el blog de luis enrique alcalá de sucre
la política como arte de carácter médico (y otras cosas)CS #201 – Insuficiencia programática
Todos los candidatos presidenciales de las más recientes campañas electorales emitieron sus «programas» hacia la fase final de la misma. El 25 de abril de 1993, el mismo día en que Oswaldo Álvarez Paz resultara electo candidato presidencial de COPEI en elecciones primarias, el flamante candidato declaró en el programa Primer Plano que entonces se dedicaría a conformar los equipos que tendrían que elaborar su programa de gobierno. Esto es, admitió que hasta ese momento su preocupación política fundamental era polémica, y que su legitimación como candidato copeyano tenía origen en el combate a un adversario interno a través de la retórica, no un origen programático.
Para los partidos tradicionales, para sus candidatos, el asunto del programa ocupa un lugar secundario respecto del problema «práctico» de obtener la candidatura o la magistratura. Por esta razón es tan desproporcionadamente grande la porción de los recursos que se dedica a las actividades típicas del combate electoral: encuestas, movilizaciones, publicidad. En 1992, un importante precandidato partidista, aún reconociendo que programáticamente estaba muy débil, consideró excesivo destinar, para un año de trabajo de un equipo programático, una cantidad que por ese entonces se gastaba en menos de una semana de propaganda televisada. En su explicación de esta postura esgrimió que acababa de regresar de los Estados Unidos, una semana antes de sus últimas elecciones presidenciales, y que allí ganaría un candidato que no había presentado programa. No había considerado que el problema de ganar las elecciones era menos importante que el problema de gobernar.
En gran medida esta actitud se explica por la muy difundida noción que se expresaba en la introducción al famoso libro editado por Moisés Naím y Ramón Piñango en 1985: El caso Venezuela – Una ilusión de armonía. Que el «gran diseño» es imposible o inútil, y que los programas vienen a ser más bien la sumatoria de un cúmulo de proposiciones específicas, las que deben ser generadas por especialistas. Obviamente, los candidatos no son especialistas, y por tanto la labor del programa no les correspondería a ellos.
Así recomendaban los profesores del IESA: «El mejoramiento de la gestión diaria del país requiere que los grupos influyentes abandonen esa constante preocupación por lo grandioso, esa búsqueda de una solución histórica, en la forma del gran plan, la gran política, la idea, el hombre o el grupo salvador. Es urgente que se convenzan de que no hay una solución, que un país se construye ocupándose de soluciones aparentemente pequeñas que forman eso que, con cierto desprecio, se ha llamado ‘la carpintería’. Si bien no hay dudas de que la preocupación por lo cotidiano es mucho menos atractiva y seductora que la preocupación por el gran diseño del país, es imperativo que cambiemos nuestros enfoques». Es decir, el remedio propuesto era el de sustituir los estrategas por los tácticos, aunque hay bastante de razón en la advertencia precedente.
En Venezuela el modelo de la reconciliación, de la negociación, del pacto social o de la concertación, era hasta hace no mucho el modelo político predominante. En análisis relativamente modernos, como en el caso del mencionado trabajo de Naím y Piñango, la recomendación implícita era la de continuar en el empleo de un modo político de concertación, al destacar como el problema más importante de la política venezolana el manejo del conflicto. Y esto era antes de que la negociación tripartita—empresarios, trabajadores, gobierno—fuera con el gobierno actual suplantada radicalmente por el modelo exactamente opuesto: la agudización del conflicto.
Visto de otro modo, se trata aquí de la tensión entre dos conceptos acerca de la política. William Schneider en «Para entender el neoliberalismo», discutiendo una onda renovadora dentro de las filas demócratas en Estados Unidos, describe el punto de esta forma: «…la división era entre dos maneras distintas de enfocar la política, y no entre dos diferentes ideologías… La generación del 74 rechazó el concepto de una ideología fija… En The New American Politician el politólogo Burdett emplea el término empresarial para describir la generación del 74… De una manera general, los nuevos políticos pasaron a ser empresarios de política que vincularon sus carreras a ideas, temas, problemas y soluciones en perspectiva… Adoptaron el punto de vista de que las cuestiones políticas son problemas que tienen respuestas precisas, a la inversa de los conflictos de intereses que deben reconciliarse».
Esto es, se trata de una oposición entre la idea de que la política consiste en obtener el poder para conciliar intereses—o según Chávez, para aplastar al contendor—y la idea de que ésta consiste en imaginar soluciones a problemas de carácter público para llevarlas a cabo con el poder. Si la cuestión es formulada como oposición excluyente, el problema queda mal planteado y, en la práctica, domina la conciliación de intereses sobre la solución a los problemas.
¿Significa esto que el político tradicional no tiene el menor interés por lo programático? No, eso no es cierto. Lo que ocurre es que los políticos tradicionales piensan como Schneider describe la postura habitual de un presidente de los Estados Unidos: «Después de todo, siempre puede contratar a alguien que le solucione los problemas». El trabajo típico de un político tradicional es el de someterse a una agenda inmisericorde de reuniones y reuniones de conciliación de intereses. En esa agenda no hay espacio para el diseño de soluciones. Pero ésta es una situación que debe ser vista comprensivamente. Una vez más Schneider, refiriéndose a los demócratas en Estados Unidos: «…los miembros de la generación del 74, han emprendido la tarea de liberar al Partido Demócrata de la tenaza de los intereses especiales. Pero en su búsqueda de una política libre de intereses les ha faltado comprender una verdad básica: que los conflictos de intereses son parte legítima de la vida política».
La conciliación de intereses es un proceso ineludible, no hay duda; la equivocación reside más bien en haberla hecho predominante. El cambio más importante en el paradigma político, en el discurso político que una vez Úslar Pietri declarara obsoleto, deberá ser el de subordinar la conciliación de intereses a la solución de los problemas, el de adjudicarle su lugar correcto de herramienta, que no de finalidad, de la actividad política.
Entretanto, el país espera de Rosales, de Rausseo y de Chávez, una explicación clara de lo que se proponen hacer desde Miraflores. Mientras esto no ocurra, tendremos una campaña mediocre, centrada exclusivamente en el desprestigio del contendor y su combate.
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FS #108 – El reto de Gil
La prestigiosa Editorial Tecnos de Madrid publicó en 1978 un libro que sería un extraordinario aporte conceptual a la comprensión del sistema político venezolano. Era «El reto de las élites», obra del sociólogo venezolano José Antonio Gil Yepes. (Gil Yepes es, por supuesto, el fundador y Presidente de una de las más serias y reconocidas firmas encuestadoras del país: Datanálisis).
Muy orientado a estudiar el problema de las relaciones políticas del sector empresarial privado en Venezuela, el libro contenía, sin embargo, una buena cantidad de observaciones sociológicas acerca del país como conjunto, y estuvo sólidamente fundamentado en los más modernos hallazgos de la Sociología en general y de la Sociología Política en particular.
El estudio sistemático de las élites venezolanas había sido preocupación del Centro de Estudios del Desarrollo (CENDES) de la Universidad Central de Venezuela, desde que su fundador-director, el inolvidable chileno Jorge Ahumada, publicara su trabajo-programa «Hipótesis del cambio social en Venezuela». En efecto, el breve ensayo de Ahumada, en su clarísima y pertinente teorización, fue el punto de partida de tres programas de investigación del instituto: VENUTOPIA (un modelo cuantitativo para el desarrollo venezolano), VENELITE (un estudio de las élites nacionales) y CONVEN, o estudio del conflicto y el consenso en Venezuela, manifestado a través de las posturas de sus élites.
José Antonio Gil escribe justo al comienzo de la introducción a su libro: «El reto de las élites consiste en acelerar el desarrollo, eliminando distorsiones que ellas mismas han introducido en los procesos de formación de las políticas económicas. Estas distorsiones se deben principalmente a los dogmatismos ideológicos tanto de políticos como de empresarios. Los primeros empeñados en ver el mundo a través de un exagerado populismo e intervencionismo estatal y los segundos en función de sus intereses económicos». Es obvio que una observación como ésa mantiene plena vigencia en nuestros días.
La Ficha Semanal #108 de doctorpolítico reproduce la sección cuarta (Los partidos Políticos y el Sector Empresarial) del segundo capítulo (El Sistema de Partidos y el Sistema Político) de «El reto de las élites» de José Antonio Gil Yepes, egresado en 1967 de la Universidad Central de Venezuela y Ph. D. de Northwestern University en 1971. Esta escueta mención de algunos entre sus logros académicos es injusta presentación de su importancia como pensador del proceso político venezolano.
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El reto de Gil
La organización política de sectores tradicionales y marginales en partidos democráticos y reformistas, y el poco éxito de los partidos revolucionarios en organizar a las masas, han permitido al sistema político cierta estabilidad, a la vez que se ha ido mejorando la condición de los menos favorecidos. Sin embargo, el hecho de que el sector político más activo en la función de comunicación política sea la izquierda revolucionaria y la misma inspiración marxista que caracterizó a la mayoría de los jóvenes de la generación de 1928, han permitido que prevalezca la interpretación de que la marginalidad se debe, en su mayor parte, al imperialismo y al capitalismo o, según la versión popular tradicional en Venezuela, a la existencia de pobres y ricos y, en menor grado, a la deficiente acción del gobierno en no eliminar dichos problemas. Ya señalamos que esta interpretación simplista, si bien incluye reclamos en parte válidos, no se ajusta a la realidad ni como explicación ni como solución de los problemas, pero es la principal fuente de inspiración para interpretar la situación social venezolana. Esta interpretación pone en tela de juicio la legitimidad del fundamento más importante de dicho sistema, el pluralismo, al proponer como solución la eliminación de las relativas libertades económicas existentes y la eliminación de la posibilidad de que cada sector social pueda organizarse, mantener su autonomía, presionar al gobierno y reflejar sus intereses en la conducción de la política pública.
En el capítulo introductorio indicamos que la actividad económica y la repartición de cargos públicos son los focos primordiales de atención de la política en Venezuela. Las principales orientaciones de la política pública: el nacionalismo, el populismo, el estatismo y el desarrollismo, se manifiestan principalmente en programas económicos que afectan al sector empresarial, ya que todas las ideologías políticas predominantes: socialdemocracia, democracia cristiana y marxismo, definen un papel importante para el Estado, el cual en materia económica resulta francamente intervencionista. Desde este punto de vista común, los partidos presentan diferentes posiciones con respecto a la medida en que debería existir la empresa privada, las condiciones en que debe operar y las facilidades que deben o no dársele.
En realidad, para ser más precisos, debería decirse que todos los partidos explotan la lucha de clases, y más específicamente las diferencias entre pobres y ricos, como enfoque principal para el análisis de los problemas sociales, la formulación de la política pública y para la movilización electoral. Esta posición de los partidos, evidentemente, pone al sector empresarial en una situación problemática dentro del sistema político, pues los tiende a utilizar para explicar todos los males del país, los hace políticamente embarazosos y, por ende, limita su participación en los canales de acceso para la formación de la política pública.
Las fracciones fundamentales dentro de cada partido están formadas por trabajadores, estudiantes, campesinos y profesionales. Los empresarios no tienen ninguna fracción organizada dentro de ningún partido y sería políticamente embarazoso que la tuvieran, así como lo es para cualquier partido aparecer públicamente en términos amigables con el empresariado. Con la excepción del Movimiento Desarrollista, no existe un partido que refleje los intereses empresariales. Y este movimiento no ha logrado apoyo popular y en la actualidad se encuentra en estado latente.
No existe ningún partido conservador o de derecha que equilibre las opiniones anticapitalistas y antiempresariales de los sectores de izquierda, que sí se encuentran presentes en todos los partidos de importancia electoral. Además, la mayoría de los líderes empresariales tampoco tienden a manifestar preferencias partidistas.
Desde su formación, el partido socialdemócrata AD se ha hecho cada vez más tolerante con respecto a la empresa privada. Los líderes del partido no sólo parecen haber deducido de su experiencia de gobierno de 1945 a 1948 la lección de evitar conflictos sin restricciones, sino que también mientras estuvieron en el poder desde 1959 hasta 1969 el partido se dividió tres veces, y en cada división el partido perdió su facción más revolucionaria, de izquierda y, por ende, antiempresarial (MIR, 1961; AD-ARS, 1963, y MEP, 1968). Este proceso ha homogeneizado AD hacia una posición centrista y pragmática. Esto no ha significado que el partido no haya ido realizando muchos de los cambios de estructuras que se propuso desde su fundación, inclusive la transformación del sector empresarial, sólo que lo ha hecho paso a paso, sin las estridencias del pasado, y en un proceso de negociaciones con los diferentes sectores nacionales que, a su vez, parece asegurar una mayor estabilidad e institucionalización de los cambios que se han realizado.
Los socialcristianos (COPEI) contrastan con AD en el sentido de que su evolución los ha hecho menos tolerantes del sector privado de lo que eran al momento de su fundación. Originalmente, COPEI recibió el apoyo de la clase media alta, de los empresarios y de la Iglesia católica. Pero en sus esfuerzos por conseguir partidarios en los segmentos más populares, en la juventud y el sector obrero, han tenido que competir por el apoyo de masas ya politizadas por los grupos de izquierda, y ello ha significado no sólo la utilización de la misma retórica de sus competidores, sino que en este proceso COPEI se ha hecho cada vez menos pragmático, más dogmático y con un ala de izquierda cada vez más fuerte. También, en contraste con AD, a medida que COPEI ha ido desarrollando esta ala de izquierda, ha evitado su separación del partido.
Los partidos marxistas han concentrado sus esfuerzos en construir organizaciones verticales y disciplinadas entre los trabajadores, estudiantes, profesores y profesionales de la comunicación. Esto implica que sus recursos han sido concentrados en la producción y transmisión de la cultura política, en la penetración cultural de la población, y no en la organización directa de sus masas.
La izquierda trata de difundir las siguientes actitudes en la cultura política venezolana: a) El «sistema» es una especie de conspiración de «los pocos» en contra de «los muchos». b) El sector privado controla la nación. c) Los partidos políticos demócrata-reformistas son simples títeres de los intereses empresariales. d) Los empresarios son responsables por los problemas económicos y sociales del país. e) El capitalismo y el incentivo de lucro son moralmente malos. f) El exigir disciplina y productividad en el trabajo son síntomas del sistema de explotación imperante. Si a esto sumamos que los demás partidos no tienen interés en legitimizar al capitalismo ni el principio de iniciativa privada y que la empresa hace muy poco por legitimarse a sí misma, es lógico encontrar una tendencia creciente a rechazar la actividad empresarial privada y, sobre todo, a propugnar la estatización de múltiples áreas de actividad social, económica, cultural, etc. Pero la izquierda no ha enfatizado la organización política en los estratos socioeconómicos más bajos. Por el contrario, la izquierda se ha comunicado con las masas principalmente a través de campañas de opinión pública mediante los medios de comunicación y, tal como predicen las teorías de comunicación y difusión de innovaciones, los contactos impersonales resultan poco efectivos para cambiar actitudes y comportamientos. Así, en una encuesta sobre actitudes realizada en 1967 solamente un 3 por ciento de los entrevistados pensaban que «el capitalismo era la fuente de todos los males», tal como el dogma marxista supone. Sin embargo, la mitad de los entrevistados consideraba que el gobierno era el responsable de corregir todos los males, y un 59 por ciento opinó que «Venezuela estaría mejor si el gobierno tuviera un control absoluto sobre todo lo que ocurre en el país». Solamente un 11 por ciento consideró que el país estaría en una situación peor si el gobierno lo controlara todo.
Las respuestas anteriores reflejan una orientación actitudinal importante en la cultura política venezolana hacia lo que se ha denominado «paternalismo», para indicar que el pueblo necesita una figura fuerte o de padre para resolver sus problemas. Los principios de la izquierda moderna refuerzan esta actitud, pero históricamente esta actitud los precede.
El paternalismo está relacionado con una baja motivación al logro y una elevada necesidad de poder, que también han sido encontradas como rasgos actitudinales del venezolano. Dichos rasgos no sólo señalan limitaciones en el civismo y la autonomía requeridos para institucionalizar y consolidar la democracia y el capitalismo, sino que también constituyen un terreno sobre el cual se pueden promover totalitarismos mesiánicos y paternalistas, tanto de derecha como de izquierda. Así, la misma encuesta antes mencionada revela que un 62 por ciento de los entrevistados prefería a un «hombre fuerte» para presidente, y un 45 por ciento afirmó que aquellos que son responsables (las autoridades) deberían «ocuparse de ellos». Es interesante notar que de las personas que tendían a dar estas respuestas, el 64 por ciento se autodenominaban «izquierdistas», el 61 por ciento se autodenominaba «activistas sociales» y el 54 por ciento «pobres».
La profusión y la falta de contraposición bajo las cuales se difunden actitudes y opiniones en contra del sistema democrático y del capitalismo reducen progresivamente la capacidad de supervivencia de dicho sistema. Este tendrá cada vez más que reclutar el personal de sus organizaciones entre jóvenes con serias dudas morales acerca del trabajo en la empresa privada, en el gobierno o como empresario mismo, ya que éstas son supuestas formas de explotación. Como hay pocas otras alternativas para ganarse la vida y las organizaciones convencionales del sistema hacen muy poco por legitimarse a sí mismas, el cinismo y el oportunismo deberán tender cada vez más a sustituir el entusiasmo y la solidaridad social como patrones de orientación de conducta. Si bien la izquierda contribuye, en el sentido antes descrito, a promover el cinismo y la ambivalencia moral hacia el sistema venezolano, estos atavismos tienen también otros orígenes, anteriores y más importantes. Una de estas otras causas es el canibalismo entre los partidos políticos convencionales y su efecto de estancar la formación de la política pública y, por ende, el desarrollo del país. La indiferencia del empresariado ante los problemas sociales, la corrupción de políticos y empresarios convencionales, también alimentan la ambivalencia o el rechazo hacia el sistema y son bases que sirven de argumento a los críticos del primero.
José Antonio Gil
Entrevista con Carolina Jaimes Branger – 28/08/06
LEA #200
La primera tarea asumida por Juan Barreto una vez que Hugo Chávez llegara a presidir la república fue la de dirigir una empresa editorial aduladora y abusiva que fracasó estrepitosamente: El Diario del Presidente, periodicucho que fue incapaz de sostener su circulación por más de seis meses, ni siquiera porque se vendía por precio irrisorio. Nunca pudo conseguir lectores en número suficiente.
Hasta llegar, parásito de la popularidad de su demagogo jefe, a la Alcaldía Metropolitana de Caracas, no destacó en otro arte que el de ladrar en castellano. Pomposo perdonavidas, enfermo de odio, estéril, siempre ha procurado imitar lo peor de Chávez, su gusto por la violencia y por la saña.
Con su alevosa «disertación» de este pasado martes creyó, estúpidamente, que «se la comía», aplaudido por un coro de borregos a destajo cubiertos con franelas rojas, obsequiado con la sonrisa del alcalde Rangel Ávalos, igualmente estúpida, mientras defecaba por la boca. Es como él cree que hace méritos históricos.
Ignoraba, entonces, que ya su retrato había sido pintado para la posteridad, aunque no con óleos o pasteles, sino con palabras. He aquí tres detalles del cuadro-texto que lo inmortaliza:
«La envidia es una adoración de los hombres por las sombras, del mérito por la mediocridad. Es el rubor de la mejilla sonoramente abofeteada por la gloria ajena. Es el grillete que arrastran los fracasados. Es el acíbar que paladean los impotentes. Es un venenoso humor que mana de las heridas abiertas por el desengaño de la insignificancia propia. Por sus horcas caudinas pasan, tarde o temprano, los que viven esclavos de la vanidad: desfilan lívidos de angustia, torvos, avergonzados de su propia tristura, sin sospechar que su ladrido envuelve una consagración inequívoca del mérito ajeno. La inextinguible hostilidad de los necios fue siempre el pedestal de un monumento».
«La dicha de los fecundos martiriza a los eunucos vertiendo en su corazón gotas de hiel que los amargan por toda la existencia; este dolor es la gloria involuntaria de los otros, la sanción más indestructible de su talento en la acción o el pensar. Las palabras y las muecas del envidioso se pierden en la ciénaga donde se arrastra, como silbidos de reptiles que saludan el vuelo sereno del águila que pasa en la altura. Sin oírlos».
«No sólo se adula a reyes y poderosos; también se adula al pueblo. Hay miserables afanes de popularidad, más denigrantes que el servilismo. Para obtener el favor cuantitativo de las turbas, puede mentírseles bajas alabanzas disfrazadas de ideal; más cobardes porque se dirigen a plebes que no saben descubrir el embuste. Halagar a los ignorantes y merecer su aplauso, hablándoles sin cesar de sus derechos, jamás de sus deberes, es el postrer renunciamiento a la propia dignidad».
El escritor-pintor: José Ingenieros. El título del libro-retrato: El hombre mediocre.
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CS #200 – Ser pobre es malo
La inscripción-lanzamiento de la candidatura presidencial de Manuel Rosales, el sábado pasado, en marcha numerosa—desde la época del revocatorio la oposición no levantaba cabeza—ha reavivado, no cabe duda, las esperanzas de que la candidatura «incumbente» de Hugo Chávez será derrotada electoralmente. Tanto es así, que las tozudas posiciones abstencionistas se ven hoy muy disminuidas. María Corina Machado, por ejemplo, acaba de decir: «Vamos a seguir exigiendo elecciones limpias para todos los venezolanos, pero también estamos claros en que hay que participar para poder exigirlas». Reconociendo que las condiciones electorales «han mejorado», reduce ahora su exigencia y declara: «Sólo falta que el CNE se decida a publicar el RE completo, se lo entregue a los distintos partidos, y que desista de utilizar las máquinas captahuellas, que además de ser ilegales comprometen el secreto del voto».
El día martes Alberto Garrido había halado las orejas de Súmate escribiendo en su columna—Tiempo real—lo siguiente: «Apareció entonces para la vieja dirigencia política otra posibilidad de retorno al protagonismo: las elecciones presidenciales. Pero Súmate, de la mano de Bush, se transformó en el Gran Inquisidor, exigiendo el ‘cumplimiento de condiciones mínimas’ para garantizar la transparencia electoral. Otros ex partidos acompañaron sus posiciones». (Destacado de esta publicación). Para el analista Garrido, Acción Democrática es un ex partido. COPEI lo mismo.
El joven Secretario General de los socialcristianos, Luis Ignacio Planas, a diferencia de Machado, estima que las condiciones electorales «están peor que nunca». Mientras Vicente Díaz, miembro del Grupo La Colina y rector del Consejo Nacional Electoral, declaraba que no era cierto que el registro electoral tuviese a un millón o dos de electores como residenciados en una vivienda, Planas, que no parece emular a José Antonio Pérez Díaz, Rafael Caldera o Eduardo Fernández—ex secretarios generales de COPEI de cierta sindéresis—acusó a Díaz de mentiroso y sugirió, insultantemente, que las posturas de este último se debían a razones venales, relacionadas con su sueldo de funcionario electoral.
Oswaldo Álvarez Paz también se esforzó en contribuir: aclaró que, si bien veía con buenos ojos la concreción de una candidatura unitaria, Alianza Popular no la apoyaba. Además dijo que ponía en duda las conclusiones de las universidades Central de Venezuela, Simón Bolívar y Católica Andrés Bello—y ahora las de Ojo Electoral—que señalaron que las deficiencias encontradas en el registro electoral no están orientadas según una preferencia por alguna candidatura en particular. Además de su desconfianza respecto del registro, Álvarez Paz expresó que la única manera de que el proceso sea transparente es hacer el escrutinio como pauta la Ley del Sufragio. (La ley pauta, por cierto, que este escrutinio sea automatizado).
Pero a pesar de estas posturas el abstencionismo se resquebraja. Factores sindicales afiliados a Acción Democrática están forzando una nueva discusión en el seno del partido, en busca de un apoyo a la candidatura Rosales. De tener éxito, Manuel Rosales habría logrado la reconstitución de la alianza que una vez se llamara Coordinadora Democrática.
La transformación alcanza por estos días al patriotismo de Internet. Así, el Sr. Oswaldo González escribe: «Desde que fuimos llevados al Paro y luego de la estúpida proclamación de Pedro Carmona y de los militares alrededor peleándose por el poder, opté por no volver a seguir a nadie, ni asistir a mítines, convocatorias ni firmar nada. Tampoco votar. Sigo convencido que el CNE de aquí, no va permitir ni van a haber condiciones para votar contra Chávez. Sin embargo; hoy mi posición la quiero compartir con ustedes porque ha variado». Luego propone ir a votar por Rosales, al punto que exige: «Quiero ver a Oswaldo Álvarez Paz, Henry Ramos, Antonio Ledezma, Peña Esclusa, Marta Colomina, Marianela Salazar, Ivellise (sic) Pacheco, Marcel Granier, Libertad Plena, Gente del Petróleo, Militares Retirados, etc. dejando a un lado su discurso de saboteo y comenzar a trabajar por la victoria y candidato ‘único’.»
Las filas abstencionistas se adelgazan con el paso de los días.
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No poco de este desplazamiento se debe a debilidades olfateadas en el lado oficialista, que el propio Chávez ha reconocido—y reclamado con malas pulgas—al disminuir de diez a seis millones de votos su meta electoral, y que han aparecido magnificadas con tres monumentales metidas de pata en los últimos días: la boutade imprecatoria de Barreto, la fuga de Carlos Ortega de Ramo Verde y la tragicómica ineptitud de Isaías Rodríguez, cuyo manejo del mitómano testigo Geovanny Vásquez habría acarreado su destitución aun en el Zimbabwe de Mougabe. Como ocurriera a partir del 23 de enero de 2002, la oposición comienza a oler sangre.
Afuera, entretanto, la campaña de Chávez por un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU, pudiera estar empastelándose. La Cámara de Diputados chilena acordó exhortar al gobierno de Michelle Bachelet para que no apoye la pretensión chavista, y aunque ésta ha declarado que la decisión es suya—la anunciará en octubre—ya José Vicente Rangel se ha curado en salud al declarar que cualquiera sea ésa, las relaciones entre Chile—su segundo país—y Venezuela no se verán afectadas. Ya hace tiempo que es incomprensible y censurable para cualquier persona que no sea un «chavista duro» el dispendio internacional de Chávez, pero un fracaso final en su objetivo de llegar al Consejo de Seguridad haría ese enorme gasto mucho más rechazable por el electorado.
Pero no toda la esperanza opositora se debe a la idiocia gubernamental. Hay mérito de político convencional en el tejido de alianzas que Rosales ha logrado confeccionar. Veintiséis organizaciones, hasta ahora, respaldan su candidatura—le gana a Chávez por tres—y en escasas horas calló a todos los precandidatos primaristas, al conseguir para cada uno algún cargo más o menos vistoso en el enrevesado organigrama de su comando de campaña. En su primera semana como candidato, por lo demás, ha dedicado atención preferente a territorios orientales, como para ladrarle en la cueva a Rausseo, con quien ya ha tenido encuentros. (Ahora lo tendrá con Smith).
El problema con el lanzamiento del gobernador (de permiso) del Zulia, sin embargo, es de otro orden. Rosales ha escogido prometer algo que no puede ser prometido seria o responsablemente. Tal como muchos medios de prensa registraron, Rosales prometió el sábado que «acabaría» con la pobreza.
En ocasión de evaluar el esquema programático que la extinta candidatura Petkoff proponía, esta publicación (Carta Semanal #188, del 1º de junio de 2006) destacaba la siguiente promesa: «7. arrancar de raíz las causas de la pobreza, que tienen su principal fuente en lo económico y, en particular, en el desempleo». Acá se opinaba entonces: «…nadie puede responsablemente prometer que ‘arrancará de raíz’ las causas de la pobreza, que ‘tienen que ver’ con lo económico y el empleo. (¿No es el empleo algo económico?) Además, tal cosa se haría en seis años. Petkoff ha aclarado que de resultar electo no pretendería reelegirse para un segundo período». Jeffrey Sachs, experto internacional en el tema, expone en su libro más optimista que eliminar la pobreza «extrema» en el mundo, mediante gigantescas transferencias de los países más ricos, tomaría veinte años. Si Rosales ganare, y fuere capaz de acabar con toda la pobreza venezolana, extrema o moderada, en seis años—tal vez doce si, como Chávez, calcula su reelección—entonces Sachs debiera despedirse de una vez del Premio Nóbel de Economía.
No está esta publicación sola en esa clase de apreciaciones. Juan Carlos Sosa Azpúrua escribía el martes en El Universal: «Rosales se ha estrenado como candidato dando declaraciones populistas, diría que irresponsables. Si la idea es copiar a Chávez en demagogia, desde ya le auguro al gobernador (con una excelente gestión gubernamental en el Zulia) un fracaso estrepitoso. A nadie le gustan las copias, siempre se prefiere al original».
Hay, sin embargo, quien cree que el interés supremo de la patria es salir de Chávez a como dé lugar, y que si es preciso ser tan demagogo o procaz como él, entonces la preocupación por la seriedad de las proposiciones es sólo un escrúpulo romántico o ingenuo. Una vez más, se desprecia la inteligencia de los electores.
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FS #107 – Comunicador, político, médico general
LEA, por favor
La Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia cumplía treinta y cinco años de fundada en el año de 1994. Para esa ocasión, su Escuela de Comunicación Social organizó un coloquio sobre el tema «El comunicador necesario», con el objeto de discutir el enfoque primario en la formación de comunicadores. El punto central del debate era si debía formarse a un comunicador generalista o a un especialista.
El coloquio se celebró los días 19 y 20 de mayo de 1994, y tuve la suerte de participar en él como expositor inaugural. La Ficha Semanal #107 de doctorpolítico contiene el texto de mi intervención. Aunque su argumentación estaba concretamente dirigida a discutir sobre la formación del comunicador social en los albores del siglo XXI, exactamente la misma argumentación del texto puede hacerse para la formación superior inicial de cualquier universitario, y específicamente puede argumentarse—una opción a favor del generalista—en el caso de la formación del político. En 1990 el suscrito había compuesto un estudio sobre la calidad de la educación superior en Venezuela, donde observaba cosas como la siguiente:
«El sistema educativo tiene… una estrategia para protegerse de la obsolescencia de los conocimientos especializados. Luego de la carrera universitaria habitual, ofrece niveles cada vez más especializados y profundos: master o magister, doctorados, postdoctorados. Pero también se hace obsoleta la concepción general del mundo, de eso que los alemanes llaman Weltanschauung. Y para esto no existe remedio institucionalizado… Los norteamericanos tienen una estrategia de educación superior diferente a la de nuestras universidades, copiadas del estilo francés. Luego de lo que sería equivalente a nuestra escuela secundaria, su high school, el alumno norteamericano que ingresa a la universidad todavía debe pasar cuatro años de una educación de corte general. En sus colleges, pertenecientes a una universidad que también ofrece «estudios de graduados» (master en adelante), o en colleges independientes, los alumnos continúan en la exploración general del universo. Si bien ya se les facilita la expresión de intereses particulares, a través de un campo que enfatizan como un major, la salida es la de un grado de Bachellor in Science o de Bachellor in Arts, que refleja una gruesa división análoga a la de nuestros bachilleres en ciencias y en humanidades. Pero con una enorme diferencia. El tiempo dedicado al aprendizaje general es marcadamente superior en el bachellor estadounidense que en el bachiller venezolano. La edad en la que el bachellor debe escoger finalmente un campo de profesionalización es más madura que la que exhibe nuestro típico bachiller de 17 años. Luego, en dos años tan solo que toma el master de profesionalización, se obtiene un profesional capaz y más consciente de su papel general en la sociedad. La solución general al problema descrito debe pasar por la institucionalización en Venezuela de un sistema similar al del college norteamericano».
El coloquio de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Zulia fue un evento refrescante y muy satisfactorio. Entre sus actividades se incluyó un concierto de la Orquesta Sinfónica de Maracaibo en memoria de Sergio Antillano, periodista y maestro de periodistas que había fallecido recientemente. La orquesta ofreció una brillantísima exposición de su pièce de résistance de esa noche: Las difíciles «Metamorfosis Sinfónicas sobre un tema de Carl Maria von Weber» de Paul Hindemith. Comunicación y arte son hermanas de gran vigor en la culta Maracaibo, y esa noche volvieron a estar juntas en el hermoso Museo de Arte Contemporáneo de Maracaibo que creó Lya Bermúdez, reconocida con justicia, este mismo año de 2006, con el Premio Nacional de Artes Plásticas.
LEA
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Comunicador, político, médico general
Desde que escuché en la voz noble de Ana Irene Méndez la idea de este coloquio que celebra los 35 años de la Facultad de Humanidades y Educación, pensé que el tema y el concepto del mismo eran la expresión de una decisión producto de cerebros inteligentes. Aquellos indican que esta Facultad, que sin la comunicación no sería una institución universitaria, quiere repensar qué comunicación necesitamos y cuál es, en consecuencia, el comunicador necesario. Que me hayan invitado, además, a disertar de primero sobre un tema que me es tan placentero, la dialéctica de lo general y lo especial, sugiere una mágica conexión: con esta tierra, con esta gente. Es un grandísimo honor para mí, un motivo de íntimo orgullo, abrir este interesantísimo coloquio de la Facultad de Humanidades y Educación. Y como eran Ana Irene y Nerio quienes me invitaban, la excitación del ego se moderaba con la suave sensación de la amistad. Fue un gesto valeroso y conmovedor de Ana Irene, que jamás olvidaré, el que fuese a buscarme a mi casa, pocos días después de que yo cesase en mis responsabilidades de Editor Ejecutivo en el Diario Metropolitano La Columna (por discrepancias con algunos eclesiásticos y un banquero), para invitarme a que hablase a sus alumnos de la Escuela de Comunicación Social, cosa que hice semanas después durante un rato cuya longitud sorprendió a los alumnos, a Ana Irene y a mí.
Es pues el caso de una relación amorosa entre esta Universidad y yo, a la que he venido a conversar, con ésta, seis veces al menos en los últimos cinco años. Yo debiera programar ya mi peregrinación anual a esta Meca lacustre, aunque pensándolo bien, sería estupendo para mí que la frecuencia fuese mucho mayor. La vez anterior ha sido una precursora directa de este coloquio, pues se dio en ocasión de que el Vicerrectorado Académico de la Universidad del Zulia quisiera discutir sobre la reforma de pénsum en esta casa de luz.
Yo he estado, entonces, involucrado en esta tierra en cosas de la comunicación, y he participado en ella en cosas de la educación. Es una fortuna poder estar metido en ambas, en este coloquio, al mismo tiempo.
Las dicotomías son generalmente sospechosas, pues generalmente nada que exista es ejemplo de uno solo de los polos de una dicotomía. Centralización y descentralización, como explicaba Stafford Beer, coexisten en todo organismo biológico viable.
El bien y el mal usualmente cohabitan el alma de la gente, y es difícil encontrar los tipos puros o ideales. A pesar de eso, las dicotomías son útiles modos de discutir sobre la realidad y, en el caso de una orientación generalista o especializante en los procesos formativos y profesionales, esta distinción corresponde a una verdadera disyuntiva.
Desde que García Márquez comenzó una historia por su desenlace en «Crónica de una muerte anunciada», nos hemos acostumbrado a este orden inverso de las presentaciones argumentales. Comenzaré, pues, por declarar muy temprano mi preferencia personal por uno de los dos términos de la dialéctica generalista-especialista. Permítanme hacerlo a través de la relación de un cierto hallazgo pedagógico.
Era el año de 1975 cuando un pequeño grupo de investigadores operaba un experimento educativo, auspiciado por la Fundación Neumann, cuyo propósito ostensible era el de encontrar modos de convertir un mal aprendedor en un buen aprendedor, siguiendo la distinción de Postman y Weintgartner en «La enseñanza como una actividad subversiva».
Una de las varias hipótesis del proyecto de investigación, portador del nombre código de «Proyecto Lambda», era el de que el orden y método general de aproximación a la enseñanza de las distintas disciplinas, tenía mucho que ver con el deplorable rendimiento promedio de los alumnos en casi cualquier universidad venezolana. Es así como uno de los miembros del equipo, profesor de Química en dos universidades caraqueñas, acometió la conducción de un curso en Termodinámica guiado por un esquema secuencial distinto del habitual que, como sabemos, consiste en empezar el primer día por el primer tema de un programa para tratarlo durante varias semanas, para pasar luego al segundo tema por varias semanas más, y así sucesivamente.
En cambio, el Dr. Juan Forster optó por exponer a sus alumnos, en menos de una semana, una visión general del campo de la Termodinámica. Esta disciplina, como toda ciencia, consiste en verdad en una media docena de conceptos clave: energía, calor, entropía, etc. Cada uno de estos conceptos genera un amplio capítulo que se despliega luego con el detalle de los especialistas. Lo que hizo el Dr. Forster, como lo había hecho yo un año antes con alumnos de la Escuela de Educación de la Universidad Central de Venezuela, fue mostrar a sus alumnos una temprana visión desde la cima, lo que permitió a éstos percibir la arquitectura del campo y entender las relaciones generales entre los conceptos fundamentales del territorio termodinámico. A continuación, readoptó el método convencional de la explicación detallada secuencial.
El hallazgo fue el siguiente: los alumnos sujetos a esta experiencia no sólo mostraron un rendimiento superior en sus calificaciones académicas en comparación con los alumnos de un curso tradicional de Termodinámica, sino que aventajaron considerablemente a estos últimos en materia de tiempo. Cuando el curso llegaba al mes de abril de 1976, sus alumnos del curso piloto llevaban una ventaja de casi dos meses sobre los alumnos del curso regular, y al mes siguiente habían concluido el programa, lo que les dio tiempo suficiente para repasar con holgura lo ya visto.
Es decir, la percepción global del campo estudiado desde el mismo inicio de la experiencia, aumentó considerablemente la eficiencia pedagógica.
Esta experiencia, junto con sesgos personales que admito, me hacen un decidido partidario de los generalistas, sin que por eso desconozca que los especialistas son necesarios y tienen un grande e indudable valor. Si yo hubiera completado la carrera de Medicina que llevé hasta la mitad, habría escogido ser un médico internista general, y seguramente opté al final por la Sociología en razón de la generalidad de este campo. Así que admito un marcado sesgo personal a favor de una formación de orientación general. Que este enfoque no es sostenible para muchos casos de carreras y profesiones, es definitivamente obvio. Pero que para el caso de la enseñanza de la Comunicación Social la estrategia adecuada es la que enfatiza la formación general, es la tesis que intentaré sustentar en lo que sigue.
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Preguntarse hoy por el comunicador necesario, en este Coloquio de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia, no debe ser un ejercicio insensible a la historia, intemporal, sin referencia o intención respecto de la época actual y de la que ya se avizora en el futuro con bastante claridad. Pienso en cambio que queremos inquirir por el comunicador necesario en esta bisagra de edades que viene siendo el fin de milenio que nos aloja. Por eso tiene pertinencia que establezcamos los rasgos sobresalientes de esta transición histórica, a fin de pensar acertadamente sobre la formación del comunicador necesario.
En el espacio del que dispongo destacaré solamente dos de los múltiples rasgos de la época actual, de este cierre y esta apertura de siglo y de milenio, que en particular me parecen pertinentes al dilema que se me ha encomendado comentar.
El primero de estos rasgos tiene una relación muy directa y esencial con los objetivos de una escuela de Comunicación Social, y es que estamos asistiendo a una brusca expansión del tejido nervioso societal, que no es otro que el tejido comunicacional: satélites, computadoras, módems y telefacsímiles, sensores remotos, fibras ópticas, telefonía celular, medios de almacenamiento compactos y compresión de la información.
Así como la embriología comparada muestra cómo es que el desarrollo de un sistema nervioso progresivamente cefalizado es el signo del crecimiento y humanización de la conciencia, así el desarrollo de la esfera comunicacional, a escalas inéditas de planetización, introduce toda una mutación histórica cualitativa y cuantitativamente insólita, por lo que no sé qué mosca ha llevado a Fukuyama a declarar el fin de la historia. Ahora es cuando la historia verdaderamente comienza.
Por un lado, pues, este desarrollo de las redes de comunicación a escalas imprevistas—salvo para algunos observadores privilegiados como Pierre Teilhard de Chardin—determina una situación radicalmente nueva y exige la presencia de un comunicador que se entienda a sí mismo como miembro de una función planetaria.
Permítanme confiar a Uds. lo que creo fue la variable crucial en el éxito del Diario Metropolitano La Columna entre septiembre de 1989 y abril de 1990, lapso que especifico y acoto porque entiendo que muchas cosas cambiaron en ese periódico a partir de esa última fecha.
De todos los posibles aciertos que el equipo de proyecto tuvo, seguramente fueron las hipótesis acerca del lector de Maracaibo lo que determinó el logro alcanzado. Eran dos las hipótesis: la primera establecía que el lector de Maracaibo es un lector inteligente, que prefiere que se le eleve y no que se le chabacanice. Pero la segunda era aún más importante: y esta fue la hipótesis que nos guió a dirigirnos a ese lector en tanto ciudadano del mundo. Ya no pensar en el lector maracaibero como el eterno sojuzgado del centralismo caraqueño, sino como ciudadano del mundo, parte integral de la conciencia del mundo, responsable por el planeta entero.
En cuanto el lector de Maracaibo entrevió esa verdad, en cuanto supo que su casa era el planeta, desbordó su lealtad en favor de un periódico que lo entendía de ese modo. Eso ya es historia: entre septiembre de 1989 y febrero de 1990, La Columna pasó de una circulación de cero a una de 49.700 ejemplares diarios de circulación pagada y dos meses más tarde se hacía acreedor al Premio Nacional de Periodismo.
El ámbito planetario, pues, hoy en día una realidad tan pronta e inmediata como el localismo más extremo, exige un comunicador de visión y vocación universales.
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Pero junto con este rasgo crucial de la época, observamos otro igualmente marcador. La época que nos toca habitar es singularmente difícil porque en ella se produce la crisis de tantos paradigmas que es propio hablar de toda una metamorfosis de la episteme general.
Obviamente, empleamos el término paradigma en el sentido que le dio Thomas Kuhn en «La estructura de las revoluciones científicas», y el concepto de episteme según la noción desarrollada por Michel Foucault en «Las palabras y las cosas».
El siglo XX se inicia, en términos epistémicos, con una ruptura paradigmática en el propio año de 1900, cuando Max Planck introduce el concepto de discontinuidad de la energía calórica. A partir de allí, Einstein generaliza en 1905 la noción de quanta a todas las manifestaciones de la energía e introduce el modelo de la relatividad, que en 1916 incluye ya una teoría de lo gravitatorio que sustituye sin destruirlo al esquema newtoniano; en 1921 Ludwig Wittgenstein busca establecer los límites del pensamiento mismo; en 1927 Werner Heisenberg postula su principio de indeterminación; en 1931 Kurt Gödel anuncia a los matemáticos que más allá de cierto punto de riqueza semántica un sistema matemático será forzosamente inconsistente.
Esta revolución en la física continúa vigente, como siguen en despliegue asombroso los nuevos ríos epistémicos de la biología: la genética como ingeniería, la ecología.
Y lo mismo ocurre en las ciencias de la acción humana, como la política, y más allá de cada una de estas disciplinas la ciencia de lo complejo, de lo caótico, produce verdaderas rupturas y reacomodos de la episteme: el contenido total de lo pensable por esta época.
Es así como estamos asistiendo, Sr. Fukuyama, a una nueva época, a una nueva edad de la historia. Cuando aprendíamos Historia Universal en la escuela primaria nos enseñaban a dividirla en dos eras, la Prehistórica y la Histórica, y a dividir a la vez a ésta en cuatro edades: Antigua, Media, Moderna, Contemporánea. Pues bien, es tiempo de que tomemos conciencia de que estamos, no ya cerrando un siglo, no ya cerrando un milenio y abriendo otro, sino en el mismo comienzo de una nueva edad de la historia, la que me atreveré, en este auditorio de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia, a bautizar con un nombre: la Edad Compleja.
Ante esta vastísima e intrincada metamorfosis no hay mejor o más inteligente estrategia que la búsqueda de una formación general más rica y avanzada, más modernamente orientada, que la que obtiene el venezolano que cursa los estudios de bachillerato. Intentar dominar esa transformación desde una profesionalización excesivamente temprana, a partir de la base clásica que determinan los actuales programas de educación secundaria en Venezuela, es una tarea imposible.
Nuestro bachiller, nuestro mejor bachiller, es una cabeza clásica, formada en la física de Newton, detenida en el tiempo histórico del siglo XIX. El énfasis es puesto en lo canónico, en lo clásico, en el pensamiento antiguo. Se privilegia a Platón, a Hobbes, a Dalton, a Darwin, mientras se regatea la noticia sobre Einstein, Gell-Mann, Mandelbrot o Prigogine.
Es preciso impartir instrucción sobre el trabajo de los más recientes pensadores, y si en algún caso esto es más necesario es en el caso de la formación del comunicador social. Naturalmente, el adiestramiento en las más modernas herramientas de la comunicación es tarea imprescindible. No es correcto graduar comunicadores de la prehistoria informática. Pero tal vez sea más esencial, junto con la enseñanza del análisis textual y la redacción y la edición, junto con la información sobre los medios—que ahora se confunden y solapan en el concepto de multimedia—programar una educación intensa y general del estudiante en el borde mismo de la episteme actual.
Esta es una misión que debiera cumplir el sistema de educación superior, no una escuela de Comunicación Social. Pero nuestras universidades están estructuradas de forma tal que lo que enseñan—en la mayoría de los casos—es una profesión que ha dejado atrás, a la responsabilidad de la educación media, esa formación general.
Tal vez entonces, una escuela como la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Zulia pueda acometer un reacomodo de su pénsum de estudios que sirva de modelo al resto de la Universidad, tomando sobre sí una responsabilidad que, en principio, no corresponde a una escuela de profesionalización. En ese caso, las estrategias de compresión y aceleración de la formación general serían muy útiles. Un diseño mínimo comprendería una cátedra de estudios generales a lo largo de la carrera, junto con un programa de formación de profesores de la Escuela con una óptica generalista, que en todo caso siempre sería necesario. Mi recomendación precisa se restringiría, entonces, a la incepción de este programa de actualización o formación de profesores. Con unos profesores actualizados en la episteme de este fin de siglo sería más productivo un debate interno acerca de la reforma del pénsum de Comunicación Social, así como fluiría más naturalmente, insertado en cada instancia particular, en cada materia y actividad de la carrera, el «bachillerato superior» que nos está haciendo falta.
Que esto es posible dentro de la Escuela de Comunicación Social, dentro de esta Facultad de Humanidades y Educación que ha arribado a su trigésimo quinto aniversario, es acto de fe que ofrezco junto con mi entera disposición a contribuir a su conversión en realidad.
LEA
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