Introducción al marxismo-chavismo

 

Karl Heinrich Marx (1818-1883)

Emergí de mi proyecto sobre Marx en la creencia de que antes que demonizar a Marx es mejor entenderlo. Si se usa su nombre en el discurso político, esto debe hacerse como con los otros grandes pensadores: como una fuente de ideas. Sea que estemos o no de acuerdo con él, hay lecciones que aprender de Marx. Creer otra cosa es ignorar a un hombre y a un período de la historia que son cruciales para entender el nuestro.

Mary Gabriel

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Esto nos dice el Diccionario de la Lengua Española, en su vigésima segunda edición, que es el Socialismo: 1. m. Sistema de organización social y económico basado en la propiedad y administración colectiva o estatal de los medios de producción y en la regulación por el Estado de las actividades económicas y sociales, y la distribución de los bienes. 2. m. Movimiento político que intenta establecer, con diversos matices, este sistema. 3. m. Teoría filosófica y política del filósofo alemán Karl Marx, que desarrolla y radicaliza los principios del socialismo.

En Venezuela, lo determinante para saber a qué atenernos es el significado del término socialismo que habita las neuronas del Presidente de la República, Hugo Chávez Frías, ya que es él el sumo sacerdote de su revolución; es él quien determina su sentido.

No está claro lo que Chávez quiere decir cuando habla de socialismo, por cuanto él mismo ha dicho que el socialismo que busca implantar en Venezuela “hay que inventarlo”; sería el “socialismo del siglo XXI”. Es decir, tal cosa no está aún definida. Sabemos, por supuesto, que es un socialismo marxista. He aquí el audio de su admisión en la Asamblea Nacional el 13 de enero de 2009:

Hugo Chávez Frías, 13 de enero de 2009

¿Qué es, entonces, el socialismo marxista? ¿Qué es ser marxista?

Ser marxista es, primero que nada, entender el desarrollo de la humanidad desde el punto de vista de un tal “materialismo histórico”, la idea de que la humanidad ha pasado por varias fases de organización social: el “comunismo primitivo” de la sociedad tribal; la sociedad antigua que viene de la invención de la agricultura junto con la propiedad privada y la esclavitud; la sociedad medieval donde la esclavitud se sustituye por la servidumbre de la gleba y comienza a establecerse la burguesía (artesanos habitantes de burgos); la sociedad capitalista que emerge de la Revolución Industrial, en la que un estamento de patronos, dueños de los medios de producción, acumula capital crecientemente a partir de la apropiación del trabajo de los obreros a quienes domina. En este esquema, siempre hay (salvo en la sociedad tribal en la que la propiedad habría sido común) un conjunto de “poseedores” y uno, enfrentado al primero en “lucha de clases”, de los “desposeídos”.

En cada caso, las relaciones económicas entre las clases vienen determinadas por una base de las posibilidades técnicas de la producción, y se corresponden con una “superestructura” de relaciones políticas y jurídicas que siempre benefician a los poseedores y protegen su dominación. Esto es lo que el socialismo cambiaría mediante una revolución que adjudique el poder político a las clases desposeídas. Según el análisis de Marx, un sistema político capitalista (que privilegia a los dueños de los medios de producción) entrará inevitablemente en crisis, ineficiencias y contradicciones, hasta que una revolución invierta los términos de la ecuación de poder. En la terapéutica socialista clásica, un partido socialista (comunista) conducirá la revolución y establecerá una “dictadura del proletariado” que estatizará todos los medios de producción para convertirlos en empresas de propiedad colectiva que producirán para el uso de los consumidores, no para la ganancia de los empresarios. En una etapa ulterior y final, ya no habrá diferencias de clase social y entonces el Estado mismo dejará de ser necesario: es la etapa comunista.

En dos platos, eso es el marxismo. Naturalmente, esta relación esquemática es una sobresimplificación: el edificio marxista es mucho más complicado que eso, e incluye precisiones en muchos puntos. (Por ejemplo, adopta una filosofía materialista de la realidad: el materialismo dialéctico y discute refinadamente el concepto de alienación o el papel de la ideología). También ha dado origen a numerosas variantes, y a un numeroso conjunto de exégetas del pensamiento de Marx, el profeta mayor.

Una importante vertiente del marxismo, la primera en adquirir el poder político total, es la del marxismo-leninismo. Wikipedia en Español nos informa:

Lenin disfrazado con peluca (1917)

El marxismo-leninismo es una forma de comunismo, oficialmente basado en las teorías de Karl Marx, Friedrich Engels y Vladimir Lenin, que promueve el desarrollo y la creación de una sociedad comunista internacional a través de la dirección de un partido de vanguardia que preside sobre un estado revolucionario socialista que representa la dictadura del proletariado. El marxismo-leninismo (y sus derivados) fue la ideología dominante del movimiento comunista internacional después de la ascensión de José Stalin en la Unión Soviética y, como tal, es la ideología política y el movimiento asociado con mayor frecuencia con la palabra «comunismo». Una sociedad organizada a través de un partido de vanguardia en principios marxistas-leninistas busca purgar cualquier cosa considerada burguesa o idealista de ella; además, se busca implementar el ateísmo universal a través de la abolición de la religión. Apoya la creación de un Estado de partido único; rechaza el pluralismo político externo al comunismo, afirmando que el proletariado necesita un partido político único, capaz de unificar y por el que representarse a sí mismos y ejercer un liderazgo político. A través de la política democrática de centralismo, el partido comunista es la institución política suprema del Estado marxista-leninista y es la primera fuerza legal de la organización social.

El marxismo-leninismo es una ideología de extrema izquierda sobre la base de los principios de conflicto de clases, el igualitarismo, el materialismo dialéctico, el racionalismo y el progreso social. Es anti-burguesa, anticapitalista, anticonservador, antifascista, antiimperialista, antiliberal, antireaccionario, y se opone a la democracia burguesa.

(…)

El Estado marxista-leninista utiliza una economía socialista estatal, basada en la planificación científica y el consenso democrático. Es compatible con la propiedad pública y la organización de la economía a través de la abolición de la propiedad privada de la tierra y de los medios de producción, que se convierten en propiedad común utilizada por el pueblo a través del Estado. En el pasado, generalmente se reemplazaba el papel del mercado en la economía capitalista con una gestión estatal centralizada de la economía, lo que se conoce como una economía dirigida. Sin embargo, en las últimas décadas surgió una alternativa economía marxista-leninista llamada economía de mercado socialista, que fue utilizada por la República Popular de China, República Socialista de Vietnam históricamente por la República Popular de Hungría y la República Federativa Socialista de Yugoslavia.

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¿Es Hugo Chávez un marxista-leninista? Algunas de las ideas descritas están presentes en su concepción política, sin duda; todo lo enumerado, por ejemplo, en el segundo párrafo del trozo precedente. Pero él ha negado explícitamente que lo sea. El 28 de julio de 2007, decía en alocución a una reunión de dirigentes del futuro Partido Socialista Unido de Venezuela (en cuya primera fila destacaba Juan Barreto):

Hugo Chávez Frías, 28 de julio de 2007

En efecto, si Chávez se confiesa cristiano, no puede ser marxista-leninista dado que, como explica Wikipedia, esta postura “busca implementar el ateísmo universal a través de la abolición de la religión”. Pero no sólo por eso; en más de una ocasión Chávez y colaboradores suyos han indicado que su proyecto reserva algún espacio a la libre empresa. El marxista-leninista es comunista, y Chávez ha dicho no serlo. De nuevo, hablando en el lanzamiento del Congreso Fundacional del PSUV (13 de enero de 2008), habló de esta manera:

Hugo Chávez Frías, 13 de enero de 2008

Marxista y cristiano

¿Qué es, entonces, Hugo Chávez? Es un pasticho ideológico, primero que nada. Su peculiar y primitiva confusión de cristianismo y socialismo, por ejemplo, es signo suficiente de que no ha comprendido bien los conceptos fundamentales de la fe cristiana y los hechos relatados de la vida de Jesús de Nazaret.

Estando una vez en Buenos Aires concedió una larga entrevista al programa Dos voces, transmitida el 8 de agosto de 2007 por Todo Noticias, una especie de Globovisión argentina. Al iniciarse la segunda mitad de la transmisión, se pidió a Chávez que dijese si consideraba que Venezuela es un país socialista, y uno de los entrevistadores—Gustavo Sylvestre—introdujo la consideración de que “…para algunos ya [el socialismo] pasó de moda, las ideologías han muerto…”

En este terreno nuestro presidente se encontró a sus anchas, y así contestó: “Mira, el socialismo nunca morirá. Cristo vino al mundo a lanzar un proyecto socialista, perfectamente socialista: la igualdad… la igualdad, el amor entre los seres humanos… la hermandad… en la comunidad, la ecclesia… Así que eso nunca morirá”. Ante esta declaración, el segundo entrevistador—Marcelo Bonelli—intentó precisar: “Pero ¿qué quiere decir? ¿Que el cristianismo es socialismo?” Chávez prosiguió impertérrito, cómodo: “Sí, sí. Teilhard de Chardin, el gran téologo—tú lo debes haber leído—, con un profundo raciocinio demostró que el socialismo y el cristianismo van de la mano. El capitalismo es anticristiano. Ve, Cristo llegó con un látigo, a sacar a los mercaderes del templo”.

Bueno, eso es una comprensión de profundidad no mayor a la de una cultura de Selecciones del Reader’s Digest. Jesús de Nazaret no “llegó” con un látigo. Chávez hace que un episodio específico del relato evangélico, la expulsión de los mercaderes del templo, predomine como conducta típica o principio programático. Jesús no llegó a expulsar mercaderes del templo, sino a exponer una rica doctrina del amor, que requiere muchas más páginas que las necesarias para describir su violencia cuando se trataba de la profanación de lo que tenía por la casa de Dios. En un episodio entre cientos de episodios muy distintos, expulsó con fiereza a quienes lucraban su religión judía desde puestos de buhonero que afeaban la entrada del templo divino. Pero Jesús habló en sus sermones afectuosamente de personas ricas y tuvo más de un amigo rico (Lázaro, por ejemplo). Jesús abrazaba a mercaderes sin empacho, considerándoles profesionales necesarios, perfectamente capaces de bondad. Y también, dicho sea de paso, daba al César lo que es del César. Ni el episodio evangélico de los mercaderes del templo contiene el tono más frecuente de Jesús, ni éste vino a “lanzar” un proyecto socialista. La cuenta de la Última Cena no la pagó él (¿William Ruperti?) y su sepulcro fue provisto por el rico señor José de Arimatea.

No se puede decir, además, que “con raciocinio profundo” Teilhard de Chardin—que no era un teólogo sino un paleontólogo—demostrara nada como lo que Chávez entiende. Para empezar, difícilmente puede demostrar nada lo que es una especulación; grande, bella, sugerente, poderosa, pero especulación al fin. Tampoco “llegó” Teilhard con un programa socialista en la mano, mucho menos un manifiesto comunista. A lo que Teilhard llama “Socialización”—no socialismo—es a un proceso que dará paso a una mente colectiva del planeta, a una reflexión simultánea de la humanidad, no a la estatización de compañías privadas o la constitución de cooperativas. Por otra parte, la interpretación de El Fenómeno Humano, la obra cumbre del jesuita francés, en toda su hermosa y persuasiva espectacularidad, no es algo de lo que la ciencia más apacible pudiera decir quod erat demostrandum.

Lo que lleva a comentar la noción, muy extendida en gente socialista, de que el marxismo es una teoría científica. Marx, es verdad, llegó a creer que había descubierto “las leyes de la Historia”, y por eso bautizó a su variedad de socialismo como “científico”, para distinguirlo de la prédica de socialistas a quienes llamó utópicos. (No es sólo Chávez quien cree en esa “ciencia”. Su antiguo defensor, ahora archienemigo, el general Raúl Isaías Baduel, declaró así, al entregar la cartera de Defensa el 18 de julio de 2007: “…si la base para la construcción del Socialismo del Siglo XXI es una teoría científica de la talla de la de Marx y Engels, lo que construyamos sobre ella no puede serlo menos…”).

Esas leyes históricas serían tan exactas y predictivas como las de Newton; sirvieron a Marx para aventurar predicciones sobre los países donde llegaría a establecerse el socialismo y la muerte inminente del capitalismo. Las erró absolutamente todas. Karl Popper—en La miseria del historicismo, (1957)—se encargaría de mostrar por qué. (Ver en este blog La miseria del chavismo).

En cualquier caso, no puede negarse en Marx y en muchos de sus seguidores la preocupación por su ideal de justicia social. A Marx lo molestaba una contradicción: “Debe haber algo podrido en el corazón de un sistema social que aumenta su riqueza sin disminuir su miseria”. Pero no es necesario ser socialista o marxista para sentir la misma desazón.

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El marxismo-chavismo es, pues, una mescolanza mal digerida de ideas periclitadas. Si, como Chávez cuenta, el propio Fidel Castro reconoce que hay un mundo nuevo por razón de la realidad informática—no hay mucho mérito en ese reconocimiento; entre nosotros, un hombre mayor que Castro lo ha dicho: Ramón J. Velásquez (ver en este blog Testigo excepcional)—, mal pueden las ideas rígidas de Marx ayudar a manejarlo.

Chávez dice que él es un socialista revolucionario, sin explicar suficientemente el asunto. Por él lo explicó Carl D. Thompson (1870-1949), predicador y político estadounidense, en un artículo publicado el 2 de octubre de 1903 en The Vanguard: “Entendemos por ‘socialismo revolucionario’ la captura de los poderes políticos de la nación por la clase trabajadora en oposición a la clase capitalista”. El error es obvio: la nación está compuesta por trabajadores y, también, por empresarios; hoy en día, por muchos otros roles sociales que no pueden ser incluidos en esas categorías que pretendían agotar la anatomía de la sociedad en el siglo XIX. La nación entera, no una clase numerosa o poco numerosa, debe controlar sus poderes políticos.

En 1959, mi padre trajo a la casa algunos documentos de la Secretaría de Doctrina de Acción Democrática, que dirigía Domingo Alberto Rangel (Q. E. P. D.) quien, por cierto, opinó el 15 de abril de 2009:  “Chávez es el hablador de paja más grande de la historia de Venezuela, supera en eso a Juan Vicente González, al cabito Cipriano Castro y a cualesquiera otros charlatanes de nuestra historia”. Bien, el principal entre los documentos de doctrina adeca establecía justo al comienzo: “Acción Democrática es un partido marxista”; eso, cuando ya era Rómulo Betancourt el Presidente de la República de Venezuela. Claro, al tercer párrafo aclaraba que AD empleaba el marxismo como herramienta de análisis de la sociedad, no como prescripción terapéutica. Es decir, Chávez es adeco.

Pero el verdadero partido de Chávez no es el PSUV, sino el partido militar que Ramón J. Velásquez identificaba en RJV: El siglo que he vivido. Un ingrediente esencial, el más fundamental de todos en la ensalada de filosofía política que es la concepción chavista, es la prescripción de Norberto Ceresole: líder, ejército, pueblo. El socialismo del siglo XXI, el marxismo-chavismo, es un marxismo militarista. LEA

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La casa del delfín: Teología conjetural II

Un delfín que filosofa

 

A mi hijo Luis Armando, que hoy se casa religiosamente

Parece seguro que la causa principal del retraso (dos años y nueve meses) en conseguir el sí de mi esposa es que la hubiera espantado desde un principio. Enamorado con angustia desde la noche en que la conocí, le dejé caer como primera cosa tres páginas y media mecanografiadas de Disquisiciones sobre un tema de arepera, el 3 de junio de 1976. La había visto por vez primera el 11 de mayo, y en una visita a la arepera Las Tres Esquinas—en la intersección de la Avda. Rómulo Gallegos con la Cuarta de Los Palos Grandes—acompañados de Eduardo Plaza Aurrecoechea, mi compadre, y Gisela Marrero Santana, nuestra futura comadre (que apostó en 1979 una caja de champaña que no ha pagado a que Nacha Sucre y yo no duraríamos seis meses de casados), emergió en la noche del 2 de junio una tesis corrosiva y escéptica acerca de las posibilidades del amor.

Comoquiera que yo necesitaba que me quisiera, me pareció harto inconveniente permitir que las cínicas tesis de esa noche permanecieran sin refutación: “La renuncia a construir el futuro. La reducción de uno mismo a caja de resonancia que depende de la cuerda exterior y no de sí misma. Ésa es la más grande declaración de inferioridad que pueda hacer una persona. Sólo aquél que rescata puede inventar. Se necesita, siempre, inventar el amor. Con un realismo orgulloso y apasionado, que también viva el presente con fruición”.

Era inevitable que quien todavía no era mi señora se formara la impresión de que mi cerebro estaba, en verdad, tostado. (Ya la habían informado de que yo era medio loco). ¿A quién se le ocurría cortejar de esa manera? Pronto confirmaría su hipótesis.

En agosto volvía por mis fueros; me propuse como su tutor privado para un curso al que llamé El hombre y su mundo. Es decir, pretendía darle clases que tuvieran el objetivo de “Ofrecer una visión global de la información disponible en 1976 para la comprensión de ese fenómeno llamado hombre y el mundo en el que se desenvuelve y contribuye a crear”. Entonces fueron once páginas escritas a máquina las que dejé en su casa, que contenían el esquema del curso y la lección introductoria. Naturalmente, el programa nunca se llevó a cabo. ¿A quién se le ocurre semejante locura?

Esas páginas han sido preservadas en una gran carpeta de argollas que recopila mis ocurrencias escritas durante el asedio, el que culminó en éxito el 22 de febrero de 1979. Dice el comienzo de la lección inicial:

Imaginemos lo siguiente: un delfín—podría haber sido cualquier otro animal—desarrolla súbitamente una capacidad intelectual diferente a la que le impele naturalmente a curiosear lo que le rodea. Cruza así una tenue frontera psicológica y empieza a hacerse curioso de sí mismo. Empieza a cuestionarse de repente, de las múltiples formas como los hombres habitúan preguntarse cosas a sí mismos.

Comunicación entre especies inteligentes

Supongamos que ese delfín mutante se plantease cuestiones como éstas: “¿Por que nací? ¿Para qué vivo? ¿A quién le importo? ¿Qué relación tengo con esos puntos luminosos que veo cuando nado de noche en la superficie? ¿De qué estoy hecho? ¿Por qué floto yo y no flota ya aquella embarcación hundida? ¿Por qué me disgustan tales y cuales delfines y me gustan tales otros, en particular, muy en particular, aquella delfina de chillido ronco? [Nacha, of course, que era contralto del coro que dirigía Eduardo] ¿Por qué demonios (quizás diría ‘por qué tiburones’) debe pesar sobre mí la contradicción de querer ser libre e inmortal y encontrarme limitado y perecedero?” Etcétera, etcétera, etcétera.

El delfín estaría en una situación relativamente más cómoda que la nuestra, si continuamos imaginando que se encuentra un día con un hombre y se le hace posible “hablarle”. Contaría con un interlocutor distinto a él, superior a él en la escala zoológica, que podría verlo desde afuera y suministrarle una información objetiva que quizás le facilitara la contestación de esas preguntas.

No estiremos demasiado el ejemplo porque tiene obvias limitaciones. Volveremos a la consideración de algunas de esas fallas. Por ahora esa escueta fábula incompleta (no ha tenido ni conclusión dramática ni moraleja) nos sirve para ilustrar simplemente que cuando el ser humano, un ser humano concreto, se hace preguntas similares, no cuenta con la conversación posible (al menos hasta ahora) con otro ser de mayor calibre intelectual que él mismo.

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Nacha cree que hay vida inteligente en muchos otros planetas del paisaje universal. Imagina que en cuanto establezcamos contacto con alguno, un baño sideral de modestia recaerá sobre nosotros, haciendo que muchos de los dolorosos conflictos humanos del mundo actual dejen de tener sentido. Acompaño su fe en la premisa; en diciembre de 1990 escribí:

Otras intuiciones pertinentes nos vienen, como de contrabando, junto con el tema de “los otros”: la presencia de otros seres inteligentes en el uni­verso. Los astrofísicos consideran muy se­riamente la posibilidad de vida in­teligente extraterrestre. En realidad, dado el gigantesco nú­mero de estrellas y galaxias, contadas por centenares de millones, la hipótesis de que estamos so­los en el cosmos resulta, decididamente, una conjetura presuntuosa.

Hasta ahora no hay resultado positivo de los incipientes intentos por es­tablecer comunica­ción con seres extraterrestres, a pesar de la seriedad cientí­fica de tales intentos. (Por ejemplo, el proyecto OZMA, que incluyó la transmisión hacia el espacio exterior de información desde el gran radiotelescopio de Arecibo*, en Puerto Rico, en códigos que se supone fácilmente desci­frables por una inteligencia “normal”).

¿Qué consecuencias podría esto tener para, digamos el paradigma cris­tiano, hasta cierto punto asentado sobre una noción de unicidad del género humano en el universo? Aun antes de cualquier contacto del “tercer tipo”, la mera posibilidad del encuentro ejerce presión sobre los postulados actuales de al menos algunas—las más “personalizadas”—entre las religiones terres­tres.

En otra dirección, ¿qué alteraciones impensadas podrían producirse en el sentimiento trascendental y religioso del hombre si efectivamente se lle­gara a construir “inteligencias arti­ficiales” operacionalmente indistinguibles de la de un ser humano? ¿Qué nuevas nociones éticas, qué nuevas figuras de de­recho requeriría un hecho tal? ¿Tal vez una bula pontificia que declare—como en Short circuit II, la película reciente—la “humanidad” de estos seres sintéticos? ¿Sería admisible su esclavización? ¿Es la especie humana la última fase de la evolución biológica, o será una nueva especie una combinación de metales y cerámicas que hayamos programado con inteligencia y con capacidad de au­torreproducción?

*(En 1978, en viaje exploratorio para la posible adquisición de una planta de anhídrido ftálico en la que Corimón, donde trabajaba, se había interesado, llegué a las afueras de Arecibo. El Gerente General de la fábrica obtuvo permiso para sobrevolar en su avioneta, conmigo adentro, el sobrecogedor radiotelescopio, suspendido en el aire sobre una excavación parabólica de cien metros de diámetro. Todavía Nacha no me hacía caso).

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Por mi parte, encuentro sentido a la hipótesis o principio de Gaia. Dice Wikipedia:

James Lovelock cumplirá 93 años

La hipótesis Gaia, también conocida como teoría Gaia o principio Gaia, propone que todos los organismos y sus ambientes inorgánicos en la Tierra están estrechamente integrados para formar un único sistema complejo, que mantiene las condiciones para la vida en el planeta. [Destacado de este blog]. La investigación científica de la hipótesis Gaia se enfoca en la observación de cómo la biósfera y la evolución de las formas de vida contribuyen a la estabilidad de la temperatura global, la salinidad de los océanos, el oxígeno en la atmósfera y otros factores de habitabilidad en una homeostasis** preferible. La hipótesis Gaia fue formulada por el químico James Lovelock y co-desarrollada por la microbióloga Lynn Margulis en los años setenta. Inicialmente recibida con hostilidad por la comunidad científica, es ahora estudiada en las disciplinas de geofisiología y ciencia del sistema Tierra, y algunos de sus principios han sido adoptados en campos tales como biogeoquímica y ecología de sistemas. Esta hipótesis ecológica ha inspirado asimismo analogías e interpretaciones diversas en ciencias sociales, política y religión bajo una vaga filosofía y movimiento.

No me he inscrito en tal movimiento, pero sigue informando Wikipedia: “…la Hipótesis Gaia ha sido soportada por varios experimentos científicos, así como provisto unas cuantas predicciones útiles, de allí que debe hacerse referencia a ella como la teoría Gaia. De hecho, una investigación más amplia contradijo la hipótesis original, en el sentido de que no es sólo la vida sino el sistema entero de la Tierra que hace la regulación”.

Bueno, si no es descabellado entender a la Terre entière*** de Teilhard de Chardin como un superorganismo que mantiene una homeostasis que permite la vida en su superficie y sus océanos, sus ríos y cavernas, puedo yo permitirme una conjetura: el universo entero es un megasuperorganismo en el que fenómenos como la Tierra acontecen.

**(DRAE: homeostasis. 1. f. Biol. Conjunto de fenómenos de autorregulación, que conducen al mantenimiento de la constancia en la composición y propiedades del medio interno de un organismo. 2. f. Autorregulación de la constancia de las propiedades de otros sistemas influidos por agentes exteriores).

***Puisque, une fois encore, Seigneur, non plus dans les forêts de l’Aisne, mais dans les steppes d’Asie, je n’ai ni pain, ni vin, ni autel, je m’élèverai par-dessus les symboles jusqu’à la pure majesté du Réel, et je vous offrirai, moi votre prêtre, sur l’autel de la Terre entière, le travail et la peine du Monde. Pierre Teilhard de Chardin: La Misa sobre el Mundo, primera parte de Himno al Universo.

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David Kaiser, Marvin Minsky y Ed Fredkin en MIT

En Proyecto Fénix: Teología conjetural, Edward Fredkin hizo su aparición con la idea de un computador coextensivo al universo, que una inteligencia ha dotado de un programa que ha puesto a correr “para ver qué pasa”. (Recordemos que la filosofía digital de Fredkin sostiene que lo biológico se explica por lo químico, lo químico por lo físico y esto último sería sólo comprensible en términos de información). Conversando con el autor de Three Scientists and their Gods, Robert Wright, es requerido por éste, que admite una inclinación teleológica, la preferencia por una visión que postula una intencionalidad o propósito en ese “proyecto” informático universal: “Desde su punto de vista, la razón por la que todo esto ha ocurrido… es porque algo se propuso resolver un problema por simulación ¿no es así?” Fredkin responde: “…uno debe ver dónde fue que [ese algo] puso sus recursos. Los puso en las galaxias y las estrellas. (…) Puede que haya más sistemas interesantes que los que conocemos. ¿Quién sabe lo que ocurre en el interior de una estrella? La idea de que todo lo que vemos en ella es un trozo de total desperdicio cósmico, natural y azaroso, y que nosotros somos el único material ordenado por estos lados es muy inverosímil. Así que creo que hay algo mucho más complejo en las estrellas y galaxias que lo que reconocemos”.

Le faltó el salto final. ¿No es mucho más complejo todavía el universo entero? ¿No mantendrá esta Hipergaia una homeostasis descomunal que permite que haya millones de galaxias, formadas de innumerables estrellas que atraen planetas en los que puede darse la vida como la conocemos? ¿No será el universo todo, él mismo, un inmenso organismo vivo?

De tener algo viviente una escala cósmica sería prácticamente imposible que no tuviera inteligencia y, si esto fuera así, espero que algún día nos hable, como nosotros podremos algún día hablar a los delfines, y conteste nuestras más azoradas inquietudes. Probablemente aquel delfín conjetural nos vería como dioses; yo no tendría inconveniente en llamar Dios al universo entero si se dignara dirigirme la palabra. LEA

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Para descargar en .pdf: La casa del delfín

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Una discusión recentísima sobre la mentalidad de criaturas no humanas es la de Robert W. Lurz, Mindreading Animals: The Debate over What Animals Know about Other Minds, MIT Press, 2011. Una reseña de esta obra por Kristin Andrews se lee en Notre Dame Philosophical Reviews.

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Proyecto Fénix: Teología conjetural

 

El Ave Fénix como constelación

 

Memento homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris.

Génesis 3,19

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Charada: Mi tercera y mi cuarta son nada. Mi segunda, mi tercera y mi cuarta son menos que nada. Mi todo es lo que queda después de que no queda nada.

Solución: Cenicero.

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El ave Fénix o Phoenix, como lo conocían los griegos, es un ave mitológica del tamaño de un águila, de plumaje rojo, anaranjado y amarillo incandescente, de fuerte pico y garras. Se trataba de un ave fabulosa que se consumía por acción del fuego cada 500 años, para luego resurgir de sus cenizas. (…) Para San Ambrosio, el ave Fénix muere consumida por el Sol, convertida en cenizas de las que renace, después de arder su cuerpo, como un pequeño animal sin miembros, un gusano muy blanco que crece y se aloja dentro de un huevo redondo, como si fuera una oruga que se vuelve mariposa, hasta que dejando de ser implume se transforma en un águila celeste que surca el firmamento estrellado.

Wikipedia en español

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En Miércoles de Ceniza, cuando a los católicos se les recuerda que polvo son y al polvo regresarán, cabe indagar cómo sería posible renacer del polvo, de sus cenizas. Ésta es una cuestión de gran importancia existencial; esto es, posiblemente sea la angustia mayor del género humano su mortalidad, el hecho aparente de que una experiencia continua tan vívida y densa como la conciencia de sí mismo termine abruptamente y no continúe para siempre.

La Iglesia Católica ofrece una respuesta: la vida es perdurable. Jesús de Nazaret, que resucitó al tercer día de su muerte en la cruz, vendrá por segunda vez a la tierra para despertar a los muertos, para hacerlos resucitar como él lo hizo. Entonces nos mandará a la presencia eterna de su Padre, que disfrutaremos por tiempo infinito, o con igual duración al infierno para un interminable llanto y crujir de dientes. Eso enseña Benedicto XVI.

Naturalmente, eso es mitología. Alguien cuyo nombre he perdido—ni Google ha podido encontrármelo—dijo: “La paz llegará cuando alcancemos a ver la Biblia como vemos a las mitologías griega y romana, como literatura psicológicamente perspicaz”. Es pensamiento supersticioso, al que no escapan ni los papas. Clemente I o de Roma, el tercero o cuarto sucesor de San Pedro a la cabeza de las comunidades cristianas del siglo I, escribió en su Epístola a los corintios:

Consideremos la maravillosa señal que se ve en las regiones del oriente, esto es, en las partes de Arabia. Hay un ave, llamada fénix. Ésta es la única de su especie, vive quinientos años; y cuando ha alcanzado la hora de su disolución y ha de morir, se hace un ataúd de incienso y mirra y otras especias, en el cual entra en la plenitud de su tiempo, y muere. Pero cuando la carne se descompone, es engendrada cierta larva, que se nutre de la humedad de la criatura muerta y le salen alas. Entonces, cuando ha crecido bastante, esta larva toma consigo el ataúd en que se hallan los huesos de su progenitor, y los lleva desde el país de Arabia al de Egipto, a un lugar llamado la Ciudad del Sol; y en pleno día, y a la vista de todos, volando hasta el altar del Sol, los deposita allí; y una vez hecho esto, emprende el regreso. Entonces los sacerdotes examinan los registros de los tiempos, y encuentran que ha venido cuando se han cumplido los quinientos años.

Bernardino Fungai: El martirio de San Clemente (clic amplía)

Es decir, quien fuera infalible hablando ex cathedra en materia de fe y costumbres—definición del Concilio Vaticano I en 1870—aseguraba, como San Ambrosio, la existencia del Ave Fénix, enteramente mitológica. Hasta su propia muerte es mítica: según una leyenda, Clemente de Roma habría sido lanzado a las aguas del Mar Muerto con un ancla atada al cuello, aunque Eusebio de Cesárea, Padre de la Historia de la Iglesia, no se da por enterado de tal martirio en su enjundiosa Historia Ecclesiae o en el pertinente Tratado sobre los Mártires.

Como sabemos por la Antropología, por supuesto, los mitos son construcciones útiles: Mircea Eliade apunta que contienen modelos para la conducta humana, y el mito del Ave Fénix satisface, al presentarla como posible, el ansia de perdurabilidad de nosotros, habitantes de este valle de lágrimas. Si un ave es eterna, quizás nosotros lo seamos también.

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Para una inteligencia desprejuiciada del siglo XXI, la reducción de las religiones aún existentes a la dimensión mitológica no resuelve el problema. La angustia permanece y fuera de las religiones no hay respuesta. La ciencia, en general, elude temas como el de la vida perdurable así como se niega a decir algo acerca de lo que habría ocurrido antes del Big Bang (la versión moderna de la Creación), antes de la llamada época de Planck: de 0 a 10-43 segundos.

La mayoría de los científicos que se aproximan al tema lo hace para contradecir las religiones, las que alimentan posturas irracionales como las de considerar equivalentes la teoría de la evolución de las especies y el creacionismo, una interpretación más o menos literal de lo que dice el comienzo del Génesis acerca el origen del mundo y sus inquilinos. Pero al desechar, con toda razón, las explicaciones cosmológicas o biológicas de los textos sagrados, tiende a postular un universo enteramente materialista, carente de cualquier explicación acerca de su innegable presencia. El Big Bang aporta un universo sujeto a la causalidad, pero él mismo sería un fenómeno sin causa. Al hacer esto, pues, esa mayoría incurre también en una conducta mitológica o supersticiosa, dado que le es imposible a la ciencia actual decir algo con sentido acerca del “tiempo” precedente; la Gran Explosión, la Bola de Fuego Primordial de George Gamow, el Huevo Cósmico de Georges Lemaître crearía todo: la materia pero también el espacio y el tiempo. De la nada.

Aquí, entonces, sí resulta lógicamente equivalente afirmar que el Big Bang no tiene explicación alguna o que, por lo contrario, sí la tiene en una entidad precedente—o entidades anteriores—que, por así decirlo, detona la bomba cósmica en cuya explosión vivimos. Pensar en esa entidad es una tarea para una teología del siglo XXI, que sigue a aquél del que Pierre Teilhard de Chardin dijera: “El siglo XX fue probablemente más religioso que cualquier otro. ¿Cómo pudiera no serlo, con tantos asuntos por resolver? El único problema es que todavía no ha encontrado un Dios que pueda adorar”.

El Ojo de Horus cristianizado en el Gran Sello de los EEUU

Para nuestra persona XXI, desprejuiciada, intelectualmente responsable, obligada moralmente según John Erskine a ser inteligente, no son aceptables las imágenes de un ente creador que satisfacían a un pastor israelita de hace 3.500 años—una zarza ardiendo en un desierto—o a la mente medieval: un ojo dentro de un triángulo. (“It is wrong always, everywhere, and for anyone, to believe anything upon insufficient evidence.” William Clifford, The Ethics of Belief). Aun si se creyese en un ser o seres superiores a quienes se atribuya nuestra presencia y la del cosmos que nos rodea, sería un contrasentido echar por la borda lo que la inteligencia humana ha acumulado como conocimiento rigurosamente adquirido; es decir, la ciencia. Si ésta se muestra incapaz de decir algo acerca de Dios, lo que pueda suponerse de éste con seriedad tiene que ser enteramente compatible con el conocimiento que se deriva de la actividad científica; no puede contradecirla. Y eso fue, justamente, lo que Teilhard intentó hacer en El Fenómeno Humano: “Mi único fin y mi verdadera fuerza a través de estas páginas es sólo y simplemente, lo repito, el de intentar ver; es decir, el de desarrollar una perspectiva homogénea y coherente de nuestra experiencia general, pero extendida al Hombre.  (…) Ha llegado el momento de darse cuenta de que toda interpretación, incluso positivista, del Universo debe, para ser satisfactoria, abarcar tanto el interior como el exterior de las cosas, lo mismo el Espíritu que la Materia. La verdadera Física será aquella que llegue algún día a integrar al Hombre total dentro de una representación coherente del mundo”. (En Ver, la introducción a El Fenómeno Humano).

El atrevido jesuita quiso hacer sólo lo mismo que se propuso Tomás de Aquino, grande entre los Padres de la Iglesia: una teología natural, o sea, un discurso sobre Dios proveniente de la razón empleada sobre las claves de la naturaleza de la experiencia ordinaria, que no dependiera de las Sagradas Escrituras o ninguna otra forma de revelación, ni siquiera del razonamiento a priori estrictamente filosófico. Éste es exactamente el programa teológico que se impone a la persona XXI, claro que con bastante y más fidedigna información que la disponible al Doctor Angélico en el siglo XIII. Nuestra experiencia ordinaria incluye ahora lo que encuentre el Gran Colisionador de Hadrones de CERN.

Carl Jung y Erwin Schrödinger en Eranos

Las mejores mentes debieran aplicarse a esa tarea. Hay que multiplicar a Eranos—ἔρανος, un banquete de contribución—, la reunión de intelectuales que se celebra anualmente en Suiza, en localización idílica, desde que fue fundada por la dama holandesa Olga Froebe-Kapteyn en 1933, el año en el que el austríaco Erwin Schrödinger recibía el Premio Nobel de Física por su descubrimiento de la función de onda de la mecánica cuántica. Schrödinger es de los pocos físicos que ha osado decir algo acerca de la vida perdurable. Fue invitado a una Conferencia Eranos en 1946, en la que disertó sobre El espíritu de la Ciencia Natural. Carl Gustav Jung lo hizo sobre El espíritu de la Psicología.

Pongamos acá extractos del gran físico, tomados de las lecciones que dictara—Tarner Lectures— en el Trinity College de la Universidad de Cambridge en 1956, bajo el título Mente y Materia. La primera lección fue Las bases físicas de la conciencia; la quinta Ciencia y Religión, de la cual se copia estos fragmentos:

¿Puede la ciencia conceder información sobre asuntos de religión? ¿Pueden los resultados de la investigación científica ser de alguna ayuda a la obtención de una actitud razonable y satisfactoria hacia aquellas cuestiones ardientes que asaltan a todos algunas veces? (…) Me refiero principalmente a las cuestiones que conciernen al “otro mundo”, a la “vida después de la muerte” y todo lo relativo a ellas. Noten, por favor, que no intentaré contestar estas preguntas, por supuesto, sino sólo la mucho más modesta de si la ciencia puede dar alguna información acerca de ellas o ayudar al pensamiento—para muchos de nosotros inevitable—sobre aquéllas. (…) No diré que con personas profundamente religiosas [la] iluminación tenga que esperar los mencionados hallazgos de la ciencia, pero ciertamente éstos han ayudado a erradicar la superstición materialista en tales asuntos.

Después de pasearse por el impacto filosófico y religioso de los trabajos de Albert Einstein y Ludwig Boltzmann, concluye Schrödinger el capítulo con esta frase (las mayúsculas son textuales): “…la teoría física en su fase actual sugiere fuertemente la indestructibilidad de la Mente por el Tiempo”. (Lo que equivaldría a postular la indestructibilidad de la materia, por cuanto no hay mente que se observe que no se exprese desde una base material).

………

Los científicos modernos pueden, a pesar de su irreligiosidad, aproximarse sin querer a nociones teológicas. Éste es el caso, por ejemplo, de Edward Fredkin, quien ha sido profesor en Caltech, MIT, la Universidad Carnegie Mellon y la Universidad de Boston. Sobre sus teorías en el campo de la física digital—que más recientemente él llama filosofía digital—compuso Robert Wright la primera parte (¿Es que el universo simplemente ocurrió?) de su libro de 1988: Tres científicos y sus dioses. Reporta Wright:

Pero entre más charlamos, Fredkin se acerca más a las impli­caciones religiosas que está tratando de evitar. «Siempre se supone que todo fenómeno astrofísico que ocurra es un accidente», dice. «Para mí, esto es una posición bastante arrogante, pues la inteligencia—y la computación, que a mi parecer incluye la inteligencia—es algo mucho más universal que lo que la gente cree. Me es difícil creer que todo lo que está allí es sólo un accidente». Esto suena mucho a una posición que el papa Juan Pablo II o Billy Graham asumirían, y Fredkin pasa trabajo para clarificar la suya: «Me pa­rece que lo que estoy di­ciendo es que no tengo ninguna creencia religiosa. No sé qué hay o qué podría ser. Pero sí puedo afirmar que, en mi opinión, es probable que este universo en parti­cular sea una consecuencia de algo que yo llamaría inteligencia». ¿Significa esto que hay algo por ahí que quisiera obtener la respuesta a una pregunta? «Sí». ¿Algo que inició el universo para ver qué pasaría? «En cierta forma, sí».

La filosofía digital de Fredkin es un tipo de física digital y pancomputacionalismo, el que propugna que todos los procesos físicos de la naturaleza son formas de computación o procesamiento de información en el nivel más fundamental de la realidad. En otras palabras, postula que la biología se reduce a la química, ésta a la física y esta última a la computación de información.

La visión de Fredkin es una nueva versión de las ya frecuentes identifi­caciones o corres­pondencias entre lo físico y lo informático. Todavía es al menos una curiosidad insólita, si no un misterio más profundo, que la forma matemática de la ecuación de la entropía térmica sea exactamente la misma de la ecuación fundamental de la teoría de la información, formulada por Claude Shannon en los años cuarenta del siglo pasado. La computadora cósmica de Fredkin tendría que operar, entre otras cosas, dentro de algoritmos que generarían con el tiempo la complejidad del universo observable. Dios sería, entonces y entre otras cosas, una memoria más grande que el universo, un “RAM” inagotable que preservaría, en estado de información completa, un holograma del origen y el acontecer del cosmos, cada uno de nosotros incluido. Es en esa memoria donde tendría lugar la vida perdurable.

La obra de John Hick (1922-2012)

Desde el campo de la teología propiamente dicha, los más modernos teológos asumen razonamientos muy similares a los científicos. Hace 13 días murió, a sus 90 años, John Harwood Hick, teólogo y filósofo de la religión nacido en Inglaterra, dos veces procesado infructuosamente, como Teilhard, por hereje. En una de sus obras—Muerte y vida eterna (1976)—propone el caso de una persona que deje de existir en un lugar mientras su réplica exacta aparece en otro. Si este duplicado tuviese todos los rasgos y las mismas experiencias de la persona fallecida, todos le atribuiríamos a aquél la misma identidad. En el fondo es el mismo argumento de su compatriota, el gran matemático Alan Turing, quien propuso en Maquinaria computacional e inteligencia (revista Mind, 1950) lo que se llamó luego el Test de Turing: si un computador que conversara oculto con un interrogador no pudiera ser distinguido por éste de un humano a partir de sus elocuciones, entonces habría que decir que el computador estaba pensando.

Parece ser una experiencia reiterada de la ciencia el toparse, en el lí­mite de sus especula­ciones más abstractas, con el problema de Dios. Por de pronto, muy frecuentemente los físicos emplean metáforas religiosas: el Camino Óctuple de Murray Gell-Mann (Premio Nobel de Física en 1969) para la ordenación de las partículas subatómicas, en alusión a un concepto budista con el mismo nombre, o la designación del postulado Bosón de Higgs, que dotaría de masa a toda la materia y ahora persiguen en CERN, como la Partícula de Dios. Puede que sea un importantísimo subproducto de la actividad científica moderna el de proporcionar imágenes para la meditación sobre un Dios al que ya resulta difícil imaginar bajo la forma de un anciano, ataviado con antigua túnica mientras descansa en una nube; un Dios informático para una Era de la Información.

La zarza ardiente de Mandelbrot

 

Necesitamos, para la Edad Compleja que se ha iniciado, un Dios que pueda comportarse como un ingeniero fractal. La geometría fractal es el territorio de los modelos matemáticos del caos y la complejidad. Como enseñara Benoît Mandelbrot, las estructuras más complejas, como el conjunto que lleva su nombre, pueden ser generadas a partir de ecuaciones simplísimas. (Ver en este blog El dios de Mandelbrot era el de Borges). Bastaría a la superinteligencia de Fredkin desatar el Big Bang con instrucciones de un programa fractal que desplegara la descomunal complejidad del universo. No tendría necesidad de venir al sexto día para hacer una creación especial de la especie humana. Luego, en su colosal memoria, nos preservaría en la condición descrita por Hick: con todas nuestras vivencias, sufrimientos y alegrías, odios y amores. Entonces existiríamos por siempre en alguna de sus divinas neuronas. LEA

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Enlace para descargar el archivo en .pdf:  Proyecto Fénix – Teología conjetural

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CS #250 – Allons enfants de la Patrie

Cartas

Dicen los entendidos que no hay cosa más difícil, aun para los cantantes profesionales, que cantar una canción en francés, tan numeroso es el rango fonético de esa lengua, lleno de nasalidades y vocalizaciones intermedias, requerido de tres acentos distintos—agudo, grave y circunflejo—para representar matices de pronunciación diferentes a los de las vocales no acentuadas. Para quien el castellano sea la lengua materna, el asunto es verdaderamente dificultoso. Acostumbrado a una constancia fonética de cinco claras vocales, el idioma inglés, pero sobre todo el francés, le representan una cuesta parlante de pronunciada pendiente.

No debiera uno, por tanto, haber exigido a Hugo Chávez que dejara de pronunciar repetidamente Montesquiú—hacia 1999, ya no lo hace, pues va agotando el entusiasmo por los autores que menciona—en lugar del difícil Montesquieu. A fin de cuentas, Montesquiú suena a musiú. Si lo pronunciaba mal, por otra parte, lo escribía correctamente. Ese nombre, bien escrito, fue precisamente la primera palabra que pusiera en misiva dirigida a la Corte Suprema de Justicia cuando ya ésta había abierto las puertas, en decisión del 19 de enero de 1999, al referéndum que preguntaría a los Electores si era su voluntad convocar una asamblea constituyente. La Corte había opinado después que esta asamblea no podía ser considerada “originaria”, y a esta postura quiso oponerse Chávez en la carta aludida.

La Corte tenía razón. A este punto se había adelantado el suscrito en artículo publicado en Maracaibo en el diario La Verdad (Contratesis, 10 de septiembre de 1998):

La constituyente tiene poderes absolutos, tesis de Chávez Frías y sus teóricos. Falso. Una asamblea, convención o congreso constituyente no es lo mismo que el Poder Constituyente. Nosotros, los ciudadanos, los Electores, somos el Poder Constituyente. Somos nosotros quienes tenemos poderes absolutos y no los perdemos ni siquiera cuando estén reunidos en asamblea nuestros apoderados constituyentes. Nosotros, por una parte, conferiremos poderes claramente especificados a un cuerpo que debe traernos un nuevo texto constitucional. Mientras no lo hagan la Constitución de 1961 continuará vigente, en su especificación arquitectónica del Estado venezolano y en su enumeración de deberes y derechos ciudadanos. Y no renunciaremos a derechos políticos establecidos en 1961. Uno de los más fundamentales es, precisamente, que cuando una modificación profunda del régimen constitucional sea propuesta, no entrará en vigencia hasta que nosotros la aprobemos en referéndum.

Es así como la asunción de poderes absolutos por parte de una constituyente pretendidamente originaria, cuando el Poder Constituyente Originario reside en el pueblo y fue éste el que la creó—como órgano del Poder Constituido, por tanto—, fue una verdadera usurpación, y la eliminación del Senado en 1999 por parte de aquélla un acto írrito. Es incomprensible cómo la dirigencia opositora de la época aceptó algo así. Henrique Capriles Radonski continuó presidiendo la Cámara de Diputados hasta el año siguiente, como si la gravísima mutilación del Congreso de la República no hubiera ocurrido. Una cierta parálisis argumental caracteriza desde entonces a la oposición formal venezolana; pareciera que una pesada culpa admitida le impide refutar el muy defectuoso discurso chavista.

Pero cuando la Corte Suprema de Justicia intentó oponerse a la caracterización de la constituyente como “originaria”, Chávez remitió al máximo tribunal su particular interpretación. Esto reporta Carlos Sabino: “Cuando la Corte Suprema insinuó que la ANC no podía ser ‘originaria’ (es decir, plenipotenciaria) por cuanto eso no había sido aprobado en el referéndum correspondiente ni aparecía en la Constitución vigente, el presidente decidió elaborar una sesuda carta que mostraría a los recalcitrantes magistrados sus argumentos y sus razones. El discurso tenía cuatro páginas y, como a veces sucede, las dos últimas habían quedado en orden inverso. Todo el país vio por televisión cómo el presidente, después de leer las dos primeras cuartillas, pasó sin más a la cuarta, la leyó por completo y, dándose cuenta de que había llegado al final pero todavía le quedaba una página en la mano, leyó ésta—la tercera—y terminó así tranquilamente su alocución”.

La gaffe permite presumir que no fue Chávez quien redactara el enrevesado texto, aunque una hipótesis distinta es que su delirante retórica sugiere una redacción propia trasnochada, en madrugada apercibida de enciclopedias y diccionarios. En cualquier caso, la carta llevaba una intención política y una insegura demanda de reconocimiento. A pocas semanas de haber asumido la Presidencia de la República, Chávez parecía desesperar porque se le tuviese por persona culta, en especial si escribía a los supremos magistrados. De allí que redactara, por ejemplo: “…valoración que informa las pulsiones óntico-cósmica, cosmo-vital y racional-social inherentes al jusnaturalismo y su progresividad…”, o “La evidente isostasia de las masas tiende a romper toda resistencia, todo desequilibrio…”, o “El Estado investido de soberanía, en el exterior sólo tiene iguales, pero la justicia internacional no alcanza a quienes, por centrifugados, tendrían que ser mutilados (Ratzel; McKinder)”.

Además de estos autores, favoritos de los aficionados, como Chávez, a la geopolítica—Ratzel, por cierto, con su concepto del espacio vital (Lebensraum), fue asumido como justificador por los nazis—se cita en la misiva presidencial a Gaitán, al inevitable Bolívar, a Darwin y a musiú Montesquiú. Estos dos últimos apuntalarían la verdadera intención totalitaria, expuesta con las mayores crudeza y pomposidad en el último párrafo: “Inmerso en un peligroso escenario de Causas Generales que dominan el planeta (Montesquieu; Darwin), debo confirmar ante la Honorabilísima Corte Suprema de Justicia el Principio de la exclusividad presidencial en la conducción del Estado”. (La tipografía enfática es de Chávez).

Poco después, el órgano al que Chávez se dirigía como “honorabilísimo” sería víctima de sus primeros improperios. La Corte Suprema de Justicia se sintió obligada a responder el 12 de abril de 1999: “…la Corte Suprema de Justicia, en Pleno, examinó las declaraciones atribuidas al ciudadano Presidente de la República Hugo Chávez Frías, difundidas por la prensa nacional en esta fecha, en las cuales se refirió a esta Corte Suprema de Justicia, señalando que ‘no existe’ en ella ‘autoridad legítima y moral’…” “En virtud de las anteriores consideraciones, esta Corte Suprema de Justicia, declara: Primero: Rechaza categóricamente todas las expresiones en contra del Alto Tribunal de la República que excedan de la seria crítica de sus actos y se conviertan en ofensas e irrespeto, bajo ninguna circunstancia tolerable por esta Institución. Segundo: Exige al ciudadano Presidente de la República Hugo Chávez Frías cese en su actitud irrespetuosa y hostil contra la Corte Suprema de Justicia, a la cual le corresponde como función primordial preservar el Estado de Derecho, y la que en ejecución de sus atribuciones constitucionales y legales, cumple su labor jurisdiccional teniendo, como único límite, la recta aplicación del ordenamiento jurídico establecido”.

………

Los problemas de Chávez con la pronunciación francesa han llegado hasta estos días. Estando en Buenos Aires concedió una larga entrevista al programa “Dos voces”, transmitida el 8 de los corrientes por Todo Noticias, una especie de Globovisión argentina. Al iniciarse la segunda mitad de la transmisión, se pidió a Chávez que dijese si consideraba que Venezuela es un país socialista, y uno de los entrevistadores—Gustavo Sylvestre—introdujo la consideración de que “…para algunos ya [el socialismo] pasó de moda, las ideologías han muerto…”

En este terreno nuestro presidente se encontró a sus anchas, y así contestó: “Mira, el socialismo nunca morirá. Cristo vino al mundo a lanzar un proyecto socialista, perfectamente socialista: la igualdad… la igualdad, el amor entre los seres humanos… la hermandad… en la comunidad, la ecclesia… Así que eso nunca morirá”.

Ante esta declaración, el segundo entrevistador—Marcelo Bonelli—intentó precisar: “Pero ¿qué quiere decir? ¿Que el cristianismo es socialismo?” Chávez prosiguió impertérrito, cómodo: “Sí, sí. Teilhard (el Presidente dijo Tallar) de Chardin (el Presidente pronunció un tolerable Shardán), el gran téologo—tú lo debes haber leído—, con un profundo raciocinio demostró que el socialismo y el cristianismo van de la mano. El capitalismo es anticristiano. Ve, Cristo llegó con un látigo, a sacar los mercaderes del templo”.


………

Más, sin embargo, que problemas de fonación Chávez confronta unos de mucha mayor importancia: los de comprensión.

Jesús de Nazaret no “llegó” con un látigo. Chávez hace que un episodio específico del relato evangélico, la expulsión de los mercaderes del templo, predomine como conducta típica o principio programático. Jesús no llegó a expulsar mercaderes del templo, sino a exponer una rica doctrina del amor, que requiere muchas más páginas que las necesarias para describir su violencia cuando se trataba de la profanación de la casa de Dios.

Menos aún llegó para expulsar mercaderes: en un episodio entre cientos de episodios muy distintos, expulsó con fiereza a quienes lucraban su religión judía desde puestos de buhonero que afeaban la entrada del templo divino. Pero Jesús habló en sus sermones afectuosamente de personas ricas y tuvo más de un amigo rico—Lázaro, por ejemplo—, porque si no fuera así no se hubiera dado ni la Última Cena. Jesús abrazaba a mercaderes sin empacho, considerándoles profesionales necesarios, perfectamente capaces de bondad. Y también, dicho sea de paso, daba al César lo que es del César. Ni el episodio evangélico de los mercaderes del templo contiene el tono más frecuente de Jesús, ni éste vino a “lanzar” un proyecto socialista.

Luego, Teilhard no era un teólogo. Era un sub-teólogo, sí; su obra permite al habitante de este siglo una imagen de Dios más admisible que una zarza ardiendo o un ojo inscrito en un triángulo. Pero su profesión, aparte de la de sacerdote, era la de paleontólogo. Fue también, si se quiere, un gran místico, aunque en serenos—y no por eso menos intensos—términos fenomenológicos, y no en los poéticos de Teresa de Jesús. Más de una vez se halló en medio de una excavación sin los medios litúrgicos para oficiar misa—en su época obligación diaria de los curas—, y entonces escribió en Himno al Universo: “Porque una vez más, Señor, no ya en los bosques del Aisne, sino en las estepas de Asia, yo no tengo ni pan, ni vino, ni altar, me elevaré sobre los símbolos justamente hasta la pura majestad de lo Real y te ofreceré, yo tu sacerdote, sobre el altar de la Tierra entera, el trabajo y la pena del mundo”. Palo’e misa, sí señor.

No se puede decir, sin embargo, que con raciocinio profundo Teilhard de Chardin demostrara nada como lo que Chávez entiende. Para empezar, difícilmente puede demostrar nada lo que es una especulación; grande, bella, sugerente, poderosa, pero especulación al fin. La interpretación de “El Fenómeno Humano”, la obra cumbre del jesuita francés, en toda su hermosa y persuasiva espectacularidad, no es algo de lo que la ciencia más apacible pudiera decir quod erat demostrandum.

Tampoco “llegó” Teilhard con un programa socialista en la mano, mucho menos un manifiesto comunista. A lo que Teilhard llama “Socialización” es a un proceso que dará paso a una mente colectiva del planeta, a una reflexión simultánea de la humanidad, no a la estatización de compañías privadas o la constitución de cooperativas.

Para sostener estas aseveraciones nada mejor que el propio Teilhard explicando “La esencia del Fenómeno Humano”, al hablar de su libro capital. En esa introducción, una vez repasados los rasgos del fenómeno, escribe imponentemente: “Reunidos entre sí y con otros muchos, estos diversos indicios me parece constituyen una prueba científica seria de que el grupo zoológico humano (en conformidad con la ley universal de centro-complejidad), lejos de derivar biológicamente, a través de una individualización desencadenada, hacia un estado de granulación creciente, o tal vez de orientarse (por medio de la astronáutica) hacia un sustraerse a la muerte mediante una expansión sideral, o sencillamente de declinar hacia una catástrofe o hacia la senescencia, se dirige en realidad, mediante la ordenación y convergencia planetarias de todas las reflexiones elementales terrestres, hacia un segundo punto crítico de Reflexión, colectivo y superior: un punto más allá del cual (precisamente porque es crítico) no podemos ver nada de manera directa; pero también un punto a través del cual podemos pronosticar (conforme he explicado) el contacto entre el Pensamiento, nacido de la involución sobre sí de la trama de las cosas, y un foco trascendente ‘Omega’, principio a la vez irreversibilizante, motor y colector de esta involución”.

(Debe notarse que la monumental cita precedente está formada por sólo tres oraciones gramaticales, concatenadas de modo tal que sólo requieren un punto: el final. La impresión que causa este trozo es la de una dificultad insalvable, pero puede recordarse acá lo escrito el 4 de octubre de 2005, en la Ficha Semanal #66 de doctorpolítico: “Se necesita, pues, algún trabajo para penetrar esa literatura francesa del ensayo que es a la vez ciencia y filosofía, ambas en envoltura poética que para colmo no es clásica, ni siquiera romántica, pues ha surgido después de que los franceses inventaran el impresionismo y descubrieran el surrealismo. Al suscrito, sin ir muy lejos, le cuesta bastante desentrañar esos textos à la manière française. Hace muchos años debí dedicar algo más de un mes a comprender—creo que cabalmente—lo que Pierre Teilhard de Chardin quería decir en su introducción a ‘El Fenómeno Humano’, unas seis páginas. Pero una vez que quebré el código particular del autor, de allí en adelante la lectura se hizo cristalina”. La parsimoniosa lectura del fragmento transcrito conduce a esa diafanidad en la comprensión. Hasta Chávez pudiera entenderlo, si se lo propusiera).

Si los hombres debemos permitir que pase lo que Teilhard avizora, él no ha dicho que tal cosa sea prerrogativa del César. No hay nada en ese concepto teilhardiano que niegue o prohíba la individualidad. De lo que Teilhard habla, dicho en lenguaje actual, es de propiedades emergentes, de la inteligencia colectiva de los enjambres. Es éste un tema en torno al cual hay gran actividad, en muchas disciplinas. La Internet encarna el medio técnico para la realización de la Socialización, y de esto se habla con mucha seriedad. La Universidad de Princeton sostiene un Global Conscience Project, que lleva a cabo experimentos para registrar influencias que provienen de “mentes colectivas”: “Una Red Global de dispositivos electrónicos produce continuamente una secuencia de datos al azar. Sutiles patrones en los datos están ligados a eventos que causan pensamientos compartidos y emociones en millones de personas. Los resultados desafían ideas comunes respecto del mundo, y también indican que no pueden ser atribuidos a fuerzas físicas ordinarias o campos electromagnéticos”. (Entre los eventos que estuvieron correlacionados con alteraciones marcadas de la azarosa secuencia de datos estuvieron, por supuesto, los ataques hiperterroristas del 11 de septiembre de 2001, el estrellamiento del avión en Wellstone y la crisis de los rehenes en Chechenia).

También hay un Co-Intelligence Institute, que define su materia así: “El término ‘co-inteligencia’ se refiere a una forma compartida, integrada de inteligencia que encontramos en nosotros y a nuestro alrededor cuando estamos vivos más vibrantemente. También se encuentra en las culturas que se sostienen armoniosamente con la naturaleza y el vecino. La co-inteligencia se manifiesta cuando quiera que reunimos nuestras inteligencias personales para producir resultados que son más perspicaces y poderosos que la suma de nuestras perspectivas individuales”. Esto es, la co-inteligencia es más que nuestras inteligencias individuales, pero no puede existir sin ellas. En la medida en que se quiera sustituirla por una inteligencia central única el enjambre queda sometido y anulado, y ya no habrá co-inteligencia, ya no será la Socialización de Teilhard.

Pero es que, claro, el Instituto de Co-inteligencia también alerta sobre la co-estupidez, que define de este modo: “La ‘co-estupidez’ describe la incapacidad colectiva de grupos, comunidades, organizaciones y sociedades para ver lo que está ocurriendo dentro de ellos y a su alrededor, y para tratar eficazmente lo que encuentran. Es lo opuesto de la inteligencia colectiva”.

Y especifica: “Es importante entender, no obstante, que decir que un grupo o sociedad se esté comportando co-estúpida o co-inteligentemente no dice nada acerca de la inteligencia de los individuos involucrados. Algunos de los grupos más co-estúpidos están compuestos por gente brillante, que usa su brillantez para socavarse los unos a los otros de forma que nada sumen”. Es posible creer, inteligentemente, en la co-estupidez de que un socialismo es la solución a todos los males de la civilización pre-planetaria.

Finalmente, puede decirse asimismo que hay gente inteligente en el país que cree, poco inteligentemente, que cuando Chávez se refiere a Tallar o Montesquiú sabe de lo que está hablando.

LEA

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