MUD, MUD, MUD, es hora de partir

mesa-unidad-democ1

Un archipiélago de islotes que se creen islas

¡MUD, MUD, MUD! Es hora de partir
¡MUD, MUD, MUD! Camino de perder
Los partidos bajan desde el terraplén

(Con la melodía de Din, din, din)

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terraplén. (Del fr. terre-plein, y este del lat. terra y planus). 1. m. Macizo de tierra con que se rellena un hueco, o que se levanta para hacer una defensa, un camino u otra obra semejante. 2. m. Desnivel con una cierta pendiente.

Diccionario de la Lengua Española

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Un amable y experto amigo obtendría conclusiones muy interesantes en un análisis del lenguaje corporal de los retratados en la fotografía de la hospitalidad copeyana: la mano izquierda volteada de Antonio Ledezma, la torva mirada de Julio Borges, alejada del centro de atención de los demás, el rostro desconfiado de Andrés Velásquez, etcétera. Por cierto, la denominación de Partido Popular para COPEI, aunque reciente, ya no es válida. Se la adoptó para agradecer a José María Aznar su ayuda financiera en tiempos cuando los demócrata-cristianos alemanes recortaban su apoyo, en vista del barranco en que se ha venido ahondando el partido fundado por Rafael Caldera, Q. E. P. D. Pero quien pase con frecuencia por delante de la sede de la urbanización El Bosque (rebasados los restaurantes chinos) habrá notado que, luego de dos apariciones en fachada, una larga y una corta (según la facción que controlara la proverbial botella vacía), ha vuelto a decirse en el muro delantero que allí funciona un partido social cristiano.

El partido COPEI fue el primero en realizar un congreso ideológico; luego lo celebrarían Primero Justicia y Un Nuevo Tiempo (en ocasión cuando Diosdado Cabello lo proponía también para el Movimiento Quinta República, predecesor del Partido Socialista Unido de Venezuela). Se celebraría en octubre de 1986, en las instalaciones del Hotel Ávila de Caracas. Algo más de un año antes, el 12 de junio de 1985, Gustavo Tarre Briceño me invitó a almorzar, sabedor ya de que por entonces yo promovía la formación de una organización política que portara un código genético distinto de los partidos convencionales. Allí me planteó, en su nombre y el de Eduardo Fernández, que participara activamente en la preparación del congreso:

Por lo que respecta al congreso ideológico tuve que declinar, pues Gustavo me había dicho que les hacía falta un nivel intermedio, sociológico, entre un nivel principista y filosófico que estaba confiado a Enrique Pérez Olivares y Arístides Calvani, y un nivel de políticas específicas del que se ocupaban diferentes comisiones. Gustavo creía, y me aseguró que también Eduardo, que yo era el indicado para establecer un “puente” entre esos dos niveles. En esas condiciones, expliqué, lo que se me pedía era involucrarme en algo en lo que yo no creía, puesto que pensaba que la política ya no podía seguir “deduciéndose” a partir de un piso principista y abstracto de principios ideológicos generales. (Krisis: Memorias Prematuras).

Más tarde, escribí Estudio copeyano (19 de junio de 1994). Allí me ocupé más explícitamente de sugerir un patrón de metamorfosis de COPEI que dejara atrás toda pretensión ideológica:

El futuro es plural, el futuro es ramificado. No todas las ramas del futuro de COPEI son desastrosas. Al menos es concebible que, después de una serie tan larga de traspiés y fracasos electorales, COPEI esté dispuesto a la metamorfosis y el aprendizaje. (…) La historia nos muestra, con implacable reiteración, la verdad de la falibilidad humana. No existe en el mundo en ninguna de sus épocas un movimiento político, un régimen o concepto gubernamental exitoso que no fuese luego presa de la entropía, de la tendencia al envejecimiento y el deterioro. (…) Pero también es posible al quehacer humano la metamorfosis de sus organizaciones. (…) Los tiempos del futuro próximo determinarán si COPEI es capaz de aprovechar una nueva oportunidad de transformación o si desaparecerá como importante factor de la actividad política en Venezuela.

Bueno, hoy COPEI está poco menos que desaparecido. En las elecciones del 16 de este mes, este partido obtuvo un total nacional de 227.104 votos, o un poco menos de 2,6% de los votantes.

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Antes de desahuciar por entero a los actores políticos que tanto han contribuido al establecimiento de la democracia en Venezuela y al desarrollo de sus principales instituciones, intenté llamar su atención con dos textos en 2009. El primero, Nacimiento o conversión (4 de junio), comenzó argumentando así:

Observada a distancia clínica, Venezuela presenta la superposición de un proceso oncológico a una condición previa de insuficiencia política. (Médicamente, una insuficiencia cardiaca alude a la enfermedad caracterizada por una deficiencia en el bombeo de la sangre que debe hacer el corazón; una insuficiencia renal a la incapacidad de los riñones de filtrar la sangre como es necesario. Cuando el aparato público de una nación—los poderes públicos a toda escala—no resuelven los problemas públicos, única actividad que justificaría su existencia, puede hablarse con toda propiedad de un caso de insuficiencia política).

La patología política venezolana más preocupante, sin duda, es el chavoma: el proceso canceroso, invasivo y maligno que la amenaza, últimamente de modo acelerado. Es el cuadro clínico más agudo y peligroso. La atención del país se ha concentrado de modo más que natural en este proceso desde que Hugo Chávez llegara al poder en Venezuela. Pero reducido el chavoma, aun por medios clínicos, no quirúrgicos, el cuadro de insuficiencia continuaría manifestándose.

Hay que cambiarlos

Hay que cambiarlos

La etiología de esa insuficiencia no debe buscarse en una intencionalidad culpable en el político profesional promedio—que a fin de cuentas es un animal de cuarenta y seis cromosomas y, por eso mismo, de cualidad moral equidistante del santo y el felón—sino en su esclerosis paradigmática. Es la impertinencia de los paradigmas políticos prevalecientes, acompañada de una pertinaz resistencia a abandonarlos, la causa, como en casi todas partes del mundo, de nuestra insuficiencia política.

Los miembros más importantes de la constelación de paradigmas que guían la práctica política convencional son el concepto de Realpolitik (política de poder) y la “necesidad” de ubicarse en un punto del continuo cuyos polos son la extrema derecha y la extrema izquierda.

Esto último es lo que cede cada vez más, de modo inexorable. A pesar de la insistencia de Chávez en el socialismo y de los Vargas Llosa en el liberalismo, lo que es tendencia de mayor masa e inercia es el “moderno molde postideológico” (expresión de Tony Blair). Hoy en día pudiera decirse que ser socialista—a lo Bernard-Henri Lévy—no es ser estatista sobre principios marxistas, sino preocuparse por la “anormal” distribución de la riqueza en la mayoría de las regiones de la tierra. Si el buen socialista de antaño fue estatista es porque creía que la estatización era una terapéutica eficaz; el buen socialista de hoy admite al mercado como sistema fundamentalmente natural y a la libre empresa como sistema superior al manejo centralizado de la economía, aunque ambos deban ser objeto de corrección cada cierto tiempo.

En cambio, la idea básica de la Realpolitik, que en el fondo la política no es otra cosa que una lucha por el poder, es más difícil de erradicar, sobre todo en nosotros, que debemos sufrir las obsesiones de un Presidente de la República que lleva esa noción a extremos enervantes. No obstante, para allá va la cosa.

Luego, discutiendo el modo de tratar esa patología, avizoré un posible rol para partidos que hoy se combinan en la Mesa de la Unidad Democrática, la coalición que se opone a Hugo Chávez:

Una cosa así sólo puede provenir de un discurso esencialmente diferente, de una nueva especie de organización política.

Pero esto último puede ser alcanzado de dos maneras. La más radical es la construcción de esa nueva opción desde cero, la inauguración de una asociación política fresca. La otra es la metamorfosis de organizaciones existentes, y en principio ésta sería la ruta más económica. Hasta una entidad tan rayada como la sucursal venezolana de Stanford Bank es apetecible por un banquero de lujo, José María Nogueroles, y seguramente le sacará provecho a su adquisición.

Claro está, esta segunda posibilidad sólo es viable—esto sí una “política realista”—a partir de la disposición de los actuales partidos democráticos a transformarse en especímenes políticos inéditos, y entonces tendrían que autorizar que en ellos se practicara lobotomía frontal e implante de nuevos circuitos conceptuales, en los que venga impreso un paradigma clínico de la política.

Sería necesaria mucha valentía y una elevación grande, en nuestros políticos convencionales, para lograr lo que se necesita a partir de una metamorfosis de lo existente. Pero ¿quién sabe? A lo mejor el aprendizaje de diez años de sobresaltos y desafueros, de ineficacia y de fracaso, ha puesto las conciencias políticas a punto de caramelo.

Todavía trataría de despertar las conciencias partidistas dos meses después, el 13 de agosto de 2009, con el artículo Bomba de fusión. El procedimiento de este trabajo fue comparar puntos en dos documentos provenientes de partidos distintos y encontrarlos sustancialmente idénticos, para identificar después las fuentes: el “Decálogo del militante copeyano” (23 de junio de 2009), redactado por Eduardo Fernández y “Democracia Social, Bases Ideológicas del Partido Un Nuevo Tiempo” (7 de abril de 2008). Hecha la constatación de similaridad, me atreví a sugerir:

En el seno del socialcristianismo venezolano ha habitado por largo tiempo la añoranza de la reunificación. Tal vez—han creído unos cuantos, en alguna misa campal que se dijera en el amigable jardín del IFEDEC en Boleíta Norte—pudiera descender en lenguas de fuego el Espíritu Santo sobre los cráneos de Luis Ignacio Planas, Henrique Salas, Julio Borges y Juan José Caldera y suscitar la unificación de COPEI, Proyecto Venezuela, Primero Justicia y lo que haya podido quedar de Convergencia. Mucho sabría agradecerlo la Fundación Konrad Adenauer.

En verdad, si se examina el documento doctrinario de Primero Justicia (construido sobre texto original de Julio Borges), tampoco es posible encontrar en él diferencia alguna sustancial con los postulados copeyanos. Otra vez, dicen lo mismo.

Pero la renuencia a esta reunión familiar es grande. Tal vez sea más fácil una primera unión entre exponentes de la democracia cristiana y la socialdemocracia—¡perdón, la democracia social!—visto que no guardan entre sí diferencias ideológicas insalvables y, por lo contrario, tienen muy numerosas coincidencias. Si, como postula cada una de esas fuerzas con tenacidad, lo ideológico es lo más importante de un partido, ¿no sería una carambola de bola a bola, no estaría de anteojito una conjugación de un partido de la democracia social con uno de la democracia cristiana que se alimenten, en el fondo, de una misma formulación ideológica?

La unión, no la unidad

La unión, no la unidad

En la escena corporativa los mergers (fusiones) son expediente cotidiano, enteramente habitual. Exxon y Mobil, Pfizer y Warner-Lambert, Bell Atlantic y GTE, AOL y Time Warner, Boeing y McDonnell Douglas, Sandoz y Ciba-Geigy, Citicorp y Travelers Group, JP Morgan Chase y Bank One Corp., BP y Amoco, Deutsche Bank y Bankers Trust y, para no hacer esta enumeración interminable, un larguísimo etcétera, eran entidades separadas que luego de su fusión fueron sólo una, a pesar de que todas tenían culturas corporativas bastante distintas. Supieron superar y absorber sus diferencias en procura de un propósito mayor.

Se nos pone que pudiera formarse una bola de nieve si se comenzara por la fusión de COPEI y Un Nuevo Tiempo. Al inicio percibimos que sus planteamientos ideológicos dicen las mismas cosas. ¿Qué explicación seria pudieran ofrecerle al país para que, en momentos tan menguados y peligrosos como los actuales, insistieran en seguir caminos separados?

Dijo Rómulo Betancourt en su último discurso público, en el partido que fundó, antes de morir: “Puede llegar el momento en que nosotros [debamos]… plantearnos la necesidad de un gobierno de concentración nacional, en el cual estén representados los dos partidos de mayor auditorio en la Nación…”

En apresurado regreso al realismo, sin embargo, cerré el trabajo con una salvedad:

Resulta obvio que el camino sugerido aquí es de difícil realización, y es innecesario enumerar los obstáculos que surgirían—protagonismos, preferencia por cabeza de ratón sobre cola de león, historia de disgustos interpersonales—, pero la hora lo exige. Fue Nelson Mandela quien dijera, en tiempos aun más duros: “Siempre parece imposible hasta que se hace”. (It always seems impossible until it’s done).

La hora lo exige, y es de temer que la benéfica iniciativa de la Mesa de Unidad no sea suficiente ante el avasallamiento político más procaz y ventajista que el país haya visto. El 4 de junio de este año se escribía aquí (#334): “Sería necesaria mucha valentía y una elevación grande, en nuestros políticos convencionales, para lograr lo que se necesita a partir de una metamorfosis de lo existente. Pero ¿quién sabe? A lo mejor el aprendizaje de diez años de sobresaltos y desafueros, de ineficacia y de fracaso, ha puesto las conciencias políticas a punto de caramelo”.

Quien sea lector habitual de esta carta sabe que desde ella se ha predicado la emergencia de una nueva especie política: una organización transideológica—post-ideológica, diría Tony Blair—de código genético distinto al de un partido convencional. Pareciera entonces un contrasentido que ahora proponga la fusión de dos raíces ideológicas diferentes. No es tal; en la conjugación de estos componentes diversos pero afines puede estar la mayor facilidad, precisamente, para dejar atrás lo ideológico y asumir un paradigma clínico de la política.

También, la fusión sugerida sería una sorpresa política de marca mayor, y ya es hora de que las sorpresas dejen de ser monopolio del gobierno que nos invade y atropella.

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Si ahora hay, luego del descalabro del 16 de diciembre que siguió al fracaso del 7 de octubre, llamados al examen de conciencia—Ramón Guillermo Aveledo: “Todos los partidos tienen que reflexionar, es nuestra obligación”—, sería lo serio que la Mesa de la Unidad Democrática abriera una instancia de pensamiento concienzudo, que no esté limitado por las cajas perceptuales acostumbradas. El examen debe ser radical, pues la cosa no es la de meramente verificar el nivel táctico o procedimental. Es necesaria una lógica de presupuesto de base cero:

Fue bajo el Secretario de Defensa de John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson, el genio ejecutivo Robert Strange McNamara, que se introdujera el concepto de “presupuesto de base cero” (zero-base budgeting) al seno de la administración pública de los Estados Unidos. Formaba parte de un conjunto de métodos para la planificación y la toma de decisiones que Charles Hitch, el Contralor del Departamento de Defensa, instauró bajo instrucciones de McNamara. (PPBS, Programming, Planning and Budgeting System. Johnson ordenó su extensión al resto de la administración federal). Era algo así como lo siguiente: el comandante de la Sexta Flota llegaba al Departamento de Defensa para entrevistarse con el jefe, a quien decía como estaba acostumbrado: “Señor Secretario: he aquí el presupuesto de la Sexta Flota para 1961. El incremento respecto del año anterior es de sólo siete por ciento. Permítame explicar esa diferencia”. Pero McNamara interrumpía y contestaba: “No, Almirante. Lo que necesito que me explique en su integridad es todo el gasto de la Sexta Flota. Quiero que me lo justifique por entero, desde cero. Podemos empezar por esto: ¿para qué se necesita la Sexta Flota? ¿No podríamos obtener lo que ella logra con algo distinto y mejor?”

Zero-base. Back to basics. Square one. El ABC, la cartilla. Por ese procedimiento, McNamara forzaba a toda unidad significativa del aparato militar estadounidense a reflexionar sobre su propia existencia. Y ésa es la misma pregunta que la Nación debe hacerle a la política. Inocentemente, frescamente ¿para qué es necesaria la política? (Política elemental, 1º de febrero de 2007).

Es hasta ese nivel elemental que una reflexión responsable de la Mesa de la Unidad Democrática debiera llegar. Ella, y los partidos que la componen, deben saber que su esencia ha sido sobrepasada por los hechos, que si no emprenden una metamorfosis radical, creadora de una organización política cualitativamente distinta, se verán reducidos a la insignificancia. En particular, una reflexión de esa clase debe prohibirse a sí misma que su propósito sea la derrota de Hugo Chávez y el chavismo. Tiene que definirse con fines que tendrían sentido aun si Chávez no hubiera existido.
(El 23 de los corrientes, en un artículo mayormente lúcido en El Nuevo País—Los resultados del 16D—, Henry Ramos Allup reitera el error de óptica, la falla de origen de la MUD: “Las dos derrotas electorales sufridas por la Oposición hay que analizarlas con responsabilidad, lo cual supone apartar explicaciones acomodaticias o dirigidas a echarle la culpa al otro, no importa a quien perjudique si nos lleva al objetivo de derrotar al Gobierno”).

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Cuando se dibujaba, en febrero de 1985, una organización política de otra especie, proveniente de una mutación conceptual, de una revolución mental—“…la actual crisis política venezolana no es una que vaya a ser resuelta sin una catástrofe mental que comience por una sustitución radical de las ideas y concepciones de lo político”—, se explicaba acerca de su composición:

Los miembros de la Sociedad Política de Venezuela serán todas aquellas personas que manifiesten el deseo de serlo, conozcan su normativa y consientan en acatarla. En particular, no obstará para ser miembro de la Sociedad Política de Venezuela que una persona sea miembro de algún partido, del mismo modo que no se impedirá la entrada por razones de religión, sexo, raza, edad o cualquier otro criterio similar. Las ideologías son expresión de valores como lo son las posturas religiosas. Las diferencias ideológicas y prácticas entre los partidos venezolanos se han ido atenuando hasta el punto de que constituyen ofertas poco distinguibles, fenómeno que conocen y comentan aun algunos líderes de tales organizaciones. (Proyecto: La Sociedad Política de Venezuela, 8 de febrero de 1985).

Más adelante (7 de mayo de 1985), tuve oportunidad de comentar en notas al proyecto de febrero:

Por último, participo del criterio expuesto por Diego Bautista Urbaneja en uno de sus recientes artículos: estamos en deuda con los actores políticos tradicionales. De mis notas al trabajo de febrero, la número 18 dice así:

“18. Los actores políticos tradicionales, por supuesto, han aportado muy importantes y beneficiosas transformaciones al desarrollo político nacional. Para empezar, la implantación misma de las más elementales nociones del juego democrático. Nuestro análisis no descalifica a los partidos tradicionales por un inventario de su actual negatividad, sino por la insuficiencia de su positividad. Sin embargo, es posible encontrar dentro de los planteamientos que circulan por los partidos venezolanos algunas ideas positivas, sobre todo ahora cuando han sentido la presión de la desfavorable opinión pública sobre ellos”.

Por esto creo que nuevamente debe intentarse que los actores políticos tradicionales den un salto, se aproximen a un nuevo paradigma, introduzcan cambios netos significativos.

La deliberación constructiva que propongo debe partir de esta premisa: cualquier intento de preservar el modelo federativo de la MUD estará condenado al fracaso. La gente de AD, Primero Justicia, COPEI, Un Nuevo Tiempo, etcétera, deberá entender que estos partidos deben desaparecer para dar origen a una organización radicalmente novedosa; la propia Mesa de la Unidad Democrática, por tanto, dejaría de existir, al no quedar nadie que federar.

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El día que debió acabarse el mundo escribí en este blog: “…por última vez recomendaré esta Navidad, a los partidos (…), un curso de acción que aproveche la considerable experiencia política de sus muchos dirigentes buenos”.

La experiencia es útil

La experiencia es útil (clic amplía)

En efecto, creo que las formaciones agrupadas en la MUD acumulan un considerable capital de experiencia y vocación política. Pero ese capital está encarnado en personas concretas; son ellas y no las organizaciones lo que hay que preservar. Quien escribe respeta y aprecia, por ejemplo, la sabiduría que se expresa en la serenidad y el tino diplomático de Ramón Guillermo Aveledo, la sinceridad de Henry Ramos Allup, el compromiso con la verdad de Eduardo Fernández, la valentía democrática de Julio Borges, la bondad de Henri Falcón o la seriedad de Arístides Hospedales.

Pero todos ellos están atados por las cadenas ideológicas, y por la superstición de que lo único posible es la lucha por el poder. A ellos les propongo que se fajen a construir una organización transideológica, diseñada más allá y por encima de Chávez, dedicada a la suprema labor política: la de resolver, del modo más responsable posible, los problemas públicos del país y sus divisiones territoriales. Pudiera ser su propósito el siguiente:

La Asociación tiene por objeto facilitar la emergencia de actores idóneos para un mejor desempeño de las funciones públicas y el de llevar a cabo operaciones que transformen la estructura y la dinámica de los procesos públicos nacionales a fin de: 1. Contribuir al enriquecimiento de la cultura y capacidad ciudadana del público en general y especialmente de personas con vocación pública; 2. Procurar la modernización y profesionalización del proceso de formación de las políticas públicas; 3. Estimular un acrecentamiento de la democracia en dirección de límites que la tecnología le permite; 4. Aumentar la significación y la participación de la sociedad venezolana en los nuevos procesos civilizatorios del mundo. (Proyecto de Acta Constitutiva de la Sociedad Política de Venezuela).

En esos fines no hay nada ideológico; tampoco se trata de una intención antipolítica. Por lo contrario, hay en ellos la voluntad de hacer la política que hoy es posible; no se trata de no hacer política, sino de hacerla bien hecha. Esto es una tarea separada de las decisiones que deben atender la actual coyuntura, que lleva entre otras cosas el germen de una nueva elección presidencial. Ya en Lo que hay que hacer (2 de abril de 2009), distinguía el problema de una organización de futuro de “la lidia cotidiana con el atropello gubernamental, la necesidad de contenerlo”:

Es desarrollo conceptual fundamentalmente venezolano que el nuevo paradigma político, que sustituirá al prevaleciente, es de carácter clínico, y su aceptación está a punto, pues se percibe con claridad una reciente y creciente emergencia de su postulado fundamental y sencillo: que la Política sólo cobra sentido como el oficio de resolver los problemas de carácter público.

Pero la expresión efectiva de un paradigma político se lleva a cabo mediante el vehículo de una organización que lo practique y difunda. Es la construcción de una organización que porte y difunda ese paradigma la tarea política más importante del nivel estratégico.

Por mencionar un caso especialmente auspicioso de activo diseño, en la actualidad progresa, en labor de ingeniería genética, el desarrollo de una opción para la organización requerida. Las siguientes son algunas entre las hipótesis fundamentales que guían este desarrollo:

1. La organización no es un partido político convencional definido por una ideología, ni nace para oponerse o desplazar a los partidos. Se rige por una metodología y pueden pertenecer a ella miembros de partidos.

2. La organización no lo es de organizaciones, sino de ciudadanos.

3. La organización no se define como instrumento de la “comunidad opositora”, y su apelación universal pretende ayudar a subsanar el problema de un país dividido.

4. La misión fundamental de la organización es de la elevar la cultura política de la ciudadanía en general, y la de formar a personas con vocación pública en el arte de resolver problemas de carácter público, esto es, en Política.

5. La organización establecerá una unidad de desarrollo de políticas públicas (think tank), a ser sometidas a la consulta más amplia posible.

6. La organización facilitará la emergencia de actores idóneos para el ejercicio de las funciones públicas.

Cuando eso se escribiera, parecía que hablaba en serio un importante político venezolano que llegara a la conclusión de que con las organizaciones de la MUD, con ella misma, “no se iba p’al baile”. Luego quiso crear una nueva organización política con “gente nueva”, como ¡Luis Miquilena!

Cumplo de esta manera mi ofrecimiento de un aguinaldo a la MUD, habitada por animales políticos con muchas cualidades. Tal vez se nieguen a discutir estas ideas, con la fórmula habitual de considerarlas románticas y decir que así no se hace política. Entonces me ocuparía de emitir clínicamente un parte de desahucio, como anticipo de una definitiva acta de defunción. LEA

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Para descargar esta entrada en formato .pdf: MUD, MUD, MUD

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El eje chucuto

Ex Fiscal Interventor Auxiliar del Instituto para la Defensa de las Personas en el Acceso de Bienes y Servicios del Ministerio del Poder Popular para el Comercio

 

Vemos políticos indecisos que se las dan de resueltos estadistas, y a la “fuente autorizada” que atribuye su falta de información a “imponderables de la situación”. Es ilimitado el número de funcionarios públicos que son indolentes e insolentes; de jefes militares cuya enardecida retórica queda desmentida por su apocado comportamiento, y de gobernadores cuyo innato servilismo les impide gobernar realmente. En nuestra sofisticación, nos encogemos virtualmente de hombros ante el clérigo inmoral, el juez corrompido, el abogado incoherente, el escritor que no sabe escribir y el profesor de inglés que no sabe pronunciar. En las Universidades vemos anuncios redactados por administradores cuyos propios escritos administrativos resultan lamentablemente confusos, y lecciones dadas con voz que es un puro zumbido por inaudibles e incomprensibles profesores. (…) En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia.

Peter Laurence – Raymond Hull

El Principio de Peter

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We can sail, we can sail with the Orinoco Flow. We can sail, we can sail.

Enya

Orinoco Flow

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Trece ministerios eran suficientes para la Administración Pública en Venezuela al inicio de su período democrático, en 1959: Relaciones Interiores, Relaciones Exteriores, Defensa, Hacienda, Fomento, Obras Públicas, Educación Nacional, Justicia, Minas e Hidrocarburos, Trabajo, Comunicaciones, Agricultura y Cría, Sanidad y Asistencia Social. (Más la Secretaría de la Presidencia, que entonces no era un ministerio—Carlos Andrés Pérez la elevaría a ese rango en su primer gobierno—, y cuatro “oficinas centrales” adscritas a la Presidencia de la República: la de Coordinación y Planificación, la de Presupuesto, la de Personal y la de Estadística e Informática). Ahora es Hugo Chávez el jefe de un gabinete de 31 ministros.

Este crecimiento tumoral no le es enteramente atribuible. Su antecesor, Rafael Caldera, ya contó con 27 ministros en su segundo período, así que Chávez sólo ha añadido cuatro, aunque cambiándoles el nombre a todos, naturalmente. (Un viejo consejo gerencial recomienda no tener más de una docena de subalternos que reporten directamente a un jefe, so pena de sobrecargarlo).

Nunca dejó de operar un prurito reorganizador de la Administración Pública en los gobiernos precedentes de la democracia. Al comienzo, Rómulo Betancourt estableció la Comisión de Administración Pública, que confió al economista Héctor Atilio Pujol, con el propósito de reformar y modernizar la organización del Poder Ejecutivo Nacional. Esa antecesora de la COPRE (Comisión Presidencial para la Reforma del Estado) trabajó, primeramente, con una estrategia de cambio en los sistemas y procedimientos de la administración: “¿Hay un problema con la cedulación? ¿Cuántas taquillas hay en la ONIDEX (Oficina Nacional de Identificación y Extranjería) de El Silencio? ¿Cinco? Pongamos ocho. ¿Se están robando los reales? ¿Cuántas copias se hace de un punto de cuenta? ¿Tres? Para controlar mejor generemos ahora el original, la copia blanca, la copia amarilla, la copia rosada, la copia verde…” La velocidad de cambio del aparato administrador público era, por supuesto, bastante mayor que la de una oficina que dibujaba diagramas de flujo en un intento de mantenerlo bajo control. Hasta que llegó Allan Randolph (Randy) Brewer-Carías a presidir la Comisión de Administración Pública.

Caldera había ganado por primera vez la elección presidencial y él, abogado latinoamericano, socialcristiano, deductivista, nombró a Brewer—como él abogado latinoamericano, socialcristiano y deductivista, y quien nunca había sido expuesto a una situación organizativa más compleja que un consejo de la Escuela de Derecho de la Universidad Central de Venezuela o manejado más personal que la secretaria de su Instituto de Derecho Público—para que presidiera el órgano de la reforma del Estado.

Donde antes Pujol había puesto curitas y paños calientes, ahora Brewer pretendió reformar absolutamente todo: desde la Corte Suprema de Justicia hasta el Concejo Municipal de Humocaro Alto, pasando por todos los ministerios, todos los institutos autónomos y todas las empresas del Estado. La CAP produjo bajo su guía dos tomos de más de quinientas páginas cada uno, empastados en cubierta dura azul y amarillo—sin rojo; todavía faltaba mucho para la Batalla de la Cachucha—, con las especificaciones para cambiar hasta el último resquicio del Estado.

Alguna vez comenté al propio Brewer este contraste entre él y Pujol, y apunté que no había en el país capacidad gerencial suficiente como para acometer tal cantidad de cambio, y que si llegare a haberla—mediante la contratación, por ejemplo, de Henry Kissinger, Robert McNamara, Peter Drucker y Lee Iacocca—, la intervención de un fornido atleta para trepanar su cráneo, resecarle medio pulmón, reducirle fracturas de costillas, extraerle la vesícula, colocarle una válvula mitral, suturarle úlceras gastroduodenales y circuncidarlo simultáneamente, crearía tal cantidad de trauma que, en cuanto se le destripase una espinilla en la nariz, moriría de shock irremediablemente. Creí que entendería al recomendarle una estrategia de radicalismo selectivo (Yehezkel Dror), para escoger unos pocos puntos estratégicos en el aparato del Estado y en ellos practicar una reforma a fondo. Si la cosa resultaba, entonces pudiera considerarse la extrapolación del esfuerzo a otras dependencias. Las ciencias sociales, le dije, son demasiado incipientes como para permitirse la arrogancia de un cambio omnicomprensivo. Me escuchó con gran atención y, después de considerar mi exposición como “muy interesante”, extrajo de su maletín veinte hojas anotadas en papel tamaño extra oficio; ellas contenían tan sólo el índice de una ponencia sobre reforma del Estado que debían discutir los miembros del Grupo Santa Lucía en intervenciones de tres minutos per cápita durante una sesión de media mañana. Había perdido mi tiempo.

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Aun así, Brewer ha sido superado con creces por la voracidad de la revolución “bolivariana”, pero antes ya era mucho mayor el problema que llevó a Jaime Lusinchi a crear otro órgano para la reforma del Estado, la difunta COPRE. En ocasión de que Lusinchi contestara a las Comisiones del Congreso de la República que fueron a participarle la instalación del período legislativo de 1985, el entonces Presidente de la República confesó: “…el Estado casi se nos está yendo de las manos”. Era como si el piloto de un gran avión de pasajeros saliese de su cabina para anunciar a los pasajeros de primera clase (los senadores y diputa­dos) que el aeroplano no respondía a los mandos. (Pudiera ser que una mayor tendencia a la candidez fuese característica de los presidentes de Ac­ción Democrática. En 1975, Carlos Andrés Pérez confesaba a los periodistas que no había sido posible dar a luz el documento contentivo del V Plan de la Na­ción por cuanto, a pesar de que él había convocado por tres veces a su discusión ¡los mi­nis­tros no habían leído el documento!) Sin embargo, más tarde no le gustaba a Lusinchi lo que hacía la comisión que él mismo creara, a la que regañó advirtiéndole que era sólo “una comisión asesora y no una co­misión promotora”. (El 6 de junio de 1986).

Aumenta la producción de cambures

La capacidad de gestión de los colaboradores del presidente Chávez tiene una magnitud finita, más bien escasa. No sólo es que muchos son más capaces en la fabricación de discursos ideologizados y aduladores cuadres con el jefe que en la gerencia pública, sino que la agresividad de clase del propio Jefe del Estado aliena y excluye a muchos entre los mejores talentos ejecutivos de la Nación. Gustavo Antonio Marturet, de serle ofrecida, no le aceptaría a Chávez la Presidencia del Banco Central de Venezuela.

A pesar de esta circunstancia, el gobierno “revolucionario” que sufrimos desde 1999 insiste en complicarse la vida. Cada estatización es un nuevo punto de decisión y supervisión, cada nuevo programa un nuevo dolor de cabeza. Para demostrar que habla en serio cuando nos anuncia el “socialismo del siglo XXI”, ha expropiado más de un millar de empresas privadas en lo que lleva de dominación. Pero no todo es predicado desde la doctrina; luego de su tercer triunfo electoral, a comienzos de 2007, Chávez explicaba en Brasil a sus colegas del subcontinente que tenía que expropiar a la telefónica nacional porque le estaban grabando las conversaciones. (No hay necesidad de poseer la CANTV para espiarlo, y cuando esa empresa era pública, antes de la privatización de Pérez, grababa las conversaciones de Luis Herrera Campíns).

El resultado del apetito controlador de Hugo Chávez es una administración pública elefantiásica, cancerosa, recrecida sin necesidad…  e ineficiente. Es imposible manejarla razonablemente bien porque los pocos ejecutivos medianamente capaces de los que dispone están sobrecargados. Una burocracia enorme obstaculiza el mejor desempeño de la sociedad y su economía, a pesar de algunas mejoras puntuales. CADIVI y SENCAMER se ocupan de que producir sea cada vez más difícil y costoso. Pregunte a cualquier industrial, incluso a los simpatizantes del oficialismo.

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Más allá de su invasividad, la revolución chavista es, por encima de todo, un discurso altisonante e inconsistente. En 1999 Chávez anunciaba un esquema de desarrollo “pentapolar” que ya nadie recuerda—¿lo recordará él mismo?—, y uno de sus componentes era la construcción del “Eje Orinoco-Apure”. Ahora le ha recortado a ese proyecto grandilocuente 1.025 kilómetros, al reducirlo al más modesto “Eje Orinoco” que acaba de anunciar en actos de campaña en el estado Bolívar.

Lo sustancial de este anuncio es la adjudicación por PDVSA de 10% de las acciones de Petropiar a la emproblemada Corporación Venezolana de Guayana; en febrero, el presidente Chávez había indicado que exactamente la misma participación sería poseída por la empresa del grupo chino CITIC, así que a comienzos de año podía hablarse con propiedad del “Eje Orinoco-Yangtsé”. Para cargar más peso a las exigidas finanzas de PDVSA, ésta adelantará de una vez, según anuncio presidencial, mil millones de dólares a SIDOR, pues el desarrollo en la Faja del Orinoco, que supuestamente pondrá la producción petrolera venezolana en tres y medio millones de barriles diarios para la Navidad, requeriría 1.200.000 toneladas de acero por año en el próximo quinquenio, para un gasto total de US$ 3.600 millones por este solo concepto. Además de todo lo que ya hace, PDVSA es ahora el salvavidas de la CVG.

¿Cuándo duerme Rafael Ramírez? ¿Habrán llegado él y su jefe a su nivel de incompetencia? ¿Será por eso que se produjo una explosión mortal en Amuay? Un estudio de 2011 sobre la seguridad industrial en la Faja del Orinoco, más precisamente en la Gerencia de Servicios Eléctricos de la División Ayacucho, encontró que 74% del personal no ha participado en comités de seguridad. Que se cuiden los obreros de Guayana del eje chucuto. LEA

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Para pensar la política

 

La cosa es compleja

Es lo que los hombres piensan lo que determina cómo actúan.

John Stuart Mill

Ensayo sobre el gobierno representativo

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La política que hacemos es la que tenemos en la cabeza. Naturalmente, las emociones, que se manifiestan no sólo en el cerebro, determinan mucho de nuestra conducta, pero aun ellas ingresan al intelecto junto con las ideas que fluyen por él para formar nuestras decisiones, que siempre son actos de la volición consciente. En esa elaboración, los conceptos que tenemos acerca de la sociedad y su dinámica terminan por conformar el marco de esa toma de decisiones.

Podemos, por ejemplo, creer que el mundo de la política se rige por dinámicas newtonianas, que en él todo es asunto de acción y reacción, de espacios y fuerzas políticas. Hace no mucho que algún articulista nacional dedicara unos cuantos de sus trabajos a discutir la siguiente cuestión: ¿hay espacio en Venezuela para una nueva fuerza política? En su concepción, los partidos políticos eran fuerzas de Newton que ocupaban un espacio limitado, y bien pudiera ser que ese espacio estuviera ya repleto, razón por la cual no podría caber en él otra “fuerza política”.

También se es newtoniano (con perdón de Sir Isaac) si se cree que la repetición de una misma política llevará a las mismas consecuencias que cuando se aplicara anteriormente. Es la idea de un espacio político análogo a una mesa de billar; si golpeo con la bola jugadora alguna otra con el mismo ángulo y la misma fuerza en el mismo punto, deberé obtener resultados idénticos: la misma carambola de la vez anterior. Dos ejemplos pueden ilustrar el punto.

Después del fenómeno conocido como el “Caracazo” (27 y 28 de febrero de 1989), se formó un temor prácticamente irreductible a los aumentos del precio del combustible en el mercado local. Como la violencia del 27F fue detonada por el aumento del pasaje interurbano, y éste a su vez fue causado por el encarecimiento de la gasolina, el escarmiento que el caracazo produjo impedía la consideración de aumentar el precio del combustible.

O, por caso, el hecho de que un crescendo de manifestaciones callejeras contra el gobierno a comienzos de 2002 llevara al clímax del 11 de abril con la salida momentánea de Hugo Chávez, consolidó la simplista fe de que la oposición tenía que “mantener caliente la calle”. (Ya se dejó de eso). Por esto se repitió hasta el cansancio la fórmula de la marcha de protesta, reiterada por los agentes de la oposición formal y seguida (aunque cada vez menos) por un segmento de la población que creyó sinceramente en la invariable eficacia política de ese expediente.

La verdad es que la aplicación de una misma receta política tiende a tener efectos distintos en momentos diferentes. Las sociedades no son estáticas mesas de billar; son, más bien, complejos sistemas compuestos por un número grande de conciencias individuales, cuyos estados cambian con el tiempo y la secuencia específica de sus experiencias. Los enjambres humanos son de enorme complejidad, y cambian porque recuerdan y aprenden. Incluso en conglomerados bastante más simples—pongamos una determinada cepa bacteriana—también la confrontación repetida de un mismo antibiótico conduce a la formación de una resistencia adaptativa. El remedio que era capaz de aniquilar millones de bacilos se vuelve repentinamente inútil, una vez que los agentes infecciosos mutan para comportarse como si la cosa no fuera con ellos.

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Hacemos la política que pensamos, y pensamos dentro de conceptos y marcos de interpretación que, desde el trabajo miliar de Thomas Kuhn (La estructura de las revoluciones científicas), llamamos paradigmas. Éstos son, naturalmente, construcciones mentales; cómodas para el discurso, son sin embargo abstracciones. Formuladas originalmente en un determinado tiempo histórico, su destino es desenfocarse y perder pertinencia en cuanto la realidad social muda. Muchas de ellas son adquiridas en el proceso de formación profesional.

Es así como la muy mayor parte de la historia política venezolana ha sido transitada por actores que pensaron dentro de un paradigma jurídico-militar. Con una que otra excepción, nuestros más influyentes políticos se han formado en leyes o en el arte castrense. La política que secretan no puede ser otra que una en la que se cree que el acto político supremo es una ley, o la que presume que la política es asunto de fuerza. Y como nuestra historia, con abrumadora ventaja, está más llena de jefes militares que de hombres de leyes, es la segunda noción la que predomina. Buena parte de la artesanía política criolla tiene que ver con el problema de cómo mantener bajo control a los militares, y casi que es esta necesidad el problema político principal. Rómulo Betancourt, por ejemplo, ya presidente electo democráticamente, escarmentado por el golpe de 1948 y blanco él mismo de una buena cantidad de asonadas militares (Carupanazo, Porteñazo, etcétera), cambió el funcionamiento del Estado Mayor General de Pérez Jiménez por el de un Estado Mayor Conjunto que aislaba relativamente las distintas fuerzas armadas, para dificultar la coordinación de una conspiración que las reuniese a todas.

Pero si en el origen del gobernante está el Derecho, entonces debe descontarse que el nuestro es del tipo latino y no del anglosajón, que enfatiza la casuística y la jurisprudencia—qué decidió un juez en otro tiempo sobre un caso similar—antes que la arquitectura de una pirámide de leyes que descansa sobre una constitución y procede de ésta en pisos de concreción creciente. Nuestro derecho es, pues, deductivo, a diferencia del inductivo de los sajones, y este solo hecho ya produce un paradigma particular con efectos también particulares. Cuando Rafael Caldera llegó por primera vez a la Presidencia de la República, cambió marcadamente el enfoque que precedió al suyo sobre reforma del Estado. El órgano encargado de gestionarla, predecesor de la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado, era la Comisión de Administración Pública, que bajo las presidencias de Betancourt y Leoni se aproximó a la tarea con una estrategia de cambios en los sistemas y procedimientos administrativos, dirigida por el economista Héctor Atilio Pujol. Caldera, por su parte, puso al frente de esa comisión al abogado Allan Randolph Brewer Carías, profesor de Derecho Público, quien procedió a dirigir el parto de dos tomos de quinientas o más páginas cada uno, en los que se especificaba una reforma total del aparato público venezolano, desde la Corte Suprema de Justicia hasta el municipio de Humocaro Alto, pasando por todos los ministerios, todos los institutos autónomos y todas las empresas del Estado. Pujol intentaba, en vano, aplicar una terapéutica que era más lenta que la velocidad del cambio inercial de la administración pública venezolana; Brewer prescribió una cantidad y extensión de cambio para las que no había en el país suficiente capacidad gerencial, tal como ahora confronta la administración de Chávez, en acumulación creciente, las deficiencias que se derivan del imposible manejo de un prurito de cambiar todo, al tiempo que se ha excluido de la gestión pública a la mayoría de la gente más preparada.

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El problema fundamental, no obstante, es que los paradigmas de cualquier clase—y en especial los paradigmas políticos—, como los tejidos celulares, envejecen y se hacen escleróticos, se endurecen y se vuelven incapaces de cambiar. El asunto es doblemente grave porque los objetos sobre los que la política se ejerce, las sociedades, experimentan metamorfosis. A fin de cuentas, las manzanas caen desde tiempos inmemoriales del mismo modo y con la misma aceleración que la que legendariamente golpeó la humanidad de Isaac Newton en un jardín de Cambridge. El hígado que examina hoy un médico modernísimo funciona de la misma manera que el que explorasen Avicena o Hipócrates. En cambio, la sociedad sobre la que Pericles gobernara no es la misma que rigiera Luís XIV, y éstas a su vez muy distintas de la que es gobernada por Mariano Rajoy.

Las sociedades humanas crecen en complejidad, en riqueza y variedad de roles, de problemas, de oportunidades. La pretensión de comprenderlas y manipularlas desde ideas de la Revolución Industrial o la Revolución Bolchevique, o con técnicas de Maquiavelo, Marx o Bismarck es no sólo inoperante, sino irresponsable, indigna de una verdadera profesionalidad política.

Incluso las herramientas analíticas clásicas de la política son menos poderosas que las que ahora se derivan de más recientes desarrollos científicos. En la predicción de resultados electorales—en los Estados Unidos—un modelo que sigue conceptos de la predicción de terremotos se ha revelado como acertadísimo. Nacido de la colaboración de un historiador estadounidense, Allan Lichtman, y un geofísico y matemático soviético, Vladimir Keilis-Borok, a partir de 1981, el modelo ha predicho con exactitud los resultados de todas las elecciones presidenciales desde esa fecha, luego de que sus “marcadores” fueran calibrados para coincidir con los desenlaces de las elecciones de los últimos ciento veinte años (entre 1860 y 1980). En vez de referirse a los candidatos específicos o los temas propios de cada campaña, el modelo de Lichtman y Keilis-Borok identifica señales (cuatro básicas y nueve complementarias) que parecen determinar con precisión si una determinada elección será “estable” (cuando gana las elecciones el partido que está en el gobierno) o “cataclísmica” (cuando las gana el partido que está en la oposición). Explica Keilis-Borok. hoy en día profesor de Ciencias de la Tierra en la Universidad de California en Los Ángeles: “Los sistemas que generan elecciones y terremotos son sistemas complejos. No son predecibles con ecuaciones simples, pero después de tamizarlos y promediarlos en el tiempo se hacen predecibles”. Lichtman lo resume de esta forma: “Hemos reconceptualizado la política presidencial en términos geofísicos”.

Hay que darle a la tecla

En general, puede decirse que es de la ciencia de la complejidad, de la teoría del caos o la del comportamiento de los enjambres y las avalanchas, todas inventadas en la segunda mitad del siglo XX, de donde vienen ahora y continuarán viniendo los nuevos moldes de interpretación eficaz. Ninguna de estas disciplinas les es familiar a nuestros políticos convencionales—o, si a ver vamos, a los actuantes en cualquiera otra nación hasta ahora—y sin ellas éstos entienden y entenderán las cosas mal.

Un rasgo fundamental y definitorio de los sistemas complejos es su “sensible dependencia de las condiciones iniciales”. Esto es, que una pequeña variación en el inicio de un proceso complejo puede conducir a un futuro muy diferente. (“¿Desata el aleteo de una mariposa en Brasil un tornado en Texas?”, preguntaba en discurso de 1972 el meteorólogo Edward Lorenz, que ya en 1959 se había topado con esa sensibilidad esencial de los sistemas complejos). ¿Quién sabe si la señora que encendió la airada protesta por el costo del pasaje de autobús en Guarenas, el 27 de febrero de 1989, había recibido abuso del marido la noche anterior? Si Carlos Andrés Pérez no hubiera accedido a su segundo gobierno en acto fastuoso que parecía una coronación, poco antes de apretar el cinturón del pueblo ¿habría reaccionado la psiquis de los caraqueños de la misma forma al aumento de ese costo?

Las condiciones iniciales del Caracazo son irrepetibles. Desde entonces, el precio del transporte público urbano e interurbano ha aumentado en innumerables ocasiones, sin que por ello se haya suscitado una agitación ciudadana tan terrible como la de aquel febrero, cuando las abejas humanas de la urbe del Ávila se africanizaran.

Las sociedades mutan; su conocimiento crece y se diversifica. Esto es tanto así que Kevin Kelly, el Fundador Ejecutivo de la revista Wired y autor del ya clásico e importante libro Out of control (Perseus, 1995), pudo decir en reciente disertación sobre el futuro de la ciencia: “La ciencia es nuestro modo de sorprender a Dios. Es para eso que estamos aquí”. En la introducción que de ella hiciera Stewart Brand, éste abundó sobre esa intuición: “Es nuestra obligación moral generar posibilidades, descubrir los modos infinitos—sin importar cuán complejos y pluridimensionales sean—de jugar el juego infinito. Se requerirá todas las especies posibles de inteligencia para que el universo se entienda a sí mismo. En este sentido, la ciencia es sagrada. Es un viaje divino”.

Una política que no esté a la vez abierta y conectada a una percepción tan amplia y elevada como ésa, que no abreve de la ciencia y se conforme con catecismos resumidos de unas “humanidades” clásicas, no puede aspirar a entender la sociedad contemporánea, mucho menos guiarla. El intento de entrar al futuro con los lentes de Ezequiel Zamora puestos, o aun las gafas de un personaje tan visionario como Simón Bolívar, sólo puede desembocar en reflujo, en retroceso. No bastan, para enfrentar las complejísimas condiciones de una sociedad de hoy—la nuestra ya se compone de veintinueve millones de personas—un bagaje de retórica y la elección de un enemigo.

Que la ciencia, que la metodología haga el relevo de la ideología, para que el hombre justo de Vargas se haga con el mundo, y no el audaz de Carujo.

LEA

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RJV: “El siglo que he vivido”

Dos días después de la visita que reseño en esta entrada, llevé impreso su texto al Dr. Velásquez, a quien le gusta que le lea lo que escribo. Al concluir mi lectura le pregunté si había reproducido sus palabras con exactitud. “Sí; ¡fenomenal! Eso fue exactamente lo que dije”. “¿Tengo, entonces, su imprimatur?”, insistí para asegurarme. “¿Cómo no? ¡Por supuesto!”, contestó.

La lucidez intacta en la suave palabra de Velásquez

 

Con un curioso criterio dogmático en Venezuela se alaba o condena sin términos medios. No se quiere ver la realidad en sus auténticos contornos. Pocos aceptan el hecho de que en cada hombre y en cada situación, la mezcla de lo bueno y lo malo, de lo grandioso y lo ridículo forman el clima natural de la historia. No quiere admitirse todavía por muchas personas el hecho simple de que la vida de los caudillos y los políticos, por la misma razón de serlo, deja de pertenecer a la familia, a la tribu, a la aldea para entregar el examen de sus actos e intenciones al público innumerable.

Ramón J. Velásquez

La caída del liberalismo amarillo

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Nos recibió y nos dio buen café y mejor historia. Fui con José Rafael Revenga y Gonzalo Pérez Petersen a visitarle el 3 de abril, a las dos de la tarde. Antes de legarnos la lección que se había propuesto, se excusó por hacernos ir adonde nos esperaba sentado. “Tengo 96 años”, dijo, “y esto trae a los hombres limitaciones; a esto sólo puede oponerse la resignación, pero he vivido un siglo”. El énfasis que puso a estas últimas palabras signaba el título de la lección. “De niño fui testigo de dos invasiones del general Peñaloza al Táchira. Lo vi subido a un convertible en compañía del Presidente del estado y su Secretario de Gobierno”.

Allí se produjo mi primera intervención infructuosa: “¿Era ese general Peñaloza antepasado del más reciente?” Pero Velásquez, sin hacerme caso, no detuvo su curso; no estaba en plan conversador sino en modo catedrático. Sin solución de continuidad, pasó de las invasiones inconsecuentes de Peñaloza a la muy significativa de la Revolución Liberal Restauradora, lanzada también desde Colombia—dijo la fecha—por Cipriano Castro el 23 de mayo de 1899. El resultado trascendente de este hecho fue la llegada al poder de su compadre, el general Juan Vicente Gómez.

“Gómez partió en dos a Venezuela”, dijo, refiriéndose al tajo en la historia del país. “Castro y Gómez vinieron con soldados sin zapatos, pata en el suelo, de barriga al aire. Y la idea de Gómez fue darles botines y camisas. Tras eso vendrían los quepis y las normas, la educación de los militares y el petróleo. También un país unificado. Antes de Gómez, era natural que los andinos desconfiaran de los llaneros y éstos de los primeros; estaban aislados. Gómez se encargó de unir a San Cristóbal y Caracas con la Carretera Trasandina—cinco días se tardaba antes en llegar a Caracas—, y hubo carretera al Oriente y la conexión del Norte de Venezuela con los llanos”.

Con la gesticulación de sus manos nos hacía saber que lo que había dicho ya contenía claves para el presente y que seguiría hablando. “Nacieron los partidos del siglo XX, porque los generales López Contreras y Medina Angarita no eran de vocación dictatorial. El Partido Comunista de Gustavo Machado y Salvador de la Plaza, que más tarde se dividiría para dar algo como La Causa R de Andrés Velásquez, o el MAS. Acción Democrática, cuyo origen en Barranquilla y Costa Rica fue la Agrupación Revolucionaria de Izquierda, se dividió en cuatro partes: AD, cuyo nombre se lo dio Rómulo Gallegos, el MIR, el ARS y el partido socialista de Luis Beltrán Prieto: el MEP. COPEI, que vino después de una temprana afirmación de la Iglesia, antes de Rafael Caldera, con la Juventud Católica, también se dividió, cuando su fundador creó un partido nuevo”.

Ramón José Velásquez toleró dos o tres comentarios aparentemente informados de nosotros y retomó la narración para, también aparentemente, sólo marcar con algunos hitos el tránsito más reciente. La crisis de Diógenes Escalante, que vivió en primera fila como secretario del enloquecido candidato medinista. El segundo gobierno de Rómulo Betancourt, del que fue pivote principal como Secretario de la Presidencia: “Tuvimos que afrontar conspiraciones mensualmente”. Entonces pareció proponernos una adivinanza, al añadir repentinamente: “Pero hay otro partido, muy importante”.

J. V. Gómez: “Creo en la Mano Poderosa”

De nuevo, la pausa sugería que podíamos intercalar la respuesta, y pensé que se refería al partido de Medina Angarita y su eco de los años sesenta: el uslarismo. Así que pregunté: “¿El partido medinista?” Eludió contradecirme directamente y dijo, como si yo no hubiera hablado: “Es el partido de los militares”, e hizo otra pausa, lapidaria. “Siempre ha estado allí, desde que Gómez calzó, vistió y educó a los soldados. Fíjese que ellos manejaron la crisis de Escalante, entonces con civiles. En una casa no muy lejana de ésta, el Dr. Edmundo Fernández los reunió en 1945—Vargas, López Conde, Pérez Jiménez—con Betancourt y Raúl Leoni. [Revenga, quien entonces era un niño, sabe del asunto porque Fernández era su suegro]. Pero después volvió ese partido a emerger, de nuevo con civiles, para derrocar a Marcos Pérez Jiménez y además uno de los suyos, el contralmirante Wolfgang Larrazábal, fue candidato presidencial”. Terco y desatendido, acoté: “Y cuando usted fue Presidente, conspiraron en su contra”.

No se dio por aludido. Venía el remate de una clarísima línea de historia: “Después permitieron los militares un largo período de civiles: Betancourt, Leoni, Caldera, Pérez y los otros. Y ahora tienen de nuevo directamente el poder, sólo que con un lenguaje del siglo XXI”. La tesis no necesitaba ser nombrada: los militares conforman el partido más importante de la historia de Venezuela. El silencio del historiador formó el nuestro durante el minuto que empleó en escrutar nuestros rostros.

Decidí intentar una vez más la introducción de un tema; interpelé al anfitrión: “Y ¿cómo ve la campaña electoral de este año? ¿Qué le parece la candidatura de Capriles?” Creí ver en su boca un frugal esbozo de sonrisa y dijo: “Bueno, yo veo la enfermedad del Presidente. Su cáncer. Él ha dicho que tiene una hija que ha manifestado su interés en el destino del país, y también que piensa adquirir una finca en Barinas, distinta de la de su familia; que desde allí observará algún día los acontecimientos venezolanos. Vamos a ver qué sucede”. O sea, ni media palabra sobre los manejos de la Mesa de la Unidad Democrática o la campaña de su candidato. Era como si no fueran términos de la actual ecuación de poder.

Hicimos referencias de aficionado a la única dinastía eficaz de nuestra historia, la de los Monagas, y señalamos que Henrique Salas Römer había establecido una regional en Carabobo—en 2003 lanzaba su precandidatura presidencial, la del “gallo” que era él mismo y, si no, la del “pollo”, aludiendo a su hijo—y también mencionamos que Caldera no había sido exitoso en la promoción de su hijo Andrés.

Una hora había volado sin que nos hubiéramos percatado y comenzamos a despedirnos agradecidos. No nos dejó ir sin averiguar antes acerca de un libro mío, para el que ha escrito una generosa nota prologal. Cuando le dije que estaba muy próximo a salir a las librerías, José Rafael prometió: “Vendremos de nuevo, con un ejemplar para usted”. Velásquez le tomó la palabra y aseguró haber disfrutado nuestra visita. Gracias, gracias, gracias, repetimos como súbditos de Su Suavidad mientras salíamos.

De sus manos heredamos la historia desnuda y desenredada que quiere legar a Venezuela. Tal vez sus silencios nos dijeron tanto como sus palabras. LEA

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La verdad que ya no podemos eludir

 

El #1 de Válvula (diciembre de 1984), diseñado por Ariel Toledano

El #1 de Válvula (diciembre de 1984), diseñado por Ariel Toledano

 

Hacia la segunda mitad de octubre [de 1984] Andrés Sosa Pietri llamó a mi casa una mañana. (…) Me pidió que le “sacara” el número de diciembre de la revista de sus empresas. (…) No fue hasta mediados de noviembre cuando se pudo arribar al concepto de lo que fue el primer número de la revista Válvula. (…) Se decidió publicar un número dedicado a un solo gran tema: el conjunto de los pueblos hispánicos. Yo tenía la posibilidad de armar rápidamente un texto con lo que había escrito a Arturo Sosa y lo que había dicho en Filadelfia. Se decidió pedir a Arturo Úslar Pietri que escribiese algo. No le fue necesario. Tenía a la mano el texto inédito de una conferencia suya en Tenerife de varios años antes y de una gran actualidad. Contactado Ariel Toledano, un extraordinario diseñador venezolano, y Editorial Arte, una noble y excelente imprenta, estuve más confiado con el tiempo de que disponíamos: convencí a Andrés para que solicitáramos críticas a cuatro personas a quienes se les hizo llegar el texto del Dr. Úslar Pietri y el mío. Pedimos su opinión a Hermann Roo, Ángel Padilla, Ángel Bernardo Viso y Diego Urbaneja. (…) Por otra parte, una poderosa razón para sentirme inflado fue, simplemente, que el Dr. Úslar Pietri consintiera en aparecer junto conmigo en una publicación en esas condiciones. Me sentí como un novillero a quien el gran maestro de los matadores le diera la alternativa en una corrida mano a mano.

Krisis: Memorias Prematuras

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Ante la crisis nacional muchas explicaciones han sido ofrecidas que son ciertamente partes de la verdadera explicación, al tiempo que diversas proposiciones se han orientado en la dirección de la correcta solución sin aproximarse lo suficiente. Cuando se han atrevido más han chocado contra el muro, presuntamente infranqueable, de conceptualizaciones en apariencia correctas y se detienen y dan vueltas, como esos peces que se han acostumbrado a peceras tabicadas y que cuando se les retira el tabique suponen que aún existe.

Pero de que es crisis es crisis. Es un tipo clásico de crisis. “O corremos o nos encaramamos”. No tenernos salida intermedia. O hacemos lo que tenemos que hacer y entonces tenemos un futuro brillante, más brillante de lo que antes nadie haya propuesto, o permanecemos en un estado que significará la ruina y la insignificancia.

Lo que hay que hacer es sorprendentemente factible. No exigirá demasiados de nuestros recursos y se asienta en tendencias e intuiciones del venezolano, pues, como hemos dicho, ya en varios e importantes puntos de nuestra inteligencia colectiva se ha barruntado las direcciones que nuestros esfuerzos deben asumir.

Es necesario. por supuesto, resolver un manojo de problemas. Pero por debajo de esos problemas se desplaza y se agrava un problema más central y básico, más profundo y trascendente. Es más, resuelto este último, las soluciones a los demás problemas se hallan con más facilidad, pues todo casa en una nueva estructura de la percepción y de las posibilidades. Resuelto el problema fundamental, nuestra capacidad habrá aumentado de tal modo que el enjambre de angustias que hoy nos acucian entrará de súbito dentro de los límites de una fácil gobernabilidad.

EL SEMPITERNO PETRÓLEO

Petróleo, como siempre

No sólo de pan vive el hombre, pero esta crisis tiene, sin duda, un efecto demasiado oneroso para la vida cotidiana como para comenzar el asedio del problema por un lado distinto al económico. La primera referencia es, pues, una obligada consideración de lo que resulta ser la base actual de la economía venezolana.

Nuestro petróleo, referido a sus mercados tradicionales, tiene como futuro más probable el de la declinación. Apartando los reajustes a corto plazo, las sociedades del Norte han adoptado con fuerza de irreversibilidad, un rumbo de progresiva sustitución de los hidrocarburos como fuente energética. De aquí en adelante, y, como decimos, apartando repuntes momentáneos de demanda, el curso de nuestro negocio petrolero en esos mercados será de declinación. Ése es el mediano plazo, pues al verdaderamente largo plazo, el agotamiento ineludible de los yacimientos encontrados y por encontrar, impondrá universalmente un suministro energético de fuentes distintas. Pero no es preciso ahora actuar para acomodarse a tan largo plazo. Queda suficiente tiempo de uso de nuestro recurso petrolero si somos capaces de colocarlo en mercados que sí pueden ir a la expansión. Esos mercados existen. Son más grandes, potencialmente, que los mercados que nos hemos acostumbrado a servir. Y son mercados que, a diferencia de los tradicionales, justifican una tasa de crecimiento significativa, mientras que los viejos, por hallarse más cerca de las tasas de consumo límite, por estar ejecutando reales y serios programas de ahorro y sustitución y por favorecerse de una reciente eclosión—no totalmente agotada todavía—de nuevos yacimientos petrolíferos, ostentarán una tendencia a tasas de crecimientos inferiores a las vegetativas. (Por lo menos en lo que respecta a petróleo de la OPEP o, más específicamente, a petróleo venezolano).

Pero hay algunos que piensan que Venezuela no debe poner el más mínimo interés en el “mercado del Tercer Mundo”, y creen que de él deben ocuparse los árabes, que a fin de cuentas serían, como me ha sido dicho, los “mercaderes” de la antigüedad y de siempre.

Por lo que respecta al petróleo, necesitamos encontrar, antes de que los efectos de la gran conversión energética que ya ha comenzado desvanezcan el valor económico que aún tienen nuestras reservas petrolíferas, un nuevo mercado de tamaño congruente con lo que será nuestra enorme capacidad ociosa. Ese mercado, hoy en día, no luce atractivo porque, pobre como es y abrumado por tanto compromiso financiero, escasamente está en capacidad de pagar sus actuales niveles de consumo petrolero, mucho menos un incremento significativo en su consumo, a los precios actuales. Pero sí podría consumir y pagar una mayor cantidad de lo que hoy en día usa si los precios fuesen marcadamente menores.

Por ejemplo, tomemos un mercado como el del mundo hispánico, de trescientos millones de personas. El consumo de ese mercado a un nivel per cápita equivalente al venezolano—que es por supuesto el más elevado de ese conjunto—representaría un ingreso doble del actual ingreso petrolero venezolano si se pagase a un tercio de los precios internacionales de hoy. Dejemos, por ahora, lo que acabamos de decir, como ejemplo solamente, dibujado a un muy grueso triazo y naturalmente susceptible de precisión. Ilustra una escala, un orden de magnitud y un enfoque que puede aplicarse en muchísimas direcciones. Pero este concepto de adquirir o crear mercado por la vía de precios menores es absolutamente clave en una época en la que pocas cosas parecen surtir efecto contra la inflación. Para que sea posible, claro, el tamaño de los mercados es la variable importante. De allí lo profundamente lógico de una estrategia venezolana de exportación. Después de todas las vueltas que se quiera darle, el mercado venezolano, creciendo a tasas que admita la gobernabilidad de la sociedad, nunca podrá alcanzar el tamaño requerido para que la producción permita a su vez un nivel de precios que incorpore al consumo a la mayoría de la población. En cambio, las economías de escala, a las que da origen la exportación a un mercado mayor, pueden llevar los costos unitarios por debajo del umbral de adquisición para grandes contingentes humanos, boy impedidos de contribuir a la formación de la demanda global. Pero aún sin exportación, para algunos sectores de producción en Venezuela, y en conjunto con programas de transferencia por parte del sector público, es perfectamente factible aumentar sus ingresos netos globales con una estrategia de menores precios e incorporación de segmentos en situación de “subasequibilidad”.

LA AGRICULTURA, OTRA VEZ

La riqueza agrícola

Si continuamos en lo económico, y más allá del petróleo, precisamente se trata de hacer cosas distintas de la extracción y comercialización de recursos agotables, en general, y de hidrocarburos en particular. ¿Cómo vamos a hacer eso? ¿Cuáles son los sectores de actividad económica a los que debiéramos crear y permitir el paso?

Cabe acá nombrar algunos sectores cuya defensa es ya, más que un clisé, una perogrullada. La agricultura, por ejemplo. Sí, ya sabemos que importamos más de la mitad de nuestros comestibles. Sí, ya sabemos que debemos “sembrar el petróleo”. Eso ha sido dicho hasta la náusea. Y hasta el vértigo se ha invertido dinero, una gigantesca suma de fondos en una siembra que no sólo no da resultados sino que nos ha colocado en una precaria situación de vulnerabilidad alimenticia. Hasta ahora, sin embargo, nuestra agricultura sigue sin beneficiarse de las necesarias escalas de explotación, sin las que, nuevamente, el bajo precio que universaliza el consumo no puede darse. Así nos enfrentamos otra vez a la rígida disyuntiva del subsidio que abruma al Estado o los precios que se hacen ya onerosos y en el futuro prácticamente prohibitivos.

En efecto, lo que en la época de Betancourt se concibió como necesidad política y social produjo muchas decisiones cuyos costos ya no tienen hoy ningún sentido. La Reforma Agraria de Betancourt tuvo como efecto colateral principal la de condenar el sector agrícola a la improductividad, al pautar como escala promedio de la explotación agrícola el tamaño del súper-conuco. Es como si se quisiera resolver el problema de improductividad de una gran fábrica metalmecánica con capacidad ociosa, mediante el expediente de fragmentarla en talleres-conuco cuya propiedad fuese adjudicada a los obreros. Para explotar el campo venezolano se necesita, por lo contrario, escala de gran tamaño en la unidad productiva típica. Escala que admita la utilidad de la tecnología pertinente y que autorice la magnitud de una explotación que, otra vez, exporte y alcance un piso de costos sobre el que un precio atractivo sea no obstante inferior a lo que el venezolano pueda pagar con comodidad. Y en el campo venezolano también ha operado el prejuicio anticapitalista, y se ha aplicado en él la red de entrabamiento permisológico y por eso algún posible coloso del agro ha tenido que urbanizarse y hacerse banquero.

EL HIERRO

La riqueza férrica

¿Es la siderúrgica un sector que puede diluir la vulnerabilidad de nuestra dependencia del petróleo? La respuesta es nuevamente afirmativa si se considera un mediano plazo en los términos del que consideramos antes para el petróleo. La estructura del problema del hierro y del acero es, por lo demás, parecida a la situación petrolera en varios aspectos.

Para comenzar, hoy en día existe lo que Business Week (20/3/ 84) define como “the enormous glut in world steelmaking capacity”. No es de extrañar si, como registra esa publicación, en la última década las naciones del “Tercer Mundo” han más que doblado su capacidad. Luego, hay que considerar que, en el mundo industrializado, “a return to the high steel-consumption growth rates of the 1960s looks very unlikely”. (Palabras del Secretario General del Instituto Internacional del Hierro y del Acero. Desde 1970 la cantidad de acero consumida por unidad de producto nacional bruto ha tenido un descenso anual promedio de 3% en los Estados Unidos, Europa y Japón. Por esto los economistas de ese Instituto creen que la demanda no crecerá para nada en el mundo industrializado de 1985 a 1990. En cambio, Chase Econometrics está pronosticando un crecimiento de 5 a 6% interanual para la demanda de acero del “Tercer Mundo” para la próxima década).

Nuevamente se da un futuro en el que el crecimiento sólo puede esperarse fuera de los países ya industrializados al tiempo que confrontamos una acelerada proliferación de productores del “Tercer Mundo”, léase competencia. Y es competencia formidable: Corea del Sur, Taiwan, Brasil, China. (“Today, newcomers to the steel business can buy state-of-the-art equipment and hire the Japanese to teach them how to use it. At Nippon Steel’s Kimitsu Works, several hundred Chinese are now being trained to run a mill that their government is building With Nippon Steel’s help”. Business Week).

¿Podemos imaginar la respuesta a esta situación y sus perspectivas?

UNA RECIENTE ADMONICION

Felipe González

A raíz de una exitosísima aparición de Felipe González en la televisión venezolana se generó un entusiasmo con lo que de sus decires fue menos importante, habiéndose descuidado o pasado por alto la más penetrante de sus admoniciones. Felipe, al comienzo mismo de la entrevista, ubicó el reto verdadero, el reto realmente decisivo, en el reto de la modernización. Por eso hablamos de medianos y de largos plazos. De lo que Octavio Paz, aceptando la fórmula francesa, llama procesos de “cuenta corta” y de “cuenta larga”. ¿Cuánto tiempo querremos ignorar a Toffler, a Naisbitt, a Servan-Schreiber, a Úslar Pietri, a Escovar Salom y ahora a González?

Todos ellos nos han alertado sobre esa necesidad de modernización. Y a largo plazo, ni la siderúrgica actual, ni mucho menos el petróleo, como industrias de “segunda ola”, podrán darnos vida en el arranque definitivo de la gran “tercera ola”. Lo que pasa, claro, es que viendo el tamaño de nuestro Estado y la altura de la vara se concluye que no nos será posible superarla. Eso debiera quedar para otros que puedan. No para nosotros, que ni siquiera hemos dominado las tecnologías de la segunda ola. Pero entonces estaríamos condenados a la insignificancia. Y de lo que se trata, exactamente, es de cuál va a ser nuestra significación.

No se trata solamente se salvar el apremio de la deuda de nuestro país. Los problemas reales son los de la capacidad de pago futura, la que sólo dependerá de la posibilidad, no sólo de “reactivar” nuestra economía, sino de hacerla progresar y expandirse. Pero ¿cómo puede progresar y expandirse una actividad económica que continuaría estando sujeta a las principales limitantes estructurales de hoy? Está claro que por un tiempo podrá contarse con una cierta disposición, en el sector público, de proteger la actividad privada. Pero no es la actividad empresarial privada la que, en el lapso que tomará volver a llegar al momento de pagar la deuda, va a generar el flujo de fondos necesario.

Esa actividad privada, aún con una exportación mayor—lastrada por la viscosidad permisológica de un sector público muy alejado de la mentalidad aliancista del MITI japonés—seguiría arrojando productos de “segunda ola” para un mercado superindustrial, cuyo crecimiento más significativo se daría en consumo de “tercera ola”, y un mercado del “Tercer Mundo” con las características que ya vimos: en crecimiento, con poca capacidad de pago y altamente competido por ofertas de decenas de países en la misma necesidad que la nuestra. A mediano plazo, cuando vuelva a madurar el pago de la deuda, deberán salir los dineros de las actuales fuentes de divisas, del petróleo. Y ya vimos cómo puede llegar a estar la cosa petrolera.

LOS GRANDES INTERLOCUTORES

La obra de Toffler

Y ahora para la “cuenta larga”. Felipe tiene razón. Las sociedades que no encuentren la voluntad y la forma de modernizarse, de informatizarse, de cabalgar la “tercera ola”, van a quedar descolgados. Ahora bien, la “tercera ola” no es sólo la informatización, el espacio exterior o la bioingeniería. En el nivel político, más que nunca la “tercera ola” será una discusión de grandes interlocutores. Y hasta ahora sólo parece que conversarân los sajones, los eslavos, los europeos dependientes de los sajones y los dependientes de los eslavos, los chinos y los japoneses, los hindúes. Es decir, unidades políticas de centenares de millones de personas.

Los demás no “conversamos”. Los demás hacemos ruido, proceso de por sí inorgánico y sin dirección. Los demás hacemos un telón de fondo abigarrado y cacofónico. Que, por supuesto, puede llegar a forzar, en ocasiones, la mano de los grandes interlocutores, con el lacerante aguijón del terrorismo, con la posibilidad de la huelga o el boicot. Y que, no menos obviamente, puede convertirse en cataclismo social global, si aceptáramos para nosotros el papel de proletarios globales ante esa nueva configuración de señores.

Son señores ante los que Venezuela, una población y no un pueblo, con sus quince millones de habitantes, ni siquiera tiene sentido. Quince millones de habitantes no son más que la cifra oficial de hispanoparlantes que hay en los Estados Unidos de Norteamérica. (La población mexicana de Los Ángeles sólo es superada por la de Ciudad de México, y Miami es dos tercios cubana).

¿Qué son, entonces, 15 millones de habitantes? No son un mercado económico, no son el soldado de gran cerebro que es Israel, no son el gerente especializado que es Suiza. No son, es claro, interlocutores válidos para los grandes actores de la “tercera ola. Así, no debe sorprendernos que la primera parte del discurso de Felipe sea recibida como que si no fuera con nosotros, porque forzar la definición de Venezuela como si fuera un pueblo lleva de inmediato a la conciencia de que somos enano ante gigantes.

Venezuela no es un pueblo. Es tan sólo la población que de la parte septentrional de América del Sur ha hecho el pueblo hispánico. Ésta es la verdad que ya no debemos eludir. Un pueblo es un conjunto que sí puede ser, como lo exigía Toynbee, un “campo inteligible” para el estudio histórico.

UNA INTEGRACIÓN CON SENTIDO

Una integración inconclusa

Hemos incurrido en dos errores de óptica cuando hemos pensado en la integración. El primero, error de operación, ha consistido en suponer que la integración económica es menos difícil que la política, cuando comenzar por lo económico es comenzar por la competencia. El segundo error, error de construcción, error más grave, ha sido pensar en integración sin pensar en España, en integrar solamente a la “América Latina”. Y, como ha sido dicho antes, no estaremos completos sin España.

Hemos escrito América Latina entre comillas porque América Latina no existe. América Latina tampoco es un pueblo. Es la población que del continente americano, hecho físico, hizo el pueblo hispánico. Por eso, tampoco la población hispánica de la península ibérica es algo más que parte de un pueblo que un día tuvo que separarse pero ya no necesita permanecer desunido. Aunque aún no lo entienda, como lo muestra la Historia de España Alfaguara que, en seis tomos, pretende eludir el tema dedicando sólo ocho páginas al proceso de emancipación de las antiguas colonias.

Cabe preguntarse, por ejemplo, qué haría España en la Comunidad Económica Europea. Allí donde tantas trabas le ponen, donde quieren someter a prueba de varios años la “calidad humana” del español antes de franquear su libre tránsito. O qué haría en la OTAN, que la convertirá en blanco de cohetes rusos, violentando hasta el dolor personal de sus actuales gobernantes sus sentimientos más ancestrales.

Somos peces en pecera de tabiques móviles. España peninsular se dirige hacia los francos y sajones porque se sabe también pequeña. Es también una población en busca de un pueblo. Quisiera acercársenos más y lo hace tímidamente, Pasa vacaciones en América y protege a Contadora y defiende las Malvinas. Pero no es capaz de imaginar que nosotros pudiéramos reconocernos sus hermanos, como ya estaba declarado para 1810: “…cuando ya han sido declarados, no colonos, sino partes integrantes de la Corona de España, y como tales han sido llamados al ejercicio de la soberanía interina y a la reforma de la constitución nacional… ” (Acta del Ayuntamiento de Caracas del 19 de abril de 1810). España peninsular, que todavía se siente madre, no se ha percatado que no es otra cosa que hermana. Hermano mayor, sí, el más adelantado, el que más nos puede enseñar de industria. Hermano.

Nosotros también lo intuimos, pero parcialmente. Lo ha procurado Ángel Bernardo Viso sin llegar a proponerlo. Lo viene sugiriendo Úslar con prudente insistencia. Pero todavía no terminamos de entender que reunirnos con Iberia no significa representar al hijo pródigo, lo que no queremos. Ya no volveríamos a una madre patria. Ahora iríamos al encuentro de un hermano.

Casi lo postula Cambio 16: “Si Argentina y España consolidan sus regímenes democráticos, resuelven sus apuros económicos actuales y empiezan a andar por la historia con normalidad, en muy poco tiempo tocarán a su fin dos siglos de impotencia en el área de lo que fue el viejo imperio español. (Juan-Tomás de Salas. Editorial de junio de 1984. Subrayado nuestro).

Equivoca el ámbito, por cierto, y elige sugerir la unión de las dos democracias más incipientes, sin tomar en cuenta la doble dificultad que significaría la asociación de “dos mochos para rascarse”, la casi imposibilidad de lograr el equilibrio por la fusión de dos inestabilidades. Y dice Juan-Tomás: “Pensando en grande, pensando así, la suerte del Presidente Alfonsín en Argentina es, de algún modo, nuestra propia suerte. Si allí se consolida la libertad, la nuestra se fortalece de inmediato; y si Argentina fracasa, nosotros fracasamos también. Bien conviene no olvidar esta verdad cuando escuchemos las palabras del presidente Alfonsín en este su primer viaje de Estado a Europa. Quijotismo no, pero ayudar lo que se pueda”. Habrá que recordar a Salas que quijotismo es un doble desvarío, que no consiste en enfrentar gigantes. Consiste, sí, en enfrentarlos solos. Y dos contra los gigantes también es poco. Consiste, también, en ver gigantes donde sólo hay molinos, que son máquinas.

NOSOTROS Y LOS OTROS

El esquema hegeliano

Es la máquina de las civilizaciones glorificadoras de la máquina lo que nos abruma. La sociedad sajona que uno de sus psicólogos, Skinner, explica como reflejo condicionado, como mecanismo. Es el poder del ruso, que también Pavlov explica como lo explica Skinner—no por coincidencia, si recordamos a Tocqueville, quien entre otros percibió en el ruso y el norteamericano las similitudes. Es la sociedad que no sólo se aliena como dijeron Hegel y Marx y Feuerbach, pues ya no sólo es que habrían creado su dios y luego le adoran, sino que son creadores de máquinas y se conciben luego a sí mismos como tales. Es el molino de McLuhan, para quien “el medio es el mensaje”. Es la pura herramienta, que ciertamente invita al uso. Es la herramienta sin destino.

Para el puritano, fabricante sin cesar de la herramienta, no hay otro camino que el ensanchamiento de los medios, pues su religión le dice que no puede haber fines porque el fin ya está predestinado. Así fue suplantado el predominio del mundo hispánico, el que experimentó una sensible declinación después de su época de oro en el siglo XVI. Su predominio mercantilista fue sustituido por las nuevas fórmulas de desarrollo nacional que emergieron como causa y efecto de la Revolución Industrial. El análisis de Hegel en su Fenomenología del Espíritu sigue siendo muy pertinente para la comprensión del proceso en sus líneas más generales. En la obra mencionada Hegel elabora un esquema explicativo del desarrollo de la conciencia humana. Para la fase que nos interesa es particularmente iluminadora su famosa discusión de la dialéctica del señor y el siervo. Esta dialéctica surge del enfrentamiento de dos conciencias (autoconciencias, en la terminología hegeliana) y de la rendición de una ante otra. Así se establece la relación de dominación del siervo por el señor, relación en la que ambos términos resultan interdependientes. El señor se ocupa del mundo de los valores, no del mundo del trabajo. Su comunicación con el mundo del trabajo se establece a través del siervo. Éste, a su vez, renuncia al mundo de los valores. Su único valor es ahora el señor y su esfera de actividad la del trabajo. Este trabajo, reiterado a lo largo de los siglos, no ocurre sin efectos. De hecho el mundo es transformado por esa labor, fenómeno que es advertido por el siervo. El mundo ya no es el mismo. El siervo lo ha cambiado y provoca ahora la caída del señor, quien no ha participado en la construcción.

El esquema es aplicable, y en verdad era la preocupación principal de Hegel, a la comprensión de los fenómenos políticos. La obra es posterior a la Revolución Francesa: es concluida en Jena por los mismos días en que Napoleón ocupa la ciudad, a quien Hegel llegará a ver como la encarnación del Weltgeist o espíritu del mundo, como la punta política del despliegue de la conciencia de la humanidad.

En todo caso, el ejemplo español queda comprendido por el esquema hegeliano de modo muy claro. Se trata de un señor caído. Son los países del mundo anglosajón los que emergen con una nueva tecnología del trabajo, y desarrollan en dos siglos el impresionante esfuerzo técnico y material que caracteriza a las naciones más desarrolladas. Es el mundo inductivo, del derecho por jurisprudencia y análisis casuístico, en contraste con el mundo nominalista, de derecho deductivo y apelación a principios generales.

Pero esta vigente avenida de desarrollo es, sin ninguna intención despreciativa, producto de una cultura de “siervos” en el sentido hegeliano de la palabra. Esto es, de una cultura no habituada a tramitar valores, sino problemas concretos de realización. De allí la experiencia de esta civilización como un proceso divergente, en el que todo puede ocurrir, desde una mujer astronauta hasta el reciente lobby inglés y norteamericano en pro del sexo libre de los niños. Es una cultura orientada al know-how que experimenta dificultades a la hora de dilucidar las finalidades y los sentidos. Es una cultura en la que se llega a declarar, como hemos visto, que el medio es el mensaje. Maquiavelo habría dicho “el medio es el fin”.

Y son esos gigantes con atavismo de esclavo los que ahora apilan cohetes y coleccionan probabilidad de muerte. La pura herramienta que, ciertamente, invita al uso. Al uso por parte de un presidente militarista que hace chistes con cataclismos inminentes o por parte del colosal tirano ruso, a quien ya empieza a vislumbrársele el derrumbe. Y no hay holocausto más peligroso que el de un tirano cuando se desploma.

LOS TABIQUES YA NO EXISTEN

Pedro Grases, el mejor amigo de Andrés Bello

Por esto es que más allá de las necesidades nuestras, más allá del gran mercado que sí habría que proteger, y de los precios y las inflaciones, nos toca el deber de ser la gran cuña de paz, neutral y sin cohetes de la hispanidad reconstituida.

Venezuela resultaría aplastada si pretendiese interponerse entre el Kremlin y la Casa Blanca, como quedaría reducida España dentro de la OTAN y de la Comunidad Económica Europea. Pero fuera del pueblo hispánico no hay otro candidato a ese papel amortiguador, porque no lo es China y no lo es la India ni el Japón y porque Europa es sólo un posible campo de batalla y de los demás ningún otro tiene el tamaño requerido.

Y entonces sí seríamos un mercado enorme, en el que alcanzaríamos la dimensión necesaria a una verdadera industrialización. Entonces sí podríamos salir de la inflación.

Entonces lo que debemos entre todos se tornaría en arma poderosa. Entonces sí podríamos decir a soviéticos y norteamericanos que el conflicto de Centroamérica va a ser digerido en nuestro seno. Entonces la Guyana ya no sería el contendor indespreciable que es para Venezuela, sino lo que Hong Kong es a la China para una federación hispánica. Entonces sí podríamos emprender la senda de la informatización y la modernidad.

Entonces seríamos protagonistas de la “tercera ola”. Lo suficientemente significativos como para proponer incluso la reconstitución de una hermandad más temprana, la del español y el portugués.

Habrá que despejar suspicacias. Habrá que explicar que nuestros Estados conservarían su autonomía ante un gobierno federal democráticamente electo—“constituido por el voto de estos fieles habitantes”. (Acta del 19 de abril). Habría que asegurar que permanecerían las peculiaridades vascas, catalanas, peruanas, mexicanas, canarias, uruguayas, panameñas, colombianas, venezolanas, castellanas.

Habría que darse cuenta de que contaríamos con un tribunal propio y eficaz para dirimir los diferendos territoriales entre nuestros Estados—como los Estados norteamericanos acordaron un procedimiento para dirimir los suyos—y de que entonces sí nos arreglaríamos para explotaciones conjuntas de yacimientos comunes y que ya no tendríamos, por esto, que alienar nuestra voluntad a jueces alemanes o ingleses reunidos en La Haya. Esto es perfectamente posible. El estilo estructural de la nueva democracia española lo permite y lo alienta, como puede colegirse del tratamiento diseñado para los distintos componentes de la nación peninsular: catalanes y vascos, por ejemplo. En efecto, los recientes cambios en la estructura política española facilitan la convergencia con los latinoamericanos, quienes vemos con alivio y alegría la entronización de la libertad en el territorio de la Península.

Es necesario que cesen los partidos y se consolide la unión. El Maestro Grases demostró a la Generalitat catalana cómo el Bolívar tardío, como lo fue el originario, era un Bolívar hispano. Cómo su último sueño era la democracia en la Península que hasta ahora ha sido que Juan Carlos y Adolfo Suárez y Felipe González han podido completar. Sueño al que hubiese dedicado otro juramento si las fuerzas no le hubieran faltado. Él no pudo regresar a la casa paterna puesto que las leyes de la vida le exigían la emancipación. Nosotros sí podemos convocar a todos los hermanos.

Alguien dijo una vez: “Los proletarios no tienen otra cosa que perder que sus cadenas”. Ahora se puede afirmar que los hispanos no tenemos otra cosa que perder que los tabiques. Y éstos, si miramos con atención, ya no están allí. Procesos de actualidad están impulsando una nueva conciencia en este sentido, la que no contradice históricamente el proceso de emancipación de las colonias de la antigua corona española. El interlocutor y hermano peninsular de los latinoamericanos de ahora no es el mismo que combatimos en las guerras de Independencia.

La situación centroamericana es un caso muy claro y contundente. El actual conflicto se resuelve de un modo en el contexto de la tensión entre superpotencias y de un modo distinto dentro de un contexto hispánico. En el primer caso la salida pudiera muy bien ser la detonación de un conflicto de extensión mundial. En el segundo, el marco hispánico puede admitir sin contradicciones regímenes políticos de signo ideológico diverso, pues para él las distinciones entre doctrinas políticas se supeditan al de la unión de un mundo con historia y lengua que sólo adquieren pleno significado en un espacio máximo, más allá de un espacio andino, centroamericano o aun latinoamericano. No estaremos completos sin España.

De allí, por ejemplo, el apoyo que el gobierno español brinda a las iniciativas del Grupo Contadora en relación con la crisis centroamericana y el llamado de atención que ha enviado a las grandes potencias para que se abstengan de considerar a la zona en cuestión como territorio para dirimir disputas que nos son ajenas. Asimismo habrá que entender que hay cuestiones internacionales ante las que los  hispanoparlantes asumiremos posiciones coincidentes, como expresión de una conciencia unificada frente a problemas que reconoceremos como propios.

MISIÓN PARA UN PUEBLO OLVIDADO

La lengua común

En su edición del 15 de noviembre de 1982, la revista Newsweek publicó un extenso informe especial sobre el tema del idioma inglés como lengua de comunicación internacional. Luego de señalar que después del chino—hablado sólo por los chinos y fragmentado en varios grupos lingüísticos—el inglés es hablado por unos setecientos millones de personas en el mundo entero, pasa a considerar otros idiomas. Dijo Newsweek: “Sólo otro idioma, sin embargo, ofrece un serio reto como lengua para la comunicación mundial: el francés. De acuerdo con las más generosas estimaciones de París, hay 150 millones de francoparlantes en el mundo”. En el resto del artículo el idioma castellano es ignorado por completo. Curiosamente, la revista eligió olvidar, voluntaria o involuntariamente, a un conjunto de trescientos millones de almas que hablan una sola lengua y que ocupan una extensa zona del planeta que se extiende desde la frontera sur de los Estados Unidos de Norteamérica, se aloja en el continente europeo y alcanza al continente asiático en las Islas Filipinas. Se trata de trescientos millones de personas que hablan español, trescientos millones de personas no tomadas en cuenta por Newsweek.

Han sido los trabajos lingüísticos de Sapir y Whorf los que han destacado con mayor fuerza los diferentes marcos mentales, las diversas metafísicas que los distintos lenguajes imponen a los parlantes. Hay cosas formulables en un idioma que resultan impensables en otro. Se piensa distinto en español que en inglés o en chino. El efecto es profundo y a veces indetectable. Esto significa que hay trescientos millones de personas que piensan parecido porque hablan el mismo idioma: el español. Los pueblos que hablan español están ligados, por supuesto, por razones históricas. Pero si cada una de las naciones del mundo hispánico no hubiese tenido relación con ninguna otra y hubiese inventado el idioma castellano independientemente, esto bastaría para hacerlas muy similares en enfoques y percepciones de las cosas. Efectivamente, es el lenguaje un fenómeno profundo y radical. Es por esto que aunque no tuviésemos razones históricas para considerarnos un solo pueblo, la comunidad metafísica del lenguaje nos presenta la unión como la más sensata opción de futuro.

Pues el hecho lingüístico tiene importantes consecuencias para la época que atraviesa ahora la civilización humana. La característica más notable de la próxima fase en la evolución del hombre estará, como lo confirma una miríada de acontecimientos, asentada sobre el uso extenso e intenso de las tecnologías de comunicación e información. Las formas cotidianas de la dominación, por ejemplo, serán las de dominación por posesión de información. La información se superpone a lo económico como lo económico se superpuso a lo militar. En estas circunstancias, la uniformidad que representa un idioma común es un activo de considerable poder. Para la crisis actual, en la que una excesiva preocupación por el know-how, por las señales y por los medios ha desplazado la preocupación clásica por las finalidades, los contenidos y los significados, la emergencia de una nueva realidad geopolítica con un  lenguaje común y una inclinación acusada hacia el mundo de los valores representa una esperanza.

Una vieja leyenda alemana afirma que en el origen del mundo había dos clases de hombres: los héroes y los sabios. Cada mañana, los héroes partían a correr las aventuras que les son propias: doncellas que rescatar, castillos que conquistar y dragones que matar. Al final de la jornada encaminaban sus pasos hacia las cuevas que habitaban los sabios—quizás las cuevas de Altamira—para que éstos les explicaran el significado de lo que habían hecho durante el día. Es un esquema parecido al de Hegel, y en todo caso, distante del temperamento español, el que exigiría conocer los significados antes de acometer sus aventuras. Tal vez la historia española se escribe antes de que ocurra.

En 1968 Jorge Luis Borges pasó un tiempo en Cambridge “on the Charles” para enseñar en las aulas de Harvard. Por ese tiempo se le hizo un conjunto de entrevistas muy iluminadoras de su pensamiento. En una de ellas dice diferenciarse de Unamuno en que a éste le angustia la trascendencia y la inmortalidad, mientras que a él, Borges, no le importa si ya no sigue siendo Borges, si no hubiera sido nunca Borges, si no hubiera nunca sido. Es claro que Borges es un redomado mentiroso. Si a alguien le preocupan esas cosas es a Borges, que no cesa de escribir del infinito, de los espejos y de sus dobles. En el fondo, no puede haber hispano a quien no interese la trascendencia. Es de la trascendencia del hombre, esgrimida contra la posibilidad apocalíptica y maniquea de su eliminación, de lo que precisamente se trata. LEA

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