Hipoteca en 2do. grado

Un mal refrán mata un buen decreto

Circula por estos días una invitación electrónica a la presentación de un nuevo libro de Ramón Guillermo Aveledo, su biografía del fallecido ex presidente Luis Herrera Campíns. Antes nos había dado, dentro de una obra numerosa, un libro utilísimo: La 4ta. República – Lo bueno, lo malo y lo feo de los civiles en el poder. (Ver Privilegio exigente, del 4 de diciembre de 2007: “Su serena exposición está organizada, muy útilmente, al modo temático. De ella emerge una convincente y justa imagen: los gobiernos civiles en Venezuela, con todas sus criticables equivocaciones, trajeron más progreso al país que todos los gobiernos militares juntos, que fueron muchos más”).

Aveledo es biógrafo particularmente indicado para contar la vida y la política de Herrera Campíns; como éste, egresó del Colegio La Salle de Barquisimeto y ha sido importante dirigente de COPEI y, por si fuera poco, fue su Secretario Privado durante su presidencia. Conoce como pocos, pues, la verdad de la trayectoria de Herrera Campíns. Quien escribe no puede presumir, siendo caraqueño y lasallista de La Colina, tener un mejor conocimiento del ex presidente, pero creo tener autoridad para sostener hoy evaluaciones que hice de su período constitucional hace un cuarto de siglo, y para complementarlas con un juicio posterior que redondea mi opinión personal sobre su significación política.

Durante su gobierno, casi que éramos únicamente Ricardo Zuloaga y quien escribe los que sosteníamos una visión más bien positiva de Luis Herrera en el círculo del Grupo Santa Lucía, en el que la mayoría era francamente crítica. Esta postura trasluce en un fragmento de mis Memorias prematuras (1986), que registra una petición que me hiciera, en nombre de COPEI, Oswaldo Álvarez Paz durante el año electoral de 1983, el último del gobierno de Herrera, poco después de las medidas monetarias anunciadas el viernes de su febrero que fuera bautizado como Negro:

Álvarez Paz me recibió una tarde en el cuartel general de la urbanización El Bosque. Acusaba el impacto de los traumáticos anuncios del 18 de febrero, más brumario que aquel 18 francés. Su saludo consistió en las siguientes palabras: “Luís Enrique, dime cómo vamos a ganar esta campaña, porque así como anda vamos a perder con toda seguridad”. Repetí las escuetas líneas de mi análisis: estamos a las puertas de una profunda crisis que debe ser asumida por Rafael Caldera; Rafael Caldera confrontará un problema principal de campaña en su relación con el gobierno del presidente Herrera; habrá que decidir un curso radical ante este asunto: o defensa decidida o deslinde completamente claro. Quedamos en que desarrollaría por escrito esos conceptos, así como también describiría un nivel más operativo compatible con la lectura estratégica, en la que no diferíamos grandemente, salvo en el punto de la viabilidad de la defensa del gobierno. En su opinión, una mejoría en la imagen del gobierno no favorecía en nada a la candidatura de Caldera, aunque un deterioro de la imagen gubernamental sí le afectaría negativamente. Le recordé que una reciente encuesta en el Área Metropolitana de Caracas todavía mostraba una muy considerable proporción de entrevistados que eran renuentes a calificar la actuación del Presidente como mala o muy mala. (La encuesta en cuestión, de marzo de 1983, arrojó los siguientes resultados: opinó que el gobierno era “muy bueno” el 4% de los encuestados, “bueno” el 14%, “malo” el 17%, “muy malo” el 14% y “regular” casi el 50%. Claramente, sólo un 31% había cruzado la raya hacia el juicio definitivamente negativo). Allí había un punto de partida para una enérgica acción de viraje en el planteamiento de campaña, hasta entonces centrada en el prestigio de Caldera, el que hacia 1981 había alcanzado niveles cercanos a un 80% de venezolanos creyentes en él como el mejor presidente de la etapa democrática. Durante esta entrevista llegué a pensar que Álvarez Paz, quien mostraba cierta renuencia a aceptar la totalidad de mis planteamientos, pudiera estar convencido de la indignidad del gobierno de Luís Herrera. Así se lo pregunté. Fue la primera vez que Oswaldo Álvarez Paz me dijera: “Lo único inmoral es no ganar”.

Ser perdedor es malo

En el mismo libro memorioso expongo con mayor amplitud una valoración del gobierno de Herrera. En ella emerge como factor clave la relación de Herrera con su partido, dirigido desde la Secretaría General por Eduardo Fernández (cito):

Al comienzo de su período el presidente Herrera contó con posibilidades apreciables. Fue elegido con una mayoría moderada pero más convincente que la que obtuvo Caldera en 1968 y recibió poco después la señal de un mayor apoyo de las elecciones municipales de 1979. Por recursos no pudo quejarse, pues contó para la mayor parte de su período con fuertes aumentos de ingreso por los sucesivos aumentos en los precios petroleros. Hubo de contar, es cierto, con el peso de la ya muy considerable deuda pública, aún quitándole la treintena de miles de millones que se empeñó en rebuscar y añadir a la famosa “estimación Bolinaga” para aquella antológica alocución televisada en la que anunció que la hipoteca era por 110.000 millones de bolívares. Y hubo de contar también con la distancia y la frialdad del polo calderista. Varios fenómenos gravitaron fuertemente sobre el gobierno de Luís Herrera Campíns. El primero fue aquella “solidaridad inteligente” que COPEI declaró por boca del flamante secretario general, Eduardo Fernández. El segundo, el frustrante episodio del Sierra Nevada. El tercero, naturalmente, la serie de malas noticias económicas a partir de los inicios de 1982. El cuarto, la incesante oposición adeca, que, reunida en medio de su desesperación post-perecista por la voz aleccionadora de Jaime Lusinchi, no dejó de pronosticar la recesión económica.

Solidaridad pretendidamente astuta

Por lo que respecta al indeciso apoyo de un partido controlado por personajes más afectos al calderismo, el gobierno de Luís Herrera encontró apropiado constituirse con los herreristas de mayor confianza en los puestos claves. Todos recordamos la profusión de barquisimetano-lasallistas en puestos gubernamentales, así como la resistencia del Presidente Herrera a destituir funcionarios de su régimen que estuviesen marcados por la sospecha de corrupción. El gobierno de Herrera se condujo desde un principio en un estilo pre-paranoico, pues a la natural oposición adeca se añadía el efecto de un comando partidista propio que no le apoyaba completamente. Esta circunstancia, independientemente de los orígenes de la escisión copeyana, fue constante del período.

La lucha por invalidar políticamente a Carlos Andrés Pérez sirvió posteriormente como caldo de cultivo a un cínico espíritu de rebatiña que pareció apoderarse de algunos notorios funcionarios públicos. El episodio del Sierra Nevada contribuyó grandemente a una suerte de autorización realista de la corrupción. En efecto, razonarían los convencidos de la culpabilidad de Pérez, si éste había salido indemne del proceso de juicio público que le fue montado en el Congreso de la República, entonces podría resultar una necedad, y hasta un suicidio político, adoptar una conducta honesta que sólo les dejaría enemistados con ese poderoso personaje nacional y para colmo sin recursos. Hubo consejeros que propusieron a Herrera Campíns comenzar el asedio por la figura más vulnerable de Diego Arria. Se dice que Herrera optó por irse de una vez de frente contra Carlos Andrés Pérez porque una cacería de Arria hubiese dado mucho más tiempo al ex presidente para preparar su defensa.

En todo caso, la notoria corrupción del período de Herrera Campíns fue un golpe a la opinión pública, pues Luís Herrera había accedido al poder sobre el supuesto de una cruzada moral. Desde el discurso en el acto de su proclamación por el Consejo Supremo Electoral, pasando por el de la toma de posesión, incluyendo la alocución de los 110.000 millones y las acusaciones que promovía por la vía preferente del gran inquisidor Leopoldo Díaz Bruzual, Luís Herrera Campíns había fundamentado una buena parte de su razón de gobierno en la denuncia y el ataque a Pérez y a muchos de sus funcionarios. En 1982 el país presenciaba, atónito, un endeudamiento fuertemente agravado y la epidemia de escándalos administrativos protagonizados por importantes funcionarios del gobierno.

Las malas noticias económicas de comienzos de 1982 completaron el telón de fondo de la época. No hubiera sido imposible presentir que un empeoramiento de la posición financiera del sector público se avecinaba. A fin de cuentas, ya mucho antes voces como la de Juan Pablo Pérez Alfonzo habían “profetizado el desastre”. Pero tampoco era ésta una percepción común. Tan tarde como a fines de 1981 el primer vicepresidente de Petróleos de Venezuela, Dr. Julio César Arreaza, en su discurso ante la asamblea de ARPEL de ese año, se atrevía a predecir un brillante futuro de expansión para los países petroleros. Es así como las primeras señales negativas constituyeron en la práctica una sorpresa. La decisión de la OPEP de establecer un programa de producción a sus países miembros, como una forma de adaptarse a la “debilidad momentánea” del mercado, era de por sí bastante ominosa. Mucho más lo fue el endurecimiento de los banqueros japoneses con el Ministro Ugueto. Como apunté, es probable que este endurecimiento haya tenido más que ver con los problemas de repago de la deuda externa mexicana y la de Polonia que con la situación del mercado petrolero o con el juicio que Venezuela hubiera merecido considerada aisladamente. Pero la analogía con México resultaba natural. A fin de cuentas, el gobierno de López Portillo parecía una copia al carbón del de Carlos Andrés Pérez, impulsado por el boom de los nuevos yacimientos mexicanos. México fue por esos años el paraíso del prestamista internacional. Sus problemas con la deuda externa fueron, por tanto, un golpe psicológico de primera magnitud.

La oposición de Acción Democrática también era natural. Si durante un tiempo, por la época del caso Sierra Nevada, ese partido estuvo deprimido y acomplejado, no tardó en reponerse bajo el liderazgo de Jaime Lusinchi, quien inmediatamente después de la derrota electoral animó a sus copartidarios a reagruparse para continuar en la lucha. Los resultados fueron, obviamente, correspondientes con esa valerosa postura de rechazo a la rendición. Pero la oposición de Acción Democrática contribuyó en mucho a la conformación de un clima de desconfianza en las políticas económicas del gobierno de Herrera Campíns. Una prédica incesante desacreditaba la bondad de las decisiones, y la participación adeca en el Congreso de la República no le hacía en nada fácil la vida a Luís Herrera.

Ésos fueron los cuatro principales factores que operaron negativamente sobre la administración de Herrera Campíns. Otros valen la pena de ser mencionados. El primero es el propio estilo de gobierno del ex presidente. Por un lado, desde muy temprano abrió frentes de lucha múltiples y simultáneos. Intentó arreglar el problema de los indocumentados y el del diferendo con Colombia, atacó los intereses de las televisoras comerciales con la prohibición a la propaganda de licores y cigarrillos y a la participación infantil en programas y cuñas de televisión, mostró frialdad o resentimiento ante FEDECÁMARAS al negarse a asistir a sus asambleas, estableció la pelea frontal contra el ex presidente Pérez y, en general, impuso un estilo sombrío desde aquella primera declaración: “Recibo una Venezuela hipotecada”. No era como para animar a la confianza del inversionista privado. Muy pronto, además, impuso el “enfriamiento” a una economía “recalentada”. No mucho tiempo después el Ministro Ugueto confiaba a algunos amigos lo fácil que era congelar la economía y lo difícil que era reactivarla.

Ministro de Embestidas

Por otro lado, este estilo se complementaba con el aura misteriosa y zamarra del presidente Herrera. Había que ser un experto cultor del folklore venezolano para desentrañar su refranero, con el que pretendía conducir la psiquis del venezolano, o sus extrañas comparaciones, como aquella de la Constitución de 1961 con Sofía Loren. Nadie, se decía, ni sus más íntimos colaboradores conocían lo que pensaba en realidad el presidente. E intencionalmente mantenía dentro de su gobierno personalidades discrepantes, lo que impedía coherencia política. La más notoria de las disensiones se establecía entre Leopoldo Díaz Bruzual y el resto de los ministros de la economía. Díaz Bruzual fue empleado primero como el encargado de desacreditar los megaplanes de la época de Pérez, principalmente en lo que se refería al famoso Plan IV de la Siderúrgica del Orinoco, la que, como casi todas las empresas de la Corporación Venezolana de Guayana, había pasado a ser propiedad del Fondo de Inversiones de Venezuela, del que Díaz Bruzual fue su ministro presidente. Fue Díaz Bruzual quien se atrevió a poner en duda, a fines de 1981 y durante 1982, la productividad de Petróleos de Venezuela, cosa que convenía a su plan de llevar los importantes depósitos de divisas de PDVSA hacia las arcas del Banco Central. Y fue Díaz Bruzual, por supuesto, quien enfiló contra Carlos Andrés Pérez al destapar el turbio negocio del buque Sierra Nevada. Ya en pleno año electoral detonó la bomba del Banco de los Trabajadores de Venezuela, que había sucedido al escándalo del Banco Nacional de Descuento. Díaz Bruzual fue, pues, el gran agitador del período de Luís Herrera, su Robespierre. Ante las obvias discrepancias, Ugueto explicaba la presencia de Díaz Bruzual: “El presidente quiere una segunda voz en el gabinete económico”. Luego sería Arturo Sosa quien sufriría las atrabiliarias declaraciones del “Búfalo”. Más de una vez el impacto que éstas producían descosió los intentos de refinanciamiento de la deuda externa que Sosa pacientemente elaboraba. Venía un telegrama esperanzador del comité de bancos con acreencias sobre la República, lo seguía algún ácido desplante del presidente del Banco Central de Venezuela y desaparecía como por arte de magia toda simpatía de esos acreedores.

El otro factor digno de mencionar es el marcado aumento en el escrutinio que de las ejecutorias públicas hacían, principalmente, los medios de comunicación social. Se puede decir que a este respecto aumentó la democracia venezolana durante el período de Luís Herrera. En efecto, nunca antes un gobierno había estado expuesto a un asedio tan insistente o tan escudriñador. El día que llegue a ser posible una cuenta más objetiva de los casos de corrupción administrativa y se haga una comparación entre los producidos en el gobierno de Pérez y en el de Herrera, será posible notar que durante el período de este último aumentó la frecuencia de reporte. Habrá que decidir entonces si hubo más corrupción absoluta durante el mandato de Luís Herrera o si la percepción de que así lo fue dependió más de una mayor cantidad de iluminación, si el tumor era realmente más grande que antes o si se veía más porque la lámpara del quirófano alumbraba mejor.

Esta era la versión que del gobierno de Luís Herrera Campíns sostenía yo. Pensaba que las inocultables fallas del gobierno no se debían únicamente a su voluntad y que factores que no controlaba le habían encaminado, trágicamente, por el despeñadero. También lo juzgué mal políticamente, pues llegué a creerlo mejor hombre de Estado que lo que resultó ser. Me dejé dominar por el mito de su zamarrería y estuve esperando su famoso y anunciado “volapié” hasta el último momento. Éste nunca llegó, tal vez afortunadamente, pues signos hubo de que el volapié bien pudiera haber sido alguna sorprendente y traumática revelación relativa al caso de secuestro de William Niehous, el que había ocurrido durante el gobierno de Pérez y que había sido “resuelto” en tiempo récord a las pocas semanas del gobierno de Herrera. Digo afortunadamente porque en la tradicional política nacional sus protagonistas parecieran acertar a legitimarse sólo con el descrédito del contrario, mediante la acusación escandalosa y violenta. Una revelación agresiva de algún posible secreto sobre Niehous, aparentemente guardado por Luís Herrera con avaricia, hubiese chocado fuertemente a la psiquis venezolana, ya abrumada por la secuencia de escándalos del año de 1983, espantada ante los casos del Nacional de Descuento y del Banco de los Trabajadores, y conmovida todavía más por el asesinato del penalista Raymond Aguiar a escasas horas del acto de votación electoral. Lo cierto del caso es que el volapié no se produjo y Luís Herrera entregó a Jaime Lusinchi una Venezuela hipotecada en segundo grado.

Como puede verse, el suscrito no tenía un prejuicio acerca del gobierno de Luis Herrera; más bien tenía una predisposición a juzgarlo favorablemente. Ejercí, por otra parte, una función pública durante su período—de enero de 1980 a febrero de 1982—: la Secretaría Ejecutiva del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (CONICIT). Entre las frustraciones que experimenté en ese lapso estuvo la renuencia de Herrera a prescindir de su Ministro de Estado para la Ciencia y la Tecnología, Raimundo Villegas, que se caracterizó por prácticas de nepotismo—que oportunamente denuncié al Secretario General de COPEI, sin resultado alguno—y que en mi presencia informó a un funcionario de la Casa Blanca de la celebración de reuniones secretas del presidente Herrera con mandatarios de Centroamérica durante el conflicto de esta zona; de esto di noticia a un importante ministro de Herrera y tampoco hubo consecuencias prácticas.

Ni siquiera estas últimas cosas amellaron demasiado mi simpatía general por Luis Herrera; creo que hubiera hecho un mejor gobierno si su propio partido no hubiera tenido la grosera ocurrencia de ofrecerle una “solidaridad inteligente”, esto es, condicionada. No le ha sido fácil a COPEI llevarse bien con los presidentes que han salido de su seno.

Pero al final de su influencia política Herrera incurrió en graves distorsiones, y las peores entre ellas se suscitaron alrededor de la candidatura presidencial de Irene Sáez. Era Luis Herrera el Presidente de COPEI, sobre la funesta Secretaría General de Donald Ramírez; ellos aceptaron la promoción de quien entonces era la Srta. Sáez, ex Miss Universo, por parte de Enrique Mendoza, a la sazón Gobernador del Estado Miranda. COPEI no estaba bien, financieramente hablando, y el presupuesto mirandino sostenía entonces muchas de sus operaciones. (Como sesiones de trabajo con dirigentes regionales en las que se les vendía las bondades de la candidatura favorita del gobernador Mendoza).

Barbie Sáez, candidata de COPEI

Cuando ya eran obvios los preparativos del partido comandado por la dupla Herrera-Ramírez para lanzar a la Srta. Sáez, el diario El Nacional invitó, a mediados de 1997, al ex presidente Herrera a una entrevista con desayuno. Uno de los periodistas presentes levantó el punto de la impreparación de Irene Sáez para el cargo presidencial, de la carencia en ella de la madera de un estadista. Impertérrito, Luis Herrera contestó: “No se preocupen, que modernamente el poder es compartido”. Es decir, admitía las carencias de la candidata y sugería que él sería el verdadero poder detrás del trono.

Llegado el momento de la proclamación oficial de la candidatura Sáez en la convención de COPEI en Caraballeda—Hotel Macuto Sheraton—, Luis Herrera llevó el asunto a límites de desvergüenza. En esa convención habló dos veces, poniendo de manifiesto su reconcomio anticalderista y antieduardista, y en el segundo y último de sus discursos admitió:

…les voy a decir por qué creo que necesitamos ganar: no por ustedes, que al fin y al cabo—unos por razón de experiencia estamos jubilados, otros por razón de méritos están desempeñando importantes responsabilidades en los organismos representativos—tenemos nuestro medio de vida asegurado, ni de la mayor parte de los dirigentes municipales y regionales del partido que también tienen su vida, por lo menos a corto plazo, asegurada. No, no por ellos, sino por los que no tienen cargos en la burocracia, por los que no tienen acceso a la administración pública para plantear sus problemas y que se los resuelvan, para que se les escuche su pobreza, para que se les dé una muestra de afecto y de solidaridad, que se los podría dar un Presidente copeyano o un gobierno donde el Partido COPEI sea también partido de gobierno…

Debo admitir que conocer tan descarada declaración me produjo una muy desagradable sensación, aunque ya había escuchado que esa racionalización herrerista estaba siendo ofrecida a más de un copeyano: ganemos para que puedan tener cómo vivir. Resuélvanse, asegúrense de estar “cubridos”—como habría dicho la inefable Blanca Ibáñez—con un triunfo electoral. No imaginé nunca, sin embargo, que el presidente de COPEI se atreviera a presentar un argumento tan alejado de la ética socialcristiana en el seno de una convención nacional, ante las cámaras—de una Globovisión incipiente—que transmitieron al país todo el discurso. Al día siguiente, una versión escrita de las palabras de Herrera Campíns fue distribuida a los asistentes a la convención. Herrera no estaba avergonzado sino orgulloso de la enormidad que entonces dijo.

Conductas como ésa son las que permitieron que un oficial golpista de mediano rango ganara las elecciones presidenciales de 1998. Lamentablemente, Luis Herrera Campíns se transformó en abierto cultor de la Realpolitik: la procura del poder a toda costa. LEA

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Una mejor Venezuela

En su única campaña por la Presidencia de la República, en 1963, Arturo Úslar Pietri presentó como guía central de su oferta lo que llamó “la Venezuela posible”. Nunca cesó en esta prédica, que salía de la privilegiada conciencia de un ser renacentista. Seguramente sin saberlo, Asdrúbal Batista hizo, el pasado 25 de mayo, eco— “…el Dr. Asdrúbal Batista había dicho que Venezuela no podía ser un mal país, si había concebido y gestado al eximio prócer de San Juan de Colón”, en referencia a Ramón J. Velásquez (Testigo excepcional)—de conclusión expuesta por mí el 17 de mayo de 1996, cuando Úslar cumpliera noventa años de edad enteramente lúcida: “Úslar es Venezuela, y como eso es así es buena Venezuela. Porque un país en el que nace Úslar, en el que vive Úslar, al que regresa Úslar, en el que se queda Úslar prefiriéndolo entre todos los que le ofrecerían patria de inmediato, no puede ser un mal país”.

Úslar entendía la Venezuela posible como el resultado de un esfuerzo colectivo en el que, naturalmente, la acción de los diversos liderazgos del país estaría exigida de responsabilidad.

Ahora suenan otros ecos del desafío uslariano. Leopoldo López primero y, pocos días después, Eduardo Fernández en el lanzamiento de su precandidatura presidencial ofrecieron “una Venezuela mejor”. (López no ha descartado su participación en las primarias de la Mesa de la Unidad Democrática; con mucha razón, destacó que las normas aprobadas por la MUD sólo exigen para participar en ellas las condiciones requeridas constitucionalmente al Presidente de la República: venezolano por nacimiento, sin otra nacionalidad, mayor de 30 años, de estado seglar, no sometido a condena por sentencia definitivamente firme. Aunque pesa sobre él una inhabilitación, López no ha sido condenado judicialmente. Pero él estuvo en el acto de proclamación de Fernández, en la presentación de su “propuesta”. Desde el año 2009 se reúnen ambos en casa de Lewis Pérez, otrora Secretario General de Acción Democrática, con Luis Miquilena—quien estuvo también en el lanzamiento de Fernández—para conformar una “nueva” organización política. En este intercambio han debido coincidir en la frase “una Venezuela mejor”, whatever that means).

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El pasado sábado 28 de mayo, en un acto en el estado Lara, Leopoldo López—puede recordarse que en noviembre de 2010 fue allá a firmar un pacto bilateral con Henri Falcón “en defensa de la Constitución”, whatever that means—presentó el plan “La mejor Venezuela”, diciendo: “Estamos aquí para presentarle a Venezuela la posibilidad de un país distinto, sembrando un movimiento de mujeres y hombres que hoy se comienza a consolidar”. Al revelar a los asistentes que “existe otro rostro de Nación”, anunció con la mayor seriedad: “La decisión que hemos tomado es construir esa Venezuela”. (Entre los aspectos fundamentales del “plan”, dice El Universal, “mencionó la necesidad de reducir el número de fallecidos por la inseguridad y reformar las policías del país. ‘Se necesita una posición firme para depurar los cuerpos policiales… y llenar las calles de más policías’. Dijo asimismo que es imperioso hacer reformas profundas que necesitan el sistema de justicia y el carcelario del país. El sistema de salud y la educación en el país también forman parte de este plan. ‘No se debe asumir sólo la masificación de los servicios sino también de la calidad… ésta es una deuda histórica que tenemos con el país’… Encomendándose a la Divina Pastora culminó su discurso pidiendo ‘fuerza y fe’ para Venezuela”).

López en el acto de Fernández (clic para ampliar)

Por lo que atañe al viejo “tigre”— “el tigre come por lo ligero”, le aconsejaba Luis Alberto Machado en 1988—, se limitó a reconocer a los jóvenes del país: “Quiero decirles que ustedes tienen derecho a vivir en una Venezuela mejor”. En verdad, su propuesta programática fue bautizada así: “Venezuela 2013 – La explosión del crecimiento”.

Ya esta denominación retrotrae a los años cincuenta, cuando la comunidad planetaria de los economistas prescribía el crecimiento económico antes de que se acuñara y popularizara la más inclusiva idea de desarrollo. (Por ejemplo, Walt Whitman Rostow: El proceso de crecimiento económico, de 1952, y Las etapas del crecimiento económico, de 1959).

Una explicación oficial de la propuesta de Fernández—Teatro del Colegio Santa Rosa de Lima, sábado 4 de junio—vino en nota de prensa de IFEDEC, la institución que preside, del 26 de mayo, a raíz de reciente visita suya al estado Bolívar:

…enumeró los cinco puntos especiales que enmarca el proyecto de país “Venezuela 2013”, a saber, en primer lugar el fortalecimiento de la democracia, profundizando la descentralización e independencia y economía del poder público. Reactivación de  la economía, generando inversiones del sector público y privado. Superación de la pobreza, promoviendo educación de calidad. Cambios culturales, erradicando la dependencia exagerada del estado e impulsando la producción y la productividad.

Y por último, pero no menos importante, el cambio ético.“Ha habido un problema muy serio desde el punto de vista de los valores y el culto a la muerte. En este sentido, esperamos que el próximo Gobierno haga un esfuerzo por fortalecer los valores de la vida, de la rectitud, de la solidaridad social y el amor, ya que en el país hay una crisis de desamor”.

El amoroso tigre se ofrece a resolverla. Uno de los más notorios asistentes al acto de lanzamiento de la candidatura Fernández fue Enrique Mendoza, quien lo enfrentara en 1997 cuando entonces promovía la funesta candidatura de Irene Sáez. Noticias 24 reportó su opinión acerca del acto del sábado pasado: “Enrique Mendoza expresó su satisfacción por el contenido carismático del discurso”. Se trata de una evaluación muy apreciada por Fernández, quien sugirió sibilinamente a la revista Campaigns & Elections (marzo de 2011): “…quien sea candidato debe de ser alguien que pueda llenar esos valores y, si consideramos a alguien que combinara el carisma de Kennedy y la sabiduría de Mandela, sería ideal”.

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Un candidato a la Presidencia de la República no puede prometer una Venezuela mejor. A lo sumo, puede prometer un mejor gobierno. Es un error fundamental y extenso—no sólo lo admiten prácticamente todos los políticos, sin también muchísimos ciudadanos—creer que un presidente es el jefe del país. Hugo Chávez se entiende así, por supuesto, pero no es el único. Durante la campaña de 1998, fue frecuente la aparición de Henrique Salas Römer en Primer Plano, el programa que conducía Marcel Granier. En una de sus comparecencias, mientras argumentaba que la elección de 1998 sería crucial—tenía razón—, soltó esta frase para aludirse a sí mismo: “…porque aquel que pretenda gobernar sobre un país…” Esta idea de que se gobierna sobre un país es pretensión muy equivocada. No se gobierna sobre un país, se gobierna para un país.

Los argentinos tienen un uso peor que el de Presidente de la República; allá dicen Presidente de la Nación. Pero quien ejerce la primera de las magistraturas no preside la nación, ni siquiera la república; preside el gobierno nacional, la rama ejecutiva del poder público nacional. No puede, por tanto, ofrecer algo que sólo la república entera, la Nación misma es la llamada a producir. No es el gobierno, ni siquiera el Estado completo, quien puede lograr una Venezuela mejor.

Por lo demás, prometer una Venezuela mejor es una perogrullada, una seudoproposición. ¿Cómo podría uno oponerse a esa noción? Habría que ponerse en pie y pedir la palabra para vender la idea de una Venezuela peor. ¿Quién de los competidores de Fernández querrá proponer el debilitamiento de la democracia, la desactivación de la economía, la desinversión, una educación sin calidad y la capitulación ante la pobreza? ¿Quien de los que quieren competir con López propondrá “aumentar el número de fallecidos por la inseguridad”?

Si no somos capaces de desenmascarar y repudiar discursos tan perogrullescos, lo que vamos a tener es una Venezuela bastante peor. LEA

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El juramento de hipócrita

Antipático pero ético

hipocresía. (Del gr. ὑποκρισία). 1. f. Fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan.

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El Juramento Hipocrático es el primer código de ética profesional que la humanidad registra. Atribuido a Hipócrates (ca. 460-ca. 370 AC), recoge las estipulaciones básicas de una práctica ética de la Medicina. (En 1995, sirvió al sucrito como plantilla o modelo para componer y proponer un Código de Ética de la Política).

La política puede ser una práctica limitada por deberes, constreñida por normas éticas que aseguren el mejor desempeño de los políticos. Los ciudadanos en general, incluyendo principalmente a quienes no tienen la política por oficio, tienen, en cambio, todo el derecho de exigir una conducta ética en los profesionales de la política.

El Juramento cristianizado. Manuscrito bizantino s. XI (clic amplía)

Es exactamente eso el servicio ciudadano que nos prestara el Sr. Jordy Enrique Moncada Cartaya, quien escribió un artículo—Capriles se lanzó a lo Chávez—publicado por El Universal el viernes 6 de los corrientes. Así comienza Moncada su provechosa pieza: “Mas allá de la buena noticia que supone que el gobernador del estado Miranda, Henrique Capriles Radonski, haya dado el importante paso de asumir su candidatura para las Primarias de oposición, noticia que supone el compromiso de las nuevas generaciones con el progreso, estimamos conveniente dedicar algunas líneas a la forma en que lo hizo. Sí, en política importan las formas, gobernador”.

En el párrafo siguiente precisa: “Y es que anunciar una candidatura en un acto de la Gobernación que usted dirige, acto que se pagó con dinero de la misma, con el dinero de todos los mirandinos, quienes apoyan su candidatura y quienes no, acto que tenía como objetivo entregar ayudas a ciudadanos sin distinción política, supone cuando menos una equiparación a eso que queremos cambiar”. Y a continuación pregunta: “¿Cuántas veces no hemos criticado que el Presidente utilice actos oficiales para hacer proselitismo político? ¿Cuántas veces no hemos criticado que se utilicen las subvenciones oficiales para un interés político en particular? ¿Es acaso excusable utilizar un acto de la Gobernación para obtener un beneficio particular? ¿No es muy parecido a lo que hace Chávez?”

El remate de la lección y la exigencia que Moncada dirigió a Capriles Radonki es claro e irrefutable: “El martes, cuando usted se lanzó al ruedo, escogió un mal momento, nada costaba convocar una rueda de prensa, nada costaba convocar un acto de masas para hacerlo, pero usted decidió convocar a ciudadanos que necesitaban la ayuda que usted les iba a entregar en nombre de la Gobernación y los utilizó en su beneficio, jugó con la necesidad del tercero para hacer un anuncio que era de interés particular.  (…) Seguro que eso pasará debajo de la mesa, pero es preciso reflexionar al respecto, ¿para qué queremos el cambio? Cambiar para comportarnos de un modo tan parecido no tiene ningún tipo de sentido. Ojalá pueda usted disculparse con todos los mirandinos”.

Se supone que Primero Justicia, partido al que el gobernador de Miranda pertenece, es socialcristiano (“de centro humanista”), y por tanto estaría obligado a una ética política, pero lo que se ha visto en los municipios de Chacao y Baruta—Capriles fue antes Alcalde de Baruta—, esos Estados Vaticanos de “la gente decente”, es el persistente peculado de uso, que con gran razón repudia el Sr. Moncada Cartaya.

Todavía emplea la Alcaldía de Chacao tiempo y recursos para apoyar actividades de Leopoldo López, que ni siquiera tiene la excusa de ser funcionario de ese municipio. En Intercambio electrónico (9 de octubre de 2009), comentaba acerca de la promoción de una presentación proselitista del inhabilitado: “…sí me parece significativo que el origen de la sesión y su coordinación vinieran, como anunció Montero, desde la Alcaldía de Chacao; tenía entendido que López ya no es alcalde de ese municipio. No veo qué razón justifica que un funcionario del mismo, que además se hizo presente en la exposición, deba promover disertaciones de López sobre cuestiones extrañas a los asuntos municipales. ¿Peculado de uso?” Y para la oportunidad de las elecciones primarias de la Mesa de la Unidad Democrática que determinarían el 14% de sus candidatos a la Asamblea Nacional, afiches con membrete de la Alcaldía cuyo cargo principal ejerce Emilio Graterón, el hombre puesto allí por López, estimulaban la asistencia de los electores de Chacao a una actividad que reside fuera de su competencia.

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Las prácticas señaladas no son cosa reciente. La alcaldesa que inauguró el Municipio Chacao, Irene Sáez, autorizó que un teléfono para reportar semáforos que no funcionaran y otras cosas por el estilo fuera 800-IRENE. Ha podido ser algo menos personalista.

La alumna

El maestro

Por lo que respecta al estado Miranda, un famoso antecesor de Capriles, Enrique Mendoza, ponía vallas de 10 o 12 metro de ancho—por ejemplo, poco antes de llegar al Hospital Domingo Luciani de Caracas por la salida hacia El Llanito—con la imagen de unos zapatos deportivos y el mensaje “No pierdas la vida por ellos”. Bajo el texto, estaba escrito en grandes letras: “Enrique Mendoza”. Como la entonces Srta. Sáez, aupada luego por Mendoza como proyecto electoral de 1998, éste no tenía empacho en promover su persona con dineros de la gobernación que ejercía.

Pero no es sólo la gente socialcristiana, por supuesto, la que aprovechaba los recursos de despachos ejecutivos para fines de proselitismo partidista o electoral. Luis Alfaro Ucero, el hombre-maquinaria de Acción Democrática—largo tiempo fue su Secretario de Organización—, alcanzó fama de manipulador político, allá por la época cuando se acuñara la expresión “acta mata voto”. En 1998 fue, por un tiempo, el candidato de AD a la Presidencia de la República. Bueno, hace pocos días tuve la oportunidad de escuchar la explicación de la estrategia electoral de ese partido para las elecciones de precisamente ese mismo año. (Quien la describiera había sido él mismo un importantísimo dirigente de Acción Democrática).

El caballero descriptor contó que se decidió en 1998, con anuencia de COPEI, adelantar las elecciones de gobernadores que debían tener lugar el mismo día de la elección presidencial que terminó ganando Hugo Chávez. La razón de esta maniobra fue que AD poseía información que indicaba que el partido obtendría trece gobernaciones; como los gobernadores que resultarían electos eran los jefes de campaña de Alfaro en sus respectivos estados, ellos garantizarían—dijo el ponente—su triunfo en la carrera presidencial.

Esa sola admisión ya bastaba para entender cómo manejaba AD las batallas electorales, pero en verdad requería una precisión histórica. Las encuestas ya daban a Chávez como el más probable ganador, una vez que la candidatura de Irene Sáez—Miss Titanic—se hundiera verticalmente con gran rapidez. (Luego de que abandonara su carácter no bipartidista para empatarse con COPEI y retratarse con Luis Herrera Campíns, Presidente del partido verde, quien explicó en la Convención de Caraballeda que lanzó a la ex Miss Universo:

“…les voy a decir por qué creo que necesitamos ganar: no por ustedes, que al fin y al cabo—unos por razón de experiencia estamos jubilados, otros por razón de méritos están desempeñando importantes responsabilidades en los organismos representativos—tenemos nuestro medio de vida asegurado, ni de la mayor parte de los dirigentes municipales y regionales del partido que también tienen su vida, por lo menos a corto plazo, asegurada. No, no por ellos, sino por los que no tienen cargos en la burocracia, por los que no tienen acceso a la administración pública para plantear sus problemas y que se los resuelvan, para que se les escuche su pobreza, para que se les dé una muestra de afecto y de solidaridad, que se los podría dar un Presidente copeyano o un gobierno donde el Partido COPEI sea también partido de gobierno…”

Entonces, cuando parecía que Irene Sáez no detendría a Chávez—además, poco después se le cayó la estatua de Bolívar en la Plaza de Chacao, se dejó vestir y peinar en imitación de Evita Perón y, más gravemente, no tuvo más remedio que abrir la boca—y la candidatura de Alfaro Ucero no terminaba de arrancar, se le ocurrió a alguien que un cerco de gobernadores del bipartidismo pudiera mantener a raya al candidato del MBR-200, quien quedaría “aislado en su posición central”.

Pero Alfaro era, al decir del propio Herrera Campíns “un hombre serio”. Cuando supo de la ocurrencia, dijo que eso se haría sobre su cadáver, puesto que el Congreso de la República acababa de reformar la Ley Orgánica del Sufragio—diciembre de 1997—y había hecho que coincidieran las elecciones presidenciales y de gobernadores. No era nada serio, opinó indignado, que sólo seis meses después el mismo congreso hiciera lo contrario en una maniobra electorera burda que no pasó inadvertida a los electores de 1998.

Acción Democrática complació a Alfaro: pasó por sobre el cadáver político que Alfaro le parecía, lo desconoció como candidato y cambió en menos de 24 horas la cerradura de su comando de campaña, donde no pudo entrar quien un día antes era el hombre más poderoso del partido.

………

Estas cotas de desvergüenza, no obstante, han sido largamente superadas por quien fue su beneficiario en 1998: Hugo Chávez Frías. No hay en nuestra historia republicana un aprovechamiento de los recursos públicos en beneficio sectario tan extenso, tan intenso, tan insolente, tan obsceno, como el del aparato de dominación establecido por Hugo Chávez Frías. El culto a la personalidad que fue notorio en Antonio Guzmán Blanco es juego de niños, en comparación con el que permite Chávez en adulación suya y promoción de su persona política. Hubiera querido el hijo de Antonio Leocadio aunque fuera una sola gigantografía con su efigie, como las que han ofendido los ojos ciudadanos a cargo de los presupuestos de ministerios y otras agencias—el SENIAT y el Metro de Caracas muy notoriamente—en procura de ventajas políticas y electorales de quien es hoy el Presidente de la República de Venezuela, que de bolivariana no tiene un ápice.

Claro, Jordy Moncada tiene razón al señalar a Capriles Radonski que “luego de 11 años de actos condenables no se puede dar un primer paso copiando las formas que tanto criticamos y deseamos cambiar”. Chávez es descarado en asuntos de peculado de uso, pero si lo que lo diferencia de políticos que se presentan como si fueran moralmente superiores no es lo cualitativo del abuso, sino su cantidad; si Chávez fuera meramente un maleducado que no observa las formas de una urbanidad política que él desprecia y los demás cuidan por aparentar decencia política, entonces la política opositora es la hipocresía. Esto equivale, diría Sri Radhakrishnan, a criticar al lobo no porque se come al cordero, sino porque lo hace sin cubiertos.

El gobierno demasiado largo de Hugo Chávez es muy pernicioso, y no sólo porque no come con cuchillo y tenedor. LEA

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Jurado vacuno

el_nacional

Hace ya tiempo que asenté la convicción de que una de las más esenciales y democráticas instituciones sociales es la institución del jurado, la del juicio por pares, que pone en manos de los ciudadanos iguales a uno la terrible responsabilidad de determinar la culpabilidad de un indiciado en un juicio penal. Naturalmente, el jurado es un grupo de personas, un cuerpo colegiado cuyo tamaño varía, pero que usualmente se compone de doce ciudadanos elegidos con sumo cuidado, celo que es garantizado por muy elaboradas y consideradas prescripciones desarrolladas a lo largo de los siglos.

Pero he aquí que el lunes 20 de abril leo, como todos los días, el diario El Nacional y me encuentro con que un jurado unipersonal, un Jurado que es además Toro, emite un veredicto condenatorio de la periodista y profesora Marta Colomina, por el terrible y doble delito de manifestar abiertamente su desacuerdo y su crítica respecto de la candidatura de una ex Miss Universo y de haber deslizado algún comentario ante la proposición de aclamar la candidatura de quien hace no mucho yo llamé Miss Titanic. (Por aquello de lo inundible del legendario transatlántico).

No sé quién es el Sr. Jurado Toro. No guardo en mi memoria dato alguno sobre su trayectoria, ni he leído ninguna de las obras que dice haber publicado, aunque puedo decir que tampoco tengo apetito por leerlas, pues si su artículo contra la profesora Colomina es un botón de muestra, está muy claro que escribe bastante mal. Y tampoco siento necesidad de averiguar de él más nada. Soy poco dado a ese falacioso modo de argumentar ad hominem, que en vez de descalificar las argumentaciones a las que uno se opone, procede en cambio a descalificar a quien las profiere.

Pero tengo que desmentir rotundamente las muy amargas y retorcidas aseveraciones del Sr. Jurado Toro, porque creo que Marta Colomina no debe descender al defectuoso nivel de razonamiento del articulista de marras. Toca a nosotros defender de la estulticia a quien es hoy por hoy una cátedra cotidiana de la comunicación asentada sobre firmes principios éticos.

Primero. Ignoraba que fuese censurable ser español-catalán, nuevo grupo étnico que Jurado Toro parece aborrecer y que incluye unos cuantos nombres egregios, como los de Casals y Gaudi, o el de Grases entre nosotros, por escoger tres de una lista interminable. ¿Es que los apellidos Jurado y Toro son apellidos no españoles? ¿Son alemanes o japoneses acaso? Que se esgrima un origen de nacimiento como descalificación, en momentos cuando el mundo construye aceleradamente una civilización planetaria, constituye una abominable y muy obsoleta postura chauvinista.

Luego Sr. Jurado-Toro, no es precisamente por “posiciones acomodaticias” por las que Marta Colomina es conocida. Por lo contrario, me consta, como a muchos otros, su valiente rechazo de ofertas monetarias de quienes creyeron que podrían comprar su silencio ante la banal candidatura de la Srta. Sáez, lo que les hizo luego cambiar las ofertas por amenazas. Y me consta también de otras valerosas actuaciones que el espacio me impide detallar y cuya relación no hace la más mínima falta.

Es cierto, Sr. Jurado-Toro, que la profesora Colomina fue acusada por presuntos delitos de salvaguarda en su conducción de Venezolana de Televisión. Pero ¿sabía Ud. que por decisiones unánimes del Tribunal Superior de Salvaguarda y la Corte Suprema de Justicia Marta Colomina fue absuelta absolutamente de toda culpa al demostrarse la insustancialidad de todas las acusaciones? ¿Sabía Ud. que entre los “honestos trabajadores” que despidió se encontraban con facilidad parásitos y reposeros que la amenazaron con vengarse de su, otra vez, valiente decisión de separarlos de la teta pública? Ojalá, Sr. Jurado-Toro, hubiera más funcionarios públicos con la dignidad y el valor de la profesora Colomina.

Y puedo certificarle, Sr. Jurado-Toro –¿venezolano-oriental, venezolano-maracucho, venezolano-llanero?– porque conozco al doble fruto de la maternidad de Marta Colomina, que no hay abandono de su papel de madre, ni tampoco de los otros papeles que Ud. dice ella ha abandonado, como pueden atestiguar, por ejemplo, sus muchos discípulos y discípulas de la universidad. Yo conocí a sus hijas primero que a Marta Colomina, y por su excepcional calidad humana y profesional ya pude suponer la excepcional calidad de la madre. Si sus hijas llegasen a leer sus desacertados denuestos estoy seguro que preferirían la risa a la indignación, tan absurdas son las acusaciones que Ud. endilga a una madre a la que adoran.

De resto, Sr. Jurado-Toro, Ud. debe estar muy solo en la apreciación de que Marta Colomina importuna a los venezolanos a través de la prensa y la televisión. (Se le olvidó la radio). No Sr. jurado unipersonal: más bien Marta nos oportuna. Más bien Marta nos ilustra y nos guía. Si hay algo bueno en el periodismo de los últimos años en Venezuela eso es lo que ha venido escribiendo y diciendo Marta Colomina. Como es evidente que Ud. mismo no logra encontrar otro mérito que no sea el cosmético en la candidata que Ud. desea aclamar. Ud. no ofreció otro argumento que no fuese el de que la Srta. Sáez es “la mujer más bella, admirada y conocida de la Venezuela actuante” y el de que ostenta una “elegantísima manera de vestir”. ¿Es que puede Ud. darse cuenta de su propia indigencia argumental?

LEA

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