El programa #130 de Dr. Político en RCR tomó como guión lo expuesto en la entrada Retórica cuatrofeísta (5 de febrero) acerca de los falaces razonamientos oficialistas para justificar la asonada criminal, abusiva y usurpadora del 4 de febrero de 1992. Sonaron en la emisión El cisne (número del Carnaval de los animales, de Camille Saint-Saëns) y un fragmento de la Marcha fúnebre para una marioneta, pieza de Charles Gounod que Alfred Hitchcock empleó como tema de su serie televisiva. He aquí el audio de la transmisión de hoy:
Por la ventana de mi cuarto escuchaba las detonaciones del asalto a la residencia presidencial de La Casona, a la una de la madrugada del 4 de febrero de 1992. Una desazón irresoluble me había atrapado, aumentada porque había buscado evitar, sin éxito, lo que ahora se desarrollaba sin clemencia. Varios venezolanos morirían abaleados o bombardeados y no se tenía seguridad acerca del desenlace. En esos momentos era todavía posible que el sistema democrático fallara y fuera interrumpido, que los golpistas desconocidos triunfaran y asumieran el poder en Venezuela. (…) No conocía ni el rostro ni el nombre del líder del conato subversivo, pero ya sentía que me había ofendido de modo muy directo.
Las élites culposas
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El texto promocional en el estucheDVD de Amaneció de golpe, la película sobre el golpe del 4 de febrero de 1992,pone: «…para nuestros personajes marcó un antes y un después en sus vidas». No puedo decir que ése fuera mi caso personal; tenía 15 años a la caída de Pérez Jiménez, y ya había vivido el intento de derrocarlo el 1º de enero de 1958 por la fuerza—el 23 de enero ocurrió una deposición incruenta—; luego vendrían las numerosas intentonas, de diverso signo, contra el gobierno de Rómulo Betancourt (1959-64) y la emergencia de la lucha de guerrillas (1962), que cesaría sólo con la política de pacificación del primer gobierno de Rafael Caldera (1969-1974). Ya estaba, en cierto sentido, vacunado, consciente de los amotinamientos endémicos de nuestra historia. Pero, sin duda, el movimiento de los «bolivarianos» fue algo nuevo para la mayoría del país, que cobró uso de razón después de tan vergonzosos episodios.
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Escribo esto porque, una vez más, el liderazgo chavista-madurista y sus opinadores hablan y escriben en justificación de la asonada del 4F, que continúan celebrando; no dejan de justificar lo injustificable. Miguel Rodríguez Torres, por ejemplo, declaraba ayer al diario El Universal: «El 4F irrumpimos contra un sistema que venía de los tiempos de la Colonia y apenas la revolución lleva 15 años, de los cuales seis años ha sido sobreviviendo a las conspiraciones. Sin embargo, a pesar de esas dificultades, hemos avanzado en masificar la educación, en combatir la pobreza por la vía de la alimentación, entre otros, y aún están pendientes muchos retos. (…) [la Venezuela de los años 80 y 90] tenía millones de venezolanos excluidos en los cerros, en las partes más pobres del país. (…) Por eso, el gran cambio radica de una democracia representativa a una democracia participativa, que hay que profundizarla». Más modestamente, Juan Eduardo Romero se olvida de la Colonia en su artículo El rescate del sentido ético político del 4-F, para afirmar: «El 4-F de 1992, debe ser visto como la continuidad—in crescendo—de la crisis institucional, generada por el agotamiento de las identidades políticas constituidas desde 1958, con el apoyo de los partidos históricos (AD-Copei-URD), mediante la institucionalización de un juego de consenso excluyente, pues se construyeron acuerdos segregando al Partido Comunista de Venezuela (PCV) y todas las organizaciones, políticas o sociales, que significaran una traba para la conciliación de clases propuesta por (y a través) del Pacto de Puntofijo».
Estas justificaciones son tan típicas como aberrantes. Las coartadas ancestrales son frecuentes en la retórica de los socialistas venezolanos:
Erika Farías reconoce que los problemas subsisten, pero dice que eso se debe a que quince años no son suficientes para resolver los que datan de hace tres mil (aparentemente ha logrado precisar cuáles serían, a pesar de que los indígenas que habitaban el territorio de Venezuela dos mil quinientos años antes de los españoles nunca tuvieron escritura y, por tanto, no dejaron registro de su inventario)». (El mercado político nacional, 8 de octubre de 2014).
Sellando el Pacto
Si atendemos al más mesurado Sr. Romero, puede señalarse que el Pacto de Puntofijo no fue en ningún caso una «conciliación de clases», sino una conciliación de partidos políticos para inmunizar la naciente democracia venezolana contra intentos armados de tomar el poder. Y tampoco tiene el articulista las fechas correctas, cuando habla de «las identidades políticas constituidas desde 1958». Acción Democrática fue constituida en 1941, diecisiete años antes del año destacado por Romero; Unión Republicana Democrática en 1945 y COPEI en 1946, y sus principales dirigentes tuvieron destacada actuación política en 1928 y, luego, en 1936.
Por otra parte, ninguno de los socios del pacto buscaba el establecimiento de un régimen de privilegios de clase, negado a la realidad de la pobreza. Acción Democrática, aún en 1959, señalaba en el documento central de su Secretaría de Doctrina—regentada por Domingo Alberto Rangel—que AD era «un partido marxista», Unión Republicana Democrática saldría del pacto en 1961 para repudiar la exclusión de Cuba de la Organización de Estados Americanos (una vez que se probara su apoyo financiero y logístico a la subversión guerrillera en nuestro país), y el más conservador de los pactistas, COPEI, fue declarado oficialmente por Rafael Caldera como partido «de centro izquierda» (en diciembre de 1963).
La Constitución de 1961, ésa que Hugo Chávez calificó desalmadamente de «moribunda» ante su principal redactor, ya declaraba que era su propósito (en el mismo Preámbulo): «lograr la participación equitativa de todos en el disfrute de la riqueza, según los principios de la justicia social y fomentar el desarrollo de la economía al servicio del hombre». También normaba en su Artículo 72: «El Estado protegerá las asociaciones, corporaciones, sociedades y comunidades que tengan por objeto el mejor cumplimiento de los fines de la persona humana y de la convivencia social, y fomentará la organización de cooperativas y demás instituciones destinadas a mejorar la economía popular», y establecía en el 77: «El Estado propenderá a mejorar las condiciones de vida de la población campesina. La ley establecerá el régimen de excepción que requiera la protección de las comunidades de indígenas y su incorporación progresiva a la vida de la Nación». El Artículo 85 mandaba: «El trabajo será objeto de protección especial. La ley dispondrá lo necesario para mejorar las condiciones materiales, morales e intelectuales de los trabajadores. Son irrenunciables por el trabajador las disposiciones que la ley establezca para favorecerlo o protegerlo». La disposición de cierre del artículo siguiente anticipaba: «Se propenderá a la progresiva disminución de la jornada, dentro del interés social y en el ámbito que se determine, y se dispondrá lo conveniente para la mejor utilización del tiempo libre», y el Artículo 87 pautaba: «La ley proveerá los medios conducentes a la obtención de un salario justo; establecerá normas para asegurar a todo trabajador por lo menos un salario mínimo; garantizará igual salario para igual trabajo, sin discriminación alguna; fijará la participación que debe corresponder a los trabajadores en los beneficios de las empresas; y protegerá el salario y las prestaciones sociales con la inembargabilidad en la proporción y casos que se fijen y con los demás privilegios y garantías que ella misma establezca». El Artículo 105 declaraba: «El régimen latifundista es contrario al interés social. La ley dispondrá lo conducente a su eliminación, y establecerá normas encaminadas a dotar de tierra a los campesinos y trabajadores rurales que carezcan de ella, así como a proveerlos de los medios necesarios para hacerla producir». Ni los conjurados del 4 de febrero de 1992 ni sus herederos inventaron la justicia social, y es evidentemente falso que el régimen establecido a partir de 1961 correspondiera, como afirma falazmente Rodríguez Torres, a «un sistema que venía de los tiempos de la Colonia».
El Pacto de Puntofijo era un acuerdo para echar las bases del sistema democrático en un país que, en toda su historia, sólo tuvo elecciones universales en 1947—anuladas rápidamente por otro golpe militar en noviembre del año siguiente—, y difícilmente podía incluir a un partido (PCV) que sostenía como punto de fe programática el esquema marxista-leninista para el establecimiento de una dictadura del proletariado, la negación de la democracia. (El mismo Hugo Chávez se cuidó de aclarar que el PSUV no era marxista-leninista, el 28 de julio de 2007). Pero el Partido Comunista, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, el Movimiento Electoral del Pueblo, el Movimiento Al Socialismo y la Causa Radical, todos marxistas, pudieron actuar políticamente en el país durante todo el período que va de 1958 a 1998, a menos que se involucraran en la lucha política insurreccional y armada. Los partidos que lo hicieron—PCV, MIR, URD—, además, tuvieron espacio para actuar sin trabas dentro de un marco democrático luego de la pacificación calderista. El Sr. Romero no dice la verdad.
El Pacto de Puntofijo, pues, no fue nada vergonzoso; por lo contrario, estableció unas reglas de convivencia democrática y el compromiso de defenderla de cualquier intento de reventarla mediante acciones militares por parte de gente que se autoatribuye la propiedad del poder. Tan sólo en el siglo XX, el país había vivido siempre bajo la dominación de algún dictador militar, con el breve receso del Trienio Adeco de 1945 a 1948; de los cincuenta y siete años que el siglo llevaba, cincuenta y cuatro fueron de dictadores.
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En más de una ocasión se ha defendido en este espacio la validez del derecho de rebelión, pero también que el único e insustituible titular de ese derecho es una mayoría de la comunidad. Por ejemplo, se recordó el concepto en El Gran Referendo (6 de abril de 2014):
El titular del derecho de rebelión es una mayoría de la comunidad, como lo formulara con la mayor claridad la Declaración de Derechos de Virginia (12 de junio de 1776): “…cuando cualquier gobierno resultare inadecuado o contrario a estos propósitos—el beneficio común y la protección y la seguridad del pueblo, la nación o la comunidad—una mayoría de la comunidad tendrá un derecho indudable, inalienable e irrevocable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, del modo como sea considerado más conducente a la prosperidad pública”. (Sección Tercera). El 3 de marzo de 2002, un mes y ocho días antes del Carmonazo, escribí para la Revista Zeta:
…el sujeto del derecho de rebelión, como lo establece el documento virginiano, es la mayoría de la comunidad. No es ése un derecho que repose en Pedro Carmona Estanga, el cardenal Velasco, Carlos Ortega, Lucas Rincón o un grupo de comandantes que juran prepotencias ante los despojos de un noble y decrépito samán. No es derecho de las iglesias, las ONG, los medios de comunicación o de ninguna institución, por más meritoria o gloriosa que pudiese ser su trayectoria. Es sólo la mayoría de la comunidad la que tiene todo el derecho de abolir un gobierno que no le convenga. El esgrimir el derecho de rebelión como justificación de golpe de Estado equivaldría a cohonestar el abuso de poder de Chávez, Arias Cárdenas, Cabello, Visconti y demás golpistas de nuestra historia, y esta gente lo que necesita es una lección de democracia.
Las primeras cuentas
La asonada militar del 4 de febrero de 1992 fue un acto criminal inexcusable que no puede ser justificado en ningún caso. La retórica de los socialistas de cuño reciente en Venezuela, naturalmente, es resbalosamente falaz y se contradice a sí misma. A su salida del Penal de Yare, Hugo Chávez concedió una entrevista a la revista Newsweek en la que afirmó que la Constitución de 1961 «prácticamente» lo obligaba a rebelarse. Aludía irresponsablemente a este fragmento de su Artículo 250: «…todo ciudadano, investido o no de autoridad, tendrá el deber de colaborar en el restablecimiento de su efectiva vigencia». Convenientemente, escamoteaba nada menos que la declaración de apertura de ese preciso artículo: «Esta Constitución no perderá su vigencia si dejare de observarse por acto de fuerza…» Y la mismísima constitución prescribía en sus artículos 119 y 120: «Toda autoridad usurpada es ineficaz, y sus actos son nulos» y «Es nula toda decisión acordada por requisición directa o indirecta de la fuerza, o por reunión de individuos en actitud subversiva». Siendo que el derecho de rebelión sólo puede ser esgrimido por la mayoría del Pueblo para «abolir un gobierno que no le convenga», el frustrado golpe del 4F fue un intento infructuoso de usurpación de su titularidad.
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Cuando, en medio de su campaña electoral primera (1998), Hugo Chávez disertaba ante los circunstantes de un desayuno en las oficinas de la agencia publicitaria J. Walter Thompson, tomé la palabra para hacerle ver su abuso y proponerle que más nunca glorificara su crimen de ese día. Chávez evadió referirse siquiera a mi planteamiento, aunque concluido el acto se acercó para invitarme a conversar. Tampoco acogió mi condición para el diálogo: sólo si renegaba de su abusiva intentona me avendría a la conversación.
Durante toda su vida política, Chávez sostuvo que su criminal aventura había sido un acto heroico, por supuesto «histórico» y «protagónico». Él no era un «golpista», era un «rebelde». La tramposa distinción le permitía condenar en otros lo que él mismo había hecho. Por algún encargo divino, él y sus compañeros de conjura estaban por encima de la moral republicana. Rodríguez Torres argumenta: «la revolución lleva 15 años, de los cuales seis años ha sido sobreviviendo a las conspiraciones». Pero los golpistas de 1992 conspiraron durante nueve; se nombraron «Movimiento Bolivariano Revolucionario 200» porque iniciaron su complot en 1983, cuando se cumplían 200 años del nacimiento de Simón Bolívar. Más tarde Chávez mentiría una vez más, al asegurar que su confabulación se justificaba por la acción represiva del gobierno de Carlos Andrés Pérez ante el Caracazo, el que ocurrió ¡seis años después de la fundación de su cábala! (Tengo un amigo que me hizo notar que Chávez no fue un simple mentiroso; nunca me ha autorizado a identificarlo para acreditar públicamente su autoría, pero su tesis es que el difunto teniente coronel fue más bien un mojonero, alguien que construye elaboradas patrañas).
Fórmula de Ceresole
Y también dijo Rodríguez Torres que el chavismo había representado «el gran cambio (…) de una democracia representativa a una democracia participativa». En 1998, el chavismo ofreció convocar por iniciativa popular, mediante la recolección de las firmas necesarias, un referendo sobre la elección de una constituyente. Avanzado el año, las encuestas comenzaron a mostrar que Chávez ganaría la elección, y súbitamente la democracia participativa dejó de ser necesaria; le bastaría al líder firmar un decreto en Consejo de Ministros para el mismo fin. Y en los proyectos de reforma constitucional que rechazara la mayoría en 2007, se contemplaba elevar el requisito de 10% de electores para convocar un referendo consultivo—figura creada por el Congreso de la República en diciembre de 1997—para exigir 20%, dificultando así la cacareada democracia participativa. Y cuando de nuevo quiso contar con la posibilidad de reelegirse indefinidamente mediante enmienda que sería planteada a consulta en febrero de 2009—posibilidad exclusiva para la Presidencia de la República en los mismos proyectos de 2007 porque los gobernadores y alcaldes que la deseaban ¡sólo pretendían «perpetuarse en el poder»! (extendida en la enmienda por conveniencia política a los mismos gobernadores y alcaldes)—, desechó de nuevo la participación popular—“La vía de la Asamblea Nacional tiene una ventaja: que es más rápida”, dijo el 3 de diciembre de 2008—, después de asentar que él era quien daba permiso al Pueblo y no al revés, como registró la Carta Semanal #314 de doctorpolítico (4 de diciembre de 2008):
Primero, él mismo prometió—¿cuánto vale su palabra de hombre?—que no promovería la enmienda. A los pocos días de que dijera esto, dejando magnánimamente que el PSUV y el pueblo rumiaran si convenía promoverla, el Vicepresidente de ese partido, el oportunista Alberto Müller Rojas, declaró que el asunto de la enmienda no estaba planteado en el seno de la organización. Al señalársele que algún poetastro gobernador oriental ya se hallaba en campaña por la enmienda, Müller Rojas expuso que era él quien mandaba en el PSUV. Media hora después de ese atrevimiento, el jefe máximo del partido lo contradecía y se contradecía a sí mismo, al ordenar la operación “Uh, Ah, Chávez no se va”. En sus palabras mostraba desfachatadamente su aberrante concepción de la democracia: “Les doy mi autorización al Partido Socialista Unido de Venezuela y al pueblo venezolano [en ese orden] para que inicien el debate para la enmienda constitucional, para que tomen las acciones que haya que tomar para lograrlo. Sí lo vamos a lograr, vamos a demostrar quién manda en Venezuela”. Ahora, pues, no es el pueblo quien autoriza al mandatario; ahora somos nosotros quienes debemos solicitar su majestuosa autorización, su real permiso.
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Y nos aseguró Juan Eduardo Romero que «a pesar del acto violento del intento de golpe, su accionar despertó simpatías». Ninguna encuesta de 1992 registró apoyo significativo a la asonada chavista—las mediciones previas al 4F mostraron un rechazo mayoritario al gobierno de Pérez y un repudio a posibles salidas de fuerza—; una plancha del MBR quedó de última en elecciones estudiantiles de la Universidad Central de Venezuela luego del sobreseimiento de la causa contra los sublevados y, a un año de las elecciones de 1998, Chávez obtenía cifras de intención de voto a su favor que oscilaban entre sólo 6% y 8% de los encuestados. (La candidata favorita, Irene Sáez, que inicialmente fue vista como una posibilidad que no procedía del rechazado bipartidismo, se dejó postular por COPEI, y Henrique Salas Römer por la «carne de la guanábana»—Acción Democrática—, lo que movió a la mayoría tras la opción del golpista). El Sr. Romero no dice la verdad.
Por lo menos no la dice siempre; en otro punto de su artículo en defensa del crimen del 4F, reconoce a un «mal llamado ‘chavismo’, que ha desarrollado una ‘derecha endógena’, tan corrupta, tan clientelar, tan burocrática y tan anti-revolucionaria y dogmática». Si fuera admisible, que no lo es, la práctica de derrocar gobiernos mediante la fuerza sobre la base de la coartada de los «mal llamados» socialistas, el gobierno de Chávez y el de Maduro han debido ser depuestos mediante un golpe de Estado, puesto que todos los vicios atribuibles al segundo gobierno de Pérez han estado presentes en los chavistas, sólo que en bastante mayor grado.
A Bernard-Henri Lévy, el líder de la Nouvelle Philosophie de los años setenta, le preguntó La Nación de Argentina al salir su libro de 2008 (Left in Dark Times): “¿Usted no cree que Chávez sea de izquierda?” Lévy contestó así: “Naturalmente que no. ¿Cómo puede ser de izquierda un hombre que ejerce un poder personal, que sueña con que ese poder sea vitalicio, que amordaza a los medios de comunicación de su país, que está sentado sobre una montaña de oro que su población no aprovecha y que es el aliado de Ahmadinejad en la guerra planetaria que libran los demócratas y los antidemócratas? Hay actualmente una izquierda que piensa que Chávez es de la familia, el niño turbulento de la familia. Yo no. Yo soy de izquierda y creo que Chávez es mi adversario”.
Fidel Castro imitó a Eduardo Fernández
Ni siquiera la figura política paterna de Hugo Chávez, Fidel Castro, derramó sus bendiciones sobre la intentona del 4 de febrero de 1992; todo lo contrario, se apresuró a mandar a Carlos Andrés Pérez una clarísima misiva para apoyarlo. En ella dijo: «Confío en que las dificultades sean superadas totalmente y se preserve el orden constitucional, así como tu liderazgo al frente de los destinos de la hermana República de Venezuela». Chávez tampoco «despertó simpatías» en Cuba, al menos en ese momento; éstas vendrían después, con la ayuda petrolera y lo obsecuente del chavismo con su propia dictadura.
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Pero todavía ofreció Romero un argumento con pretensión de teoría científicamente persuasiva:
Chávez, en su condición de sujeto subalternizado-excluido (pues era un zambo, eso es un híbrido entre afrodescendiente e indígena) elevó en su acto de insurgencia del 4-F, la voz de los silenciados. Eso fue posible por su múltiple condición histórica: 1) zambo, que representaba a los dos sujetos ahistóricos (por la exclusión), a saber: indígenas y afrodescendientes; 2) campesino marginado, al provenir de una zona rural (Barinas) y 3) militar, que formaba parte de un estamento social clave para la “estabilidad”.
El Catire Romero
José Antonio Páez (militar) fue llanero portugueseño, Rómulo Betancourt guatireño, Rafael Caldera yaracuyano, Leoni guayanés (de El Manteco), el «Indio» Jesús Ángel Paz Galarraga de los zulianos Puertos de Altagracia, Juan Vicente Gómez (militar) andino y muy rural, Jóvito Villalba margariteño, como Luis Beltrán Prieto Figueroa, a quien no por su blancura—propia de celtas, habitantes primitivos de la Península Ibérica—apodaban redundantemente el «Negro» Prieto. (DRAE: prieto. Dicho de un color: Muy oscuro y que casi no se distingue del negro). Este último señor fue Presidente de la Federación Venezolana de Maestros (la profesión de los padres de Hugo Chávez), Miembro de la Junta Revolucionaria de Gobierno en 1945 (junto con Betancourt, Leoni, Gonzalo Barrios, Valmore Rodríguez y Edmundo Fernández), Ministro de Educación, Senador y Presidente del Congreso de la República por cinco años seguidos; nunca se entendió a sí mismo como «silenciado». Se me pone que esa interpretación de Romero proviene de su propia discriminación racial, de un complejo de culpa racista y discriminadora que no debiera ser tomado seriamente en cuenta para juzgar con objetividad la arrogancia de golpistas. Por lo demás, «como han destapado en sucesión cronológica un editorial del diario Tal Cual, un artículo de Manuel Caballero en El Universal y otro de Agustín Blanco Muñoz en el primero de los periódicos, no parecieran ser consideraciones como las de Delahaye las que impulsaron la intervención del hato La Marqueseña, sino un reconcomio ancestral del Presidente de la República, quien confió al último de los nombrados que las tierras poseídas por la familia Azpúrua serían en realidad de sus antepasados. (De los de él, Hugo Chávez Frías)». (Carta Semanal #156 de doctorpolítico, 22 de septiembre de 2005). Parece que hubo un tiempo en el que los ancestros de Chávez no eran «campesinos marginados» sino terratenientes.
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Ni uno solo de los desaguisados de Carlos Andrés Pérez en su segundo período era imposible de solucionar mediante procedimientos democráticos. Como ocurrió poco después del levantamiento de Chávez et al., Pérez fue removido de su cargo por un proceso constitucional; no se necesitaba para nada una intervención quirúrgica sin anuencia del paciente, que interrumpió el proceso civil que por entonces hervía, en usurpación abusiva y asesina del derecho exclusivo del Pueblo. El 21 de julio de 1991, seis meses y medio exactos antes de la sublevación militar, yo solicitaba el abandono de su cargo en El Diario de Caracas: «El Presidente debiera considerar la renuncia. Con ella podría evitar, como gran estadista, el dolor histórico de un golpe de Estado, que gravaría pesadamente, al interrumpir el curso constitucional, la hostigada autoestima nacional».
Si no pido hoy la renuncia a Nicolás Maduro para que deje de presidir la República es porque, a diferencia de entonces, ahora hay formas de lograr lo mismo con nuestra democracia participativa—Rodríguez Torres asegura que «hay que profundizarla»—, como con la revocatoria de su mandato en la oportunidad que la Constitución prevé, o mediante la expresión de la voz de la Corona, del Pueblo, en un referendo consultivo que puede celebrarse junto con las venideras elecciones de Asamblea Nacional. No creo que Rodríguez Torres quiera ir tan profundamente, pero lo extraño es que la Mesa de la Unidad Democrática no haya acogido esta última posibilidad, que conoce perfectamente, a pesar de que Henrique Capriles Radonski dijo el 14 de enero que «éste es el momento perfecto para cambiar de gobierno». Por lo que respecta a los salidistas, tal vez prefieran la engorrosa convocatoria y elección de una asamblea constituyente (más democracia representativa, más curules y más sueldos).
Todos ellos se llenan la boca con la palabra Pueblo—que piensan y escriben con inicial minúscula—, pero no se dan por aludidos a la hora de permitirle que resuelva la crisis desde su poder superior. En este tiempo excepcional en sus problemas, consideran que el Pueblo no debe decir nada; sólo elegir a otros para que hablen por él. LEA
La forma musical es muy importante en música y a menudo descuidada. La gente quiere ir directamente a componer una pieza, sin un plan, y dejar que la música la lleve adonde quiere ir. Pero sin una idea, sin un plano de lo que imagina será la pieza, inevitablemente se terminará con algo que parece incoherente o desarticulado.
Jon Brantingham
Un compositor, por supuesto, no añade pedazo por pedazo, como hace un niño al construir con cubos de madera. Él concibe toda la composición como una visión espontánea. Entonces procede como Miguel Ángel, que cinceló su Moisés del mármol sin bocetos, completo en todo detalle, formando así su material.
Arnold Schoenberg
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Además de los componentes obvios—«…músicos que doman nuestros corazones con armonía y ritmo…» (Will Durant: Los placeres de la filosofía)—, la forma y la textura organizan y dan relieve a la experiencia musical, definen el espacio sonoro y crean las esculturas que en ella habitan. La estructura se establece con pasajes organizados en secuencia por episodios o secciones, con repeticiones y motivos, con cambios de ritmo o tonalidad. (La más gigantesca de las estructuras musicales tardó veinticinco años en ser compuesta: el ciclo de cuatro óperas de Richard Wagner, agrupadas bajo el nombre general de El anillo del nibelungo, cuya ejecución completa consume quince horas. Uno pudiera decir que, más que arquitectura, este inmenso ciclo viene a ser verdaderamente un caso insólito de urbanismo musical).
En tiempos relativamente recientes, hubo compositores que consideraron las formas canónicas—la Forma Sonata, por ejemplo—como una prisión impuesta por el academicismo. Erik Satie (1866-1925), que entró tarde al conservatorio (a sus 40 años), rehusaba construir dentro de las obligantes cajas de las formas clásicas, al punto de que uno de sus profesores, Claude Debussy, le habría dicho: «¡Satie, traiga una composición que tenga forma!» El enfant terrible regresó pocos días después con Tres piezas en forma de pera.
Pero, en general, aun los compositores más vanguardistas siguen alguna forma musical, y no es desconocido el ciclo de canon y rebeldía que se repite una y otra vez en la historia del arte. La música del Renacimiento, el clasicismo o el dodecafonismo ocurren en acatamiento a reglas—nada más estricto que la música de Schoenberg—, mientras que los románticos y los compositores del Barroco hicieron música liberada de ataduras. Es, por supuesto, la figura cimera de la música barroca el Sr. Juan Sebastián Bach, y éste tuvo una concepción indudablemente arquitectónica de su labor. Verifiquémosla en una de sus mejores creaciones: el gran Magnificat en Re mayor, poseedor de una rica y definida estructura que no por eso dejó de ser una pieza de innovación.
Es una majestuosa casa de doce habitaciones bien conectadas. Aun escuchándola sin mucho análisis, percibimos su estructura; sabemos que estamos ante una obra de clara arquitectura musical. Acá está una estupenda versión que dirige Karl Richter, al frente del Münchener Bach Chor y la Münchener Bach Orchester:
Magnificat en Re mayor
Se trata del montaje musical del cántico Magnificat que encontramos en el Evangelio de San Lucas, una alegre exaltación de la Virgen María, que dio a luz al Salvador de los hombres, el Hijo de Dios:
Magnificat anima mea Dominum,/ et exultavit spiritus meus in Deo salvatore meo, / quia respexit humilitatem ancillae suae./ Ecce enim ex hoc beatam me dicent/ omnes generationes,/ quia fecit mihi magna,/ qui potens est,/ et sanctum nomen eius,/ et misericordia eius in progenies et progenies/ timentibus eum./ Fecit potentiam in brachio suo, dispersit superbos mente cordis sui;/ deposuit potentes de sede/ et exaltavit humiles;/ esurientes implevit bonis/ et divites dimisit inanes./ Suscepit Israel puerum suum,/ recordatus misericordiae,/ sicut locutus est ad patres nostros,/ Abraham et semini eius in saecula.*
La simetría en J. S. Bach
Bach agrupa el texto evangélico en once de las secciones—la del centro el coro Fecit potentiam—y añade como número final el texto doxológico (una alabanza de la Divinidad, propia de la liturgia cristiana) del Gloria, que incluye el verso sicut erat in principio (como era en el principio). Esas palabras lo inspiraron a repetir, por primera vez en la historia de la música occidental, el material del inicio para cerrar la obra, y el efecto unificador de tal ocurrencia es indudablemente poderoso. No en vano, Douglas Hofstadter lo reunió con Maurits Escher, el artista plástico holandés, y con el gran matemático checo Kurt Gödel en una obra fascinante acerca de lógica y simetrías, cuya introducción lleva por nombre Una Ofrenda Lógico-Musical, tomado de la colección que Bach nombrara como Musikalisches Opfer y dedicara a Federico el Grande después de su esperada visita a Potsdam.
Los dos primeros números del Magnificat y los dos últimos están compuestos en la tonalidad de Re mayor, así como el centro ya señalado de la séptima sección, que viene enmarcado por dos secciones en Fa sostenido menor, precedido por la progresión Si menor, La mayor, Mi menor y seguido por Mi menor y Si menor. La asignación rítmica de los compases también muestra una estructura de alternación entre ternarios y cuaternarios. La forma general de la dinámica o volumen de la música es evidente en su espectro sónico:
Dinámica sonora del Magnificat
En suma, toda una catedral sonora. ¿Qué tal si lo volvemos a oír (y ver) en esta interpretación de Nikolaus Harnoncourt, que dirige el Concentus Musicus de Viena, con instrumentos de la época de Bach, y el Coro Arnold Schoenberg?
LEA
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*El Magnificat pudiera ser entendido como una oración socialista: Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.
¿Es posible que el barril de petróleo se coloque en veinticinco dólares en menos de un mes? ¿Es posible que el precio del petróleo descienda a diez dólares por barril? ¿Es posible una guerra entre Venezuela y Colombia? ¿Es posible un golpe de Estado en Venezuela? ¿Es posible una guerra mundial? ¿Es posible un material superconductor económico a temperatura ambiente? ¿Es posible un ataque terrorista al Metro de Caracas o a las líneas de transmisión del Complejo del Guri? ¿Es posible ganarse el Kino? ¿Es posible que el próximo Presidente de Venezuela no sea miembro del Partido Socialista Unido de Venezuela o la Mesa de la Uidad Democrátiva?
La insólita condición del ambiente del tomador de decisiones de hoy día ha generado variadas imágenes más o menos descriptivas. Así, por ejemplo, podemos hablar de “turbulencia” para referirse a los tiempos actuales; hay analistas que declaran hallarse perplejos en materia de posibilidades de predicción y admiten con reiteración que “todo es posible”. Yehezkel Dror lo pone en los siguientes términos: “La sorpresa se ha hecho endémica”. Sus esquemas analíticos, tal como han sido desarrollados por él en varias instancias, siendo las principales su artículo Policy-gambling: A preliminary exploration y su conferencia How to spring surprises on history, pueden sernos de utilidad.
En primer término, es conveniente caracterizar la incertidumbre que confrontamos. ¿Qué tipo de incertidumbre es?
La incertidumbre puede ser llamada incertidumbre cuantitativa cuando lo que ignoramos no es el tipo de eventos de posible ocurrencia, sino la probabilidad de que cada tipo ocurra. Esta clase de incertidumbre no es la más grave, aunque en algunos casos especiales puede llegar a ser muy molesta. Más profunda es una incertidumbre cualitativa, cuando es la forma misma de los eventos futuros lo que nos es desconocido.
Si se trata de una incertidumbre del tipo cuantitativo, y una sorpresa política en Venezuela sería en parte de este tipo, entonces hay ante ella dos cursos de acción disponibles. El primero consiste en tratar de reducir la incertidumbre, fundamentalmente por la obtención de más y mejor información. (Por ejemplo, las encuestas de opinión que sean confiables, la información de primera mano respecto de los entretelones palaciegos, son información que puede reducir este problema).
Sorpresa: ocurrencia de un hecho improbable
Así, la labor de inteligencia—en el sentido en el que este término se emplea en la expresión “inteligencia militar”—es el primer camino. Ahora bien, nos encontramos ante una situación en la que aun la mejor inteligencia nos dejará con una incertidumbre residual, irreductible, y por tanto será necesario adoptar un expediente adicional al de los esfuerzos por reducirla. Este segundo camino es el de estructurar la incertidumbre residual, para tener al menos la oportunidad de comprenderla mejor.
Pero además está presente en la consideración de una sorpresa política en Venezuela la segunda y más insidiosa forma de incertidumbre: la incertidumbre cualitativa. Es decir, es posible afirmar la posibilidad de ocurrencia de eventos políticos que ni siquiera podemos describir en términos cualitativos.
Dror ha enumerado los rasgos de un modelo de confección de políticas (policymaking) en las condiciones actuales al que ha llamado el “modelo de apuesta difusa”: “Una buena imagen para considerar la confección de políticas como apuesta difusa es la de un casino inestable, donde la opción de no jugar es en sí misma un juego con altas probabilidades en contra del jugador; donde las reglas del juego, las proporciones necesarias de suerte y habilidad y los premios, cambian en forma impredecible durante la apuesta misma; donde formas impredecibles de «cartas locas» (tales como un ataque terrorista o la distribución de diamantes por millonarios pródigos) pueden aparecer súbitamente; y donde la salud y la vida de uno mismo y la de sus seres amados puede estar en juego, algunas veces sin uno saberlo”.
El modelo extremo de apuesta difusa involucra situaciones en las que la dinámica que da origen a los resultados de una decisión es desconocida y toma la forma de indeterminación, discontinuidad y saltos. Algunas de las consecuencias de este estado de cosas son las siguientes:
1. Los resultados no pueden ser predichos ni en términos de posibilidades definidas ni en términos de riesgo, en el sentido técnico de distribuciones de probabilidad.
2. La adjudicación de probabilidades subjetivas es un acto que puede ser calificado de ilusorio.
3. La no-decisión, o las decisiones incrementales (modificación de las cosas “poquito a poco”), constituyen estrategias fútiles como modo de contener la incertidumbre, dado que la repetición del mismo acto o la misma política puede dar origen a resultados radicalmente diferentes en cada ocasión.
4. Los valores, y las metas mismas, pierden su constancia en la toma de decisiones, entre otras cosas a causa de cambios impredecibles en los contextos que establecen las prioridades.
5. Una mejor inteligencia, en el mejor de los casos, no puede hacer otra cosa que hacer más explícita la ignorancia.
6. Se está en presencia de una alta probabilidad objetiva de que eventos de baja probabilidad ocurran frecuentemente. En términos subjetivos, domina la sorpresa.
Estos son los rasgos de un caso extremo y abstracto de “apuesta difusa” que, no obstante, puede ser más pedagógico a la hora de comprender el tipo de situación que confrontamos. Un modelo más cercano a la realidad modera la gravedad de esos rasgos y puede ser descrito, a su vez, en los siguientes términos:
1. Una cierta proporción de los resultados podrá ser prevista en términos de —estimación cuantitativa—y en términos de posibilidades: estimación cualitativa. La proporción restante adoptará la forma de configuraciones impredecibles, con discontinuidades y saltos.
2. En una cierta proporción, las situaciones podrán ser diagnosticadas como tendiendo más hacia la discontinuidad o como tendiendo más hacia la continuidad. En una cierta proporción la ignorancia domina, sin que exista la posibilidad de evaluar de antemano las situaciones como conducentes a la continuidad o a la ruptura.
3. La utilidad del empleo de probabilidades establecidas subjetivamente, y la del análisis de decisiones que se base en ellas, la constancia de valores y metas, la capacidad de la inteligencia para contener y reducir la ignorancia, etcétera, dependerán de una mezcla de incertidumbre e ignorancia.
4. Eventos considerados como de baja probabilidad ocurren con frecuencia variable y la sorpresa llega a ser endémica.
Matriz de preparación
Puede ser que esta última enumeración no parezca mejorar las cosas demasiado. Sin embargo, permite una aproximación más constructiva al asunto. Por ejemplo, será posible, al menos para el tratamiento de una parte de los posibles eventos políticos o la preadaptación a ellos, una clasificación de los mismos en cuatro categorías a considerar, según sea su probabilidad de ocurrencia y el grado de impacto que tendrían: 1. Eventos de alta probabilidad y alto impacto, para los que sería una locura no prepararse. 2. Eventos de alta probabilidad y bajo impacto, para los que no se requiere demasiada prevención, dado que modificarían poco el statu quo. 3. Eventos de baja probabilidad y bajo impacto, los que pueden ser más o menos desatendidos. 4. Eventos de baja probabilidad y alto impacto, para los que es aconsejable, al menos, tener previsto un plan contingente, ya que de ocurrir aquéllos las cosas cambiarían significativamente. (Estos pueden ser, entre otros, la posibilidad de un verdadero outsider como Presidente o la posibilidad de un golpe de Estado militar).
Es importante advertir que en materia de la clasificación anterior no se califica los impactos en términos de bondad o maldad—un alto impacto puede ser positivo o puede ser negativo—; tan sólo se afirma que de esas cuatro posibilidades únicamente la última introduciría cambios más marcados respecto del estilo y orientación general de la actual administración en el país, pero puede haber outsiders positivos y negativos.
Desde el punto de vista de las posibilidades que provee una situación turbulenta, es necesario advertir que aumentan las probabilidades de éxito de aventuras que intencionalmente busquen cristalizar a su favor las múltiples tensiones existentes, siempre y cuando sean bien ejecutadas y den realmente salida a tales tensiones. En Road maps to the future (1980), Bohdan Hawrylyshyn dice lo siguiente: “En química, puede uno disolver más y más sólidos en una mezcla hasta que se alcanza el estado de saturación. Un solo cristal adicional puede entonces precipitar a todos los sólidos fuera de la solución. La historia reciente muestra que los eventos pueden ser precipitados en una forma análoga en sociedades en las que se acumulan demasiadas tensiones. Lo que se requiere entonces es sólo un catalizador. En Portugal puede haber sido un libro publicado por un general. En Irán, que también tenía un ejército fuerte y una implacable organización de seguridad interna, fue la voz de Khomeini, oída directamente (como del cielo) en cassettes de audio. En Polonia, el Papa, durante su reciente visita, pudo haber desencadenado casi cualquier conjunto de eventos según su escogencia».
Yehezkel Dror emplea, junto con un análisis riguroso, varias sugestivas imágenes para el enfoque del tema en Cómo sorprender a la Historia (How to spring surprises on history). Por ejemplo, nos recuerda a Maquiavelo, para “considerar la posibilidad de convergencia entre oportunidades históricas raras (ocassione) que provee la historia (fortuna) y que pueden ser utilizadas por gobernantes que tengan las raras cualidades necesarías (virtu)”. En la segunda parte de su más reciente libro—Avant-Garde Politician: Leaders for a New Epoch (2014)—, Dror enumera esas cualidades; Michael Marien las resume en su reseña de la muy importante obra: Part Two.
Pudiéramos acordar que la situación actual de la política venezolana corresponde a la situación de saturación descrita anteriormente en los términos de Hawrylyshyn. Por esta razón pudiéramos pensar que ninguno de los nombres más presentes en la escena política nacional tiene la potencialidad de ser el “catalizador” que cristalice o, mejor aún, canalice a su favor las tensiones. La gran mayoría de ellos ha tenido ya exposición pública suficiente, por lo que, si hubiera sido percibido alguno como el líder buscado, hace tiempo ya que se hubiera producido la estampida y hace tiempo ya que esto se hubiera manifestado en los registros de opinión pública.
Trabajo en equipo
Dror ofrece la tesis de que en el mundo contemporáneo la probabilidad de discontinuidades está aumentando, lo que provee “situaciones en las que es posible estimular o hacer surgir algunas discontinuidades mediante la intervención consciente». Variables exógenas de importancia (esto es, no controladas desde dentro de un sistema político en particular, por ejemplo, el precio del petróleo) así como tendencias de creciente aproximación a soluciones de crisis, son los tipos principales de factores que hacen aumentar las ocurrencias sorpresivas. A su juicio, tres situaciones principales pueden justificar o motivar los intentos conscientes de provocar mutaciones políticas: “a. Si las tendencias actuales son vistas como crecientemente negativas y cada vez más peligrosas para los valores aceptados. b. Si se ha dado un salto en los valores que lleva consigo un imperativo categórico de tratar de cambiar la realidad, aun cuando ésta sea satisfactoria para los valores previos. c. Si la realidad se percibe en cualquier caso como turbulenta y mudable, requiriendo respuestas bajo la forma de saltos en políticas como el único modo de tener, tal vez, feedback positivo. (Bien sea para evitar cambios negativos o para aprovecharse de oportunidades positivas)”.
Es también útil tomar en cuenta los pocos comentarios tentativos que puede Dror ofrecer—él mismo reconoce que en este terreno se mueve en terra incognita—ante el problema operativo: cómo se planifica mejor una sorpresa a la historia. Sobre esto dice textualmente:
La selección y el éxito de intentos por mutar tendencias depende del macroanálisis de situaciones socio-políticas y político-estratégicas y su evolución. Algunas veces un individuo se muestra capaz de asir tales Gestalten. Pero, para hacerlo sistemáticamente, son necesarias unidades especiales compactas, altamente calificadas e interdisciplinarias. Los equipos de análisis político y de inteligencia del tipo convencional son incapaces de hacer el trabajo.
Es posible definir situaciones en las que se justifiquen intentos de ir más allá del incrementalismo y de sorprender a la historia. Tendencias al deterioro que constituyan amenazas cada vez más serias; ideologías y aspiraciones que no tengan chance sin rupturas radicales de la continuidad; turbulencia histórica que o se vuelve demasiado riesgosa o provee oportunidades que no volverán; todo esto, como ya ha sido mencionado, son condiciones que pueden ser analíticamente diagnosticadas y que justifican políticas de shock.
Puede ser posible a veces el diseño de una política de shock como política dominante, la que en el mejor de los casos logra desplazamientos muy deseables en los eventos y que en el peor de los casos no involucra costos serios. En otras situaciones puede ser posible reducir los riesgos de fracaso o sus costos, mediante un sondeo y aprendizaje preliminares, construyendo sobre la base de la reversibilidad o por varias estrategias de «compensación de apuestas». (Hedging). En vista de la incertidumbre de la postdiscontinuidad, las políticas de cambio radical usualmente confrontan riesgos irreductibles e indefinibles. Por tanto, a pesar de las posibilidades arriba mencionadas, tales políticas son intelectual y emocionalmente «apuestas difusas». Todas las metodologías de confrontación de incertidumbre son útiles, pero de utilidad limitada.
Hay quienes pueden organizar la sorpresa
La prudencia (que es un juicio de valor en «loterías») requiere por tanto de un «análisis del peor caso», en el que lo pésimo de la continuación de tendencias o de la no intervención en la turbulencia ambiental se compara con lo pésimo de los intentos de causar discontinuidad. La comparación de lo pésimo de la no intervención con lo óptimo de la intervención es un enfoque muy riesgoso que no puede ser recomendado. (Aunque, inherentemente, esto es un asunto de juicios de valor sobre las actitudes ante el riesgo). Por el otro lado, la comparación de lo óptimo de la no intervención contra lo pésimo de la no intervención tampoco puede ser recomendada, por más que esto sea una difundida postura intelectual del incrementalismo y del conservatismo”.
Por último, consideremos esta opinión de Dror sobre una de las condiciones esenciales a la mutación histórica:
“Un empresariado político («policy entrepreneurship») es un requisito para darle sorpresas a la historia. Implica la existencia de políticos singulares que sean innovadores, anulen el conservatismo y quizás sean más aventureros, aceptadores de riesgo y propensos a apostar».
El revuelo suscitado por la publicación en Gaceta Oficial de normas para el control de manifestaciones ciudadanas por la Fuerza Armada Nacional fue el tema de la edición de hoy de Dr. Político en RCR. Se dio lectura a la nueva normativa y artículos pertinentes de la Constitución, así como se tomó en cuenta opiniones expertas, como la de la abogada Rocío San Miguel, ducha en cuestiones militares. En ningún caso las normas promulgadas significan «la muerte de los Derechos Humanos» en Venezuela, ni la instauración en el país de la pena de muerte. Alfonso Ortiz Tirado nos cantó Fúlgida luna (atribuida a Vicente Emilio Sojo) y el último segmento se inició con el poderoso comienzo (Maestoso) del primer concierto para piano y orquesta de Johannes Brahms. Acá está el audio de la transmisión que cerró el primer mes de 2015.
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