Apología a Polonia

Chopin en su lecho de muerte – Teofil Kwiatkowski

En recuerdo de Josefa Cotillo, La Polaca (Barrio de Lavapiés, Madrid, 1944 – Sevilla, 2010)

A ME, a un mes de su partida

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Abel Korzienowski, músico, nació en Cracovia, Polonia, el 18 de julio de 1972; es decir, tiene 39 años de edad. Ésta es la edad que no pudo superar su más famoso e importante compatriota y colega, Federico Chopin (1810-1849). He aquí música de ambos, reunida para repasar con lápiz HTML una trayectoria, el profundo eje creativo del sufrido pueblo polaco.

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Fryderyk Franciszek Chopin murió en París, consumido por la tuberculosis. Era esa ciudad el escenario de su considerable éxito en vida, el espacio en el que encontró la pasión de Georges Sand (Amantine Lucile Aurore Dupin), su ciudad de adopción, la que, a pesar de su glamour y su veneración por él, nunca pudo hacerle olvidar su tierra y su gente polacas. El levantamiento de esta gente contra el yugo ruso en 1830 fue sangrientamente suprimido; Varsovia fue bombardeada por los cañones sin misericordia. Comenzó entonces la Gran Emigración Polaca, y Chopin llegó a París en septiembre de 1831; un compañero refugiado era Teófilo Kwiatkowski, que lo retrataría en su triunfo y en su deceso. El Estudio “Revolucionario”—#12 del opus 10, en Do menor, compuesto en Viena en 1831—expresó su furia patriótica ante los sangrientos sucesos. (—¿Eres tú, Dios, acaso un ruso?—escribió en su diario). Vladimir Horowitz interpreta esa obra emblemática, con la apropiada fiereza eléctrica que fue sólo suya, en esta grabación de 1975:

Estudio Revolucionario, op. 10 #12 en Do menor – Vladimir Horowitz

Chopin al piano: Baile en el Hotel Lambert de París, de Kwiatkowski

La furia de Chopin dio paso a la melancolía, y ésta es uno de los sellos propios de su música, muy mayormente para piano solo. El tono melancólico y de gran belleza de sus composiciones, por otra parte, convenía al temperamento romántico, dominante en su época. Habiendo adquirido la nacionalidad francesa en 1835, vio en este año a sus padres por última vez a su paso por Cárlsbad, en la Bohemia occidental. Para ese entonces, ya era un artista de fama europea, a quien Robert Schumann había proclamado un genio. De regreso hacia París, se reencontró con María Wodzińska, su compatriota de dieciséis años, a quien pidió en matrimonio al año siguiente, pero la tierna edad de la novia y su propia salud—en el invierno anterior, llegaron a Varsovia rumores de su muerte—pospusieron por siempre la celebración de la boda. (El Vals del adiós, en La bemol Mayor, marca la imposibilidad de ese amor). Le quedaban fuerzas para trece años más, prolíficos, asombrosos.

En 1836 conoció a Amantine Dupin, en ese momento amante de su amigo Franz Liszt, y comenzó con ella una tormentosa relación que duraría diez años. Ella, escritora que vestía como hombre y adoptara el nom de plume masculino de Georges Sand, fue una influencia benéfica en su inventiva musical; también cuidó a Chopin enfermo, en una temporada en la isla de Mallorca (de noviembre de 1838 a febrero de 1839). Entre María y Amantina, Chopin sostuvo un episódico amorío con Delfina Potocka, quien era su prima.

Los amores de Federico Chopin

María Wodzińska – Autorretrato

Delfina Potocka – Moritz Daffinger

Sand cose, Chopin toca – Eugène Delacroix

La relación con Amantine terminó en 1847. Al año siguiente, luego de la revolución parisina de marzo de 1848, Chopin viajó a Londres, donde hizo su última aparición pública como concertista a beneficio de los refugiados polacos en Inglaterra. Su salud empeoraba con los días y sus recursos económicos no eran los de antes. Murió en París, en un buen apartamento, el #12 de la Place Vendôme, cuya renta pagaba su adinerada alumna y asistente ocasional, Jane Stirling. El día era el 17 de octubre de 1849.

Derniers instants de Frédéric Chopin – Teofil Kwiatkowski, por encargo de Jane Stirling

En su noble memoria, se pone acá algunas de sus piezas más características y hermosas.

Estudio en Mi mayor, op. 10 #3 – Maurizio Pollini

Preludio #12 en Sol sostenido menor, op. 28 – Vladimir Horowitz

Nocturno #4 en Fa mayor, op. 15 #1 – Maria João Pires

Preludio #17 en La bemol mayor, op. 28 – Ivo Pogorelich

Preludio #4 en Mi menor – Wladislaw Szpilman
Preludio #20 en Do menor, op. 28 – Vladimir Ashkenazy

Nocturno #13 en Do menor, op. 48, #1 – Eugene Istomin

Finalmente, el Nocturno en Mi menor, op. 72 #1 (Póstumo) es interpretado acá por Scott MacIntyre, quien fue finalista favorito en el programa de concursos American Idol en 2009. (El Sr. MacIntyre, de 25 años de edad, sufre de visión de túnel. Su campo visual es sólo 2% del normal).

Es todavía hoy Federico Chopin el dueño del piano. Pianista, fue sin embargo él quien dijo: “Sólo hay algo más hermoso que una guitarra: dos guitarras”. Paráfrasis: “Sólo hay algo tan hermoso como un nocturno de Chopin: otro de sus nocturnos”.

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Abel Korzeniowski, cellista como su madre

Korzeniowski, en cambio, está en la plenitud de su proceso creador de música. Viene de una familia musical; sus dos hermanos son músicos y su madre es intérprete del violonchelo, y es este instrumento el que Abel escogió como su especialidad. Su producción se dirige fundamentalmente a la musicalización de cine y obras de teatro, y se la consigue en filmes polacos—Un ángel en Cracovia, El clima de mañana, Gwiazda Kopernika (La estrella de Copérnico) —y películas de Hollywood: Terra (o La batalla por Terra), Tickling Leo, PU-239 y la aclamada A single man, con la actuación estelar de Colin Firth.

Musicalización nominada al Globo de Oro en 2009 (clic para ampliar)

Abel Korzeniowski es graduado en composición y violonchelo de la Academia de Música de Cracovia, donde estudió bajo el muy importante compositor polaco contemporáneo Krzystof Penderecki (La Pasión según San Lucas, Trenodia por las víctimas de Hiroshima). Hay una similitud estilística, minimalista, entre la música de Korzeniowski y otros compositores contemporáneos, como Philip Glass o Arvo Pärt. De melodías simples y repetitivas—a fin de cuentas, la música para el cine tiene por objeto establecer un refuerzo sonoro de la imagen, un ambiente—, sus obras son sin embargo de significativa riqueza armónica y no poca belleza temática. En materia de textura, por otro lado, la simplicidad de sus diseños melódicos recuerda a la música renacentista. La fama de competente compositor que tiene Korzeniowski, conseguida con tales planteamientos elementales, le valió ser escogido para musicalizar una rematrización de la película Metrópolis (1927), de Fritz Lang, uno de los clásicos del cine expresionista alemán.

Torre de Babel, Metrópolis – Fritz Lang

Torre de Babel – Brueghel el viejo (clic amplía)

Las piezas que siguen están entre las más conocidas de este apreciado compositor polaco.

Song of time – Music for drama

Drowning – A single man

My sons are alive – Tickling Leo

Nowy dzien – Nuevo día

Sinfonía del miedo – Metrópolis

Stillness of the mind – A single man

Sunset – A single man

Coronemos esta muestra de la música de Abel Korzeniowski con el video que sigue; la pieza tiene el nombre de Birdie (Pajarillo, pero no en nuestro sentido llanero), de la película Battle for Terra. Es música hermosa, y la opulenta fuerza de las imágenes se lleva muy bien con ella. No deje de poner este festín audiovisual a pantalla completa. LEA


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La voz de la serenidad

Serenity, por Arthus en Deviantart

 

bálsamo. 4. m. Med. Medicamento compuesto de sustancias comúnmente aromáticas, que se aplica como remedio en las heridas, llagas y otras enfermedades.

Diccionario de la Lengua Española

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Dios, dame la serenidad de aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las cosas que puedo y sabiduría para conocer la diferencia.

Reinhold Niebuhr  Oración de la serenidad

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Señor, dame paciencia… ¡pero dámela ya!

Anónimo – Oración de la paciencia

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El alma del mundo está lesionada: el dolor de Japón, el de Libia. Nosotros, los venezolanos, sumamos esas penas a nuestra cotidiana crispación—que, hay que admitir, últimamente es de tensión menor—y, para colmo, se nos ha muerto Elizabeth Taylor. El alma del mundo pide música que la alivie. La serenidad no es tanto un ingrediente de la conciencia como una capa que la envuelve en toda su extensión. Ella es capaz de empacar, bajo su tranquilo celofán, dolores, pasiones, amores, deseos. La música es su más fiel retrato; la música serena es el papel adecuado para el envoltorio del desasosiego. He aquí dieciséis piezas que, juntas, son un poco más de una hora y cuarto de música balsámica. Cada quien puede dosificar su audición según sus necesidades de impavidez.

1. Adagio

 

 

El domingo del Adagio

El segundo movimiento de la Toccata, adagio y fuga en Do menor de Juan Sebastián Bach (BWV 564) es una de las composiciones más hermosas del decano de la música occidental. Como en otras de su repertorio, las notas que la componen hablan, dicen, conversan, explican, convencen. Esta rendición de Vladimir Horowitz—en vivo desde Carnegie Hall, el domingo 9 de mayo de 1965—deja en claro ese carácter conversatorio de las obras de Bach que, en este caso, se manifiesta con decires calmados.

2. Ave María

Su nombre es la placidez

María, madre de Jesús de Nazaret, es remanso de los fieles cristianos. Sujeto de penas horribles, ella misma ha conocido el dolor y por eso aprovecha su poderosa influencia para calmar a los hombres. Ella es, proclaman las letanías, Madre del buen consejo, Madre de misericordia, Virgen clemente, Causa de nuestra alegría, Estrella de la mañana, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, Consoladora de los afligidos, Auxilio de los cristianos, Reina de la paz. Franz Schubert logró decir todo eso en su Ave María, aquí cantada por Plácido Domingo, los Niños Cantores de Viena y la sinfónica de la ciudad.

 

3. Poco allegretto

El más noble de los músicos

La nobleza caracterizó la persona y la música de Johannes Brahms, de corazón tan generoso como el del plácido tenor que acabamos de escuchar. No hay nobleza sin serenidad; la histeria, la iracundia, el resentimiento y la crueldad no son pasiones serenas. Se puede, en cambio, ser serenamente apasionado. Así es el tercer movimiento de la Tercera Sinfonía de Brahms en Fa mayor, opus 90. Wolfgang Sawallisch dirige la Orquesta Sinfónica de Viena que oímos también antes.

4. Panorama

Pas de six

 

 

 

Un recurso que el compositor puede usar para transmitir placidez es, por supuesto, el ritmo. En este número del ballet La bella durmiente, de Pyotr Illich Tchaikovsky, la partitura lleva la marca leggiero, es decir, sin acentuación. El tempo viene marcado por el pizzicatto de las cuerdas graves, pero si se pone atención a la canción de los violines y las insistentes figuras de las maderas—más tarde las trompas—uno se percata de que sus notas no llevan acento; todas suenan con la misma intensidad. Anatole Fistoulari dirige la Orquesta Sinfónica de Londres en esta serenidad paisajista.

5. Consolación

La liga de Liszt

Si esta pieza de Franz Liszt—la tercera con ese nombre—no fuera consoladora, habría estado muy mal bautizada. Se trata del acto de conseguir serenidad como resultado del consuelo. El pianista británico Peter Katin la interpreta para nuestro apaciguamiento.

 

6. Dueto de la flor

No son flores de Bach; son de Delibes

La ópera Lakmé, de Léo Delibes, incluye en su primer acto la hermosísima aria Viens, Malika, en la que Lakmé y su sirviente cantan mientras recogen flores río abajo. La música refleja la serenidad que suscita la naturaleza bella y paciente. Dos grandes del canto, Katherine Jenkins y Kiri Te Kanawa, logran una versión difícil de superar.

7. Danza de los espíritus benditos

Gluck en buena compañía

Cristoph Willibald Gluck fue finísimo compositor del período clásico—el mismo de Haydn y Mozart—de la música occidental. Compuso principalmente óperas y ballets; su obra puramente instrumental es breve. De la serenísima danza de su ópera Orfeo, interpretan su sección media los músicos de la Orquesta de Cámara Inglesa, dirigidos por Raymond Leppard. Serenidad mística, pudiera decirse.

8. Mantras tibetanos

Lamas en oración

Pero lo místico no es, en absoluto, exclusivo de Occidente. De hecho, es muy anterior en Oriente. Los monjes budistas del Monasterio de Maitri Vihar entonan ahora tres mantras del Tíbet en sucesión, y el efecto que obtienen no está lejos, gracias a su simplicidad, de la serenidad típica del europeo Canto Gregoriano.

9. In Paradisum

Sin duelo

El Réquiem en Re menor, opus 48, de Gabriel Fauré es único porque su último número no es sobre la muerte, sino sobre la vida perdurable en el Paraíso. El Coro del King’s College de la Universidad de Cambridge interpreta este consuelo, unas estrofas que parecen cantar muy tranquilas las almas resurrectas. La angustia por la inmortalidad se tranquiliza.

10. Au fond du temple saint

Dos grandes amigos

La serenidad que sucede a la renuncia, esa liberación del objeto deseado, emerge en el dúo de barítono y tenor del Acto I de Los pescadores de perlas, fina ópera de Georges Bizet. Dos hombres recuerdan a una mujer que enamoró a ambos, a la que renunciaron para preservar la amistad. Zurga y Nadir son los pescadores de Ceilán (hoy Sri Lanka) personificados por Jussi Bjoerling y Robert Merrill, quienes cantaron el dueto como ningún otro par de cantantes pudo hacerlo.

11. Preludio en Mi menor

De sus Preludios del opus 28, el #4 en Mi menor ilustra cómo era Federico Chopin capaz de envolver la melancolía romántica en canto sereno, que cubre las tensiones que surgen de la mano izquierda, la mano del corazón. La serenidad las envuelve y las protege. Vladimir Ashkenazy al piano.

Espectro (sonoro) de Chopin (clic para ampliar)

12. Claro de luna

Philippe Entremont, por francés y por refinado pianista, es muy indicado para tocarnos la serenidad de esta pieza de la Suite bergamasca de su compatriota, Claude Debussy, Claude de France. El Día de San José tuvimos la infrecuente Luna Grande, pero Debussy capturó para siempre su impertérrita dulzura en pentagramas inmortales.

Mar de la Tranquilidad

13. Salut d’amour

Cómo escribir variaciones hermosas

El opus 12 de Edward Elgar es una sencillísima y tranquila canción sin palabras, aquí dirigida por David Zinman al frente de la Orquesta Sinfónica de Baltimore. Se trata del saludo de un amor apacible pero alegre, seguro de sí mismo, sereno en la conciencia de su naturalidad.

La máquina Enigma de Alan Turing

14. Nimrod

La variación IX de las catorce Variaciones Enigma de Elgar—designadas con títulos en clave—alude a uno de sus grandes amigos, Augustus Jaeger, quien le ofreció a lo largo de su vida sinceros y útiles consejos críticos. Es el número la más bella de las variaciones; en ella, el espíritu crece con la crítica y adquiere fortaleza que no está reñida con la serenidad. La gente superior sabe que la crítica es el mejor de los alimentos. Eugene Ormandy dirige la Orquesta de Filadelfia.

15. Sehr ruhig

Muy calmo (Sehr ruhig) es la indicación dinámica para el trozo final de la Noche transfigurada (Verklärte Nacht) de Arnold Schönberg, una obra de su período tonal, antes de que desarrollara los principios atonales dodecafónicos. (Aquí por la Orquesta de Cámara de Viena, dirigida por Raphael Eröd). Una mujer cuenta, al hombre enamorado que la acompaña en su paseo nocturno, que lleva en su vientre el hijo de otro. El hombre le dice: “No dejes que el niño concebido sea en tu alma una carga. ¡Mira como brilla el universo! (…) Me has inundado de esplendor, haz hecho un niño de mí”. Es la serenidad del amor que sabe perdonar.

Transfiguración nocturna

16. Aire en la cuerda de Sol

Denme aire, por favor

Juan Sebastián Bach tuvo veinte hijos. Imaginemos a la mitad portándose mal al unísono y entenderemos que la serenidad era, para él, asunto crucial en materia de salud psicológica. De su Tercera Suite Orquestal en Re mayor (BWV 1.068) es el movimiento más famoso el segundo: Aire (“en la cuerda de Sol”. Lo toca al cierre la Orquesta de Filadelfia, dirigida por Eugene Ormandy). Es, en efecto, la atmósfera toda, el aire que respiramos, lo que se confunde con la esencia de la serenidad. Hace algún tiempo pensé que sería la música que quisiera escuchar mientras muriera. En paráfrasis de Andrés Eloy Blanco, es la mejor música para decir me muero. LEA

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Su Majestad Serenísima (Q. E. P. D.)

(Las distintas piezas aquí colocadas pueden ser descargadas al disco duro de su computador desde el Canal Dr. Político en www.ivoox.com; también conduce allí oprimir la letra “i” a la derecha de cada reproductor o, directamente a la pieza en cuestión, la pequeña flecha vertical naranja a la izquierda).

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La música “clásica” reciente

El ilusionista, con música de Philip Glass

El plan secreto, de la música de El ilusionista

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A Leopoldo, hombre de la Nueva Era

La producción de música que llamaríamos, en un sentido lato del término, música clásica, no se detuvo con Igor Stravinsky (1882-1971). En el siglo XX hubo una copiosa producción que, en general, quería alejarse del lenguaje musical del Romanticismo y el Postromanticismo. Esta intención implicó alejarse de la tonalidad, las melodías hermosas, los acordes consonantes. En su lugar tuvimos el atonalismo, las series melódicas abruptas, la disonancia y hasta el absurdo del silencio. En 1952, el compositor estadounidense John Cage (1912-1992) presentó 4′ 33″, una “pieza” para cualquier instrumento o grupo de instrumentos, cuya ejecución consiste en ¡no tocarlos en absoluto durante tres “movimientos” que deben durar exactamente cuatro minutos y treinta tres segundos! El propio Cage la consideraba su obra más importante (¿A una música que no suena?).

Anton Webern, retrato de Oskar Kokoschka

Webern: Cantata #2, op. 31

En esta lucha excesivamente intelectual contra lo que suena bien, los dodecafonistas—Arnold Schoenberg, Alban Berg, Anton Webern—se propusieron asesinar el concepto mismo de tonalidad, con estrictas reglas para evitar la repetición de notas antes de que sonaran los restantes once tonos de la escala cromática (las siete teclas blancas y las cinco negras en un piano). La “música electrónica” (Karlheinz Stockhausen, Edgar Varèse) hizo su aparición, así como su predecesora, la musique concrète (Pierre Schaefer). Búsquedas menos radicales condujeron a la música algo menos irritante de Pierre Boulez, Benjamín Britten, o Luciano Berio. Así aprendimos a tolerar la Trenodia a las víctimas de Hiroshima, de Krzysztof Penderecki (1933) quien, felizmente, ha procurado regresar a la música tonal.

Pero ahora hay una nueva camada que se ha desprendido de la música horrorosa, que se ha reconciliado con la tonalidad y la hermosura melódica. Es el contenido de su discurso musical lo que es nuevo; no era verdad que todo estaba dicho.

Casi todos ellos hacen música para el cine. (“Y es que antes hubo cortes reales, ducales, condales que sostenían el trabajo de los buenos músicos, e iglesias que podían contratar un Kapellmeister que se encargara de tocar órgano, dirigir coro y orquesta y, de paso, componer una que otra cantata, como hizo Juan Sebastián Bach para cada día del año litúrgico. Es decir, había que empatarse con la realeza o la nobleza, o con los apoderados de Dios en la tierra, para hacer música y comer al mismo tiempo. Pero ahora son las cortes de Hollywood o Bollywood o Cinecittà las que hacen económicamente posible mucha música bien compuesta”. Música para ver).

Así, por ejemplo, Philip Glass (1937), compositor estadounidense nacido en Baltimore, Maryland, de familia originalmente lituana. Hay quienes tienen a su obra como ejemplo de un “clasicismo minimalista”; él mismo dice que hace música con “estructuras repetitivas”, tal como comprobamos al inicio en The secret plot de su musicalización de El ilusionista. Glass, y la mayoría de los compositores contemporáneos, son reiterativos, recursivos, hacedores de música que se parece a sí misma, como un fractal. El Bolero de Ravel es ciertamente iterativo, machacón, pero la exposición de su tema lleva un buen número de compases. No es así la música de Glass, bastante más minimalista. Sus temas se construyen con un número reducido de notas, y pudiera más tenérselas como motivos musicales, en el mejor de los casos como exiguos diseños melódicos que se repiten, como en ciertas obras de J. S. Bach o en muchas imágenes de Maurits Escher o las paredes de la Alhambra. (Libro fascinante de Douglas Hofstadter: Gödel, Escher, Bach).

Philip Glass

Y sobre Glass, que tuvo la fortuna de formarse bajo la guía de la grande dame de la educación musical del siglo XX, Nadia Boulanger, ha debido influir un compatriota de ésta: Erik Satie. Esa influencia es evidente en las dos piezas que se pone a continuación: la primera y la tercera de sus cuatro Metamorfosis. Tal como las Gimnopedias de Satie, parecen asediar una misma idea musical desde diferentes perspectivas.

Metamorfosis I
Metamorfosis III

 

Un botón adicional en esta muestra vítrea: Aguas vivientes, uno de los temas que compusiera para la película The Truman Show, protagonizada por Jim Carrey.

Living waters

 

También es hombre de muy redonda y apropiada formación el belga-flamenco Wim Mertens (1953). Este culto caballero se graduó en Ciencias Políticas y Sociales en la Universidad de Leuven y en Musicología en la Universidad de Ghent, y estudió Teoría Musical y Piano en el Conservatorio de esa ciudad y el Conservatorio Real de Bruselas. Es, pues, un músico extraordinariamente preparado.

Wim Mertens

Antes de sobresalir como compositor él mismo, Mertens produjo importantes eventos musicales para la Radio-Televisión Belga. Igualmente para la Radio de Brabante; por ejemplo, conciertos de Philip Glass, cuyo estilo minimalista llamó su atención, al punto de que escribiera el libro American Minimal Music, sobre la Escuela de Música Repetitiva de los Estados Unidos. En 1980, sin embargo, su propia composición hizo impacto, con la pieza Lucha por el placer, que aquí podemos escuchar:

Struggle for pleasure

 

Y para reiterar que Mertens escribe música reiterativa, he aquí su composición A menudo un pájaro:

Often a bird

 

Arvo Pärt

Seguramente está en una liga diferente, más académica, el compositor estoniano Arvo Pärt (1935), quien no compone para el cine. Sin embargo, Pärt es también minimalista; uno de los más destacados compositores de música sacra en la actualidad, toma inspiración en las austeras formas del Canto Gregoriano. Ha desarrollado una técnica propia de composición, que bautizara como tintinnabuli (campanillas, en latín). Armonías simples, un único tempo a lo largo de una pieza, son características de sus composiciones. El 10 de enero de 2009, Esa-Peka Salonnen, el predecesor de Gustavo Dudamel al frente de la Filarmónica de Los Ángeles, dirigió la première de la 4a. Sinfonía de Pärt, apelada justamente Los Ángeles. Entre las composiciones más famosas de Pärt está—¿qué pudiera ser mayor reiteración?—Un espejo en un espejo. Hela aquí:

Spiegel im Spiegel

 

Angelo Badalamenti

Una pieza más familiar cierra este recorrido por la más reciente composición culta, y nos regresa a las cámaras. Es el simple y hermoso tema del magnífico programa de televisión Inside the Actors Studio, que produce y conduce James Lipton y vemos por Film & Arts. Su compositor, a pesar del italiano nombre, es un nativo de Brooklyn, Angelo Badalamenti (1937). Tampoco ha podido evitar el contagio en la epidemia musical minimalista y recursiva. Todo muy New Age. LEA

Inside the Actors Studio

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