partido representar en la única categoría de trabajadores una riqueza así, una complejidad de esa escala? Ya no vivimos la Revolución Industrial, cuando toda ideología se inventara; ahora vivimos la de la Internet, la telefonía móvil, las tabletas, las interacciones instantáneas, las enciclopedias democráticas, las apps. La de la biogenética, la cirugía mínimamente invasiva, la posibilidad de introducir al planeta especies vegetales o animales nuevas. La de una sonda espacial posada sobre un cometa, la comprobación experimental de la partícula de Dios o Bosón de Higgs, la fotografía cada vez más extensa y detallada de los componentes del cosmos, la materia oscura, la geometría fractal y las ciencias de la complejidad. La de la explosión de la diversidad cultural, la del referendo, del escrutinio inmisericorde de la privacidad de los políticos y el espionaje universal. La del hiperterrorismo, las agitaciones políticas a escala subcontinental, el cambio climático. Nada de esta incompleta enumeración cabe en una ideología, en la cabeza de Stuart Mill, Marx, Bernstein o León XIII. Cualquier ideología—la pretensión de que se conoce cuál debe ser la sociedad perfecta o preferible y quién tiene la culpa de que aún no lo sea—es un envoltorio conceptual enteramente incapaz de contener ese enorme despliegue de factores novísimos y revolucionarios. Ésta es una revolución de revoluciones. (El medio es el medio, 29 de abril de 2015).

Y ya en febrero de 1985 era posible afirmar: “…la actual crisis política venezolana no es una que vaya a ser resuelta sin una catástrofe mental que comience por una sustitución radical de las ideas y concepciones de lo político”. Eso consta en la presentación del Documento Base de la Sociedad Política de Venezuela, que comenzaba así:

Intervenir la sociedad con la intención de moldearla involucra una responsabilidad bastante grande, una responsabilidad muy grave. Por tal razón, ¿qué justificaría la constitución de una nueva asociación política en Venezuela? ¿Qué la justificaría en cualquier parte?

Una insuficiencia de los actores políticos tradicionales sería parte de la justificación si esos actores estuvieran incapacitados para cambiar lo que es necesario cambiar. Y que ésta es la situación de los actores políticos tradicionales es justamente la afirmación que hacemos.

Y no es que descalifiquemos a los actores políticos tradicionales porque supongamos que en ellos se encuentre una mayor cantidad de malicia que lo que sería dado esperar en agrupaciones humanas normales.

Los descalificamos porque nos hemos convencido de su incapacidad de comprender los procesos políticos de un modo que no sea a través de conceptos y significados altamente inexactos. Los desautorizamos, entonces, porque nos hemos convencido de su incapacidad para diseñar cursos de acción que resuelvan problemas realmente cruciales. El espacio intelectual de los actores políticos tradicionales ya no puede incluir ni siquiera referencia a lo que son los verdaderos problemas de fondo, mucho menos resolverlos. Así lo revela el análisis de las proposiciones que surgen de los actores políticos tradicionales como supuestas soluciones a la crítica situación nacional, situación a la vez penosa y peligrosa.

Si el tango afirma que veinte años no es nada, las palabras precedentes fueron escritas hace treinta y cinco.

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El paradigma estándar de la política—que no es una ciencia, sino un arte u oficio—está centrado sobre la noción fundamental de que ella es la lucha por el poder. Por ejemplo: “Mi planteamiento es que los intelectuales, los sectores profesionales y empresariales, los líderes de la sociedad civil no pueden seguir de espaldas a la realidad de los partidos, y sobre todo, a la realidad de los partidos que protagonizan la lucha por el poder”. Ésas son palabras de Pedro Pablo Aguilar en declaraciones a El Nacional el 7 de junio de 1986, y el lunes de esta semana (34 años después) recoge el diario Panorama esta declaración de Juan Guaidó: “Nuestra agenda de lucha requiere combinar la presión internacional y la presión interna para impulsar la transición”. Nada ha cambiado.

La lucha por el poder como actividad primaria, esencial, de la política adquirió a fines del siglo XIX el sesgado nombre de Realpolitik. Quien no practique una política “realista” se chupa el dedo; en el mejor de los casos es un iluso “comeflor”. Y tal lucha estaría autorizada por la ideología particular a la que se afilia el actor político concreto.

Para el suscrito, la política debe entenderse como el arte de resolver problemas públicos, el que debe sujetarse a un estricto código de ética. (Como el Juramento de Hipócrates para la profesión médica).

Permítaseme transcribir prácticamente toda una sección—Licitación política—del primer número de referéndum, una publicación mensual que produje de 1994 a 1998:

Si el Ministerio de Sanidad se encontrase ante la necesidad de construir un nuevo hospital público, seguramente no convocaría a una masiva reunión de arquitectos, médicos, pacientes, enfermeros, administradores de salud, a celebrarse en un gran espacio como el Parque del Este para que, «participativamente», se pusieran de acuerdo sobre el diseño del hospital.

En cambio, determinaría como primera cosa, técnicamente, los criterios de diseño: debe ser un hospital para 1.500 camas, debe cubrir las especialidades tales y cuales, no debe pasar de un costo de tanto… etcétera.

Una vez con tales criterios en mano, procedería a llamar a licitación a unas cuantas oficinas de arquitectura demostradamente capaces. Las oficinas de arquitectos que participaran en la licitación desarrollarían, cada una por su lado, un proyecto completo y coherente. No serían admitidas, por ejemplo, proposiciones que sólo diseñaran la sala de partos o la admisión de emergencias. Cada oficina tendría que presentar un proyecto completo. Sólo así podrían competir, la una contra la otra, en una licitación que contrastaría una proposición coherente y de conjunto contra otras equivalentes.

Este es el mismo método que debe emplearse para la emergencia de una imagen-objetivo del país. Lo que el espacio político nacional debe alojar es una licitación política con claras reglas para la contrastación de proposiciones de conjunto.

¿Cuáles son estas reglas? Si a la discusión se propone una formulación que parece resolver un cierto número de problemas o contestar un cierto número de preguntas, la decisión de no adoptar tal formulación debiera darse si y sólo si se da alguna o varias de las siguientes condiciones:

a. cuando la formulación no resuelve o no contesta, más allá de cierto umbral de satisfacción que debiera en principio hacerse explícito, los problemas o preguntas planteados.

b. cuando la formulación genera más problemas o preguntas que las que puede resolver o contestar.

c. cuando existe otra formulación—que alguien debiera plantear coherentemente, orgánicamente—que resuelva todos los problemas o conteste todas las preguntas que la formulación original contesta o resuelve, pero que además contesta o resuelve puntos adicionales que esta no explica o soluciona.

d. cuando existe otra formulación propuesta explícita y sistemáticamente que resuelve o contesta sólo lo que la otra explica o soluciona, pero lo hace de un modo más sencillo. (En otros términos, da la misma solución pero a un menor costo).

Esto es el método verdaderamente racional para una licitación política. No se trata de eliminar el «combate político», sino de forzar al sistema para que transcurra por el cauce de un combate programático como el descrito. Valorizar menos la descalificación del adversario en términos de maldad política y más la descalificación por insuficiencia de los tratamientos que proponga.

Este desiderátum, expresado recurrentemente como necesidad, es concebido con frecuencia como imposible. Se argumenta que la realidad de las pasiones humanas no permite tan «romántico» ideal. Es bueno percatarse a este respecto que del Renacimiento a esta parte la comunidad científica despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes las pasiones humanas, aun las más bajas y egoístas. (El relato que hace James Watson—ganador del Premio Nobel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick—en su libro La Doble Hélice—1968—es una descarnada exposición a este respecto).

Pero si se requiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de la lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación transformadora con la introducción de las reglas del Marqués de Queensberry. Así se transformó de un deporte «salvaje» en uno más «civilizado», en el que no toda clase de ataque está permitida.

En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de electores la que termine exigiendo una nueva conducta de los «luchadores» políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevado costo social.

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Al cierre de Las élites culposas (2012) asenté esta convicción: “El mundo va, entre dolores increíbles e injusticias horrorosas, hacia la esperanzadora construcción de una civilización planetaria. La época que viene será post-ideológica, trans-ideológica. Es una mutación gigantesca de la humanidad a lo que asistimos. Su ámbito es ancho, mundial”. En el mismo capítulo final puede leerse estas palabras previas: “Las fuentes paradigmáticas más adecuadas a la Política Clínica están en la moderna Ciencia de los Sistemas Complejos, la que incluye la Teoría del Caos. Ella, a su vez, se maneja mejor con las llamadas ‘matemáticas fractales’, cuyo fundador consciente es Benoît Mandelbrot, matemático franco-americano nacido en Varsovia y autor de La Geometría Fractal de la Naturaleza (1982)”. Puede afirmarse con responsabilidad que la dirigencia política venezolana no procesa la política con atención a nociones de ese novísimo campo, o las provistas por la teoría de avalanchas o la de enjambres. El problema es, por ende, un problema epistémico en gran medida.

La crisis mundial de la política sólo podrá ser superada a partir de un recambio paradigmático, a partir de “una catástrofe mental que comience por una sustitución radical de las ideas y concepciones de lo político”. Es preciso dejar atrás eso de la lucha por el poder justificada en una ideología cualquiera esgrimida como coartada, predicada sobre la más negativa caracterización posible (real o inventada) del competidor. En 1984, dije a Alfredo Keller, de visita en mi casa, que “el liderazgo tradicional operaba por oposición, mientras que el nuevo liderazgo debía actuar por ‘superposición’, al traer un nuevo paradigma político que cubría y hacía prescindible el anterior”.  (Krisis – Memorias prematuras, 1986). LEA

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El adiós

José Luis, en una de sus numerosas excursiones montañeras

 

Hoy fue enterrado en el Cementerio del Este el hermano ido. Sus hijos habían solicitado que dijera algo de él en el velorio y decidí escribir mis palabras para protegerme del dolor al decirlas. Acá las reproduzco:

 

José Luis Alcalá, Señor de Pueblo

José Luis Alcalá Corothie irradiaba su poderosa esencia sin proponérselo, pues nunca fue presuntuoso. De él pudiera decirse lo que alguna vez registré de mi esposa: “No conozco gente que sepa de él y no lo quiera, y él quiere estrictamente a todo el mundo y sobre éste distribuye su bondad”.

Ayer recibí una nota escrita por Alejandro Alcalá Ojeda, su segundo hijo. Allí deja una constancia que es una gran verdad:

“Cuando nací en el año 1975, mi padre Jose Luis Alcalá apenas tenía dos años de haber perdido su pierna en un accidente de moto. A pesar de eso, nunca vi a mi papá como un discapacitado; su fuerza, su perseverancia, su actitud echada para adelante, hizo que siempre lo viera como un súper heroe. Mi papá lograba siempre, con su imponente personalidad, que nadie sintiera pena por su situación. A veces hasta parecía que se la ‘vacilaba’, y disfrutaba que sus amigos y familiares le dijéramos el Mochito”.

Eso es muy justo; nadie sintió lástima por la discapacidad de José Luis, aunque más de uno lo llamara cariñosamente “Mochuelo”. Y mocho como era, hacía ejercicios nadando vigorosamente o subiendo cerro, lo que hacía solo o, preferentemente, en compañía de su compadre Ovidio Ramella. Yo no creo que hubiera podido seguirle el enérgico paso que le era característico.

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Cuando José Luis, un bebé todavía, no caminaba, ya era una conducta suya que se durmiera frotando la esquina de un pañal mientras cantaba en voz baja. En ese tiempo trabajaba en nuestra casa la inolvidable Paula Barinas, quien pronosticó que él sería Presidente de la República, pues se dormía cantando el himno de la República. Esa predicción no se cumplió pues, como hizo constar Connie Méndez en su amable canción, en Venezuela “arrullamos a los niños con el Himno Nacional”. (Lo que musitaba José Luis era el “Duérmete mi niño…”) Jamás tuvo vocación política, a pesar de ser gente de Pueblo.

¿Qué quiero decir por eso? Hoy hay luto en el 23 de Enero, en la urbanización Simón Rodríguez, en el barrio El Guarataro, donde hizo amistades que valoraba mucho. José Luis tuvo siempre una preferencia profunda por sus compatriotas menos favorecidos, a quienes llamaba “Mi bella gente pobre”.

Eso era así no por una ideología en que lo hubieran adoctrinado, sino por una identificación total y natural, espontánea, con el Pueblo todo, muy especialmente con sus miembros menos afortunados. Tal preferencia se manifestó en él desde muy pequeño, cuando era su terreno favorito para el juego el barrio El Infiernito en la quebrada de Chacaíto, cosa que le valió el despectivo mote de “orillero”, por aquello de gente de orilla. Él fue, vocacionalmente, gente de orilla; vivió lo que Antonio Machado sentía, ese poeta que todo el mundo reconoce en el verso que registrara Joan Manuel Serrat: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. José Luis anduvo por el mundo, con dos piernas primero, luego con una sola y una muleta, con ese amor popular.

Machado escribió en algún lado:

“Escribir para el pueblo… ¡qué más quisiera yo! Deseoso de escribir para el pueblo aprendí de él cuanto pude, mucho menos, claro está, de lo que él sabe. …yo no he pasado de folklorista, aprendiz, a mi modo, del saber popular. Siempre que advirtáis un tono seguro en mis palabras, pensad que os estoy enseñando algo que creo haber aprendido del pueblo”.*

José Luis de Alcalá y Corothie, Señor de Pueblo, aprendió de ese Pueblo al que amaba sin límites. Tal vez yo le auxiliara de cuando en cuando en algún asunto escolar, pero él me enseñó de la vida.

Hermano, gracias por el orgullo de haberte tenido con nosotros. LEA

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Acababa de citar esas palabras de Antonio Machado hace seis días, en Prólogo de la modestia.

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El segundo en despedirse

José Luis, a la derecha de la fila superior. María Elena a la izquierda de la inferior

 

Los hermanos Alcalá-Corothie fuimos seis y quedamos cuatro, al irse hoy de nuestra compañía el tercero de nosotros, José Luis. El 19 de abril de 2011 se fue la primera, María Elena, la cuarta de la prole de Pedro Enrique Alcalá Reverón y María Josefina Corothie Chenel. Quedamos los dos hermanos mayores y los dos menores.

Yo le puse su nombre; mamá me había invitado a que lo hiciera y escogí José de su segundo nombre—todos la llamaban Josefina—y Luis para repetir el mío. Yo tenía seis años de edad al proponer la combinación. Venía a la casa de mi esposa en la que habito todas las semanas a jugar dominó con la hermana Sylvia, que me sigue, y su consorte, Lisandro Lecuna Rui. Él era, como puse en 02022020, entrada que le dediqué, “el mejor jugador de dominó que conozco”.

 

José Luis, el compañero de Sylvia (29 de diciembre de 2019)

 

José Luis era amor puro, generoso, divertido, respetuoso, siempre alegre. Nuestros corazones, ya cicatrizados del dolor por ME, alojan ahora una nueva y enorme herida, pero él habría prohibido nuestro luto. Era un extraordinario vendedor y un gran comprador, honesto como nuestro padre, de quien fue su mejor compañero. Le vi por última vez hace ocho días, cuando aceptó almorzar un plato de pasta con una de las mejores salsas de la cocina de mi señora. Su creciente malestar le impidió acercarse el último fin de semana para la ritual contienda de veintiocho pedradas.

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Uno contaba con José Luis para cualquier cosa. Ahora lo recibe San Pedro con un trago de güisqui en la patriarcal mano, sonriente, consciente de que el cielo tiene ahora un huésped de tronío. Esta constancia está en la primera entrada musical de este blog:

Resulta que uno de los mejores teóricos del juego de bridge era el inglés Víctor Mollo, y uno de sus más amenos libros es The Bridge Inmortals. En su introducción, Mollo imaginaba que los dioses del Olimpo, encontrándose infinitamente aburridos, optan por seguir la recomendación de combatir el tedio invitando a su divina morada a los más grandes bridgistas de todos los tiempos.

José Luis se ha ido a enseñar dominó a los santos del cielo. LEA

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Una lección bárbara

Una penetrante mirada que mereció dos Premios Pulitzer de Historia

 

                                   The problem may not be so much a matter of educating officials for government as educating the electorate to recognize and reward integrity of character and to reject the ersatz. *

Barbara Tuchman, The March of Folly

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El 4 de agosto de 2012 fue transmitido el cuarto programa de Dr. Político por Radio Caracas Radio. Buena parte de su primera sección se centró sobre una lección de profunda sabiduría política, que proporcionara la extraordinaria historiadora estadounidense Barbara Tuchman—El telegrama Zimmermann, Los cañones de agosto, La torre orgullosa, Un espejo lejano…—en La marcha de la locura – De Troya a Vietnam, publicado en 1984.

Leí ese libro incomparable—se consigue traducción al español—al año siguiente, gracias al préstamo que me hiciera el dulce amigo Frank Alcock Pérez-Matos. (Antes había leído un artículo acerca de la obra en Selecciones del Reader’s Digest). En Citas favoritas, registro tres que provienen de él; por ejemplo: Las crisis no necesariamente purgan a un sistema de la locura; los viejos hábitos y actitudes son duros de matar”.

Persuadido de su imperecedera validez, coloco de seguidas la presentación de su tesis fundamental en el programa mencionado:

LEA

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* Puede ser que el problema no sea tanto de educar a los funcionarios para el gobierno como de educar al electorado para reconocer y premiar la integridad y rechazar lo postizo.

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Prólogo de la modestia

 

Filósofo, matemático, educador

 

Otra vez a JRR

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José Rafael Revenga, mi maestro, además de Rafael Domingo Revenga, su padre biológico y familiar, tuvo tres padres putativos de calibre pesado, nada menos que Arturo Úslar Pietri, Pedro Grases y Juan David García Bacca*, quien le ofreciera plaza de profesor en la Escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela. Los obsequios que me da este amigo de cuatro padres son o gastronómicamente sabrosos o de importante conocimiento**: libros, revistas, referencias de Internet o contenidos de su privilegiada cabeza. Hace unos dos años me regaló Invitación a filosofar (según espíritu y letra de Antonio Machado), obra de García Bacca publicada por la Universidad de Los Andes—mi primera Alma Mater—en 1967. Creo que ya es suficientemente luminoso su prólogo, que el autor ofreció como Palabras iniciales. Éstas son:

“Escribir para el pueblo… ¡qué más quisiera yo! Deseoso de escribir para el pueblo aprendí de él cuanto pude, mucho menos, claro está, de lo que él sabe. Escribir para el pueblo es escribir para el hombre de nuestra raza, de nuestra tierra, de nuestra habla, tres cosas inagotables que no acabamos nunca de conocer. Escribir para el pueblo es llamarse Cervantes en España; Shakespeare, en Inglaterra; Tolstoy, en Rusia. Es el milagro de los genios de la palabra. Por eso yo no he pasado de folklorista, aprendiz, a mi modo, del saber popular. Siempre que advirtáis un tono seguro en mis palabras, pensad que os estoy enseñando algo que creo haber aprendido del pueblo”.

Así hablaba Antonio Machado, poniéndolo modestamente en boca de Juan de Mairena, quien, a su vez, modestamente también, decía repetir una sentencia de un maestro: Abel Martín.

¡Ojalá todos pudiéramos inventarnos unos maestros, o maestros de maestros nuestros, a quienes atribuir lo mejor que nos acudiera! Pero en definitiva, todos: maestros de maestros, y maestros nuestros, somos discípulos del pueblo: Maestro tan discreto que no se ha dado nombre propio, y tan eficiente que nos hallamos enseñados sin caer en cuenta que lo hemos sido por un maestro.

El pueblo, en cuanto maestro, no nos humilla; y por eso no nos sentimos humillados al reconocerlo por maestro, como somos proclives a sentirnos respecto de maestros nuestros con nombre propio, apenas creemos—casi siempre ilusos o sietemesinos mentales—que somos ya algo nosotros; yo, con nombre propio.

Aquí, en esta obrita, el autor ha intentado imitar a Antonio Machado. No es, claro está, posible atribuirle todo lo que el autor escribe sobre los temas; al menos que sentencias suyas, de Mairena o de Martín, que es lo mismo, los inspire en su desarrollo, ya que no en cuanto a la letra, sí en cuanto al espíritu. También el autor querría escribir para el Pueblo—para nuestros pueblos hispano-americanos: sobre sus problemas seculares no resueltos por las secularmente llamadas soluciones, y escribir sobre sus nuevos problemas a cuya solución no sólo no van a servir de nada las viejas, sino, de servir, lo serán de obstáculos.

Aunque los temas y su desarrollo parezcan dirigidos a una clase distinguida, apelan a lo que, filósofos o no, tengan todos de pueblo, que aquí, en Hispanoamérica, es casi todo,—por suerte.

El autor mismo ha tenido que hacer un esfuerzo para descender a su estrato popular—, de abuelos labradores; de padres, sencillos maestros de escuela. Esta obra es, pues, un acto de democracia.

JUAN D. GARCIA BACCA

Caracas, 26 de junio de 1965

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* Juan David García Bacca nació el 26 de junio de 1901 en Pamplona (Navarra). La prematura muerte de su padre, un maestro de escuela de origen aragonés, Juan Isidro García, le llevó a ingresar muy joven en el Seminario de los padres claretianos, con los que hizo el noviciado en Cervera en el curso de 1916-17. En la misma ciudad catalana, Cervera, estudió filosofía y teología (1917-23), para ordenarse sacerdote claretiano (1925) tras dos años de estudios de moral y derecho en Solsona. (…) En Caracas (Venezuela) tuvo una fructífera carrera filosófica al ser fundador de la Escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela (UCV) en 1946 ―que fue la primera escuela de la Facultad de Filosofía y Letras, hoy Facultad de Humanidades y Educación―, permaneciendo activo hasta 1971. Paralelamente ejerció la docencia en el Instituto Pedagógico de Caracas (1947-1962). En 1952 obtuvo la nacionalidad venezolana. (Wikipedia en Español). García Bacca murió en Quito el 5 de agosto de 1992.

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** Otras veces he dicho, sin faltar a la verdad, que JRR nos regaló la modernidad a quienes fuimos sus alumnos en la Escuela de Ciencias Sociales que fundara el impar Arístides Calvani. Los autores que nos hizo conocer—Anatol Rapoport, Herman Kahn, Kenneth Boulding, John von Neumann, Marshall McLuhan, Daniel Bell…—abrieron nuevos caminos al rico pensamiento del siglo XX, que recorrimos de la mano de nuestro profesor. (Profesor, consejero y amigo, 1º de agosto de 2019).

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