el blog de luis enrique alcalá de sucre

la política como arte de carácter médico (y otras cosas)

CS #205 – Desulfuración urgente

Cartas

Justo al comienzo de Hegemonía o supervivencia (America’s quest for global dominance), Noam Chomsky refiere los razonamientos del biólogo Ernst Mayr sobre la probabilidad de existencia de inteligencia extraterrestre en nuestro universo—Mayr la estima como prácticamente nula—para ventilar luego sus propias preocupaciones sobre el destino de la especie humana: «…un observador extraterrestre hipotético pudiera muy bien concluir que los humanos han demostrado esa capacidad [de destruirse a sí mismos] a través de su historia, dramáticamente en los últimos siglos, con un asalto al ambiente que sostiene la vida, a la diversidad de organismos más complejos y, con frío y calculado salvajismo, también los unos a los otros». Un refinado dibujante de tiras cómicas—Bill Watterson—hace hablar a un tigre de peluche (Hobbes), que se dirige al alucinado infante que es su dueño (Calvin) para significar lo mismo de modo más sucinto: «La más segura señal de que existe vida inteligente en algún lugar del universo es que nunca ha tratado de contactarnos».

Profuso en citas—hace referencia a sesenta y dos libros—es Hegemony or survival. Las emplea Chomsky, por otra parte, con demoledora pertinencia. Por su mayor parte es el libro una denuncia contra la irracionalidad de la invasión norteamericana a Irak, aunque el discurso es más amplio, y en verdad establece la tesis de un verdadero y longevo imperialismo estadounidense, la punta de cuya raíz halla en una carta de George Washington a Thomas Jefferson en la que proclama (1779) su intención de aniquilar a la entera tribu de los iroqueses. También William Clinton—que acaba de declarar, para «salvar su prestigio», que en su momento ordenó (antes del 11 de septiembre) el asesinato de bin Laden—recibe lo suyo aunque, repito, lo más frecuentemente evaluado son las acciones del segundo Bush. Así cita, por ejemplo, a nadie menos que Arthur Schlesinger, historiador y consejero y biógrafo de la presidencia de John Kennedy, para registrar su postura ante la guerra que ha gastado 700 mil millones de dólares y todavía continúa: «El presidente ha adoptado una política de ‘autodefensa anticipatoria’ que es alarmantemente similar a la política que el Japón imperial empleó en Pearl Harbor, en una fecha que, como dijera un anterior presidente americano, viviría en la infamia. Franklin D. Roosevelt tenía razón, pero hoy somos los americanos quienes vivimos en la infamia».

A pesar de lo pesado—sin insultar ni burlarse—que es el libro, no deja de albergar un tenue optimismo. El último capítulo toma su nombre de una espeluznante admonición de Bertrand Russell—seguramente uno de los ídolos de Chomsky, pacifista y eterno crítico de su gobierno, como él—pero convierte a la oración en pregunta: ¿Una pesadilla pasajera? Espantosamente viene de Russell así: «Después de edades en que la tierra produjo inocuos trilobites y mariposas, la evolución progresó hasta un punto en que generó Nerones, Gengis Khanes y Hitlers. Creo, sin embargo, que esto es una pesadilla pasajera; con el tiempo la tierra será de nuevo incapaz de soportar la vida, y la paz regresará».

Es una escritura en la pared que remite exactamente a la angustia del inicio, pero inmediatamente después de asestar ese último golpe de conciencia, Chomsky cierra la exposición con una inocente esperanza: «Lo que importa es si podemos despertarnos de la pesadilla antes de que lo consuma todo, y traer al mundo una medida de paz y justicia y esperanza que esté, ahora mismo, al alcance de nuestra oportunidad y nuestra voluntad».

Éstos son, pues, los temas que desvelan a Chomsky, el papa de la lingüística del siglo XX, el autor de Estructuras sintácticas, el Profesor Emérito de Lingüística del Instituto Tecnológico de Massachussets, el enterrador de Skinner, el doctor honoris causa de, entre otras universidades, las de Londres, Chicago, Delhi, Pensilvania, Georgetown, Amherst, Cambridge, Pisa, Buenos Aires, MacGill, Columbia, Toronto, Harvard y Nacional de Colombia.

Pero nada de su autoridad—sea porque fue un duro, inteligente y persistente opositor a la guerra de Vietnam, sea porque la gente lo vota en encuestas de revistas inglesas el primer intelectual del mundo—hubiera podido servir para hacer de su libro un best seller. Él mismo dice que es muy fastidioso como orador. No lo es, a pesar de esto, cuando escribe; pesado sí, e insomniante, pues es tan avasalladora su lógica como la información que maneja, pero no escribe cuentos de hadas, no hace literatura escapista. No podía, pues, esperar un éxito de librería con Hegemonía o supervivencia, donde niega que los humanos podamos sobrevivir si los Estados Unidos continúan desempeñándose en el rol de hegemones.

El libro de Chomsky es el mismo que Amazon, la más grande librería virtual del planeta, registraba en el lugar número 26.000 de sus libros más vendidos, hasta que pasara de un solo envión a ocupar el primer lugar de ventas, luego de la promoción que de él hiciera Hugo Chávez en su discurso del 20 de este mismo mes ante la Asamblea de las Naciones Unidas. Tal vez por esto haya dicho Chomsky que le gustaría mucho hablar con Hugo Chávez. No es infrecuente que los grandes cerebros sean vulnerables al incienso y propensos a la credulidad, que usualmente regatean al objeto de su ciencia y de su crítica.

………

Datanálisis—lo ha confirmado la insistencia de Luís Vicente León—mide más de 50% de intención de voto a favor de Chávez, y concede alrededor de 17% a Manuel Rosales. Esta última cifra está muy cerca de lo que Hinterlaces registraba como porcentaje de la población identificada con la oposición: 15%. ¿No es tal cosa síntoma evidente de que, como Salas Römer o Arias Cárdenas, Rosales no va a poder con Chávez? Ante esto ¿qué harán los muy exigidos asignadores de recursos que se oponen a la reelección?

Si Rosales no sube lo suficiente, o Chávez no baja muchísimo, será grande la tentación del 4D de 2005: decir, como la zorra de Samaniego, que las uvas están verdes, y abstenerse, retirarse de la contienda, en la extraviada ilusión de que así Chávez quedará «deslegitimado» y un salvador golpe de Estado, una salvadora invasión de marines resolverá el asunto. Ya no Chávez a La Habana con escala en La Orchila, sino directamente a Guantánamo, pues. La abstención total, el paro electoral pudiera ser la receta.

La política, no obstante, no se hace con ausencias.

También ahora habría que poner una fecha límite para—sería la otra opción—sustituir la candidatura de Rosales—no digamos la de Rausseo que ha poco menos que desaparecido del radar—por la de una figura capaz de emitir un discurso equiparable y eficaz contra el muy eficaz discurso de Chávez. Rosales no lo está proveyendo. ¿Ha hecho este político convencional, alguna vez, el intento de leer a Chomsky? ¿Puede siquiera pretender refutarlo, o al menos al más reciente de sus exégetas, Hugo Chávez?

Una vez más, la oposición organizada en Venezuela, sus élites antiguamente dominantes, producen una respuesta insuficiente. Como antes los carmonistas, los paristas, y los revocadores; como antes la inversión perdida en Fernández, en Álvarez Paz, en Salas Römer, en la contraconstituyente de La Gente es el Cambio, en Arias Cárdenas; ahora se cierra filas conmovedoramente alrededor de Rosales porque «es lo que hay».

Entretanto, pareciera que las cosas se ven más claras desde afuera. Así escribe en The Christian Science Monitor, por ejemplo, Brian A. Nelson (ex becario Fulbright): «Las recientes proclamaciones del Presidente de Venezuela, Hugo Chávez, de que todavía podía oler el azufre de la visita del Sr. Bush a las Naciones Unidas el día anterior, han sido en gran medida cubiertas por los medios como risibles y absurdas. Pero si usted se sorprendió bufando o torciendo los ojos—tal vez como muchos torcieron los ojos con el discurso de Bush sobre el ‘eje del mal’—usted se estaría equivocando respecto de la estrategia del más poderoso y problemático líder de América Latina. Es más, probablemente usted no sea a quien el Sr. Chávez esté hablando, en cualquier caso».

Y luego, después de describir la evidente estrategia de Chávez, de aprovechar «un chivo expiatorio tan perfecto, una piñata» tan bajita como Bush, para galvanizar a sus partidarios y disimular los defectos de su revolución, Nelson remata: «En resumen, Chávez puede adelantar su agenda izquierdista—batuqueando a Bush por el camino—sin temor de represalias. Mientras algunos pueden reírse de Chávez, casi seguramente será reelegido en diciembre para otro período de seis años, e incluso ha aludido a un cambio en la Constitución para que pueda permanecer en el poder hasta 2021. El tremendista que se sienta sobre las más grandes reservas de petróleo fuera del Oriente Medio, no se va a ir demasiado pronto».

¿Menciona Nelson siquiera una vez a Manuel Rosales? Para nada. Entretanto, una nueva capa de boba complacencia cubre a la oposición boba—aunque no a la estúpida de los golpistas e invasionistas—creyendo que es posible que Rosales derrote al ensoberbecido presidente—que huele azufre pero no deja de venderle al diablo petróleos desulfurados—y lo tutean a distancia: «¿No viste lo que dijo Manuel en Humocaro Alto?»

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FS #112 – El brujo como cacique

Fichero

LEA, por favor

En febrero de 1994 inició su corta vida—deceso por causas naturales en octubre de 1998—una publicación mensual impresa del suscrito (referéndum) que hasta cierto punto fue precursora de estas fichas y cartas digitales de doctorpolítico, por cuanto pretendía hacer análisis, interpretación y proposición política. En junio de 1998 alojó un trabajo—De héroes y de sabios—que trataba el tema eterno de la relación entre conocimiento y poder. Gastón Berger alguna vez destacó la tensión con estas palabras: «Hemos sufrido demasiado viendo a la sabiduría separada del poder para no desear la colaboración de quienes determinan lo deseable con aquellos que saben lo que es posible».

El trabajo referido—del que se reproduce aquí su introducción y su sección final—incluía una historia escueta de los intentos, mayormente fallidos, por establecer en Venezuela un think tank digno del nombre. La expresión se emplea de modo laxo para designar iniciativas que no son verdaderos think tanks. Por esto explicaba el trabajo: «Un think tankes un instituto de investigación con un número considerable de al menos, quizá, treinta investigadores que suelen trabajar, en grupos multidisciplinarios y especializados, en la formulación de políticas, en proyectos dirigidos sobre todo a procesos sociales amplios y de largo alcance o carácter estratégico, que examinan sus creaciones y recomendaciones con la mayor rigurosidad científica. Un think tank ha sido establecido porque se cree en la utilidad de un servicio de esa clase (pública o privadamente, pública o secretamente) y por tanto se le dota adecuadamente, hasta generosamente, de recursos (bibliotecas, salones, oficinas, computadoras, correo electrónico y ‘navegación’ en Internet, asistencia en búsqueda y apoyo administrativo). Un think tank, para que sea verdaderamente tal, debe tener garantizada la libertad de pensar y expresar lo que piensa, debe gozar de un derecho equivalente a la libertad de cátedra, de un derecho a la investigación».

Pero más allá de estas precisiones, el grueso de la discusión versaba sobre la participación directa de los «hombres de pensamiento» en posiciones de poder. Uno de sus comentarios iba así: «Vilfredo Pareto, sociólogo y economista italiano de principios de siglo, se ha hecho muy conocido en el ámbito empresarial, gracias a que sus ‘curvas’ han devenido en concepto medular de la escuela gerencial de la ‘calidad total’. También es el autor de ‘La circulación de las élites’. En este libro Pareto describe la configuración de poder más frecuente como aquélla en la que los hombres de acción, los ‘leones’, son los que gobiernan. Pero también expone que cíclicamente los ‘leones’ arriban ante atolladeros que no pueden superar, y deben venir entonces los ‘zorros’ al gobierno, los hombres de pensamiento, los que dominan el ‘arte de la combinatoria’, a resolver la situación. Según su esquema, los ‘leones’ y los ‘zorros’ se alternan cíclicamente; según Pareto las élites circulan. Tal vez, entonces, estemos en Venezuela necesitando un desplazamiento, aunque sólo sea temporal, de ‘leones’ por ‘zorros’, de caudillos por filósofos. Tal vez estemos ante la necesidad de un nuevo ciclo de Pareto, y entonces recupere la vigencia la idea de un ‘retorno de los brujos’, que fuera el título de uno de los libros de mayor influencia en la fértil década de los años sesenta».

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El brujo como cacique

Existe una antigua leyenda de las tribus germánicas según la cual al comienzo del mundo sólo había dos clases de hombres: héroes y sabios. (Dicen que en algunas traducciones se lee justos en lugar de sabios).

Según el mito los héroes se levantaban todas las mañanas dispuestos para la faena: conquistar castillos, derrotar bandidos, rescatar doncellas y matar dragones. Al caer el día cesaba la jornada; y entonces los héroes se dirigían a las cuevas de los sabios, para que éstos les explicaran el significado de sus hazañas, pues no sabían ni por qué ni para qué las emprendían.

Es inevitable relacionar la tensión polar que esa narración nos muestra con el satírico epígrafe de Argenis Martínez: «La característica general de la política venezolana hasta ahora es que si usted está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país, entonces usted ya perdió las elecciones». Lo que la leyenda indica es que desde hace mucho tiempo, en un pueblo bastante distante de nuestra heredad, ya se pensaba que había una gente que se ocupaba de las cosas y otra distinta que se entretenía con los significados de las cosas. No es sólo en Venezuela, pues, que se manifiesta esa bipolaridad entre «hombres de acción» y «hombres de pensamiento», entre héroes y sabios, entre caciques y brujos. Pero en Venezuela esta tensión se manifiesta con particular crudeza.

Porque no sólo es que en Venezuela se prohíbe a los brujos mandar, sino que ni siquiera se les estima. Una vez un profesor extranjero, experto internacional en sistemas de decisión racional de alto nivel, fue invitado por un ministro central de un gabinete de esta última mitad de siglo venezolana. El profesor, a petición del ministro, recomendó la institución de un centro de investigación y desarrollo de políticas—con una cierta propensión al largo plazo, bien dotado de recursos, escudado del poder—una unidad de análisis de políticas para la Presidencia de la República, naturalmente sometida al corto plazo, con capacidad de respuesta instantánea; y un programa de formación para los que trabajarían en ambos tipos de centro. Dijo que esa trilogía era indispensable para aumentar la racionalidad en la toma de decisiones públicas. Después de escucharlo con mucha atención, y después de declarar que esto último era lo que él procuraba hacer desde su ministerio, el ministro dijo: «El problema, profesor, es que por mucho tiempo más la clave de la política venezolana estará en el número de compadres que tenga el Presidente en el país».

Y no se crea que algo así ocurre sólo en el corazón del Gobierno Central: hace unos años ya en una de las operadoras de PDVSA, nuestro dechado de virtudes gerenciales, un conferencista buscaba una página en blanco en el rotafolio de la junta directiva a la que hablaría en unos instantes. En ese proceso se topó con una página en cuyo centro estaba escrito lo siguiente: «A la industria petrolera no le conviene tener demasiada gente inteligente».

¿Qué es este prejuicio contra las personas que tienen la tara de intelectualidad? Que se sepa, la Constitución de 1961 sólo inhabilita para el ejercicio de los altos cargos públicos a quienes no son venezolanos por nacimiento, a quienes son demasiado jóvenes, a quienes son religiosos. (Si se comprende las enmiendas, a quienes han sido hallados culpables de delitos contra la cosa pública). No existe indicación alguna, ni en su texto original ni en las dos enmiendas subsiguientes, de la inhabilidad política de los «hombres de pensamiento». ¿De dónde se saca entonces que éstos no deben mandar?

………

Mientras no se generalice el cambio de paradigma necesario—y los cambios paradigmáticos son de suyo procesos de distribución general más bien lenta (por más que a nivel individual puedan darse casi instantáneamente)—tal vez sea posible admitir un tratamiento excepcional y transitorio a los más básicos y profundos problemas de la política venezolana, en el que se asegure una participación determinante de los «hombres de pensamiento» del país.

Es preciso admitir que ese cambio es difícil. Porque es que a la disposición habitual de la percepción, que como vimos tiende a negar al intelectual la posibilidad de mando, se une, tal vez, un miedo profundo a tal eventualidad.

En Poor Koko, John Fowles relata la violencia aparentemente gratuita que un intelectual hace brotar de un ladrón más bien inculto, provisto tan sólo de un barniz de catecismo marxista, a quien vence en una discusión. Precisamente porque había sido vencido por las palabras del intelectual, el ladrón reaccionó con violencia especialmente cruel. No hay nada tan humillante como una derrota intelectual.

Una vez un politólogo que ahora es político me propuso la siguiente cuestión para debatir: ¿cuál es el deporte más violento? Él proponía que era el fútbol el deporte más violento. (Él lo practica). Yo le sugerí considerar al ajedrez.

En el enfrentamiento igualitario de dos inteligencias no caben las excusas. No se puede diluir la responsabilidad entre los varios miembros de un equipo, ni se puede argumentar que un defensor corpulento, mucho más grande que nosotros, nos ha impedido con tácticas sucias. No hay nada tan humillante como una derrota intelectual. Y los intelectuales pueden ser particularmente crueles al inflingirla.

Así, pues, hay un trasfondo de miedo en el rechazo a la posibilidad de un gobernante intelectual. Ante él se tiene tanta aprensión como ante la mujer que es la vez bella e inteligente en grado sumo. Mientras más brillante sea el intelectual más se le teme.

Esto es hasta cierto punto natural. Puede con facilidad sentirse que una persona así tenderá al totalitarismo, basada en una conciencia egomaníaca que le haga pensarse superior a los demás.

Pero si se es un verdadero intelectual se sabe que la inteligencia no es meritoria si no está al servicio de los demás, si no respeta y cree en la sabiduría superior del pueblo—»lo primero que debieran enseñar (las) escuelas (de política) es que el pueblo es más sabio y poderoso que el gobierno»—si se cree inmune al error. Por fortuna varios siglos de una ciencia más social y menos exclusiva, menos esotérica, han enseñado a quienes emplean sistemáticamente el pensamiento que las mejores teorías no son eternas.

Y si aún persiste la desconfianza puede adoptarse todavía otra estrategia. Puede acotarse y limitarse temporalmente el ejercicio del poder por el brujo.

Respecto de los problemas del Estado venezolano «…en un lapso relativamente corto es posible modificar su organización, desencadenar su metamorfosis, para arribar, en un Estado diferente, a una disposición en la que los muy considerables talentos evidentes entre los venezolanos, puestos al servicio de la función pública, rindan resultados mucho más importantes y valiosos que los muy escasos que ahora obtenemos, desde que el paradigma político prevaleciente, la manera ordinaria de entender y hacer la política, los supuestos de nuestra política, comenzaran a ser impertinentes».

Quizás sea una realidad paradójica que los problemas verdaderamente más fundamentales puedan ser resueltos más rápidamente que los problemas cotidianos de menor nivel. La evidente falla sistémica del Estado venezolano es algo que debe ser ciertamente resuelto con prontitud y en relativo corto tiempo. Creo difícil que los «hombres de acción» sean los llamados a acometer una reingeniería radical del Estado venezolano, obviamente aquejado por un catálogo casi completo de los problemas políticos conocidos en el mundo. El momento actual exige el rediseño de nuestro Estado. Exige, por tanto, pensamiento.

Exige una manera diferente de entender la política. Exige, por tanto, un liderazgo ya no solamente programático, sino paradigmático. Y quienes pueden ejercer ese liderazgo no son otros que quienes encarnan el nuevo paradigma, y éstos se hallan entre quienes lo han inventado o ya lo han hecho suyo. Hasta que, reitero, ese nuevo paradigma haya permeado para generalizarse, y pueda confiarse de nuevo el gobierno a un nuevo político convencional

Puede pensarse, por consiguiente, en confiar este momento crucial de la política venezolana a quien ya haya perdido las elecciones porque «está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país».

Hay quienes estarían dispuestos a asumir la tarea metamórfica y a completarla en lapso de no mucha duración.

Esto es posible en Venezuela. No digo que probable; afirmo tan sólo que es posible. La probabilidad irá en aumento, como ha venido siendo, con el crecimiento del mal. Pues si el próximo gobierno de Venezuela es un nuevo gobierno convencional o si, peor aún, es un gobierno de vindicta pseudojusticiera que se justifica con una interpretación interesada de los próceres del pasado, el problema político nacional se agravará aún más. Entonces llegará un momento en que Tío Tigre deba dejar el mando a Tío Conejo.

Que la mera posibilidad pueda convertirse en realidad efectiva dependerá, a la larga, del ineludible aumento de conciencia de los Electores venezolanos en general. En un cierto punto del futuro forzarán el cambio. Que esto pueda darse en un plazo más corto dependerá de la lucidez de las élites de poder del país: de ésas que asignan oportunidades y recursos, y que podrían, en un salto de conciencia que les justificaría como tales élites, abrir las puertas a la incruenta revolución, a la revolución mental que la magnitud de los problemas exige.

Y una cosa más a favor de los intelectuales en el poder en esta hora nacional: no siendo, precisamente, políticos que se entenderían como combatientes, es menos probable que entiendan su misión como la de ángeles vengadores, por cuanto su compromiso no es de combate entre contrincantes por alcanzar el poder, sino compromiso con la verdad. Estando, en principio, adiestrados para la lectura serena y desapasionada de las cosas, serían menos propensos a involucrarse en cacerías de brujas, reivindicaciones clasistas y programas de exterminio.

«Un paciente se encuentra sobre la cama. No parece padecer una indisposición común y leve. Demasiados signos del malestar, demasiada intensidad y duración de las dolencias indican a las claras que se trata de una enfermedad que se halla en fase crítica. Por esto es preciso acordar con prontitud un tratamiento. No es que el enfermo se recuperará por sus propias fuerzas y a corto plazo. Tampoco puede decirse que las recetas habituales funcionarán esta vez. El cuerpo del paciente lucha y busca adaptarse, y su reacción, la que muchas veces sigue cauces nuevos, revela que debe buscarse tratamientos distintos a los conocidos. Debe inventarse un nuevo tratamiento». Son los sabios, son los brujos, quienes podrían ofrecerlo esta vez.

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LEA #204

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El revuelo causado por el discurso reciente de Benedicto XVI en el Aula Magna de la Universidad de Regensburg (Ratisbona, 12 de septiembre) es algo que debió estar previsto por el Sumo Pontífice, algo discutido de antemano por el Papa y su estado mayor. Si unas caricaturas danesas causaron disturbios escandalizados en áreas musulmanas, si en su momento Salman Rushdie recibió sentencia de muerte por sus «Versos satánicos», el Vaticano no podía suponer que las palabras cuidadosamente escogidas por el papa Ratzinger pasarían sin pena ni gloria.

Lo que ha hecho el Papa es actuar como representante de miles de millones de ciudadanos del planeta que no comprenden como una religión—más precisamente, algunos fieles de una religión—pueda a estas alturas del siglo XXI predicar la guerra santa. La precisión y extensión de la cita que Benedicto XVI insertara en su discurso, atribuida al emperador bizantino Manuel II Paleólogo, no dejan lugar a la duda. El discurso fue intencional y la reacción anticipada. Benedicto XVI ha abierto un debate.

Claro que los cristianos hicieron guerra santa con las Cruzadas, y se mataron entre sí, católicos y protestantes, en más de una guerra en Europa. Es un fenómeno occidental: ni los lamas tibetanos ni los brahmanes hindúes andan en plan misionero armado por el mundo. Son las tres religiones del mismo Dios de Abraham—como Mahoma reconociera—y no sólo la islámica, las que son problemáticas. La más antigua, la judía, porque predica que hay un pueblo específico que hizo un contrato específico con la divinidad, que hay un pueblo elegido de Einsteins y Barenboims entre todos los pueblos de la tierra, que sólo ese pueblo tiene una alianza con Dios. A pesar de esto, o quizás precisamente por eso, no son proselitistas ni tienen una actitud expansiva; tan sólo una latente soberbia.

La segunda cronológicamente hablando, la cristiana, porque siempre ha pretendido que es «la única religión verdadera» y recibió del mismo Dios, de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el encargo o mandato de catequizar a todas las gentes del mundo. A estas tierras llegó con los descubridores y conquistadores, y por eso nos persignamos y comulgamos, en lugar de prosternarnos con la cabeza en dirección de La Meca. (Gracias a que los Reyes Católicos derrotaron a los moros para la época en que Colón cruzaba el océano por vez primera).

La más joven es la islámica, nacida en medio de guerras tribales y llena por esto de instrucciones concretas de guerra santa, que los más radicales sacan de contexto histórico y los doctos islamistas mantienen a raya. Muhammad Shahrour, por caso, recomienda una reinterpretación de sus textos sagrados, muchos de cuyos preceptos, sobre todo los que tienen que ver con la práctica de la guerra, son sacados de contexto para dotarles de una cualidad general que no tienen. Por poner el caso más notable, toda la Sura del Arrepentimiento—una descripción del fallido intento de Mahoma por establecer un estado en la Península Arábiga—se emplea a menudo para justificar ataques extremistas. («Maten a los paganos donde los encuentren»). Sharhour argumenta que ese mandato debe entenderse como restringido a la lucha específica que Mahoma libraba entonces.

Tal vez debiera Benedicto XVI emplear todo su poder de oración para pedir al Altísimo que envíe un Mesías islámico, que de un plumazo suscite un Nuevo Testamento del Islam, y lleve a Mahoma a la condición que en nuestro caso ostenta Moisés, admiradísimo y queridísimo líder del Antiguo Testamento, el del temor de Dios, que en su época expulsaba parejas del Paraíso, enviaba diluvios, abría mares, extendía plagas, confundía lenguas y arrasaba con Sodoma y Gomorra. Entretanto surge este nuevo líder religioso del Islam, que agrupa a mil doscientos millones de fieles, Benedicto XVI ha dado un valiente paso. No debiéramos dejarlo sólo, pero tampoco debemos mirar la paja en el ojo ajeno cuando tenemos, por historia, la viga en el propio.

La mezcla de religión y política ha sido siempre causa de sufrimiento de los pueblos. Dice el gran intelectual islámico S. Parvez Manzoor: «El Estado, como fenómeno histórico, en consecuencia, ni ‘encarna’ la Ley ni ‘representa’ la verdad de la fe sino que constituye una entidad contingente que tiene jurisdicción sobre los cuerpos de los hombres pero no sobre sus conciencias». ¿No es esto acaso una forma culta y técnica de afirmar lo mismo que la máxima de Jesús de Nazaret, «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»?

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CS #204 – Piedra, papel o tijera

Cartas

La primera opción es, desde luego, la continuación de Hugo Chávez en el poder. Es un mal al que una parte significativa de la población se ha venido acostumbrando. Como con prácticamente cada cosa en el mundo, hay ventajas y desventajas en la cristalización de ésta la más probable de las posibilidades, si se atiende a los estudios de opinión conocidos.

Es posible estar de acuerdo con Chávez en unas cuantas cosas. Por ejemplo, en que es preferible un mundo organizado multipolarmente que unipolarmente. No es bueno que un bloque de los que hoy integran junto con países no alineados el planeta político, predomine o ejerza imperio sobre los otros, por más rico y avanzado que pueda ser. Hay mucho de bueno en los Estados Unidos. Es más, restados de sus aportes sus desaguisados, el efecto neto de los Estados Unidos sobre el mundo es positivo, acrecentador de civilización. Pero esto no les autoriza a hacer guerra o invadir países cada vez que les parece, ni a violar los derechos humanos de sus prisioneros mientras pretenden inmunidad ante La Haya.

Es posible estar de acuerdo con Chávez cuando dice que la Organización de las Naciones Unidas debe ser refundada. Esto no significa prescindir de las cosas buenas que ha hecho la organización ni de las agencias útiles que ha creado, pero su anatomía y su fisiología están excedidas como órgano público, como Estado de una polis planetaria, que es necesaria cada vez más. Muchos procesos y sistemas existen hoy que revisten dimensión transnacional, y en consecuencia rebasan las capacidades de las naciones. La unidad ecológica—somos parásitos de Gaia, un único organismo vivo descubierto por Lovelock, y ojalá aprendamos a ser como la flora bacteriana benévola de nuestros intestinos—el terrorismo internacional, la globalización económica—El mundo es plano, Thomas Friedman—el narcotráfico, la trata de blancas y el comercio sexual de los niños, el tráfico de armas, los arsenales nucleares, los deportes, la exploración y colonización del espacio exterior, la pobreza, las nuevas epidemias; todo eso sólo tiene solución desde una polis planetaria.

Pero las reformas que Chávez propone para la ONU son pobrísimas, meros paños calientes, como corresponde a su ignorancia y superficialidad efectista, a su improvisación. Es como su eterna proposición en cualquier foro que atienda: crear un fondo. Sus propuestas son muy limitadas, y su apoyo al fortalecimiento de la autoridad del Secretario General hace presumir que le tiene el ojo puesto al cargo. (Para el 2021).

Es posible estar de acuerdo con Chávez cuando prefiere la participación a la representación en una democracia.

«La democracia participativa está revolucionando la política local en América y borbotea hacia arriba para cambiar también la dirección del gobierno nacional. Los años 70 marcaron el comienzo de la era participativa en política, con un crecimiento sin precedentes en el empleo de iniciativas y referenda… Políticamente, estamos en un proceso de desplazamiento masivo de una democracia representativa a una democracia participativa… El hecho es que hemos superado la utilidad histórica de la democracia representativa y todos sentimos intuitivamente que es obsoleta… Esta muerte de la democracia representativa también significa el fin del sistema de partidos tradicionales».

El texto precedente no es de Hugo Chávez Frías. Tampoco lo es de ningún ideólogo del Movimiento Quinta República o de algún ministro del gobierno venezolano actual. Las palabras citadas han sido extraídas de la edición de 1984 del libro Megatendencias, bestseller de un gurú de la futurología, consentido por los gerentes de la globalización, y muy exitoso y próspero vendedor de libros, cursos y conferencias: el muy norteamericano y estadounidense John Naisbitt, el que, por cierto, viniera una vez al país invitado por organizaciones empresariales locales. Más aún, el país al que Naisbitt se está refiriendo con ese usurpado cognomento de «América», es nada menos que su propio país, los Estados Unidos.

Y es que la muy moderna teoría de los sistemas complejos, y su hermana la teoría del caos, ofrecen ahora el más sólido de los fundamentos a la bondad de una democracia participativa. No creo que Hugo Chávez tenga ideas claras acerca de tales exquisiteces teóricas, pero lo cierto es que los sistemas complejos, tales como los de una sociedad complejamente entrelazada por múltiples y constantes nexos de comunicación, exhiben «propiedades emergentes», comportamientos que son indeducibles de la calidad de sus componentes. Esto es, que aunque en una población dada, muchos de sus componentes no estén bien educados, el conjunto será capaz de rendir decisiones eficaces. Esto por lo que respecta a quienes creen que su voto personal contiene mayor calidad que el de la mayoría de sus compatriotas.

Uno debe estar de acuerdo con Chávez en que había que atender las necesidades de los más pobres en Venezuela, y esto lo ha hecho. En presentación de mayo de este año a VenAmCham—cuyo actual Presidente es Edmond Saade, también Presidente de Datos—se reportó que en los sectores D y E se mide un progreso del ingreso real por hogar. Entre 2003 y 2006 este incremento es de 137% para el Nivel E. (En bolívares corrientes pasó de Bs. 286.022 a Bs. 680.419 mensuales). Con cifras, y seguramente conceptos, diferentes, Datanálisis observó la misma cosa. Luis Vicente León, su Director Ejecutivo, contó: «Por primera vez en ocho años los más pobres del país han logrado una recuperación real de su poder adquisitivo, es decir, sus niveles de ingreso han aumentado 445% mientras que el incremento inflacionario acumulado en este período ha sido de 376%».

Debe anotarse, sin embargo, que nadie ha logrado progresar humanamente lo suficiente si no ha alcanzado el autosostenimiento económico, y no puede vivirse eternamente de subsidios. No podemos ser una nación de mantenidos. Ni por el Estado ni por los automovilistas que un semáforo pone a merced de vendedores (a veces de productos pirata), malabaristas, volatineros, limpiavidrios, comefuegos, o meros pordioseros. Tal vez esta conciencia esté en la definición misma de misiones, cuyo nombre exige principio y término.

Las misiones le han sido posibles a Chávez porque ha tenido reales petroleros. Pero no comenzaron desde el inicio de su gobierno. Chávez gobernó en 1999, 2000, 2001, 2002 y buena parte de 2003 sin percatarse de que en el país había, por caso, enfermedades en los barrios o analfabetismo, hasta que se vio cerca de una comparecencia ante los electores. Hubo que amenazarlo con un referendo revocatorio para que empezara a dar servicio público.

Pero nada de lo anterior, por más importante que sea, autoriza a Chávez a imponer sobre nuestro país su voluntad y sus interpretaciones, por cierto bien parciales y primitivas. La historia no es como Chávez la entiende, ni su apego a esa historia personalizada le confiere mérito o autoridad alguna, ni siquiera en las pocas ocasiones en que es cierta. Es demasiado evidente que su ideología, que oscila entre lo obsoleto y lo incierto, está determinada por su desprecio y su resentimiento.

Nada de lo anterior justifica la invasión de la privacidad, el recorte de las libertades, el amedrentamiento, el insulto, la violencia, el irrespeto, el acaparamiento de poderes, el afán continuista, el ventajismo, el descaro, la mentira, la apología del crimen, el complejo de superioridad moral, la acomodación de las leyes, la persecución, el asalto a los dineros públicos, el dispendio exterior, la amenaza, el culto a la personalidad, la sumisión, el incesante sobresalto, la distorsión de la historia, la arbitrariedad, la autocracia.

Chávez no tiene los remedios. Primero, porque no tiene la historia. Las cosas son distintas de cómo las organiza y las explica. Su ciencia es delgada. Segundo, porque es cirujano, no médico. Prefiere tener al paciente-país anestesiado, si se necesita inmovilizado, mientras lo interviene con técnicas e instrumentos invasivos y traumáticos. Ya lleva ocho años operando. Es tiempo de sacar al país del quirófano, y Chávez no sabe artes postoperatorias.

Es preferible para el país que Chávez no siga en el poder.

………

La segunda opción electoral de 2006 la encarna Manuel Rosales. Procura hacer una campaña clásica—casi como si hubiéramos regresado a la candidatura de Lusinchi—mientras se lo permiten los asaltos de gobiernistas violentos al menos tolerados por el gobierno. No hace una campaña ideológica, y su base fundamental no es su propia positividad, sino la negatividad presidencial. Le basta posicionarse como el que no es Chávez y ofrecer una tarjeta de débito subsidiada que ya tiene diseño gráfico, un modo de iniciar la marcha hacia el cumplimiento de su promesa: acabar con la pobreza. (Para esto debe estar contando al menos con doce años de gobierno). Tiene un arma secreta: su señora esposa, una dama de buen ver que es probablemente mejor comunicadora que él.

La verdad es que la oferta básica de Rosales es la libertad. Es no ser la dominación, y seguramente con eso debiera bastar. No es un líder brillante, no deslumbra. Manuel es como tú. No es óptimo pero es preferible. Está subiendo, pero todavía está su techo a la altura del piso de Chávez. Su apuesta, que este piso se hunda.

………

Benjamín Rausseo pareció algún día ser la tercera opción. Pero ahora parece que, como Chávez, no está viviendo en el país. No se conoce de su progreso, y es dudoso si puede contribuir muy significativamente al hundimiento de Chávez. Si quisiera, tal vez podría ser vehículo de otro, o más bien, ser precursor y profeta al estilo de San Juan Bautista. El Artículo 151 de la Ley del Sufragio y Participación Política proporciona el siguiente guión: «…en caso de candidatos ya postulados que por muerte, renuncia, incapacidad física o mental o por cualquier otra causa derivada de la aplicación de normas constitucionales o legales deben ser retirados, se admitirán las correspondientes sustituciones». Pudiera sustituirle Rosales o, si éste no avanza lo que se necesita, otro u otra, un verdadero o una verdadera outsider in extremis.

LEA

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FS #111 – Recuerdo al margen

Fichero

LEA, por favor

Vuelvo a certificar, como lo hiciera en la Ficha Semanal #54 de doctorpolítico (12 de julio de 2005), mi admiración por la prosa certera, elegante y culta de Ángel Bernardo Viso, a mi juicio uno de los más finos prosistas de la modernidad venezolana. En aquella ocasión se reprodujo parte de una de sus «Memorias marginales», el conjunto de cartas «de Pedro Mirabal» que escribió para un imaginario amigo desde Madrid. Monte Ávila Editores se encargó de publicar el libro en 1992, cuando se cumplía el quinto centenario del Descubrimiento.

Viso es un eternamente interesado en el tema de nuestra identidad nacional. Así lo demostró al escribir «Venezuela: identidad y ruptura», un ensayo dolido y hermoso sobre los errores básicos de nuestra formación como pueblo. Sus tesis florecen de nuevo en las veintitrés cartas de «Memorias marginales», de las que la décima ha sido escogida para esta Ficha Semanal #111.

En ella alude a la miliar obra de Germán Carrera Damas, «El culto a Bolívar», que exhibe impúdicamente la patológica sacralización del Libertador, tema que ha actualizado con bellas e incisivas y pertinentes letras Elías Pino Iturrieta. En la carta que se reproduce aquí, fechada el 26 de abril de 1990, dos años antes de la insurgencia del 4 de febrero, ya Viso encontraba hermanados el culto a los héroes independentistas y la demagogia. Así delata terriblemente «…la consagración, en nuestra constitución no escrita, única verdadera, de la demagogia como un derecho inalienable de los gobernantes frente a los gobernados».

Es más que patente la insolente manipulación que el actual régimen venezolano hace de la figura de Bolívar, para justificar lo que no es otra cosa que un desordenado proyecto de poder personal. La lectura de Viso permite entender una de las razones de este interés chavista en los puntos de vista de Bolívar: el Libertador mismo tenía un proyecto de perpetuación vitalicia en el poder, por más que los guardianes autonombrados de su memoria salgan a defenderlo. Bolívar quería ser rey por otro nombre, como antes Miranda quiso ser inca o emperador en América. Ahora que se nos propone la reelección indefinida, valdría la pena recoger el reto de un pretendido referendo al respecto. Como antes con el Padre de la Patria, ante una figura menor de nuevo negaríamos el despropósito. Que venga la consulta, para rechazar la pretensión continuista con redoblado vigor.

LEA

Recuerdo al margen

El recuerdo de los campesinos calaboceños arruinados, y mi propio desarraigo, me lleva a atribuir las causas de nuestras desventuras a sucesos ocurridos hace varios siglos, aunque sólo de manera paulatina pueda exponerte la vinculación entre esos hechos y el marasmo actual de Venezuela.

En un libro escrito a fines del siglo XVIII, Las veladas de San Petersburgo, Joseph de Maistre, partiendo de una interpretación literal del Génesis, llega a la conclusión de que los primitivos habitantes de América eran los frutos podridos del árbol de la creación, los descendientes degenerados, por el mucho pecar, de los expulsados moradores del Paraíso. Poco faltó al conde saboyano, jefe de la escuela reaccionaria francesa, para justificar la matanza de los indígenas americanos, alegar que el demonio los poseía; ya sabemos que los colonos ingleses del norte, lectores asiduos de la Biblia, encontraron esta matanza perfectamente natural. Como ha sido observado, a pesar de su cacareado catolicismo, de Maistre respondía más a la óptica protestante—Ginebra está muy cerca de su tierra natal—que a la católica. A pocos centenares de leguas al sur de Saboya, los teólogos españoles alcanzaron conclusiones diferentes; entre ellos terminó imponiéndose la idea de que los indios, culpables o no de presuntos pecados anteriores, sólo requerían de la educación para alcanzar la capacidad natural que tenían como hombres; les convenían misioneros, encomiendas y las instituciones protectoras de las Leyes de Indias: eran ovejas necesitadas de un rey pastor…

La política española respondió siempre a la concepción según la cual los pueblos americanos estaban compuestos por seres plenamente humanos y con todos los atributos espirituales de los europeos, pero todavía menores de edad y sujetos a tutela; consecuente con esa teoría, el gobierno peninsular impuso a la pesada burocracia colonial el cometido de proteger a las clases sometidas e impedir que fuesen tiranizadas por los blancos descendientes de los conquistadores. La igualdad ante la ley no sólo hubiese sido herética: era imposible concebirla sin ser tachada de locura, pues había una clara conciencia de la desigualdad natural entre los súbditos del rey, conciencia que llevó necesariamente al paternalismo hacia nuestros pueblos, tan criticado y todavía en vigencia. Sin embargo, si en tiempos coloniales ese paternalismo era consecuencia de las premisas conceptuales de las que se partía, ahora hay una evidente contradicción, vinculada al populismo, en pretender conceder a los integrantes de las clases populares, a un tiempo mismo, la igualdad y la desigualdad; el derecho a decidir el destino de una colectividad mediante el voto y el ejercicio de los cargos electivos, de una parte; y, de la otra, el derecho a ser protegidos en la relación de trabajo, y en todos los aspectos de la vida, como si fuesen niños.

Al iniciarse la Independencia, los libertadores de estas partes tropicales de América se vieron en la necesidad práctica de captar la buena voluntad de indios, negros y pardos; estos últimos, de acuerdo con las estimaciones de la época, constituían la mayoría de la población de Venezuela… En la actitud de aquéllos se sumaba la conveniencia política a la influencia de los ideólogos franceses del siglo XVIII y de los políticos norteamericanos y franceses que auspiciaban el establecimiento de repúblicas democráticas en el mundo occidental. Era inevitable la tentación de prometer los derechos cívicos a los mismos pardos a quienes se invitaba a tomar las armas contra el rey; era casi igualmente inevitable que se falsificase la verdad histórica, denunciando a los españoles como opresores de nuestros pueblos y acusando a la Colonia de oscurantismo, barbarie y tiranía.

Visto a la distancia, el lamentable término de ese proceso, junto con el establecimiento de la total igualdad formal, fue la consagración, en nuestra constitución no escrita, única verdadera, de la demagogia como un derecho inalienable de los gobernantes frente a los gobernados. La demagogia nació del matrimonio contra natura de la igualdad formal y de la desigualdad real, de la permanente necesidad de conquistar la adhesión de las mayorías populares, a quienes los maestros de la Colonia, misioneros y encomenderos, no habían terminado de formar, y que luego fueron engañadas por promesas de bienes inalcanzables. El paternalismo actual también surgió como fruto ilegítimo de la demagogia y de la mala conciencia de los gobernantes, conocedores de la frustración de las clases populares e impotentes para permitirles un desarrollo armonioso.

Íntimamente ligado a la demagogia está el culto a los héroes y en especial a Bolívar. No sólo comparto al respecto la opinión de Germán Carrera Damas, sino que creo preciso ampliarla. La idea de la Independencia, como fundación de la patria y fuente de bienes inagotables, es consecuencia de una manipulación hecha de manera consciente y en gran escala por los hombres que han detentado el poder en Venezuela desde 1810 hasta la fecha, con la complicidad de los historiadores de más prestigio. Se ha creado así un país ficticio, cuyo devenir ideal, escrito en frases huecas y solemnes, no coincide con la pobre realidad contemplada diariamente por nosotros.

Un moderado paternalismo, de acuerdo con las pautas de la Colonia, regido por sabias normas y no sujeto a los sobresaltos de la demagogia, hubiese sido probablemente necesario en toda América. Cuando Bolívar quiso dar forma constitucional a nuestras repúblicas, auspició dos instituciones que, de haber sido aceptadas, y a pesar del caos creado por la revolución, acaso hubiesen permitido parcialmente la continuación de la paideia colonial. Ya en su Carta de Jamaica exponía, al describir la futura organización de Colombia: «Su gobierno podrá imitar al inglés; con la diferencia de que en lugar de un rey habrá un poder ejecutivo electivo, cuando más vitalicio y jamás hereditario, si se quiere república; una cámara o senado legislativo hereditario que en las tempestades políticas se interponga entre las olas populares y los rayos del gobierno…».

Más tarde, en Angostura (1819), precisaba su idea respecto del senado hereditario y proponía que los primeros senadores fuesen precisamente los libertadores, cuyos sucesores debían ser educados en un colegio especial «destinado para instruir aquellos tutores, legisladores futuros de la patria». Posteriormente, en el proyecto de Constitución de Bolivia (1826) rectificaba su idea anterior y proponía un presidente perpetuo, quien elegiría un vicepresidente que le sucediese: «…un presidente vitalicio, con derecho para elegir al sucesor, es la inspiración más sublime en el orden republicano».

Al repasar estos textos no se puede menos que sonreír, recordando las tempestades levantadas por los fariseos, al defender al Libertador de la sospecha de querer coronarse. C. Parra Pérez consagró a ese tema un libro magistral (La monarquía en la Gran Colombia), con documentos inéditos hasta su publicación, que arrojan luz nueva sobre el llamado proyecto monárquico, cuyo principal impulsor (¿a instancias de quién?) fue Rafael Urdaneta; el sabio historiador era diplomático de profesión, y se negó a sacar conclusiones, dejándolas a la imaginación de sus lectores… Sin embargo, ¿qué importan éstas si tenemos presentes las reformas constitucionales proyectadas por Bolívar? Él quería tutelar al pueblo colombiano, e incluso americano, por medio de instituciones de tal naturaleza que correspondían, a pesar de su nombre, a una monarquía parecida a la del entonces prestigioso modelo inglés.

El mismo Bolívar, antes de proponer esa tutela, había denunciado antes en Bogotá (1815) «el ignominioso pupilaje de tres siglos» impuesto por el gobierno colonial. Claro está, en la tutela propuesta por él, los pupilos habrían pertenecido a las clases populares; miembros del consejo de tutela serían sus compañeros de armas; y tutor, el propio Libertador. A pesar de esa inconsecuencia lógica, perfectamente normal en política, es lástima que una proposición semejante no hubiese sido aceptada, porque ya el fogoso revolucionario había sido sustituido por el visionario, aterrado por la destrucción de la paz social de la Colonia, de esa «provisional ordenación del caos», a la que me referí anteriormente. Por ese motivo, poco antes de morir envió a un antiguo subordinado suyo este texto que merece ser aprendido de memoria:

Usted sabe que yo he mandado veinte años y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos: Primero, la América es ingobernable para nosotros; Segundo, el que sirve en una revolución ara en el mar; Tercero, la única cosa que se puede hacer en América es emigrar; Cuarto, este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos los colores y razas; Quinto, devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos; Sexto, si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último período de América.

Las antes citadas iniciativas constitucionales bolivarianas habían sido precedidas, como ocurrió casi siempre, por otras correspondientes de Miranda, recordadas por el mismo Gil Fortoul. El Precursor propuso al ministro inglés Pitt, veinte años antes de la revolución americana, un proyecto de constitución en la que el poder ejecutivo sería ejercido por un inca o emperador hereditario; y la cámara alta (equivalente a la británica cámara de los lores) estaría compuesta de senadores o caciques vitalicios, nombrados por el inca; finalmente, los altos magistrados del poder judicial serían de igual manera vitalicios y nombrados también por el inca. La constitución se aplicaría a un estado hispanoamericano cuyo límite norte sería el río Mississipi, desde su desembocadura hasta sus cabeceras, y cuyo límite sur sería el Cabo de Hornos…

Esas ideas fracasaron totalmente, entre otras cosas, por la política del gobierno inglés, a quien Miranda trataba ingenuamente de convencer y cuyas directrices siguió, o pareció seguir, tanto tiempo. Pitt y sus sucesores dirigían una nación sólo interesada en dividir a sus enemigos y en establecer su dominio sobre el mundo. Para él los hispanoamericanos éramos adversarios en potencia, por descender de una raza con vocación imperial, aunque España estuviese en decadencia. Los ingleses no sabían entonces, no podían saber, que en el siglo XX encontraríamos complacencia en nuestra pertenencia al Tercer Mundo; que, en lo personal, nos sentiríamos satisfechos en parecer latin lovers, en ser melenudos declamadores de canciones de protesta o, en fin, uno de esos emigrantes, de dudoso o mal vivir, llamados hispanos en los barrios bajos de la opulenta América del Norte.

Inglaterra seguía en esa época la misma política adoptada por ella en tiempos de Felipe II y de Luis XIV, y todavía en práctica durante los gobiernos de Napoleón y de Hitler; la misma que, si hubiese podido, habría aplicado Margaret Thatcher frente a Europa; su política eterna, uno de cuyos rasgos es la afectada ignorancia y el desprecio hacia lo español.

De joven, pude vivir largos meses en dos pequeñas ciudades inglesas, donde tuve la sorpresa de ser tomado por peninsular y el placer intelectual de entender a los ingleses. Entonces lamenté más que en los bancos escolares la tempestad que deshizo la Armada Invencible y lloré la muerte de Álvaro de Bazán, el temido Marqués de Santa Cruz, quien hubiese sido jefe de la fracasada expedición española. Aprendí a admirar la cultura y la política inglesas desde una distancia irreversible, como se comprende la extraña hermosura de un animal de presa, la «aciaga joya» descrita por Borges en un poema, convencido de que era imposible exigirle ni piedad ni largueza, y ni siquiera una conducta distinta a la observada por ella desde que adquirió conciencia histórica, después de Hastings (1066), como si fuese un astro condenado a un movimiento inscrito en una órbita celeste; «Below, the boarhound and the boar // Pursue their pattern as before», escribió T. S. Eliot…

Ángel Bernardo Viso

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LEA #203

LEA

Un nuevo estudio que llegó a las Actas de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, vuelve a señalar como culpable a la actividad humana que acelera el calentamiento planetario. En esta ocasión, el estudio dirigido por Benjamín Santer y fortalecido por una pléyade de instituciones de investigación en varias partes del mundo, concentró su análisis del aumento de la temperatura oceánica en zonas de formación de huracanes.

Ya existía significativa evidencia de que una mayor temperatura de los mares está ligada a la creciente intensidad de huracanes nacidos en aguas tropicales del Atlántico y el Pacífico. El nuevo estudio, que combinó datos de 22 modelos climáticos elaborados en 15 centros de investigación en varias partes del mundo, halló, al decir de Santer: «una muy clara huella digital humana».

El equipo dirigido por Santer llegó a la conclusión de que los aumentos en las temperaturas marinas que vienen siendo registrados no pueden ser explicados por meras razones naturales. En sus estimaciones se considera que hay una probabilidad de 84% de que factores inducidos por el hombre sean responsables de al menos 67% del aumento observado. El principal entre estos factores es la emisión de gases a la atmósfera que dan lugar al efecto invernadero, la formación de anhídrido carbónico atmosférico en cantidades desusadas, lo que atrapa sobre la superficie terrestre el calor generado por la radiación solar.

Los científicos predicen, en la era post-Katrina, una aceleración de esta tendencia, y por tanto la aparición de huracanes y ciclones de mayor intensidad y frecuencia.

La emisión de gases problemáticos proviene mayormente de la combustión de carbón y petróleo. ¿No debiera una potencia petrolera como Venezuela preocuparse por estos asuntos, aunque sólo fuera porque la salud del planeta llevará, más temprano que tarde, a una sustitución del petróleo como fuente de energía? Para la época de la devastación de Nueva Orleáns por el huracán Katrina, el presidente Chávez insinuó que el desempeño atmosférico de los Estados Unidos era una de sus causas. ¿No tienen que ver nada en el problema los ricos países productores de petróleo? Si hay un gran mercado para la cocaína en los países desarrollados, eso no absuelve de responsabilidad a quienes cultivan la coca y la procesan.

LEA

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