FS #179 – Ética política

Fichero

LEA, por favor

Es de una conversación de ayer con el Dr. Luis Alberto Machado que surge la idea de esta ficha de hoy. Su generoso interés quería leer el texto íntegro de un código de ética política que compuse y juré cumplir en 1995. En realidad, los más precoces suscritores de doctorpolítico habrán podido leerlo el 23 de noviembre de 2003, cuando lo publiqué en una edición especial, no numerada, de la Carta Semanal. También lo transcribí en el #104, cuando la publicación cumplía sus dos primeros años. (16 de septiembre de 2004). Estas publicaciones, sin embargo, no corresponden a la versión original, que difiere en la sexta estipulación. La redacción actual de ésta es la siguiente: “Podré admitir mi postulación para cargos públicos cuyo nombramiento dependa de los Electores en caso de que suficientes entre éstos consideren y manifiesten que realmente pueda ejercer tal cargo con suficiencia y honradamente. Cuando yo no coincida con esa opinión preferiré recomendar a quienes considere idóneos para el desempeño de las funciones del caso. En cualquier circunstancia, procuraré desempeñar cualquier cargo que decida aceptar en el menor tiempo posible, para dejar su ejercicio a quien se haya preparado para hacerlo con idoneidad y cuente con la confianza de los Electores, en cuanto mi intervención deje de ser requerida”.

Se trata de una redacción menos astringente que la de la versión original. Sin saber de esta mutación, el Dr. Machado, creyendo que algunas de las normas autoimpuestas son quizás demasiado exigentes o hasta peligrosas, sugirió la posibilidad de que en algún momento del futuro llegara a convencerme de que una o dos de las estipulaciones necesitaran enmienda. (Muy rápidamente, habíamos llegado a la conclusión evidentísima de que quien escribe no es perfecto, sujeto, por tanto, a error). Pues bien, entre la versión compuesta en 1995 y la publicada en 2003 ya se había modificado la redacción más antigua para la cláusula sexta ya citada. La primera de las versiones podía cortarme las alas políticas.

Hice un juramento público de ese código el domingo 24 de septiembre de 1995, en programa radial que conducía por entonces en Unión Radio. Esta Ficha Semanal #179 contiene la transcripción completa de esa emisión, la que a su vez contiene la redacción original del juramento y comentarios adicionales que clarifican su significado en algunos puntos.

Para aquel momento hablaba de Política, no de Medicina Política o Política Clínica, como hago ahora. La lucha por reivindicar el nombre de Política para el arte de resolver problemas de carácter público puede no valer la pena. Está demasiado enraizada la idea de que por político debemos entender lo relativo a la búsqueda y uso del poder. Un cambio terminológico, por consiguiente, puede facilitar las cosas. Si, al final, los pueblos llegaren a exigir de los políticos concentrarse en las soluciones a los problemas públicos, en lugar de pasar el tiempo combatiendo para lograr el poder y conservarlo y acrecentarlo, y los fuerzan a ese cambio, podría regresarse al término simple de Política para nombrar la profesión.

Desde entonces, no he sentido la necesidad de modificar ulteriormente el documento. Siempre he añorado poder asociarme con otros que quisieran comprometerse con las mismas reglas de conducta, que no creo haber violado hasta ahora.

LEA

Ética política

Amables oyentes de Unión Radio: a través de Platón sabemos que hacia el año 400 antes de Cristo, un nativo de la isla griega de Cos, contemporáneo de Sócrates, vivía como practicante y maestro del arte de la Medicina. Este griego de la antigüedad llevaba el nombre de Hipócrates, y sostenía que el conocimiento del cuerpo humano dependía del conocimiento acerca del hombre completo. Hipócrates viajaba de ciudad en ciudad, y como muchos grandes filósofos de la época, llegó hasta Atenas para practicar y enseñar su profesión.

De los textos que forman la llamada colección hipocrática, es el más difundido el que se conoce como juramento hipocrático o Juramento de Hipócrates, el texto primario y fundamental de la práctica médica, y el primer código de ética profesional que se conoce en la historia.

Varias veces hemos hecho alusión en este programa a los preceptos de ese juramento, y hemos hecho analogía de los mismos con preceptos que deberían regir otro arte, otra profesión de los hombres, como es la Política. Más de una vez he fastidiado a los oyentes asiduos de este programa con la idea de que hay una similitud importante entre la Medicina y la Política, concepto que por otra parte sostienen varios autores. Esa idea es ya vieja compañera mía, y la expuse explícitamente por primera vez un domingo de diciembre de 1984, hace ya casi once años, a los amigos Diego Bautista Urbaneja y Gerardo Cabañas Arcos, y al día siguiente a un grupo que incluía a estos dos y también a Tulio Rodríguez, Alberto Krygier y Andrés Sosa Pietri. En unas memorias prematuras que escribí entre diciembre de 1985 y febrero de 1986, registré esos hechos del modo siguiente: “En esa reunión en mi casa expuse por primera vez mi noción de la ruta que estaba marcada para nuestra legitimación en tanto políticos como un camino ‘médico’. La llamé ‘la metáfora médica’… El acto político es un acto médico, dije, pues en el fondo se trata de proponer, seleccionar y aplicar tratamientos a los problemas. De hecho, tesis como la que propuse en Válvula o aun la misma receta de la ‘sociedad política de Venezuela’ no eran otra cosa que tratamientos, propuestos para ofrecer respuestas que, a diferencia de las respuestas insuficientes, las respuestas ‘subestándar’ emitidas por los actores políticos tradicionales, fuesen al menos un intento de atacar los problemas en sus dimensiones más importantes. En efecto dije que sería posible distinguir entre la ‘sociedad política de Venezuela’ como asociación que intervendría en la política concreta del país, y una ‘Sociedad Política’ en el sentido de una asociación de profesionales que entendía la política como una actividad médica, con una clara conciencia de la grave responsabilidad que significaba tratar de modificar la realidad social”.

Y también registré en esas memorias esto que sigue: “A comienzos del año siguiente, 1985, recibí copia de unos trabajos de Yehezkel Dror, enviados a mí por intermedio de Suhail Khan, gerente de planificación de CORPOVEN. En uno de ellos Dror, amigo y maestro desde el año de 1972, decía lo siguiente: ‘…policy sciences are, in part, a clinical profession and craft’. (Las ciencias de ‘las políticas’ son, en parte, una profesión y un arte clínicos). Esto fue para mí una confirmación de que andaba por el camino correcto. Yehezkel Dror es uno de los hombres que más experiencia tienen con los problemas y los sistemas concretos de la política. Su posición era sólo ligeramente menos radical que la mía, puesto que lo que a mí me interesaba era el territorio conceptual que se define, justamente, por esa parte que es una profesión y un arte ‘clínicos’. Por esos días pasaban por el canal 8 de televisión una de esas buenas ‘telenovelas’ brasileñas, tal vez la mejor de todas: ‘Una mujer llamada Malú’. Malú es socióloga, mi colega, pues seguí los estudios de sociología en la Universidad Católica Andrés Bello entre 1963 y 1968. Un día trata de explicarle a su hija por qué le resulta tan difícil conseguir un empleo y le dice: ‘Es que la sociología no es una profesión’. Tiene razón. La sociología no es una profesión, sino una ciencia, bastante incipiente, por cierto. Si uno va a los laboratorios del IVIC. y se topa con alguien que trabaje, digamos, en fisiología celular y uno le pregunta cuál es su profesión, no oiremos que nos contesta que su profesión es la fisiología. Nos dirá que su profesión es la de investigador. La fisiología es un campo, una disciplina, una ciencia, pero no una profesión. Del mismo modo son ciencias y no profesiones la sociología, la antropología, la politología y aún la misma economía. Es la política, la ocupación  de resolver problemas públicos, lo que es una profesión. Profesión que se ejerce desde distintas posiciones. Hay algunos políticos que ejercen su profesión clínicamente, limitando su acción hasta la prescripción de los tratamientos. Otros son más médicos de cabecera o políticos terapeutas o cirujanos, más directamente involucrados en operaciones o aplicaciones de los tratamientos. Hay políticos generales, análogos a los médicos que hacen  medicina general. Hay políticos especialistas, como los hay también en la profesión médica”.

Estas son cosas, pues, que escribía o decía en 1984 y 1985, de modo que sostengo esa noción de una afinidad arquitectónica de la Política y la Medicina desde hace un buen tiempo. Esto se debe, tal vez, a una deformación profesional, pues, como quizás algunos de ustedes sepan, estudié los primeros tres años de la carrera de Medicina en la Universidad de Los Andes en Mérida. Todavía hoy mi señora madre lamenta mi decisión de abandonar por la mitad los estudios médicos. El pasado miércoles fui a que me vieran un esguince de la rodilla izquierda en el Hospital Universitario de Caracas, donde mamá trabaja como voluntaria de hospitales, y no perdió la oportunidad de regañarme de nuevo, treinta y tres años después de que yo abandonara la carrera de Medicina para mudarme a los temas sociales. Yo prefiero pensar que continúo siendo médico en el campo de lo político.

Ahora bien, desde hace mucho tiempo he sentido que sería necesario y útil formalizar un código de ética para el ejercicio de la Política tal como la concibo: como arte, profesión y oficio similar a la Medicina, y esta semana he podido concluir la redacción de algunas estipulaciones que componen un juramento «hipocrático» para la Política. Quiero leer esas estipulaciones para ustedes, amables oyentes, como modo de comprometerme públicamente con un código ético de la profesión política. Permítanme leer, sin más preámbulo, el siguiente juramento:

Yo, Luis Enrique Alcalá, venezolano, juro por Dios ante quienes hoy—domingo 24 de septiembre de 1995—me escuchan, que por lo que me quede de vida practicaré el arte de la Política según las siguientes estipulaciones:

• Recomendaré o aplicaré según sea el caso, sólo las acciones y cambios que entienda sean beneficiosos a las personas y a sus asociaciones, a menos que este beneficio particular implique perjuicio a la sociedad general o daño innecesario a otras personas o sus asociaciones, y jamás recomendaré o aplicaré nada que yo sepa sería dañino a las personas u asociaciones que pidan mi consejo o asistencia.

• Procuraré comunicar interpretaciones correctas del estado y evolución de la sociedad general, de modo que contribuya a que los miembros de esa sociedad  puedan tener una conciencia más objetiva de su estado y sus posibilidades, y contradiré aquellas interpretaciones que considere inexactas y lesivas a la propia estima de la sociedad general y a la justa evaluación de sus miembros.

• Pondré a la disposición pública mis prescripciones para la salud de la sociedad general cuando su aplicación requiera la aprobación de los Electores de esa sociedad, y daré a cualquier Elector que me la pida mi opinión acerca del estado y progreso de su sociedad general.

• Protegeré el secreto de lo que se me confíe como tal, a menos que se trate de intenciones cuya consecuencia sea socialmente dañina y yo haya advertido de tal cosa a quien tenga tales intenciones y éste probablemente las lleve a la práctica a pesar de mi advertencia.

• Consideraré mis apreciaciones y dictámenes como susceptibles de mejora o superación, por lo que escucharé opiniones diferentes a las mías, someteré yo mismo a revisión tales apreciaciones y dictámenes y en lo posible enmendaré inmediatamente las equivocaciones que haya transmitido y compensaré justamente los daños que mi intervención haya causado cuando estos se debiesen a mi negligencia.

• No buscaré postulación alguna para ningún cargo público ejecutivo cuyo nombramiento dependa de los Electores, aunque podré admitirla en caso de que estos Electores consideren y manifiesten que realmente pueda ejercer tal cargo con suficiencia y honradamente. Cuando yo no coincida con esa opinión preferiré recomendar a quienes considere idóneos para el desempeño de las funciones del caso. En cualquier circunstancia, procuraré desempeñar cualquier cargo que decida aceptar en el menor tiempo posible, para dejar su ejercicio a quien se haya preparado para hacerlo con idoneidad y cuente con la confianza de los Electores, en cuanto mi intervención deje de ser requerida.

• No dejaré de aprender lo que sea necesario para el mejor ejercicio del arte de la Política, y no pretenderé jamás que lo conozco completo y que no hay asuntos en los que otras opiniones sean más calificadas que las mías.

• Reconoceré según mi conocimiento y en todo momento la precedencia de aquellos que hayan interpretado antes que yo o hayan recomendado antes que yo aquello que yo ofrezca como interpretación o recomendación, y estaré agradecido a aquellos que me enseñen del arte de la Política y procuraré corresponderles del mismo modo.

• Me asociaré para el perfeccionamiento del arte de la Política y para lo que sea beneficioso a las personas y sus asociaciones, con aquellos que hagan este mismo juramento.

Seáme dado, si cumplo con las estipulaciones de este juramento, vivir y practicar el arte de la Política en paz con mis semejantes y sus asociaciones, y reconocido y compensado justamente por mis servicios. Sea lo contrario mi destino si traspaso y violo este juramento.

Lo que acabo de leer es, pues, un compromiso público, y ruego a ustedes me sirvan de testigos y de fiscales, y que me exijan el fiel cumplimiento de las estipulaciones contenidas en el juramento que he expresado.

Por otro lado, seguramente las cosas juradas por mí hoy ante ustedes necesitan un poco de explicación adicional, razón por la cual explico un poco más a continuación.

La primera de las estipulaciones del juramento dice: “Recomendaré o aplicaré según sea el caso, sólo las acciones y cambios que entienda sean beneficiosos a las personas y a sus asociaciones, a menos que este beneficio particular implique perjuicio a la sociedad general o daño innecesario a otras personas o sus asociaciones, y jamás recomendaré o aplicaré nada que yo sepa sería dañino a las personas u asociaciones que pidan mi consejo o asistencia”. Esto significa que nadie, que ninguna organización podrá pedirme, en virtud de que yo haya entrado con ella en una relación profesional, nunca podrá pedirme, repito, una lealtad tal que implique buscar el beneficio particular de esa persona o esa asociación hasta el punto de hacerlo a expensas del daño a la sociedad u otras personas y asociaciones. Por ejemplo, podré ayudar a una persona o asociación de personas a conseguir sus objetivos siempre que éstos sean legítimos y no produzcan daño. De lo contrario preferiré el bien general de la sociedad por encima de cualquier deseo de beneficio o lucro de quien pida mi asistencia.

La segunda de las estipulaciones dice así: “Procuraré comunicar interpretaciones correctas del estado y evolución de la sociedad general, de modo que contribuya a que los miembros de esa sociedad  puedan tener una conciencia más objetiva de su estado y sus posibilidades, y contradiré aquellas interpretaciones que considere inexactas y lesivas a la propia estima de la sociedad general y a la justa evaluación de sus miembros”. Y esto significa entre otras cosas, que me opondré siempre al estilo de comunicación que se alimenta del escándalo y de las interpretaciones torcidas e interesadas, sobre todo de aquellas que lamentablemente se ven con tanta frecuencia en Venezuela, y que tienden a presentar nuestra sociedad como indigna o definitiva e irreversiblemente dañada.

La tercera estipulación es muy clara y no necesita explicación, y dice así: “Pondré a la disposición pública mis prescripciones para la salud de la sociedad general cuando su aplicación requiera la aprobación de los Electores de esa sociedad, y daré a cualquier Elector que me la pida mi opinión acerca del estado y progreso de su sociedad general”.

La cuarta estipulación dice: “Protegeré el secreto de lo que se me confíe como tal, a menos que se trate de intenciones cuya consecuencia sea socialmente dañina y yo haya advertido de tal cosa a quien tenga tales intenciones y éste probablemente las lleve a la práctica a pesar de mi advertencia”. Nadie, por tanto, podrá contar conmigo para la confidencia de proyectos dañinos. Si me encuentro con alguien que me confíe una cosa de tal naturaleza, procuraré disuadirlo de sus propósitos por todos los medios a mi alcance. Si no puedo convencerlo podrá ocurrir entonces que tenga que comunicar lo que me haya dicho en secreto para evitar daño a la sociedad.

La quinta de las estipulaciones del juramento dice: “Consideraré mis apreciaciones y dictámenes como susceptibles de mejora o superación, por lo que escucharé opiniones diferentes a las mías, someteré yo mismo a revisión tales apreciaciones y dictámenes y en lo posible enmendaré inmediatamente las equivocaciones que haya transmitido y compensaré justamente los daños que mi intervención haya causado cuando estos se debiesen a mi negligencia”. Esto tiene que ser así porque la Política es un arte y no una ciencia, mucho menos una ciencia exacta. Lo que puedo prometer es lo mismo que prometió Hipócrates, quien decía: “Seguiré aquel sistema de régimen que, de acuerdo con mi capacidad y juicio, considere beneficioso a mis pacientes”. La sociedad es un paciente bastante más complicado que una persona que un médico atienda, por una parte, y por la otra, las sociedades cambian, sufren metamorfosis. Un tratamiento adecuado para cierto momento de una sociedad no necesariamente será eficaz para un momento posterior.

La sexta postulación, nuestro sexto mandamiento, dice lo siguiente: “No buscaré postulación alguna para ningún cargo público ejecutivo cuyo nombramiento dependa de los Electores, aunque podré admitirla en caso de que estos Electores consideren y manifiesten que realmente pueda ejercer tal cargo con suficiencia y honradamente. Cuando yo no coincida con esa opinión preferiré recomendar a quienes considere idóneos para el desempeño de las funciones del caso. En cualquier circunstancia, procuraré desempeñar cualquier cargo que decida aceptar en el menor tiempo posible, para dejar su ejercicio a quien se haya preparado para hacerlo con idoneidad y cuente con la confianza de los Electores, en cuanto mi intervención deje de ser requerida”.

Entre otras cosas, ese mandamiento no impide que pueda buscar la postulación para cargos que no sean ejecutivos. Por ejemplo, podría aspirar pública y legítimamente a cargos legislativos o constituyentes. Pero tampoco impide que acepte cargos ejecutivos que no sean determinados por los Electores.

Lo que sí quiero evitar es el postularme yo mismo a cargos ejecutivos por elección popular, aunque pudiera aceptarlos si es la voluntad de los Electores. Aquí hay, tanto un eco de Hipócrates, quien en su juramento declaraba que no practicaría la cirugía, como una analogía con la correcta práctica médica que rechaza la publicidad de los médicos como si se tratase de un producto de supermercados. Finalmente, creo que el mejor médico es aquél que cree en la sabiduría fundamental del cuerpo humano, y que el mejor político es aquél que cree en la sabiduría del cuerpo social considerado como conjunto. El mejor médico es aquél que procura hacerse prescindible, innecesario. De allí la parte de la estipulación que me obligará a ejercer los cargos que pueda desempeñar en el lapso más breve que sea posible.

La séptima estipulación sólo necesita ser leída de nuevo, pues no tiene nada de ambigüedad: “No dejaré de aprender lo que sea necesario para el mejor ejercicio del arte de la Política, y no pretenderé jamás que lo conozco completo y que no hay asuntos en los que otras opiniones sean más calificadas que las mías”.

La octava estipulación reza así: “Reconoceré según mi conocimiento y en todo momento la precedencia de aquellos que hayan interpretado antes que yo o hayan recomendado antes que yo aquello que yo ofrezca como interpretación o recomendación, y estaré agradecido a aquellos que me enseñen del arte de la Política y procuraré corresponderles del mismo modo”. Creo que es lamentable la mezquina práctica de presentar como propias ideas o tratamientos que han sido formulados por otras personas con antelación. Dicho en criollo: “No debe ganarse indulgencias con escapulario ajeno”.

La última estipulación del juramento dice lo siguiente: “Me asociaré para el perfeccionamiento del arte de la Política y para lo que sea beneficioso a las personas y sus asociaciones, con aquellos que hagan este mismo juramento”. Esto es, que a pesar de que lo que he jurado es un compromiso individual y personal, uninominal, podría decirse, daré la bienvenida a la asociación con personas que quieran honrar el mismo compromiso. Una sola persona puede hacer poco. Es por tanto preferible que seamos muchos los que queramos servir a los hombres como políticos guiados por los preceptos éticos que hemos expuesto.

Quiero dar a ustedes las gracias por su paciencia al escucharme. Quiero también ofrecer a quien desee tener una copia por escrito de este código de ética profesional para la Política el ponerla a su disposición. Pienso firmar las copias personalmente, como señal de compromiso no sólo público, sino con cualquiera que consienta en ser vigilante exigente del cumplimiento de mi compromiso.

Tengo confianza en ustedes. Creo que todos juntos podemos hacer que la Política sea digna de su nombre.

LEA

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La bondad nunca se equivoca

TALCUAL

Quienes propugnamos un paradigma “clínico” para la Política, al entenderla como profesión que se ocupa de resolver problemas de carácter público (en contraposición del paradigma “realista”, que la entiende como lucha por el poder), usualmente somos tenidos por románticos. Son justamente los “realistas” quienes nos acusan de no tener los pies en el suelo.
Una Política Clínica no cree que “el maestro es el apóstol de la juventud”, como titulaba Luis Beltrán Prieto Figueroa uno de sus recordados artículos, ni tampoco que la universidad es “fundamentalmente una comunidad de intereses espirituales que reúne a profesores y estudiantes en la tarea de buscar la verdad y afianzar los valores trascendentales del hombre”, como reza nuestra Ley de Universidades. (1970). Ese lenguaje hiperbólico no es bueno para fundar repúblicas, y ya Bolívar alertaba contra las que llamaba “aéreas”. Para ser político clínico no es necesario chuparse el dedo.
Pero una aberración contraria es desconocer el altruismo en política, conducta que los zoólogos encuentran hasta en los chimpancés. El político profesional serio debe ser, sin duda, realista, lo que no equivale a ser cínico. Nadie menos que Federico el Grande de Prusia quiso escribir un breve ensayo para refutar a Maquiavelo, quien opinaba: “Es mejor ser a la vez temido y amado; sin embargo, si uno no puede ser ambas cosas es mejor ser temido que amado”. En “Anti-Maquiavelo” (1740), Federico expuso que el italiano había ofrecido un punto de vista parcial y sesgado del arte del estadista. Además de reivindicar un lugar para un genuino interés por la prosperidad de los ciudadanos, el gran monarca apuntó agudamente cómo Maquiavelo había escamoteado la evidencia del término infeliz o desastroso de más de un gobernante malhechor por él alabado.
Y es que, asimismo, no es nada difícil recabar comprobación empírica de que la bondad es eficaz. La bondad funciona en la práctica. Los expertos en gerencia de personal ya abrazaban, a fines de los años sesenta del siglo pasado, la “Teoría Y”, que se oponía a una “Teoría X” que contemplaba cínicamente las motivaciones de los empleados de las empresas privadas. Sin darse cuenta de lo que hacían, eran, como Federico el Grande, antimaquiavélicos. Habían descubierto que, con mucho, era preferible ser amado que temido.
El líder temido, no cabe duda, puede ser muy eficaz. Con frecuencia logra sus propósitos. Pero para lograr metas más elevadas es necesario ser líder amado. No se puede convocar a grandes cosas desde el miedo.
Es en este sentido práctico, plenamente realista, que Don Pedro Grases, el gran catalán venezolano, afirmaba en su septuagésimo quinto cumpleaños: “La bondad nunca se equivoca”. Para quien había logrado escapar de la muy real y concreta tragedia de la Guerra Civil Española, eso no era poesía, sino constatación práctica.
Una política fundada en ese sentimiento, a pesar de su hermosura, es perfectamente posible. (Y muy necesaria).

LEA

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Nota Ocasional #20

Notas giradas

Estimada suscritora, estimado suscritor: la semana pasada, en el #270 de la Carta Semanal de doctorpolítico (del 3 de enero), escribí (a propósito de la disposición de Chávez de dar más crédito a las FARC que al gobierno de Uribe): «Con esta definición Chávez confirmaba que jamás fue un mediador, y que en cambio ha actuado todo el tiempo como representante de las FARC». Ocho días después se confirma esta evaluación, cuando Chávez, ante la Asamblea Nacional y en presencia del Cuerpo Diplomático, solicita a la comunidad internacional, y en especial al gobierno de Colombia, que se reconozca la condición de beligerantes a las FARC y se suprima la calificación de terroristas que habitualmente se les endilga.

Está, por supuesto, para confirmar esa cualidad de aliado de las FARC en el gobierno de Chávez, el fragmento grabado de las palabras de despedida del ministro Rodríguez Chacín a los guerrilleros que entregaron a las rehenes recientemente liberadas. De hecho, el nombramiento mismo de Rodríguez Chacín para su segunda temporada en el Ministerio del Interior y Justicia ya era un indicador de un endurecimiento del gobierno y la colocación de una ficha pro FARC en un puesto de poder crucial y delicado. Para la época de los acontecimientos de abril de 2002, ya se había denunciado la proximidad de Rodríguez Chacín con las FARC.

Chávez se ha presentado hoy como mandatario seguro de su poder. Esta seguridad es requerida para atreverse a quebrar lanzas a favor de las FARC. No puede ignorar que la posición que ha asumido públicamente le causará todavía más dificultades internacionales y más aislamiento. O tiene, pues, una excesiva confianza en la solidez de ese poder, o ya ha llegado a la inconsciencia del après moi le deluge.

Ahora se pone en evidencia que una cosa parecida a la que hoy hizo ha debido estar planeada para la oportunidad de la frustrada función del 31 de diciembre. Es evidente que ha habido diseño conjunto de la cobranza política que se pretende ejecutar: «Ustedes liberan unos poquísimos rehenes y nosotros aprovechamos esa circunstancia, en presencia de Kirchner y bajo las cámaras de Oliver Stone, para proclamarlos como dignos combatientes».

Pero la carta ha sido jugada hoy, veinticuatro horas después—¡qué casualidad!—de la liberación de Consuelo González y Clara Rojas. «Esperen ahora. Oliver y Néstor se han tenido que ir, pero tenemos una nueva ventana mediática el día del mensaje presidencial a la Asamblea». Es bajo la flamante aura obtenida ayer—menor que la que se hubiera logrado el 31 de diciembre—que se lanza la tesis de la beligerancia de las FARC. La puesta en escena no puede ser más obvia.

En el mismo discurso, por otra parte, muestra a la oposición el trapo rojo de un referéndum revocatorio-consultivo que pudiera abrir la puerta a su segunda reelección. (Tercera, si se toma en cuenta de la del año 2000). Es una de sus tácticas favoritas: amenazar con algo de informalidad juguetona para preocupar y distraer a sus opositores. No hay que hacer caso al adefesio jurídico de esta nueva ocurrencia. Él mismo sabe que eso no es posible, y que si lo fuera volvería a ser derrotado. Lo que le interesa es entretener a la oposición para que se distraiga de las elecciones de gobernadores y alcaldes, que serán cruciales para medir cuánto ha perdido de arraigo popular.

No debe extrañar para nada la asunción del papel de abogado de las FARC por parte de Chávez. Se trata de una actuación perfectamente consistente en quien al inicio mismo de su gobierno se solidarizaba con Ilich Ramírez Sánchez o Fidel Castro, presentada en ambiente y tiempo que amplifican su impacto histriónico.

Son estas notas que redacto al voleo, distraído de mis ocupaciones cumpleañeras (65) de hoy, un adelanto de análisis más concienzudo en la próxima Carta Semanal, la #272.

Con un cordial saludo

Luis Enrique Alcalá

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LEA #271

LEA

Tenemos por estos días un Hugo Chávez desconocido. Perdona enemigos con su ley de amnistía, se preocupa por la inseguridad de los ciudadanos de Venezuela, por la basura acumulada en su capital, por el azote de la inflación. No sólo no intentó falsear los resultados del 2 de diciembre y reconoció su derrota en la consulta de ese día, sino que extrae abierta y públicamente sus implicaciones prácticas: “Me quedan cinco años, es una realidad; ya no hay la posibilidad de que Hugo Chávez siga más allá del 10 de enero de 2013”.

Ha declarado que 2008 será—no puede resistir la tentación de proponer una nueva etiqueta propagandística—el año de “las tres erres”: revisión, rectificación, reimpulso. (Habría bastado una sola erre: la de retirada). Así explica los motivos de su flamante sosiego: “El motor de la reforma se fundió, hay que revisar los otros. El motor de la Habilitante se fue a mínimo; el de la moral y luces hay que repotenciarlo; el de la geometría está parado porque dependía de la reforma; y el de la explosión del poder popular hubiese sido explosión con la reforma, pero ahora será de incremento progresivo”. (6 de enero, Día de Reyes, onomástico del Gobernador de Barinas).

Aquí se le había anticipado (Carta Semanal #265 del 29 de noviembre pasado): “Lo único que crece es una ola gigantesca de rechazo, que el 2 de diciembre se expresará en un landslide o deslave que detendrá en seco el ‘segundo motor’—reforma constitucional—de la ‘revolución bolivariana’ y, en acoplamiento inevitable, el tercero, el cuarto y el quinto. (Moral y luces, la nueva ‘geometría’ del poder y la explosión del poder comunal). Chávez va a quedarse con sólo la quinta parte de su fuerza motriz—la ley habilitante—y a este motor se le acaba la gasolina el 1Ëš de agosto de 2008. (Si es que el tsunami del domingo no acaba también con éste)”.

¿Lee Chávez las publicaciones de doctorpolítico? Probablemente no tiene tiempo para minucias, pero pudiera ser que sus salas situacionales sí las obtengan y las lean, a juzgar por correo electrónico enviado anteayer al suscrito. En él se dice (un oficial naval en situación de retiro): “No necesito estar conectado a su página pagada, tengo contactos en los servicios de inteligencia que la hacen circular para ver o conocer comentarios”.

Pero más justo es decir lo contrario: que desde aquí se atiende lo que el Presidente dice. Él mismo había sugerido las imágenes mecánicas en advertencia anticipada, días antes de la edición citada: “Si no se aprueba la reforma la revolución entrará en una fase de peligrosa desaceleración que pudiera llevarla a velocidad cero y, como la bicicleta, hay que poner el pie en la tierra”. (25 de noviembre de 2007, con cuatro días de anticipación). De modo que son de Chávez las metáforas motrices. Es él quien certifica la parálisis de la revolución.

LEA

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CS #271 – Instrucciones para sorprender

Cartas

¿Es posible que el barril de petróleo se coloque en doscientos dólares en este mismo año? ¿Es posible que el precio del petróleo descienda a treinta dólares por barril? ¿Es posible una guerra entre Venezuela y Colombia? ¿Es posible un golpe de Estado en Venezuela? ¿Es posible una guerra mundial? ¿Es posible un material superconductor económico a temperatura ambiente? ¿Es posible un ataque terrorista al Metro de Caracas o a las líneas de transmisión del Complejo del Guri? ¿Es posible ganarse el Kino? ¿Es posible que el próximo Presidente de Venezuela no sea miembro del Partido Socialista Único de Venezuela?

La insólita condición del ambiente del tomador de decisiones de hoy día ha generado variadas imágenes más o menos descriptivas para referirse a una incertidumbre recrecida. Yehezkel Dror lo pone en los siguientes términos: “la sorpresa se ha hecho endémica”. Ante esta situación, no obstante, es posible realizar un análisis constructivo, que nos permita manejarnos inteligentemente ante tal grado de incertidumbre. Acá resultan utilísimos los esquemas analíticos de Dror, tal como han sido desarrollados por él en varias instancias, siendo las principales su artículo Policy-gambling: A preliminary exploration (La apuesta de políticas: una exploración preliminar, 1975) y su conferencia How to spring surprises on history (Cómo dar sorpresas a la historia, 1984).

En primer término, es conveniente caracterizar la incertidumbre que confrontamos. ¿Qué tipo de incertidumbre es?

La incertidumbre puede ser llamada incertidumbre cuantitativa  cuando lo que ignoramos no es el tipo de eventos de posible ocurrencia, sino la probabilidad de que cada tipo ocurra. Esta clase de incertidumbre no es la más grave, aunque en algunos casos especiales puede llegar a ser muy molesta. Más profunda es una incertidumbre cualitativa, cuando es la forma misma de los eventos futuros lo que nos es desconocido.

Si se trata de una incertidumbre del tipo cuantitativo, entonces hay ante ella dos cursos de acción disponibles. El primero consiste en tratar de reducir la incertidumbre, fundamentalmente por la obtención de más y mejor información. Así, la labor de “inteligencia”—en el sentido en el que este término se emplea en la expresión “inteligencia militar”—es el primer camino. Ahora bien, nos encontramos ante situaciones en las que aun la mejor inteligencia nos dejará con una incertidumbre residual, irreductible, y por tanto será necesario adoptar un expediente adicional al de los esfuerzos por reducirla. Este segundo camino es el de estructurar  la incertidumbre residual, para tener la oportunidad de comprenderla mejor.

Pero además está presente en la consideración de una sorpresa política la segunda y más insidiosa forma de incertidumbre: la incertidumbre cualitativa. Es decir, es posible afirmar la posibilidad de ocurrencia de eventos políticos que ni siquiera podemos describir en términos cualitativos.

Dror ha enumerado los rasgos de un modelo de confección de políticas (policymaking) en las condiciones actuales al que ha llamado el “modelo de apuesta difusa” (fuzzy betting): “Una buena imagen para considerar la confección de políticas como apuesta difusa es la de un casino inestable, donde la opción de no jugar es en sí misma un juego con altas probabilidades en contra del jugador; donde las reglas del juego, las proporciones necesarias de suerte y habilidad y los premios, cambian en forma impredecible durante la apuesta misma; donde formas impredecibles de ‘cartas locas’ (tales como un ataque terrorista o la distribución de diamantes por millonarios pródigos) pueden aparecer súbitamente; y donde la salud y la vida de uno mismo y la de sus seres amados puede estar en juego, algunas veces sin uno saberlo”.

El modelo extremo de apuesta difusa involucra situaciones en las que la dinámica que da origen a los resultados de una decisión es desconocida y toma la forma de indeterminaciones y discontinuidades. Algunas de las consecuencias de este estado de cosas son las siguientes:

a. Los resultados no pueden ser predichos ni en términos de posibilidades definidas ni en términos de riesgo, en el sentido técnico de distribuciones de probabilidad

b. La adjudicación de probabilidades subjetivas es un acto que puede ser calificado de ilusorio.

c. La no-decisión, o las decisiones incrementales (modificación de las cosas “poquito a poco”), constituyen estrategias fútiles como modo de contener la incertidumbre, dado que la repetición del mismo acto o la misma política puede dar origen a resultados radicalmente diferentes en cada ocasión.

d. Los valores, y las metas mismas, pierden su constancia en la toma de decisiones, entre otras cosas a causa de cambios impredecibles en los contextos que establecen las prioridades.

e. Una mejor inteligencia, en el mejor de los casos, no puede hacer otra cosa que hacer más explícita la ignorancia.

f. Se está en presencia de una alta probabilidad objetiva  de que eventos de baja probabilidad ocurran frecuentemente. En términos subjetivos, domina la sorpresa.

Éstos son los rasgos de un caso extremo y abstracto de “apuesta difusa” que, no obstante, puede ser más pedagógico a la hora de comprender el tipo de situación que confrontamos. Un modelo más cercano a la realidad modera la gravedad de esos rasgos y puede ser descrito, a su vez, en los siguientes términos:

a. Una cierta proporción de los resultados podrá ser prevista en términos de riesgo—estimación cuantitativa—y en términos de posibilidades—estimación cualitativa. La proporción restante adoptará la forma de configuraciones impredecibles, con discontinuidades y saltos.

b. En una cierta proporción, las situaciones podrán ser diagnosticadas como tendiendo más hacia la discontinuidad o como tendiendo más hacia la continuidad. En una cierta proporción la ignorancia domina, sin que exista la posibilidad de evaluar de antemano las situaciones como conducentes a la continuidad o a la ruptura.

c. La utilidad del empleo de probabilidades establecidas subjetivamente, y la del análisis de decisiones que se base en ellas, la constancia de valores y metas, la capacidad de la inteligencia para contener y reducir la ignorancia, etcétera, dependerán de una mezcla de incertidumbre e ignorancia.

d. Eventos considerados como de baja probabilidad ocurren con frecuencia variable y la sorpresa llega a ser endémica.

Puede ser que esta última enumeración no parezca mejorar las cosas demasiado. Sin embargo, permite una aproximación más constructiva al asunto. Por ejemplo, será posible, al menos para el tratamiento de una parte de los posibles eventos políticos o la preadaptación a ellos, una clasificación de los mismos en cuatro categorías a considerar, según sea su probabilidad de ocurrencia y el grado de impacto que tendrían: 1. Eventos de alta probabilidad y alto impacto, para los que sería una locura no prepararse. 2. Eventos de alta probabilidad y bajo impacto, para los que no se requiere demasiada prevención, dado que modificarían poco el statu quo. 3. Eventos de baja probabilidad y bajo impacto, los que pueden ser más o menos desatendidos. 4. Eventos de baja probabilidad y alto impacto, para los que es aconsejable, al menos, tener previsto un plan contingente, ya que de ocurrir aquéllos las cosas cambiarían significativamente.

Desde el punto de vista de las posibilidades que provee una situación turbulenta, es necesario advertir que aumentan las probabilidades de éxito de aventuras que intencionalmente  busquen cristalizar a su favor las múltiples tensiones existentes, siempre y cuando sean bien ejecutadas y den realmente salida a tales tensiones. En Road maps to the future (1980), Bohdan Hawrylyshyn decía lo siguiente: “En química, puede uno disolver más y más sólidos en una mezcla hasta que se alcanza el estado de saturación. Un solo cristal adicional puede entonces precipitar a todos los sólidos fuera de la solución. La historia reciente muestra que los eventos pueden ser precipitados en una forma análoga en sociedades en las que se acumulan demasiadas tensiones. Lo que se requiere entonces es sólo un catalizador. En Portugal puede haber sido un libro publicado por un general. En Irán, que también tenía un ejército fuerte y una implacable organización de seguridad interna, fue la voz de Khomeini, oída directamente (como del cielo) en cassettes de audio. En Polonia, el Papa, durante su reciente visita, pudo haber desencadenado casi cualquier conjunto de eventos según su escogencia”.

Dror emplea, junto con un análisis riguroso, varias sugestivas imágenes para el enfoque del tema en Cómo sorprender a la Historia (How to spring surprises on history). Por ejemplo, nos recuerda a Maquiavelo, para “considerar la posibilidad de convergencia entre oportunidades históricas raras (ocassione) que provee la historia (fortuna) y que pueden ser utilizadas por gobernantes que tengan las raras cualidades necesarias  (virtu).

Dror ofrece la tesis de que en el mundo contemporáneo la probabilidad de discontinuidades está aumentando, lo que provee “situaciones en las que es posible estimular o hacer surgir algunas discontinuidades mediante la intervención consciente”. Ciertas variables exógenas de importancia (esto es, no controladas desde dentro de un sistema político en particular) así como tendencias de creciente aproximación a soluciones de crisis, son los tipos principales de factores que hacen aumentar las ocurrencias sorpresivas. A su juicio, tres situaciones principales pueden justificar o motivar los intentos conscientes de provocar mutaciones políticas: “a. Si las tendencias actuales son vistas como crecientemente negativas y cada vez más peligrosas para los valores aceptados. b. Si se ha dado un salto en los valores que lleva consigo un imperativo categórico de tratar de cambiar la realidad, aun cuando ésta sea satisfactoria para los valores previos. c. Si la realidad se percibe en cualquier caso como turbulenta y mudable, requiriendo respuestas bajo la forma de saltos en políticas como el único modo de tener, tal vez, feedback positivo. (Bien sea para evitar cambios negativos o para aprovecharse de oportunidades positivas.)”

Es también útil tomar en cuenta los pocos comentarios tentativos que puede Dror ofrecer (él mismo reconoce que en este terreno se mueve en terra incognita) ante el problema operativo: cómo se planifica mejor una sorpresa a la historia. Copiamos textualmente:

“a. La selección y el éxito de intentos por mutar tendencias depende del macroanálisis de situaciones socio-políticas y político-estratégicas y su evolución. Algunas veces un individuo se muestra capaz de asir tales Gestalten. Pero, para hacerlo sistemáticamente, son necesarias unidades especiales compactas, altamente calificadas e interdisciplinarias. Los equipos de análisis político y de inteligencia del tipo convencional son  incapaces de hacer el trabajo.

b. Es posible definir situaciones en las que se justifiquen intentos de ir más allá del incrementalismo y de sorprender a la historia. Tendencias al deterioro que constituyan amenazas cada vez más serias; ideologías y aspiraciones que no tengan chance sin rupturas radicales de la continuidad; turbulencia histórica que o se vuelve demasiado riesgosa o provee oportunidades que no volverán; todo esto, como ya ha sido mencionado, son condiciones que pueden ser analíticamente diagnosticadas y que justifican políticas de shock.

c. Puede ser posible a veces el diseño de una política de shock como política dominante, la que en el mejor de los casos logra desplazamientos muy deseables en los eventos y que en el peor de los casos no involucra costos serios. En otras situaciones puede ser posible reducir los riesgos de fracaso o sus costos, mediante un sondeo y aprendizaje preliminares, construyendo sobre la base de la reversibilidad o por varias estrategias de ‘compensación de apuestas’. (Hedging).

En vista de la incertidumbre de la post-discontinuidad, las políticas de cambio radical usualmente confrontan riesgos irreductibles e indefinibles. Por tanto, a pesar de las posibilidades arriba mencionadas, tales políticas son intelectual y emocionalmente ‘apuestas difusas’. Todas las metodologías de confrontación de incertidumbre son útiles, pero de utilidad limitada.

d. La prudencia—que es un juicio de valor en ‘loterías’—requiere por tanto de un ‘análisis del peor caso’, en el que lo pésimo de la continuación de tendencias o de la no intervención en la turbulencia ambiental se compara con lo pésimo de los intentos de causar discontinuidad. La comparación de lo pésimo de la no intervención con lo óptimo de la intervención es un enfoque muy riesgoso que no puede ser recomendado. (Aunque, inherentemente, esto es un asunto de juicios de valor sobre las actitudes ante el riesgo.) Por el otro lado, la comparación de lo óptimo de la no intervención contra lo pésimo de la no intervención tampoco puede ser recomendada, por más que esto sea una difundida postura intelectual del incrementalismo y del conservatismo”.

Por último, considérese este párrafo de Dror sobre una de las condiciones esenciales a la mutación histórica: “Un ‘empresariado político’ (policy entrepreneurship) es un requisito para darle sorpresas a la historia. Implica la existencia de políticos singulares que sean innovadores, anulen el conservatismo y quizás sean más aventureros, aceptadores de riesgo y propensos a apostar”.

LEA

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