Introducción al marxismo-chavismo

 

Karl Heinrich Marx (1818-1883)

Emergí de mi proyecto sobre Marx en la creencia de que antes que demonizar a Marx es mejor entenderlo. Si se usa su nombre en el discurso político, esto debe hacerse como con los otros grandes pensadores: como una fuente de ideas. Sea que estemos o no de acuerdo con él, hay lecciones que aprender de Marx. Creer otra cosa es ignorar a un hombre y a un período de la historia que son cruciales para entender el nuestro.

Mary Gabriel

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Esto nos dice el Diccionario de la Lengua Española, en su vigésima segunda edición, que es el Socialismo: 1. m. Sistema de organización social y económico basado en la propiedad y administración colectiva o estatal de los medios de producción y en la regulación por el Estado de las actividades económicas y sociales, y la distribución de los bienes. 2. m. Movimiento político que intenta establecer, con diversos matices, este sistema. 3. m. Teoría filosófica y política del filósofo alemán Karl Marx, que desarrolla y radicaliza los principios del socialismo.

En Venezuela, lo determinante para saber a qué atenernos es el significado del término socialismo que habita las neuronas del Presidente de la República, Hugo Chávez Frías, ya que es él el sumo sacerdote de su revolución; es él quien determina su sentido.

No está claro lo que Chávez quiere decir cuando habla de socialismo, por cuanto él mismo ha dicho que el socialismo que busca implantar en Venezuela “hay que inventarlo”; sería el “socialismo del siglo XXI”. Es decir, tal cosa no está aún definida. Sabemos, por supuesto, que es un socialismo marxista. He aquí el audio de su admisión en la Asamblea Nacional el 13 de enero de 2009:

Hugo Chávez Frías, 13 de enero de 2009

¿Qué es, entonces, el socialismo marxista? ¿Qué es ser marxista?

Ser marxista es, primero que nada, entender el desarrollo de la humanidad desde el punto de vista de un tal “materialismo histórico”, la idea de que la humanidad ha pasado por varias fases de organización social: el “comunismo primitivo” de la sociedad tribal; la sociedad antigua que viene de la invención de la agricultura junto con la propiedad privada y la esclavitud; la sociedad medieval donde la esclavitud se sustituye por la servidumbre de la gleba y comienza a establecerse la burguesía (artesanos habitantes de burgos); la sociedad capitalista que emerge de la Revolución Industrial, en la que un estamento de patronos, dueños de los medios de producción, acumula capital crecientemente a partir de la apropiación del trabajo de los obreros a quienes domina. En este esquema, siempre hay (salvo en la sociedad tribal en la que la propiedad habría sido común) un conjunto de “poseedores” y uno, enfrentado al primero en “lucha de clases”, de los “desposeídos”.

En cada caso, las relaciones económicas entre las clases vienen determinadas por una base de las posibilidades técnicas de la producción, y se corresponden con una “superestructura” de relaciones políticas y jurídicas que siempre benefician a los poseedores y protegen su dominación. Esto es lo que el socialismo cambiaría mediante una revolución que adjudique el poder político a las clases desposeídas. Según el análisis de Marx, un sistema político capitalista (que privilegia a los dueños de los medios de producción) entrará inevitablemente en crisis, ineficiencias y contradicciones, hasta que una revolución invierta los términos de la ecuación de poder. En la terapéutica socialista clásica, un partido socialista (comunista) conducirá la revolución y establecerá una “dictadura del proletariado” que estatizará todos los medios de producción para convertirlos en empresas de propiedad colectiva que producirán para el uso de los consumidores, no para la ganancia de los empresarios. En una etapa ulterior y final, ya no habrá diferencias de clase social y entonces el Estado mismo dejará de ser necesario: es la etapa comunista.

En dos platos, eso es el marxismo. Naturalmente, esta relación esquemática es una sobresimplificación: el edificio marxista es mucho más complicado que eso, e incluye precisiones en muchos puntos. (Por ejemplo, adopta una filosofía materialista de la realidad: el materialismo dialéctico y discute refinadamente el concepto de alienación o el papel de la ideología). También ha dado origen a numerosas variantes, y a un numeroso conjunto de exégetas del pensamiento de Marx, el profeta mayor.

Una importante vertiente del marxismo, la primera en adquirir el poder político total, es la del marxismo-leninismo. Wikipedia en Español nos informa:

Lenin disfrazado con peluca (1917)

El marxismo-leninismo es una forma de comunismo, oficialmente basado en las teorías de Karl Marx, Friedrich Engels y Vladimir Lenin, que promueve el desarrollo y la creación de una sociedad comunista internacional a través de la dirección de un partido de vanguardia que preside sobre un estado revolucionario socialista que representa la dictadura del proletariado. El marxismo-leninismo (y sus derivados) fue la ideología dominante del movimiento comunista internacional después de la ascensión de José Stalin en la Unión Soviética y, como tal, es la ideología política y el movimiento asociado con mayor frecuencia con la palabra «comunismo». Una sociedad organizada a través de un partido de vanguardia en principios marxistas-leninistas busca purgar cualquier cosa considerada burguesa o idealista de ella; además, se busca implementar el ateísmo universal a través de la abolición de la religión. Apoya la creación de un Estado de partido único; rechaza el pluralismo político externo al comunismo, afirmando que el proletariado necesita un partido político único, capaz de unificar y por el que representarse a sí mismos y ejercer un liderazgo político. A través de la política democrática de centralismo, el partido comunista es la institución política suprema del Estado marxista-leninista y es la primera fuerza legal de la organización social.

El marxismo-leninismo es una ideología de extrema izquierda sobre la base de los principios de conflicto de clases, el igualitarismo, el materialismo dialéctico, el racionalismo y el progreso social. Es anti-burguesa, anticapitalista, anticonservador, antifascista, antiimperialista, antiliberal, antireaccionario, y se opone a la democracia burguesa.

(…)

El Estado marxista-leninista utiliza una economía socialista estatal, basada en la planificación científica y el consenso democrático. Es compatible con la propiedad pública y la organización de la economía a través de la abolición de la propiedad privada de la tierra y de los medios de producción, que se convierten en propiedad común utilizada por el pueblo a través del Estado. En el pasado, generalmente se reemplazaba el papel del mercado en la economía capitalista con una gestión estatal centralizada de la economía, lo que se conoce como una economía dirigida. Sin embargo, en las últimas décadas surgió una alternativa economía marxista-leninista llamada economía de mercado socialista, que fue utilizada por la República Popular de China, República Socialista de Vietnam históricamente por la República Popular de Hungría y la República Federativa Socialista de Yugoslavia.

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¿Es Hugo Chávez un marxista-leninista? Algunas de las ideas descritas están presentes en su concepción política, sin duda; todo lo enumerado, por ejemplo, en el segundo párrafo del trozo precedente. Pero él ha negado explícitamente que lo sea. El 28 de julio de 2007, decía en alocución a una reunión de dirigentes del futuro Partido Socialista Unido de Venezuela (en cuya primera fila destacaba Juan Barreto):

Hugo Chávez Frías, 28 de julio de 2007

En efecto, si Chávez se confiesa cristiano, no puede ser marxista-leninista dado que, como explica Wikipedia, esta postura “busca implementar el ateísmo universal a través de la abolición de la religión”. Pero no sólo por eso; en más de una ocasión Chávez y colaboradores suyos han indicado que su proyecto reserva algún espacio a la libre empresa. El marxista-leninista es comunista, y Chávez ha dicho no serlo. De nuevo, hablando en el lanzamiento del Congreso Fundacional del PSUV (13 de enero de 2008), habló de esta manera:

Hugo Chávez Frías, 13 de enero de 2008

Marxista y cristiano

¿Qué es, entonces, Hugo Chávez? Es un pasticho ideológico, primero que nada. Su peculiar y primitiva confusión de cristianismo y socialismo, por ejemplo, es signo suficiente de que no ha comprendido bien los conceptos fundamentales de la fe cristiana y los hechos relatados de la vida de Jesús de Nazaret.

Estando una vez en Buenos Aires concedió una larga entrevista al programa Dos voces, transmitida el 8 de agosto de 2007 por Todo Noticias, una especie de Globovisión argentina. Al iniciarse la segunda mitad de la transmisión, se pidió a Chávez que dijese si consideraba que Venezuela es un país socialista, y uno de los entrevistadores—Gustavo Sylvestre—introdujo la consideración de que “…para algunos ya [el socialismo] pasó de moda, las ideologías han muerto…”

En este terreno nuestro presidente se encontró a sus anchas, y así contestó: “Mira, el socialismo nunca morirá. Cristo vino al mundo a lanzar un proyecto socialista, perfectamente socialista: la igualdad… la igualdad, el amor entre los seres humanos… la hermandad… en la comunidad, la ecclesia… Así que eso nunca morirá”. Ante esta declaración, el segundo entrevistador—Marcelo Bonelli—intentó precisar: “Pero ¿qué quiere decir? ¿Que el cristianismo es socialismo?” Chávez prosiguió impertérrito, cómodo: “Sí, sí. Teilhard de Chardin, el gran téologo—tú lo debes haber leído—, con un profundo raciocinio demostró que el socialismo y el cristianismo van de la mano. El capitalismo es anticristiano. Ve, Cristo llegó con un látigo, a sacar a los mercaderes del templo”.

Bueno, eso es una comprensión de profundidad no mayor a la de una cultura de Selecciones del Reader’s Digest. Jesús de Nazaret no “llegó” con un látigo. Chávez hace que un episodio específico del relato evangélico, la expulsión de los mercaderes del templo, predomine como conducta típica o principio programático. Jesús no llegó a expulsar mercaderes del templo, sino a exponer una rica doctrina del amor, que requiere muchas más páginas que las necesarias para describir su violencia cuando se trataba de la profanación de lo que tenía por la casa de Dios. En un episodio entre cientos de episodios muy distintos, expulsó con fiereza a quienes lucraban su religión judía desde puestos de buhonero que afeaban la entrada del templo divino. Pero Jesús habló en sus sermones afectuosamente de personas ricas y tuvo más de un amigo rico (Lázaro, por ejemplo). Jesús abrazaba a mercaderes sin empacho, considerándoles profesionales necesarios, perfectamente capaces de bondad. Y también, dicho sea de paso, daba al César lo que es del César. Ni el episodio evangélico de los mercaderes del templo contiene el tono más frecuente de Jesús, ni éste vino a “lanzar” un proyecto socialista. La cuenta de la Última Cena no la pagó él (¿William Ruperti?) y su sepulcro fue provisto por el rico señor José de Arimatea.

No se puede decir, además, que “con raciocinio profundo” Teilhard de Chardin—que no era un teólogo sino un paleontólogo—demostrara nada como lo que Chávez entiende. Para empezar, difícilmente puede demostrar nada lo que es una especulación; grande, bella, sugerente, poderosa, pero especulación al fin. Tampoco “llegó” Teilhard con un programa socialista en la mano, mucho menos un manifiesto comunista. A lo que Teilhard llama “Socialización”—no socialismo—es a un proceso que dará paso a una mente colectiva del planeta, a una reflexión simultánea de la humanidad, no a la estatización de compañías privadas o la constitución de cooperativas. Por otra parte, la interpretación de El Fenómeno Humano, la obra cumbre del jesuita francés, en toda su hermosa y persuasiva espectacularidad, no es algo de lo que la ciencia más apacible pudiera decir quod erat demostrandum.

Lo que lleva a comentar la noción, muy extendida en gente socialista, de que el marxismo es una teoría científica. Marx, es verdad, llegó a creer que había descubierto “las leyes de la Historia”, y por eso bautizó a su variedad de socialismo como “científico”, para distinguirlo de la prédica de socialistas a quienes llamó utópicos. (No es sólo Chávez quien cree en esa “ciencia”. Su antiguo defensor, ahora archienemigo, el general Raúl Isaías Baduel, declaró así, al entregar la cartera de Defensa el 18 de julio de 2007: “…si la base para la construcción del Socialismo del Siglo XXI es una teoría científica de la talla de la de Marx y Engels, lo que construyamos sobre ella no puede serlo menos…”).

Esas leyes históricas serían tan exactas y predictivas como las de Newton; sirvieron a Marx para aventurar predicciones sobre los países donde llegaría a establecerse el socialismo y la muerte inminente del capitalismo. Las erró absolutamente todas. Karl Popper—en La miseria del historicismo, (1957)—se encargaría de mostrar por qué. (Ver en este blog La miseria del chavismo).

En cualquier caso, no puede negarse en Marx y en muchos de sus seguidores la preocupación por su ideal de justicia social. A Marx lo molestaba una contradicción: “Debe haber algo podrido en el corazón de un sistema social que aumenta su riqueza sin disminuir su miseria”. Pero no es necesario ser socialista o marxista para sentir la misma desazón.

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El marxismo-chavismo es, pues, una mescolanza mal digerida de ideas periclitadas. Si, como Chávez cuenta, el propio Fidel Castro reconoce que hay un mundo nuevo por razón de la realidad informática—no hay mucho mérito en ese reconocimiento; entre nosotros, un hombre mayor que Castro lo ha dicho: Ramón J. Velásquez (ver en este blog Testigo excepcional)—, mal pueden las ideas rígidas de Marx ayudar a manejarlo.

Chávez dice que él es un socialista revolucionario, sin explicar suficientemente el asunto. Por él lo explicó Carl D. Thompson (1870-1949), predicador y político estadounidense, en un artículo publicado el 2 de octubre de 1903 en The Vanguard: “Entendemos por ‘socialismo revolucionario’ la captura de los poderes políticos de la nación por la clase trabajadora en oposición a la clase capitalista”. El error es obvio: la nación está compuesta por trabajadores y, también, por empresarios; hoy en día, por muchos otros roles sociales que no pueden ser incluidos en esas categorías que pretendían agotar la anatomía de la sociedad en el siglo XIX. La nación entera, no una clase numerosa o poco numerosa, debe controlar sus poderes políticos.

En 1959, mi padre trajo a la casa algunos documentos de la Secretaría de Doctrina de Acción Democrática, que dirigía Domingo Alberto Rangel (Q. E. P. D.) quien, por cierto, opinó el 15 de abril de 2009:  “Chávez es el hablador de paja más grande de la historia de Venezuela, supera en eso a Juan Vicente González, al cabito Cipriano Castro y a cualesquiera otros charlatanes de nuestra historia”. Bien, el principal entre los documentos de doctrina adeca establecía justo al comienzo: “Acción Democrática es un partido marxista”; eso, cuando ya era Rómulo Betancourt el Presidente de la República de Venezuela. Claro, al tercer párrafo aclaraba que AD empleaba el marxismo como herramienta de análisis de la sociedad, no como prescripción terapéutica. Es decir, Chávez es adeco.

Pero el verdadero partido de Chávez no es el PSUV, sino el partido militar que Ramón J. Velásquez identificaba en RJV: El siglo que he vivido. Un ingrediente esencial, el más fundamental de todos en la ensalada de filosofía política que es la concepción chavista, es la prescripción de Norberto Ceresole: líder, ejército, pueblo. El socialismo del siglo XXI, el marxismo-chavismo, es un marxismo militarista. LEA

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Camarada Carmona

literatura maldita

(Clic para ampliar y entender un poco)

Ya la lluvia se había hecho enumerable. Pronto vendría el chaparrón de gente a distribuirse aleatoria entre las sillas.

Casi todos pedirían café, casi todos necesitándolo para prolongar una compañía que se deshace cuando ya no se puede encontrar en la ciudad un pretexto digestivo.

La lluvia, casi siempre, respetaba los horarios de los cafés de las aceras, limitando su discurso a la duración de los cines con un control aprendido en su larga práctica de orador urbano. Hoy se había excedido.

Pronto llegarían los clientes de Carmona. Sus clientes naturales, sabedores de su papel, conocedores de su total dedicación a la causa.

Carmona jamás les había dirigido la palabra. Sólo un mesonero o dos conocían su nombre. Pero a pesar de eso él sabía que podía contar con sus clientes. (Más que clientes, sus camaradas). Los que algún día tomarían el poder y habían comenzado por tomar los cafés de su avenida.

Todos los elegidos, seguramente, visitaban esos toldos para plantear los justos combates del día siguiente, o para descansar de las duras escaramuzas de las que regresaban victoriosos. Esos bebedores de café eran el ejército del pueblo, el ejército de Carmona.

Ninguno de ellos daba muestras de reconocerlo, porque así debe ser antes de la terminación de la guerra, porque el luchador socialista debe ser serio y guardarse de caer en fáciles manifestaciones sentimentales. Así eran sus clientes y camaradas.

Carmona llevaba en la mano lo que había venido a vender. Su ejemplar de La ciencia en la Unión Soviética, con carátula inesperadamente limpia después de tantos meses de posesión y de oferta. La reverencia del revolucionario preserva sus símbolos sin mancha.

Carmona había sido uno de los quinientos afortunados a quienes se les había regalado el libro en la Exposición Industrial Socialista de octubre del año pasado. Uno de los quinientos que llegaron primero, de los que escucharon el discurso del embajador ruso y se distrajeron adrede cuando sonaba el del vicecanciller venezolano. De esos quinientos, solamente él había entendido. Su misión sería vital aun dentro de tantas tareas importantes, porque la suya construía mientras los zapadores del viejo orden demolían.

En ningún momento había abierto el libro. Le bastaba su título para comprender todo. Como comprendía el trabajo de esos que ya comenzaban a sentarse y a mostrar las suelas oscurecidas por el agua.

Durante las primeras semanas había aprendido mucho. Naturalmente, nunca preguntó. Lentamente, fue acumulando pequeñas evidencias. Posturas, gestos, tonos de voz, miradas, ademanes. No terminó el dibujo de la estructura de autoridad del ejército del pueblo, al percatarse de que uno más que penetrase en el secreto era un riesgo más para la causa. Era suficiente con distinguir los que eran de los que no eran.

No siempre había sido capaz de discriminar. Una noche ya lejana se había equivocado cuando le ofreció La ciencia en la Unión Soviética a uno, el único, que había estado dispuesto a comprar. Y él había estado a punto de vender, pues llegó a pronunciar el precio, el que sólo por coincidencia igualaba el precio de una semana en la pensión. Le detuvo la sonrisa del falso cliente cuando sacaba la billetera; sonrisa que hubiera podido ser de burla o de lástima. Así no sonríe un camarada a un camarada.

Tuvo entonces más cuidado. Los enemigos no debieran conocer cómo sería la nueva ciencia en el país socialista. Ese poder creador se reservaría a los auténticos de sonrisa justa.

Carmona vio que esta noche era especial. Hasta la lluvia ayudaría a que nada más vinieran los auténticos de sonrisa exacta, los que venían porque tenían que venir. Hoy vendería el libro.

Cada solitario, o cada pareja o cada grupo que llegaba ahora tenía una de las marcas propias del ejército: ninguno lo miraba. Era preciso disimular que lo conocían. Justamente una de las cosas que hacían los que no eran era mirarle. Pero esta noche nadie lo miraba. Buen síntoma.

Tendría que estar menos atento, porque hoy no vendrían los que hubieran querido comerciar La ciencia en la Unión Soviética para aprovecharse de sus tesoros al tiempo que la rebajaran a la calidad de mercancía. La oferta, la eventual compra hecha por un camarada no eran más que modos de camuflar la transferencia del mensaje que se le había confiado. ¿Cómo podía venderlo a alguien que de verdad pensara que compraba?

Ocho mesas ya estaban colmadas, la acera prometiendo otras tantas. Carmona se esforzaba por no delatar su satisfacción al reconocer, en la aparente casualidad de las ubicaciones, las horas de meticulosa preparación y, en el recuerdo de las últimas noches, los ensayos de la operación que hoy se montaría. Hoy vendería el libro.

Ahora se le aclaraba la renuencia de las largas noches precedentes. La venta tenía que efectuarse sin que los adversarios supieran. Por eso se había elegido una noche lluviosa. Había para él en esto una lección de paciencia revolucionaria.

Pero entonces no era cierto que tendría que estar menos atento. Al contrario, debiera asegurarse doblemente de que ningún infiltrado presenciara el trueque proyectado. Conoció el miedo de los comandos cuando aguzaba todas las habilidades aprendidas en el sabio adiestramiento al que el ejército del pueblo lo había sometido, desde aquella trascendental visita suya a la Exposición Industrial Socialista del año pasado.

Creyó haber hecho la verificación en un tiempo aceptable. Moros ausentes de la costa. Aquel grupo de europeos le era conocido. Los asesores, por supuesto. En la mesa de al lado la pareja de estudiantes, en la otra el diputado y su mujer, en la otra aquél en cuyos ojos hubo furia la noche cuando casi vendió el libro, en la de enfrente el obvio jefe de engañosa ropa cara y mujeres inteligentes.

Todo lo hizo con prudencia. Cierto es que los mesoneros no eran enemigos, más bien de aquellos que serían liberados, pero aun así no era cuestión de permitirles darse cuenta de algo que no entenderían del todo, tomando en cuenta lo que a él le había costado entender. Con la misma calma comenzó por fin a acercarse a las mesas. Para la primera esperó, con sabiduría de buen vendedor, que los ocupantes terminaran de hacer su pedido. Levantó la vista uno. Se tomó tiempo para leer el título que Carmona blandía elevado pero muy poco para decir no, gracias. Evidentemente, hablaba por todo el grupo y Carmona, inmutable, giró hacia los camaradas contiguos.

Segundos más largos o más numerosos. Parecía que este camarada estaba al borde del saludo y Carmona tuvo que amonestarlo con una fugaz mirada severa. No, gracias. No podía ser ese joven el comprador comisionado, si era tan inexperto como para lanzarle afecto imprudente. Casi decidió mencionar el incidente a quien le comprara el libro, recordando después sus propias inexactitudes en la época de recluta. Quizás no era lo indicado, pero volvió a mirar al principiante, y esta vez sus ojos querían infundirle ánimo y decirle con la mirada que él había pasado por lo mismo varias veces y que ahora era un veterano como algún día, joven, podrá usted serlo si tiene constancia y coraje. Le dije que no, gracias.

Ya había tardado demasiado en esa mesa, inmadura para recibir la ciencia. La ciencia en la Unión Soviética levantó nuevamente para la pareja del diputado y su mujer, aunque astutamente previó que este tampoco sería el contacto. Demasiado conocido. No, gracias. ¡Qué amables suenan las gracias en labios de camaradas! Gracias, gracias, el ejército le da las gracias. Este otro, tal vez; no lo había visto antes. ¿No se acuerda que usted ya me lo ofreció la semana pasada? ¡Qué manera tan llena de tacto para decirme que está pendiente de mí! Aquí no son necesarias las gracias.

Como al lado fue innecesario el no y tan sólo le dijeron gracias.

En la siguiente había pasado antes el vendedor de perfumes y ya le habían comprado y él no se acercaría, porque los revolucionarios nunca tienen mucho dinero y si éste había comprado perfume era porque tampoco él era el señalado.

¿Creíste que sería tan rápido, Carmona? La ocasión era solemne. Los camaradas siempre son solemnes con la ciencia. Muy protocolares. Hay que recorrer todo el ritual, aunque los mesoneros, pobres inconscientes, ya comiencen a recoger las primeras mesas y las últimas propinas.

Erguido Carmona, bizarro Carmona, importante Carmona. En su honor desfilaron los camaradas cuando se iban.

Erguido, Carmona caminaba hacia la pensión donde debía el precio de La ciencia en la Unión Soviética, contento Carmona de no haber vendido porque entonces mañana por la noche no habría tenido misión para cumplir ni sueño prolongado.

luis enrique ALCALÁ

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Quien es hoy mi esposa aceptó tomar un café conmigo en Sabana Grande cuando ya la pretendía en julio de 1977, y un hombre se acercó a nuestra mesa para ofrecernos el libro La ciencia en la Unión Soviética, que no compré. Poco después, apenado de no haberlo hecho para ayudar a ese hombre con ojos de necesidad, compuse la narración que antecede para regalársela a la dama en expiación de mi culpa. LEA

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