Para pensar la política

 

La cosa es compleja

Es lo que los hombres piensan lo que determina cómo actúan.

John Stuart Mill

Ensayo sobre el gobierno representativo

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La política que hacemos es la que tenemos en la cabeza. Naturalmente, las emociones, que se manifiestan no sólo en el cerebro, determinan mucho de nuestra conducta, pero aun ellas ingresan al intelecto junto con las ideas que fluyen por él para formar nuestras decisiones, que siempre son actos de la volición consciente. En esa elaboración, los conceptos que tenemos acerca de la sociedad y su dinámica terminan por conformar el marco de esa toma de decisiones.

Podemos, por ejemplo, creer que el mundo de la política se rige por dinámicas newtonianas, que en él todo es asunto de acción y reacción, de espacios y fuerzas políticas. Hace no mucho que algún articulista nacional dedicara unos cuantos de sus trabajos a discutir la siguiente cuestión: ¿hay espacio en Venezuela para una nueva fuerza política? En su concepción, los partidos políticos eran fuerzas de Newton que ocupaban un espacio limitado, y bien pudiera ser que ese espacio estuviera ya repleto, razón por la cual no podría caber en él otra “fuerza política”.

También se es newtoniano (con perdón de Sir Isaac) si se cree que la repetición de una misma política llevará a las mismas consecuencias que cuando se aplicara anteriormente. Es la idea de un espacio político análogo a una mesa de billar; si golpeo con la bola jugadora alguna otra con el mismo ángulo y la misma fuerza en el mismo punto, deberé obtener resultados idénticos: la misma carambola de la vez anterior. Dos ejemplos pueden ilustrar el punto.

Después del fenómeno conocido como el “Caracazo” (27 y 28 de febrero de 1989), se formó un temor prácticamente irreductible a los aumentos del precio del combustible en el mercado local. Como la violencia del 27F fue detonada por el aumento del pasaje interurbano, y éste a su vez fue causado por el encarecimiento de la gasolina, el escarmiento que el caracazo produjo impedía la consideración de aumentar el precio del combustible.

O, por caso, el hecho de que un crescendo de manifestaciones callejeras contra el gobierno a comienzos de 2002 llevara al clímax del 11 de abril con la salida momentánea de Hugo Chávez, consolidó la simplista fe de que la oposición tenía que “mantener caliente la calle”. (Ya se dejó de eso). Por esto se repitió hasta el cansancio la fórmula de la marcha de protesta, reiterada por los agentes de la oposición formal y seguida (aunque cada vez menos) por un segmento de la población que creyó sinceramente en la invariable eficacia política de ese expediente.

La verdad es que la aplicación de una misma receta política tiende a tener efectos distintos en momentos diferentes. Las sociedades no son estáticas mesas de billar; son, más bien, complejos sistemas compuestos por un número grande de conciencias individuales, cuyos estados cambian con el tiempo y la secuencia específica de sus experiencias. Los enjambres humanos son de enorme complejidad, y cambian porque recuerdan y aprenden. Incluso en conglomerados bastante más simples—pongamos una determinada cepa bacteriana—también la confrontación repetida de un mismo antibiótico conduce a la formación de una resistencia adaptativa. El remedio que era capaz de aniquilar millones de bacilos se vuelve repentinamente inútil, una vez que los agentes infecciosos mutan para comportarse como si la cosa no fuera con ellos.

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Hacemos la política que pensamos, y pensamos dentro de conceptos y marcos de interpretación que, desde el trabajo miliar de Thomas Kuhn (La estructura de las revoluciones científicas), llamamos paradigmas. Éstos son, naturalmente, construcciones mentales; cómodas para el discurso, son sin embargo abstracciones. Formuladas originalmente en un determinado tiempo histórico, su destino es desenfocarse y perder pertinencia en cuanto la realidad social muda. Muchas de ellas son adquiridas en el proceso de formación profesional.

Es así como la muy mayor parte de la historia política venezolana ha sido transitada por actores que pensaron dentro de un paradigma jurídico-militar. Con una que otra excepción, nuestros más influyentes políticos se han formado en leyes o en el arte castrense. La política que secretan no puede ser otra que una en la que se cree que el acto político supremo es una ley, o la que presume que la política es asunto de fuerza. Y como nuestra historia, con abrumadora ventaja, está más llena de jefes militares que de hombres de leyes, es la segunda noción la que predomina. Buena parte de la artesanía política criolla tiene que ver con el problema de cómo mantener bajo control a los militares, y casi que es esta necesidad el problema político principal. Rómulo Betancourt, por ejemplo, ya presidente electo democráticamente, escarmentado por el golpe de 1948 y blanco él mismo de una buena cantidad de asonadas militares (Carupanazo, Porteñazo, etcétera), cambió el funcionamiento del Estado Mayor General de Pérez Jiménez por el de un Estado Mayor Conjunto que aislaba relativamente las distintas fuerzas armadas, para dificultar la coordinación de una conspiración que las reuniese a todas.

Pero si en el origen del gobernante está el Derecho, entonces debe descontarse que el nuestro es del tipo latino y no del anglosajón, que enfatiza la casuística y la jurisprudencia—qué decidió un juez en otro tiempo sobre un caso similar—antes que la arquitectura de una pirámide de leyes que descansa sobre una constitución y procede de ésta en pisos de concreción creciente. Nuestro derecho es, pues, deductivo, a diferencia del inductivo de los sajones, y este solo hecho ya produce un paradigma particular con efectos también particulares. Cuando Rafael Caldera llegó por primera vez a la Presidencia de la República, cambió marcadamente el enfoque que precedió al suyo sobre reforma del Estado. El órgano encargado de gestionarla, predecesor de la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado, era la Comisión de Administración Pública, que bajo las presidencias de Betancourt y Leoni se aproximó a la tarea con una estrategia de cambios en los sistemas y procedimientos administrativos, dirigida por el economista Héctor Atilio Pujol. Caldera, por su parte, puso al frente de esa comisión al abogado Allan Randolph Brewer Carías, profesor de Derecho Público, quien procedió a dirigir el parto de dos tomos de quinientas o más páginas cada uno, en los que se especificaba una reforma total del aparato público venezolano, desde la Corte Suprema de Justicia hasta el municipio de Humocaro Alto, pasando por todos los ministerios, todos los institutos autónomos y todas las empresas del Estado. Pujol intentaba, en vano, aplicar una terapéutica que era más lenta que la velocidad del cambio inercial de la administración pública venezolana; Brewer prescribió una cantidad y extensión de cambio para las que no había en el país suficiente capacidad gerencial, tal como ahora confronta la administración de Chávez, en acumulación creciente, las deficiencias que se derivan del imposible manejo de un prurito de cambiar todo, al tiempo que se ha excluido de la gestión pública a la mayoría de la gente más preparada.

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El problema fundamental, no obstante, es que los paradigmas de cualquier clase—y en especial los paradigmas políticos—, como los tejidos celulares, envejecen y se hacen escleróticos, se endurecen y se vuelven incapaces de cambiar. El asunto es doblemente grave porque los objetos sobre los que la política se ejerce, las sociedades, experimentan metamorfosis. A fin de cuentas, las manzanas caen desde tiempos inmemoriales del mismo modo y con la misma aceleración que la que legendariamente golpeó la humanidad de Isaac Newton en un jardín de Cambridge. El hígado que examina hoy un médico modernísimo funciona de la misma manera que el que explorasen Avicena o Hipócrates. En cambio, la sociedad sobre la que Pericles gobernara no es la misma que rigiera Luís XIV, y éstas a su vez muy distintas de la que es gobernada por Mariano Rajoy.

Las sociedades humanas crecen en complejidad, en riqueza y variedad de roles, de problemas, de oportunidades. La pretensión de comprenderlas y manipularlas desde ideas de la Revolución Industrial o la Revolución Bolchevique, o con técnicas de Maquiavelo, Marx o Bismarck es no sólo inoperante, sino irresponsable, indigna de una verdadera profesionalidad política.

Incluso las herramientas analíticas clásicas de la política son menos poderosas que las que ahora se derivan de más recientes desarrollos científicos. En la predicción de resultados electorales—en los Estados Unidos—un modelo que sigue conceptos de la predicción de terremotos se ha revelado como acertadísimo. Nacido de la colaboración de un historiador estadounidense, Allan Lichtman, y un geofísico y matemático soviético, Vladimir Keilis-Borok, a partir de 1981, el modelo ha predicho con exactitud los resultados de todas las elecciones presidenciales desde esa fecha, luego de que sus “marcadores” fueran calibrados para coincidir con los desenlaces de las elecciones de los últimos ciento veinte años (entre 1860 y 1980). En vez de referirse a los candidatos específicos o los temas propios de cada campaña, el modelo de Lichtman y Keilis-Borok identifica señales (cuatro básicas y nueve complementarias) que parecen determinar con precisión si una determinada elección será “estable” (cuando gana las elecciones el partido que está en el gobierno) o “cataclísmica” (cuando las gana el partido que está en la oposición). Explica Keilis-Borok. hoy en día profesor de Ciencias de la Tierra en la Universidad de California en Los Ángeles: “Los sistemas que generan elecciones y terremotos son sistemas complejos. No son predecibles con ecuaciones simples, pero después de tamizarlos y promediarlos en el tiempo se hacen predecibles”. Lichtman lo resume de esta forma: “Hemos reconceptualizado la política presidencial en términos geofísicos”.

Hay que darle a la tecla

En general, puede decirse que es de la ciencia de la complejidad, de la teoría del caos o la del comportamiento de los enjambres y las avalanchas, todas inventadas en la segunda mitad del siglo XX, de donde vienen ahora y continuarán viniendo los nuevos moldes de interpretación eficaz. Ninguna de estas disciplinas les es familiar a nuestros políticos convencionales—o, si a ver vamos, a los actuantes en cualquiera otra nación hasta ahora—y sin ellas éstos entienden y entenderán las cosas mal.

Un rasgo fundamental y definitorio de los sistemas complejos es su “sensible dependencia de las condiciones iniciales”. Esto es, que una pequeña variación en el inicio de un proceso complejo puede conducir a un futuro muy diferente. (“¿Desata el aleteo de una mariposa en Brasil un tornado en Texas?”, preguntaba en discurso de 1972 el meteorólogo Edward Lorenz, que ya en 1959 se había topado con esa sensibilidad esencial de los sistemas complejos). ¿Quién sabe si la señora que encendió la airada protesta por el costo del pasaje de autobús en Guarenas, el 27 de febrero de 1989, había recibido abuso del marido la noche anterior? Si Carlos Andrés Pérez no hubiera accedido a su segundo gobierno en acto fastuoso que parecía una coronación, poco antes de apretar el cinturón del pueblo ¿habría reaccionado la psiquis de los caraqueños de la misma forma al aumento de ese costo?

Las condiciones iniciales del Caracazo son irrepetibles. Desde entonces, el precio del transporte público urbano e interurbano ha aumentado en innumerables ocasiones, sin que por ello se haya suscitado una agitación ciudadana tan terrible como la de aquel febrero, cuando las abejas humanas de la urbe del Ávila se africanizaran.

Las sociedades mutan; su conocimiento crece y se diversifica. Esto es tanto así que Kevin Kelly, el Fundador Ejecutivo de la revista Wired y autor del ya clásico e importante libro Out of control (Perseus, 1995), pudo decir en reciente disertación sobre el futuro de la ciencia: “La ciencia es nuestro modo de sorprender a Dios. Es para eso que estamos aquí”. En la introducción que de ella hiciera Stewart Brand, éste abundó sobre esa intuición: “Es nuestra obligación moral generar posibilidades, descubrir los modos infinitos—sin importar cuán complejos y pluridimensionales sean—de jugar el juego infinito. Se requerirá todas las especies posibles de inteligencia para que el universo se entienda a sí mismo. En este sentido, la ciencia es sagrada. Es un viaje divino”.

Una política que no esté a la vez abierta y conectada a una percepción tan amplia y elevada como ésa, que no abreve de la ciencia y se conforme con catecismos resumidos de unas “humanidades” clásicas, no puede aspirar a entender la sociedad contemporánea, mucho menos guiarla. El intento de entrar al futuro con los lentes de Ezequiel Zamora puestos, o aun las gafas de un personaje tan visionario como Simón Bolívar, sólo puede desembocar en reflujo, en retroceso. No bastan, para enfrentar las complejísimas condiciones de una sociedad de hoy—la nuestra ya se compone de veintinueve millones de personas—un bagaje de retórica y la elección de un enemigo.

Que la ciencia, que la metodología haga el relevo de la ideología, para que el hombre justo de Vargas se haga con el mundo, y no el audaz de Carujo.

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La sabiduría del enjambre

Una bandada de estorninos que vuelan juntos sin impedirse

 

A O. P. C.

 

Dudo en verdad que exista para el ser pensante otro minuto más decisivo para él que aquel en que, al caer las vendas de sus ojos, descubre que no es de ninguna manera un elemento perdido en las soledades cósmicas, sino que existe una voluntad de vivir universal que converge y se hominiza en él.

Pierre Teilhard de Chardin – Ver (Preámbulo a El Fenómeno Humano)

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Esto nos lleva a preguntarnos qué otras cosas están almacenadas en una abeja que aún no hemos visto. O qué otras cosas están almacenadas en la colmena que todavía no han aparecido porque no ha habido suficientes colmenas en fila simultáneamente. Si a ver vamos, qué está contenido en un humano que no emergerá hasta que estemos todos interconectados por alambres y política. Las cosas más inesperadas fermentarán en esta supermente-colmena biónica.

Kevin Kelly – Out of control

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El amable Oscar Pérez Castillo me hizo llegar una nota personal acerca de Elinor Ostrom. En ella decía: “Comparto la Weltanschauung de Elinor Ostrom, defensora de los comunes, la gente popular. Ella propiciaba y defendía los proyectos o tareas entre los comunes. Dejados solos, los pueblos, la gente encontraba solución a su propios problemas en combinación entre todos, no desde arriba, no impuesto por alguien, por algún sabihondo”.

A mi vez, correspondí con la nota-obituario de la revista TIME del 25 de junio de este año, escrita por Rana Foroohar:

La profesora en Bloomington

Ella fue a enseñar en la Universidad de Indiana en 1965 porque la escuela ofreció un empleo a su esposo en el departamento de ciencias políticas. Pero Elinor Ostrom, que en 2009 se convirtió en la primera mujer en ganar el Premio Nobel de Economía, pronto se convirtió en la atracción principal. Su trabajo, enfocado sobre cómo la gente ordinaria que usa recursos naturales—como bosques, pesquerías y campos petroleros—puede manejarlos más inteligentemente que las compañías o los gobiernos, nunca ha sido más oportuno que ahora. “Después de los rescates del TARP* y la devastación de las democracias en Europa a manos de tecnócratas financistas, el mundo está comenzando a apreciar lo que Elinor Ostrom ha venido alumbrando profunda, persistente y serenamente durante casi 50 años”; eso escribió el año pasado Robert Johnson, Director del Instituto para el Nuevo Pensamiento Económico, cuando Ostrom, que falleció el 12 de junio a sus 78 años,** fue incluida en la lista de TIME de las cien personas más influyentes. A diferencia de muchas estrellas de la economía, Ostrom pensaba de abajo hacia arriba en lugar de arriba hacia abajo, pues creía que los ciudadanos tienen “poder y capacidades” más allá de las de las burocracias gobernantes y que los individuos pueden hacer una gran diferencia, aun en los mayores problemas del mundo. En momentos cuando casi todos nuestros problemas más urgentes—desde la degradación ambiental hasta la creciente desigualdad—requieren una acción colectiva, sus ideas son un mensaje que los líderes del mundo harían bien en recordar y hacerles caso.

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*TARP (Troubled Assets Relief Program), es un programa federal de los Estados Unidos para adquirir activos débiles y acciones de entidades financieras privadas en problemas, creado mediante ley firmada por el presidente George W. Bush el 3 de octubre de 2008. (Nota de Dr. Político).

**Su esposo, Vincent, autoridad mundial en gobierno democrático, la sobrevivió por escasos 17 días. (Ídem).

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La insensatez es la regla

Pensé que la nota de Pérez Castillo se relacionaba con mi mención de la conjetura de Bárbara Tuchman—La marcha de la locura—en el programa radial Dr. Político del pasado sábado 4 de agosto: “The problem may not be so much a matter of educating officials for government as educating the electorate to recognize and reward integrity of character and to reject the ersatz”. (El problema pudiera ser no tanto un asunto de educar a los funcionarios para el gobierno como el de educar al electorado para que reconozca y premie la integridad de carácter y rechace lo postizo). También resonaba la cosa con la anterior emisión del programa (28 de julio), cuando sonó en él la Fanfarria para el hombre común de Aaron Copland y se citó palabras de Will Durant (en Los placeres de la Filosofía):

Quizás la causa de nuestro pesimismo contemporáneo es nuestra tendencia a ver la historia como una turbulenta corriente de conflictos—entre individuos en la vida económica, entre grupos en política, entre credos en la religión, entre estados en la guerra. Éste es el lado más dramático de la historia, que captura el ojo del historiador y el interés del lector. Pero si nos alejamos de ese Mississippi de lucha, caliente de odio y oscurecido con sangre, para ver hacia las riberas de la corriente, encontramos escenas más tranquilas pero más inspiradoras: mujeres que crían niños, hombres que construyen hogares, campesinos que extraen alimento del suelo, artesanos que hacen las comodidades de la vida, estadistas que a veces organizan la paz en lugar de la guerra, maestros que forman ciudadanos de salvajes, músicos que doman nuestros corazones con armonía y ritmo, científicos que acumulan conocimiento pacientemente, filósofos que buscan asir la verdad, santos que sugieren la sabiduría del amor. La historia ha sido demasiado frecuentemente una imagen de la sangrienta corriente. La historia de la civilización es un registro de lo que ha ocurrido en las riberas.

 

Fanfarria para el hombre común – Eugene Ormandy, Orquesta de Filadelfia

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Todavía aportó Pérez Castillo un recuerdo pertinente: el de la obra de Ernst Friedrich Schumacher: Small is beautiful – Economics as if people mattered (1973). Este libro de 290 páginas (en la edición de Harper Torchbooks) se convirtió en la biblia del movimiento de tecnologías apropiadas: aplicaciones a pequeña escala, trabajo-intensivas, energéticamente eficientes, ambientalmente sensatas y localmente controladas. Es tecnología centrada en la gente, la base tecnológica del desarrollo sustentable.

La cosa, pues, tiene detrás la obra de poderosos pensadores, y en el fondo están los marcos mentales desarrollados a partir de los años sesenta en disciplinas como la teoría de sistemas complejos y la teoría de los enjambres. Escribe Kevin Kelly en el primer capítulo de Out of control (Addison Wesley 1994, Perseus Books, 1995), en referencia al trabajo pionero de William Morton Wheeler (1865-1937):

La organización de una minúscula abeja produce un patrón para su minúscula décima de gramo de células de las alas, otros tejidos y quitina. El organismo de una colmena produce la integración para su comunidad de obreras, zánganos, polen y prole. Todo un organismo de 50 libras de colmena emerge con su propia identidad de las pequeñas partes-abeja. La colmena posee mucho que ninguna de sus partes posee. La mota que es el cerebro de una abeja opera con una memoria de seis días; la colmena como conjunto opera con una memoria de tres meses, el doble de la vida promedio de una abeja.

Las hormigas, también, tienen mente de colmena. Una colonia de hormigas, en movimiento de un nido a otro, exhibe el substrato kafkiano del control emergente. Cuando hordas de hormigas abandonan su campamento y se dirigen al oeste, llevando huevos, larvas, pupas—las joyas de la corona—en sus picos, otras hormigas de la misma colonia, obreras patrióticas, cargan el tesoro hacia el este con la misma velocidad, mientras aun otras obreras, quizás reconociendo mensajes conflictivos, corren en una y otra dirección con las manos vacías. Un día de oficina típico. Y, sin embargo, la colonia se mueve. Sin que haya una toma de decisiones visible en un nivel superior, escoge un nuevo sitio para anidar, instruye a las obreras que comiencen a construir y se gobierna a sí misma.

Los seres humanos somos perfectamente capaces de trabajar en enjambres sin autoridad centralizada. El mismo Kelly refiere con detalle los asombrosos experimentos de Loren Carpenter con grandes audiencias, a las que pone a jugar ping-pong—2.500 personas a cargo de una sola raqueta vs. un número equivalente que controla la otra—o con un simulador de vuelo, en una secuencia de decisiones distribuidas, sin que un líder central las oriente o determine. He aquí el audio de una descripción leída de tales experimentos:

 

Los juegos de Carpenter

Ilya Prigogine (Premio Nobel de Química en 1977) también usa ejemplos formíceos para ilustrar una característica de los sistemas complejos—compuestos por numerosos elementos interconectados—: sus propiedades emergentes, que se manifiestan a nivel del conjunto aunque estén ausentes en los componentes. Así se describe en este blog, en Temas de Política Clínica (3), la imagen que nos ofrece: “En ilustración de Ilya Prigogine, Premio Nóbel de Química: si ante un ejército de hormigas que se desplaza por una pared, uno fija la atención en cualquier hormiga elegida al azar, podrá notar que la hormiga en cuestión despliega un comportamiento verdaderamente errático. El pequeño insecto se dirigirá hacia adelante, luego se detendrá, dará una vuelta, se comunicará con una vecina, tornará a darse vuelta, etcétera. Pero el conjunto de las hormigas tendrá una dirección claramente definida”. (Ver también Democracia de enjambres, para una oposición de estos conceptos al simplista centralismo socialista). Como lo ponen técni­camente Gregoire Nicolis y el mismo Ilya Prigogine en Exploring Com­plexity (Freeman, 1989): “Lo que es más sorprendente en muchas socie­dades de insectos es la existencia de dos escalas: una a nivel del indivi­duo y otra a nivel de la sociedad como conjunto donde, a pesar de la inefi­ciencia e impredecibilidad de los individuos, se desarrollan patrones cohe­rentes característicos de la especie a la escala de toda la colonia”.

Es esta característica natural de los sistemas complejos el más poderoso fundamento de la democracia y el mercado. A pesar de la imperfección política de los ciudadanos concretos, la democracia sabe encontrar el bien común mejor que otras formas de gobierno; a pesar de la imperfec­ción económica de los consumidores el mercado es preferible como distribuidor social.

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No Hugo Chávez, que hablaba de “constituciones moribundas”, sino el muy estadounidense futurólogo John Naisbitt, escribía en Megatendencias (1982):

Hemos creado un sistema representativo hace doscientos años, cuando ésa era la manera práctica de organizar una democracia. La participación ciudadana directa simplemente no era factible… Pero sobrevino la revolución en las comunicaciones y con ella un electorado extremadamente bien educado. Hoy en día, con una información compartida instantáneamente, sabemos tanto acerca de lo que está pasando como nuestros representantes y lo sabemos tan rápidamente como ellos. (…) La democracia participativa está revolucionando la política local en América y borbotea hacia arriba para cambiar también la dirección del gobierno nacional. Los años 70 marcaron el comienzo de la era participativa en política, con un crecimiento sin precedentes en el empleo de iniciativas y referenda… Políticamente, estamos en un proceso de desplazamiento masivo de una democracia representativa a una democracia participativa… El hecho es que hemos superado la utilidad histórica de la democracia representativa y todos sentimos intuitivamente que es obsoleta… Esta muerte de la democracia representativa también significa el fin del sistema de partidos tradicionales.

Las ideas de Naisbitt no dejan lugar a equívocos, y vale la pena recordar que fueron escritas bastante antes de la explosión de posibilidades abiertas por la Internet, que durante las últimas dos décadas ha comenzado la construcción, cada vez más acelerada, de la mente del mundo.

Fishkin y Luskin

Pero ya se mueve una nueva tendencia que rebasa y complementa la democracia participativa. La democracia deliberativa ha hecho su aparición. Ella fundamenta la legitimidad de una decisión democrática no ya en la mera agregación de preferencias que se manifiesta en los votos, sino en una auténtica deliberación de los ciudadanos—en la práctica, de una muestra representativa de ellos—sobre asuntos tan concretos como la aprobación del presupuesto de un municipio. James Fishkin (Democracy and deliberation, 1991), profesor de la Universidad de Stanford, ya ha logrado implementaciones prácticas del concepto en más de una docena de países, y reporta la sensatez de las decisiones ciudadanas en los asuntos que se somete a su consideración mediante deliberative opinion polls. Robert Luskin ha contribuido conceptualizaciones fundamentales a la idea en el Centro de Votación Deliberativa.

La democracia no se ha detenido, entonces. No es cierto que se haya agotado, como ciertos teóricos del autoritarismo quisieran hacernos creer. Pero tampoco debe entenderse que estos nuevos procedimientos pueden sustituir por entero las instituciones políticas a las que nos hemos acostumbrado. No toda clase de decisión se toma mejor en enjambre. El cerebro humano no ha abandonado el cerebro del reptil, que sigue existiendo, esencialmente idéntico al del dinosaurio, en nuestros mesencéfalos. La sabia estrategia de la naturaleza es la de construir pisos superiores, más evolucionados, preservando las funciones que hace magníficamente el Complejo R. (Ver en este blog Política natural).

Lo pequeño es hermoso, sin duda; la gente común puede tomar, en algunos casos, mejores decisiones que los ministerios de un gobierno o el directorio de alguna corporación. No en todo; un enjambre ciudadano sería torpe manejando crisis y, como nos alertara el cibernetista inglés Stafford Beer (Platform for change, Wiley, 1975), un debate maniqueo entre centralización y descentralización es en gran medida una trampa lingüística: cualquier sistema biológico viable tiene procesos vitales muy centralizados en feliz convivencia con otros perfectamente descentralizados. En el más desarrollado de todos, el cuerpo humano, coexisten para complementarse el sistema nervioso central y el sistema nervioso autónomo. La nueva democracia, potenciada por la maravillosa bendición de la Internet, no debe ser la anarquía. No somos una primitiva bandada de estorninos. LEA

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