La política no es una ciencia: es una profesión. Es un arte, un oficio. Como tal, puede aprenderse. Del mismo modo que la medicina es una profesión y no una ciencia, aunque de hecho se apoya en las llamadas ciencias médicas, que no son otra cosa que las ciencias naturales enfocadas al tema de la salud y la enfermedad de la especie humana. Es así como la política debe ser entendida como profesión, aunque existan ciencias políticas, como la sociología, exactamente en el mismo sentido en que el derecho es una ciencia y la abogacía es lo que resulta ser la profesión, el ejercicio práctico.
La informatización acelerada de la sociedad, con su consiguiente aumento de conciencia política de las poblaciones, está forzando cambios importantes en los estilos de operación política. El Glasnost (transparencia) de Mikhail Gorbachov, más que una intención, era una necesidad. El previo modelo de la Realpolitik requería, para su operación cabal, de la posibilidad de mantener, discretamente ocultas, la mayoría de las decisiones políticas. Pero hasta las operaciones que son intencionalmente diseñadas para ser administradas en secreto son objeto de descubrimiento, casi instantáneo, por los medios de comunicación social.
Son condiciones muy diferentes aquellas que definen el contexto actual del actor político. El tiempo que separa la acción política de la evaluación política que de ella hacen los gobernados se ha acortado considerablemente, por señalar sólo uno de los cambios más determinantes. Es así como esta actividad humana atraviesa por un intenso período de reacomodo conceptual.
Si el paradigma médico puede servir para una reformulación de la actividad política, el concepto de qué es lo que puede ser descrito como una sociedad normal resulta ser noción central de todo el tema. Se trata de limpiar de carga ideológica y de pasión el acto evaluativo sobre el estado general de una sociedad determinada.
Por ejemplo, una definición de sociedad normal se verá expuesta a cambios de significado con el correr del tiempo, así como la definición de hombre sano ha variado en el curso de la historia. No puede ser la misma concepción de salud la prevaleciente en una sociedad en la que la esperanza de vida alcanzaba apenas a los treinta años, que la que es exigible en una que extiende la longevidad con las nuevas tecnologías médicas.
Del mismo modo, una cosa era la sociedad normal alcanzable a fines del siglo XVIII y otra muy distinta la asequible a las tecnologías políticas de hoy en día. Por ejemplo, es innegable el hecho de que la mayoría de las naciones del planeta exhibe una distribución del ingreso que dista bastante de lo que una curva de distribución normal describiría. Igualmente, la intensidad democrática promedio, aún en naciones desarrolladas, está bastante por debajo del grado de participación que las tecnologías de comunicación actuales permitirían. Convendrá discutir, por tanto, el tema de los límites psicológicos, tecnológicos y económicos de la democracia.
Psicológicos, porque no es dable pensar en una reedición literal de la asamblea griega clásica, en la que la agenda total de las decisiones públicas atenienses era manejada por la totalidad de los ciudadanos. Hay límites a la idoneidad del procedimiento democrático y hay decisiones, la mayoría de ellas técnicas, que son indudablemente mejor manejadas por los especialistas. De todas formas, se habla hoy de una democracia deliberativa, que va incluso más allá de la democracia participativa.
Tecnológicos, porque es la tecnología la que dibuja el borde de lo que es posible en principio. El avance de las redes de comunicación permite prever una creciente frecuencia de procedimientos de referéndum para una mayor gama de decisiones públicas. Y al entreverse la posibilidad, la presión pública por acceder a ese grado de participación no se hará esperar. Venezuela, por caso, que no hizo referendo alguno bajo la constitución de 1961—durante 38 años—ya ha tenido cinco entre 1999 y el presente.
Económicos, porque obviamente las instituciones políticas tienen un costo de inserción y un costo de operación. No es posible hacer todo.
Pero en cualquier caso, el cambio de paradigma político está en proceso. William Schneider ha escrito (Para entender el neoliberalismo, 1989): «Los que solucionan problemas viven en una cultura política altamente intelectualizada que respeta la pericia y la competencia. Esto no significa que practiquen una política libre de valores. Varios miembros de la generación del 74 a los que entrevisté se sentían ofendidos cuando se les calificaba de tecnócratas, y prácticamente cada uno de ellos hacía demasiado hincapié en su compromiso con los valores liberales. Sin embargo, no los distinguen sus valores sino su manera de enfocar la política. Los que solucionan problemas practican una política de ideas. Los demócratas más tradicionales se consideran defensores; la suya es una política de intereses».
Sería inconveniente aprender una política que sólo se concibe como conciliación de intereses cuando justamente esa política está, poco a poco, dando paso a una política de ideas y soluciones. LEA
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L.E.
Toda Semana Santa es tiempo especial de reflexión y meditación, tanto humana como trascendente.
Me da alegría y espero continúes profundizando en este importantísimo cambio de paradigma: El arte de la Política está evolucionando aceleradamente, para llegar a ser un llevar a la realidad las acciones y soluciones producto del debate de las ideas, y no exclusivamente de negociar intereses personales o de grupos.
Esto no es nada fácil, pero sucederá más temprano que tarde, sobre todo en sociedades donde existan dirigentes o líderes influyentes que compartan esta visión.
Me gustaría nos añadas algo sobre William Schneider; en mi búsqueda conseguí varias personas con ese nombre, dos de ellos operadores políticos en EEUU. Tampoco pude obtener datos de su libro (1989).
Gracias, Jorge. Comparto tu presunción de que el cambio de paradigma vendrá más pronto que tarde, ayudado por una mayor conciencia de los ciudadanos del planeta y el uso extendido de la comunicación en las redes sociales. Los indignados de varios países del mundo tienen en común el rechazo a la forma tradicional de hacer politica, como la del chavismo o la de la Mesa de la Unidad Democrática. Chávez no es otra cosa que la exacerbación cancerosa de la vieja política. Los de la MUD se distinguen de él, fundamentalmente, en su mayor urbanidad política.
William Schneider es profesor de Políticas Públicas en la Universidad George Mason y fue editor contribuyente de la afamada revista The Atlantic. La cita no proviene de un libro sino de un artículo en esa publicación que fuera reproducido en el #86 de la desaparecida revista Facetas (Vol. 4 de 1989). Es aquí donde pude leerlo; tengo el ejemplar, que pongo a tu disposición.
Conviene aclarar que liberal no significa en los EEUU una gente de derecha, defensora del capitalismo; allí evoca a personas progresistas y en sintonía con las necesidades populares. Así, la primera acepción para liberal del Diccionario Americano Oxford es: open to new behavior or opinions and willing to discard traditional values. (Abierto a nuevas conductas u opiniones y dispuesto a descartar valores tradicionales). Por supuesto, un liberal favorece el máximo desarrollo de la libertad personal; de allí su nombre. En particular, los liberales se encuentran más en el Partido Demócrata estadounidense que en el Partido Republicano, dado este último a favorecer, como George W. Bush, intereses empresariales.