Música preludial

Los cuatro primeros compases del Preludio en Do mayor de J. S. Bach

Si se me preguntara qué es la música, diría que ella es el Preludio #1 en Do mayor de El clavecín bien temperado de Juan Sebastián Bach. La pieza es de una extrema simplicidad: consiste en una sucesión de acordes arpegiados—cada una de las cinco notas básicas de su diseño melódico podría ser tocada simultáneamente con las otras—que construyen tensiones armónicas resueltas con eficaz nobleza. Es tan perfecta, que el gran melodista francés Charles Gounod la tomó como base armónica de su hermosísimo Ave María. Oigamos primero al virtuoso israelí Tzvi Erez tocando el preludio de Bach al piano. Después, una versión de la pieza de Gounod por una combinación inusual de músicos: Yo Yo Ma toca en su violonchelo la melodía del francés mientras las notas de Bach son increíblemente cantadas por Bobby McFerrin, el mismo que vendiera tantas copias de Don’t worry; be happy.

Preludio en Do mayor

Ave María

En el conjunto al que el preludio anterior pertenece (Libro I, BWV 846) hay un total de veinticuatro piezas; Bach escribió una para cada tonalidad de las escalas mayores y menores. El mismo procedimiento siguió Federico Chopin en el grupo de sus Preludios del op. 28. Naturalmente, el #1 es asimismo en Do mayor. (Interpretado aquí por Ivo Pogorelich). El solemne número 20 es, por lo contrario, en Do menor; también es una breve serie de acordes tocada tres veces, forte, piano, pianissimo (con un crescendo a forte al cerrar. Lo toca maravillosamente Vladimir Ashkenazy).

Preludio en Do mayor

Preludio en Do menor

Podemos regresar a Bach para continuar en la búsqueda de nobleza musical. Uno de sus sobrecogedores preludios corales—piezas litúrgicas breves basadas en una melodía simple—es el clasificado con el número 721 en el catálogo general de su obra: Erbarm dich mein, o Herre Gott. (Ten piedad de mí, oh Señor Dios). Pocas piezas pueden representar mejor la serena confianza en la misericordia divina, propia de las religiones cristianas. Raymond Leppard dirige con gran gusto la Orquesta de Cámara Inglesa. (Hace poco, el 11 de marzo, fue el mismo preludio colocado en este blog: Concierto barroco. Esto da idea de cuánto me gusta).

Preludio coral

Portada de las Suites para violonchelo de Bach

Bach compuso para varios instrumentos, naturalmente, entre ellos el violonchelo. Sus Seis suites para violonchelo solo, redescubiertas y lanzadas a la fama por Pablo Casals—las encontró a sus 13 años en una casa de empeño en Barcelona—, permanecen entre las mejores composiciones para ese instrumento. De nuevo, es Yo Yo Ma quien toca el Preludio de la Suite #1.

Preludio de la Suite #1

Es, por supuesto, uno de los más famosos preludios de la historia el Preludio en Do sostenido menor, de Sergei Rachmaninoff, que llegó a adquirir nombres fantásticos, como El Día del JuicioLas campanas de Moscú. Es una de sus cinco Morceaux (piezas) de fantaisie, compuestas cuando tenía 19 años de edad. Ese preludio se convirtió con rapidez en la marca de fábrica del concertista y compositor, al punto de que las audiencias de sus recitales le exigían a voz en cuello: “¡Do sostenido!” Rachmaninoff admitió alguna vez que esta costumbre había llegado a fatigarle. El pianista estadounidense Van Cliburn, ganador del Premio Tchaikovsky de Moscú, es el encargado de tocarlo para nosotros.

Preludio en Do sostenido menor

Del mismo compositor es muy popular el Preludio en Sol menor, el #5 del op. 23. Un lenguaje musical español permea toda la pieza, pero es especialmente notable en el contrapunto melancólico de su sección media. Emil Gilels, grabado en concierto, es ahora el ejecutante. (Para escuchar la extraordinaria versión de Vladimir Horowitz, véase en este blog Titán del piano).

Preludio en Sol menor

Aprovechemos el contacto ruso para escuchar el Preludio en Re bemol mayor de Reinhold Glière, el #1 de su op. 43, a cargo de Anthony Goldstone y luego el Preludio #1 en Do mayor de Dmitri Shostakovich, por Alexander Melnikov.

Preludio en Re bemol mayor

Preludio en Do mayor

El autor de las Bachianas Brasileiras

Un hermoso ejemplo de estas piezas preludiales, anticipo de más música, es el Preludio #1 para guitarra del gran compositor brasileño Heitor Villa-Lobos. Julian Bream lo toca con gran sentimiento a continuación.

Preludio #1

Ya que nuestra entrada se ha latinizado, cerrémosla con la buena música del gran maestro francés, el Papa del Impresionismo musical: Claude Debussy. En primer lugar, de su Primer Libro de Preludios, el que llamó poéticamente La niña de los cabellos de lino, que nos interpreta la estupenda concertista Moura Lympany. La culminación es el muy hermoso Preludio a la siesta de un fauno, inspirado en un poema homónimo de Stéphane Mallarmé. La Orquesta Sinfónica de Londres es conducida por el mítico director Leopold Stokowski.

Preludio del Libro I

Preludio a la siesta de un fauno

Que esta selección sea el preludio de otras por venir, organizadas para su agrado. LEA

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Estudio de Scriabin

El teclado de colores de Scriabin

A ME, hermana mística

 

Nunca se había dedicado en este blog, en las previas trece entradas de tema musical, una de ellas a un solo compositor. Ésta viene centrada sobre Alexander Scriabin (1872-1915) porque fue un músico que influyó decisivamente la composición del siglo XX, porque en sus escasos 43 años de existencia desarrolló una asombrosa y rara metamorfosis estilística y porque, sencillamente, su obra es muy hermosa y no demasiado conocida.

Alexander Nikolayevich Scriabin

Alexander Nikolayevich Scriabin escribió obras puramente orquestales: cuatro estupendas sinfonías y dos poemas sinfónicos (siendo uno Prometeo: el Poema del Fuego), pero era esencialmente un compositor para el piano, instrumento que aprendió a construir él mismo con sus manos. Es de su obra pianística que se escoge la selección aquí presente. Ella es comúnmente clasificada en tres períodos, que van del temprano grupo de composiciones à la manière de Chopin (del opus 1 al 29), al intermedio (op. 30 al 53), en el que su lenguaje asume un carácter impresionista y, finalmente, hasta el período tardío (op. 54 al 74), que es decididamente atonal, aunque renuente a las exigencias canónicas del dodecafonismo de Arnold Schönberg, cuya música no apreciaba.

Pero presentemos de una vez la música de Scriabin. Nada mejor para introducirla que la joya que compuso a sus 19 años, el muy hermoso Estudio #1 del opus 2, en Do sostenido menor—tal como Rachmaninoff, que a la misma edad compuso su más famoso preludio (op. 3, #2), exactamente en la misma tonalidad. Abajo está interpretado por quien fue seguramente el mejor de sus intérpretes en el siglo XX: Vladimir Horowitz. (En YouTube puede verse un video enternecedor, cuyo código de inserción está desactivado y no puede ponerse aquí. Cuando Horowitz regresó a Rusia después de sesenta años de ausencia, tocó en el piano del compositor, para la hija de éste, la prodigiosa pieza).

Mucho más chopinianos resultarían los estudios del opus 8. El melancólico #11 (Andante cantabile) es tan chopiniano que lleva, como el que acabamos de escuchar, la marca contrapuntística de Chopin, rasgo de la música del polaco que Harry Corothie (Ingeniero Forestal y Doctor en Música, mi tío materno) me hizo notar. (Chopin componía, en realidad, en textura de contrapunto: la conjunción de dos o más voces que cantan melodías distintas pero consonantes). De nuevo, quien ejecuta es Horowitz, que conoció a Scriabin desde que era niño, cuando tocó para el compositor.

Y, por supuesto, el #12 del opus 8—Patético, en Re sostenido menor, una endemoniada clave de seis sostenidos—evoca, en su agitación, al famoso Estudio Revolucionario (#12 del opus 25) de Chopin. Horowitz lo interpreta en Carnegie Hall en este video (debajo, los tres primeros compases de la partitura):

Scriabin era él mismo un magnífico pianista, aunque sus dedos eran cortos y abarcaban un poco más de una octava a duras penas. Sintiéndose retado por el virtuosismo de Josef Lhèvinne, dañó seriamente su mano derecha mientras se esforzaba por ejecutar difíciles piezas de Balakirev y de Liszt. De esa época (1894), es su Preludio y Nocturno para la mano izquierda (op. 9). He aquí el Nocturno en versión de John O’Conor. A la izquierda del archivo de audio, los tres primeros compases de la pieza.

Para cerrar la muestra del período temprano de Scriabin, he aquí une autre fois Vladimir Horowitz, interpretando el Preludio #8 del op. 11:

Hace 100 años y 1 año, a comienzos de febrero de 1910, Alexander Scriabin registró ocho rollos para pianola en un piano Welte-Mignon. Seis de ellos han sobrevivido; acá podemos oír al propio Scriabin interpretando su Poème (op. 32, #1), una obra del período intermedio en idioma impresionista.

Del mismo período es el #1 de su opus 31 (Cuentos de la vieja abuela, Moderato), interpretado aquí por Marta Deyanova:

La evolución musical de Scriabin corresponde estrechamente a la de su filosofía personal. Scriabin fue el compositor más destacado del Simbolismo Ruso; de allí su lenguaje impresionista a mitad de su carrera. Más adelante, se dejó influir por Federico Nietzsche—a fin de cuentas, éste había sentenciado: “Sin la música, la vida sería una equivocación”—y el ocultismo teosófico de Madame Blavatsky. Él mismo exploraría el misticismo esotérico y, hacia el final de su vida, cuando ya ataba música y color, concebía un espectáculo multimedia que debía tener lugar al pie de los Himalayas. Este proyecto no se llevó a cabo, pero Scriabin creía que la ejecución, que duraría una semana entera, tendría el poder de traer una nueva era para la humanidad: “Una grandiosa síntesis religiosa de todas las artes, heraldo del nacimiento de un mundo nuevo”. En su lugar, en 1914 se iniciaba la Gran Guerra, y Scriabin moriría de septicemia al año siguiente.

Scriabin, en la mística penumbra de su estudio

De ese último período son las dos piezas que siguen: el Estudio #3 (Molto vivace) del opus 65, tocado por Marta Deyanova, y Vers la flamme, en video de ejecución informal por Vladimir Horowitz.

La riqueza musical de Scriabin se pone diáfanamente de manifiesto en su único Concierto para piano y orquesta (op. 20), escrito en la tonalidad de Fa sostenido menor (1896), de nuevo, en la mismísima tonalidad del Primer Concierto de Rachmaninoff, que precedió al suyo por cuatro años. Sus tres movimientos, Allegro, Andante, Allegro moderato, son de duración creciente; en la ejecución que sigue (Vladimir Ashkenazy y Lorin Maazel dirigiendo la Sinfónica de Londres), 8′ 23″, 9′ 55″ y 12′ 28″ respectivamente. Este maravilloso concierto, obra maestra de Scriabin, es de corte enteramente romántico. El primer movimiento, cuyo segundo tema causa evocaciones orientales, cierra con una elegante coda; el segundo es inusual, un tema (expuesto inicialmente por la orquesta) con variaciones; el tercero tiene un hermoso segundo tema a guisa de “canción sin palabras”, y concluye con la persistencia del último acorde en el piano, cuando la orquesta ya ha callado, prolongado por el pedal derecho sostenido.




No he hecho otra cosa que escuchar este concierto durante el último mes, el mes de la hermana. LEA

Rublo de 1997, conmemorativo de Scriabin

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