REF #20 – Un país empapado

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En alguna parte Dennis de Rougemont refiere la experiencia de alguien que creo era  Eugenio Ionesco en Berlín alrededor de 1935. Estaba en Berlín pero no entendía alemán y Hitler le causaba aversión. Pasó por casualidad por un sitio donde Hitler hablaba y se quedó clavado en el punto hasta que el dictador terminó su discurso: magnético, carismático, con una fuerza completamente independiente del significado.

Algo así pasó acá en Venezuela con cada aparición de Juan Pablo II. Casi no importaba lo que decía, tal era la potencia de su aura, de su credibilidad. Miles de personas lloramos emocionados, más de una vez, a lo largo de tres días inolvidables. Ante la dimensión beneficiosa de este impacto toda crítica acerca de costos queda empequeñecida. Ninguna cantidad en ninguna moneda pagaría el bien que el Papa nos hizo con su visita. El más incrédulo de los banqueros, de haber vivido esos tres días, aceptaría un balance en el que cualquier cifra se escribiera para estimar, cosa imposible, el inmenso activo intangible que era Venezuela mientras tuvo al Papa en su territorio.

Y es bueno darse cuenta de que ese activo no se ha esfumado. El Papa fue, en gran medida, tan sólo un catalizador que operó sobre una materia humana que todavía está aquí, que no vino de Roma, sino que vive y sufre acá, pero que también crece acá, todos los días. Es ese pueblo venezolano tantas veces denigrado, menospreciado o despreciado, el que fue capaz de dar un ejemplo teledifundido al resto del planeta, ejemplo de orden y organización, de fe y de optimismo. No aceptemos más nunca, por tanto, el discurso de quienes basan pretensiones políticas o privilegios sociales sobre la falsedad de una supuesta baja calidad del venezolano promedio, la que estaría muy por debajo de las personales cualidades de quienes lo desprecian. Si no hubiera bastado, para desvirtuar tales pretensiones, toda la paciencia exhibida por los venezolanos durante los años recientes, todo el crecimiento de conciencia política en los Electores, la demostración magnífica del 9, el 10 y el 11 de febrero de 1996, en su innegable rotundez, es un mentís definitivo. Los venezolanos estamos orgullosos de lo que hicimos por el Papa, para el Papa y con el Papa.

Seguramente Juan Pablo II no colmó todas las expectativas particulares. No todos tuvieron el protagonismo que deseaban, como en el notorio caso de Irene Sáez, que ahora es cuestionada por un gasto dispendioso que no le rindió los dividendos políticos que esperaba. El Papa tuvo, ciertamente, buenos asesores para esta su segunda visita a Venezuela, y no hubiera sido acertado en absoluto que permitiera la improvisación de una parada no programada en Chacao, porque hubiera sido comprometer de algún modo su carisma con una protocandidata a la Presidencia de la República, que quiso emitir señales que no le correspondían. Ya Irene Sáez se había “robado el show” en Los Teques el día que Mario Moronta asumió la sede episcopal en la capital del Estado Miranda. Por cierto, este popular prelado, de intensa y frecuente aparición por los medios de comunicación del país, tampoco ocupó ningún lugar de preeminencia durante la visita pontificia. De hecho, a los pocos días de culminar la visita, Moronta ya no es el promotor de la causa de José Gregorio Hernández, que al parecer ha sido tomada muy en serio por el Pontífice. El episcopado nacional nombrará en su lugar a otra persona para manejar la promoción, que en los últimos años se había “dejado ganar” por la sorpresiva beatificación de la Hermana María de San José.

Así pues, no todo el mundo obtuvo lo que pretendía obtener, pero quienes no lo lograron son realmente muy pocas personas. La inmensa mayoría del pueblo obtuvo mucho más de lo que esperaba tener, sobre todo cuando no pocos se dieron a criticar, algunos en privado y otros de manera pública, distintos aspectos de la preparación pocos días antes de la llegada del Papa.

Hubo quien no alcanzó a comulgar en La Carlota; allí mismo el Papa no pudo hablar en una improvisación de última hora a causa de una música que le impidió ser escuchado; el “papamóvil” criollo no tenía limpiaparabrisas; el Pontífice rechazó la gorra que un pequeño director de orquesta colocó sobre su insigne cabeza en la ceremonia de la despedida; pero todo esto son pequeños detalles humanos en una gigantesca movilización que para todo propósito resultó impecable.

Una cosa sí debe quedar clara. No fue la Iglesia venezolana la que reunió las multitudes, por más que su trabajo organizativo haya sido altamente encomiable. Fue Karol Wojtyla. Fue el Papa polaco, el Pontífice más popular de toda la historia del catolicismo. Si la Iglesia venezolana quisiera convocar dentro de pocas semanas una concentración humana como la que se reunió el pasado domingo 11 de febrero en Los Próceres, se vería en enormes dificultades para lograr una asistencia de una cuarta parte, aun con los cantos de Soledad Bravo reeditados.

Al ver el inconmensurable poder de convocatoria de Juan Pablo II, al constatar la fuerza increíble de su carisma personal, es lícito preguntarse: ¿quién calzará los zapatos de este Papa cuando le toque la hora de la muerte? Es este un importante problema para la Iglesia de Roma, el que deberá enfrentar dentro de no mucho tiempo, dado el sacrificio de vida que Juan Pablo II ha hecho en su peregrinaje universal.

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REF #18-19 – Política en 3D

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A las alturas de la escuela primaria, allá cuando se topa uno por vez primera con la historia universal, una vaga idea de las causas de la caída del Imperio Romano se forma en las cabezas infantiles: ese conjunto cimero de la civilización occidental, esa red de instituciones y héroes, de obras civiles, prescripciones de derecho, arte físico y literario, habría desaparecido por obra de incivilizados invasores, los “bárbaros”, que en asedio inmisericorde habrían dado al traste con el imperio administrado desde Roma.

Algo más tarde, en el bachillerato, en la universidad, tan simplista visión se modifica y hace más compleja. Hasta que tropieza uno con la versión lapidaria de Arnold Toynbee, el estudioso del auge y la caída de las civilizaciones. Para este gran decano de la disciplina histórica la causa principal del derrumbamiento de Roma se encuentra en otro fenómeno más sutil, más ideológico. Toynbee introduce la noción de “proletariado interno” para referirse al gran contingente de ciudadanos romanos que con la irrupción del cristianismo dejaron de regirse mentalmente por el cuadro ético de las virtudes romanas. Los ideales romanos de virtu, asociados con un tono viril, ingenieril, constructor, conquistador y modificador de la realidad, habían sido desplazados por la mansedumbre, la humildad, la pasividad del espíritu cristiano, que se dejaba arrebatar mansamente la vida por gladiadores o por leones con tal de sostener la creencia en el Dios único de los hebreos que ahora se entendía como padre del Dios Jesús.

Así, la cantidad creciente de conversos al cristianismo iba despegándose progresivamente del ethos romano, desinteresándose de los propios fundamentos psicosociales que sustentaban el tejido institucional del imperio. Fue la formación de ese proletariado interno, para Toynbee, la causa real de la caída.

Guardando debidamente las distancias entre un imperio cuasi-universal de hace mil seiscientos años y la Venezuela atribulada de 1995, es posible encontrar acá la formación de un proletariado político interno que se abstuvo de participar en el acto electoral del 3 de diciembre de 1995, el 3D, como lo ha bautizado ya José Vicente Rangel, siguiendo la costumbre y la serie del 27F-4F-27N.

Según estimaciones aproximadas del Consejo Supremo Electoral, la abstención promedio del país estuvo en 52% de los Electores, con extremos de 30 y 60% en distintas zonas. Ese proletariado interno, pues, que se siente engañado, manipulado, ausente, equivale al menos a la mitad de la población nacional. Esa mitad debe dividirse también en dos mitades, aproximadamente, siendo una de ellas la que definitivamente ha desahuciado al sistema político nacional, siendo el resto el contingente de quienes se aproximan más a la indiferencia que al rechazo final.

Pero la mitad recortada de los Electores del país asistió a los comicios y votó; admitió ejercer opciones frente a los cinco menús certificados por el Consejo Supremo Electoral, barco de antes desvencijado y que llegó a puerto después de perder velas y mástiles en su tránsito por el temporal que desataron los partidos. Tal vez el resultado más claro de todos los obtenidos el 3 de diciembre de 1995 es el de la peligrosa ineficacia de los procedimientos electorales venezolanos: lentos, onerosos, vulnerables al fraude y la manipulación. Ahora se dispone de tres años completos para producir un vuelco radical en esos procedimientos electorales: despartidizarlos y mecanizarlos totalmente.

Golpe de estados

Los resultados generales son bastante conocidos. Acción Democrática ha vuelto por sus fueros, capturando más de la mitad de las gobernaciones (12) y unas 140 alcaldías. Toda suerte de comentarios ha merecido este resultado excepcional, que reivindica y relegitima la conducción de Luis Alfaro Ucero y proporciona malas noticias para las aspiraciones de Carlos Andrés Pérez y Jaime Lusinchi.

Si se totaliza nacionalmente los votos recibidos por las distintas organizaciones de campaña, AD recibió casi el 40% de los votos admitidos. Si se toma en cuenta la abstención (y no se considera los votos nulos, que aumentaron proporcionalmente de modo considerable) ese porcentaje representa, sin embargo, sólo el 15,4% de los Electores. Lo que es una mejora, de todas maneras. Durante el año de 1994 la mayoría de las encuestas señalaban a Acción Democrática como la segunda fuerza con un 14%, lo que, por supuesto, significaba un punto muy bajo en la historia de un partido que alguna vez recibió el 70% o más del apoyo nacional. De todas formas, los logros obtenidos por AD revelan lo profundamente inadecuado de un sistema político que permite a quien obtiene menos del 16 % del apoyo de los Electores, hacerse con el 55% de las gobernaciones y el 61% de las alcaldías.

Desde este punto de vista COPEI también habría tenido progreso, así como el MAS y la Causa R. En 1994 COPEI registraba niveles de apoyo de sólo 9% (ahora sus candidatos fueron apoyados por 10,5% de los Electores) , el MAS 3% (ahora 4,5%) y la Causa R un 6% (esta vez 6,4%). De estos tres partidos el mayor progreso porcentual relativo, en estos términos, habría sido para el MAS (50,5%), luego para COPEI (31,7%), y finalmente la Causa R (sólo 7,1%). (Resultado de dividir la diferencia de porcentajes entre el porcentaje base de 1994).

Convergencia habría sido la única entre las organizaciones políticas con una diferencia negativa. En 1994 Convergencia llegó a registrar niveles de 21% del apoyo de los Electores, y ahora, referida al mismo universo, recibió solamente el 4,1%, para un descenso relativo de 80,5%. (16,9% de diferencia).

Esto pareciera configurar una importante derrota para el gobierno, pero en realidad el gobierno puede considerarse bastante satisfecho, por varias razones: en primer término, porque en términos gruesos, las organizaciones políticas que han mostrado una conducta de mayor cooperación o comprensión hacia la administración de Rafael Caldera obtuvieron en conjunto 60% de los votos admitidos para las gobernaciones; luego, porque con gran sentido de la oportunidad el Presidente de la República anunció su disposición a cooperar con los gobernadores y alcaldes electos el día mismo de la elección en horas de la noche; en tercer lugar, porque no se cumplieron los agoreros pronósticos de quienes creían que la violencia pudiera ser la nota principal del evento del 3 de diciembre (notablemente Oswaldo Álvarez Paz: “…en diciembre Venezuela podría convertirse en un gran bochinche…”—Primer Plano del 5 de noviembre); finalmente, porque el gobierno puede mostrar una conducta irreprochable durante todo el proceso.

En efecto, el gobierno, o más propiamente el Consejo Supremo Electoral, han sido criticados por la sanción a Televén (sacada del aire durante hora y media) y por la militarización del acto de votación y posterior procesamiento de los votos. (Arturo Sosa, S.J.) Pero lo cierto es que Televén intentó “pasarse de viva”, y había comenzado a emitir resultados, con no demasiado disimulo, unos veinte minutos antes de vencerse la hora límite explícitamente estipulada por el Consejo Supremo Electoral, por lo que incurrió conscientemente en desacato de tal disposición. (Después de malabarismos pretendidamente astutos de Rafael Poleo y José Vicente Rangel, con los que anunciaban candidatos ganadores de modo indirecto, Jorge Maza inició los anuncios directos varios minutos antes de las siete de la noche, argumentando que se guiaría por un reloj que habían usado durante todo el día).

Por lo que respecta a la militarización, seguramente la presencia juiciosa de las Fuerzas Armadas permitió el que un proceso tenso y complicado llegara a feliz término, luego de una semana de particular suspenso con los resultados en la Gobernación del Zulia. De hecho, el ex comandante Arias Cárdenas, vencedor por estrechísimo margen de 1.372 votos, reconoció el papel sobrio y sosegador de las Fuerzas Armadas, y se refirió especialmente a la actuación del General Salazar, quien se reveló como poseedor de un carisma que no tiene que envidiarle nada al del General Ítalo del Valle Alliegro de los mejores tiempos, y mucho menos al del Vicealmirante Radamés Muñoz León. Tal vez Salazar sepa administrar este don personal de manera más sabia que la de los otros dos nombrados.

Pero es que además el gobierno supo actuar con una clara demostración de imparcialidad en el caso de Radio Cristal, la emisora del tremebundo Orlando Fernández, a la postre ganador de la Gobernación de Lara y que, a pesar de haber sido apoyado decididamente por Convergencia, se vio castigado con el cierre de su emisora al hacer llamados inconvenientes a la protesta de calle, lo que hubiera podido desembocar en desórdenes de cierta magnitud.

Es así como, a grandes rasgos, las elecciones resultaron ser un fuerte deterioro en la posición de Convergencia y, al mismo tiempo y paradójicamente, un éxito para el gobierno de Rafael Caldera. Evidentemente, este éxito no puede interpretarse como un referéndum a favor de políticas gubernamentales concretas, puesto que los resultados obtenidos coexisten con un marcadísimo nivel de desaprobación popular de, sobre todo, la conducción de la política económica, aunque ya para fines del mes de noviembre la figura del Presidente de la República había experimentado un repunte respecto de la tendencia en descenso del último semestre.

Antecedentes inmediatos

Este resultado moderadamente sorprendente de un repunte en la aprobación de Rafael Caldera probablemente se deba en mucha medida a su aparición por televisión, en larga entrevista que le hiciera, como es más o menos, costumbre, Edgardo de Castro por Venevisión.

La entrevista se convirtió rápidamente en objeto de controversia, gracias a una frase en particular, en la que el presidente Caldera admitió sentir ganas de “fusilar” a quienes, siendo venezolanos, desaconsejaban la inversión en Venezuela en escenarios del exterior. Caldera fue meticulosamente cuidadoso con la acotación de sus instintos: explicó muy claramente que no se refería a cualquiera que lo criticara, sino a aquellos que hacían esta mala propaganda al país en el exterior y a quienes había llamado en una ocasión “traidores a la patria”. A pesar de tales precisiones, y de que en varias ocasiones el Presidente se refiriera a las enormes dificultades actuales, Eliseo Sarmiento, Presidente de Consecomercio, escogió referirse a un discurso inexistente y asegurar que el Presidente de la República había dicho que en Venezuela todo marchaba bien y que lo único malo se debía a quienes lo criticaban por no estar de acuerdo con su política económica. Esto es, argumentó falsamente para negar el programa, como lo hicieron también otros formadores de opinión.

En verdad, la semana que culminó el 3 de diciembre hubiera podido llamarse la “semana de Miguel Rodríguez”. Rodríguez, en esos siete días, había pontificado, en el mejor estilo de la “economía colérica”, en reuniones en el IESA, la Cámara Venezolano-Norteamericana, la Universidad Simón Bolívar y el hotel Tamanaco (Grupo Santa Lucía). Fue, sin duda, el más destacado “fusilable” de la semana preelectoral, aunque también resaltaron las participaciones de Gerver Torres y Moisés Naím. Este último declaró que creía que el presidente Caldera terminaría aprendiendo por fuerza de los hechos económicos, pero que tal aprendizaje sería el más costoso del mundo. (Naím evidencia de este modo que en su ideología considera tal cosa más costosa que los centenares de muertos del 27 y 28 de febrero de 1989 y del 4 de febrero y 27 de noviembre de 1992, junto con la zozobra de las bombas terroristas de 1993, sucesos todos que parecen no haber bastado para que ni él ni Carlos Andrés Pérez hayan aprendido).

No faltó, naturalmente, la consabida declaración de Arturo Úslar Pietri, quien probablemente ya ha tomado demasiado la palabra para repetir una vez más sus ideas favoritas: que esta crisis es muy grande y que la misma se arregla con doce apóstoles que deben conformar un comando de crisis. Tampoco supo callar su boca el ex presidente Herrera Campíns: dijo que ahora entendía por qué Caldera habría dejado de ser socialcristiano, aunque nunca dijo lo mismo de las proposiciones de pena de muerte de la senadora Haydeé Castillo, a quien, es de suponer, Herrera sigue considerando muy socialcristiana.

En fin, una capacidad notoria para fijarse en lo accesorio y para deformar y distorsionar los discursos proferidos por el Presidente de la República. Esta vez no estuvieron acompañados por la opinión general, en cuyo seno aumentó, aunque ligeramente, el apoyo a la figura de Caldera. La entrevista que de Castro le hizo seguramente le reportó mayor cantidad de simpatías que de críticas, tomando en cuenta el universo total de Electores, mientras obtuvo mayor rechazo en quienes estaban a la caza de defectos.

De esta misma manera se criticó un sustantivo con el que el inconsciente traicionó al Presidente la noche de la elección. Queriendo decir que le preocupaba la alta tasa de abstención, lo que dijo fue que le preocupaba la alta tasa de inflación. Pocas horas después, en reuniones de impenitentes carlos-andresistas se usaba ese desliz freudiano para argumentar a favor de la inhabilitación de Rafael Caldera. Por supuesto, quienes esto argumentan sobre base tan deleznable nunca propusieron la inhabilitación de Carlos Andrés Pérez cuando acuñó el grave sin sentido de “ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario” allá por 1975, ni tampoco se han detenido a considerar que el muy joven Gobernador  Electo del Estado Carabobo (31 años), se refirió dos veces a la presencia de una “brocha (sic) generacional”, cuando fue preguntado la misma noche del 3D por la participación juvenil en su triunfo electoral.

Poco antes de la controversial entrevista televisada (y repuesta al día siguiente) de Caldera con de Castro, se había producido la defenestración de Carlos Bernárdez, ahora fuera del gobierno. A este hecho hizo referencia explícita Rafael Caldera en la entrevista en cuestión, y seguramente el evento fue una importante señal hacia la opinión pública, además de constituir un fuerte respaldo a Luis Raúl Matos Azócar. En la juramentación de Alberto Poletto como sucesor de Bernárdez en el Fondo de Inversiones de Venezuela, Matos Azócar aparecía como el testigo privilegiado, invitado intencionalmente para reforzar aún más su autoridad como líder de la política económica gubernamental.

Todo el debate nacional sobre las conversaciones del gobierno con el Fondo Monetario Internacional gravitó necesariamente sobre los resultados electorales, aunque esta vez los factores locales tuvieron probablemente más peso en la decisión de voto de cada Elector. No otra cosa dominaba la mente de los Electores con mayor fuerza que la economía, pública y privada, puesto que ninguna otra cosa acaparaba más espacio y tiempo en los medios de comunicación y las conversaciones civiles.

Probablemente no hubo ningún momento en la vida del sistema de elección universal, directa y secreta en Venezuela en el que hubiera sido vapuleado un gobierno como lo ha sido el actual en los últimos meses. Tal vez entre 1991 y 1992 haya sido tan fuertemente golpeado el último gobierno de Carlos Andrés Pérez, aunque muchísimo más rechazado que el último gobierno de Rafael Caldera. Pero la dureza, frecuencia y cobertura de los ataques y problemas que han gravado los hombros de Rafael Caldera son algo inusitado.

Milagro de María de San José; eventos de San Román y del Domo Bolivariano; rumores de golpe para octubre aderezados con “historias vivas” y peticiones de renuncia; aumento de la gasolina; decenas de informes, conferencias y declaraciones de nacionales y extranjeros sobre “el desastre”; Banco Andino, Semary, Weill, con sus ataques a los Caldera en general y al Ministro de Hacienda; impasse del presupuesto entre éste y el Congreso; discusiones con el Fondo Monetario Internacional; devaluación. Todo ha sido criticado con acritud. Es extraordinariamente raro encontrar un caso de reportero, articulista, editorialista, que encuentre algo de bueno en lo que el gobierno hace. Parece sospechoso que un gobierno, por muy malo que sea, no pegue una.

En todo caso, esta fue a grandes rasgos la secuencia presentada a la psiquis de los Electores. Entre sus riscos se hundían las inversiones de transnacionales petroleras, la aprobación del esquema de apertura del petróleo venezolano en mayores y nuevas de esas inversiones, el pacto anti-inflacionario, la comisión de prestaciones sociales, la descentralización de la educación y el aumento de la libertad de determinación curricular por parte de los centros educativos, la disminución de los índices de mortalidad criminal y por ende la elevación de los índices de seguridad. Todo esto es remitido a tépidas y reducidas aprobaciones o aun el mero reconocimiento en los medios, en las conversaciones de Electores.

A veces desde afuera se ve mejor. Decía el CS First Boston el 14 de noviembre de este año, hace un mes: “A comienzos de 1994, la Administración Caldera heredó un país con severos problemas económicos. Pero, con excepción de un frágil sector bancario, el país estaba en gran medida libre de distorsiones macroeconómicas. Las crisis de 1994 en el sector bancario, y los subsiguientes controles al capital, sin embargo, introdujeron varios problemas macroeconómicos mayores… No obstante, la Administración Caldera merece altas calificaciones por la restauración de la estabilidad política a una nación que estaba al borde del caos social. Las insurrecciones militares, la disensión política y las erupciones sociales, fueron rápida y calladamente disueltas por el nuevo gobierno”. (CS First Boston, Economist Department, Latin America Research: Venezuela: Light at the End of the Tunnel?)

La tercera ola

El gobierno está emitiendo variadas señales de la inminencia de una bifurcación en la orientación de sus políticas. Para eso se apoya en su entendimiento básico con Luis Alfaro Ucero, en su alianza con el MAS, en su Convergencia, hasta en el curioso soporte que prometen sus críticos. (En la reunión del Grupo Santa Lucía del 2 de diciembre, la proposición final de la presidencia de la mesa fue la de aprestarse a ayudar al gobierno, lo que sigue, por cierto, a una apertura complementaria de Caldera en ocasión de la entrevista televisiva varias veces mencionada, en la que el Presidente de la República pidió cooperación).

Pero podría conseguir un importante apoyo en dos juegos diferentes de interlocutores nuevos: los gobernadores y alcaldes electos. Ya hemos notado que el Presidente de la República habló de convocar, desde enero, y en sucesión, la Convención de Gobernadores y el Consejo Nacional de Alcaldes.

¿Qué temas pudieran tocarse en esas reuniones? ¿Cuáles serían las posiciones mayoritarias entre gobernadores y alcaldes ante posibilidades como las de una Asamblea Constituyente y un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional? ¿Son materias éstas para ser consultadas a gobernadores y alcaldes?

En todo caso se podría decir que se está frente a casi dos cámaras nuevas: un breve senado de gobernadores y una extensa cámara de alcaldes, que prefiguran el futuro modo de elegir representantes a una legislatura nacional bicameral: uninominalmente a dos senadores por estado y a un diputado por cada municipio.

Se trata, claro está, de dos “cámaras ejecutivas”, las que guardan importantes y muy básicas diferencias entre sí: el Consejo Nacional de Alcaldes reúne a ejecutivos municipales fundamentalmente autónomos; la Convención de Gobernadores reúne a ejecutivos que no han perdido su carácter de gestores del Ejecutivo Nacional, por más que hayan sido elegidos directamente por los ciudadanos. (Primer párrafo del Artículo 21 de la Constitución Nacional: “El gobierno y la administración de cada Estado corresponde a un Gobernador, quien además de Jefe del Ejecutivo del Estado es agente del Ejecutivo Nacional en su respectiva circunscripción”. Ordinal 1º del Artículo 23, sobre las atribuciones y deberes del Gobernador: “Cumplir y hacer cumplir esta Constitución y las leyes, y ejecutar y hacer ejecutar las órdenes y resoluciones que reciba del Ejecutivo Nacional”).

Esta calidad de autonomía municipal que no tienen los estados en los que se divide Venezuela, no proviene de la Constitución de 1961, ni siquiera de la de 1830 o de la primera constitución republicana. La entidad de los municipios era ya una institución española de nuestro período colonial. De hecho, los primeros protagonistas de la Independencia no son los países: son los municipios, son las ciudades. Es el Ayuntamiento de Caracas, y no la Capitanía General de Venezuela o la provincia de Nueva Andalucía, el que envía la primera comunicación suramericana de emancipación.

En cambio los estados nunca han tenido esa entidad. Don José Antonio Giacopini Zárraga los considera en gran medida una creación artificial, pues a su juicio en la Venezuela de 1811 se pretendió tener la República antes de tener la Nación. Y en 1964 el inolvidable Arístides Calvani hacía respecto de los estados la siguiente observación: “¿Cuál es su fundamento económico? ¿Cuál es su fundamento geográfico? ¿Cuál es el fundamento humano de esta división político-territorial? No existe. Allí está. Es así y a ella nos atenemos. ¿Por qué hay 20 estados y no 21? ¿Por qué hay 20 estados y no 15? Nadie estaría en capacidad de decirlo, salvo que la ley fija 20 estados. Eso es todo”. El día que Venezuela llegue a federarse con otros países en la Tierra de Gracia de América del Sur, probablemente disminuya de modo aún más pronunciado esta identidad de los estados como división territorial de los venezolanos.

Pero entretanto los gobernadores existen y disponen, aunque con limitaciones. Los alcaldes y su poder sí no tienen discusión. Hacia estos dos estamentos recientemente refrescados vuelve ahora su mirada el Ejecutivo Nacional. Será para más adelante una tercera ola constituyente, luego de que la ola de los alcaldes sobrepuje la ola de los gobernadores y su golpe de estados del 3D.

Los nuevos

Con toda esta revolución regional y municipal se ha activado ya el arranque de la campaña presidencial de 1998. Nuevas caras han emergido, para sumarse a las de los eternos candidatos irreductibles. (Eduardo Fernández, por ejemplo, quien desea “recuperar su protagonismo”). De varias de esas nuevas posibilidades venía hablándose desde hacía ya un cierto tiempo, como en el caso de Irene Sáez y aún antes en el de Henrique Salas Römer.

Cada uno de estos dos basa su presencia en la imaginación política que los visualiza en la Presidencia de la República, sobre su fama de buen gobernante local. Irene Sáez es con mucho la favorita. Registros de fines de octubre indican que obtenía un 34% de respuestas favorables a la pregunta si las elecciones presidenciales fueran hoy ¿por quién votaría?

Hasta ahora, claro, no se conoce cuál es la “visión de Estado” de Irene Sáez. Las veces que ha aparecido entrevistada en televisión y recibe preguntas que trascienden a lo municipal, se refugia razonablemente en la salida de que su interés exclusivo reside por los momentos en Chacao y sus circunstancias. Tampoco ha sido confrontada nunca. La Srta. Irene Saéz mantiene un halo de intocable que no puede durar mucho tiempo, sobre todo si llegara a aspirar a la Presidencia de la República. En ese caso ya no sería la candidata unánime de todas las fuerzas políticas, y tendría que defenderse con argumentos más sustanciosos y responsables que las muñequitas imitación de Barbie con marca Sáez.

Salas Römer, por su parte, también ha sabido acumular un prestigio de buen gobernante, esta vez en un cargo de mayor nivel que el de una alcaldía, hasta el punto de haberse perpetuado indirectamente en Carabobo por la persona interpuesta de su hijo Salas Feo. Tampoco ha hecho explícita su visión de país, su idea de un proyecto para Venezuela, pero trae un mayor tiempo de involucración que Irene Sáez con la problemática nacional, al menos desde que fundó Strategyon, un centro de análisis del proceso político-económico venezolano. Junto con Sáez comparte la imagen de buen gerente o administrador, y un cierto carácter de “outsider” (menos que Sáez), reforzado por el hecho de que la candidatura de su hijo se impuso en contra de los designios de COPEI. (En su momento se comentó que el “veto” copeyano a Henrique Salas Feo habría sido un intento de Eduardo Fernández por vulnerar una previsible candidatura presidencial de Henrique Salas Römer).

Quien seguramente no puede presentarse como outsider es Antonio Ledezma, que ahora se perfila como fuerte precandidato a la candidatura adeca para 1998, y que ha decidido transitar por la misma trayectoria de Claudio Fermín: de la Alcaldía de Caracas al Palacio de Miraflores. El estilo de Ledezma corresponde al del operador de mercadeo electoral, pendiente más de las señales que de los significados. En una “operación pantalla” pocos días después de las elecciones, fue “sorprendido” por fotógrafos montado sobre una escalera recostada de un poste del que retiraba su afiche. Tendrá Ledezma, por otra parte, que resolver el problema de su “perecismo”, sobre todo si quiere ser candidato dentro de un partido controlado por Luis Alfaro Ucero, quien ha declarado hace pocos días que ni Pérez ni Lusinchi tienen nada que buscar en Acción Democrática.

Pero gobernadores y alcaldes electos aparte—hasta Arias Cárdenas ha dejado entrever que no descarta una candidatura suya a la Presidencia de la República—el más nuevo de los nuevos es, sin duda, Miguel Rodríguez, economista que junto con Hugo Farías y Gustavo García compone el grupo que exhibe el estilo de “economía colérica”. Lejos de emitir sus opiniones profesionales con distancia clínica y serenidad, estos tres economistas exponen sus ideas con gran vehemencia, en muchas ocasiones con un aparente nivel de disgusto que no tiene que envidiar nada a las más puras expresiones furibundas de, pongamos, Andrés Velásquez.

Miguel Rodríguez fue, como se sabe, Ministro Presidente del Fondo de Inversiones de Venezuela y luego Presidente del Banco Central de Venezuela durante el último gobierno de Carlos Andrés Pérez. Hace unos 10 años llamó la atención del entonces precandidato adeco a raíz de un interesante trabajo suyo en el que mostraba cómo era que el excedente financiero del sector público, proveniente de los súbitos y marcados aumentos de precios del petróleo durante el primer gobierno de Pérez y el de Herrera Campíns, había sido en gran medida transferido al sector privado y luego seguido la apátrida lógica del capital hasta los depósitos en dólares que algunos venezolanos mantienen en cuentas del exterior. Poco después de este estudio Miguel Rodríguez pasó de ser asiduo visitante a la Torre Las Delicias, cuartel general de Pérez, a miembro de un staff en el que ya destacaban Beatrice Rangel y Reinaldo Figueredo Planchart, hoy algo alejados de la geografía nacional.

Después de la “semana de Miguel Rodríguez”—la semana que terminó el domingo 3 de diciembre—el combativo profesor e investigador del IESA lideró una reunión para la constitución de su movimiento político en las oficinas del ingeniero Leopoldo Baptista Zuloaga, y a la que asistió un interesante grupo de partidarios del libre mercado, entre los que se encontraba, según reseña de prensa no desmentida, el copeyano Oswaldo Álvarez Paz.

Demócratas y republicanos

En conversación de hace poco más de un mes, el ingeniero Humberto Peñaloza nos hacía la siguiente observación: en Venezuela no ha existido nunca un partido republicano; todos nuestros partidos son demócratas. Peñaloza alude, naturalmente, a la terminología norteamericana, y elabora para explicar la diferencia entre los dos polos de la política de los Estados Unidos: los demócratas se ocuparían del método de gobierno, del método político general; los republicanos en cambio, colocarían el foco sobre la res publica, sobre la casa republicana de todos.

En análisis de Peñaloza, nuestros partidos demócratas—siendo el principal y nuclear Acción Democrática—habrían puesto el énfasis en el demos, según él, para asolar la res publica. El corolario de su razonamiento se cae de maduro: en Venezuela habría que fundar un partido republicano.

Algo de premonitorio hubo en esta percepción de Peñaloza, pues a los pocos días de las elecciones del 3 de diciembre resonó en COPEI la insólita proposición de aliar a este partido con el MAS y la Causa R para hacer un frente contra Acción Democrática. (No se mencionó a Convergencia en esta idea, pero la tesis de reunión de la “familia socialcristiana” renació por los predios no herreristas de Eduardo Fernández).

¿Estaremos a las puertas de un nuevo esquema bipolar en las organizaciones políticas venezolanas? ¿Hay algo de natural y lógico en un sistema bipartidista? En la fisiología del cuerpo humano podemos encontrar analogías de esta disposición. El sistema nervioso central (el gobierno), no es el único regulador nervioso del funcionamiento corporal. De hecho, son mucho más activos los componentes autónomos del sistema nervioso: el sistema simpático (demócrata) y el sistema parasimpático (republicano). Ambos sistemas coexisten dentro del cuerpo en un proceso de constante oposición. El tono general del sistema simpático es más acelerado, mientras que el de su opuesto, el sistema parasimpático, es de desaceleración (conservador).

No poseemos una teoría política por la cual sea posible prescribir como más sano que otros sistemas políticos un sistema bipartidista. En América Latina se han dado sistemas bipartidistas—siendo el más cercano ejemplo el de los Conservadores y Liberales de Colombia—con logros de dudosa evaluación y, en todo caso, no demasiado similares al de los sistemas norteamericano e inglés. Pero resulta sugestivo imaginar que verdaderamente el espectro partidista venezolano llegue a organizarse entre dos polos, siendo uno de ellos Acción Democrática.

En este caso, ¿en cuál de los dos polos se afiliarían los más notorios personajes de nuestra política vernácula?

Seguramente encontraríamos a Rafael Caldera del lado demócrata, junto con Acción Democrática, el MAS, la Causa R. Seguramente hallaríamos a Miguel Rodríguez del lado republicano, en compañía de Uslar, Olavarría, COPEI (al menos el de Eduardo Fernández y Oswaldo Álvarez Paz). De estilo demócrata (que no democrático) es ciertamente Convergencia, mientras parecen ser estilísticamente republicanos pequeños movimientos de nuevo cuño como Factor Democrático. Siempre quedarán por fuera de tan nítida disposición los radicales de cosas tales como el MBR 200, y probablemente personajes como Pablo Medina, el más derrotado de los candidatos a gobernación alguna, junto con algún indeciso que no podrá ubicarse en “ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario”.

Pero es posible que los resultados del 3D realmente lleven a una reorganización bipolar. Paradójicamente, la fragmentación local y regional de la acción política, impulsada por la elección directa de gobernadores y alcaldes, refuerza esta tendencia bipolar. Si bien todavía es posible hablar de cinco núcleos partidistas con significativa presencia electoral—AD, COPEI, Causa R, MAS y Convergencia—parece probable que se dé la predicción de Eduardo Fernández sobre una fusión de COPEI y Convergencia, en cuyo caso esta “familia socialcristiana” (con algunos de dudosa ideología en materia de fusilamientos y penas de muerte) habría recibido un 35% de los votos admitidos para la elección de gobernadores, y junto con el polo acción democratista conformarían hoy en día el 74% de las preferencias a escala nacional. (Si se excluye del análisis la desafección de quienes no fueron a votar el 3 de diciembre próximo pasado).

El evento electoral del 3 de diciembre puede haber sido, entonces, un punto de inflexión en la política venezolana. Habiendo ocurrido a fines de este peculiar año de 1995, da pie para pronosticar un año de 1996 bastante movido en materia política. Probablemente se verá, como apuntamos, la definición de la política económica gubernamental, algún acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, un intento de cambiar solvencia por liquidez en el Erario Público.

Pero tampoco ha desaparecido del panorama la atractriz de una Asamblea Constituyente. La necesidad, por un lado, está allí. La obsolescencia del marco constitucional de 1961 es evidente. Por otra parte, la “clientela” inicial de un expediente de esa clase reside en ese 52% de abstención que no fue atraída por las opciones presentadas el 3 de diciembre. Y, también, hay activismo y trabajo en esta dirección.

El año de 1996 será un período de definiciones, redefiniciones y reagrupaciones en el orden económico y político. Ambas dimensiones, la política y la económica, se encuentran a punto de ruptura. La económica porque los resultados de la administración de Rafael Caldera a nivel de la economía individual y familiar, corporativa y pública, si bien racionalizables con una apelación a las dificultades impuestas por la crisis bancaria, no son en absoluto satisfactorios. Por lo contrario, la inflación continúa, la devaluación se repite, el gasto público prosigue aumentando a saltos.

La dimensión política, por el otro lado, continuará asediada por las interrogantes ya consolidadas: la validez de nuestro sistema electoral y de partidos, el estilo de Realpolitik, el muy considerable proletariado político interno que se siente decepcionado y frustrado.

Es por esto que no debiera haber mucho descanso navideño para los actores políticos principales del país. El año que se les encima es complicado, y si bien el 3 de diciembre representó una suerte de transfusión renovadora, probablemente no lo fue en proporción suficiente como para asegurar un progreso con vocación de longevidad.

El 3D puso en evidencia las debilidades orgánicas de nuestro sistema político, que para llevar a cabo una operación estrictamente civil, debió recurrir a la toma militar del país para que fuese posible culminar el proceso electoral a duras penas. Por esto queda recrecida ahora la sección política de una Agenda Venezuela, respecto de la que el Ejecutivo Nacional tiene la máxima responsabilidad. Pero también deberán mostrar lo suyo los nuevos gobernadores y alcaldes. De su conducta dependerá en mucho el destino de esta res publica venezolana, haya o no un partido que se dedique a defenderla.

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REF #18-19 – Verduras en mantel blanco

ref

La potencia con la que comienza el año el gobierno de Rafael Caldera es considerable. La actividad del Presidente de la República es de tal grado de intensidad y variedad que tiene a los demás actores políticos a la expectativa y en análisis o, simplemente, paralizados. Ha recibido visitas de los gobernadores y alcaldes electos más significativos, y ha asistido a la toma de posesión de aquellos a los que ha querido distinguir de algún modo; está a punto de producir una decisión en torno al punto crucial del régimen de prestaciones sociales; produce un discurso de Año Nuevo de casi unánime aprobación; ha recibido a nadie menos que Alberto Fujimori y se apresta para recibir al Papa; aparece en la fiesta aniversaria de COPEI…

Seguramente ha sido este último el golpe más vistoso del Presidente. Caldera se “robó el show” de la fiesta aniversaria de los 50 años de la fundación del partido verde, evento de 1946 en el que no estaban presentes, por cierto, ni Luis Herrera Campíns, ni Donald Ramírez, ni Eduardo Fernández, pero sí estaba, como protagonista principal, Rafael Caldera Rodríguez. Llegando sin previo aviso al sitio de la celebración, desarticuló las defensas de un sorprendido Comité Nacional, cuyos miembros no tuvieron más remedio que recibirle con saludos que iban desde la frialdad más comedida hasta la efusión más sincera, en medio de una algarabía de los presentes que vocearon consignas en pro de la unidad de los políticos socialcristianos.

Menú de verduras

Hacia fines de 1993, ya electo Rafael Caldera, escribíamos, el Día de la Inmaculada, un artículo que fue publicado en El Nacional y que queremos reproducir in toto: “Poco falta para que en Oslo los señores De Klerk y Mandela reciban juntos, hermanados, el Premio Nobel de la Paz. ¿Es que hay en Venezuela una rencilla de mayor monta que la que representaban Mandela y De Klerk en Africa del Sur?

Hoy en día las Alemanias separadas ya son una sola, hoy en día los Estados Unidos y Rusia cooperan, Israel y la Organización para la Liberación Palestina cooperan. ¿Son los conflictos venezolanos más importantes que los de estos antiguos enemigos?

En 1992, ¿había entre COPEI y Pérez una diferencia menor que la que hay hoy día entre COPEI y Caldera? En ese año la intención del salvamento de la democracia sirvió para la participación de COPEI en el gobierno de Pérez. ¿Es que hoy en día la situación nacional es menos apremiante que entonces?

Es difícil encontrar algún punto en la «carta de intención» de Caldera, resumen de su programa de gobierno, que colida frontalmente con algún postulado doctrinario de COPEI. ¿Qué argumento podría esgrimirse, entonces, para que COPEI negara su apoyo a Rafael Caldera? La carta de intención mencionada es, como se ha hecho habitual en la política venezolana, un discurso con el que es muy difícil decir que se está en desacuerdo. No, la resistencia del alto mando copeyano a la cooperación con el gobierno de Caldera no tiene origen programático. Es la resultante de una competencia por el mismo objetivo: el poder.

Pero, ¿qué han dicho los dirigentes copeyanos, en advertencia a Caldera, que no pueda ser de inmediato y con mayor gravedad aplicado a COPEI y su más reciente candidato? ¿Que Caldera ha recibido solamente el apoyo de dieciocho por ciento de los electores? El candidato de COPEI recibió el doce por ciento. ¿Que Caldera dice que algunas cosas del paquete perecista permanecerán? COPEI no puede pelear con eso. Ni Caldera, por supuesto, puede pelear por eso con COPEI.

En 1979 asumía la Presidencia de la República Luis Herrera Campíns, candidato de COPEI. También asumía la Secretaría General del partido Eduardo Fernández. En el acto de proclamación de Eduardo, Caldera arremetió con un fuerte discurso, mucho más fuerte que el atributo de «inmaduro» que ahora endilgó a Oswaldo y Andrés Velásquez por no haberle reconocido su triunfo con mayor prontitud.

Pero a pesar de aquel acre discurso de 1979 contra, fundamentalmente, Pedro Pablo Aguilar, más cercano a Luis Herrera, COPEI terminó ofreciéndole a éste su «solidaridad inteligente», como queriendo decirle que no se le entregaba al presidente de entonces un cheque en blanco, por más copeyano que fuese. ¿Es que Caldera no puede recibir de COPEI al menos una solidaridad de ese tipo? Si esa fue la solidaridad que él ofreció por intermedio de Eduardo Fernández, ¿no debiera ofrecérsele al menos eso mismo?

La estrategia de la dirigencia copeyana de los años recientes no ha llevado al éxito candidatural. COPEI perdió en 1983 con Rafael Caldera, perdió con Eduardo Fernández en 1988, perdió con Oswaldo Álvarez Paz en 1993. No hay cifras ni malabarismos interpretativos que puedan ocultar o disimular esos hechos, por más laudable que sea el esfuerzo de los líderes copeyanos por animar a una militancia dolida. Pero no todo lo que la dirigencia copeyana ha estado haciendo puede estar equivocado, o no habrían obtenido, primero en las encuestas y luego en las elecciones, la votación más alta entre las organizaciones políticas. Esa es precisamente la contradicción que hay que explicar.

Lo indicado ahora para COPEI es la reflexión más profunda y cuestionadora sobre lo que habían venido siendo sus esquemas estratégicos, evidentemente equivocados en grado importante. O su dirigencia actual recapacita y enmienda, o la población copeyana encuentra un nuevo liderazgo, o COPEI va hacia su desaparición. Pero el camino de la recuperación de COPEI no pasa por la contestación de rabieta con rabieta. Si COPEI ha sido un consecuente defensor de los entendimientos, hasta con los adversarios doctrinales de antaño, ¿cómo podría justificar su negación a cooperar con Rafael Caldera?

La tragedia de COPEI consiste en que sus líderes, en gran medida, han hecho la política que Rafael Caldera les enseñó a hacer. Pero la solución de COPEI es la política, no la polémica. Puede cooperar con Caldera, debe cooperar con Caldera, exigiéndole a éste un tratamiento respetuoso.

Para empezar, COPEI debe leer con mucho detenimiento la carta de intención de Rafael Caldera. Debe determinar a cuáles de sus planteamientos creerá que debe oponerse, si es que existe alguno, y decirlo leal y abiertamente al Presidente. Pero decirle también: en todo lo demás, cuente con nuestro apoyo”.

No tenemos razón hoy para modificar una sola coma del texto anterior. La estructura del problema es la misma y por tanto la solución debe discurrir por el mismo cauce. Más aún, los resultados del 3 de diciembre de 1995 indican que es urgente para la “familia” socialcristiana algún tipo de dilucidación de su problema. Por el lado del calderismo, Convergencia poco menos que ha desaparecido, mientras que COPEI resultó igualmente muy vapuleado.

Por supuesto, la acumulación de resentimiento de ambos lados es considerable y, lamentablemente, las organizaciones políticas no escapan a la pequeñez. Más peso tienen, habitualmente, las rencillas, las listas reivindicatorias, que los intereses más fundamentales. Es por esto que la reunificación socialcristiana es harto difícil.

Sin embargo, debería ser menos difícil que poner en práctica la peregrina idea—que no fue rechazada por Donald Ramírez, nada menos—de constituir entre COPEI, el MAS y la Causa R una alianza contra Acción Democrática. Es síntoma de pequeñez, de pérdida de la conciencia política profunda, el estar dispuesto a componendas tan absurdas como la de esa alianza porque Rafael Caldera no saludó a alguien o Andrés Caldera despidió de su puesto a tal o cual copeyano. Como tampoco el Presidente de la República debe oponerse a una reunificación socialcristiana porque Felipe Montilla haya empleado el adjetivo “perverso” en relación con supuestas intenciones del calderismo.

Pero aun si se produjese esa reunificación, no se habría logrado nada si COPEI continúa siendo lo mismo que ha venido siendo hasta ahora. Así como el Estado venezolano, así como Acción Democrática, COPEI necesita sufrir una reingeniería profunda. En 1994 esta publicación incluyó un “Estudio copeyano”, en el que se apuntaban, entre otras, cosas como la siguiente:  “A la fundación de COPEI, estas siglas designaban a un «Comité de Organización Política Electoral Independiente». La designación de partido «socialcristiano» o «demócrata cristiano» fue una consideración posterior aunque, naturalmente, respondió a la ideología predominante entre los miembros fundadores, provenientes de institutos de educación católica. COPEI podría volver a pensarse a sí mismo como un comité de operaciones políticas y electorales, dejando a la dimensión personal de sus militantes el problema ideológico y ético de guiarse en la acción política por un código de criterios de inspiración cristiana o, más concretamente, de inspiración en la doctrina social de la iglesia católica… Es decir, COPEI no insistiría en una aglutinación ideológica tan «integrista» como llegó a plantearse a partir de los años sesenta, conformándose con establecer un «límite socialcristiano». Esto es, abandonaría toda esperanza de deducir políticas a partir de primeros principios y en cambio rechazaría toda política que fuese incompatible con el código de valores del socialcristianismo”. (Vol. 1, Nº 8, 19 de octubre de 1994).

Quien parece estar trabajando en la dirección de la reunificación socialcristiana es Eduardo Fernández. Recientemente pasó trabajo tratando de justificar la presencia de Caldera en el acto aniversario, ante una mayoría de opiniones contrapuestas y seguramente continuará en la misma dirección por algún tiempo. Del lado contrario encontrará a Luis Herrera Campíns, Donald Ramírez, Felipe Montilla, Gustavo Tarre Briceño, a pesar de que este último escribió no hace demasiado tiempo: “Copei significa demasiado para Caldera, para que puedan existir barreras que le separan de su obra más importante, que es precisamente el partido. Caldera significa demasiado para el alma de Copei y creo que, a pesar de todo nunca perdió vigencia la afirmación de que en Copei, el que no es calderista no es copeyano”. (Carta abierta a los copeyanos, Ediciones Centauro, segunda edición, junio de 1990).

En buena medida es Rafael Caldera quien tiene el sartén tomado por el mango. Como lo demostró su aparición inesperada en el acto aniversario del partido que fundó en 1946, es muy difícil que dirigentes copeyanos inteligentes y de verdadero peso específico puedan articular un rechazo montado sobre argumentos convincentes.

De nuevo, la autocita. En el Nº 0 del Volumen II de esta publicación (abril de 1995) escribíamos esto: “En 1987 Rafael Caldera comunicó al pueblo copeyano que pasaba a la reserva del partido, como resultado de su derrota ante Eduardo Fernández en la selección del candidato de COPEI para las siguientes elecciones presidenciales. Caldera jamás dijo que renunciaba a COPEI, y el propio partido no se atrevió, como si lo hizo Acción Democrática con Carlos Andrés Pérez, a expulsarlo de sus filas, limitándose a producir una bizantina declaración en el sentido de que el propio Rafael Caldera se habría puesto al margen de la militancia al aceptar su postulación presidencial desde otras toldas diferentes a las de COPEI. ¿Qué pasaría hoy si se le ocurriera decir a Rafael Caldera que ha salido de «la reserva»? ¿Cómo podría manejar COPEI una jugada de esta naturaleza?”

Blanco es el mantel

Son los resultados electorales recientes los que, por supuesto, motivan la sorpresiva “apertura” de Rafael Caldera. El telón de fondo es blanco ahora en su mayor parte, a partir del 3 de diciembre, y por más que hasta ahora ha sido Acción Democrática la más “comprensiva” entre las organizaciones políticas en relación con las necesidades legislativas del gobierno de Caldera, éste no puede presumir que tal actitud sea de vida perdurable y, aunque lo fuera, no debe resultarle agradable la perspectiva de depender para todo de las decisiones de Luis Alfaro Ucero.

Que este señor es el señor de Acción Democrática no puede ser discutido, hasta el punto de que si este partido tuviese que determinar hoy quién sería su próximo candidato presidencial, Luis Alfaro Ucero no tendría opositores. Así se cuidó de decirlo, por ejemplo, Lewis Pérez, uno de los mencionados como presidenciables, ante militantes que le presionaban sobre el tema.

Alfaro ha procedido, por lo demás, a completar la purga del partido. Lo que pudiera quedar de perecismo con alguna posibilidad de influencia ha sido suprimido, en medida tempranera de este año de 1996 que define un punto clave de la política acciondemocratista, antes de que la Corte Suprema se haya pronunciado en el caso contra Carlos Andrés Pérez.

Esto tiene un significado adicional: Antonio Ledezma no está en la lista de los execrados, y eso le deja vivo como protoprecandidato de Acción Democrática para 1998. Ledezma suena mucho más, por supuesto, que el propio Alfaro Ucero, y esto es una conjunción de dos personalidades bastante diferentes. La de Ledezma, personaje extravertido, afanoso, halagador, muy pendiente del marketing de imagen electoral. La de Alfaro, persona taciturna, reservada, tenaz.

Pero ni siquiera Antonio Ledezma, con su bastante trabajada y buscada imagen nacional de presidenciable, sería capaz de hacer oposición a Luis Afaro Ucero en caso de que la determinación del candidato de Acción Democrática tuviese que obtenerse ahora. El punto es que esa determinación tomará, con mayor probabilidad, casi dos años a partir de ahora. Si Acción Democrática, si Alfaro Ucero, se portan bien y no cometen errores, entonces hay, como en el cuento ruso, dos posibilidades: o es el propio Alfaro el candidato, o éste permite “abrir el juego” a otras figuras de AD. Y esto último permitiría, a diferencia del cuento ruso, al menos tres posibilidades: Antonio Ledezma, Lewis Pérez, Guillermo Call.

Ledezma tiene el importante problema de haber prearrancado; Alfaro, nuevamente, determinará el momento en que se permita hablar de candidaturas presidenciales en Acción Democrática. Ha prearrancado Ledezma porque es el más vistoso de los candidateables de Acción Democrática. El que emite más señales. Eso lo ha posicionado en la mente de más de un Elector como el próximo candidato adeco, y por tanto, en opinión de muchos, como el próximo Presidente de la República. Pero eso mismo lo obliga a un desempeño impecable, porque esa misma imagen y el cargo que ahora ocupa lo mantendrán bajo intenso escrutinio. Por cierto, es muy sostenible la tesis de que el cargo de Alcalde es de ejercicio considerablemente más difícil que el de Gobernador del Distrito Federal, que fue su puesto en la fase final de Carlos Andrés Pérez y del que salió, sorprendentemente, menos marcado que, por mencionar el nombre de otro sobreviviente a la purga de Año Nuevo, Carmelo Lauría. Esto es así porque las alcaldías tienen una relación más directa con la clientela electoral. En cambio, el cargo de Gobernador del Distrito Federal—el único gobernador no electo—es el de un ministro de segundo rango, puesto que sus funciones más ostensibles se establecen en un área en la que el Ministro de Relaciones Interiores, simplemente, manda más.

No es pues, sencillo, el camino que Ledezma tiene por delante en la Alcaldía de Caracas. Y si no que lo diga Aristóbulo Istúriz, que si no ganó las elecciones, por lo menos tuvo el impresionante logro de obtener juicios y comentarios aprobatorios en predios del Country Club a pesar de ser de obvia coloración y, quizás más en su contra, de ser maestro, y que sin embargo dio la mayor lección de elegancia política entre todo el crecido número de perdedores del 3 de diciembre.

El camino de Ledezma es difícil. Y si no que lo diga Claudio Fermín, que para todo propósito práctico puede considerarse totalmente impedido en la actual Acción Democrática. Lo que significa que si Ledezma llega a ser postulado por AD después de sortear con éxito el campo más o menos minado de la Alcaldía de Caracas, habrá de reconocérsele grandes dotes de político, en el sentido tradicional de la palabra.

Lewis Pérez es un caso diferente. Menos asertivo que Ledezma, es un hombre que estudia, que está pendiente de informarse, y que puede ser visto con facilidad como una persona que lleva el “sello Norvén” de Luis Alfaro Ucero. Si no llegare a ser el candidato de AD, sería o porque Alfaro decide autopostularse, o porque Alfaro opina que su carácter es inferior al de otro acción-democratista.

Guillermo Call es reconocido por personas ajenas a Acción Democrática como un político de gran penetración. Su inconveniente es su carencia de imagen nacional. En Monagas, feudo de Luis Alfaro Ucero, tiene una aprobación mayoritaria. En quienes conocen su trabajo en ese estado de Venezuela, incluso, como hemos dicho, en quienes no son adecos—un fundador de COPEI, por ejemplo—su imagen es bastante positiva. Call tendría que hacerse más notorio, y la renovación del Comité Ejecutivo Nacional de Acción Democrática podría permitirle una mayor proyección.

Nada de lo anterior debe ser entendido como una predicción de silencio o rendición inmediata de Carlos Andrés Pérez, de los recientemente expulsados—Alonso López, Perozo, etcétera—o de Claudio Fermín. Cada uno de estos pataleará, sin duda, pero no tienen el más mínimo chance de prevalecer en la Acción Democrática de la égida alfarista, de la Acción Democrática que triunfó en diciembre y que en gran medida lo hizo porque procedió, primero que nada, a expulsar de sus filas a Carlos Andrés Pérez. (Ya para la época del caso Sierra Nevada, cuando la Comisión de Ética de AD encontró motivos para censurar a Carlos Andrés Pérez, Alfaro y sus oficiales, entre quienes se encontraba el antiguo pupilo Luis Raúl Matos Azócar, estaban entre los más decididos atacantes del ex presidente en reclusión domiciliaria).

Es más, entre los cursos más probables de la actual política venezolana, en vista de la manifiesta incapacidad de quienes hayamos intentado una organización política distinta de las de corte más tradicional—AD, COPEI, MAS, Causa R, Convergencia—está la continuación del proceso de recuperación de Acción Democrática.

¿Cuál va a ser la actitud de esta Acción Democrática repotenciada ante el gobierno de Rafael Caldera en lo sucesivo? Nuestra impresión es la de que Alfaro Ucero, aunque seguramente tomó en cuenta la debilidad de AD y COPEI, del Congreso de la República, y la fortaleza de la imagen del Presidente de la República durante el primer año del este su último período, ha considerado razones más profundas que las de la mera conveniencia partidista. Esto es, en nuestra opinión, Alfaro Ucero es un hombre serio, como diría Leopoldo Díaz Bruzual.

Pero, naturalmente, en el juego tradicional de la política las conveniencias pesan de modo determinante, y no es en absoluto un futuro dado uno en el cual el presidente Caldera vea totalmente erosionada su figura y el respeto amplio con el que se le distingue, aun si se critica su reciente ejecutoria. Como acaba de demostrar el Presidente, mantiene muy a punto su capacidad de ejecutar movimientos tácticos con un sentido del timing y de la escena que ya desearía para sí Antonio Ledezma. Es por esto que no tiene nada de inminente un deslinde entre Acción Democrática y el gobierno.

Eppur si muove

El gobierno de Caldera está vivo. Nuevamente arranca un nuevo año con una mejora instantánea. A comienzos del año pasado andaba montado sobre la ola generada a fines de 1994: El diciembre de Caldera incluye una victoria diplomática considerable, al haber logrado la inclusión programática de la lucha contra la corrupción en la agenda de la Cumbre de Miami; incluye los resultados favorables de la encuesta Gaither, con un ascenso de un 19% de los niveles de aprobación en los últimos meses; incluye un importantísimo espaldarazo de Michel Camdessus, el Director del Fondo Monetario Internacional; incluye unas predicciones de PDVSA bastante más moderadas que las de la encuesta del IESA en materia de inflación y valor del dólar (IESA: inflación de 100%, dólar a Bs. 274; PDVSA: inflación de 50%; dólar a Bs. 200); incluye, finalmente, la decisión sobre la apertura a la inversión foránea y el cronograma de privatización de algunas empresas de la CVG. Que se haya podido culminar así un año que transcurrió dentro de un elevado nivel traumático no tiene poco de milagroso. Es la conciencia de esta coyuntura triunfal lo que permite a Rafael Caldera hablarle al Congreso con tono exigente”. (referéndum, Vol. 1, Nos. 9 & 10, noviembre-diciembre de 1994).

Del mismo modo, y si bien el año de 1995 fue menos traumático que el de 1994—que absorbió el grueso de la crisis financiera—Rafael Caldera comienza de nuevo con bríos, ya lo hemos registrado, en buena medida porque tuvo que superar, precisamente, un segundo año de gobierno aún pleno de importantes dificultades, durante el que, por primera vez, su nivel de aprobación popular descendió. Destaca, por ejemplo, el analista Robert Bottome en su muy prestigiosa y útil publicación mensual (traducción libre de su versión inglesa): “Durante la mayor parte de 1995 se trató de convertir a la corrupción en un tema resaltante. No obstante, de algún modo las acusaciones de fraude en altos lugares no parecen cuajar. Chistes sí, pero preocupación seria no”. (Frog Soup, VenEconomy Monthly, December 13, 1995).

Naturalmente, ni las dificultades de fondo ni los escollos en general han desaparecido. Al mes de esa certificación de buena conducta resurge con nuevos bríos lo que pudiera ya comenzar a llamarse el affaire de la licitación de la Autopista Caracas-La Guaira, emergen acusaciones sobre la comercialización de indultos—que no de indulgencias—con motivo de la visita papal, y se enturbia de nuevo la política económica con las diferencias entre el Ministerio de Hacienda y, por una parte, el SENIAT y, por la otra, PDVSA.

Si el presidente Caldera quiere de verdad que este año de 1996 transcurra por una senda más serena, es posible que la figura de Luis Raúl Matos Azócar haya comenzado a ser ya un costo que querrá ahorrarse. Matos, que ingresó al gobierno precisamente para cerrar un enfrentamiento de PDVSA con la Junta de Administración Cambiaria, y que produjo la instantánea —y prácticamente unánime—aprobación de los actores y observadores de la economía venezolana, pareciera estarse labrando una inmolación que podría incluso servir, una vez “ablandado” el Fondo Monetario Internacional, para recomenzar a través de un ministro nuevo, la búsqueda de un acuerdo con este organismo en términos lo más cercanos que sea posible al desiderátum del gobierno.

A menos que Matos sea para Caldera lo que Díaz Bruzual fue para Herrera. En este último caso el radical estaba en el Banco Central de Venezuela y el conservador—Ugueto—estaba en el despacho de Hacienda. Caldera ha invertido las posiciones. Díaz Bruzual fue para Luis Herrera, en sus palabras, una “segunda voz en materia económica”, mientras que Rafael Caldera ha preferido asignar a Matos, admirador de Robin Hood, el papel de primer tenor.

Habiéndose puesto de moda, en todo el mundo, las cosas que ocurrían hacia 1945—el golpe del 18 de octubre, la Segunda Guerra Mundial, las frases de Churchill—no sería descabellado imaginar a Rafael Caldera con una chaqueta de piloto de bombardero cuya nariz, una vez más, apunta hacia arriba en medio de un asedio antiaéreo que todavía no ha concluido. ¿Cuántas veces podrá el piloto repetir la maniobra? ¿Cuánto combustible le queda? ¿Llegará un momento en el que una granada estalle en las mismas entrañas del bombardero?

Aun si llegara a ocurrir esto último queremos aventurar una doble predicción. Nadie que intente llegar a Miraflores tendrá éxito si busca hacerlo centrado sobre un ataque despiadado a Rafael Caldera. Nadie que quiera ser Presidente de la República lo logrará a través de una defensa entusiasta de Carlos Andrés Pérez. Pérez es pasado que los venezolanos no queremos reeditar. En cambio, de no mediar errores garrafales en lo sucesivo, Caldera tendrá un reconocimiento que ha ganado, por ahora, irreversiblemente. De lo más que podrá acusársele será de oponerse al absolutismo del mercado libre, y por eso, a pesar de que su carácter pueda producir la irritación de ciertas epidermis, un juicio mayoritario de la población, que no dejará de escuchar a sus defensores, tenderá a pensar que Caldera “estuvo del lado del pueblo”. Lo demás, que habla de traidores y fusilamientos, que sea arrogante, que tenga pretensiones dinásticas, que se fue de COPEI, caerá como insubstancial ante el meollo mismo de este período: la lucha de un viejo Cid ante la invasión de Fukuyama, ese que declaró que la historia había terminado porque ahora todo el planeta sería, como los Estados Unidos, democrático y capitalista.

Es posible que de todo esto sean los rasgos caracterológicos de Caldera lo que más alimente la oposición a su figura. Por ejemplo, nadie objeta con la pasión conque el cargo de Andrés Caldera es objetado, que Henrique Salas Römer haya puesto a su hijo como sucesor y lo haya candidateado en una mini Convergencia carabobeña, fuera del  cauce de COPEI. La patricia altivez de Caldera es, para unos cuantos, un revulsivo y, en el mejor de los casos, un handicap en un país que fue psíquicamente formado, desde 1945, en los ideales democráticos por el taller de alfarería del partido de Alfaro.

Sería craso error suponer que un juicio a Caldera encontraría inerme y sin argumentos a su defensa. Sería igualmente una equivocación mayúscula, sobre todo para COPEI, suponer que el destino de Rafael Caldera va a ser similar al de Carlos Andrés Pérez. Es comprensible que los deudos del paquete perecista tengan un interés, tan intenso como cerrado sea su luto, por borrar la raya de haber sido miembros del elenco salino-gortarista del último gobierno de Carlos Andrés Pérez. (El primer gobierno fue lópez-portillista). “Pero quienes antes no atentaron contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez carecen de toda autoridad moral para atentar ahora contra el gobierno de Rafael Caldera Rodríguez”. (referéndum, Vol. 1, Nº 6, 8 de agosto de 1994).

A estas alturas de su vida, Rafael Caldera se encuentra buscando, de nuevo, un sucesor. Hasta ahora tuvo dificultades con sus escogidos y delfines: Lorenzo Fernández, Eduardo Fernández, Oswaldo Álvarez Paz. Y esto pudiera ser una manifestación de algo que parece ser extraño fractal de la sociedad venezolana: las segundas generaciones que dilapidan lo que la primera hizo. José Joaquín González Gorrondona y el “Junior”; Iván y Maurits Lansberg; Eugenio Mendoza Goiticoa y Eugenio Antonio; Pedro Tinoco y Gustavo Gómez López; Hans Neumann y Philippe Erard. Hasta los mayores hijos de Caldera—Rafael Tomás y Juan José—parecen desinteresados en o incapaces de sucederle, puesto que es el menor de la prole quien pudiera tener el más prometedor futuro político.

Lo natural o, tal vez más propiamente, lo convencional, sería que COPEI fuese la madre que le gestase ese heredero, por más que fuere, a la larga, a diferenciarse del padre, como Alejandro de Filipo o Carlomagno de Pipino. Claro que si el COPEI burocrático de Donald Ramírez pretende más bien perseguir el espejismo de la unión antiadeca de su partido con el MAS y la Causa Radical, estaría perdiendo la oportunidad de consumar ese difícil matrimonio y, por tal expediente, no haría otra cosa que hacerle el juego a Acción Democrática. En efecto, no es que AD tenga miedo ni siquiera de un COPEI reconstituido—tal es el rescate de la autoestima adeca que Alfaro está logrando—pero no hay duda de que si Acción Democrática pudiera escoger, preferiría con mucho una confrontación en la que ella sería un polo indiviso ante un otro polo fragmentado.

Este año de 1996, que nos deparará más de una sorpresa, será también el que producirá las definiciones de cuestiones tales. De resto, y “por ahora”, no parece que cosas como el “movimiento” de Miguel Rodríguez puedan calzar los zapatos del Úslar anti status, el maestro campanero que estuvo a punto de lograr algo distinto en 1963.

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REF #18-19 – Intervalo solónico

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Cuando corrían los días de 1969, el primer año de gestión del primer gobierno de Rafael Caldera, su Ministro de Educación de entonces, el Dr. Héctor Hernández Carabaño, pidió al hoy difunto Dr. Alfredo Anzola Montauban—gran señor de las iniciativas privadas de compromiso social—que reuniese en su casa a una veintena de amigos—empresarios, ejecutivos privados, académicos—para plantear una cuestión que le preocupaba grandemente. Explicó el Ministro a los circunstantes que el Congreso de la época, dominado mayoritariamente por Acción Democrática, había reducido prácticamente todas las partidas del presupuesto nacional, con el interés político de hacerle la vida más difícil al presidente Caldera. El recorte había alcanzado a todos los ministerios, salvo—milagro divino o nuevamente interés político o populista de los adecos—al despacho de Educación, el que no sólo no había sufrido reducción presupuestaria, sino que, por lo contrario, había obtenido un incremento respecto del presupuesto anterior en la fabulosa suma (para entonces) de 120 millones de bolívares al año.

La felicidad de Hernández Carabaño había durado poco, sin embargo. A las pocas semanas de este aumento en los recursos, uno de los consabidos conflictos laborales del magisterio—también controlado por Acción Democrática—había succionado 80 de esos 120 millones, y luego un inventario físico de las edificaciones escolares había determinado la necesidad de gastar de emergencia los restantes 40 millones, so pena de que los techos de varias escuelas se desplomaran sobre los alumnos. Hernández declaró, pues, que no le restaba ni un solo bolívar para invertir en nuevos programas que pudiesen innovar sobre el mero mantenimiento de lo existente.

Esto no era, no obstante, lo que más preocupaba al Ministro de Educación. La más angustiada de sus cuitas tenía que ver con un problema que ya no era de recursos financieros, sino de tiempo para manejar el cambio. Según confió Hernández Carabaño esa noche en la casa que Anzola tenía en Los Campitos, su gestión como Ministro no pasaba la de ser un apagafuegos, y vivía de crisis en crisis, absolutamente impedido para dedicar un minuto siquiera al problema más importante del futuro de la educación venezolana. Era por esto que había solicitado la reunión, puesto que lo que quería de los invitados era que se apropiaran la tarea de pensar constructiva y creativamente sobre ese futuro.

Una recomendación enviada días después al Ministro era que tratara de desdoblarse en un ministro ordinario, que actuaría la mayor parte del tiempo en su papel de bombero apagafuegos, y un ministro extraordinario que reservase un día a la semana para dedicarlo al trabajo de largo plazo. Pero en verdad lo que Hernández Carabaño andaba buscando, sin proponérselo jamás de ese modo, era una Cafreca del sistema educativo. Hoy en día, a más de un cuarto de siglo de distancia, el actual Ministro de Educación se queja de que le resulta muy difícil cambiar la educación nacional desde adentro del “monstruo” del Ministerio de Educación.

Probablemente sea la más reiterada imagen del discurso de Rafael Caldera de los últimos años la alegoría del túnel que ahora Venezuela cruza en la oscuridad. Pudiera decirse que el presidente Caldera entiende su misión como la de guiarnos en las tinieblas, y que tal vez sienta que tocará a otros ejercer el liderazgo a campo abierto y a plena luz del día. Una clave de esta última presunción parece hallarse en la más importante de las declaraciones contenidas en su discurso de Año Nuevo, el 1º de enero de este año de gracia de 1996. Al referirse a la abstención de la mitad de los Electores en las pasadas elecciones estadales y municipales, Rafael Caldera estimó que tal hecho constituía una atractiva invitación para que “nuevos valores humanos, nuevas ideas, nuevas organizaciones políticas” se incorporen a lo que llamó el debate trascendente.

Este segundo gobierno de Rafael Caldera no es sino la amplificación, a niveles desproporcionadamente altos, de la situación que le tocó vivir a Héctor Hernández Carabaño en el Ministerio de Educación de 1969. Seguramente hay intentos por alcanzar metas más “trascendentes” que la mera estabilización económica, como se ha dado, notablemente, en la estrategia de acercamiento al Brasil, o como se producirá, probablemente, en un acuerdo feliz en materia de reforma del régimen de prestaciones sociales.

Pero, en términos generales, este gobierno ha estado signado, desde el comienzo, por una situación de recrecida crisis, a partir sobre todo de la débâcle financiera, la madre de todas las crisis. Día tras día los temas de las finanzas públicas, de la recesión económica, de la inflación, de las escaramuzas con Colombia, de la inseguridad ciudadana, han dominado el panorama y exigido la plena atención del gobierno, al punto de que un importante Ministro haya pensado que el principal problema de este período es el de la “gobernabilidad”. Y a pesar de que los resultados electorales de diciembre y las conversaciones tripartitas sobre las prestaciones sociales hayan provisto un cierto remanso, pudiera muy mal ser que este fenómeno de la escasez de tiempo para la consideración estratégica, esta sobrecarga táctica en el manejo de crisis tras crisis, continúe predominando.

El Estado venezolano está urgido, sin duda, de una profunda reingeniería, tanto por causas de su propia patología, de su propia escala tumoral, como por razones incontrolables de variación del contexto internacional, en el que aceleradas y profundas transformaciones dejan atrás las previsiones paradigmáticas de la Constitución de 1961 y los conceptos políticos de los inicios de la democracia en nuestro país. La pregunta es ¿conviene que sea este mismo gobierno el que se reforme a sí mismo, es conveniente que La Electricidad de Caracas cambie sus frecuencias, o se necesita una operación Cafreca en el Estado venezolano, un intervalo solónico en el que la misión sea, exclusivamente, producir ese cambio profundo del sistema al que, una vez transformado, podrán venir a operar los Pericles del futuro?

¿Qué ha significado en términos de impacto real, por ejemplo, el expediente de las sucesivas comisiones para la reforma del Estado? Desde la época de Betancourt, cuando operaba la Comisión de Administración Pública, y por la que pasaron jefes como Héctor Atilio Pujol y Allan Randolph Brewer Carías, hasta la COPRE de hoy en día, instaurada por Jaime Lusinchi y combatida por él mismo en la época de Carlos Blanco como su Secretario Ejecutivo, y ahora presidida por el jurista Ricardo Combellas, ¿qué ha producido como efecto real, más allá de perpetuar una burocracia, producir montañas de papeles y participar en cuanto foro, congreso o seminario se invente en el país independientemente del tema? No hace mucho, por poner un caso, la COPRE montó un seminario sobre la problemática de seguridad en Venezuela, sobre el punto de la sustitución de la Ley de Vagos y Maleantes. Naturalmente, puede argumentarse que la actividad delictiva es un problema de Estado, pero por ese camino puede vincularse prácticamente cualquier cosa que ocurra en nuestro país con la COPRE, la que debería más bien concentrarse en su misión central de generar un plan de conjunto para la reingeniería del Estado venezolano.

Más aún, hace ya casi dos años que argumentábamos en esta publicación sobre las siguientes líneas: “Cabe también preguntarse qué es lo que Rafael Caldera puede hacer con la crisis. Qué es lo que le permitirá hacer su peculiar marco mental, su paradigma político… Caldera es, por sobre todo, un hombre formado en leyes, habituado a entender las soluciones como un acto legislativo. Durante su primera presidencia, por ejemplo, acometió con esa óptica el problema de la reforma de la Administración Pública… Hasta 1968, la estrategia en materia de la reforma del Estado había sido, mayormente, una de sistemas y procedimientos. Así habían transcurrido los gobiernos de Rómulo Betancourt y de Raúl Leoni. La Comisión de Administración Pública dirigida por Héctor Atilio Pujol se planteó, en gran medida, el problema de la reforma como un problema de disciplina y sistematización. ¿Había problemas con dos taquillas de cedulación o tres ventanillas de peaje? Entonces el problema se resolvía con seis taquillas adicionales o cinco ventanillas más. ¿No había suficiente control con un triplicado? Pues habría entonces que establecer un procedimiento de sextuplicado… Es la primera presidencia de Caldera la que intenta un enfoque integral, total, de la reforma del Estado venezolano. Pero es también la que la ataca como si se tratase, primordialmente, de un problema jurídico… Por esta razón el Presidente de la Comisión de Administración Pública de ese primer gobierno de Caldera fue el Dr. Allan Randolph Brewer Carías, experto en Derecho Público, pero que no había sido nunca antes expuesto a un contexto organizacional complejo, puesto que su experiencia de trabajo se reducía a su bufete de abogados y a su posición como profesor e investigador en la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Venezuela… El resultado visible del paso de Brewer Carías por la Comisión de Administración Pública –antecesora de la COPRE– cristalizó en dos tomos de considerable tamaño, en los que se recogía el conjunto de reformas propuestas. Era demasiada, no obstante, la cantidad de cambio institucional que se propugnaba en tales documentos. La mayor parte del “Informe Brewer” ha quedado sin aplicación… Ahora Caldera se prepara para intentar una reforma constitucional y para continuar en el proceso de reforma de la Administración Pública. Sus lugartenientes son, nuevamente, abogados prestigiosos: el Dr. José Guillermo Andueza comanda un equipo de juristas al que pertenecen el Dr. Ricardo Combellas –nuevo Presidente de la COPRE– y el Dr. Tulio Alvarez. Nuevamente se plantea el problema como si su raíz y esencia fundamentales fuesen de carácter jurídico” (referéndum, Vol. 1, Nº 1, 4 de marzo de 1994).

Difícilmente, pues, es la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado que preside Combellas la Cafreca que necesitamos. No tiene el poder necesario, se la concibe como organismo asesor—Lusinchi regañó, siendo Presidente de la República, a Carlos Blanco, recordándole que la COPRE era un “órgano asesor y no un órgano promotor”—y ha devenido en burocracia de actuación anodina, sin impacto verdadero, amén de ser liderada desde un punto de vista y una experiencia exclusivamente jurídicos.

No otra cosa, entonces, que un Jefe de Estado al que se le confíe como misión la tarea solónica de cambiar la frecuencia de nuestro Estado, y que se apoye en un Jefe de Gobierno que se ocupe de lo táctico y lo cotidiano, sería garantía de que la necesaria reingeniería tenga lugar. Y, como Solón, debería buscársele entre quienes tengan, no sólo las calificaciones técnicas, profesionales y biográficas precisas, sino la vocación solónica de querer ser, más que presidente, un expresidente. Esto es, que una vez cumplida en breve plazo—un par de años—la misión Cafreca, abandone la Jefatura del Estado para que reingresen a la administración normal dentro de un nuevo Estado construido en el lapso de una administración extraordinaria.

Cuando ya se veía venir la salida de Carlos Andrés Pérez del poder se abría una oportunidad, que luego resultó imposible con Ramón Velásquez, tanto porque el tiempo que le tocó presidir fue muy corto, como porque sus calificaciones eran las inadecuadas de historiador y no las requeridas de futurólogo. Dos años antes de su asunción al poder ya recomendábamos la renuncia de Pérez (21 de julio de 1991), y pensábamos que una provisionalidad intermedia sería necesaria para dar paso a un gobierno verdaderamente dedicado a la transformación. Para ese momento proponíamos la figura de Rafael Caldera para que completara el período interrumpido de Pérez. En otra edición de esta publicación (Vol. 1, Nº 4, 4 de junio de 1994) comentábamos: “Es así como en aquellos momentos pensábamos que la figura de Caldera era la más indicada para cubrir lo que de período constitucional mediaba entre julio de 1991 y febrero de 1994. Esto es, como un Presidente transicional que debería invertir su tiempo en revertir tendencias negativas y estabilizar al Estado, mientras presidía un proceso nacional de saneamiento de la función pública. No lo pensábamos como el Presidente que podría dirigir una reconversión profunda. La llegada al poder de Rafael Caldera pues, llegó a nuestro juicio con retraso”.

Por razones parecidas, entonces, sería dable pensar que el presidente Caldera pudiese dar paso a un intervalo solónico una vez que haya concluido con el esfuerzo de estabilización en el que ahora está empeñado, y el que pudiera consumir aproximadamente un año más. En el lapso de un año debería estar completado el asentamiento de la Agenda Venezuela—que no contiene ni una sola provisión de reforma política—incluyendo algún tipo de acuerdo con el Fondo Monetario Internacional y el acuerdo relativo al nuevo régimen de seguridad social. Una vez logrado esto, que difícilmente otro venezolano podría lograr mejor que el actual Presidente de la República, el carácter de los conceptos políticos de Rafael Caldera sería más bien un freno al profundo cambio que necesita el Estado venezolano. Ya en el siglo XVII Francis Bacon escribía de este considerable problema en su ensayo Sobre la Juventud y la Edad: “Los hombres de edad objetan demasiado, consultan demasiado tiempo, arriesgan demasiado poco, se arrepienten demasiado pronto, y rara vez impulsan los asuntos hasta el fin, sino que se contentan con una mediocridad de éxito”.

Para la tarea de la reingeniería, de la reconversión, de la reconstitución, de la metamorfosis del Estado venezolano, se requerirá una óptica diferente de la muy honorable y heroica perspectiva de Rafael Caldera. Habrá que encontrar, por tanto, la fecha adecuada para su salida del gobierno en medio del reconocimiento general.

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