Para empezar…

Así se dice próxima apertura en catalán

Así se dice próxima apertura en catalán

Hay piezas musicales que son portaestandartes. Abren una colección de piezas, una ópera, un ballet u otra clase de obras. He aquí unas cuantas instancias.

Prekudio al Te deum: parte de violín

Prekudio al Te Deum: parte de violín

Comencemos por la Introducción al Te Deum en Re mayor, H. 146, de Marc-Antoine Charpentier (1643-1704). Tal como es de esperar, es una música alegre: un Te Deum es un himno de acción de gracias, propio de celebraciones. (En Tosca, de Puccini, el Primer Acto cierra con uno equivocado; el oficialismo italiano de la época—el barón Scarpia incluido—celebra lo que creyó una victoria contra Napoleón, pero la cosa resultó al revés, y esto último se revela en el Acto Segundo). Charpentier descolló en el Barroco por la calidad de sus composiciones; para muestra, este botón que no por nada fue escogido por la Unión Radiofónica Europea como su tema insignia. Aquí lo interpreta la Orquesta de Cámara Inglesa conducida por Raymond Leppard.
Te Deum

El Rey del Barroco musical, tal vez de toda la música occidental, es el grandísimo Johann Sebastian Bach (1685-1750). Cuatro fueron las suites orquestales que compuso, y a ellas se las llama en alemán Ouvertüren, pues todas tienen como número inicial una obertura, que ya no preludiaba una ópera sino una suite de danzas u otras piezas. Ese término se emplearía más adelante para designar obras independientes que presagiaban la forma que se conocería como poema sinfónico. (Por ejemplo, la pieza perfecta de Tchaikovsky: la Obertura-Fantasía Romeo y Julieta). Aun así, se suponía que debían iniciar un concierto, delante del resto de las piezas que lo compusieran. De la Suite Orquestal#3 en Re mayor (BWV 1.068) de Bach, escuchemos su grandiosa Obertura por la Akademie für Alte Musik de Berlín con la dirección de Bernhard Forck.
Suite Orquestal #3

El tercer gran líder—Mozart fue el segundo—de la música noble de Occidente, Ludwig van Beethoven (1770-1827), compuso varias oberturas: Egmont, Coriolano, Leonora I, II y III, Las ruinas de Atenas, La consagración de la casa… Su ópera principal es Fidelio, para la que compuso una obertura que aquí escucharemos en versión de Riccardo Muti al frente de la Orquesta de Filadelfia.
Fidelio

Caricatura de Berlioz en el Wiener Theaterzeitung (1846)

Caricatura de Berlioz en el Wiener Theaterzeitung (1846)

Poco después del paso de Beethoven por la tierra emergería la música de Héctor Berlioz (1803-1869), un compositor adelantado a su época. Esto es más evidente en su sinfonía dramática Roméo et Juliette (1839), una obra sinfónico-coral de gran escala. Berlioz fue un gran orquestador—escribió el Grand traité d’instrumentation et d’orchestration modernes (1844), anticipador de los Principios de orquestación (1891) de Nikolai Andreievitch Rimsky-Korsakoff— y un director de orquesta que exigía conjuntos de enormes dimensiones, los que no se verían en Europa sino hasta la época de Gustav Mahler (1860-1911). Por ese rasgo fue caricaturizado más de una vez, al punto de que nadie menos que Gustave Doré se ocupó de él en una caricatura publicada en el Journal pour rire en 1850. Ahora nos ofrece la Introduction de Romeo y Julieta la Orquesta Sinfónica de Londres que dirige Colin Davis.

Roméo et Juliette

Otro poderoso compositor, esta vez el ruso Aleksandr Borodín (1833-1887), es el autor de la ópera El Príncipe Igor, de la que son especialmente populares sus Danzas Polovtsianas, o Danzas de los pólovtsy (cumanos), una tribu nómada que habitó a lo largo del Volga al norte del Mar Negro. El segundo tema de su Introducción es el de la canción Stranger in paradise, un número del musical de Robert Wright y George Forrest, Kismet, cuya música es enteramente de Borodín. El mítico Herbert von Karajan dirige la Orquesta Filarmónica de Berlín.

Danzas polovtsianas

Del mismo modo, lo primero que suena en la obra de Igor Stravinsky (1882-1971) Le Sacre du Printemps (La Consagración—o Rito—de la Primavera) es la Introduction de su Primera Parte (L’adoration de la Terre), cuyo tema es inicialmente expuesto por el fagote. La obra causó un escándalo durante su estreno en París (1913) con los Ballets Ruses de Sergei Dhiagilev y tal vez esa introducción haya sido inspirada en el comienzo de Prelude a l’aprés midi d’un faune (1894), obra de Claude Debussy sobre un poema de Stéphane Mallarmé. Para facilitar el cotejo, primeramente suena el número de Stravinsky (Pierre Boulez con la Orquesta de Cleveland) seguido del tema de Debussy.

Le Sacre du Printemps
L’après-midi d’un faune

Montaje del Ballet de San José, California

Montaje del Ballet de San José, California

Carl Orff regaló a los melómanos una obra extraordinaria: su cantata escénica Carmina Burana (Canciones del Beuern). Aunque la música (1935-36) está orquestada con la riqueza instrumental del siglo XX, Orff logró una ambientación melódica y rítmica que sugiere su origen medieval. (Las letras de los distintos números están tomadas de una colección de poemas de los siglos XI, XII y XIII, descubierta en 1803 en la Abadía Benedictina del Beuern, en Baviera. Orff compuso también Catulli Carmina y Trionfo di Afrodite para completar la trilogía Trionfi). La impar obra fue estrenada en Francfort en 1937, en su versión completa con danza. Desde entonces, el mundo no ha dejado de disfrutarla y admirarla; nada más apropiado: Orff sigue en ella su concepto de escena total, su Theatrum Mundi. Aquí nos entregan su número introductorio—O Fortuna, que se repite, como en el Magnificat de J. S. Bach, al final—, de la breve sección inicial de la obra (Fortuna Imperatrix Mundi), la Orquesta Sinfónica de Londres y su Coro bajo la dirección de André Previn.

O Fortuna

De la precedente riqueza musical pasemos a la simplicidad de la Entrada de las Waldszenen (Escenas del bosque. op. 82) de Robert Schumann (1810-1856), en ejecución de Rudolf Serkin.

Entrada

El inicio de un tema con variaciones es la exposición del tema mismo. (Una excepción es la Rapsodia sobre un tema de Paganini de Sergei Rachamninoff, que comienza por la primera variación precedida por una introducción). Está aquí el tema de las Variaciones para orquesta sobre un tema original (Enigma), del compositor inglés Edward Elgar (1857-1934), compuestas entre 1868 y 1869. Leonard Bernstein se encarga de dirigir a la Orquesta Sinfónica de la BBC para ofrecérnoslo.

Tema

La esposa de Weill estrenó el pael de Anna I

La esposa de Weill estrenó el papel de Anna I

Nadie discutirá que un prólogo es lo que viene antes de otro texto más largo, y hay obras cantadas que lo tienen. Uno famosísimo es el de la ópera Los Payasos, de Ruggiero Leoncavallo (1857-1919), la más famosa de sus obras. El gran barítono y bajo Ettore Bastianini se encarga de certificar que los artistas son gente de carne y hueso. De seguidas, Gisela May, acompañada por la Orquesta Sinfónica de la Radio de Leipzig que conduce Herbert Kegel, nos trae el Prólogo de Los siete pecados capitales (en alemán, Die sieben Todsünden), un ballet chanté que surgió de la colaboración en 1933 (el año de la llegada de Adolf Hitler al poder en Alemania) del dramaturgo Bertolt Brecht, el músico Kurt Weill y el coreógrafo George Ballanchine. La ocasión trajo el alejamiento de Brecht y Weill; el primero quiso que esta historia de una esquizofrénica (Anna), ambientada en los Estados Unidos, siguiera un tratamiento marxista y Weill impuso un enfoque psicoanalítico. (La composición de Weill trae su habitual reminiscencia de la música de cabaret).

I Pagliacci

Los siete pecados capitales

Arriba se mencionó de pasada el concepto de poema sinfónico, una obra que sigue un poema, una narración o algún elemento pictórico en su desarrollo. Quien primero empleara el término fue el compositor y virtuoso húngaro Franz Liszt (1811-1886). Él mismo compuso trece obras de esa clase, y Les Préludes (d’aprés Lamartine), la tercera de ellas, se ocupa de representar musicalmente una oda del poeta francés en sus Nouvelles méditations poétiques. Es el poema sinfónico más popular de Liszt; el informe radial del ejército alemán (Wehrmachtbericht) en la Segunda Guerra Mundial, así como el noticiero Die Deutsche Wochenschau, emplearon la marcha final como su tema musical. La fina Orquesta Filarmónica de Viena es dirigida acá por Giuseppe Sinopoli.

Les Préludes

Pietro Mascagni

Pietro Mascagni

Un verdadero Preludio es el que introduce la ópera Cavalleria rusticana, la exitosa composición breve de Pietro Mascagni (1863-1945) que frecuentemente se graba junto con Los payasos. Aquí suena en los instrumentos de la Orquesta Filarmónica de Praga dirigidos por Friedemann Riehle. Daniel Barenboim queda a cargo de la Orquesta de París para interpretar otro muy importante, con el que cierra esta entrega de músicas introductorias: el Preludio a los Maestros Cantores de Nuremberg, la solemne composición de Richard Wagner (1813-1883). Es tan bueno, que a pesar de ser un preludio funciona perfectamente como epílogo.

Cavalleria Rusticana

Maestros Cantores

Bueno, ahora que quince magníficos músicos nos han preludiado quince veces, es hora de que nos pongamos a hacer algo muy importante. LEA

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Música hertziana

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La primera radiodifusora privada de Venezuela

 

A Oscar de Jesús, que cumplirá años dentro de 36 días, a Jaime y a la 1ra. Promoción de La Colina

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Ésta es la quincuagésima entrada musical de este blog, y con ella quiero agradecer a la radiofonía y la televisión venezolanas, especialmente a las emisoras del Grupo 1BC, por haberme descubierto la buena música. Debo ayudarme de la memoria y la colección almacenada en los archivos de iTunes en mi computador, y la primera no es tan fiel.

Las piezas que he colocado aquí sonaron primero en mis oídos, principalmente, por la posición de 750 KHz en el dial AM y el Canal 2 de la banda VHF en televisión. No hubo televisión en Venezuela hasta 1952, cuando se estableciera el Canal 5 de la Televisora Nacional. Yo tenía entonces nueve años, y vi una tarde con mi padre su primera transmisión en el botiquín de Cartagena en la urbanización La Campiña, donde ahora se encuentra el edificio sede de PDVSA. Era un breve documental de escena en alguna selva africana, por la que poderosos leones se paseaban majestuosamente. Después vendrían chimpancés—el famoso mono Barrilete—y más tarde la más variada oferta de dos canales adicionales que incluyó deportes y los primeros enlatados.

…allí estarrá (sic) Tamakún

Pero fue antes, por la radio, cuando por primera vez me cautivara un tema de música culta. A la cesación de la mítica El derecho de nacer, que mi madre oía religiosamente por Radio Caracas, otra radionovela con libreto de Félix B. Caignet, Los ángeles de la calle, se presentaba con un tema hermoso. Claro que los chamos de entonces preferíamos a Tamakún y su carnal Alí Yabor (narrado, con divertida erre fuertemente afrancesada, por Aureliano Alfonzo Barrios: «Donde el dolor desgarre, donde la miserria oprrima, donde la maldad imperre, donde el peligrro amenace… allí estarrá Tamakún, el Vengador Errante»). Pero mis orejas quedaban absortas al comienzo de la segunda radionovela de Caignet—luego me iba a hacer otra cosa—para escuchar el fragmento noble de Júpiter, de la suite Los planetas de Gustav Holst (1874-1934). Alfonzo Barrios fue, por cierto, el narrador de Los ángeles de la calle. Aquí está el gigantesco planeta por la Orquesta Nacional de Francia bajo la batuta de Lorin Maazel. El tema de la radio se inicia a los 2 minutos y 55 segundos de esta grabación.

Júpiter

La marca Radio Caracas no existiría hasta 1935, a la muerte de J. V. Gómez; antes había sido Broadcasting Caracas, y sus siglas radiofónicas eran YV-1BC, que designaban a la primera emisora radial del país. De allí la denominación posterior del grupo que añadiría a Ondas Populares (950 KHz) y, en 1953, a Radio Caracas Televisión. Unos meses antes, el Canal 4 se había establecido como la primera televisora privada del país; su nombre era entonces Televisa, el que luego sería cambiado a Venevisión cuando su licencia fuese adquirida por Diego Cisneros en 1960. El gobierno de Pérez Jiménez eligió de primero, naturalmente, su ubicación en la banda VHF, y tomó el Canal 5 por encontrarse hacia el medio; la sintonización se aseguraba así en las antenas que cada hogar orientaba para captar la banda entera.* En ese tiempo, estudiaba en el Colegio La Salle de La Colina, y quienes teníamos prácticas de laboratorio vespertinas a partir de tercer año de bachillerato (1956) almorzábamos a veces en el comedor de Televisa por valor de dos bolívares; allí aprendimos, con los fibrosos pedazos de carne, el sentido del refrán comparativo: «Más nervioso que bisté de a bolívar». (El Canal 4 había instalado un ring para transmitir la lucha libre, y especulábamos que Dark Buffalo, el imbatible luchador de la estranguladora, era en verdad nuestro profesor, el competente catalán Arturo Mulet Oro, de fuerte contextura, pues la forma de su cabeza se asemejaba a la que el luchador escondía bajo una máscara). También fuimos testigos de la instalación de la enorme antena de RCTV, un poco más arriba de Televisa; antes de erigirse, la gran estructura fue acomodada a lo largo de un tramo de la calle Bella Vista, que desembocaba en la entrada sur del colegio.

 

Primeros bachilleres de La Salle La Colina (1959). Alcalá sentado a la derecha del Hno. Gastón, 1er. Director. (Clic amplía).

Primeros bachilleres de La Salle La Colina (1959). Alcalá sentado al lado del Hno. Gastón, 1er. Director. (Clic amplía).

 

Acá nos vemos mejor: de izq. a der. 1ª fila: Hail, Nouel, Chapellín, Áñez, Rojas, Guinand, Carrillo, Plaza, Arcia, Cardona, Weil; 2ª fila: Quintard, Yoris, Barreiro, Henao, Morandi, Díaz, Avella, Brucker, Stolk, Romero; 3ª fila: Leo, De Fries, Alcalá, Jugo, Sassano, Sarmiento, Gabor, Medina, Mijares, Daumen.

Acá nos vemos mejor: de izq. a der. 1ª fila: Hail, Nouel, Chapellín, Áñez, Rojas, Guinand, Carrillo, Plaza, Arcia, Cardona, Weil; 2ª fila: Quintard, Yoris, Barreiro, Henao, Morandi, Díaz, Avella, Brucker, Stolk, Romero; 3ª fila: Leo, De Fries, Alcalá, Jugo, Sassano, Sarmiento, Gabor, Medina, Mijares, Daumen.

 

Vuelvo a la radio: el 9 de diciembre de 1930, el compositor Carlos Bonnet—Quitapesares, Negra la quiero, El curruchá—, nacido en Villa de Cura, dirigió a la Orquesta de Radio Caracas para la interpretación de la marcha oficial de la estación, la sabrosa Marcha 1BC que él compuso y escuchamos a continuación.

Marcha 1BC

Tomaba Coca-Cola

Era mi amigo de infancia, estrecho compinche de barajitas y partidas de béisbol, aviones de plástico y planes de hacer cine, Oscar Álvarez Sylva. Su padre, Oscar Álvarez De Lemos, era ingeniero técnico del Grupo 1BC, y en su casa de La Campiña conocí a Félix Cardona Moreno—Pancho Tiznados y de El Baúl—, Cecilia Martínez y Charles Barry, figuras de RCR y la incipiente RCTV. El cuñado del Sr. Álvarez—hombre éste bondadoso y de eterno buen humor—era Rafael Sylva Moreno, pintor, publicista y director y productor de programas de televisión. Dirigió, por ejemplo, Kit Carson, héroe y cowboy cuyas aventuras transmitía RCTV con producción de McCann-Ericson (La verdad bien dicha). Era este Sylva el mismo del insólito Nuestro Insólito Universo. La cultura sinfónica de Rafael es asombrosa, y con frecuencia determinaba la musicalización de los programas. Así, escogió Fêtes—aquí por Pierre Boulez y la Orquesta de Cleveland—, uno de los Nocturnos orquestales de Claude Debussy (1862-1918), para la presentación de Kit Carson, cuyo anfitrión era Guillermo Rodríguez Blanco (de justa fama por su encarnación del charnequeño Julián Pacheco). Mientras sonaba la sección que se inicia a los 2 minutos y 33 segundos del comienzo de esta versión, Kit se acercaba en una lenta cabalgata hasta un establecimiento en cuyos palos exteriores amarraba el caballo; luego subía unos escalones de madera para abrir una máquina expendedora de refrescos de la que tomaba una botella de Coca-Cola, patrocinadora del programa. (A la sazón, mi padre era Gerente de Administración de la Cervecera Nacional, y encargaba una caja semanal de veinticuatro botellas del refresco que los hermanos Alcalá-Corothie bebíamos ante alguna peripecia del Oeste vaquero).

Fêtes

Marcos y Pedro en el exilio

Hubo programas de radio que fueron transplantados al medio televisivo: Frijolito y Robustiana, El Bachiller y Bartolo, o radionovelas convertidas en telenovelas; precisamente fue la más famosa El derecho de nacer, y Raúl Amundaray fue el Dr. Albertico Limonta que vimos en televisión.

Televisa y RCTV competían en todo: el primer beso abiertamente erótico de la televisión venezolana se lo dieron Henrique Vera Fortique y la despampanante Zoe Ducós—después esposa de Miguel Silvio Sanz, segundo de Pedro Estrada en la temible policía política de Pérez Jiménez: la Seguridad Nacional—, por Televisa. Ni cortos ni perezosos, los libretistas de RCTV ripostaron a la noche siguiente con uno de Luis Salazar y su esposa: Hilda Vera Fortique, hermana del precursor. (Como en la vida real estos últimos eran consortes, su beso fue más largo y convincente; todo un escándalo protestado por el Arzobispado de Caracas. El me-too de RCTV no ganaba en premura, pero lo había hecho en verismo).

Uno de los programas estrella de RCR, y uno de mis favoritos, era El Torneo del Saber, una producción de ARS Publicidad (Permítanos pensar por Ud.), agencia fundada por Carlos Eduardo Frías en sociedad con Arturo Úslar Pietri. El público enviaba preguntas a un cuarteto infalible, compuesto por nada menos que Úslar Pietri, Alejo Carpentier, Miguel Acosta Saignes y Franklin Whaite, encargado de fildear las cuestiones de deporte. (A veces sustituido por Abelardo Raidi; en ocasiones, José Antonio Calcaño hacía la segunda a alguno de los humanistas). Era muy difícil ponchar a esta poderosa batería, pero si ésta no podía contestar alguna pregunta, el remitente recibía por correo certificado la cantidad de cien bolívares. Usualmente, debía conformarse con veinte, pues era raro que la pregunta más difícil no fuera contestada de inmediato. El Torneo del Saber, transplante de la radio, fue el primer programa de concursos de la televisión en Venezuela, y su tema musical era el primero de La gazza ladra, obertura de Gioacchino Rossini (1792-1868). Es el que oímos en la venerable versión de Arturo Toscanini y su Orquesta de la NBC poco antes de los 12 segundos del comienzo, justamente después de los redobles iniciales.

La gazza ladra

La cátedra en las ondas de Hertz

Úslar Pietri fue siempre hombre de medios, especialmente de televisión, y Valores Humanos fue desde RCTV una cátedra invalorable de cultura general. El 17 de mayo de 1996, con ocasión de sus noventa años, se publicaba en mi revista referéndum el artículo Noventa años de luz: «Uno era niño cuando ya aprendía de él porque, habiendo sido siempre de la modernidad, Arturo Úslar Pietri estuvo en nuestra primera televisión y así llegó a ser el maestro cimero de una muchedumbre de amigos invisibles. Su inconfundible hablar, sus palabras favoritas, su abundante discurso nos fascinaban, nos paralizaban ante la pantalla porque podía saborearse cada dato, cada certero juicio, cada regalo de luz. ¿Quién entre nosotros, los invisibles, puede decir que no aprendió de él? (…) Úslar es Venezuela, y como eso es así es buena Venezuela. Porque un país en el que nace Úslar, en el que vive Úslar, al que regresa Úslar, en el que se queda Úslar prefiriéndolo entre todos los que le ofrecerían patria de inmediato, no puede ser un mal país. Es un país bueno, y que siempre ha sido su oficio. Es por esto entonces, visible Maestro, que somos mejores, porque Usted se ha ocupado de nosotros». El tema de la primera temporada de Valores Humanos era el de la coda de recapitulación del último movimiento de la Quinta Sinfonía de Tchaikovsky, pero luego fue sustituido por el comienzo de Primavera, el primero de los concerti grossi que conocemos como Las cuatro estaciones, de Antonio Vivaldi (1678-1741). Aquí está la refrescante música por Ettore Stratta y la Orquesta de Cámara Barroca.

< Primavera

El fiscal científico

No estoy del todo seguro, pero pudiera haber sido Rafael Sylva quien escogiera la Marcha de El amor de las tres naranjas, de Sergei Prokofiev (1891-1953), para musicalizar la presentación de un apasionante programa que RCTV transmitía, a fines de los cincuenta, los domingos a las nueve de la noche: El Sr. Fiscal (1954-1955). El anunciante del programa era General Motors, y sobre los acordes del ruso el locutor decía con solemnidad y una pausa para cada marca cuando su emblema aparecía en la pantalla: Chevrolet… Pontiac… Oldsmobile… Buick… Cadillac… Opel… Vauxhall… y camiones GMC… presentan, el Señor Fiscal. Entonces comenzaba el típico programa de tribunales estadounidense, sólo que en este caso no se seguía la línea tradicional del héroe defensor—por ejemplo, Perry Mason—, sino que su protagonista era un acusador fiscal de distrito llamado Paul Garrett, Mr. District Attorney. (David Brian era el actor). George Szell dirige a la Orquesta de Cleveland.

Marcha

¿El de la patria?

La buena música no siempre musicalizaba programas; la industria de la publicidad tiende a emplear gente de cultura para sus departamentos creativos, y por tal razón la música clásica emerge en la propaganda de productos específicos, aquí y en todo el mundo. (Por ejemplo, Sous le dôme épais, o Dueto de la flor, de la ópera Lakmé de Léo Delibes, usado por British Airways en una larga serie de anuncios en TV). Dos ejemplos vienen de inmediato a mi memoria: los relojes Rolex y la salsa de tomate Heinz. Varias décadas atrás, Rolex se anunciaba en nuestra televisión con la fanfarria de apertura de Así hablaba zaratustra, poema sinfónico de Richard Strauss (1864-1949), la misma que usara Stanley Kubrick en 2001: Odisea del espacio. La rica ketchup, en cambio, tardaba una eternidad en salir silenciosamente de una botella puesta boca abajo, y al emerger por fin la viscosa pasta, sonaba triunfalmente el tema ceremonial de la primera de las marchas de Pompa y circunstancia de Edward Elgar (1857-1934). Georg Solti se encarga ahora de ambos temas, de Strauss al dirigir la Orquesta Sinfónica de Chicago y de Elgar con la Sinfónica de Londres. (La fanfarria abre y se sostiene con un pedal de órgano sobre el Do audible de más baja frecuencia, a 32 Hz; el tema usado para Heinz es el de la recapitulación, a los 5 minutos y 4 segundos de la grabación colocada acá).

Fanfarria

Pompa y circunstancia

La televisión, pues, y sobre todo la radio, me enseñaron buena música, formaron mi gusto. Por RCTV no podía dejar de ver la emisión semanal del Concierto Firestone, del que recuerdo maravillarme con la perfección instrumental del Vals de las flores y la hermosura de El Cisne, la pièce de résistance del Carnaval de los animales de Saint-Saëns. Mi relación con la radio es mágica, e incluye episodios de sincronicidad jungiana. Viniendo una mañana de Montalbán hacia Las Delicias de Sabana Grande, decidí repentinamente estacionarme en la Avenida Páez de El Paraíso para completar la audición de una música cuyo nombre no poseía; la había oído antes y apreciaba la nobleza de su tema principal, pero no sabía cómo se llamaba. Al terminar la obra, el locutor de Radio Nacional de Venezuela me informó que acababa de escuchar la Segunda Sinfonía de Jan Sibelius. (Abajo su majestuoso último movimiento por la Orquesta Sinfónica de Boston, dirigida por Colin Davis). ¡Ya era rico! Entonces me percaté de que había detenido el automóvil justo enfrente de Radio Caracas. Una hora más tarde supe también que ese mismo día de 1966 concluía Oscar Álvarez de Lemos su larga relación laboral con las Empresas 1BC para dedicarse a fundar Audio Especialistas, la firma de equipos de sonido que había sido el sueño de toda una vida. Allí pude comprar, gracias a un legado de mi madrina de bautizo, un equipo con el que oiría mejor a Sibelius; creo que fue la primera venta de su compañía. (Una noche de mediados de 1972, embriagado por un nuevo amor, subía a jugar bolas criollas en casa de los Plaza-Ayala en Club de Campo con Javier Ayala Buroz, en época del campeonato mundial de ajedrez que Bobby Fischer ganó a Boris Spassky en Reikiavik; es decir, entre julio y septiembre. Teníamos puesta en el carro la Radio Nacional de Venezuela, y entonces le pedí que se callara. De nuevo, era una hermosa melodía que mi abuela materna tocaba al piano y me encantaba, pero no sabía qué era. Esa noche supe que se trataba de Mon coeur s’ouvre a ta voix, la bellísima aria para soprano de la ópera Sansón y Dalila de, una vez más, Camille Saint-Saëns. (La mejor versión que conozco, puesta abajo, es por la insuperable María Callas). De nuevo, me había enriquecido súbitamente gracias a la radio).

Allegro moderato

Mon coeur s’ouvre a ta voix

La partitura de Rimsky-Korsakoff

Ahora enfrento dos lagunas, pues no recuerdo los programas cuyos temas pondré a continuación. Mejor dicho, recuerdo uno de ellos pero no su nombre. Del otro evoco sólo que era una telenovela de RCTV, que mi madre veía, con musicalización de la Variación 18 de la Rapsodia sobre un tema de Paganini, de Sergei Rachmaninov (1873-1943). Aquí pongo el hermoso fragmento por Philippe Entremont al piano y la Orquesta de Filadelfia dirigida por Eugene Ormandy. La misma orquesta y el mismo director interpretan después la Procesión de los nobles, de la ópera-ballet Mlada, compuesta por Nikolai Andreievich Rimsky-Korsakoff (1844-1908). Esto era el tema de un programa matutino de música clásica que difundía la Emisora Cultural de Caracas (FM 97,7); quien había escogido la pieza y alimentaba las emisiones con su prodigiosa discoteca era el ingeniero Humberto Peñaloza, valor de la civilidad venezolana que había fundado, con gente como Gonzalo Plaza, la primera emisora del país en frecuencia modulada. (Sus estudios e instalaciones técnicas están también al borde sur del Colegio de La Salle en La Colina de Los Caobos). La pieza de Rimsky es un toque de alegre alerta, pero he olvidado el nombre del programa y Google no ha podido ayudarme.

Variación 18

Procesión de los nobles

El mejor programa sabatino

Pero la radio de hoy en día es otra cosa; ahora pone la hipermoderna Radio Caracas Radio, los sábados a mediodía, un programa buenísimo. Se trata de Dr. Político, y como consiste en una aproximación médica a la Política, su tema musical es tranquilizante, propio para la sanación de una psiquis ciudadana atribulada por sobresaltos y alarmas frecuentes. Este tema no es otro que Baïlèro, el más hermoso de los números de Chants d’Auvergne, la maravillosa recopilación hecha por Joseph Canteloube (1879-1957) de estos cantos provenzales. (Baïlèro es canto de los pastores del Alto Auvergne). Lo canta como nadie la gran soprano estadounidense Renée Fleming (The Beautiful Voice). El programa tomó, sin embargo, sólo material de su introducción instrumental, y la música que se escucha en Dr. Político en RCR es un fragmento que arranca a los 36 segundos del inicio de lo que aquí coloco. Creo que Ud. convendrá en que es una melodía apaciguadora.

Baïlèro

Gracias, Marconi; gracias, Zworykin. A Uds. debo la música. LEA

………

*Oscar Álvarez Sylva me ha recordado esto: «Cuando empezó RCTV, el canal asignado fue el canal 7; luego de un tiempo, fue cambiado por solicitud de RCTV al canal 2, un canal en una frecuencia más baja y de mejor propagación en la complicada geografía de Caracas. Finalmente, los canales fueron 2-3-7 y 10 para cubrir el territorio nacional». Esto es la verdad; Televisa-Venevisión asumió los canales 4, 9  y 11. Vale.

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Música preludial

Los cuatro primeros compases del Preludio en Do mayor de J. S. Bach

Si se me preguntara qué es la música, diría que ella es el Preludio #1 en Do mayor de El clavecín bien temperado de Juan Sebastián Bach. La pieza es de una extrema simplicidad: consiste en una sucesión de acordes arpegiados—cada una de las cinco notas básicas de su diseño melódico podría ser tocada simultáneamente con las otras—que construyen tensiones armónicas resueltas con eficaz nobleza. Es tan perfecta, que el gran melodista francés Charles Gounod la tomó como base armónica de su hermosísimo Ave María. Oigamos primero al virtuoso israelí Tzvi Erez tocando el preludio de Bach al piano. Después, una versión de la pieza de Gounod por una combinación inusual de músicos: Yo Yo Ma toca en su violonchelo la melodía del francés mientras las notas de Bach son increíblemente cantadas por Bobby McFerrin, el mismo que vendiera tantas copias de Don’t worry; be happy.

Preludio en Do mayor

Ave María

En el conjunto al que el preludio anterior pertenece (Libro I, BWV 846) hay un total de veinticuatro piezas; Bach escribió una para cada tonalidad de las escalas mayores y menores. El mismo procedimiento siguió Federico Chopin en el grupo de sus Preludios del op. 28. Naturalmente, el #1 es asimismo en Do mayor. (Interpretado aquí por Ivo Pogorelich). El solemne número 20 es, por lo contrario, en Do menor; también es una breve serie de acordes tocada tres veces, forte, piano, pianissimo (con un crescendo a forte al cerrar. Lo toca maravillosamente Vladimir Ashkenazy).

Preludio en Do mayor

Preludio en Do menor

Podemos regresar a Bach para continuar en la búsqueda de nobleza musical. Uno de sus sobrecogedores preludios corales—piezas litúrgicas breves basadas en una melodía simple—es el clasificado con el número 721 en el catálogo general de su obra: Erbarm dich mein, o Herre Gott. (Ten piedad de mí, oh Señor Dios). Pocas piezas pueden representar mejor la serena confianza en la misericordia divina, propia de las religiones cristianas. Raymond Leppard dirige con gran gusto la Orquesta de Cámara Inglesa. (Hace poco, el 11 de marzo, fue el mismo preludio colocado en este blog: Concierto barroco. Esto da idea de cuánto me gusta).

Preludio coral

Portada de las Suites para violonchelo de Bach

Bach compuso para varios instrumentos, naturalmente, entre ellos el violonchelo. Sus Seis suites para violonchelo solo, redescubiertas y lanzadas a la fama por Pablo Casals—las encontró a sus 13 años en una casa de empeño en Barcelona—, permanecen entre las mejores composiciones para ese instrumento. De nuevo, es Yo Yo Ma quien toca el Preludio de la Suite #1.

Preludio de la Suite #1

Es, por supuesto, uno de los más famosos preludios de la historia el Preludio en Do sostenido menor, de Sergei Rachmaninoff, que llegó a adquirir nombres fantásticos, como El Día del JuicioLas campanas de Moscú. Es una de sus cinco Morceaux (piezas) de fantaisie, compuestas cuando tenía 19 años de edad. Ese preludio se convirtió con rapidez en la marca de fábrica del concertista y compositor, al punto de que las audiencias de sus recitales le exigían a voz en cuello: «¡Do sostenido!» Rachmaninoff admitió alguna vez que esta costumbre había llegado a fatigarle. El pianista estadounidense Van Cliburn, ganador del Premio Tchaikovsky de Moscú, es el encargado de tocarlo para nosotros.

Preludio en Do sostenido menor

Del mismo compositor es muy popular el Preludio en Sol menor, el #5 del op. 23. Un lenguaje musical español permea toda la pieza, pero es especialmente notable en el contrapunto melancólico de su sección media. Emil Gilels, grabado en concierto, es ahora el ejecutante. (Para escuchar la extraordinaria versión de Vladimir Horowitz, véase en este blog Titán del piano).

Preludio en Sol menor

Aprovechemos el contacto ruso para escuchar el Preludio en Re bemol mayor de Reinhold Glière, el #1 de su op. 43, a cargo de Anthony Goldstone y luego el Preludio #1 en Do mayor de Dmitri Shostakovich, por Alexander Melnikov.

Preludio en Re bemol mayor

Preludio en Do mayor

El autor de las Bachianas Brasileiras

Un hermoso ejemplo de estas piezas preludiales, anticipo de más música, es el Preludio #1 para guitarra del gran compositor brasileño Heitor Villa-Lobos. Julian Bream lo toca con gran sentimiento a continuación.

Preludio #1

Ya que nuestra entrada se ha latinizado, cerrémosla con la buena música del gran maestro francés, el Papa del Impresionismo musical: Claude Debussy. En primer lugar, de su Primer Libro de Preludios, el que llamó poéticamente La niña de los cabellos de lino, que nos interpreta la estupenda concertista Moura Lympany. La culminación es el muy hermoso Preludio a la siesta de un fauno, inspirado en un poema homónimo de Stéphane Mallarmé. La Orquesta Sinfónica de Londres es conducida por el mítico director Leopold Stokowski.

Preludio del Libro I

Preludio a la siesta de un fauno

Que esta selección sea el preludio de otras por venir, organizadas para su agrado. LEA

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El misterio de las 88 teclas

Las cuerdas de un gran piano Steinway

 

Mi piano es para mí como la fragata para el marinero, o el caballo para el árabe.

Franz Liszt

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Trescientos doce años de piano—se le tiene por invento de Bartolomeo Cristofori en el año 1700—han sido más que suficientes para establecerlo como el rey de los instrumentos. Sus cincuenta y dos teclas blancas y treinta y seis negras abarcan un rango tonal muy considerable, segundo sólo del alcanzado por el órgano. Las cuatro voces clásicas—soprano, contralto, tenor, bajo—se acomodan con holgura en su amplio intervalo sonoro de siete octavas y una tercera menor (desde el La0 hasta el Do8). Además puede sonar muy suavemente o con gran fuerza; su nombre completo era pianoforte, pues innovaba respecto de clavecines y clavicordios que sonaban siempre con una misma intensidad. (En un inventario de Ferdinando de Medici consta de aquel año: «Un Arpicembalo di Bartolomeo Cristofori di nuova inventione, che fa’ il piano, e il forte…») Sus pedales pueden atenuar el sonido o prolongarlo.

Pero esa física y mecánica del piano puede producir música de la más satisfactoria a los oídos exigentes. El gran pianista que fue Leopold Godowsky escribió en una carta—desde París, el 10 de julio de 1931—a su asistente, el también pianista Maurice Aronson: «Amo el piano y a aquellos que aman al piano. El piano como medio de expresión es un mundo por sí solo. Ningún otro instrumento puede llenar o reemplazar su discurso en el mundo de la emoción, el sentimiento, la poesía, las imágenes y la fantasía». La inmensa mayoría de los compositores, por otra parte, se basa en él para inventar su música. Tchaikovsky, que lo tocaba también por el mero placer de escuchar música en una era sin iPod o Walkman o muy pocos y primitivos fonógrafos—por ejemplo, tocaba repetidamente partes de la Carmen de Bizet—, comenzaba su tarea todos los días sobre un teclado: «Con regularidad, me siento al piano a las nueve de la mañana en punto, y las Señoras Musas han aprendido a ser puntuales para esa cita». Algún monstruo como Wagner componía con dos pianos adosados el uno al otro; luego se ponía de pie e instrumentaba de una vez sobre las pautas de orquestación en un atril.

Naturalmente, hay que saber tocar el difícil instrumento, cuyo dominio es evidencia de la complejidad motriz de la que son capaces algunos seres humanos. No hay escasez de muy buenos pianistas, especialmente cuando las madres judías sueñan con que alguno de sus hijos llegue a ser un concertista famoso. La densidad de buenos pianistas judíos es significativamente alta: Artur Rubinstein, Alexander Brailowsky, Leon Fleisher, William Kappell, Emil Gilels, Vladimir Ashkenazy, Stefan Askenase, Josef Lhévinne, Daniel Barenboim, Leopold Godowsky, Alexis Weissenberg, Lazar Berman, Artur Schnabel, Yefin Bronfman, Gary Graffman, Julius Katchen, Murray Perahia, André Previn, Rudolf Serkin, Eugene Istomin, Byron Janis y un largo etcétera que incluye, por supuesto, al más grande pianista del siglo XX: Vladimir Horowitz. (Ver en este blog Titán del piano). Pero no se necesita ser circuncidado para sacar bella música de un gran piano; Claudio Arrau, Cor de Groot, Sviatoslav Richter, Alfred Brendel, Wilhelm Backhaus, Wilhelm Kempf, André Watts, Arturo Benedetti Michelangeli, Alfred Cortot (el colaboracionista de los nazis), Walter Gieseking (acusado de lo mismo pero luego exonerado), Dinu Lipatti, Martha Argerich, Robert Casadesus, Géza Anda, Philippe Entremont, Agustin Anievas, Guiomar Novaes, Aldo Ciccolini, Maria João Pires, Ídil Biret, Leif Ove Andsnes, el fenomenal Yang Yang y nuestra Gabriela Montero son todos concertistas de primera línea.

El piano de Leo

En el ámbito familiar, por otra parte, son inconmensurables las horas en que el piano ha proporcionado alegría y belleza. Las hermanas Chenel-Calcaño—mi abuela materna y sus cuatro hermanas (a excepción de Emilia, que tomó por la guitarra, tal vez porque Chopin dijo que sólo había algo más hermoso que este instrumento: dos guitarras)—eran todas ellas pianistas; mi abuela fue la más destacada y llegó a ofrecer recitales. Su tía, Graziella Calcaño, acompañó a Josefina Sucre, bisabuela de mi esposa, en la Exposición Internacional de París en 1889 para tocar valses venezolanos cerca de la Torre Eiffel que se inauguraba. Ahora mi hijo mayor, Leopoldo Enrique, improvisa música New Age en su casa de San Diego, California, en un refinado piano eléctrico. Yo no puedo tocar otra cosa que La vieja y los primeros compases del primer Preludio, en Do mayor, del Clave bien temperado de Juan Sebastián Bach.

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Federico Chopin (1810-1849. Daguerrotipo del último año)

Pero basta de hablar del piano; dejemos que él hable por sí mismo, veinte veces. Arbitrariamente, agruparé las piezas en orden alfabético de sus compositores, lo que conviene porque Federico Chopin, el Rey del Rey de los Instrumentos, nos llega de primero; seis de sus composiciones son suficientes para atestiguar su genio. La primera de ellas es el Estudio #11 del opus 25, en La menor, a cargo de Maurizio Pollini; con un comienzo engañosamente tranquilo, pronto desata un caudal de música apasionada. Después he seleccionado cuatro de los Preludios del opus 28 (uno para cada tonalidad, como los de Bach, a quien tomó por modelo): el #12 en Sol sostenido menor (Vladimir Horowitz), el #17 en La bemol mayor, el extraordinario y armónicamente noble #20 en Do menor y el #22 en Sol menor, cuyo entreverado ritmo recuerda a un malambo argentino. (Estos tres por Vladimir Askkenazy). Finalmente, lo que tengo por la versión insuperada del Nocturno #13 en Do menor, el #1 del opus 48, en la interpretación viril de Eugene Istomin. Cuando la oigo, espero por los tres acordes repetidos con la mano izquierda, un retardo armónico preparatorio de la modulación a Do menor que Istomin destaca (otros ejecutantes no lo hacen) exactamente a los 3 minutos y 40 segundos del comienzo de la pieza. Admito que es mi nocturno preferido.

Estudio #11

Preludio #12

Preludio #17

Preludio #20

Preludio #22

Nocturno #13

Claude Debussy (1862-1918)

Ahora cambiamos del lenguaje romántico al impresionista de Claude Debussy, concebido en Campo de Marte, cuando el compositor escuchara los conjuntos javaneses de música gamelán en la Exposición Internacional antes mencionada. En primer término, Walter Gieseking interpreta La plus que lente; después, Aldo Ciccolini toca dos piezas que fueron más descubiertas que inventadas; tanta es su lógica musical, su inevitable hermosura, que tenían por fuerza que existir: Rêverie y Arabesque.

La plus que lente

  Rêverie

Arabesque #1

Edvard Grieg (1843-1907) y Nina Hagerup

Leif Ove Andsnes es un fino pianista noruego que nos ofrece aquí dos hermosas piezas de su gran compatriota, Edvard Grieg. El apacible Nocturno de las Piezas líricas del opus 54 y el alegre Día de bodas en Troldhaugen, del Libro 8 de las Piezas líricas del opus 65. Grieg se casó con su prima, Nina Hagerup, en 1867 y vivió con ella en una casa en Troldhaugen, Bergen, donde ambos están enterrados en los predios del Museo Grieg. Día de bodas expresa su amor con elocuencia.

Nocturno

Día de bodas

Franz Liszt (1811-1886)

La madre de Valerie Boissier, una alumna de Franz Liszt, escribió en su diario: «La ejecución del Sr. Liszt incluye abandono, un sentimiento liberado, pero aun cuando se hace impetuoso y enérgico en su fortissimo, nunca es áspero o seco. (…) Extrae del piano tonos que son más puros, melodiosos y fuertes que los que nadie haya podido producir; su toque tiene un encanto indescriptible. (…) Es enemigo de expresiones afectadas, artificiales o retorcidas. Por encima de todo, busca la verdad en el sentimiento musical». Contemporáneo y amigo de Chopin, Liszt fue universalmente reconocido como el pianista más brillante de su época, aunque no fuera tan buen compositor como el gran polaco. De él escucharemos acá tres de sus piezas más características: la Campanella en la típica ejecución eléctrica de Vladimir Horowitz, la Consolación #3 por Peter Katin y el Estudio de concierto #3, conocido como Un suspiro, interpretado por Fuzjko Hemming.

La campanella

Consolación

Un suspiro

Sergei Rachmaninoff (1873-1943)

Tan destacado pianista fue Sergei Rachmaninoff como compositor, primordialmente para el piano. Con una vena melódica de gran caudal, nos regaló un buen número de temas memorables; con su vigorosa técnica de ejecutante, cautivó a las audiencias de la primera mitad del siglo XX. Compuso cuatro conciertos para piano y la difícil Rapsodia sobre un tema de Paganini, y numerosas piezas para el piano solista. De éstas se ha escogido, primeramente, el famosísimo Preludio en Do sostenido menor, el #2 del opus 3, apodado Campanas de Moscú, al que llegó a detestar porque le era inevitablemente requerido como encore en sus recitales; Philippe Entremont se encarga de la interpretación. Después, el Preludio en Sol menor, el #5 del opus 23, en la versión definitiva de Vladimir Horowitz, tomada en vivo de su presentación en el Conservatorio de Moscú (20 de abril de 1986). Rachmaninoff estimaba a Horowitz como el mejor intérprete de su obra para piano.

Campanas de Moscú

Preludio en Sol menor

Franz Schubert (1797-1828)

Antes de rematar esta selección con dos rusos más, podemos escuchar el luminoso Impromptu en Sol bemol mayor, el #3 del opus 90 de Franz Schubert, el compositor del Romanticismo precoz que sólo vivió 31 años pero fue uno de los más prolíficos músicos de la historia. (Tan sólo en 1815, compuso más de 20.000 compases de música que incluían 140 Lieder, un género en el que se destacó). Sylvia Capova ejecuta impecablemente la maravillosa pieza.

Impromptu

Alexander Scriabin (1872-1915)

Antes se ha ocupado este blog de Alexander Scriabin (Estudio de Scriabin), un compositor que pasó del Romanticismo al Impresionismo para arribar a la atonalidad. La autoridad en su música para piano fue, sin duda, Vladimir Horowitz, que toca a continuación dos estudios característicos de la primera época de Scriabin: el #1 del opus 2 en Do sostenido menor, de hermoso tema, y el #12 del opus 8, en Re sostenido menor, al que se adjudicara el título de Patético.

Estudio #1

Estudio Patético

Pyotr Illich Tchaikovsky (1840-1893)

Ahora nos despedimos del piano con el Valse sentimentale de Pyotr Illich Tchaikovsky, el número 6 (en Fa menor) de sus Morceaux (piezas) del opus 51. Alexander Sokolov nos ayuda en esta despedida momentánea de quien compusiera abundantemente para el instrumento, incluyendo dos magníficos conciertos para piano y orquesta.

Valse sentimentale

 

 

Volveremos. LEA

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