Música para votar

 

Las cataratas Victoria del río Zambeze, frontera de Zambia y Zimbabue

 

Todos quisiéramos votar por el mejor hombre, pero él nunca es candidato.

Kin Hubbard

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Uno quisiera que hoy fuera un día tranquilo, que sólo los votos hablaran y fueran atendidos, que respetaran civiles y militares la voluntad de la mayoría que gritará en silencio, como una catarata. Es con ese deseo que contribuyo acá con la voz firme y mayormente serena de quince breves obras musicales, escogidas según el único criterio de la belleza de sus melodías, sin discusión académica acerca de su calidad o nivel. Son, simplemente, melodías que gustan a cualquiera.

Mascagni y sus libretistas

Comencemos, apropiadamente, por el Preludio de Cavalleria Rusticana, la conocida ópera de Pietro Mascagni (1863-1945). Un segundo trozo instrumental de esta obra es mucho más conocido e interpretado, su Intermezzo, pero el Preludio es igualmente hermoso. Edoardo Sonzogno había convocado en 1888 un concurso de óperas en un solo acto para compositores que aún no hubiesen sido representados en un teatro. Mascagni, de 25 años, logró entregar su obra en el último día del plazo y ganó el certamen. No podía ser de otra manera; el día del estreno, el compositor fue requerido al proscenio del Teatro Costanzi de Roma cuarenta veces por la ovación del público. Nos ofrecen esa introducción instrumental los músicos de la Orquesta Filarmónica de Praga, conducidos por Friedemann Riehle.

Mascagni

Enigma, máquina inglesa para descifrar

Las Variaciones Enigma fueron compuestas por Edward Elgar (1857-1934) entre 1898 y 1899. El tema es tratado en catorce variaciones nombradas con enigmáticas claves, la mayoría un conjunto de iniciales. De todos modos, se conoce la identidad de las personas representadas en cada variación: la primera (C. A. E.) es para su esposa, Caroline Alice Elgar; la undécima (G. R. S.) fue inspirada por el perro bulldog de George Robertson Sinclair, el organista de la catedral de Heresford. Elgar se llevó a la tumba el verdadero enigma: la identidad de un tema escondido en la pieza que no es tocado explícitamente y, muy divertido con su travesura, rechazó todas las explicaciones que le fueron propuestas. (Enigma fue, además, el nombre escogido para la máquina que los ingleses usaron en la II Guerra Mundial en la descodificación de comunicaciones alemanas en clave). La más hermosa y expansiva de las variaciones es la novena: Nimrod, en agradecimiento al editor musical Augustus Jaeger, en quien Elgar encontró apoyo y consejo sincero. Nimrod es un patriarca y cazador del Antiguo Testamento, y Jäger significa cazador en alemán. Eugene Ormandy dirige ahora a la Orquesta de Filadelfia (y suya) en la Variación IX.

Elgar

La obra paciente del Colorado

La Suite del Gran Cañón es música típicamente estadounidense, tanto por tema como por línea melódica y apoyo armónico. Es obra de Ferde Grofé (1892-1972), gente de familia musical por el lado paterno y materno. Este neoyorquino hizo mucha música en la radio, y llegó a enseñar orquestación en la prestigiosa Escuela de Música Juilliard. La suite que aquí es representada por su cuarto movimiento, Puesta de sol, es una obra de música descriptiva. (Para escuchar el quinto y último, Chaparrón, ver en este blog De la música como retrato). De hecho, la pieza fue ejecutada por primera vez (Chicago, 1931, año de los cruciales Teoremas de Kurt Gödel) con el nombre de Cinco cuadros del Gran Cañón. Suena la Orquesta Sinfónica del Estado de Utah a cargo de Maurice Abravanel.

Grofé

Saltando al son de los italianos

Andrew Davis dirigirá a continuación a la Orquesta Sinfónica de Toronto para dejarnos escuchar el Nocturno (Moderato) del ballet de Ottorino Respighi (1879-1936) basado en temas de Gioachino Rossini (1792-1868), La boutique fantasque. Una traducción posible de este nombre es La tienda mágica de juguetes o, más simplemente, La tienda caprichosa. El ballet fue estrenado en Londres el 5 de junio de 1919, una semana justa después de que el inglés Arthur Eddington registrara el eclipse solar de ese año mágico—ya no había guerra—en la isla Príncipe del Atlántico africano, logrando una dramática corroboración de predicciones de la Teoría General de la Relatividad que Albert Einstein publicara en 1916 en Annalen der Physik.
Rossini-Respighi

Puede tocar como le dé la gana

Creo que es la segunda de las Danzas Eslavas (en Mi menor) del op. 46 de Antonín Dvořák (1841-1904) la que tiene la más bella melodía de toda la serie. (Ocho piezas, más otras tantas del op. 72). George Szell y la Orquesta de Cleveland se encargan de defender mi fe. Por su parte, Daniel Harding dirige a la Orquesta de Cámara Mahler para acompañar a la despampanante violinista Janine Jansen en el muy breve Valse sentimentale (op. 51 #6) que Pyotr Illich Tchaikovsky (1840-1893) compusiera originalmente para piano. (Estoy enamorado; de su melodía, por supuesto, y de mi señora. ¡Zape, gata!)

Dvořák

Tchaikovsky

El infeccioso disco

Con la orquesta del popular director ruso André Kostelanetz me inicié en una irreversible afición por la música sinfónica, cuando tenía 12 años (yo, no él). Oscar Álvarez de Lemos, padre de mi mejor amigo de la infancia, tenía el disco Columbia CL 747, que por un lado traía la Obertura-Fantasía Romeo y Julieta de Tchaikovsky, su perfecta obra de juventud, y del otro ponía algunos valses del mismo compositor. Desde que oí la obertura la primera vez quedé patidifuso, y no me tranquilicé hasta que Don Oscar me consintiera llevar la grabación a mi casa, donde no escuché otra cosa, para horror de mi familia, por un mes seguido. Kostelanetz hizo antes que André Rieu mucho por la popularización de la música de los grandes compositores. Ahora interpreta dos arias instrumentalizadas: Vissi d’arte, de la Tosca de Giacomo Puccini (1858-1924) y la maravillosa Mon coeur s’ouvre a ta voix, de la ópera Sansón y Dalila de Camille Saint-Saëns (1835-1921).

Puccini

Saint-Saëns

El alma del Brasil

También en una versión instrumental, escuchemos el Nocturno de las Piezas líricas del op. 54 de Edvard Grieg (1843-1907), originalmente compuestas para el piano. La versión acá colocada es de la Orquesta del Festival de Budapest que dirige Pavel Urbanek. Y, hablando de ese instrumento, es hora de que haga su aparición en el extraordinariamente bello Nocturno #19 en Mi menor (op. 72, #1) de Federico Chopin (1810-1849) en interpretación del pianista chileno Claudio Arrau, un hombre serio. Luego, aprovechando la manida cita del polaco—”Sólo hay algo más hermoso que una guitarra: dos guitarras”—, traigo aquí la Melodía sentimental de Heitor Villa-Lobos (1887-1959), de las manos del joven guitarrista brasileño Bráulio Bosi.

Grieg

Chopin

Villa-Lobos

Y ¿si hacemos sonar juntos a un piano y una flauta? El gran flautista francés Jean-Pierre Rampal toca acá el movimiento Cantabile de la Sonata para flauta y piano de su compatriota, Francis Poulenc (1899-1963). Este caballero formó parte del grupo que se conociera como Les Six, que además de él incluía a Georges Auric, Louis Durey, Arthur Honegger, Darius Milhaud y Germaine Tailleferre. La obra fue compuesta en 1957, dedicada a la mecenas de la música de cámara Elizabeth Sprague Coolidge y hecha para la interpretación de nuestro concertista, con quien el propio Poulenc la estrenó en el Festival de Música de Estrasburgo.

Poulenc

Director grande, orquesta grande

Aires orientales nos llegan con la Canción de cuna del ballet del armenio Aram Khachaturian (1903-1978), Gayané, de fama por su vertiginosa Danza de los sables. Antal Doráti es el magnífico director de orquesta húngaro puesto el frente de la precisa Orquesta Sinfónica de Londres para nuestro deleite. Gayané es una joven trabajadora de kolkhoz que tiene la mala suerte de haberse casado con Giko, un borracho perezoso. Éste la amenaza con despeñar a la hija común—a quien Gayané ha cantado la canción—y la apuñala, pero es arrestado por Khazakov y la heroína se recupera para reponer su amor con el justiciero.

Khachaturian

Nada parecido transcurre mientras suena la Pavane de Gabriel Fauré (1845-1924), su opus 50 en Fa sostenido menor. Fue compuesta para piano, pero el mismo Fauré produjo luego una versión orquestal que puede ser aumentada con coro, pues se añadió una letra a posteriori, que termina diciendo: “Adieu donc et bons jours aux tyrans de nos coeurs! Et bons jours!” (¡Por tanto adiós y buenos días a los tiranos de nuestro corazón! ¡Y buenos días!). El propio compositor juzgó la pieza como “elegante pero sin importancia”. En todo caso, me conformo con su elegancia, que proviene del origen español de esa clase de danza y que Daniel Barenboim resalta al frente de la Orquesta de París.

Fauré

Abetos del bosque finlandés Tsarmikuusikko

He dejado para el cierre de esta selección con broche de platino una pieza hasta hace poco ignorada por mí. Es el movimiento quinto y último de la Suite para piano Los árboles, del compositor finlandés Jan Sibelius (1865-1957): El abeto. Un entusiasmo recentísimo por su hermoso tema me hace ponerlo una y otra vez. Ud. verá, creo, que es tan bueno que parece un bolero de los grandes. El fino pianista japonés Ritsuko Kobata lo interpreta estupendamente.

Sibelius

¿Ya votó Ud.? (Por cualquiera de estas piezas). LEA
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Música infrecuente

 

Antarah ibn Shaddad y Abla, en patrón de tatuaje egipcio del s. XIX

A Adolfo Salgueiro, entusiasta de la música buena.

Hay piezas de música archiconocidas, que han sido interpretadas y escuchadas hasta la náusea. Rachmaninoff, por ejemplo, llegó a aborrecer su famoso Preludio en Do sostenido menor, tanto lo exigía el público en sus conciertos como encore mucho después de que hubiera decidido no incluirlo en los programas. Claro que cada compositor ha hecho más música que la que habitualmente se interpreta en los conciertos o alcanza la dignidad de una grabación. Hay mucho más música que no suena. Del compositor ruso, por ejemplo, es su obra más ejecutada el segundo Concierto para piano y orquesta en Do menor, su opus 18; le sigue el tercero en popularidad y frecuencia, aunque pueda sostenerse que es musicalmente mejor. Sus otros dos conciertos son rara vez escuchados. (Con razón).

En algunos casos, como con el primero y el cuarto concierto de Rachmaninoff, es la calidad de las piezas el factor determinante. En otros es, simplemente, la poca popularidad de las obras o los compositores. Ha habido más de un director que emprendiera una campaña de educación de su público, para dar a conocer la obra de algún compositor poco escuchado. Gustav Mahler, por caso, cayó en desfavor de orquestas y audiencias poco después de su muerte; fue necesario el esfuerzo de Leopoldo Stokowski, John Barbirollli y, sobre todo, Leonard Bernstein en los años sesenta, para que su música creciera en familiaridad. (Muerte en Venecia, la película de Luchino Visconti basada en la novela de Thomas Mann, contribuyó a fijar a Mahler en la conciencia contemporánea al incluir el Adagietto de su Quinta Sinfonía en la banda de sonido del filme).

Puede argumentarse también que la dificultad técnica o las exigencias especiales de una pieza contribuyen a arrinconarla en el olvido. Naturalmente, es mucho más complicado montar la Octava Sinfonía de Mahler—la “Sinfonía de los mil”—, con su recrecida orquesta, dos coros convencionales de cuatro voces, un coro infantil y ocho solistas, que la Pequeña Serenata de Mozart. No siempre es la causa de esta infrecuencia, sin embargo, la dificultad de la pieza para los ejecutantes o lo aparatoso de la orquestación. En muchos casos es asunto de mero desconocimiento de compositores y obras y, como vimos, esto puede ocurrir por épocas. El mismísimo Juan Sebastián Bach fue prácticamente olvidado hasta que la campaña de Félix Mendelssohn rescatara al Padre de la Música Occidental para generaciones posteriores. Hoy es universalmente venerado, y sus obras son mil veces más escuchadas que las de, por ejemplo, el elegante Johann Joachim Quantz, su compatriota y contemporáneo.

Estas consideraciones me llevan a proponer que escuchemos unas cuantas piezas poco conocidas o interpretadas. Por su alegre frescura, casi matinal, es probablemente apropiado arrancar con Otoño, una de las cuatro partes de Las estaciones, música de ballet compuesta por Alexander Glazunov (1865-1936). Es el último de los cuadros del ballet, puesto que éste comienza por el Invierno; sus números son Grande bacchanale des saisons, Petit adage, Variation du Satyre y Coda générale. Dirige Edo de Waart la Orquesta de Minnesota.

Alexander Glazunov

¿Qué tal si continuamos por música líquida, que es la que hace un arpa? El opus 86 de Gabriel Urbain Fauré (1845-1924), quizás el más grande compositor francés, abierto maestro de compositores como Maurice Ravel, Georges Enescu y Nadia Boulanger, es un hermoso Impromptu para arpa, en interpretación de la estupenda arpista Naoko Yoshino.

 

Gabriel Fauré

Y ya que escuchamos arpa, y de un francés, ¿por qué no oir el tercer movimiento (Rondó: Allegro agitato) del Concierto para arpa y orquesta en Do mayor de François-Adrien Boieldieu (1775-1834)? Boieldieu fue un compositor elegante, que algunos llamaron el Mozart de Francia. Marisa Robles es la ejecutante, acompañada por la Academy of Saint-Martin-in-the-Fields que dirige Iona Brown.

François-Adrien Boieldieu

Si continuáramos en vena matutina, convendría escuchar la Canción de mañana, el opus 15 de Edward Elgar (1857-1934). No es pieza de frecuente interpretación; menos aún en órgano, que toca acá el estadounidense Carlo Curley. (Cuidado con las frecuencias bajas del poderoso instrumento).

Edward Elgar

Y si nos mudamos a la noche, el Nocturno de La boutique fantasque, música para el ballet del mismo nombre por Ottorino Respighi (1879-1936) sobre composiciones de su más famoso compatriota, Gioachino Rossini (1792-1868), es una pieza muy apropiada y serena. Andrew Davis dirige aquí la Sinfónica de Toronto.

 

Ottorino Respighi

Un carácter también nocturnal, pero con sonoridades orientales, tiene el Largo o segundo movimiento del Concierto para violonchelo y orquesta de Dmitri Kabalevsky (1904-1987), un compositor del que a veces se escucha el Galop de su suite de ballet Los comediantes. El gran cellista japonés Yo-Yo Ma lo interpreta en compañía de la Orquesta de Filadelfia, conducida por Eugene Ormandy.

Dmitri Kabalevsky

En cambio, está lleno de una alegría muy particular Día de bodas en Troldhaugen, de Edvard Grieg (1843-1907), el número 6 de sus Piezas líricas del opus 65. Grieg vivió en Troldhaugen con su esposa y prima hermana, Nina Hagerup. Interpreta la muy noble música el pianista noruego Leif Ove Andsnes.

Edvard Grieg

Alegre es, asimismo, el tercer movimiento de la Suite sinfónica o Sinfonía Antar, por el gran instrumentador Nikolai Andreievich Rimsky-Korsakoff (1844-1908), quien usaba lujosamente su paleta orquestal en temas orientales o exóticos para los rusos (Scheherezada, Capricho español). Antar (Antarah ibn Shaddad, 525-608) era un héroe y poeta árabe pre-islámico. Yevgeny Svetlanov dirige la Orquesta Filarmonia.

N. A. Rimsky-Korsakoff

De la música de ballet de la ópera El Cid, de Jules Massenet (1842-1912), la danza Andaluza juega con un bello y melancólico tema que alterna modulando de tonalidad mayor a menor. La escuchamos por la Orquesta Filarmónica Eslovaca, dirigida en esta ocasión por Peter Skvor.

Jules Massenet

Paul Hindemith (1895-1963) compuso cuatro Metamorfosis sinfónicas sobre un tema de Carl Maria von Weber. La tercera, un Andantino que se desarrolla con nobleza, es interpretada aquí por Eugene Ormandy al mando, como era costumbre, de la Orquesta de Filadelfia.

Paul Hindemith

Un compatriota de Hindemith, Kurt Weill, colaboró varias veces con el dramaturgo Bertolt Brecht. Éste quiso que Los siete pecados capitales—un ballet chanté—fuera una obra marxista, pero Weill terminó imponiendo, más bien, un sesgo freudiano. El papel protagónico que Lotte Lenya estrenara—Anna, una psiquis escindida—es cantado acá por Gisela May (Prólogo). La orquesta es esta vez la Sinfónica de la Radio de Leipzig, conducida por Herbert Kegel.

Kurt Weill

Y otro alemán, el líder de la composición según reglas dodecafónicas, Arnold Schoenberg (1874-1951), tuvo un comienzo no tan alejado de la tonalidad que Richard Strauss (1864-1949) había preservado y enriquecido. Su Verklärte Nacht (Noche transfigurada, op. 4) está compuesta sobre un poema de Richard Dehmel, que describe la confidencia de una mujer a su amante: lleva en su vientre un hijo que es de otro. Bajo la luz de la luna, su compañero le dice:

No dejes que el niño que has concebido sea una carga para tu alma. / ¡Mira, cuán luminoso brilla el universo! / El esplendor cae sobre todo alrededor y tú viajas conmigo en un mar frío, / pero está la lumbre de un calor interno, de ti en mí, de mí en ti. / Ese calor transfigurará el hijo del extraño y tú me lo darás y lo tendré. / Tú me has inundado con esplendor, / tú has hecho un niño de mí.

Herbert von Karajan conduce la Filarmónica de Berlín en el inicio de esta versión.

Arnold Schoenberg

Para curarnos de una belleza tan ácida, viene acá la Romanza op. 95, “El tábano”, de Dimitri Shostakovich (1906-1975). Es una pieza poco característica del ruso, en lenguaje muy romántico. Theodor Kuchar dirige la Orquesta Sinfónica del Estado de Ucrania.

Dimitri Shostakovich

El armenio Aram Khachaturian (1903-1978) es conocido, sobre todo, por la Danza de los sables, de su ballet Gayaneh. También son tocados con alguna frecuencia su Concierto de piano y su Concierto de violín, su Suite Mascarada, de valse dinámico y mazurca vivaz, y el Adagio amoroso del ballet Espartaco. En cambio, es menos conocida su obra sinfónica. Aquí dirige el mismo compositor la Orquesta Filarmónica de Viena en el segundo movimiento—Allegro risoluto—de su Sinfonía #2 (de la Campana) en Mi menor.

Aram Khachaturian

No sólo es desusado escuchar el Valse sentimentale (#6 del op. 51) de Pyotr Illich Tchaikovsky (1840-1893), que puede ser interpretado por orquesta de cuerdas, violín y piano o piano solo; en esta versión, además, es interpretado en un teremín, un instrumento electrónico que es activado al aproximar las manos del ejecutante a dos antenas sin tocarlas, una de las cuales gobierna la frecuencia del sonido y otra su volumen. La experta en teremín, Clara Rockford, es aquí la intérprete que sustituye a un violinista, y se hace acompañar de piano.

Pyotr Illich Tchaikovsky

También es de Tchaikovsky, para cerrar, una verdadera pièce de résistance: el primer movimiento—Lento lugubre – Moderato con moto – Andante—de la Sinfonía Manfredo en Si menor, op. 58, basada en el poema de Lord Alfred Byron. La vigorosa y apasionada dirección de Riccardo Muti, al frente de la Orquesta de Filadelfia. cuyo sonido cambió, pone término a esta excursión por caminos musicales poco frecuentados.

John Martin: Manfredo en el Jungfrau

LEA

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(Los 16 archivos de audio de esta entrada pueden ser descargados en el Canal de Dr. Político en ivoox. Si se pulsa las imágenes podrá vérselas ampliadas).

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La voz de la serenidad

Serenity, por Arthus en Deviantart

 

bálsamo. 4. m. Med. Medicamento compuesto de sustancias comúnmente aromáticas, que se aplica como remedio en las heridas, llagas y otras enfermedades.

Diccionario de la Lengua Española

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Dios, dame la serenidad de aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las cosas que puedo y sabiduría para conocer la diferencia.

Reinhold Niebuhr  Oración de la serenidad

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Señor, dame paciencia… ¡pero dámela ya!

Anónimo – Oración de la paciencia

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El alma del mundo está lesionada: el dolor de Japón, el de Libia. Nosotros, los venezolanos, sumamos esas penas a nuestra cotidiana crispación—que, hay que admitir, últimamente es de tensión menor—y, para colmo, se nos ha muerto Elizabeth Taylor. El alma del mundo pide música que la alivie. La serenidad no es tanto un ingrediente de la conciencia como una capa que la envuelve en toda su extensión. Ella es capaz de empacar, bajo su tranquilo celofán, dolores, pasiones, amores, deseos. La música es su más fiel retrato; la música serena es el papel adecuado para el envoltorio del desasosiego. He aquí dieciséis piezas que, juntas, son un poco más de una hora y cuarto de música balsámica. Cada quien puede dosificar su audición según sus necesidades de impavidez.

1. Adagio

 

 

El domingo del Adagio

El segundo movimiento de la Toccata, adagio y fuga en Do menor de Juan Sebastián Bach (BWV 564) es una de las composiciones más hermosas del decano de la música occidental. Como en otras de su repertorio, las notas que la componen hablan, dicen, conversan, explican, convencen. Esta rendición de Vladimir Horowitz—en vivo desde Carnegie Hall, el domingo 9 de mayo de 1965—deja en claro ese carácter conversatorio de las obras de Bach que, en este caso, se manifiesta con decires calmados.

2. Ave María

Su nombre es la placidez

María, madre de Jesús de Nazaret, es remanso de los fieles cristianos. Sujeto de penas horribles, ella misma ha conocido el dolor y por eso aprovecha su poderosa influencia para calmar a los hombres. Ella es, proclaman las letanías, Madre del buen consejo, Madre de misericordia, Virgen clemente, Causa de nuestra alegría, Estrella de la mañana, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, Consoladora de los afligidos, Auxilio de los cristianos, Reina de la paz. Franz Schubert logró decir todo eso en su Ave María, aquí cantada por Plácido Domingo, los Niños Cantores de Viena y la sinfónica de la ciudad.

 

3. Poco allegretto

El más noble de los músicos

La nobleza caracterizó la persona y la música de Johannes Brahms, de corazón tan generoso como el del plácido tenor que acabamos de escuchar. No hay nobleza sin serenidad; la histeria, la iracundia, el resentimiento y la crueldad no son pasiones serenas. Se puede, en cambio, ser serenamente apasionado. Así es el tercer movimiento de la Tercera Sinfonía de Brahms en Fa mayor, opus 90. Wolfgang Sawallisch dirige la Orquesta Sinfónica de Viena que oímos también antes.

4. Panorama

Pas de six

 

 

 

Un recurso que el compositor puede usar para transmitir placidez es, por supuesto, el ritmo. En este número del ballet La bella durmiente, de Pyotr Illich Tchaikovsky, la partitura lleva la marca leggiero, es decir, sin acentuación. El tempo viene marcado por el pizzicatto de las cuerdas graves, pero si se pone atención a la canción de los violines y las insistentes figuras de las maderas—más tarde las trompas—uno se percata de que sus notas no llevan acento; todas suenan con la misma intensidad. Anatole Fistoulari dirige la Orquesta Sinfónica de Londres en esta serenidad paisajista.

5. Consolación

La liga de Liszt

Si esta pieza de Franz Liszt—la tercera con ese nombre—no fuera consoladora, habría estado muy mal bautizada. Se trata del acto de conseguir serenidad como resultado del consuelo. El pianista británico Peter Katin la interpreta para nuestro apaciguamiento.

 

6. Dueto de la flor

No son flores de Bach; son de Delibes

La ópera Lakmé, de Léo Delibes, incluye en su primer acto la hermosísima aria Viens, Malika, en la que Lakmé y su sirviente cantan mientras recogen flores río abajo. La música refleja la serenidad que suscita la naturaleza bella y paciente. Dos grandes del canto, Katherine Jenkins y Kiri Te Kanawa, logran una versión difícil de superar.

7. Danza de los espíritus benditos

Gluck en buena compañía

Cristoph Willibald Gluck fue finísimo compositor del período clásico—el mismo de Haydn y Mozart—de la música occidental. Compuso principalmente óperas y ballets; su obra puramente instrumental es breve. De la serenísima danza de su ópera Orfeo, interpretan su sección media los músicos de la Orquesta de Cámara Inglesa, dirigidos por Raymond Leppard. Serenidad mística, pudiera decirse.

8. Mantras tibetanos

Lamas en oración

Pero lo místico no es, en absoluto, exclusivo de Occidente. De hecho, es muy anterior en Oriente. Los monjes budistas del Monasterio de Maitri Vihar entonan ahora tres mantras del Tíbet en sucesión, y el efecto que obtienen no está lejos, gracias a su simplicidad, de la serenidad típica del europeo Canto Gregoriano.

9. In Paradisum

Sin duelo

El Réquiem en Re menor, opus 48, de Gabriel Fauré es único porque su último número no es sobre la muerte, sino sobre la vida perdurable en el Paraíso. El Coro del King’s College de la Universidad de Cambridge interpreta este consuelo, unas estrofas que parecen cantar muy tranquilas las almas resurrectas. La angustia por la inmortalidad se tranquiliza.

10. Au fond du temple saint

Dos grandes amigos

La serenidad que sucede a la renuncia, esa liberación del objeto deseado, emerge en el dúo de barítono y tenor del Acto I de Los pescadores de perlas, fina ópera de Georges Bizet. Dos hombres recuerdan a una mujer que enamoró a ambos, a la que renunciaron para preservar la amistad. Zurga y Nadir son los pescadores de Ceilán (hoy Sri Lanka) personificados por Jussi Bjoerling y Robert Merrill, quienes cantaron el dueto como ningún otro par de cantantes pudo hacerlo.

11. Preludio en Mi menor

De sus Preludios del opus 28, el #4 en Mi menor ilustra cómo era Federico Chopin capaz de envolver la melancolía romántica en canto sereno, que cubre las tensiones que surgen de la mano izquierda, la mano del corazón. La serenidad las envuelve y las protege. Vladimir Ashkenazy al piano.

Espectro (sonoro) de Chopin (clic para ampliar)

12. Claro de luna

Philippe Entremont, por francés y por refinado pianista, es muy indicado para tocarnos la serenidad de esta pieza de la Suite bergamasca de su compatriota, Claude Debussy, Claude de France. El Día de San José tuvimos la infrecuente Luna Grande, pero Debussy capturó para siempre su impertérrita dulzura en pentagramas inmortales.

Mar de la Tranquilidad

13. Salut d’amour

Cómo escribir variaciones hermosas

El opus 12 de Edward Elgar es una sencillísima y tranquila canción sin palabras, aquí dirigida por David Zinman al frente de la Orquesta Sinfónica de Baltimore. Se trata del saludo de un amor apacible pero alegre, seguro de sí mismo, sereno en la conciencia de su naturalidad.

La máquina Enigma de Alan Turing

14. Nimrod

La variación IX de las catorce Variaciones Enigma de Elgar—designadas con títulos en clave—alude a uno de sus grandes amigos, Augustus Jaeger, quien le ofreció a lo largo de su vida sinceros y útiles consejos críticos. Es el número la más bella de las variaciones; en ella, el espíritu crece con la crítica y adquiere fortaleza que no está reñida con la serenidad. La gente superior sabe que la crítica es el mejor de los alimentos. Eugene Ormandy dirige la Orquesta de Filadelfia.

15. Sehr ruhig

Muy calmo (Sehr ruhig) es la indicación dinámica para el trozo final de la Noche transfigurada (Verklärte Nacht) de Arnold Schönberg, una obra de su período tonal, antes de que desarrollara los principios atonales dodecafónicos. (Aquí por la Orquesta de Cámara de Viena, dirigida por Raphael Eröd). Una mujer cuenta, al hombre enamorado que la acompaña en su paseo nocturno, que lleva en su vientre el hijo de otro. El hombre le dice: “No dejes que el niño concebido sea en tu alma una carga. ¡Mira como brilla el universo! (…) Me has inundado de esplendor, haz hecho un niño de mí”. Es la serenidad del amor que sabe perdonar.

Transfiguración nocturna

16. Aire en la cuerda de Sol

Denme aire, por favor

Juan Sebastián Bach tuvo veinte hijos. Imaginemos a la mitad portándose mal al unísono y entenderemos que la serenidad era, para él, asunto crucial en materia de salud psicológica. De su Tercera Suite Orquestal en Re mayor (BWV 1.068) es el movimiento más famoso el segundo: Aire (“en la cuerda de Sol”. Lo toca al cierre la Orquesta de Filadelfia, dirigida por Eugene Ormandy). Es, en efecto, la atmósfera toda, el aire que respiramos, lo que se confunde con la esencia de la serenidad. Hace algún tiempo pensé que sería la música que quisiera escuchar mientras muriera. En paráfrasis de Andrés Eloy Blanco, es la mejor música para decir me muero. LEA

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Su Majestad Serenísima (Q. E. P. D.)

(Las distintas piezas aquí colocadas pueden ser descargadas al disco duro de su computador desde el Canal Dr. Político en www.ivoox.com; también conduce allí oprimir la letra “i” a la derecha de cada reproductor o, directamente a la pieza en cuestión, la pequeña flecha vertical naranja a la izquierda).

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11 músicos franceses

El Palais Garnier, sede de la Ópera de París (circa 1900)

 

Francia es abundante en historia política, en arquitectura y urbanismo, en literatura, en filosofía, en pintura (por supuesto), en vinos y quesos (de esto último se quejaba Charles de Gaulle, pues consideraba que su numerosa variedad dificultaba su gobernabilidad). También es abundantísima en buena música culta. Habitualmente se supone que los grandes compositores son los alemanes, los italianos y los rusos, pero los buenos músicos franceses están a la par de los mejores. Si se trata de señalar algún compositor cimero, como Bach o Beethoven, Francia nos regaló a Claude Debussy, que inventó el impresionismo musical.

Es así como, para cubrir con bálsamo musical algo del rigor político luego del hito portentoso del 26 de septiembre—y para celebrarlo—, vienen acá quince piezas de los mejores compositores de Francia, la cuna de los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Un reposo, pues; hay que vivir. El orden de las piezas es estrictamente alfabético por compositores, pero este azar ha producido una secuencia interesante. Usted juzgará si es conveniente.

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Hector Berlioz (1803-1869)

Inicia la serie Héctor Berlioz, un compositor revolucionario. Si uno escucha su sinfonía dramática Romeo et Juliette, obra para voces individuales, coro y orquesta que completó en 1839, puede darse cuenta de lo adelantado de su lenguaje musical. En su estilo orquestal fue precursor de las instrumentaciones elefantiásicas de Gustav Mahler, y fue caricaturizado por eso. Aquí podemos escuchar el tercer movimiento—Un bal—de su Sinfonía Fantástica, el manifiesto de su revolución. El director y compositor francés Pierre Boulez dirige la Orquesta de Cleveland.

Georges Bizet (1838-1875)

Tchaikovsky tenía terror, muy justificado, de Georges Bizet, cuya música admiraba y amaba. En época anterior al gramófono de Edison, el gran compositor ruso se solazaba frecuentemente tocando una partitura para piano de su ópera favorita: la gran ópera Carmen. (Tchaikovsky rogó a Auguste Mustel, el inventor de la celesta, que no mostrara el dulce instrumento a Bizet, antes de que él la usara en sus composiciones, Voyevoda y El Cascanueces). En 1977, quien escribe se encontraba en una librería de Londres que tenía una rica sección discográfica. Me sobrecogió escuchar la hermosura de una música desconocida. Era el dúo de barítono y tenor Au fond du temple saint, de la ópera Los pescadores de perlas, ambientada en la isla de Ceilán (Sri Lanka), de Georges Bizet. Acá lo oímos en las voces de dos grandes amigos que cantaron juntos muchas veces: Jussi Bjoerling y Robert Merrill.

F. A. Boieldieu (1775-1834)

François-Adrien Boieldieu fue primariamente un compositor de óperas. Nacido en Ruan, donde recibió su primera educación musical, se mudó a París en plena Revolución Francesa y, antes de adquirir fama como compositor, se ganó el sustento como afinador de pianos. Berlioz encontraba en la música de Boieldieu “una agradable elegancia parisina, llena de buen gusto”; un reconocimiento de quien componía música algo brusca y diferente de la simple orquestación de Boieldieu. He aquí el primer movimiento de su Concierto para Arpa y Orquesta, su opus 25, en rendición de Jutta Zoff al arpa y la Staatskapelle de Dresde dirigida por Siegfried Kurz.

Claude Debussy (1862-1918)

Es muy difícil escoger una sola obra del grandísimo Claude Debussy para colocarla en esta parca colección de música francesa. Al líder del impresionismo hay que escucharle todo. Escribiendo acerca de su bisabuela, Josefina Sucre, que tocó valses venezolanos junto con mi tía bisabuela Graziella Calcaño en la gran Exposición Internacional de París de 1889, mi esposa, Nacha Sucre, refirió:

La música, protagonista principal de la exposición, fue potenciada por las más nuevas tecnologías. Josefina disfrutó de la interpretación de algunas de las mejores óperas, en aparatos telefónicos de un centro experimental que mucha gente visitó, y pudo conocer el gramófono de Edison, por primera vez expuesto ante el público, y escuchar la música extranjera que transformó la exposición en calidoscopio de nuevos sonidos. Éstos impresionaron a Claude Debussy, especialmente la música de los grupos Gamelán, venidos de la isla indonesa de Java. El compositor tomó de esta música étnica, interpretada en instrumentos artesanales construidos con metales y maderas exóticas, cadencias y contrastes desconocidos en Occidente, que luego llevaría a sus propias composiciones, interpretadas más tarde por todos los rincones del mundo civilizado. (Alicia Eduardo – Una parte de la vida, Fundación Empresas Polar, 2009).

El mundo sonoro de Claude Debussy es tan inconfundible como inigualable. En efecto, de aquella música oriental obtuvo nuevos sonidos que incorporó a su lenguaje, pero la arquitectura de una obra de Debussy, o su joyería cuando hacía piezas breves, son occidentales y renovadoras. Es un atrevimiento y una injusticia, sólo excusada por el espacio disponible, haber seleccionado su Rêverie como muestra de su dulzura melódica. La ejecuta la Orquesta de Filadelfia bajo la experimentada batuta de Eugene Ormandy.

Léo Delibes (1836-91)

Léo Delibes tuvo por padre un cartero, pero su madre era una competente música amateur. El Dueto de la flor (Viens, Malike), de su ópera Lakmé—como Bizet y Debussy, Delibes se interesó en cosas orientales—, usado hasta el cansancio en comerciales de British Airways, lo llevó a la conciencia y el gusto populares en la década de los noventa. Pero su talento melódico, rítmico y orquestal se puso más claramente de manifiesto en su música de ballet, principalmente en sus composiciones Coppelia y Sylvia. De esta última, ponemos a continuación el Vals lento, del Acto Primero. Lo hace sonar la Orquesta del Conservatorio de París, dirigida por Jean Martinon.

Paul Dukas (1865-1935)

Sabemos de Paul Dukas, por supuesto, viendo Fantasía, la película de Walt Disney de 1940, puesto que una de sus escenas más logradas es la del ratón Mickey en el papel de El aprendiz de brujo, ciertamente la más famosa de las piezas de Dukas. Ahora escucharemos la Fanfarria de su ballet en un acto, La Péri o La flor de la inmortalidad, como cosa rara, ambientado en tierras orientales. El ballet propiamente dicho comienza con pasajes tocados muy suavemente, y Dukas escribió la fanfarria para dar tiempo a que el público remolón y ruidoso se sentara y dejara de molestar. Leonard Slatkin dirige la Orquesta Nacional de Francia.

Gabriel Fauré (1845-1924)

A mi gusto personal, Gabriel Fauré es el compositor más profundo del lote. Tiene un Requiem extraordinario, el único del género que concluye con una nota jubilosa, pues se canta, luego de la resurrección, In Paradisum. Cuando a su pupilo, Maurice Ravel, le fue negado el Prix de Rome por decisión del Conservatorio de París, una verdadera revuelta llevó a Fauré al puesto de Director. Desde allí introdujo grandes cambios administrativos y curriculares, con un celo que le ganó el sobrenombre de Robespierre. Cuatro años después era elevado al Institut de France. Podemos oír el hermoso dolor de su Elegía en Do menor, op. 24, con Jacqueline du Pré en el violoncello, acompañada al piano por quien fuera su esposo, Daniel Barenboim.

Charles Gounod (1818-1893)

Hace ahora su entrada Charles (Charles-François) Gounod. Hemos tenido la suerte de que su madre fuera pianista, y que ella le enseñara y descubriera sus talentos. Estudió en el Conservatorio de París, donde ganó el codiciado Prix de Rome, a sus 21 años, en 1839. Compuso trece óperas, Fausto la más conocida de ellas. También compuso dos sinfonías, varios oratorios y una buena cantidad de música de cámara. Aquí está representado por su Marcha fúnebre para una marioneta, que fuera el tema de las series para televisión Alfred Hitchkock presenta y La hora de Alfred Hitchcock. De nuevo, es Eugene Ormandy quien conduce la interpretación de la Orquesta de Filadelfia.

Clément Janequin (der. 1485-1558)

Para demostrar que la excelencia musical francesa data de hace mucho tiempo, basta considerar el liderazgo europeo en el Renacimiento de la Escuela de Notre Dame y la producción de figuras como Josquin des Prez (1450-1521) y, antes, Guillaume Machaut (c. 1300-1377). Es del período renacentista la obra de Clément Janequin, el más prolífico compositor de canciones—por centenares—de su época. La bataille puede ser cantada a capella, pero acá viene en forma de pavana instrumental, con percusión muy destacada. Interpreta el Ensemble Clément Janequin.

Jules Massenet está entre mis compositores franceses favoritos, por su fina orquestación, sus muy hermosas melodías y sus elegantes ritmos. Gounod, como Tchaikosky y Vincent d’Indy, expresaron grandes elogios por su primera obra notable, el oratorio María Magdalena. La Méditation de su ópera Thaís es una de las piezas académicas más populares en el mundo. Treinta y cuatro óperas compuso Massenet, El Cid entre las más famosas. De esta obra, he aquí su danza Andaluza, que toca la Orquesta Sinfónica de Londres dirigida por Robert Irving. (En La tesis de la elegancia, en este blog, puede oírse la danza Aragonesa de El Cid).

Francis Poulenc (1899-1963)

Un miembro destacado de Les Six, un grupo franco-suizo de compositores de música de avanzada, fue Francis Poulenc. Hizo música de todos los géneros: orquestal, concertante, vocal y coral (incluyendo ópera), de ballet y, sobre todo y más copiosamente, composiciones para piano. Con un tío escuché en el Teatro Municipal al pianista venezolano Humberto Castillo una pieza de Poulenc por primera vez, el primero de sus Trois mouvements perpétuels, asombroso. Fue el primer músico de su generación que se admitiera abiertamente homosexual, aunque también mantuvo relación con mujeres y hasta tuvo una hija, que no reconoció. Criado como católico, su sexualidad significó para él graves problemas de compatibilidad entre creencia y emoción. André Previn, que empezara haciendo música para Hollywood y luego se convirtiera en Director Titular de nada menos que la Orquesta Sinfónica de Londres, es un magnífico pianista. Interpreta de Poulenc la bella pieza Melancolía, que cierra la muestra de hoy.

LEA

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Doce canciones para romper el silencio

La cosa está en proceso. El retorno de El blog de LEA está planeado para el próximo sábado 11 de septiembre.

Esto es quince días antes de las pautadas elecciones de Asamblea Nacional. Desde esa misma fecha daré a conocer un mensaje a todos mis conciudadanos.

En un momento de reposo he seleccionado doce canciones para voz femenina, que aquí pongo para distraerse un rato con su belleza. Son las siguientes:

1. Im Abendrot. En la puesta de sol, la canción que cierra las Cuatro últimas canciones de Richard Strauss. Canta Jessye Norman.

2. Morgen. Mañana, también de Richard Strauss, quien la compuso a los treinta años de edad. Canta Renée Fleming (como las cinco canciones siguientes).

3. Der Tod un das Mändchen. La muerte y la doncella, canción de Franz Schubert.

4. Beau soir. Bella tarde, de Claude Debussy.

5. Vocalise. Canción sin palabras de Sergei Rachmaninoff.

6. Canciones que me enseñó mi madre. Anton Dvořák.

7. Canción a la luna, de la ópera Rusalka de Dvořák.

8. Canción de la India, de la ópera Sadko de Nikolai Rimsky Korsakoff. Canta Lily Pons.

9. Las hijas de Cádiz, del Libro de canciones de Léo Delibes. Por Beverly Sills.

10. Aprés un rêve. Después de un sueño, canción de Gabriel Fauré. Por Barbara Hendricks.

11. Where corals lie (Donde los corales yacen) de la suite Sea pictures (Pinturas marinas) de Edward Elgar, en la voz de Dame Janet Baker.

12. Melodía sentimental (de las selvas del Amazonas), de Heitor Villa-Lobos, por su cantora favorita: Fedora Alemán.

Disfruta. LEA

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