El hombre y el instrumento

La imitación de un aparato de Rube Goldberg tocaría Primavera Apalache de Aaron Copland

 

Los instrumentos más eficaces tienen una cualidad vocal.

Robert Wyatt

Soft Machine – Canterbury Scene

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Marshall McLuhan vería a un instrumento como extensión de la voz. (Understanding Media: The Extensions of Man, 1964). Después de los pájaros y las ballenas, fueron los hombres y las mujeres quienes hicieron música con sus gargantas y labios, más allá de la percusión meramente rítmica y ruidosa que habrán producido antiguos homínidos. Si, como dice Herbert Read, la imagen precedió a la idea a juzgar por las pinturas de Altamira y Lascaux que antecedieron a la escritura, el canto ha debido anteceder a la palabra. Sería después cuando alguien perdido en la prehistoria descubriría que soplando un caracol podía producir notas definidas; más tarde aún, aparecerían los primeros instrumentos fabricados por los humanos, los espejos de la voz. La flauta simple más antigua data de hace 67.000 años, pero las madres del género Homo ya existían hace dos millones y medio de años; seguramente calmaban el sueño de sus crías con ancestrales canciones de cuna en las planicies africanas. La voz que canta es anterior al instrumento que es su espejo.

Así como la rueda era la extensión del pie y las lentes y los espejos del ojo, evolucionados en tecnológica expansión hasta el carro de Fórmula 1 y el telescopio Hubble, los instrumentos de una orquesta sinfónica son un refinamiento que ha sobrepasado las capacidades sonoras de las cuerdas vocales y, si en ella suena comúnmente una veintena larga de instrumentos distintos, son centenares los instrumentos musicales de hoy día, sin que la invención de muchos nuevos, en la actualidad acicateada por la disponibilidad de la electrónica, se haya detenido. Por mencionar un caso, tan sólo en la categoría de flautas de concierto es posible distinguir ocho tipos diferentes.

Aun así, sigue clasificándoseles por el rango de la voz humana, desde el registro de soprano hasta el de bajo; un sistema (Hornbostel-Sachs) establecido en 1914, los ordena en cambio por el modo de producción del sonido—columna de aire, vibración de una membrana, vibración de una cuerda, vibración del cuerpo mismo del instrumento—y es inclusivo de los instrumentos de toda cultura. Más de dos mil años antes, el tratado Natya Shastra, una exhaustiva obra india sobre las artes de ejecución—música, teatro, danza—, usaba categorías muy parecidas.

Pero incluso la música producida por los instrumentos de percusión puede ser entendida como extendida desde las capacidades de los humanos; todo cultor del flamenco sabe que las palmas son más esenciales que las castañuelas, y Stephen (Steve) Michael Reich (1936) ha producido música con los aplausos de un grupo coordinado:

Clapping music

Un dios nórdico callejero

Reich es, sin duda, un compositor minimalista; antes que él, Louis Thomas Harding (1916-1999), un músico ciego norteamericano que adoptó el nombre artístico de Moondog—decidió vivir en las calles de Nueva York, inventaba instrumentos y se disfrazaba de Odín—tomó inspiración de los ruidos de la calle o sonidos elementales como el de la trompa de niebla de los barcos y remolcadores. En el segundo ábum con su nombre (1969) incluyó una pieza con varios significados y obvia tensión entre el hombre y la máquina: Stamping ground. (Stamping o stomping ground designa a un sitio donde uno pasa considerable tiempo, un terreno que se patea, que en su caso eran las calles de Manhattan. To stomp es marchar pateando el suelo y ruidosamente; zapatear, pues). La pieza permite escuchar al inicio ruidos callejeros, que incluyen los pasos de uno que otro peatón. Moondog dice entonces crípticamente: “Machines remised on men’s reliance, once upon a time, but now that is the opposite: it’s twice upon a time”. (Había una vez máquinas que atacaron de nuevo la confianza del hombre, pero ahora es lo opuesto: había dos veces. Remise es en esgrima un segundo ataque luego de que falle uno primero). Ground, por otra parte, es el término inglés para passacaglia (pasacalle), que alude (DRAE) a una marcha popular de compás muy vivo y origen español, pero es una forma musical del Barroco en el que se repite una y otra vez un mismo bajo sobre el que suenan variaciones del motivo repetitivo. (La más famosa es, por supuesto, la Passacaglia y Fuga en Do menor para órgano de Juan Sebastián Bach. Ver en este blog Las músicas azules). Es justamente una passacaglia la forma adoptada por Moondog para la penetrante marcha que escuchamos a continuación:

Stamping ground

La trimba, invento de Moondog

Los instrumentos musicales son máquinas (artificios “para aprovechar, dirigir o regular la acción de una fuerza”), y hay máquinas creadas para otros propósitos que pueden ser empleadas como instrumentos que hagan música. Leroy Anderson (1908-1975) tiene dos piezas con máquinas puestas en papel musical: The Syncopated Clock (1945)—síncopa: Enlace de dos sonidos iguales, de los cuales el primero se halla en el tiempo o parte débil del compás, y el segundo en el fuerte—y The Typewriter (1950). Oigámoslas una tras otra. (Ver también De la música como retrato, para la estricta imitación de una locomotora Pacific 231 por Arthur Honneger).

El reloj sincopado

La máquina de escribir

Renée Fleming, “The Beautiful Voice”

Puede ocurrir que se prefiera la voz humana al instrumento; lo contrario puede también pasar: hay momentos cuando aun una pieza compuesta para el canto quiera escucharse en versión instrumental. Tal cosa es perfectamente posible, más fácilmente si las melodías son muy hermosas; todo depende del mood. Traigamos ahora cuatro parejas de canto acompañado y sólo instrumentos: Vocalise, de Sergei Rachmaninoff (1873-1943); el Dueto de la flor (Viens Malike), aria de Lakmé, la ópera de Léo Delibes (1836-1891); Canción de la India, de la ópera Sadko de Nikolai Andreievitch Rimsky-Korsakoff (1844-1908); Canciones que me enseñó mi madre, la hermosísima pieza de Antonín Leopold Dvořák (1841-1904) con la que cierra esta nueva entrada musical del blog. Primero sonarán en versión puramente instrumental y luego con voz de féminas cantoras: Rachmaninoff por el Ensemble de Violines del Teatro Bolshoi y Renée Fleming en una canción sin palabras; Delibes por el Cuarteto de Cuerdas de Dublín (todas mujeres) y el dúo extraordinario de Katherine Jenkins y Kiri Te Kanawa (Dame de la Orden del Imperio Británico); Rimsky-Korsakoff en versión de orquesta bajo la batuta de Tommy Dorsey y en la voz de Lily Pons; finalmente, Dvořák por Yo-Yo Ma al violonchelo y de nuevo por Renée Fleming, mi cantante operática favorita en la actualidad. (¿O es Angela Gheorghiu, o Elīna Garanča, o Anna Netrebko, o…?)

Vocalise – Violines del Bolshoi

 Vocalise – Fleming

Dueto de la flor – Cuarteto de Dublín

Dueto de la flor – Jenkins/Te Kanawa

Canción de la India – Dorsey

Canción de la India – Pons

Canciones que me enseñó mi madre – Yo-Yo Ma

Canciones que me enseñó mi madre – Fleming

Pero lo mejor es, como acabamos de oír, la voz acompañada, el hombre y el instrumento; más bien, hoy la voz de la mujer enmarcada por la orquesta. LEA

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Música para votar

 

Las cataratas Victoria del río Zambeze, frontera de Zambia y Zimbabue

 

Todos quisiéramos votar por el mejor hombre, pero él nunca es candidato.

Kin Hubbard

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Uno quisiera que hoy fuera un día tranquilo, que sólo los votos hablaran y fueran atendidos, que respetaran civiles y militares la voluntad de la mayoría que gritará en silencio, como una catarata. Es con ese deseo que contribuyo acá con la voz firme y mayormente serena de quince breves obras musicales, escogidas según el único criterio de la belleza de sus melodías, sin discusión académica acerca de su calidad o nivel. Son, simplemente, melodías que gustan a cualquiera.

Mascagni y sus libretistas

Comencemos, apropiadamente, por el Preludio de Cavalleria Rusticana, la conocida ópera de Pietro Mascagni (1863-1945). Un segundo trozo instrumental de esta obra es mucho más conocido e interpretado, su Intermezzo, pero el Preludio es igualmente hermoso. Edoardo Sonzogno había convocado en 1888 un concurso de óperas en un solo acto para compositores que aún no hubiesen sido representados en un teatro. Mascagni, de 25 años, logró entregar su obra en el último día del plazo y ganó el certamen. No podía ser de otra manera; el día del estreno, el compositor fue requerido al proscenio del Teatro Costanzi de Roma cuarenta veces por la ovación del público. Nos ofrecen esa introducción instrumental los músicos de la Orquesta Filarmónica de Praga, conducidos por Friedemann Riehle.

Mascagni

Enigma, máquina inglesa para descifrar

Las Variaciones Enigma fueron compuestas por Edward Elgar (1857-1934) entre 1898 y 1899. El tema es tratado en catorce variaciones nombradas con enigmáticas claves, la mayoría un conjunto de iniciales. De todos modos, se conoce la identidad de las personas representadas en cada variación: la primera (C. A. E.) es para su esposa, Caroline Alice Elgar; la undécima (G. R. S.) fue inspirada por el perro bulldog de George Robertson Sinclair, el organista de la catedral de Heresford. Elgar se llevó a la tumba el verdadero enigma: la identidad de un tema escondido en la pieza que no es tocado explícitamente y, muy divertido con su travesura, rechazó todas las explicaciones que le fueron propuestas. (Enigma fue, además, el nombre escogido para la máquina que los ingleses usaron en la II Guerra Mundial en la descodificación de comunicaciones alemanas en clave). La más hermosa y expansiva de las variaciones es la novena: Nimrod, en agradecimiento al editor musical Augustus Jaeger, en quien Elgar encontró apoyo y consejo sincero. Nimrod es un patriarca y cazador del Antiguo Testamento, y Jäger significa cazador en alemán. Eugene Ormandy dirige ahora a la Orquesta de Filadelfia (y suya) en la Variación IX.

Elgar

La obra paciente del Colorado

La Suite del Gran Cañón es música típicamente estadounidense, tanto por tema como por línea melódica y apoyo armónico. Es obra de Ferde Grofé (1892-1972), gente de familia musical por el lado paterno y materno. Este neoyorquino hizo mucha música en la radio, y llegó a enseñar orquestación en la prestigiosa Escuela de Música Juilliard. La suite que aquí es representada por su cuarto movimiento, Puesta de sol, es una obra de música descriptiva. (Para escuchar el quinto y último, Chaparrón, ver en este blog De la música como retrato). De hecho, la pieza fue ejecutada por primera vez (Chicago, 1931, año de los cruciales Teoremas de Kurt Gödel) con el nombre de Cinco cuadros del Gran Cañón. Suena la Orquesta Sinfónica del Estado de Utah a cargo de Maurice Abravanel.

Grofé

Saltando al son de los italianos

Andrew Davis dirigirá a continuación a la Orquesta Sinfónica de Toronto para dejarnos escuchar el Nocturno (Moderato) del ballet de Ottorino Respighi (1879-1936) basado en temas de Gioachino Rossini (1792-1868), La boutique fantasque. Una traducción posible de este nombre es La tienda mágica de juguetes o, más simplemente, La tienda caprichosa. El ballet fue estrenado en Londres el 5 de junio de 1919, una semana justa después de que el inglés Arthur Eddington registrara el eclipse solar de ese año mágico—ya no había guerra—en la isla Príncipe del Atlántico africano, logrando una dramática corroboración de predicciones de la Teoría General de la Relatividad que Albert Einstein publicara en 1916 en Annalen der Physik.
Rossini-Respighi

Puede tocar como le dé la gana

Creo que es la segunda de las Danzas Eslavas (en Mi menor) del op. 46 de Antonín Dvořák (1841-1904) la que tiene la más bella melodía de toda la serie. (Ocho piezas, más otras tantas del op. 72). George Szell y la Orquesta de Cleveland se encargan de defender mi fe. Por su parte, Daniel Harding dirige a la Orquesta de Cámara Mahler para acompañar a la despampanante violinista Janine Jansen en el muy breve Valse sentimentale (op. 51 #6) que Pyotr Illich Tchaikovsky (1840-1893) compusiera originalmente para piano. (Estoy enamorado; de su melodía, por supuesto, y de mi señora. ¡Zape, gata!)

Dvořák

Tchaikovsky

El infeccioso disco

Con la orquesta del popular director ruso André Kostelanetz me inicié en una irreversible afición por la música sinfónica, cuando tenía 12 años (yo, no él). Oscar Álvarez de Lemos, padre de mi mejor amigo de la infancia, tenía el disco Columbia CL 747, que por un lado traía la Obertura-Fantasía Romeo y Julieta de Tchaikovsky, su perfecta obra de juventud, y del otro ponía algunos valses del mismo compositor. Desde que oí la obertura la primera vez quedé patidifuso, y no me tranquilicé hasta que Don Oscar me consintiera llevar la grabación a mi casa, donde no escuché otra cosa, para horror de mi familia, por un mes seguido. Kostelanetz hizo antes que André Rieu mucho por la popularización de la música de los grandes compositores. Ahora interpreta dos arias instrumentalizadas: Vissi d’arte, de la Tosca de Giacomo Puccini (1858-1924) y la maravillosa Mon coeur s’ouvre a ta voix, de la ópera Sansón y Dalila de Camille Saint-Saëns (1835-1921).

Puccini

Saint-Saëns

El alma del Brasil

También en una versión instrumental, escuchemos el Nocturno de las Piezas líricas del op. 54 de Edvard Grieg (1843-1907), originalmente compuestas para el piano. La versión acá colocada es de la Orquesta del Festival de Budapest que dirige Pavel Urbanek. Y, hablando de ese instrumento, es hora de que haga su aparición en el extraordinariamente bello Nocturno #19 en Mi menor (op. 72, #1) de Federico Chopin (1810-1849) en interpretación del pianista chileno Claudio Arrau, un hombre serio. Luego, aprovechando la manida cita del polaco—”Sólo hay algo más hermoso que una guitarra: dos guitarras”—, traigo aquí la Melodía sentimental de Heitor Villa-Lobos (1887-1959), de las manos del joven guitarrista brasileño Bráulio Bosi.

Grieg

Chopin

Villa-Lobos

Y ¿si hacemos sonar juntos a un piano y una flauta? El gran flautista francés Jean-Pierre Rampal toca acá el movimiento Cantabile de la Sonata para flauta y piano de su compatriota, Francis Poulenc (1899-1963). Este caballero formó parte del grupo que se conociera como Les Six, que además de él incluía a Georges Auric, Louis Durey, Arthur Honegger, Darius Milhaud y Germaine Tailleferre. La obra fue compuesta en 1957, dedicada a la mecenas de la música de cámara Elizabeth Sprague Coolidge y hecha para la interpretación de nuestro concertista, con quien el propio Poulenc la estrenó en el Festival de Música de Estrasburgo.

Poulenc

Director grande, orquesta grande

Aires orientales nos llegan con la Canción de cuna del ballet del armenio Aram Khachaturian (1903-1978), Gayané, de fama por su vertiginosa Danza de los sables. Antal Doráti es el magnífico director de orquesta húngaro puesto el frente de la precisa Orquesta Sinfónica de Londres para nuestro deleite. Gayané es una joven trabajadora de kolkhoz que tiene la mala suerte de haberse casado con Giko, un borracho perezoso. Éste la amenaza con despeñar a la hija común—a quien Gayané ha cantado la canción—y la apuñala, pero es arrestado por Khazakov y la heroína se recupera para reponer su amor con el justiciero.

Khachaturian

Nada parecido transcurre mientras suena la Pavane de Gabriel Fauré (1845-1924), su opus 50 en Fa sostenido menor. Fue compuesta para piano, pero el mismo Fauré produjo luego una versión orquestal que puede ser aumentada con coro, pues se añadió una letra a posteriori, que termina diciendo: “Adieu donc et bons jours aux tyrans de nos coeurs! Et bons jours!” (¡Por tanto adiós y buenos días a los tiranos de nuestro corazón! ¡Y buenos días!). El propio compositor juzgó la pieza como “elegante pero sin importancia”. En todo caso, me conformo con su elegancia, que proviene del origen español de esa clase de danza y que Daniel Barenboim resalta al frente de la Orquesta de París.

Fauré

Abetos del bosque finlandés Tsarmikuusikko

He dejado para el cierre de esta selección con broche de platino una pieza hasta hace poco ignorada por mí. Es el movimiento quinto y último de la Suite para piano Los árboles, del compositor finlandés Jan Sibelius (1865-1957): El abeto. Un entusiasmo recentísimo por su hermoso tema me hace ponerlo una y otra vez. Ud. verá, creo, que es tan bueno que parece un bolero de los grandes. El fino pianista japonés Ritsuko Kobata lo interpreta estupendamente.

Sibelius

¿Ya votó Ud.? (Por cualquiera de estas piezas). LEA
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Pastichos sinfónicos

Gustav Klimt: Friso de Beethoven (1901)

La música tonal a la que estamos acostumbrados se construye, por su mayor parte, con notas y acordes que pertenecen a una cualquiera de las 24 escalas mayores y menores, cada una de ellas hecha con siete notas ascendentes; Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, Si, por ejemplo, que forman la escala de Do mayor. Así, cuando decimos que una pieza está en la tonalidad de Do mayor, encontraremos que la mayoría de sus notas son de la escala que acabamos de describir y, comúnmente, concluye con el acorde fundamental o básico de Do mayor: Do, Mi, Sol. Lo mismo ocurre con las tonalidades menores; la escala de Do menor, por caso, se construye con la serie Do, Re, Mi bemol (un semitono más grave que Mi natural), Fa, Sol, La bemol y Si bemol. Por supuesto, dentro de una misma pieza la música puede “modular” de una tonalidad a otra, pero siempre regresa (en la música tonal) a la tonalidad principal.

En principio, pues, dos piezas diferentes en una misma tonalidad deben tener afinidad sonora; se convienen. (DRAE: convenir. 6. prnl. Ajustarse, componerse, concordarse). Esto es el pretexto para construir aquí un concierto para violín y orquesta y una sinfonía, armados ambos a partir de compositores y obras dispares con la única excusa de que han sido compuestos en una misma tonalidad.

Hagamos, primero, un Concierto para Violín y Orquesta en Re mayor. Hay muchos compuestos en esa tonalidad (Mozart, Beethoven, Brahms, Paganini, Tchaikovsky, Stravinsky, Prokofiev…) La razón es que la digitación de Re mayor en un violín es más cómoda que la de otras tonalidades. (Cualquiera que haya tocado Compadre Pancho en un modesto cuatro criollo habrá comenzado por Re mayor su aventura en ese instrumento; no exige mucho a los dedos de la mano izquierda de un principiante).

Compuso lo que le dio la gana

El primer movimiento de nuestro Concierto potpourri para violín y orquesta, Allegro moderato, es del opus 35 de Pyotr Illich Tchaikovsky. Compuesto en 1878 a orillas del Lago de Ginebra—donde el compositor se recuperaba del desastre de su matrimonio—fue completado en un mes y luego revisado. Tardó tres años en estrenarse y no fue muy auspiciosamente recibido; algunos críticos lo encontaron “largo y pretencioso”, incluso “olorosamente ruso” como obra que “hedía al oído”. (Las metáforas olfativas son de Eduard Hanslick, un influyente crítico de la época). Tchaikovsky había pensado dedicarlo a su alumno de composición, el violinista Iosif Kotek, quien le había aconsejado técnicamente en varias partes del solista, pero creyó que el tributo se entendería mal, como prueba de una relación amorosa con su discípulo, la que de todos modos tuvo por un tiempo. Terminó dedicándolo a Leopold Auer, quien se sorprendió y agradeció la distinción, aunque sólo consideró de valor el primer movimiento y se excusó de estrenarlo en marzo de 1879. Fue finalmente presentado al público en Viena por Adolph Brodsky, y en éste recayó la dedicatoria definitiva. En todo caso, esta obra se ha convertido en uno de los más apreciados conciertos de violín, y es ciertamente uno de los de mayor dificultad. Henryk Szerying toca de seguidas su primer movimiento mientras Antal Doráti dirige la Orquesta Sinfónica de Londres.

Allegro moderato

La nobleza humana y musical

Exactamente el mismo año en que se compuso el concierto anterior, Johannes Brahms concluía su Concierto en Re mayor para violín y orquesta, que dedicó al gran violinista Joseph Joachim. El día de Año Nuevo de 1879, Joachim estrenaba en Leipzig el concierto, al que contribuyó con asesoría técnica y consideraba uno de los cuatro más grandes conciertos para violín de la música alemana. El virtuoso ejecutante fue quien determinó el curioso programa: comenzaría con el Concierto, también en Re mayor, de Ludwig van Beethoven y concluiría con el de Brahms. Éste comentó que había demasiado Re mayor en la sesión. Tal como con Tchaikovsky, el concierto de Brahms fue criticado por los entendidos, quienes se apresuraron a calificarlo como un “concierto contra el violín”. Pero el público lo recibió con entusiasmo, mientras continuaban las críticas. Acá oiremos el segundo movimiento, Adagio, en el violín de Itzhak Perlman “contra” la Orquesta Sinfónica de Chicago dirigida por Carlo Maria Giulini. (Este movimiento era la razón por la que el violinista español Pablo de Sarasate se negaba a tocar la obra; no quería estar en el proscenio sosteniendo el violín mientras escuchaba “al oboe tocar la única melodía del Adagio”). Advertencia de una trampa: aunque el concierto, en su conjunto, pertenece a la tonalidad de Re mayor, el Adagio está armado en la de Fa mayor, que se conviene con la tonalidad principal.

Adagio

Sordo, pero no mudo

Podemos aprovechar la ocurrencia de Joseph Joachim para cerrar el mosaico de conciertos de violín con el de Ludwig van Beethoven que, como ha quedado dicho, también fue compuesto en Re mayor. Éste, su opus 61, fue completado en 1806 y estrenado el mismo año en Viena. No fue bien recibido y desapareció del circuito de conciertos, hasta que Joachim lo tocara, cuando tenía 12 años—en 1844, diecisiete años después de la muerte del compositor—, acompañado de una orquesta dirigida por Félix Mendelssohn Bartholdy. Al igual que la obra de Brahms, son el primero y el tercer movimiento los segmentos que están en Re mayor; el movimiento lento está en Sol mayor. Es el último movimiento—Rondó-Allegro—el que aquí interpreta, de nuevo, Itzhak Perlman con Daniel Barenboim al frente de la Orquesta Filarmónica de Berlín.

Rondó – Allegro

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Bueno, hagamos ahora una sinfonía. Me apetece componer una en Mi menor, y la ensamblaré con movimientos de Brahms, Khachaturian, Rachmaminoff y Dvořák.

Comenzaré por la cuarta y última sinfonía de Johannes Brahms, una de sus más nobles composiciones (op. 98). Le tomó un año escribirla; fue estrenada en concierto dirigido por el compositor el 25 de octubre de 1885, en Meiningen. El necio de Eduard Hanslick volvió a repetir su desaprobación. Del primer movimiento que aquí se escucha—Allegro non troppo—en los instrumentos de la Sinfónica (no Filarmónica) de Viena conducidos por Wolfgang Sawallisch, el arrogante crítico dijo: “Durante todo este movimiento tuve la sensación de recibir una paliza de manos de gente increíblemente inteligente”. Bueno, la sinfonía es muy inteligente y Hanslick merecía sin duda ser apaleado.

Allegro non troppo

Los sonidos de Armenia

En agudo contraste con el movimiento anterior, el segundo—Allegro risoluto—de la Sinfonía #2 de Aram Khachaturian (de la Campana) introduce los típicos ritmos y armonías armenias de este compositor soviético, dueño de una rica paleta orquestal. (El apodo de la sinfonía se debe al uso de campanas en un motivo del primer movimiento que se repite en el movimiento final). Es el propio compositor quien dirige a la Orquesta Filarmónica (no Sinfónica) de Viena, uno de los primeros conjuntos musicales del mundo. (A lo largo del movimiento se escucha el sonido del piano como miembro de una sinfónica, no como solista, cosa del todo impensable en la época de Brahms).

Allegro risoluto

El hombre melodioso

El tercer movimiento—Adagio—de la Segunda Sinfonía en Mi menor, op. 27 de Sergei Rachmaninoff, es característico del compositor. Su marca de fábrica es la dulzura de sus melodías, que producía copiosamente. Uno de sus grandes intérpretes fue Eugene Ormandy, quien dirige para nosotros, en la que puede ser la versión definitiva de la sinfonía, el lujoso sonido que supo extraer de la opulenta Orquesta de Filadelfia. En ese movimiento también puede apreciarse la textura contrapuntística de muchas de las obras de Rachmaninoff: el canto simultáneo de dos melodías distintas, a cual más bella.

Adagio

El visitante de América

La conclusión de nuestra abigarrada sinfonía en Mi menor queda confiada al compositor bohemio Antonín Dvořák. De su Sinfonía #9 (del Nuevo Mundo, antes Sinfonía #5) es su cuarto movimiento (Allegro con fuoco) el cierre de este experimento. La Orquesta Sinfónica de la Radio de Stuttgart es dirigida aquí por Gustavo Dudamel, ciertamente un director con fuoco, en concierto ante Benedicto XVI y buena parte de la Curia Romana. Como se sabe, la sinfonía de Dvořák fue llamada del Nuevo Mundo porque la compuso durante su estadía en los Estados Unidos entre 1892 y 1895, cuando dirigió la orquesta del Conservatorio de Nueva York; melodías del folk afroamericano se colaron en sus compases. Es un movimiento digno de clausurar nuestro concierto.

Allegro con fuoco

¿Encore? Está bien. Para no salirnos de la tonalidad de Mi menor, he aquí el primer movimiento—Allegro piacevole—de la Serenata para cuerdas de Edward Elgar, a cargo de Vernon Handley y la Orquesta Filarmónica de Londres.
Allegro piacevole

Ya es hora de conseguir una buena arepera. Buen provecho. LEA

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Doce canciones para romper el silencio

La cosa está en proceso. El retorno de El blog de LEA está planeado para el próximo sábado 11 de septiembre.

Esto es quince días antes de las pautadas elecciones de Asamblea Nacional. Desde esa misma fecha daré a conocer un mensaje a todos mis conciudadanos.

En un momento de reposo he seleccionado doce canciones para voz femenina, que aquí pongo para distraerse un rato con su belleza. Son las siguientes:

1. Im Abendrot. En la puesta de sol, la canción que cierra las Cuatro últimas canciones de Richard Strauss. Canta Jessye Norman.

2. Morgen. Mañana, también de Richard Strauss, quien la compuso a los treinta años de edad. Canta Renée Fleming (como las cinco canciones siguientes).

3. Der Tod un das Mändchen. La muerte y la doncella, canción de Franz Schubert.

4. Beau soir. Bella tarde, de Claude Debussy.

5. Vocalise. Canción sin palabras de Sergei Rachmaninoff.

6. Canciones que me enseñó mi madre. Anton Dvořák.

7. Canción a la luna, de la ópera Rusalka de Dvořák.

8. Canción de la India, de la ópera Sadko de Nikolai Rimsky Korsakoff. Canta Lily Pons.

9. Las hijas de Cádiz, del Libro de canciones de Léo Delibes. Por Beverly Sills.

10. Aprés un rêve. Después de un sueño, canción de Gabriel Fauré. Por Barbara Hendricks.

11. Where corals lie (Donde los corales yacen) de la suite Sea pictures (Pinturas marinas) de Edward Elgar, en la voz de Dame Janet Baker.

12. Melodía sentimental (de las selvas del Amazonas), de Heitor Villa-Lobos, por su cantora favorita: Fedora Alemán.

Disfruta. LEA

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