La política del insulto

El militarismo: ingrediente esencial del fascismo

El militarismo: ingrediente esencial del fascismo

 

In order to understand this new period in Venezuelan politics the focus should be centered in an anthropological approach, in the sense of understanding that a totally new set of political values and styles has emerged with Chávez’ ascension to power. This implies, among other things, discarding common analyses of his ‘breaches of political etiquette’ in order to grasp essential processes.

Understanding Chavez, Presentación a British Petroleum Exploración de Venezuela, 21 de junio de 2000

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La llegada del chavismo al poder fue el arribo de una nueva cultura política al país. Nuevos símbolos, nuevos usos, nuevos estilos. Una clara anticipación de esta llegada se encuentra en El laberinto de los tres minotauros, del filósofo apureño—Doctor en Filosofía y Filología de la Universidad de Viena, luego Profesor de la Universidad de Los Andes—José Manuel Briceño Guerrero. En la Ficha Semanal #46 de doctorpolítico (17 de mayo de 2005) dejé constancia que supe de eso “por una cadena de mediaciones”:

El noble arquitecto y diseñador, mejor amigo, Juan Bravo Sananes, me envió desde Maracaibo el dato que a su vez había recibido de su hermano, residente en Canadá: el soplo acerca de un blog extraordinario, cuyo responsable es el venezolano Francisco Toro Ugueto, que lo alimenta desde Maastricht. En particular Juan refería un trabajo de Toro sobre el libro El laberinto de los tres minotauros, del profesor José Manuel Briceño Guerrero, que enseña en la Universidad de Los Andes desde 1962. (En ese año llegaba a Mérida precedido de un aura de sabio; tuve entonces la oportunidad de escucharle tres “conferencias contradictorias” sobre materialismo dialéctico e histórico). Para completar la secuencia de mediaciones, hay que anotar que Toro se dio a la tarea de traducir al inglés extensos trozos de la obra de Briceño Guerrero, los que hizo preceder de sus propias notas y reflexiones.

Es de Toro esta penetrante lectura: “…explica no sólo por qué existe el chavismo, sino también por qué tiene éxito. La atracción política de Chávez está basada en el lazo emocional que su retórica crea con una audiencia que resiente profundamente su marginalización histórica. Funciona al hacerse eco de la profunda resaca de furia de los excluidos, una furia que Briceño Guerrero explica poderosamente. La retórica de Chávez está basada en una comprensión intuitiva profunda del discurso no occidental/antirracional en nuestra cultura, un discurso que ha sido alternadamente atacado, descontado y negado por generaciones de gobernantes de mentalidad europea. Chávez valida el discurso salvaje, lo refleja y lo afirma. Lo encarna. En último término, transmite a su audiencia un profundo sentido de que el discurso salvaje puede y debe ser algo que nunca ha sido antes: un discurso de poder”.

La iracundia, pues, es un elemento primario del chavismo; no es de extrañar que el insulto sea un rasgo definitorio de su proceder político.

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Los tres discursos americanos

Los tres discursos americanos

La tesis fundamental de Briceño Guerrero es que en América coexisten tres discursos que no se mezclan, pues son incongruentes: el Discurso Racional-Occidental (que vino con la civilización europea, la de las ideas y la alta cultura), el Discurso Mantuano (el de la dominación criolla de los descendientes españoles que se apoya en la religión) y el Discurso Salvaje (el de los pobladores originales y los negros traídos para la esclavitud, que derriba la estatua de Cristóbal Colón y pone en el Parque del Este que rebautiza Parque Miranda la réplica del Leander mirandino en lugar de la Nao Santa María). Como destaca Toro, el talento de Briceño Guerrero “radica en su capacidad de mimetizarse con cada uno de los tres discursos que describe: poco a poco, en cada una de las tres partes del libro, se va pasando a la primera persona, deja de describir el discurso y comienza a encarnarlo, a asumirlo, y a expresar—así en primera persona—sus contradicciones internas”. Así escribe como si no hubiera estudiado en Viena, como si fuera salvaje:

Las colinas, los bosques, los prados, los animales y las plantas tienen amo, tienen propietario. Yo camino sobre tierra ajena, donde soy tolerado como sirviente; y no hay ningún sitio que yo pueda llamar mío. Con mi trabajo pago a duras penas las cosas que consumo y el alquiler de las que uso. Uso y consumo las peores y aun así logro escasamente sobrevivir. Todas las cosas se cambian por dinero; mi trabajo también. Pero la cantidad de dinero que obtengo no me alcanza para comprar las que necesito. Ando manga por hombro y crío hijos malsanos condenados a vender su sangre.

A veces los amos tienen rostro latifundista, patrón. Yo les digo “Sí amito, sí patrón, lo que Ud. mande, jefe, ya mismo Don Ra-amón”. Pero cada día es más frecuente que no tenga rostro y se llame compañía anónima, ministerio, instituto, comité central, empresa transnacional; me entiendo sólo con capataces o funcionarios. De nada me sirve matar a los amos porque vienen sus herederos a tomar posesión; de nada me sirve matar a unos capataces o funcionarios porque nombran otros de inmediato, tal vez peores; sin contar los castigos y represalias.

Sé que mi presencia les repugna, que les doy asco, que si pudieran prescindir de mi trabajo (sustituyéndome por máquinas, por ejemplo), me eliminarían físicamente, me exterminarían como a ratas.

Camino encogido, con la cabeza gacha, reverente y como pidiendo perdón por existir, sobre la misma tierra donde mis ancestros se erguían altivamente para respirar a pleno pulmón el aire de su mundo en la holgura de la patria; pero hubo un combate y fueron vencidos. Pelearon y perdieron; nosotros heredamos el oprobio de su derrota así como ellos, los otros, los de arriba, aquellos a cuya merced estamos, heredaron los privilegios de la victoria. ¿Podemos preparar otro combate, la revancha, una batalla a campo abierto, con clarines, en un día brillante de banderas y metales bruñidos, o perseveraremos en esta sórdida situación de resentimiento, saboteo, doblez, odio reprimido, envidia y papel?

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La fina pluma de Ángel Bernardo Viso corrobora y justifica de algún modo el airado reclamo de los diferidos en sus Memorias marginales: “La teoría del gendarme necesario, inventada por razones de praxis política, responde al temor de las clases sociales conservadoras ante el riesgo de una incivilizada conducta popular. (…) El temor a los pardos sirve así para justificar a Gómez, como hubiese servido en el caso de otro dictador absoluto; se les teme por insumisos, en potencia o en acto, desde el día en que los dos bandos en pugna, al comenzar la rebelión republicana, quisieron conquistar su apoyo y permitieron sus desmanes; para impedir éstos y construir la República, se requiere mano dura: los pardos son hijos del rigor…”

La contradicción histórica en que incurre la clase dominante—cuyo refinado fruto es Cesarismo democrático—tiene numerosos antecedentes en otras latitudes y en otros países: esa clase olvida la mansedumbre de los pardos durante la Colonia, a pesar de algunas sublevaciones aisladas, hasta el espléndido crepúsculo de aquélla en el siglo XVIII; incitados por los mantuanos, y, ante el acoso de éstos, por los realistas, a subvertir el orden político y social, son temidos luego por los descendientes de sus mentores, en busca de un gendarme para contener su amenaza. La dictadura propuesta con tan buenas razones, y en nombre del positivismo científico, esconde un miedo irracional profundo: la nostalgia del pasado, del tiempo en que los esclavos obedecían y las numerosas servidumbres permitían el ocio de los señores. El pasado regresa, en forma de teorías, que en verdad son fantasmas.

Más de una vez adujo Hugo Chávez que él era el dique de contención de esa furia ancestral.

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El chavismo trajo consigo rasgos endurecidos, actitudes agresivas, técnicas útiles para su dominación, destinadas al descrédito y el amedrentamiento. La nomenclatura maniática del oficialismo es una de sus manifestaciones; Chávez fue el gran nomenclador despectivo de la comarca—escuálidos, Cuarta República, majunche—, y sus herederos han continuado esa práctica. Toman prestados los insultos del marxismo—burguesía (que viene de burgo, ciudad) y oligarquía (que es la patología de la aristocracia)—y etiquetan a mansalva con epítetos insultantes. Uno de sus favoritos es fascista, y en su primitivo e inconsistente razonar emplean ese cognomento con inexactitud. En el fondo, nada nuevo; en tiempos del forcejeo de la Rusia y la China comunistas (1960-1989), la gente de Mao Zedong llamaba fascistas a los rusos, y la de Khrushchev hacia lo propio con sus antiguos aliados chinos.

Hay fascistas de izquierda

Hay fascistas de izquierda

El fascismo, por supuesto, era la ideología de Benito Mussolini, acogida interesadamente por Adolfo Hitler, Francisco Franco Bahamonde y Juan Domingo Perón; en cierta forma, por Marcos Pérez Jiménez, dictador admirado y defendido por Hugo Chávez. El componente fundamental del fascismo es la glorificación y primacía del Estado, que se supone encarnado en el líder, sea éste Duce, Führer, Caudillo, Corazón de la Patria o Comandante Eterno. El fascismo no es ni izquierda ni derecha; de hecho, más de una vez se le presentó como tercera vía, la misma designación de la Doctrina Social de la Iglesia y la postura de Tony Blair, que Chávez dijo seguir en comparación expresa con el político inglés. El fascismo es dictadura fundada en el militarismo: “Fascists seek to unify their nation through a totalitarian state that promotes the mass mobilization of the national community, relying on a vanguard party to initiate a revolution to organize the nation on fascist principles. Hostile to liberal democracy, socialism, and communism, fascist movements share certain common features, including the veneration of the state, a devotion to a strong leader, and an emphasis on ultranationalism and militarism”. (Wikipedia). Si algo parece fascismo es el chavismo, y por eso sería apropiado que el oficialismo venezolano no llamara fascistas a sus adversarios.

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Si uno entendiera, ayudado por Briceño Guerrero y Viso, que el chavismo no es un mero capricho gratuito, los gobernantes venezolanos podrían comprender que el combustible de la ira es una guía neurótica de la política. Prácticamente todas las conductas que critican y desprecian se encuentran en ellos mismos, y todas son rasgos de la humanidad, no propias de la condición de empresario o profesor universitario. Censuran al Imperio, pero se conducen imperiosamente; se justificaron originalmente como rebelión ante las prácticas corruptas de políticos que los precedieron, pero ahora declaran la emergencia nacional contra la corrupción y convierten eso en pretexto de poderes absolutos; llaman golpistas a sus contendores y surgieron de asonadas.

El chavismo es una enfermedad: una fiebre que vino de una larga pobreza, de un longevo sufrimiento; pero es tiempo de que ceda. Su existencia conduce a cosas malas, muy malas. Briceño Guerrero vio asimismo con claridad la patología revolucionaria:

He visto también—deseara no haberlo visto—que la revolución, caso de ser practicada en serio y caso de triunfar, conduce a formas de injusticia y opresión más abominables que las actuales. Esas formas nuevas de injusticia y opresión las he visto en los ojos y en las palabras de los dirigentes más sinceros, más esforzados, más leales a la causa. Se sienten salvadores mesiánicos, avatares de la historia; creen conocer mis intereses, mis deseos y mis necesidades mejor que yo mismo; no me consultan ni me oyen; se han constituido por cuenta de ellos en representantes míos, en vanguardias de mi lucha; son tutelares y paternalistas; prefiguran ya el Olimpo futuro donde tomarán todas las decisiones para mi bienestar y mi progreso; las tomarán y me las impondrán en nombre mío, a sangre y fuego en nombre mío. Yo bajo la cabeza diciendo “Sí camarada, sí compañero, eso es lo que hay que hacer, tiene razón, viva”. Les sigo la corriente para que no me peguen y para no desanimarlos; pueden producir esos momentos de relajo, de caos, cuando parpadea la vigilancia de los gendarmes, cuando puedo descargar impune mi rencor, mi cólera reprimida, mi odio; después de todo, ese alivio esporádico es el mendrugo que me toca en el tejemaneje revolucionario mientras llegan días peores, los del triunfo revolucionario.

Chávez, para bien o para mal, fue una figura descomunal, un líder de proporción heroica; adquirió “…una estatura mundial que, independientemente de su corrección, es superior a la de cualquier candidato emergido o emergente y a la de cualquier otro presidente venezolano de la historia, en verdad segunda sólo tras la de Bolívar”. (Tío Conejo como outsider). Lo hicieron y rompieron el molde, y Nicolás Maduro sólo tiene una forma de adquirir significación: superar su odio.

A unos petroleros ingleses que querían “entender a Chávez” les propuse la metáfora del Mulo el 21 de junio de 2000: “The appearance of an unforeseen mutant and sterile powerful leader (The Mule), in the second volume of Isaac Asimov’s trilogy Foundation, can serve as a metaphor for understanding Chávez’ phenomenon. It may be sterile in the sense of not being able to produce a successor with his same features”.  Maduro no debe, no puede empeñarse en ser calco de Chávez; si va a servir a su pueblo, es como su unificador. En la medida en que continúe la política del injusto insulto agresivo, inexacto e inútil, dañará más a Venezuela, necesitada de reconciliación. Tiene que dejar atrás la lucha fratricida, aunque Nicmer Evans se moleste. LEA

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Una sociedad neurotizada

La menor suma de felicidad posible

En vista de la miseria sin paralelo que los regímenes totalitarios han significado para sus pueblos—horror para muchos e infelicidad para todos—es doloroso darse cuenta de que siempre estuvieron precedidos por movimientos de masas y que mandan y descansan sobre el apoyo de las masas hasta el final. El ascenso de Hitler al poder fue legal en términos de la regla de la mayoría, y ni él ni Stalin podrían haber mantenido el liderazgo de grandes poblaciones, sobrevivido a muchas crisis interiores y exteriores y capeado numerosos peligros de las incesantes luchas intrapartidistas si no hubieran tenido la confianza de las masas. Tampoco puede atribuirse su popularidad al triunfo de una propaganda hábil y mentirosa sobre la ignorancia y la estupidez. La propaganda de los movimientos totalitarios que precedió y acompañó a los regímenes totalitarios es invariablemente tan franca como mendaz, y los futuros gobernantes totalitarios usualmente comienzan sus carreras jactándose de sus crímenes pasados y perfilando meticulosamente los futuros.

Hannah Arendt

Los orígenes del totalitarismo

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En una carta a Arturo Sosa hijo, ex Ministro de Hacienda del gobierno de Luis Herrera Campíns—fechada el 7 de septiembre de 1984 y recogida en Krisis: Memorias Prematuras—, describía un nuevo tipo de organización política, pues ya hacía más de un año que había diagnosticado a nuestros partidos de la época como asociaciones con esclerosis de sus marcos mentales, constitucionalmente ineficaces ante los problemas públicos más importantes de la época. En una compacta enumeración de rasgos de la nueva organización le puse:

Una sociedad (…) que al mismo tiempo establezca una comunicación regular con sus miembros que trascienda la esporádica convocatoria a un “acto de masas”. Una sociedad que nunca más se refiera a sus miembros como “masa”.

Me es, por tanto, chocante la redacción de Hannah Arendt, que reitera la referencia a los pueblos de Alemania y Rusia con el cognomento, usualmente despectivo, de “masas”. Pero Arendt habla con la verdad en todo el resto del epígrafe; el totalitarismo es sólo posible con la anuencia popular. Es una sociedad de psiquis enferma, que normalmente corresponde a una dolencia o varias del soma social, lo que presta base a la implantación de un régimen totalitario en su seno. Un siglo antes que ella, John Stuart Mill describía, en lenguaje propio del romanticismo, la misma patología:

Un pueblo puede preferir un gobierno libre, pero si, por indolencia, descuido, cobardía o falta de espíritu público, se muestra incapaz de los trabajos necesarios para preservarlo; si no pelea por él cuando es directamente atacado; si puede ser engañado por los artificios empleados para robárselo; si por desmoralización momentánea, o pánico temporal, o un arranque de entusiasmo por un individuo, ese pueblo puede ser inducido a entregar sus libertades a los pies de incluso un gran hombre, o le confía poderes que le permiten subvertir sus instituciones; en todos estos casos es más o menos incapaz de libertad: y aunque pueda serle beneficioso tenerlo así sea por corto tiempo, es improbable que lo disfrute por mucho.

La sociedad que permite lo que Mill describe sufre grandemente antes de escoger la dominación, antes de creer que en ella puede estar la solución a sus males. Al comentar en junio de 1986—en la Introducción a Dictamen—la manera “realista” de ejercer comúnmente la actividad política, quise describir la paciente espera de un pueblo sufrido, que tiene límite:

El político que piensa de ese modo, o que por lo menos enfatiza demasiado los aspectos egoísta y codicioso en la imagen que se forma del otro, ha comenzado a ser anacrónico, y si se sustenta es sólo por la tendencia de los pueblos a que el logro de su felicidad sea al menor costo posible. Una revolución, un cambio repentino, es recurso que los pue­blos preferirían no emplear. Por eso se sostiene el político de la Realpolitik. Porque sería preferible, en vista de lo profundo de los cambios que hay que hacer, que el re­levo en el mando se hiciera gradualmente, para no añadir un cambio más. Es por tal razón que los pueblos esperan, primero, que sus gobernantes aprendan y entiendan, que sus gobernantes resincronicen y favorezcan los cambios. A menos que sus gobernan­tes decidan no cambiar, y entonces también todo el pueblo se pasa, por un trágico momento, al bando de la “política realista”. También le ocurre a los pueblos que en oca­siones se sienten moralmente obligados a ganar por todos los medios.

La parodia de Chaplin

No es, entonces, por placer irresponsable que los pueblos se ponen en las manos de un líder de clara vocación autocrática. La República de Weimar que Hitler sucediera no pudo resolver la pobreza extendida en Alemania desde la primera posguerra mundial hasta 1933. Antes, incluso, del crash bursátil de 1929, los alemanes vieron cómo su moneda dejaba de tener el más mínimo valor: llegó a cambiarse un dólar por trescientos millones de marcos, y la gente que podía iba forzosamente a la casa de abasto para comprar víveres con una carretilla llena de billetes. En tal circunstancia, tenía sentido el repudio nacionalista a las imposiciones del Tratado de Versalles sobre Alemania, que la hacía única culpable de la guerra desatada en 1914 y le cobraba onerosísimas reparaciones monetarias, y Adolfo Hitler estaba allí para dirigirlo y para señalar al expiatorio chivo judío que su locura imaginó como explicación de todo el sufrimiento.

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Los mecanismos de esta patología política son casi evidentes. En Locos egregios, el psiquiatra español Juan Antonio Vallejo-Nágera expone cómo funcionan: “¿Qué es lo que impulsa a las masas a unirse en torno a un hombre y someterse a sus dictados? Básicamente, la proyección de sus anhelos en la persona del líder y la esperanza de que éste los satisfaga. Estos deseos, en parte conscientes, pero también inconscientes, se polarizan en: a) La búsqueda de seguridad. Se obedece para sentirse protegido; b) Resentimiento y deseos de revancha. Se unen y obedecen para ser más potentes en la agresión”. Un autor venezolano, José Manuel Briceño Guerrero, profesor de Filosofía de la Universidad de Los Andes, ensambló entre 1977 y 1982 El laberinto de los tres minotauros, obra que, por tanto, no podía referirse a Hugo Chávez, puesto que faltaba una década para su primera impronta en la conciencia nacional. En la última sección de su libro, Discurso salvaje, Briceño Guerrero describe el contenido de la indignación que Chávez explotaría:

Las colinas, los bosques, los prados, los animales y las plantas tienen amo, tienen propietario. Yo camino sobre tierra ajena, donde soy tolerado como sirviente; y no hay ningún sitio que yo pueda llamar mío. Con mi trabajo pago a duras penas las cosas que consumo y el alquiler de las que uso. Uso y consumo las peores y aun así logro escasamente sobrevivir. Todas las cosas se cambian por dinero; mi trabajo también. Pero la cantidad de dinero que obtengo no me alcanza para comprar las que necesito. Ando manga por hombro y crío hijos malsanos condenados a vender su sangre. (…)

Camino encogido, con la cabeza gacha, reverente y como pidiendo perdón por existir, sobre la misma tierra donde mis ancestros se erguían altivamente para respirar a pleno pulmón el aire de su mundo en la holgura de la patria; pero hubo un combate y fueron vencidos. Pelearon y perdieron; nosotros heredamos el oprobio de su derrota así como ellos, los otros, los de arriba, aquellos a cuya merced estamos, heredaron los privilegios de la victoria. ¿Podemos preparar otro combate, la revancha, una batalla a campo abierto, con clarines, en un día brillante de banderas y metales bruñidos, o perseveraremos en esta sórdida situación de resentimiento, saboteo, doblez, odio reprimido, envidia y papel?

J. M. Briceño Guerrero

El ojo del filósofo penetra más adentro, y predice la nueva alienación del oprimido a los jefes de la revolución que se planteó para, supuestamente, reivindicarlo:

Suele ocurrir también que pardos de ambición impaciente quieran forzar el ascenso dentro de su categoría, acelerarlo para llegar por un canal extraordinario al rango superior. Entonces se sirven de nosotros; nos organizan política o militarmente con una ideología revolucionaria, con planes revolucionarios, con promesa de cambios radicales. Nos hacen combatir y cuando logran llegar a importantes magistraturas desde donde se acomodan, se desligan de nosotros o nos mantienen organizados en las capas bajas de partidos políticos reformistas, en calidad de clientela y tropa de choque. (…)

En cambio ellos sí logran sus fines; además de mantenerme en cintura, canalizan mi torrente hacia sus molinos, me cogen de escalera, arriman mi brasa a su sardina.

Amonedan mi furia para comprar poder los dirigentes revolucionarios. Se vuelven ricos con la plusvalía de esa empresa llamada lucha revolucionaria en la que yo pongo mi fuerza de combate, mi capacidad de sacrificio, mi agonía, Plusvalía revolucionaria. (…)

He visto también—deseara no haberlo visto—que la revolución, caso de ser practicada en serio y caso de triunfar, conduce a formas de injusticia y opresión más abominables que las actuales. Esas formas nuevas de injusticia y opresión las he visto en los ojos y en las palabras de los dirigentes más sinceros, más esforzados, más leales a la causa. Se sienten salvadores mesiánicos, avatares de la historia; creen conocer mis intereses, mis deseos y mis necesidades mejor que yo mismo; no me consultan ni me oyen; se han constituido por cuenta de ellos en representantes míos, en vanguardias de mi lucha; son tutelares y paternalistas; prefiguran ya el Olimpo futuro donde tomarán todas las decisiones para mi bienestar y mi progreso; las tomarán y me las impondrán en nombre mío, a sangre y fuego en nombre mío. Yo bajo la cabeza diciendo “Sí camarada, sí compañero, eso es lo que hay que hacer, tiene razón, viva”. Les sigo la corriente para que no me peguen y para no desanimarlos; pueden producir esos momentos de relajo, de caos, cuando parpadea la vigilancia de los gendarmes, cuando puedo descargar impune mi rencor, mi cólera reprimida, mi odio; después de todo, ese alivio esporádico es el mendrugo que me toca en el tejemaneje revolucionario mientras llegan días peores, los del triunfo revolucionario.

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Vallejo-Nágera pregunta y responde, en el capítulo que dedica a Consideraciones sobre el poder político y psicopatología:

¿Está condicionada la humanidad a sentirse arrastrada sólo por líderes de gran potencia carismática, enraizada en tendencias neuróticas de agresividad tan fuertes e insatisfechas que despiertan y agrupan a las del mismo sentido que tienen latentes las masas? ¿Puede engañársenos con el señuelo artificial de un carisma inventado por los creadores profesionales de una imagen política, que al montarse sobre una personalidad endeble se derrumbará en los momentos de crisis, cuando su fuerza carismática, en realidad inexistente, sería necesaria para la defensa colectiva? ¿No es posible la agrupación en torno a un líder, sereno, equilibrado, que a la vez con fuerza y mesura sepa conducir sin avasallamiento? Sí, es posible, pero hemos querido mostrar con estos comentarios lo fácil que resulta el engaño.

Esto es, las sociedades enferman, pero también se curan. La enfermedad venezolana, por más desesperante que sea para una parte importante de la nación, es mucho más leve que la que aquejara a Alemania con Hitler. Éste país aprendió de su horrorosa dictadura y fue capaz de recomponerse a partir de la esquizofrenia posterior, representada por el muro de Berlín, que le dio una doble personalidad. Debiera ser más fácil la recuperación para nosotros. LEA

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El doctor de París vs. el de Viena

Estudiosos de la dominación: Enrique Dussel – José Manuel Briceño Guerrero

 

Enrique Dussel era argentino y ahora es mexicano. Tiene un doctorado en Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid y uno en Historia de la Sorbona. Se ocupa filosófica e históricamente del tema de la liberación. (Con preferencia por la opresión de Felipe Calderón sobre la liberación de Cristina viuda de Kirchner). Es un intelectual que atrae recientemente la atención de Hugo Chávez—quien usa y abandona intelectuales izquierdosos luego de inconstantes enamoramientos—y por eso acaba de recibir (15 de noviembre) el Premio Libertador al Pensamiento Crítico. Las sinuosas “líneas de Chávez” de esta semana, cursis y aburridas como siempre, declaran: “Para Dussel, desde la izquierda no se ha analizado suficientemente la función del liderazgo en el crecimiento de la democracia participativa. El liderazgo es un servicio y un magisterio obediencial, democrático y político: ello es así porque el liderazgo aparece simultáneamente con la emergencia del pueblo como actor colectivo y sólo puede entenderse dentro de los límites de una democracia participativa y representativa. El liderazgo es obediencial—¡qué bueno una palabra insólita que suene inteligente y especializada!—con respecto al pueblo y debe ser obediente a sus exigencias y necesidades: sólo se puede gobernar obedeciendo”. Debe ser por esto que obedece a Fidel Castro.

El mismo Dussel dijo al recibir el premio: “Dicho liderazgo aparece simultáneamente por emergencia del pueblo como actor colectivo. El que lo ejerce tiene plena conciencia de los límites de su poder simbólico, que es siempre delegado e investido por el pueblo que es la última instancia soberana. El liderazgo político legítimo se transforma en lo contrario, cuando se fetichiza—casos Hitler y Pinochet—, olvidando el cumplimiento de las exigencias democráticas requeridas”. (Interesadamente, Dussel optó por no mencionar los casos de Castro o Stalin como evidentísimas instancias de “fetichización”. Le habrían quitado el premio).

Chávez no ha obedecido al pueblo jamás. Las encuestas de 1991 mostraban que una clara y abrumadora mayoría del pueblo no quería aventuras golpistas para resolver el agudo problema del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez; sin embargo, Chávez hizo caso omiso y se alzó a comienzos del año siguiente. Ocasiones no han faltado en las que gente del pueblo ha logrado acercársele para pedir y reclamar y la rechaza, con el argumento de que él es el líder del proceso y sabe lo que está haciendo. Si el pueblo usuario del Metro de Caracas osa expresar “sus exigencias y necesidades” es entonces encarcelado, y los trabajadores de Barrio Adentro que se acercan a Miraflores también son reprimidos y detenidos, aun cuando sean partidarios del Presidente. El 17 de julio de 2003, en la Carta Semanal #45 de doctorpolítico, recordé lo siguiente:

Pero el propio Chávez carece del más mínimo respeto por el valor político de los Electores. Cuando comenzaba 1998 y la campaña electoral de ese año arrancaba definitivamente, el chavismo anunció que forzaría la convocatoria de una asamblea constituyente mediante un referendo originado en la iniciativa popular. Recogiendo firmas, pues. (La Ley Orgánica del Sufragio había sido objeto de una reforma por parte del Congreso de 1997, mediante la que se había introducido todo un nuevo título sobre referendos para consultar al pueblo sobre materias “de especial trascendencia nacional”. La convocatoria podía hacerla el Presidente en Consejo de Ministros, el Congreso de la República o 10% de los Electores inscritos).

Más avanzada la campaña, cuando Chávez veía que triunfaría en las elecciones, se olvidó pronta y convenientemente de la recolección de firmas. Ya no necesitaba al pueblo para convocar a referendo sobre la constituyente, dado que como Presidente podría hacerlo directamente. En efecto, fue uno de sus primeros actos de gobierno. Tal vez recordemos que la primera formulación del decreto de convocatoria debió ser retirada y sustituida por otra, puesto que la redacción de la pregunta a los Electores era obviamente totalitaria. Chávez pedía que le dejásemos a él, solamente a él, la responsabilidad de determinar todo lo concerniente a la bendita asamblea constituyente.

El interés de Chávez en Dussel consiste en poder citarlo como certificación de que su liderazgo dominador no contradice la democracia; por lo contrario, sería imprescindible. Ahora bien, el mismo Dussel ha hecho advertencias acerca de la dominación del tipo chavista. En su propio sitio web oficial, Dussel ha colocado trabajos exegéticos sobre su obra, y uno de éstos es Sobre la Ética de la Liberación en la Edad de la Globalización y la Exclusión de Enrique Dussel, cuyo autor es Jesús Rodolfo Santander. En ese trabajo postula Santander la correcta interpretación de Dussel (la que éste aprueba, al publicarla):

¿Hay que pensar entonces que la ética de la liberación nos está proponiendo una nueva utopía, esta vez la de la definitiva superación de toda opresión? Por cierto, no. Siempre estará el hombre en una situación de opresión. Aunque una determinada situación de opresión pueda ser superada, otra situación opresiva volverá a renacer al instaurarse una nueva moralidad, la cual con el tiempo tendrá que ser nuevamente superada, pues se habrá convertido a su vez en una totalidad opresora.

Bien por Dussel y su libro de 2006 (Filosofía de la cultura y la liberación); le felicito por el premio al segundo volumen de su Política de la liberación. Pero ya nos habían dicho antes que la superación de una situación de opresión conduce a una nueva totalidad opresora. Entre 1977 y 1982—no podía ser en referencia a Chávez—escribió José Manuel Briceño Guerrero, apureño con doctorados en Filosofía y Filología de la Universidad de Viena, los trabajos que componen El laberinto de los tres minotauros. Dejo que su pluma ayude a cerrar este comentario. Ella ha escrito Discurso salvaje, una de las tres partes del libro mencionado. Allí dice, hablando como oprimido:

Suele ocurrir también que pardos de ambición impaciente quieran forzar el ascenso dentro de su categoría, acelerarlo para llegar por un canal extraordinario al rango superior. Entonces se sirven de nosotros; nos organizan política o militarmente con una ideología revolucionaria, con planes revolucionarios, con promesa de cambios radicales. Nos hacen combatir y cuando logran llegar a importantes magistraturas desde donde se acomodan, se desligan de nosotros o nos mantienen organizados en las capas bajas de partidos políticos reformistas, en calidad de clientela y tropa de choque.

En el esfuerzo que hago para esta lucha me comprometo más que en el trabajo de los campos, el servicio doméstico, la construcción y las fábricas; me doy entero, arriesgo todo. Mi salario es la ilusión de triunfo, la exaltación momentánea, el desahogo, los instantes del asalto y del grito. Pero no logro realizar mi anhelo. Al contrario, mi rebeldía se incorpora aún más al dinamismo del sistema opresor, le sirve y lo fortalece. Mi peligrosidad se ve disminuida y retardada por esa masturbación periódica.

En cambio ellos sí logran sus fines; además de mantenerme en cintura, canalizan mi torrente hacia sus molinos, me cogen de escalera, arriman mi brasa a su sardina.

Amonedan mi furia para comprar poder los dirigentes revolucionarios. Se vuelven ricos con la plusvalía de esa empresa llamada lucha revolucionaria en la que yo pongo mi fuerza de combate, mi capacidad de sacrificio, mi agonía, Plusvalía revolucionaria.

¿No te has fijado, hermano, que los dirigentes revolucionarios son blancos o pardos? Los caudillos negros o indios de las revoluciones han sido “cachicamos trabajando para lapa”.

He visto también—deseara no haberlo visto—que la revolución, caso de ser practicada en serio y caso de triunfar, conduce a formas de injusticia y opresión más abominables que las actuales. Esas formas nuevas de injusticia y opresión las he visto en los ojos y en las palabras de los dirigentes más sinceros, más esforzados, más leales a la causa. Se sienten salvadores mesiánicos, avatares de la historia; creen conocer mis intereses, mis deseos y mis necesidades mejor que yo mismo; no me consultan ni me oyen; se han constituido por cuenta de ellos en representantes míos, en vanguardias de mi lucha; son tutelares y paternalistas; prefiguran ya el Olimpo futuro donde tomarán todas las decisiones para mi bienestar y mi progreso; las tomarán y me las impondrán en nombre mío, a sangre y fuego en nombre mío. Yo bajo la cabeza diciendo “Sí camarada, sí compañero, eso es lo que hay que hacer, tiene razón, viva”. Les sigo la corriente para que no me peguen y para no desanimarlos; pueden producir esos momentos de relajo, de caos, cuando parpadea la vigilancia de los gendarmes, cuando puedo descargar impune mi rencor, mi cólera reprimida, mi odio; después de todo, ese alivio esporádico es el mendrugo que me toca en el tejemaneje revolucionario mientras llegan días peores, los del triunfo revolucionario.

La dominación de Chávez, sólo obediencial al G2 cubano, es ante todo una descomunal estafa: con el pretexto de liberar, domina y oprime. Él se gloría en premiar al pensamiento crítico, con tal de no ser el criticado. LEA

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