Concierto barroco

 

El marco de un clavecín, alma del Barroco, construido por el portugués Joze Calisto en 1780

 

“¡Ahora!” —aulló Antonio Vivaldi, y todo el mundo arrancó sobre el “Da capo”, con tremebundo impulso, sacando el alma a los violines, oboes, trombones, regales, organillos de palo, violas de gamba, y a cuanto pudiese resonar en la nave, cuyas cristalerías vibraban, en lo alto, como estremecidas por un escándalo del cielo.

Alejo Carpentier

Concierto Barroco

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Escritura barroca

El mundo del arte oscila cíclicamente, como sístole y diástole, entre el academicismo riguroso y períodos de liberación. Clasicismo y Romanticismo, por ejemplo, Cubismo y Expresionismo, Op Art y Pop Art. El período Barroco fue un vigoroso tiempo de revolución, y es seguramente en su música donde la libertad para experimentar nuevas sonoridades, formas, ritmos y armonías se puso de manifiesto con mayor elocuencia.

Después regresaría el rigor, en la reglamentada época clásica—Haydn, Mozart, Gluck, Couperin, Soler, Charpentier, Boccherini—, que no impidió la creación de obras musicales cumbres, como en el caso del segundo de los nombrados, el incomparable genio de Johannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart. (Se ha dicho que hay compositores, buenos compositores, extraordinarios compositores y, después, está Mozart). Pero antes de su tiempo, la revolución estaba hecha para superar la música renacentista, y hasta Mozart le debe su riqueza, pues el Barroco alcanzó un intrincado desarrollo del arte de la composición.

Johannes Vermeer: Dama ante un virginal (un tipo de clavecín)

La textura del contrapunto o punctus contra punctum—voces con melodías diferentes que suenan simultáneamente—es la característica fundamental de la música barroca, que emergió en diversas formas: la simple del canon, los grounds o passacaglias, hasta la entreverada fuga. El contraste dinámico de pasajes suaves y fuertes es otro rasgo del barroco, conseguido dramáticamente al alternar los tocados por el concertino (un pequeño número de instrumentos) y los confiados al tutti (ripieno) de la orquesta de ese tiempo. Y otra constante del período es el basso continuo, la asignación a un grupo de instrumentos—el continuo, cuyo núcleo era el clavecín—de la base armónica, típicamente en notas graves, de las piezas. Frecuentemente, ese bajo era cifrado: venía señalado un tono pero con suficiente libertad para que los ejecutantes improvisaran. (Como en el jazz. Una comparación de varias grabaciones de una misma pieza barroca—por ejemplo, el comienzo de Invierno, la última de Las cuatro estaciones de Vivaldi, registrará las diferencias introducidas por distintos ejecutantes). Luego, debe considerarse el aporte barroco en lo atinente a la forma musical: conciertos (para orquesta y solistas y grossi, es decir, para orquesta y un grupo instrumental), oratorios, misas, cantatas, sonatas, partitas, variaciones, fantasías y la suite barroca, predecesora de la sinfonía moderna del período clásico, y que en sí misma era un catálogo de formas individuales: allemande, giga, minueto, sarabanda, gavota…

En suma, el período musical barroco se caracterizó por la innovación total en un ambiente de libertad.

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Antonio Vivaldi

He aquí veinticuatro piezas de esa época, para una hora y treinta y dos minutos de la mejor música. El viaje sonoro ha sido organizado del sur al norte, comenzando por Italia y concluyendo en Inglaterra. Dejaremos que el Padre Rojo, Antonio Vivaldi (1678-1741), prepare suavemente nuestros oídos, primeramente, con la Siciliana de su Concierto para guitarra en La mayor (John Williams, guitarrista, y Eugene Ormandy dirigiendo la Orquesta de Filadelfia); luego, con el movimiento lento de su Concierto para violín en Re mayor (Raymond Leppard, Orquesta de Cámara Inglesa) y, finalmente, con el Adagio de su Concierto para guitarra en la misma tonalidad (Ettore Stratta, Orquesta de Cámara Barroca).

Siciliana
Lento
Adagio

Domenico Scarlatti

Domenico Scarlatti (1685-1757) es el autor de la animada Sonata en Mi mayor, traída acá por el prodigioso pulso de Vladimir Horowitz. Después, regresamos a la calma con el Adagio del Concierto op. 9 de Tomaso Giovanni Albinoni (1671-1750), interpretado por Christoph Kircheis al órgano y Ludwig Güttler en la trompeta. Todavía en vena de serenidad, escuchamos el dulce movimiento lento del Concierto para oboe y orquesta en Re menor de Alessandro Marcello (1669-1747), por la Orquesta de Cámara Inglesa que dirige Raymond Leppard. Juan Sebastián Bach apreciaba tanto la pieza que la transcribió para clavecín, y Benedetto, el hermano de Alessandro, la transpuso a la tonalidad de Do mayor. Una estupenda versión con guitarra en lugar de oboe es música de fondo para una escena de cortejo en Las fresas de la amargura (The Strawberry Statement, película sobre las revueltas estudiantiles de 1968 en los EEUU).

Sonata
Adagio
Lento

Alessandro Marcello

Tomaso Albinoni

Jean-Joseph Mouret

Jean-Philippe Rameau

Subamos por Europa, hacia Francia. El Rondó de la Suite des symphonies de Jean-Joseph Mouret (1682-1738) suena acá por The New York Trumpet Ensemble, y el brasileño Sergio Odair Assad interpreta en su guitarra un grupo de Gigas de Jean-Philippe Rameau (1683-1764), posiblemente el más importante músico del Barroco francés.

Rondó
Gigas

Johann Pachelbel

Pero ahora llegamos al corazón del Barroco musical, en Alemania. Sé que no me perdonarían si dejara de poner el famosísimo Canon en Re mayor—que es en verdad una passacaglia—de Johann Pachelbel (1653-1706), una pieza de culto universal originalmente concebida para tres violines y continuo. (Leppard, otra vez, con sus músicos ingleses). A continuación, de uno de los maravillosos conciertos para flauta de Johann Joachim Quantz (él mismo flautista), el #116 en Re mayor, el movimiento Arioso, con Max Pommer al frente del Nuevo Collegium Musicum Bach. Luego, Anthony Newman es acompañado por la Orquesta del Festival de Madeira en la Polonesa de la Suite para flauta y orquesta de Georg Philipp Telemann (1681-1767), músico esencialmente autodidacta. Del mismo compositor, suena después el movimiento Vivace de su concierto para trompeta y orquesta. (El solista es Simon Wallace). Así deja servida la mesa al enorme Johann Sebastian Bach, su compadre. (Telemann era el padrino de Carl Philipp Emanuel Bach, otro compositor entre los veinte hijos del patriarca del Barroco musical—quizás el mejor compositor de todos los tiempos—, Juan Sebastián).

Canon
Arioso
Polonesa
Vivace

Johann Joachim Quantz

Georg Philipp Telemann

Johann Sebastian Bach

Carl Philipp Emanuel Bach

J. S. Bach (1685-1750) merece estar acá sobrerrepresentado con seis piezas, tanta es su grandeza como compositor. En primer lugar, sintamos su alegría, la emoción de un hombre apasionado que ocupaba a sus esposas siendo veinte veces padre. La Badinerie de la Suite orquestal #2 en Si menor, a cargo de la Akademie für Alte Musik, seguida por la elegancia serenísima del Aria de las Variaciones Goldberg, tocada al piano por el especialista en Bach, Glenn Gould. Entonces afrontemos la profunda nobleza del Preludio coral Erbarm’ Dich (Leppard) y el retorno del contento sabroso en el primer movimiento—Vivace—del Concierto para dos violines, cuerdas y continuo en Re menor (Pinnock, Trevor – The English Concert), el Preludio en Mi mayor (Eugene Ormandy, Orquesta de Filadelfia) y el broche de oro de la apertura del Magnificat—un canto a la Virgen María en la liturgia cristiana—en Re mayor por la Cantoría Gächhinger de Stuttgart. Esta última obra contiene una de las geniales anticipaciones de Bach; la sección de inicio es repetida al final de la misma, dándole un carácter «cíclico» que no aparecería en la música occidental hasta bien entrado el siglo XIX. Dejémoslo sucedido por su hijo, Carl Philipp Emanuel (1714-1788), con el Allegro de su Concierto para flauta en Si bemol mayor (Eckart Haup y los Solistas Barrocos de Dresden).

Badinerie
Aria
Preludio coral
Vivace
Preludio
Magnificat

Allegro

 

Georg Friedrich Händel

Para movernos a tierra inglesa, podemos acompañar a Georg Friedrich Händel (1685-1759), nacido en Halle y viajero a Italia antes de establecerse definitivamente en Londres en 1712. Raymond Leppard dirige a la orquesta de siempre en la Llegada de la Reina de Saba, del oratorio Salomón. Inmediatamente después, el mismo director y la misma agrupación (obviamente preferidos) nos ofrecen el Minuetto de Berenice, una de las cuarenta y dos óperas del prolífico músico germano-inglés. De Händel nos despedimos con el conocidísimo y noble Largo (la música del aria Ombra mai fu de la ópera Jerjes) en versión de las Cuerdas de Budapest.

La Reina de Saba
Minuetto
Largo

Henry Purcell

Entonces dejamos el escenario a la música del gran compositor barroco inglés, Henry Purcell (1659-1695). El Rondó de Abdelazer es tema que Benjamin Britten (1913-1976) empleara para su Guía de los jóvenes a la orquesta, una pieza didáctica filmada por encargo de la BBC de Londres. La versión original barroca está aquí por—¿quiénes otros?—la Orquesta de Cámara Inglesa y Raymond Leppard. John Eliot Gardiner despide este concierto al frente del Ensemble Equale de Metales; interpretan de Purcell la Música Funeral para la Reina María, que sonara en la ácida película de Stanley Kubrick: La naranja mecánica.

Rondó
Música funeral

La numerosa oferta de esta entrada es muestra minúscula de la abundancia musical del Barroco. LEA

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(La música en esta entrada puede descargarse en ivoox).

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Música elegíaca y fúnebre

Partitura de Tod und Verklärung (Muerte y transfiguración), de Richard Strauss. (Clic amplía).

 

A Aurelio Useche Kislinger, amante de la mejor música.

 

elegía. (Del lat. elegīa, y este del gr. ἐλεγεία). 1. f. Composición poética del género lírico, en que se lamenta la muerte de una persona o cualquier otro caso o acontecimiento digno de ser llorado, y la cual en español se escribe generalmente en tercetos o en verso libre. Entre los griegos y latinos, se componía de hexámetros y pentámetros, y admitía también asuntos placenteros.

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No podía la muerte estar ausente de la obra musical de los compositores más famosos. La música es vida y ésta es muerte. Federico Nietzsche había sentenciado que «Sin la música, la vida sería una equivocación» y, más simplemente, la abuela de mi esposa—como la madre de Forrest Gump—solía decir que «La muerte es parte de la vida».

Se ha producido, pues, abundante música fúneraria, desde la que conmemora la muerte en forma de réquiem hasta la que sirve para acompañar cortejos exequiales con marchas. Movimientos enteros de sinfonías, como el tercero de la primera sinfonía romántica—la Heroica o Tercera Sinfonía de Ludwig van Beethoven en Mi bemol mayor—, el tercero de la Sinfonía #1 en Re mayor (Titán) de Gustav Mahler, o de sonatas, como en el caso de la #2 de Federico Chopin en Si bemol menor, son marchas fúnebres. Charles Gounod escribió la jocosa Marcha fúnebre para una marioneta, que sirvió de tema a la serie televisiva de misterios de Alfred Hitchcock y es apropiada para el luto de personas que se dejan manejar por terceros, sobre todo si éstos son gobernantes extranjeros.

Como es natural, se trata de música frecuentemente sobrecogedora y muy hermosa. En muchas ocasiones han sido llamadas elegías, incluso en música popular como la canción de Joan Manuel Serrat para la muerte de un amigo de Miguel Hernández sobre poema de éste: «En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, a quien tanto quería».

Elegía – Joan Manuel Serrat

Pero es la música académica la que cuenta con mayor cantidad de estas manifestaciones luctuosas. Un ejemplo temprano y destacadísimo viene provisto por la Música para el funeral de la Reina María II de Inglaterra (1662-1694), compuesta por el más grande de los compositores ingleses, Henry Purcell. Ésta es la Marcha fúnebre, de una obra formada por diecisiete piezas; fue popularizada en la ácida película La naranja mecánica, del genio Stanley Kubrick:

Música para el funeral de la Reina María – Henry Purcell

En un continente cristiano, sus músicos compusieron muchas veces con la vista puesta en alguna forma de resurrección. Así, por ejemplo, la Segunda Sinfonía de Gustav Mahler fue apodada, precisamente, Resurrección, y Richard Strauss compuso a sus 25 años de edad el poema sinfónico Muerte y transfiguración. Después de haberlo completado, pidió a su amigo, el poeta Alexander Ritter, que escribiera versos que correspondieran a las cuatro partes de la obra musical. La primera de ellas representa a un artista enfermo, cercano a la muerte, con un dulce tema:

Muerte y transfiguración, 1ra. sección – Richard Strauss

Y he aquí a la Orquesta Filarmónica de Berlín, dirigida por Daniel Harding, al comienzo de la sección siguiente, una batalla entre la vida y la muerte en la que el artista no conoce cuartel:

 

 

En sucesión, ahora, cinco piezas elegíacas, de los compositores Gabriel Fauré y Jules Massenet, franceses, Alexander Glazunov y Sergei Rachmaninoff, rusos, y Edvard Grieg, noruego.

Elegía – Gabriel Fauré

Elegía – Jules Massenet

Elegía para viola y piano – Alexander Glazunov

Elegía – Sergei Rachmaninoff

La última primavera (de Dos melodías elegíacas) – Edvard Grieg

Grieg fue, por supuesto, un gran melodista y por eso cabe proponer acá otras dos piezas de carácter elegíaco: primero, La muerte de Åse, de la música incidental al drama Peer Gynt de su glorioso compatriota, Henrik Ibsen; luego, el inefable Aire—Andante religioso—de su Suite (al viejo estilo) En tiempos de Holberg. Aunque fue compuesta toda para celebrar el bicentenario del nacimiento de otro dramaturgo noruego (y danés), Ludvig Holberg, el aire tiene ciertamente ese carácter.

La muerte de Åse – Edvard Grieg

Aire (Andante religioso) – Edvard Grieg

Finalmente, es otro concepto distinto del luto el de la saga germánica del Anillo del Nibelungo, el ciclo de cuatro óperas de Richard Wagner. En la última de ellas, El ocaso de los dioses (Götterdämmerung), muere Sigfrido a manos de Hagen, quien lo hiere por haber jurado en falso sobre la lanza que lo mata. Es asunto épico, no romántico o renacentista, sino mucho más primordial y antiguo. De aquí que la Música funeral de Sigfrido no sea dulce o melancólica sino poderosa, hasta triunfal. Es la que Hitler quería para el cataclismo de su muerte, con la que debía hundirse todo el pueblo alemán. Joseph Goebbels decía él mismo, o mandaba que dijera la prensa alemana en 1945, o que Radio Werewolf propalara cosas como éstas:

El terror de las bombas no conserva las viviendas ni de ricos ni de pobres; ante los laboriosos oficios de la guerra total las últimas barreras de clase han tenido que caer. Bajo los escombros de nuestras ciudades destrozadas, los últimos presuntos logros de la clase media del siglo diecinueve han sido finalmente sepultados. No hay un fin de la revolución; una revolución está condenada al fracaso sólo si aquellos que la hacen dejan de ser revolucionarios; junto con los monumentos culturales se desmoronan también los últimos obstáculos al logro de nuestra tarea revolucionaria. Ahora que todo está en ruinas, estamos obligados a reconstruir Europa. En el pasado las posesiones privadas nos ataban a una moderación burguesa. Ahora las bombas, en vez de matar a todos los europeos, sólo han roto los muros de la prisión que les mantenían cautivos. Al tratar de destruir el futuro de Europa, el enemigo sólo ha tenido éxito en destruir su pasado; y con eso todo lo que es viejo y gastado se ha ido.

Los alemanes supieron evitar ese destino, y nosotros también podremos. Podemos oír a Wagner sin temor alguno:

Música funeral de Sigfrido – Richard Wagner

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Las elegías formaron todo un género poético en la Edad Media. Se las llamaba planto cuando eran cultas y endechas cuando populares. Jorge Manrique escribió ésta en sus Coplas a la muerte de mi padre:

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el placer,
cómo después de acordado
da dolor,
cómo a nuestro parescer,
cualquiera tiempo pasado
fué mejor.

Y pues cemos lo presente
cómo en un punto es ido
y acabado
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
má que duró lo que vió,
porque todo ha de pasar
por tal manera.

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos á se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos;
allegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.

Y la más antigua de las canciones funerarias españolas que se conserva fue la cantada por las mujeres canarias a la muerte del caballero Guillén Peraza (1443). Así dice:

Llorad las damas, / si Dios os vala,
Guillén Peraza / quedó en la Palma,
la flor marchita / de la su cara.
No eres palma, / eres retama,
eres ciprés / de triste rama,
eres desdicha, / desdicha mala.
Tus campos rompan / tristes volcanes,
no vean placeres, / sino pesares,
cubran tus flores / los arenales.
Guillén Peraza, / Guillén Peraza,
¿dó está tu escudo, / dó está tu lanza?
Todo lo acaba / la malandanza.

No toda elegía es elogiosa. LEA

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