13 piezas para el año 13 y una opinión

La Cruz de Rita

La Cruz de Rita (clic para ampliar)

Hace dos días que se cumplieran cuatro años del fallecimiento del Dr. Armando Sucre Eduardo, insigne médico venezolano, antiguo Director del Hospital de Niños J. M. De Los Ríos y la Maternidad Concepción Palacios, hombre de bien: Una vez se me ocurrió felicitarle por sus setenta años en un programa de radio y la emisora se inundó con llamadas telefónicas que quisieron rendirle homenaje de veneración. No hace mucho, a raíz de un comentario casual, conocí a alguien a quien salvara la vida cuando todo un hospital lo había desahuciado. Nunca he sabido de nadie que le superase en el terco respeto que guardaba por la libertad de sus semejantes”. (En el Prólogo a Alicia Eduardo: Una parte de la vida, de Nacha Sucre). El viernes 28 de diciembre, se celebró el segundo campeonato de dominó en su memoria, pues fue también un fino dominocista, como era jugador de pelota vasca y excursionista y futbolista de grandes dotes. Y hace dos días, también nos dejó la Dra. Rita-Levi Montalcini a sus 103 años de fructífera vida de científica y ciudadana, otra médica y ganadora del Premio Nobel de Medicina en 1986, Gran Cruz en grado de Caballero y Senadora Vitalicia de Italia desde 2001.

El siglo XXI comenzó el 1º de enero de ese 2001, el año uno del tercer milenio; hoy comienza su año décimo tercero. No es mal momento para revisar lo que hemos podido hacer en la primera docena de años y determinar si ha valido la pena, si ha trabajado la humanidad y hemos trabajado los venezolanos para hacer de estos tiempos el mejor siglo y el mejor milenio de la historia. Ya hemos consumido de esté último 1,2% de su duración, y 12% del siglo primero.

12 uvas para 12 años

12 uvas para 12 años

Es con este espíritu de revisión que pongo acá 13 piezas musicales para comenzar el año y, al final, un fragmento de audio que contiene un mensaje que creo importante. Comencemos con música para levantarnos de la cama. André Previn y la Sinfónica de Londres interpretan el primero de los Interludios Marinos de Peter Grimes, ópera del magnífico compositor inglés Benjamin Britten. Su nombre: Amanecer. No deja de ser ácido ese interludio, premonitorio de tragedia; apropiado, pues, para nuestro momento político. También puede ser descriptivo si Ud. se ha excedido de alcohol en la Noche de Año Nuevo y ha despertado con resaca.

Amanecer

Es también de un inglés, en este caso Edward Elgar, un saludo más suave: Canción de mañana, su opus 15. Otra vez, la Sinfónica de Londres, dirigida por Sir Thomas Beecham, interpreta la pieza. (Para una versión en órgano por Carlo Curley, ver en este blog Música infrecuente).

Canción de mañana

Hablando de órgano, podemos escuchar de las manos de E. Power Biggs Despertar, de la Cantata BWV 645 de Juan Sebastián Bach y, a continuación, una vez despiertos, el Primer movimiento (Vivace) de su Concierto para dos violines, cuerdas y continuo en Re menor (BWV 104) a cargo de Trevor Pinnock al frente de The English Concert.

Despertar

Vivace

Sergei Prokofiev trató el tema de Romeo y Julieta bajo la forma de música de ballet. De su obra, el número Montescos y Capuletos describe una enemistad aparentemente insalvable—como la de la polarización de la política venezolana—del que no está de un todo ausente la nobleza. Riccardo Muti dirige la opulenta Orquesta de Filadelfia. Después, Herbert Blomstedst conduce a la Orquesta Sinfónica de San Francisco en una obra menos ominosa del compositor danés Carl Nielsen: la Marcha festiva oriental de su Suite Aladino, op. 32.

Montescos y Capuletos

Marcha festiva oriental

Enver Torres: Danza de los espíritus benditos

Enver Torres: Danza de los espíritus benditos

Con otra suite—Mascarada—, compuesta por el armenio Aram Khachaturian, vivificamos radicalmente el primer día de 2013 con su Mazurca, a cargo del propio compositor y la Orquesta Filarmónica de Viena, una combinación de lujo. No conviene, sin embargo, exigir demasiado a nuestras fuerzas luego de una larga noche de condumio y festejo; por eso viene acá Cristoph Willibald Gluck con la Danza de los espíritus benditos, de su ópera Orfeo y Eurídice. Es música apacible que contiene melodías extraordinariamente bellas. Raymond Leppard dirige a la Orquesta de Cámara Inglesa.

Mazurca

Danza de los espíritus benditos

Es también una danza lo que precede al coro Chume, chum, geselle min, el número 9 de la Cantata Escénica Carmina Burana de Carl Orff. De nuevo, Previn y los músicos sinfónicos londinenses tocan para nosotros.

Reie-Chume, chum, geselle min

Una grande y melancólica dulzura contiene la Danza Eslava #2 en Mi menor, op. 46, de Antonín Dvořák, que suena por la Orquesta de Cleveland bajo la batuta de quien fuera su Director por muchos años: George Szell. Y supongo que no habrá que repetir que el ballet Cascanueces, de Pyotr Illych Tchaikovsky, es música de Navidad. Nada menos que la mejor orquesta del mundo, la Orquesta Real del Concertgebouw de Ámsterdam, conducida por el vigoroso Antal Doráti, nos complace con el bellísimo Pas de deux (Grand adage), el #21 de su Acto II.

Danza eslava

Grand adage

La imagen de campanas que tañen fiesta es la de Carillón, de la Suite #1 de La arlesiana, muestra elocuente de cuán grande melodista fue el francés George Bizet. Jean Martinon dirige a la Orquesta de la Sociedad de Conciertos del Conservatorio de París.

Carillón

Por último, la Orquesta Nacional de España acompaña a las prodigiosas castañuelas de Rosario Tena en una estimulante rendición de la alegre y chispeante, como buena champaña, obertura de La boda de Luis Alonso, del españolísimo maestro Gerónimo Giménez.

La boda de Luis Alonso

Concluida la música, le invito a escuchar el siguiente mensaje, correspondiente al cierre de la transmisión de Dr. Político por Radio Caracas Radio a la finalización de 2012. Contiene una tesis que estimo importante.

Fragmento de cierre

Y que el año décimo tercero del siglo XXI sea muy próspero para Ud. y su gente. LEA

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20 sinfonistas, 20 directores

James Whistler: Sinfonía en blanco (1866)

Si se oyera una tras otra las veinte piezas en esta entrada, se habría consumido dos horas, cincuenta y cinco minutos y dieciséis segundos de tiempo; valdrían la pena aunque, por supuesto, puede escuchárselas con ganancia en dosis menores separadas. Son veinte movimientos de veinte sinfonías distintas de veinte compositores distintos por veinte directores distintos. Quince orquestas diferentes—Berlín, Cleveland, Chicago, Filadelfia y Londres se repiten una vez—acometen el trabajo de deleitarnos.

La sinfonía es, sin duda, la reina de las formas musicales. Corresponde a la versión orquestal de la forma sonata o, más específicamente, la forma Allegro de sonata. Ésta consiste en la organización del material musical en tres secciones sucesivas, a saber, exposición, desarrollo y recapitulación. A estas secciones, unidas entre sí por transiciones, puede añadirse una introducción al inicio y una coda (cauda o cola) al final, con distinto material. Una sinfonía típica consiste de cuatro movimientos, de los que normalmente el primero y el último están compuestos en forma sonata.

Georges de La Tour: Ciego tocando la zanfonía (clic para ampliar)

Pero el término sinfonía fue empleado antes de la época clásica, cuando se establece formalmente, para referirse a piezas de un solo movimiento, pues etimológicamente significa sonar en conjunto. Igualmente se ha aplicado la palabra a instrumentos específicos: el organistrum inventado en Galicia en la Edad Media a fines del siglo X, un instrumento tocado por dos ejecutantes, uno de los cuales hace girar una manivela para golpear dos cuerdas dentro de una caja de resonancia, dio paso a la sinfonía o zanfonía, tocada por uno solo. Éste es el origen de la clase de instrumentos a manivela que se conoce en inglés como hurdy gurdy. En mi infancia se llamaba sinfonía al instrumente cuyo nombre propio es armónica. Era rara la navidad en la que alguna tía o el mismo Niño Jesús no nos trajese, otra vez, una “sinfonía” (Hohner, of course).

No divago más, que la serie es larga. Será construida en orden cronológico de composición, y empieza con el elegante Menuetto en tempo de Allegretto que Wolfgang Amadeus Mozart escogió para el tercer movimiento de su vivaz Sinfonía 40 en Sol menor (1788). Esa obra—llamada Gran Sinfonía en Sol menor para distinguirla de la #25, en la misma tonalidad—estaba, junto con la 39 en Mi bemol mayor, en el cuarto disco de música culta que yo comprara, allá por 1956, con Karl Bohm dirigiendo la Sinfónica de Bamberg. Esta versión es con la Orquesta del Festival de Londres dirigida por Alfred Scholz.

Mozart, 40, III

Ahora sigue Franz Josef Haydn, el Padre de la Sinfonía. Este caballero compuso nada menos que 104 obras de esa clase (si no se añade dos o cuatro más que siguen la forma sonata, una de ellas una sinfonía concertante en la que un grupo de instrumentos se opone a la orquesta en tutti). Es tal vez la más famosa de ese largo centenar la #94 en Sol mayor (1791), apodada “Sorpresa”. Su segundo movimiento, Andante, es lo que justifica el apelativo; se dice que Haydn lo compuso maliciosamente para sobresaltar a quienes durmieran en los conciertos con un inesperado golpe de timbal (los alemanes llaman a la obra Sinfonie mit dem Paukenschlag). Aquí lo interpreta la Camerata Romana que dirige Alberto Lizzio.

Haydn, 94, II

La Sinfonía #7 en La mayor (1811), el opus 92 de Ludwig van Beethoven, fue apodada La apoteosis de la danza por Richard Wagner. El Allegretto, su segundo movimiento, puede ser empleado para mostrar del modo más diáfano qué es contrapunto: la textura musical en la que dos o más melodías distintas, pero armónicamente compatibles, suenan al mismo tiempo. Pruebe a cantar las dos evidentes líneas melódicas alternadamente. Anton Nanut conduce la Orquesta Sinfónica de la Radio de Ljubljana.

Beethoven, 7, II

Otro minué (Menuetto, Allegro vivace, Trio) es el tercer movimiento de la Sinfonía #4 en Do menor (1816), llamada Trágica, de Franz Schubert, el gran melodista de oído absoluto. Acá se lo escucha mientras Carlo Maria Giulini dirige apropiadamente la Orquesta Sinfónica de Chicago.

Schubert, 4, III

Una de las más famosas sinfonías en la historia de la música es obra del adelantado francés Héctor Berlioz, su Sinfonía Fantástica (1830) opus 14, una sinfonía de programa (que sigue un esquema textual descriptivo o narrativo). Es Un bal, el segundo movimiento de la obra—inspirada por un amor apasionado del compositor hacia la actriz irlandesa Harriet Smithson—, interpretado a continuación por Pierre Boulez al frente de la Orquesta de Cleveland. (Smithson se enteró del amor de Berlioz por ella cinco años después de que éste se enamorara, dos años después del estreno de la obra. Se casó con él en 1833, para un matrimonio neurótico que terminó en divorcio).

Berlioz, Fantastique, II

Félix Mendelssohn Bartholdy, un compositor de fortuna, trabajó la forma sonata tanto en conjuntos de cámara como en orquesta completa. Nos dejó cinco sinfonías, de las que la alegre Cuarta en La mayor (1833) o Italiana es tal vez la más interpretada. Él dirigió su estreno, pero la partitura no se publicó hasta después de su muerte (a los 36 años de edad), pues nunca terminó de pulirla a su entero gusto. Oigamos su primer movimiento, Allegro vivace, por la Orquesta de Cleveland bajo la batuta de su director por muchos años, George Szell.

Mendelssohn, 4, I

También tiene apodo geográfico (Renana) la Tercera Sinfonía en Mi bemol mayor (1850) de Robert Schumann. Herbert von Karajan, al frente de su Orquesta Filarmónica de Berlín, nos da su versión del tercer movimiento—Nicht Schnell (No rápidamente)—de esa famosa sinfonía.

Schumann, 3, III

La magnífica sede de la Orquesta Filarmónica de Berlín

La Sinfonía en Do mayor (1855) de Georges Bizet, obra de juventud, es seguramente la mejor de sus piezas puramente orquestales. El gran melodista y orquestador, compositor de la inmortal Carmen, la música incidental a La arlesiana y Los pescadores de perlas, hizo dos sinfonías posteriores que merecen el olvido. Pero su sinfonía juvenil fue reconocida de inmediato como una joya musical. Leonard Bernstein dirige a la Orquesta Filarmónica de Nueva York en esta versión de su tercer movimiento, Allegro vivace.

Bizet, 1, III

Alexander Borodin formó, junto con Balakirev, Cui, Moussorgsky y Rimsky-Korsakoff, el grupo Los cinco, también conocido como El puñado poderoso. Seguidores de Mikhail Glinka, se propusieron hacer música específicamente rusa. Poderoso y pegajoso es el tema del primer movimiento (Allegro) de su Segunda Sinfonía en Si menor (1876); ocupa prácticamente el movimiento entero y la reiteración no molesta. Borodin sabía que había encontrado un tema muy bueno. Jean Martinon se encarga de la gran Orquesta Sinfónica de Londres para esta ocasión.

Borodin, 2, I

Al menos catorce años tardó Johannes Brahms en completar su Primera Sinfonía en Do menor (como la anterior, de 1876), tan sobrecogido se hallaba por la obra de Beethoven. El cuarto movimiento de la obra incluye una clara alusión melódica a la gran Sinfonía Coral de su predecesor. He aquí a la Orquesta Sinfónica (no Filarmónica) de Viena, dirigida por el especialista Wolfgang Sawallisch, en el potente cuarto movimiento de la gran sinfonía, noble como su creador.

Brahms, 1, IV

La Tercera Sinfonía en Do menor (1886) de Camille Saint-Säens es conocida como la Sinfonía Órgano. Es más apropiado seguir la especificación francesa: avec orgue, con órgano. Hay bastantes grabaciones de esta popular obra. En este caso, Charles Dutoit, director conocido en Venezuela, dirige a la Orquesta Sinfónica de Montreal en el tercero y último movimiento de la obra; Peter Hurford es el organista responsable.

Saint-Säens, 3, III

El belga César Franck compuso una única Sinfonía en Re menor (1888). Más que suficiente; le quedó estupenda. Su textura evoca la de la música para el órgano, instrumento para el que Franck, él mismo organista—de manos enormes que abarcaban doce notas blancas en un teclado—, compuso abundantemente con calidad. Riccardo Muti dirige a la Orquesta de Filadelfia en el tercer movimiento (Allegro non troppo) de la gran sinfonía.

Franck, única, III

Antonín Dvořák fue un prolífico y fino compositor checo antes de que Checoeslovaquia existiera, pues murió en 1904. Entre 1892 y 1895 dirigió en Nueva York el Conservatorio Nacional de Música y buscó asimilar raíces musicales de los Estados Unidos, como la de los Negro spirituals, recomendando que fueran la base de la composición seria en ese país. Él produjo un ejemplo maravilloso en la Sinfonía #9 (antes #5) en Mi menor (1893), ampliamente conocida como Sinfonía del Nuevo Mundo. Una lujosa interpretación es la de Georg Solti y la Orquesta Sinfónica de Chicago, por quienes escuchamos ahora el tercer movimiento (Scherzo: Molto Vivace – Poco sostenuto).

Dvořák, 9, III

Partitura original de la Sinfonía del Nuevo Mundo. Portada.

Pyotr Illich Tchaikovsky compuso bien lo que le dio la gana; pudiera argumentarse el caso de que fuera el compositor más talentoso de la historia de la música occidental, y su propósito no era otro que el de impactar estéticamente a los oyentes de su música. ¿No es, acaso, el fin estético la esencia de lo musical? Bueno, entre otras cosillas Tchaikovsky compuso siete sinfonías, las numeradas 1 a 6 y la Sinfonía Manfredo, como la de Berlioz, una sinfonía de programa. Es el tercer movimiento (Allegro molto vivace) de su Sexta Sinfonía en Si menor (1893)—a sugerencia de su hermano, Modesto, nombrada Patética—lo que escucharemos a continuación, en las voces de la Orquesta Nacional Rusa conducida por Mikhail Pletnev. El gran compositor era de temperamente neurótico; en una carta de 1892 dijo que la obra debía ser apartada y olvidada; al año siguiente opinaba: “Creo que se está convirtiendo en la mejor de mis composiciones”. Somos nosotros quienes tenemos la palabra.

Tchaikovsky, 6, III

Gustav Mahler es compositor popularizado en los años sesenta, primero por la incansable labor de directores como Leonard Bernstein o Georg Solti, y antes por John Barbirolli y Dimitri Mitropoulus; en los años setenta tal vez fue más decisiva la película Muerte en Venecia, de Luchino Visconti, que emplea a lo largo del film el Adagietto de la Quinta Sinfonía del compositor y director bohemio. La Segunda Sinfonía en Do menor (1894), conocida como Resurrección, es una mutación del lenguaje musical tras la más convencional Primera Sinfonía (Titán). El tercer movimiento—In ruhig fliessender Bewegung (En silencio, el movimiento que fluye)—de la Sinfonía Resurrección ostenta el carácter de danza macabra, interrumpida por estallidos triunfales, que Mahler empleará en otras composiciones, como la Tercera y la Séptima Sinfonías. Rafael Kubelik se pone al frente de la Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera en la ejecución que sigue.

Mahler, 2, III

La batuta prodigiosa de Rafael Kubelik

El compositor finlandés Jan Sibelius es el autor de siete sinfonías. Para el gusto del suscrito es uno de los temas más hermosos y emocionantes de ese tesoro sinfónico el principal del Finale (Allegro moderato) de su Segunda Sinfonía en Re mayor (1902). Acá suena por la Orquesta Sinfónica de Londres con la dirección de Charles Mackerras. El comienzo del audio parece inexacto, pero es que en la obra no hay interrupción entre el tercero y el cuarto movimiento, que es el que aquí oímos.

Sibelius, 2, IV

Conocemos más de Sergei Rachmaninoff por sus conciertos para piano y orquesta y las numerosas piezas que compuso para el instrumento del que fue reputado concertista. Compuso, sin embargo, cuatro sinfonías muy aceptables, de las que es la Segunda Sinfonía en Mi menor (1907) la mejor lograda. Rachmaninoff era, por encima de todo, un consumado fabricante de melodías. La que domina el Adagio, tercer movimiento de esa sinfonía, es memorable. Nada mejor que las cuerdas opulentas de la Orquesta de Filadelfia, dirigida por Eugene Ormandy, para ofrecernos ese hermoso y apasionado movimiento.

Rachmaninoff, 2, III

Los tres últimos compositores en esta selecciónAram Khachaturian, Sergei Prokofiev y Dmitri Shostakovich—fueron considerados por el público y los críticos rusos como el trío de los mejores músicos de su país en el siglo XX. (De los que permanecieron en Rusia; Igor Stravinsky logró escapar al cepo comunista que en 1948 obligó a estos compositores a abandonar sus estilos musicales, calificados de “formalistas”, y a ofrecer excusas públicas y emprender la escritura de “música proletaria”, según el Decreto Zhdanov). Escuchemos primeramente al armenio Aram Khachaturian al frente de la justamente reputada Orquesta Filarmónica de Viena, en el segundo movimiento (Allegro risoluto) de su Segunda Sinfonía en Mi menor (1944), o Sinfonía de la Campana (así conocida por el extenso uso de campanas tubulares en el tema que emplea en los primeros compases del primer movimiento y los últimos de su movimiento final). Los característicos ritmos de Khachaturian, y sus exóticas armonías al borde de la disonancia, florecen en esta ejecución de una de las mejores agrupaciones orquestales del mundo, que respondió lealmente al mando del compositor.

La Filarmónica de Viena en el Palacio Schönbrunn

Khachaturian, 2, II

Sergei Prokofiev, que lideró una colonia de músicos soviéticos, protegida por su lejanía del frente de batalla en la Segunda Guerra Mundial, compuso abundante música: de cámara, óperas, ballets, bandas sonoras para películas (como el Alexander Nevsky de Sergei Eisenstein), conciertos, instrumentos como el piano y, por supuesto, sinfonías, en número de siete. Una de las que son más frecuentemente interpretadas es su Quinta Sinfonía en Si bemol mayor (1944). André Previn dirige a la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles en una ejecución perfecta de su Allegro marcato, el segundo movimiento de la obra, y preserva la frescura de la ácida y juguetona elegancia típica de Prokofiev.

Prokofiev, 5, II

La Sinfonía #10 en Mi menor (1953) de Dmitri Shostakovich hace uso profuso, en su tercer movimiento (Allegretto), de la textura contrapuntística. De estructura ternaria A-B-A, comienza con un tema jocoso que da paso a una sección media de hermoso tema en la que destaca un lírico solo de flauta, antes de recuperar el tema inicial en una explosión de alegría, que ocurre en esta versión de la Filarmónica de Berlín y su jefe, Herbert von Karajan, a los 7 minutos y 27 segundos del comienzo, antes de morir pianissimo entre reminiscencias de la segunda sección.

Shostakovich, 10, III

Ahora reposan todas las batutas. Feliz domingo. LEA
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