por Luis Enrique Alcalá | Ene 11, 1996 | Política, Referéndum |

La potencia con la que comienza el año el gobierno de Rafael Caldera es considerable. La actividad del Presidente de la República es de tal grado de intensidad y variedad que tiene a los demás actores políticos a la expectativa y en análisis o, simplemente, paralizados. Ha recibido visitas de los gobernadores y alcaldes electos más significativos, y ha asistido a la toma de posesión de aquellos a los que ha querido distinguir de algún modo; está a punto de producir una decisión en torno al punto crucial del régimen de prestaciones sociales; produce un discurso de Año Nuevo de casi unánime aprobación; ha recibido a nadie menos que Alberto Fujimori y se apresta para recibir al Papa; aparece en la fiesta aniversaria de COPEI…
Seguramente ha sido este último el golpe más vistoso del Presidente. Caldera se “robó el show” de la fiesta aniversaria de los 50 años de la fundación del partido verde, evento de 1946 en el que no estaban presentes, por cierto, ni Luis Herrera Campíns, ni Donald Ramírez, ni Eduardo Fernández, pero sí estaba, como protagonista principal, Rafael Caldera Rodríguez. Llegando sin previo aviso al sitio de la celebración, desarticuló las defensas de un sorprendido Comité Nacional, cuyos miembros no tuvieron más remedio que recibirle con saludos que iban desde la frialdad más comedida hasta la efusión más sincera, en medio de una algarabía de los presentes que vocearon consignas en pro de la unidad de los políticos socialcristianos.
Menú de verduras
Hacia fines de 1993, ya electo Rafael Caldera, escribíamos, el Día de la Inmaculada, un artículo que fue publicado en El Nacional y que queremos reproducir in toto: “Poco falta para que en Oslo los señores De Klerk y Mandela reciban juntos, hermanados, el Premio Nobel de la Paz. ¿Es que hay en Venezuela una rencilla de mayor monta que la que representaban Mandela y De Klerk en Africa del Sur?
Hoy en día las Alemanias separadas ya son una sola, hoy en día los Estados Unidos y Rusia cooperan, Israel y la Organización para la Liberación Palestina cooperan. ¿Son los conflictos venezolanos más importantes que los de estos antiguos enemigos?
En 1992, ¿había entre COPEI y Pérez una diferencia menor que la que hay hoy día entre COPEI y Caldera? En ese año la intención del salvamento de la democracia sirvió para la participación de COPEI en el gobierno de Pérez. ¿Es que hoy en día la situación nacional es menos apremiante que entonces?
Es difícil encontrar algún punto en la «carta de intención» de Caldera, resumen de su programa de gobierno, que colida frontalmente con algún postulado doctrinario de COPEI. ¿Qué argumento podría esgrimirse, entonces, para que COPEI negara su apoyo a Rafael Caldera? La carta de intención mencionada es, como se ha hecho habitual en la política venezolana, un discurso con el que es muy difícil decir que se está en desacuerdo. No, la resistencia del alto mando copeyano a la cooperación con el gobierno de Caldera no tiene origen programático. Es la resultante de una competencia por el mismo objetivo: el poder.
Pero, ¿qué han dicho los dirigentes copeyanos, en advertencia a Caldera, que no pueda ser de inmediato y con mayor gravedad aplicado a COPEI y su más reciente candidato? ¿Que Caldera ha recibido solamente el apoyo de dieciocho por ciento de los electores? El candidato de COPEI recibió el doce por ciento. ¿Que Caldera dice que algunas cosas del paquete perecista permanecerán? COPEI no puede pelear con eso. Ni Caldera, por supuesto, puede pelear por eso con COPEI.
En 1979 asumía la Presidencia de la República Luis Herrera Campíns, candidato de COPEI. También asumía la Secretaría General del partido Eduardo Fernández. En el acto de proclamación de Eduardo, Caldera arremetió con un fuerte discurso, mucho más fuerte que el atributo de «inmaduro» que ahora endilgó a Oswaldo y Andrés Velásquez por no haberle reconocido su triunfo con mayor prontitud.
Pero a pesar de aquel acre discurso de 1979 contra, fundamentalmente, Pedro Pablo Aguilar, más cercano a Luis Herrera, COPEI terminó ofreciéndole a éste su «solidaridad inteligente», como queriendo decirle que no se le entregaba al presidente de entonces un cheque en blanco, por más copeyano que fuese. ¿Es que Caldera no puede recibir de COPEI al menos una solidaridad de ese tipo? Si esa fue la solidaridad que él ofreció por intermedio de Eduardo Fernández, ¿no debiera ofrecérsele al menos eso mismo?
La estrategia de la dirigencia copeyana de los años recientes no ha llevado al éxito candidatural. COPEI perdió en 1983 con Rafael Caldera, perdió con Eduardo Fernández en 1988, perdió con Oswaldo Álvarez Paz en 1993. No hay cifras ni malabarismos interpretativos que puedan ocultar o disimular esos hechos, por más laudable que sea el esfuerzo de los líderes copeyanos por animar a una militancia dolida. Pero no todo lo que la dirigencia copeyana ha estado haciendo puede estar equivocado, o no habrían obtenido, primero en las encuestas y luego en las elecciones, la votación más alta entre las organizaciones políticas. Esa es precisamente la contradicción que hay que explicar.
Lo indicado ahora para COPEI es la reflexión más profunda y cuestionadora sobre lo que habían venido siendo sus esquemas estratégicos, evidentemente equivocados en grado importante. O su dirigencia actual recapacita y enmienda, o la población copeyana encuentra un nuevo liderazgo, o COPEI va hacia su desaparición. Pero el camino de la recuperación de COPEI no pasa por la contestación de rabieta con rabieta. Si COPEI ha sido un consecuente defensor de los entendimientos, hasta con los adversarios doctrinales de antaño, ¿cómo podría justificar su negación a cooperar con Rafael Caldera?
La tragedia de COPEI consiste en que sus líderes, en gran medida, han hecho la política que Rafael Caldera les enseñó a hacer. Pero la solución de COPEI es la política, no la polémica. Puede cooperar con Caldera, debe cooperar con Caldera, exigiéndole a éste un tratamiento respetuoso.
Para empezar, COPEI debe leer con mucho detenimiento la carta de intención de Rafael Caldera. Debe determinar a cuáles de sus planteamientos creerá que debe oponerse, si es que existe alguno, y decirlo leal y abiertamente al Presidente. Pero decirle también: en todo lo demás, cuente con nuestro apoyo”.
No tenemos razón hoy para modificar una sola coma del texto anterior. La estructura del problema es la misma y por tanto la solución debe discurrir por el mismo cauce. Más aún, los resultados del 3 de diciembre de 1995 indican que es urgente para la “familia” socialcristiana algún tipo de dilucidación de su problema. Por el lado del calderismo, Convergencia poco menos que ha desaparecido, mientras que COPEI resultó igualmente muy vapuleado.
Por supuesto, la acumulación de resentimiento de ambos lados es considerable y, lamentablemente, las organizaciones políticas no escapan a la pequeñez. Más peso tienen, habitualmente, las rencillas, las listas reivindicatorias, que los intereses más fundamentales. Es por esto que la reunificación socialcristiana es harto difícil.
Sin embargo, debería ser menos difícil que poner en práctica la peregrina idea—que no fue rechazada por Donald Ramírez, nada menos—de constituir entre COPEI, el MAS y la Causa R una alianza contra Acción Democrática. Es síntoma de pequeñez, de pérdida de la conciencia política profunda, el estar dispuesto a componendas tan absurdas como la de esa alianza porque Rafael Caldera no saludó a alguien o Andrés Caldera despidió de su puesto a tal o cual copeyano. Como tampoco el Presidente de la República debe oponerse a una reunificación socialcristiana porque Felipe Montilla haya empleado el adjetivo “perverso” en relación con supuestas intenciones del calderismo.
Pero aun si se produjese esa reunificación, no se habría logrado nada si COPEI continúa siendo lo mismo que ha venido siendo hasta ahora. Así como el Estado venezolano, así como Acción Democrática, COPEI necesita sufrir una reingeniería profunda. En 1994 esta publicación incluyó un “Estudio copeyano”, en el que se apuntaban, entre otras, cosas como la siguiente: “A la fundación de COPEI, estas siglas designaban a un «Comité de Organización Política Electoral Independiente». La designación de partido «socialcristiano» o «demócrata cristiano» fue una consideración posterior aunque, naturalmente, respondió a la ideología predominante entre los miembros fundadores, provenientes de institutos de educación católica. COPEI podría volver a pensarse a sí mismo como un comité de operaciones políticas y electorales, dejando a la dimensión personal de sus militantes el problema ideológico y ético de guiarse en la acción política por un código de criterios de inspiración cristiana o, más concretamente, de inspiración en la doctrina social de la iglesia católica… Es decir, COPEI no insistiría en una aglutinación ideológica tan «integrista» como llegó a plantearse a partir de los años sesenta, conformándose con establecer un «límite socialcristiano». Esto es, abandonaría toda esperanza de deducir políticas a partir de primeros principios y en cambio rechazaría toda política que fuese incompatible con el código de valores del socialcristianismo”. (Vol. 1, Nº 8, 19 de octubre de 1994).
Quien parece estar trabajando en la dirección de la reunificación socialcristiana es Eduardo Fernández. Recientemente pasó trabajo tratando de justificar la presencia de Caldera en el acto aniversario, ante una mayoría de opiniones contrapuestas y seguramente continuará en la misma dirección por algún tiempo. Del lado contrario encontrará a Luis Herrera Campíns, Donald Ramírez, Felipe Montilla, Gustavo Tarre Briceño, a pesar de que este último escribió no hace demasiado tiempo: “Copei significa demasiado para Caldera, para que puedan existir barreras que le separan de su obra más importante, que es precisamente el partido. Caldera significa demasiado para el alma de Copei y creo que, a pesar de todo nunca perdió vigencia la afirmación de que en Copei, el que no es calderista no es copeyano”. (Carta abierta a los copeyanos, Ediciones Centauro, segunda edición, junio de 1990).
En buena medida es Rafael Caldera quien tiene el sartén tomado por el mango. Como lo demostró su aparición inesperada en el acto aniversario del partido que fundó en 1946, es muy difícil que dirigentes copeyanos inteligentes y de verdadero peso específico puedan articular un rechazo montado sobre argumentos convincentes.
De nuevo, la autocita. En el Nº 0 del Volumen II de esta publicación (abril de 1995) escribíamos esto: “En 1987 Rafael Caldera comunicó al pueblo copeyano que pasaba a la reserva del partido, como resultado de su derrota ante Eduardo Fernández en la selección del candidato de COPEI para las siguientes elecciones presidenciales. Caldera jamás dijo que renunciaba a COPEI, y el propio partido no se atrevió, como si lo hizo Acción Democrática con Carlos Andrés Pérez, a expulsarlo de sus filas, limitándose a producir una bizantina declaración en el sentido de que el propio Rafael Caldera se habría puesto al margen de la militancia al aceptar su postulación presidencial desde otras toldas diferentes a las de COPEI. ¿Qué pasaría hoy si se le ocurriera decir a Rafael Caldera que ha salido de «la reserva»? ¿Cómo podría manejar COPEI una jugada de esta naturaleza?”
Blanco es el mantel
Son los resultados electorales recientes los que, por supuesto, motivan la sorpresiva “apertura” de Rafael Caldera. El telón de fondo es blanco ahora en su mayor parte, a partir del 3 de diciembre, y por más que hasta ahora ha sido Acción Democrática la más “comprensiva” entre las organizaciones políticas en relación con las necesidades legislativas del gobierno de Caldera, éste no puede presumir que tal actitud sea de vida perdurable y, aunque lo fuera, no debe resultarle agradable la perspectiva de depender para todo de las decisiones de Luis Alfaro Ucero.
Que este señor es el señor de Acción Democrática no puede ser discutido, hasta el punto de que si este partido tuviese que determinar hoy quién sería su próximo candidato presidencial, Luis Alfaro Ucero no tendría opositores. Así se cuidó de decirlo, por ejemplo, Lewis Pérez, uno de los mencionados como presidenciables, ante militantes que le presionaban sobre el tema.
Alfaro ha procedido, por lo demás, a completar la purga del partido. Lo que pudiera quedar de perecismo con alguna posibilidad de influencia ha sido suprimido, en medida tempranera de este año de 1996 que define un punto clave de la política acciondemocratista, antes de que la Corte Suprema se haya pronunciado en el caso contra Carlos Andrés Pérez.
Esto tiene un significado adicional: Antonio Ledezma no está en la lista de los execrados, y eso le deja vivo como protoprecandidato de Acción Democrática para 1998. Ledezma suena mucho más, por supuesto, que el propio Alfaro Ucero, y esto es una conjunción de dos personalidades bastante diferentes. La de Ledezma, personaje extravertido, afanoso, halagador, muy pendiente del marketing de imagen electoral. La de Alfaro, persona taciturna, reservada, tenaz.
Pero ni siquiera Antonio Ledezma, con su bastante trabajada y buscada imagen nacional de presidenciable, sería capaz de hacer oposición a Luis Afaro Ucero en caso de que la determinación del candidato de Acción Democrática tuviese que obtenerse ahora. El punto es que esa determinación tomará, con mayor probabilidad, casi dos años a partir de ahora. Si Acción Democrática, si Alfaro Ucero, se portan bien y no cometen errores, entonces hay, como en el cuento ruso, dos posibilidades: o es el propio Alfaro el candidato, o éste permite “abrir el juego” a otras figuras de AD. Y esto último permitiría, a diferencia del cuento ruso, al menos tres posibilidades: Antonio Ledezma, Lewis Pérez, Guillermo Call.
Ledezma tiene el importante problema de haber prearrancado; Alfaro, nuevamente, determinará el momento en que se permita hablar de candidaturas presidenciales en Acción Democrática. Ha prearrancado Ledezma porque es el más vistoso de los candidateables de Acción Democrática. El que emite más señales. Eso lo ha posicionado en la mente de más de un Elector como el próximo candidato adeco, y por tanto, en opinión de muchos, como el próximo Presidente de la República. Pero eso mismo lo obliga a un desempeño impecable, porque esa misma imagen y el cargo que ahora ocupa lo mantendrán bajo intenso escrutinio. Por cierto, es muy sostenible la tesis de que el cargo de Alcalde es de ejercicio considerablemente más difícil que el de Gobernador del Distrito Federal, que fue su puesto en la fase final de Carlos Andrés Pérez y del que salió, sorprendentemente, menos marcado que, por mencionar el nombre de otro sobreviviente a la purga de Año Nuevo, Carmelo Lauría. Esto es así porque las alcaldías tienen una relación más directa con la clientela electoral. En cambio, el cargo de Gobernador del Distrito Federal—el único gobernador no electo—es el de un ministro de segundo rango, puesto que sus funciones más ostensibles se establecen en un área en la que el Ministro de Relaciones Interiores, simplemente, manda más.
No es pues, sencillo, el camino que Ledezma tiene por delante en la Alcaldía de Caracas. Y si no que lo diga Aristóbulo Istúriz, que si no ganó las elecciones, por lo menos tuvo el impresionante logro de obtener juicios y comentarios aprobatorios en predios del Country Club a pesar de ser de obvia coloración y, quizás más en su contra, de ser maestro, y que sin embargo dio la mayor lección de elegancia política entre todo el crecido número de perdedores del 3 de diciembre.
El camino de Ledezma es difícil. Y si no que lo diga Claudio Fermín, que para todo propósito práctico puede considerarse totalmente impedido en la actual Acción Democrática. Lo que significa que si Ledezma llega a ser postulado por AD después de sortear con éxito el campo más o menos minado de la Alcaldía de Caracas, habrá de reconocérsele grandes dotes de político, en el sentido tradicional de la palabra.
Lewis Pérez es un caso diferente. Menos asertivo que Ledezma, es un hombre que estudia, que está pendiente de informarse, y que puede ser visto con facilidad como una persona que lleva el “sello Norvén” de Luis Alfaro Ucero. Si no llegare a ser el candidato de AD, sería o porque Alfaro decide autopostularse, o porque Alfaro opina que su carácter es inferior al de otro acción-democratista.
Guillermo Call es reconocido por personas ajenas a Acción Democrática como un político de gran penetración. Su inconveniente es su carencia de imagen nacional. En Monagas, feudo de Luis Alfaro Ucero, tiene una aprobación mayoritaria. En quienes conocen su trabajo en ese estado de Venezuela, incluso, como hemos dicho, en quienes no son adecos—un fundador de COPEI, por ejemplo—su imagen es bastante positiva. Call tendría que hacerse más notorio, y la renovación del Comité Ejecutivo Nacional de Acción Democrática podría permitirle una mayor proyección.
Nada de lo anterior debe ser entendido como una predicción de silencio o rendición inmediata de Carlos Andrés Pérez, de los recientemente expulsados—Alonso López, Perozo, etcétera—o de Claudio Fermín. Cada uno de estos pataleará, sin duda, pero no tienen el más mínimo chance de prevalecer en la Acción Democrática de la égida alfarista, de la Acción Democrática que triunfó en diciembre y que en gran medida lo hizo porque procedió, primero que nada, a expulsar de sus filas a Carlos Andrés Pérez. (Ya para la época del caso Sierra Nevada, cuando la Comisión de Ética de AD encontró motivos para censurar a Carlos Andrés Pérez, Alfaro y sus oficiales, entre quienes se encontraba el antiguo pupilo Luis Raúl Matos Azócar, estaban entre los más decididos atacantes del ex presidente en reclusión domiciliaria).
Es más, entre los cursos más probables de la actual política venezolana, en vista de la manifiesta incapacidad de quienes hayamos intentado una organización política distinta de las de corte más tradicional—AD, COPEI, MAS, Causa R, Convergencia—está la continuación del proceso de recuperación de Acción Democrática.
¿Cuál va a ser la actitud de esta Acción Democrática repotenciada ante el gobierno de Rafael Caldera en lo sucesivo? Nuestra impresión es la de que Alfaro Ucero, aunque seguramente tomó en cuenta la debilidad de AD y COPEI, del Congreso de la República, y la fortaleza de la imagen del Presidente de la República durante el primer año del este su último período, ha considerado razones más profundas que las de la mera conveniencia partidista. Esto es, en nuestra opinión, Alfaro Ucero es un hombre serio, como diría Leopoldo Díaz Bruzual.
Pero, naturalmente, en el juego tradicional de la política las conveniencias pesan de modo determinante, y no es en absoluto un futuro dado uno en el cual el presidente Caldera vea totalmente erosionada su figura y el respeto amplio con el que se le distingue, aun si se critica su reciente ejecutoria. Como acaba de demostrar el Presidente, mantiene muy a punto su capacidad de ejecutar movimientos tácticos con un sentido del timing y de la escena que ya desearía para sí Antonio Ledezma. Es por esto que no tiene nada de inminente un deslinde entre Acción Democrática y el gobierno.
Eppur si muove
El gobierno de Caldera está vivo. Nuevamente arranca un nuevo año con una mejora instantánea. A comienzos del año pasado andaba montado sobre la ola generada a fines de 1994: “El diciembre de Caldera incluye una victoria diplomática considerable, al haber logrado la inclusión programática de la lucha contra la corrupción en la agenda de la Cumbre de Miami; incluye los resultados favorables de la encuesta Gaither, con un ascenso de un 19% de los niveles de aprobación en los últimos meses; incluye un importantísimo espaldarazo de Michel Camdessus, el Director del Fondo Monetario Internacional; incluye unas predicciones de PDVSA bastante más moderadas que las de la encuesta del IESA en materia de inflación y valor del dólar (IESA: inflación de 100%, dólar a Bs. 274; PDVSA: inflación de 50%; dólar a Bs. 200); incluye, finalmente, la decisión sobre la apertura a la inversión foránea y el cronograma de privatización de algunas empresas de la CVG. Que se haya podido culminar así un año que transcurrió dentro de un elevado nivel traumático no tiene poco de milagroso. Es la conciencia de esta coyuntura triunfal lo que permite a Rafael Caldera hablarle al Congreso con tono exigente”. (referéndum, Vol. 1, Nos. 9 & 10, noviembre-diciembre de 1994).
Del mismo modo, y si bien el año de 1995 fue menos traumático que el de 1994—que absorbió el grueso de la crisis financiera—Rafael Caldera comienza de nuevo con bríos, ya lo hemos registrado, en buena medida porque tuvo que superar, precisamente, un segundo año de gobierno aún pleno de importantes dificultades, durante el que, por primera vez, su nivel de aprobación popular descendió. Destaca, por ejemplo, el analista Robert Bottome en su muy prestigiosa y útil publicación mensual (traducción libre de su versión inglesa): “Durante la mayor parte de 1995 se trató de convertir a la corrupción en un tema resaltante. No obstante, de algún modo las acusaciones de fraude en altos lugares no parecen cuajar. Chistes sí, pero preocupación seria no”. (Frog Soup, VenEconomy Monthly, December 13, 1995).
Naturalmente, ni las dificultades de fondo ni los escollos en general han desaparecido. Al mes de esa certificación de buena conducta resurge con nuevos bríos lo que pudiera ya comenzar a llamarse el affaire de la licitación de la Autopista Caracas-La Guaira, emergen acusaciones sobre la comercialización de indultos—que no de indulgencias—con motivo de la visita papal, y se enturbia de nuevo la política económica con las diferencias entre el Ministerio de Hacienda y, por una parte, el SENIAT y, por la otra, PDVSA.
Si el presidente Caldera quiere de verdad que este año de 1996 transcurra por una senda más serena, es posible que la figura de Luis Raúl Matos Azócar haya comenzado a ser ya un costo que querrá ahorrarse. Matos, que ingresó al gobierno precisamente para cerrar un enfrentamiento de PDVSA con la Junta de Administración Cambiaria, y que produjo la instantánea —y prácticamente unánime—aprobación de los actores y observadores de la economía venezolana, pareciera estarse labrando una inmolación que podría incluso servir, una vez “ablandado” el Fondo Monetario Internacional, para recomenzar a través de un ministro nuevo, la búsqueda de un acuerdo con este organismo en términos lo más cercanos que sea posible al desiderátum del gobierno.
A menos que Matos sea para Caldera lo que Díaz Bruzual fue para Herrera. En este último caso el radical estaba en el Banco Central de Venezuela y el conservador—Ugueto—estaba en el despacho de Hacienda. Caldera ha invertido las posiciones. Díaz Bruzual fue para Luis Herrera, en sus palabras, una “segunda voz en materia económica”, mientras que Rafael Caldera ha preferido asignar a Matos, admirador de Robin Hood, el papel de primer tenor.
Habiéndose puesto de moda, en todo el mundo, las cosas que ocurrían hacia 1945—el golpe del 18 de octubre, la Segunda Guerra Mundial, las frases de Churchill—no sería descabellado imaginar a Rafael Caldera con una chaqueta de piloto de bombardero cuya nariz, una vez más, apunta hacia arriba en medio de un asedio antiaéreo que todavía no ha concluido. ¿Cuántas veces podrá el piloto repetir la maniobra? ¿Cuánto combustible le queda? ¿Llegará un momento en el que una granada estalle en las mismas entrañas del bombardero?
Aun si llegara a ocurrir esto último queremos aventurar una doble predicción. Nadie que intente llegar a Miraflores tendrá éxito si busca hacerlo centrado sobre un ataque despiadado a Rafael Caldera. Nadie que quiera ser Presidente de la República lo logrará a través de una defensa entusiasta de Carlos Andrés Pérez. Pérez es pasado que los venezolanos no queremos reeditar. En cambio, de no mediar errores garrafales en lo sucesivo, Caldera tendrá un reconocimiento que ha ganado, por ahora, irreversiblemente. De lo más que podrá acusársele será de oponerse al absolutismo del mercado libre, y por eso, a pesar de que su carácter pueda producir la irritación de ciertas epidermis, un juicio mayoritario de la población, que no dejará de escuchar a sus defensores, tenderá a pensar que Caldera “estuvo del lado del pueblo”. Lo demás, que habla de traidores y fusilamientos, que sea arrogante, que tenga pretensiones dinásticas, que se fue de COPEI, caerá como insubstancial ante el meollo mismo de este período: la lucha de un viejo Cid ante la invasión de Fukuyama, ese que declaró que la historia había terminado porque ahora todo el planeta sería, como los Estados Unidos, democrático y capitalista.
Es posible que de todo esto sean los rasgos caracterológicos de Caldera lo que más alimente la oposición a su figura. Por ejemplo, nadie objeta con la pasión conque el cargo de Andrés Caldera es objetado, que Henrique Salas Römer haya puesto a su hijo como sucesor y lo haya candidateado en una mini Convergencia carabobeña, fuera del cauce de COPEI. La patricia altivez de Caldera es, para unos cuantos, un revulsivo y, en el mejor de los casos, un handicap en un país que fue psíquicamente formado, desde 1945, en los ideales democráticos por el taller de alfarería del partido de Alfaro.
Sería craso error suponer que un juicio a Caldera encontraría inerme y sin argumentos a su defensa. Sería igualmente una equivocación mayúscula, sobre todo para COPEI, suponer que el destino de Rafael Caldera va a ser similar al de Carlos Andrés Pérez. Es comprensible que los deudos del paquete perecista tengan un interés, tan intenso como cerrado sea su luto, por borrar la raya de haber sido miembros del elenco salino-gortarista del último gobierno de Carlos Andrés Pérez. (El primer gobierno fue lópez-portillista). “Pero quienes antes no atentaron contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez carecen de toda autoridad moral para atentar ahora contra el gobierno de Rafael Caldera Rodríguez”. (referéndum, Vol. 1, Nº 6, 8 de agosto de 1994).
A estas alturas de su vida, Rafael Caldera se encuentra buscando, de nuevo, un sucesor. Hasta ahora tuvo dificultades con sus escogidos y delfines: Lorenzo Fernández, Eduardo Fernández, Oswaldo Álvarez Paz. Y esto pudiera ser una manifestación de algo que parece ser extraño fractal de la sociedad venezolana: las segundas generaciones que dilapidan lo que la primera hizo. José Joaquín González Gorrondona y el “Junior”; Iván y Maurits Lansberg; Eugenio Mendoza Goiticoa y Eugenio Antonio; Pedro Tinoco y Gustavo Gómez López; Hans Neumann y Philippe Erard. Hasta los mayores hijos de Caldera—Rafael Tomás y Juan José—parecen desinteresados en o incapaces de sucederle, puesto que es el menor de la prole quien pudiera tener el más prometedor futuro político.
Lo natural o, tal vez más propiamente, lo convencional, sería que COPEI fuese la madre que le gestase ese heredero, por más que fuere, a la larga, a diferenciarse del padre, como Alejandro de Filipo o Carlomagno de Pipino. Claro que si el COPEI burocrático de Donald Ramírez pretende más bien perseguir el espejismo de la unión antiadeca de su partido con el MAS y la Causa Radical, estaría perdiendo la oportunidad de consumar ese difícil matrimonio y, por tal expediente, no haría otra cosa que hacerle el juego a Acción Democrática. En efecto, no es que AD tenga miedo ni siquiera de un COPEI reconstituido—tal es el rescate de la autoestima adeca que Alfaro está logrando—pero no hay duda de que si Acción Democrática pudiera escoger, preferiría con mucho una confrontación en la que ella sería un polo indiviso ante un otro polo fragmentado.
Este año de 1996, que nos deparará más de una sorpresa, será también el que producirá las definiciones de cuestiones tales. De resto, y “por ahora”, no parece que cosas como el “movimiento” de Miguel Rodríguez puedan calzar los zapatos del Úslar anti status, el maestro campanero que estuvo a punto de lograr algo distinto en 1963.
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por Luis Enrique Alcalá | Ene 11, 1996 | Política, Referéndum |

Cuando corrían los días de 1969, el primer año de gestión del primer gobierno de Rafael Caldera, su Ministro de Educación de entonces, el Dr. Héctor Hernández Carabaño, pidió al hoy difunto Dr. Alfredo Anzola Montauban—gran señor de las iniciativas privadas de compromiso social—que reuniese en su casa a una veintena de amigos—empresarios, ejecutivos privados, académicos—para plantear una cuestión que le preocupaba grandemente. Explicó el Ministro a los circunstantes que el Congreso de la época, dominado mayoritariamente por Acción Democrática, había reducido prácticamente todas las partidas del presupuesto nacional, con el interés político de hacerle la vida más difícil al presidente Caldera. El recorte había alcanzado a todos los ministerios, salvo—milagro divino o nuevamente interés político o populista de los adecos—al despacho de Educación, el que no sólo no había sufrido reducción presupuestaria, sino que, por lo contrario, había obtenido un incremento respecto del presupuesto anterior en la fabulosa suma (para entonces) de 120 millones de bolívares al año.
La felicidad de Hernández Carabaño había durado poco, sin embargo. A las pocas semanas de este aumento en los recursos, uno de los consabidos conflictos laborales del magisterio—también controlado por Acción Democrática—había succionado 80 de esos 120 millones, y luego un inventario físico de las edificaciones escolares había determinado la necesidad de gastar de emergencia los restantes 40 millones, so pena de que los techos de varias escuelas se desplomaran sobre los alumnos. Hernández declaró, pues, que no le restaba ni un solo bolívar para invertir en nuevos programas que pudiesen innovar sobre el mero mantenimiento de lo existente.
Esto no era, no obstante, lo que más preocupaba al Ministro de Educación. La más angustiada de sus cuitas tenía que ver con un problema que ya no era de recursos financieros, sino de tiempo para manejar el cambio. Según confió Hernández Carabaño esa noche en la casa que Anzola tenía en Los Campitos, su gestión como Ministro no pasaba la de ser un apagafuegos, y vivía de crisis en crisis, absolutamente impedido para dedicar un minuto siquiera al problema más importante del futuro de la educación venezolana. Era por esto que había solicitado la reunión, puesto que lo que quería de los invitados era que se apropiaran la tarea de pensar constructiva y creativamente sobre ese futuro.
Una recomendación enviada días después al Ministro era que tratara de desdoblarse en un ministro ordinario, que actuaría la mayor parte del tiempo en su papel de bombero apagafuegos, y un ministro extraordinario que reservase un día a la semana para dedicarlo al trabajo de largo plazo. Pero en verdad lo que Hernández Carabaño andaba buscando, sin proponérselo jamás de ese modo, era una Cafreca del sistema educativo. Hoy en día, a más de un cuarto de siglo de distancia, el actual Ministro de Educación se queja de que le resulta muy difícil cambiar la educación nacional desde adentro del “monstruo” del Ministerio de Educación.
Probablemente sea la más reiterada imagen del discurso de Rafael Caldera de los últimos años la alegoría del túnel que ahora Venezuela cruza en la oscuridad. Pudiera decirse que el presidente Caldera entiende su misión como la de guiarnos en las tinieblas, y que tal vez sienta que tocará a otros ejercer el liderazgo a campo abierto y a plena luz del día. Una clave de esta última presunción parece hallarse en la más importante de las declaraciones contenidas en su discurso de Año Nuevo, el 1º de enero de este año de gracia de 1996. Al referirse a la abstención de la mitad de los Electores en las pasadas elecciones estadales y municipales, Rafael Caldera estimó que tal hecho constituía una atractiva invitación para que “nuevos valores humanos, nuevas ideas, nuevas organizaciones políticas” se incorporen a lo que llamó el debate trascendente.
Este segundo gobierno de Rafael Caldera no es sino la amplificación, a niveles desproporcionadamente altos, de la situación que le tocó vivir a Héctor Hernández Carabaño en el Ministerio de Educación de 1969. Seguramente hay intentos por alcanzar metas más “trascendentes” que la mera estabilización económica, como se ha dado, notablemente, en la estrategia de acercamiento al Brasil, o como se producirá, probablemente, en un acuerdo feliz en materia de reforma del régimen de prestaciones sociales.
Pero, en términos generales, este gobierno ha estado signado, desde el comienzo, por una situación de recrecida crisis, a partir sobre todo de la débâcle financiera, la madre de todas las crisis. Día tras día los temas de las finanzas públicas, de la recesión económica, de la inflación, de las escaramuzas con Colombia, de la inseguridad ciudadana, han dominado el panorama y exigido la plena atención del gobierno, al punto de que un importante Ministro haya pensado que el principal problema de este período es el de la “gobernabilidad”. Y a pesar de que los resultados electorales de diciembre y las conversaciones tripartitas sobre las prestaciones sociales hayan provisto un cierto remanso, pudiera muy mal ser que este fenómeno de la escasez de tiempo para la consideración estratégica, esta sobrecarga táctica en el manejo de crisis tras crisis, continúe predominando.
El Estado venezolano está urgido, sin duda, de una profunda reingeniería, tanto por causas de su propia patología, de su propia escala tumoral, como por razones incontrolables de variación del contexto internacional, en el que aceleradas y profundas transformaciones dejan atrás las previsiones paradigmáticas de la Constitución de 1961 y los conceptos políticos de los inicios de la democracia en nuestro país. La pregunta es ¿conviene que sea este mismo gobierno el que se reforme a sí mismo, es conveniente que La Electricidad de Caracas cambie sus frecuencias, o se necesita una operación Cafreca en el Estado venezolano, un intervalo solónico en el que la misión sea, exclusivamente, producir ese cambio profundo del sistema al que, una vez transformado, podrán venir a operar los Pericles del futuro?
¿Qué ha significado en términos de impacto real, por ejemplo, el expediente de las sucesivas comisiones para la reforma del Estado? Desde la época de Betancourt, cuando operaba la Comisión de Administración Pública, y por la que pasaron jefes como Héctor Atilio Pujol y Allan Randolph Brewer Carías, hasta la COPRE de hoy en día, instaurada por Jaime Lusinchi y combatida por él mismo en la época de Carlos Blanco como su Secretario Ejecutivo, y ahora presidida por el jurista Ricardo Combellas, ¿qué ha producido como efecto real, más allá de perpetuar una burocracia, producir montañas de papeles y participar en cuanto foro, congreso o seminario se invente en el país independientemente del tema? No hace mucho, por poner un caso, la COPRE montó un seminario sobre la problemática de seguridad en Venezuela, sobre el punto de la sustitución de la Ley de Vagos y Maleantes. Naturalmente, puede argumentarse que la actividad delictiva es un problema de Estado, pero por ese camino puede vincularse prácticamente cualquier cosa que ocurra en nuestro país con la COPRE, la que debería más bien concentrarse en su misión central de generar un plan de conjunto para la reingeniería del Estado venezolano.
Más aún, hace ya casi dos años que argumentábamos en esta publicación sobre las siguientes líneas: “Cabe también preguntarse qué es lo que Rafael Caldera puede hacer con la crisis. Qué es lo que le permitirá hacer su peculiar marco mental, su paradigma político… Caldera es, por sobre todo, un hombre formado en leyes, habituado a entender las soluciones como un acto legislativo. Durante su primera presidencia, por ejemplo, acometió con esa óptica el problema de la reforma de la Administración Pública… Hasta 1968, la estrategia en materia de la reforma del Estado había sido, mayormente, una de sistemas y procedimientos. Así habían transcurrido los gobiernos de Rómulo Betancourt y de Raúl Leoni. La Comisión de Administración Pública dirigida por Héctor Atilio Pujol se planteó, en gran medida, el problema de la reforma como un problema de disciplina y sistematización. ¿Había problemas con dos taquillas de cedulación o tres ventanillas de peaje? Entonces el problema se resolvía con seis taquillas adicionales o cinco ventanillas más. ¿No había suficiente control con un triplicado? Pues habría entonces que establecer un procedimiento de sextuplicado… Es la primera presidencia de Caldera la que intenta un enfoque integral, total, de la reforma del Estado venezolano. Pero es también la que la ataca como si se tratase, primordialmente, de un problema jurídico… Por esta razón el Presidente de la Comisión de Administración Pública de ese primer gobierno de Caldera fue el Dr. Allan Randolph Brewer Carías, experto en Derecho Público, pero que no había sido nunca antes expuesto a un contexto organizacional complejo, puesto que su experiencia de trabajo se reducía a su bufete de abogados y a su posición como profesor e investigador en la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Venezuela… El resultado visible del paso de Brewer Carías por la Comisión de Administración Pública –antecesora de la COPRE– cristalizó en dos tomos de considerable tamaño, en los que se recogía el conjunto de reformas propuestas. Era demasiada, no obstante, la cantidad de cambio institucional que se propugnaba en tales documentos. La mayor parte del “Informe Brewer” ha quedado sin aplicación… Ahora Caldera se prepara para intentar una reforma constitucional y para continuar en el proceso de reforma de la Administración Pública. Sus lugartenientes son, nuevamente, abogados prestigiosos: el Dr. José Guillermo Andueza comanda un equipo de juristas al que pertenecen el Dr. Ricardo Combellas –nuevo Presidente de la COPRE– y el Dr. Tulio Alvarez. Nuevamente se plantea el problema como si su raíz y esencia fundamentales fuesen de carácter jurídico” (referéndum, Vol. 1, Nº 1, 4 de marzo de 1994).
Difícilmente, pues, es la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado que preside Combellas la Cafreca que necesitamos. No tiene el poder necesario, se la concibe como organismo asesor—Lusinchi regañó, siendo Presidente de la República, a Carlos Blanco, recordándole que la COPRE era un “órgano asesor y no un órgano promotor”—y ha devenido en burocracia de actuación anodina, sin impacto verdadero, amén de ser liderada desde un punto de vista y una experiencia exclusivamente jurídicos.
No otra cosa, entonces, que un Jefe de Estado al que se le confíe como misión la tarea solónica de cambiar la frecuencia de nuestro Estado, y que se apoye en un Jefe de Gobierno que se ocupe de lo táctico y lo cotidiano, sería garantía de que la necesaria reingeniería tenga lugar. Y, como Solón, debería buscársele entre quienes tengan, no sólo las calificaciones técnicas, profesionales y biográficas precisas, sino la vocación solónica de querer ser, más que presidente, un expresidente. Esto es, que una vez cumplida en breve plazo—un par de años—la misión Cafreca, abandone la Jefatura del Estado para que reingresen a la administración normal dentro de un nuevo Estado construido en el lapso de una administración extraordinaria.
Cuando ya se veía venir la salida de Carlos Andrés Pérez del poder se abría una oportunidad, que luego resultó imposible con Ramón Velásquez, tanto porque el tiempo que le tocó presidir fue muy corto, como porque sus calificaciones eran las inadecuadas de historiador y no las requeridas de futurólogo. Dos años antes de su asunción al poder ya recomendábamos la renuncia de Pérez (21 de julio de 1991), y pensábamos que una provisionalidad intermedia sería necesaria para dar paso a un gobierno verdaderamente dedicado a la transformación. Para ese momento proponíamos la figura de Rafael Caldera para que completara el período interrumpido de Pérez. En otra edición de esta publicación (Vol. 1, Nº 4, 4 de junio de 1994) comentábamos: “Es así como en aquellos momentos pensábamos que la figura de Caldera era la más indicada para cubrir lo que de período constitucional mediaba entre julio de 1991 y febrero de 1994. Esto es, como un Presidente transicional que debería invertir su tiempo en revertir tendencias negativas y estabilizar al Estado, mientras presidía un proceso nacional de saneamiento de la función pública. No lo pensábamos como el Presidente que podría dirigir una reconversión profunda. La llegada al poder de Rafael Caldera pues, llegó a nuestro juicio con retraso”.
Por razones parecidas, entonces, sería dable pensar que el presidente Caldera pudiese dar paso a un intervalo solónico una vez que haya concluido con el esfuerzo de estabilización en el que ahora está empeñado, y el que pudiera consumir aproximadamente un año más. En el lapso de un año debería estar completado el asentamiento de la Agenda Venezuela—que no contiene ni una sola provisión de reforma política—incluyendo algún tipo de acuerdo con el Fondo Monetario Internacional y el acuerdo relativo al nuevo régimen de seguridad social. Una vez logrado esto, que difícilmente otro venezolano podría lograr mejor que el actual Presidente de la República, el carácter de los conceptos políticos de Rafael Caldera sería más bien un freno al profundo cambio que necesita el Estado venezolano. Ya en el siglo XVII Francis Bacon escribía de este considerable problema en su ensayo Sobre la Juventud y la Edad: “Los hombres de edad objetan demasiado, consultan demasiado tiempo, arriesgan demasiado poco, se arrepienten demasiado pronto, y rara vez impulsan los asuntos hasta el fin, sino que se contentan con una mediocridad de éxito”.
Para la tarea de la reingeniería, de la reconversión, de la reconstitución, de la metamorfosis del Estado venezolano, se requerirá una óptica diferente de la muy honorable y heroica perspectiva de Rafael Caldera. Habrá que encontrar, por tanto, la fecha adecuada para su salida del gobierno en medio del reconocimiento general.
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 12, 1995 | Política, Referéndum |

En la discusión, ya bastante larga pero poco fructífera, acerca del problema constitucional venezolano, los aportes argumentales tienden a centrarse casi exclusivamente sobre el punto de la necesidad o conveniencia de convocar una Asamblea Constituyente. Es decir, el problema queda casi reducido a la discusión acerca del mecanismo o procedimiento conveniente para dotarnos de un nuevo texto constitucional y poco se debate en materia de los contenidos mismos de la cuestión.
Debe reconocerse, por supuesto, que el actual Presidente de la República dirigió una Comisión Bicameral del Congreso para la reforma del texto constitucional de 1961, y que en ese trabajo, así como en el posterior –a raíz del estado de alarma congresional como consecuencia del 4 de febrero de 1992– es posible hallar algunas innovaciones que mejorarían en algo el funcionamiento del Estado venezolano. Pero aun estas posibles modificaciones se encuentran atascadas. No se ha hecho realidad lo expresado en el documento de campaña de Rafael Caldera (“Mi Carta de Intención con el Pueblo de Venezuela”): “El nuevo Congreso debe asumir de inmediato al instalarse, su función constituyente”. (Dicho sea de paso, todo lo que en ese documento se refiere a acciones del Congreso de la República en materia constituyente o legislativa ordinaria es un evidente exceso, dado que el Poder Legislativo es independiente del Ejecutivo y, por tanto, mal puede prescribirse a los legisladores tareas en un texto que corresponde a la “intención” de quien para ese entonces aspiraba a la Presidencia de la República).
Ahora bien, en el transcurso del trabajo parlamentario (Comisión Oberto) de 1992, el número de proposiciones de enmienda o reforma creció de manera verdaderamente tumoral. El 29 de julio de 1992 Luis Enrique Oberto, Presidente de la Cámara de Diputados, remitía a Pedro París Montesinos un Proyecto de Reforma General de la Constitución (aprobado por los diputados el día anterior) y que contenía ¡103 artículos! (De hecho, la cantidad de modificaciones era muy superior a este número. Para dar una idea, tan sólo el Artículo 9º del proyecto de reforma aspiraba modificar el Artículo 17 de la Constitución vigente y para esto sustituía cuatro de sus ordinales por nuevas redacciones y además añadía quince ordinales adicionales).
Antes de que tal proliferación constituyente llegara a su término, ya Humberto Peñaloza había advertido que algo estaba fundamentalmente viciado en el procedimiento. (El Ing. Peñaloza evocó a un maestro de su escuela primaria: si los alumnos le presentaban una “plana” con cinco errores o más no les admitía enmiendas y les obligaba a intentar el trabajo de nuevo). Así escribió, poco antes de que el proyecto de Oberto fuese concluido, en “Lo democrático es consultar a la ciudadanía”: “Si nuestra Constitución, con apenas 31 años de vigencia, requiere ya de noventa reformas para «perfeccionar» materias que a todas luces deben ser modificadas a fondo, mejor es que la escribamos de nuevo, con nuevos enfoques y nuevas aproximaciones a las realidades del país y de su entorno geopolítico, económico, sociocultural, militar, administrativo y ecológico. Tarea, eso sí, para nuevas mentalidades y nuevas escuelas de pensamiento”.
Este punto de Peñaloza es crucial, porque si se admite que el problema no es de reforma a un texto, sino el de producir un texto nuevo, una nueva Constitución y no una modificación, por más amplia que ésta sea, al texto de 1961, entonces el Congreso de la República no está facultado para acometer esta tarea.
Veamos. La doctrina constitucional generalmente aceptada establece que el poder supremo dentro de un Estado como el venezolano es el del poder constituyente original, básico, o primario. Este poder constituyente no es otro que el del conjunto de ciudadanos de la Nación. Se trata de un poder absoluto, verdaderamente dictatorial: “El poder constituyente es un derecho natural que tiene todo pueblo, ya que este derecho viene a ser un aspecto de la soberanía del Estado, es una consecuencia del hecho mismo del nacimiento del Estado, y el pueblo, cuando se constituye en poder constituyente, no se encuentra vinculado a ninguna norma constitucional anterior, su única vinculación la tiene el hecho de ser pueblo libre y soberano, y, por eso, es un derecho perpetuo que sigue subsistiendo después de ser creada la constitución”. (Esto escribe el Dr. Ángel Fajardo en su “Compendio de Derecho Constitucional”, Caracas, 1987).
Además de este poder original y supremo, no sujeto ni siquiera a la Constitución vigente ni a ninguna anterior, el Congreso de la República es un poder constituyente constituido, y limitado en su función reformadora en dos sentidos.
Es decir, el Congreso de la República tiene el papel principal, según lo dispuesto en la Constitución vigente, para enmendarla o reformarla, sujeto, en primer término, a la aprobación de una mayoría calificada de las asambleas legislativas estatales (en el caso de enmiendas) o del pueblo mismo en referéndum (en el caso de reformas).
Pero hay todavía una limitación más básica, como explica Ángel Fajardo en la obra citada: “El órgano cuya función consiste en reformar la Constitución, es el denominado poder constituyente constituido, derivado, etc., y cuya facultad le viene de la misma Constitución al ser incluido este poder en la ley fundamental por el poder constituyente; de modo, que la facultad de reformar la Constitución contiene, pues, tan sólo la facultad de practicar en las prescripciones legal-constitucionales, reformas, adiciones, refundiciones, supresiones…; pero manteniendo la Constitución; no la facultad de dar una nueva Constitución, ni tampoco la de reformar, ensanchar o sustituir por otro el propio fundamento de esta competencia de revisión constitucional, pues esto sería función propia de un poder constituyente y el legislador ordinario no lo es, él sólo tiene una función extraordinaria para reformar lo que está hecho, no para cambiar sus principios y aún menos para seguir un procedimiento distinto al establecido por el poder constituyente”.
Esto significa, repetimos, que de aceptarse la tesis de que se requiere una nueva constitución, el Congreso de la República no es el órgano llamado a producirla, puesto que excedería sus facultades. En este caso la única forma admisible de proveernos de una constitución nueva sería la de convocar una Asamblea Constituyente. Y entonces la convocatoria puede venir, o por lo menos el llamado, de cualquier miembro del poder constituyente originario, de cualquier ciudadano en pleno ejercicio de sus derechos políticos. El punto está en que le pongan atención, en el que acudan al llamado y, para esto, es necesario que quien convoque tenga algunos problemas resueltos.
Para estar claros. Puede argumentarse que la Constitución de 1961 estipula un mecanismo para la reforma general de la Constitución. (Un punto que en este momento es colateral, por cierto, es que la Constitución del 61, que permite la iniciativa de las leyes ordinarias a un cierto número de Electores—electores, en su redacción—, niega la iniciativa de la reforma constitucional al propio Poder Constituyente). El procedimiento está pautado en el Artículo 246: “Esta Constitución también podrá ser objeto de reforma general…”, etcétera. (Punto colateral dos: el procedimiento es engorrosísimo, y casi que pareciera diseñado para impedir o dificultar al máximo tales reformas generales. La iniciativa debe partir de una tercera parte de los miembros del Congreso—y no hay ninguna fracción en este momento que sea la tercera parte del Congreso—o de la mayoría absoluta de las Asambleas Legislativas, consenso que no debe ser muy fácil de lograr. Pero antes de empezar a discutir el proyecto general soportado en alguna de esas dos formas, una sesión conjunta del Congreso deberá, por el voto favorable de las dos terceras partes, admitir la iniciativa. Sólo entonces podrá comenzarse a discutir por cualquiera de las Cámaras y seguir el procedimiento habitual para las leyes ordinarias. Es sólo después de que se apruebe la reforma en el Congreso que, por fin, se pide la opinión al pueblo, en referéndum que deberá ser convocado en la oportunidad que sea determinada por las Cámaras en sesión conjunta. Una verdadera carrera de obstáculos).
Así debe ser, se dirá, pues no se puede estar haciendo reformas generales a cada rato. Precisamente por eso se ha hecho tan difícil el procedimiento. El punto, en cambio es éste: el Congreso está facultado por la Constitución, para discutir y aprobar una reforma general de ella misma, y ¿no es acaso una constitución nueva el caso límite de una reforma general?
Este último reducto de los que se opondrían a la convocatoria de una Constituyente deja de tener validez en cuanto se argumente que una nueva constitución contendría nociones o previsiones cualitativamente diferentes a las de la constitución a sustituir, las que sería imposible obtener como transformación o modificación de artículos del texto antiguo. Si se trata de innovaciones en grado suficiente, mal puede hablarse de reforma y estaríamos enfrentando algo nuevo.
Nuevo concepto del Estado
Es relativamente fácil demostrar que necesitamos una constitución esencialmente distinta de la Constitución de 1961. Y el primer punto por el que hay que empezar la substitución es justamente la primera línea del texto del 61.
La Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica comienza con la frase “Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos…ordenamos y establecemos esta Constitución” (“We, the people…”) Es el mismo pueblo el que se dota de una constitución. En cambio, en el texto constitucional vigente en Venezuela el sujeto no es el pueblo, sino el Congreso, el que se arroga la facultad constituyente, a pesar de no haber sido explícitamente facultado para eso, “en representación del pueblo venezolano”. Es de allí mismo de donde arranca el carácter representativo, que no participativo, del gobierno del país, lo que luego es reiterado en el Artículo 3º: “El gobierno de la República de Venezuela es y será siempre democrático, representativo, responsable y alternativo”.
A este punto se le ha querido poner remedio parcial en el proyecto de reforma de 1992, insertando el término “participativo” en medio de la redacción del 61, en segundo término y luego de la designación de “representativo”. Pero el sujeto de la reforma continúa siendo el Congreso.
Es el pueblo el sujeto que debe constituirse, y es él mismo el que debe producir una nueva constitución. Y es también, como sugeríamos más arriba, el sujeto político de derecho supremo, y si está más que facultado para dotarse de un texto constitucional, también debe estarlo para reformarlo como y cuando quiera. De modo que no puede carecer de iniciativa legal a este respecto, concepto que está ausente en la redacción de 1961.
De hecho, un concepto a nuestro juicio fundamental en una refundación del Estado venezolano, es el del lugar de primacía que debe establecerse claramente para los Electores venezolanos en la descripción arquitectónica de los Poderes Públicos. Es decir, en una nueva constitución, antes que los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, debe asentarse el papel de los Electores como órgano primario del Poder Público, en un primer capítulo del título que se dedique a éste.
En 1973 murió Salvador Allende, en la ocasión del golpe de Estado dirigido por Augusto Pinochet. Dos años más tarde recordaba su relación con él el cibernetista inglés Stafford Beer, en un libro en el que coleccionaba varios artículos y conferencias sobre el tema general de los sistemas sociales. (Platform for Change, Wiley, 1975). Beer, ex presidente de la Sociedad de Investigación Operacional británica, antiguo asesor de empresas en los sectores del carbón y del acero, importante teórico de la cibernética, había ido a Chile en pos de la posibilidad de que Allende le ofreciera campo para la aplicación práctica de sus conceptos de gobierno. (Cibernética viene del griego kybernetes, que significa timonel, gobernador, y es la misma raíz de la que surge la palabra gobierno).
En los dos o tres últimos ensayos del libro mencionado, Beer se refiere a su experiencia chilena, no sin lamentarse profundamente por la muerte del estadista. Allí cuenta de unas primitivas instalaciones –en los actuales términos del arte de la computación– y que pretendían racionalizar, mediante una información lo más rápida posible, la toma de decisiones pública.
En una sesión en la que Beer, armado de diagramas de flujo, explicaba al mandatario el sistema de información acerca del estado de la nación chilena que había diseñado, Allende—cuenta Beer—preguntó qué era una cajita sin nombre que aparecía sobre una red de flujo, entre otras muchas cajas que se extendían por todo el diagrama. Beer explicó: “Esa cajita representa el pináculo de todo el sistema, esa cajita es usted, Señor Presidente”. Entonces Allende dijo: “Ah, pero si esa caja es la cima de todo el sistema esa caja no soy yo. Esa caja es el pueblo”.
Los sistemas diseñados por Beer no le sirvieron a Allende para conducir a la nación chilena por un sendero de felicidad. Su gobierno condujo al golpe pinochetista y a una larga dictadura que produjo a su vez un muy considerable número de muertes. Ni había en 1973, ni lo hay hoy en 1995, una capacidad de procesamiento de información que permita un registro fiel del estado de una nación. No es posible predecir su comportamiento con exactitud, mucho menos planificarla y regularla íntegramente. Para modelar un sistema mucho más simple que una sociedad moderna, el sistema climático, un computador que realiza cuatrocientos millones de operaciones por segundo tiene que operar durante tres horas seguidas para generar un pronóstico del tiempo de tan sólo los próximos diez días y en ocasiones los pronósticos, inevitablemente, están totalmente errados. Esto ocurre en un modelo que sólo tiene que considerar presiones, temperaturas y, a lo sumo, velocidades. Podemos imaginar el grado de dificultad computacional que involucra intentar la representación simbólica de la dinámica de una sociedad compleja, en la que miríadas de factores intervienen en la determinación de sus resultados. El gobierno de Allende estaba equivocado, sin duda, y no sólo en creer que se podía gobernar un Estado sentado en una poltrona de “Viaje a las estrellas” ante una consola de pantallas y controles. Pero Salvador Allende también estaba acertado en más de una percepción, y es una lástima que los acontecimientos hayan seguido un cauce mortal para una persona que, como Allende, alojaba un sentimiento tan hermoso: “Eso no soy yo, eso es el pueblo”.
Hay un sentido, además, en el que Allende estaba más acertado que Stafford Beer. Este último se había preocupado de detallar más lo que estaba “por debajo” de la presidencia. Allende hablaba de lo que estaba por encima de él. Y si bien, como dijimos, no hay en ningún horizonte previsible la capacidad tecnológica para predecir o controlar una sociedad compleja de hoy en día, sí la hay para generalizar la participación democrática para tomar en cuenta la opinión de cada ciudadano.
Es posible encontrar acá un interesante paralelismo entre tres grandes etapas de la economía y un número equivalente de etapas de la política. Hay un período histórico en el que una economía todavía incipiente puede manejar razonablemente sus intercambios por el expediente del trueque directo. La cantidad de transacciones y la variedad de productos son ambas magnitudes reducidas, así como la velocidad o frecuencia del intercambio. En muchos casos se trataba de una transacción anual entre un molinero y un porquerizo que no necesitaba sino unos sacos de harina por año que él podía almacenar.
En cuanto ese exiguo comercio se incrementó en grado suficiente, la práctica del trueque se hizo harto engorrosa. Demasiadas transacciones, mayor frecuencia de las mismas, una mayor variedad de productos, justificaron la aparición de una institución mediadora, de una unidad de medida y comparación que fuese más fácilmente transportable que un cerdo o un saco de harina. E hizo su aparición la invención del dinero y junto con él, la posibilidad enfermiza de la inflación.
La más general de las concepciones económicas distingue entre un “sector real” de la economía, integrado por la suma de bienes y servicios efectivamente producidos, y un “sector virtual o nominal”, que equivale a la masa monetaria con la que esos bienes y servicios (incluyendo entre éstos al trabajo), pueden ser adquiridos. Y la definición elemental de inflación es la de un crecimiento del sector nominal significativamente mayor que el del sector real dentro de un sistema económico.
Hoy en día, sin embargo, la capacidad computacional y comunicacional extraordinariamente desarrollada del mundo actual –la que, por otra parte, es en términos de lo previsible una capacidad a la que falta muchísimo por crecer—permite ahora que un 20% del comercio mundial se haga de nuevo bajo la forma de trueque—tantos aviones por tantos barriles de petróleo. (Es una pregunta, creemos, de alto interés para la economía, investigar qué sentido tendría la noción de inflación el día que sea posible manejar todas las transacciones como un trueque virtual, como el cotejo de bases de datos digitales sobre cada unidad de producto o servicio a escala planetaria. ¿Desaparecería la inflación?)
En el campo de lo político se observa un despliegue similar, en tres etapas sucesivas, de los sistemas históricos de democracia. La democracia ateniense era también un proceso lento, en el que la cantidad de asuntos que reclamaban la atención de la apella, de la asamblea de ciudadanos, era pequeña, como también era poca la velocidad que se exigía de sus agendas. Desde el momento en que un organismo participativo de ese tipo decidía entablar batalla contra los persas, hasta que se preparaba la primera de las naves que llevarían a los guerreros, transcurría un tiempo considerable. En este tipo de condiciones era posible una democracia directa en la que los ciudadanos de Atenas todos podían participar en la toma de la decisión. (Dicho sea de paso, no todos los habitantes de Atenas eran ciudadanos. Los esclavos no tenían ninguna participación en la apella).
Nuevamente, la complicación del proceso político, en ausencia de métodos de comunicación lo suficientemente rápidos, hizo imposible la ampliación del patrón ateniense de decisiones compartidas. Hubo necesidad, si se quería mantener vivo el principio democrático, de arribar a la invención de un intermediario político: fue necesario inventar la democracia representativa. (Forma de gobierno que exhibe, obviamente, su propia patología).
Pero ahora disponemos de una tecnología comunicacional que vuelve a ofrecer las condiciones requeridas para una participación masiva, instantánea y simultánea, de grandes contingentes humanos. Ya vimos algo de esto en las teleconferencias de amplia extensión que sostuvo Ross Perot en los Estados Unidos en su carrera hacia la presidencia de ese país.
Alguien puede argumentar ante este planteamiento que el nivel de desarrollo político y tecnológico norteamericano es inconmensurablemente superior al venezolano, y que por esa razón ese concepto de democracia participativa electrónica estaría, para nosotros, muy lejos dentro de un futuro largamente incierto. Pero puede a su vez contraargumentarse que los venezolanos no hemos tardado mucho para aprender a operar telecajeros electrónicos, celulares, telefacsímiles, etc., y que con igual o mayor facilidad podríamos navegar dentro de una red permanente de referenda electrónicos. Opinábamos de esta manera en el Nº 11 del volumen 1 de esta publicación (enero de 1995): “Nada hay en nuestra composición de pueblo que nos prohíba entender el mundo del futuro. Venezuela tiene las posibilidades, por poner un caso, de convertirse, a la vuelta de no demasiados años, en una de las primeras democracias electrónicamente comunicadas del planeta, en una de las democracias de la Internet. En una sociedad en la que prácticamente esté conectado cada uno de sus hogares con los restantes, con las instituciones del Estado, con los aparatos de procesamiento electoral, con centros de diseminación de conocimiento”.
¿Cuánto puede costar una red para la democracia electrónica, nueva versión de la democracia directa, la democracia participativa? El vicepresidente norteamericano Al Gore ha hecho una estimación de la inversión necesaria para conectar una fibra óptica a “todo hogar, oficina, fábrica, escuela, biblioteca y hospital” en el territorio de los Estados Unidos. La cifra manejada por Gore es la de 100 mil millones de dólares, que en términos per cápita terminaría siendo una inversión de 435 dólares por habitante.
Ahora bien, la población venezolana es, aproximadamente, una décima parte de la población norteamericana. Por otra parte, la densidad de escuelas, hogares, hospitales, bibliotecas, fábricas y oficinas es mucho menor en nuestro país que la que existe en los Estados Unidos de Norteamérica (más personas viven acá, en promedio, en cada unidad de vivienda), y por tanto la inversión per cápita que sería necesaria para lograr el equivalente de la visión de Gore en Venezuela sería marcadamente menor. Una cifra razonable es la de una inversión per cápita de 225 dólares en Venezuela para la instalación de una red de fibra óptica prácticamente total. Tal cantidad, multiplicada por la población venezolana y por una tasa de cambio de 240 bolívares por dólar (tasa aparentemente sugerida en los predios del FMI), arroja una inversión estimable en un billón de bolívares. Este es, precisamente, el orden de magnitud de lo comprometido por el Estado venezolano en el salvamento del sistema financiero nacional, de modo que en un programa de unos pocos años sería perfectamente posible instalar la red para una democracia participativa total en Venezuela.
Y si esto es así, la posibilidad está dada para que, efectivamente, una nueva constitución de Venezuela aloje un concepto futurista del Estado en el que los Electores participen de manera casi continua en la toma de las más gruesas decisiones del país, incluyendo como hemos anotado acá en oportunidad anterior, en referenda de evaluación anual acerca del desempeño de los poderes públicos venezolanos. Tan sólo este punto ya representa una mutación tan profunda en el concepto de nuestro Estado, que difícilmente puede llamársele meramente una reforma.
Es así como puede defenderse, aunque sólo fuese por el análisis precedente, la tesis de que lo que se necesita no es una reforma de la Constitución de 1961, por más extensa que sea, sino una constitución nueva.
Otrosí
Pero hay más razones que esa muy importante, fundamental razón, para requerir algo más que una mera reforma. En otras ediciones nos hemos referido a la insuficiencia constitucional venezolana en cuanto a lo que llamábamos, hace ya diez años, la razón de Estado venezolana. (Del modo más constructivo en el Nº 2 del Volumen 1: Una visión de Venezuela para el siglo XXI).
Mientras se mantenga la discrepancia de escala entre Venezuela y los Estados Unidos de Norteamérica, o China, o Rusia, o Australia, nuestro país experimentará considerables dificultades, prácticamente insalvables, para interactuar con tales bloques en condiciones, no que sean ventajosas para nosotros, sino que no nos sean desventajosas.
En cambio, es posible visualizar un buen número de ventajas de una inserción de Venezuela, como gobernación, como departamento, como capitanía general –a la escala planetario-municipal que realmente tenemos, en un Estado de orden superior. (También hemos argumentado extensamente sobre tales ventajas en otras ocasiones. Hoy en día nuestra recomendación es que el perímetro de trabajo en busca de la escala que requerimos sea el del continente suramericano, después de que México pareciera orientarse hacia una confederación del Hemisferio Norte –en nuestro más ambicioso talante ampliábamos el territorio para acoplarnos incluso con la latinidad extra-americana, antes del ingreso de España al sistema europeo. Por esa época resumíamos las más generales entre las ventajas del modo siguiente (rogamos al lector tome en cuenta las diferencias de fecha y circunstancia entre hoy día y diciembre de 1984, fecha de lo que sigue, y procure hacer los cambios necesarios para actualizar la aplicación de una estructura general de la recomendación):
“Veamos, antes de preguntar si hay ofrecidas tesis alternas, cuál es la lista de problemas a los que la tesis de la confederación iberoamericana da respuesta.
Primero: el problema económico. El problema de escala de todos los países que entran dentro de la calificación iberoamericana, incluyendo a Brasil y España. En España, por ejemplo, se va a una «reconversión» industrial que tiene la mira puesta en el mercado de los países de la OECD, empezando por los de la Comunidad Económica Europea en la que aspira a entrar a pesar de, como he leído, la insultante condición de impedir el libre tránsito de españoles por los países de la comunidad por un «período de prueba» de varios años. La reconversión podría ser un poco menos drástica si sus industrias se orientaran, casi que como están, a un mercado que aún tiene mucho que construir dentro de necesidades de «segunda ola». También en lo económico, seguramente obtendríamos un mejor tratamiento de parte de los acreedores de nuestras deudas por mera agregación a una escala mayor.
Para nosotros, en particular, la posibilidad de contar con un mercado petrolero y de hierro y acero mucho mayor que al que ahora tenemos acceso, el que permitiría, por tanto, a mayores escalas de producción, costos operativos menores que permitieran mantener y aún superar los niveles absolutos de beneficio, con precios menores que pudiesen ser pagados por este mercado hasta ahora tenido a menos.
Tiene que tomarse en cuenta, para toda discusión de lo económico, que se estaría trabajando con la ventaja de una nueva moneda única para esa inmensa zona de circulación, como Hans Neumann, entre otros, ha sugerido que sería altamente beneficioso.
Segundo: resuelve un problema de alivio de tensiones interiberoamericanas. Argentina y Chile han tenido que buscar un árbitro hacia una entidad supranacional de la que ambos participan para dirimir el diferendo del Beagle: han tenido que recurrir al campo católico, un campo religioso, porque no han tenido un común campo político en el cual acordarse. Así como Diego Urbaneja suele decir que dentro de una confederación ibérica o hispánica la solución al conflicto centroamericano sería más «dulce», así también se dulcificaría el término del diferendo colombovenezolano y los de otros estados iberoamericanos del continente.
Tercero: resuelve un problema de escala para mejorar nuestra posición en discusiones tales como Gibraltar, las Malvinas, Guyana, Centroamérica (entendida en este caso en relación a las intervenciones ruso-norteamericanas, otánico-varsovistas, norteñas en Centroamérica). Cuando Shlaudeman dice que Contadora no es suficiente no está diciendo que si se añade uno o dos artículos técnicos al Proyecto de Tratado o se firma tal o cual protocolo los Estados Unidos suscribirán gustosos, sino que, a lo Stalin refiriéndose al Papa, está insinuando que nada más que cuatro países iberoamericanos no tenemos suficientes divisiones.
Cuarto: resuelve un problema de amortiguación o aplacamiento, por neutralidad, de la peligrosísima situación del terrorífico equilibrio nuclear. Situación que no creo mejore con el aumento que la U.R.S.S. dará a su presupuesto de «defensa»: 12%.
Mucho se ha pensado, en una especie de convicción de invulnerabilidad final muy acusada en nuestro pueblo, que una conflagración nuclear en países del Hemisferio Norte (OTAN-Varsovia), si bien nos afectaría grandemente por el lado económico, al menos nos sería leve en cuanto a lo físico, a los daños por los efectos mismos de las explosiones, entre otras cosas por distancia y por factores naturales tales como el pulmón del Mato Grosso. Pero los modelos más recientes de meteorología nuclear nos muestran como nos veríamos directa e impensablemente afectados por un invierno artificial de proporciones cataclísmicas, que incluiría la traslación, por inversión de los ciclos eólicos normales, de nubes de hollín y polvo que harían barrera a más del 90% de la radiación solar incidente (con lo que muy pronto la superficie terrestre descendería a temperaturas de subcongelación) y de nubes intensamente radiactivas. (Para un caso base de un intercambio de 5.000 megatones, equivalente a la mitad del arsenal actual. Ackerman, Pollack y Sagan, Scientific American, Agosto de 1984).
Quinto: nos ubica en posición más favorable para tener acceso a las tecnologías y modificaciones profundas de una Tercera Ola.
En resumen, resuelve un problema económico crucial (la escala), un incómodo problema de política interna (los diferendos interiberamericanos), un importante problema de soberanía ante, fundamentalmente, los sajones (Gibraltar, etc.), un definitivo problema de seguridad del sistema mundial (moderación) y un problema esencial de significación futura (la nueva modernización)”).
Ése es el negocio que se plantea a nuestro Estado. Se trata de adquirir la escala que permite que Inglaterra nos trate como trató a China en el caso de Hong Kong, y no como nos trató a nosotros en esequiba materia o como malvinamente ha tratado a la Argentina.
Si seguimos en esto, en lugar del modelo de integración europea, el modelo norteamericano de 1776, estaríamos estableciendo una confederación que en principio sólo requeriría que sus miembros confiaran a un nivel federal tres potestades –representación ante terceros, defensa militar ante terceros y emisión de moneda– mientras que retendrían “toda su soberanía, libertad e independencia, y todo poder, jurisdicción y derecho, que no sea expresamente delegado a los Estados Unidos reunidos en Congreso por esta Confederación”. (Texto del segundo artículo de los Artículos de Confederación de los Estados Unidos).
Supongamos que un concepto así fuese del agrado de los Electores venezolanos. ¿No debería preverse en nuestra Constitución un mecanismo de acoplamiento, como el que hubo que prever para que pudieran acoplarse una nave Apolo con una Soyuz?
¿No sería esto un concepto que sería imposible concebir como una simple modificación de la Constitución de 1961? Evidentemente se trata de un concepto de Estado, de una razón de Estado radicalmente diferente. Ergo, se trata de una nueva constitución. Et ergo, el actual Congreso de la República, según la básica discusión del comienzo, no está facultado para redactarla.
Más mutaciones
Esto es sin mencionar la necesidad, a nuestro juicio, de insertar como nueva “rama” de los poderes públicos, una institución que especialmente sea independiente del poder ejecutivo y que tenga por misión la de proveer o generar tratamientos a los principales problemas de carácter público, y con capacidad de proponerlos directamente a los Electores.
Esto sin mencionar que podríamos argumentar a favor de un cambio substancial en nuestra noción de ciudadanía venezolana. Habitualmente consideramos que tiene mayor valor la venezolanidad por nacimiento que la que se adquiere por naturalización. Esa es la razón por la que limitamos los derechos políticos de estos últimos. Pero un criterio de no poca validez es el de estimar grandemente el valor de la decisión consciente de una persona madura, incluso por encima de los méritos de un recién nacido cuyo lugar de nacimiento no puede atribuirse a su elección. En una redacción algo aguda y tal vez algo escandalosa, formulábamos una condición de pertenencia a una propuesta organización política en los siguientes términos: “ser persona venezolana por accidente biográfico, esto es, por su nacimiento o el de sus progenitores, o por expresa decisión, es decir, por naturalización”. (Krisis. Memorias prematuras. Caracas, 1985).
Otras diferencias con el texto constitucional que actualmente nos rige no son tan profundas. Aun la revolución que significaría en la arquitectura del poder público venezolano la innovación de la figura de un jefe de gobierno (primer ministro) pudiera considerarse una reforma constitucional. Una cosa así perfectamente podría diseñarse desde las actuales cámaras legislativas, a pesar de que el cambio sería en este caso de importante magnitud. Igualmente pudiese contemplarse de este modo la innovación de la institución del jurado como elemento actualmente ajeno a nuestro proceso jurídico. (Esta “democratización de la justicia”—que fue de hecho la primera democratización, antes de la democracia parlamentaria, que conocieron los sajones—pudiera aplicarse sin excesiva violencia de nuestro ordenamiento jurídico, aunque sólo fuese en nuestros procesos de delitos contra la cosa pública, contra nuestra res publica).
Son múltiples, pues, las diferencias de significativo grado entre la Constitución del 61 y una nueva constitución que alojase lógicamente las instituciones que son recomendables a los intereses de la nación venezolana. Entre estas hay algunas que por sí solas definirían al nuevo documento como una constitución diferente. Será preciso elegir una Constituyente. LEA
por Luis Enrique Alcalá | Oct 12, 1995 | Política, Referéndum |

Durante el primer trimestre de este año se llevó a cabo en Holanda un curso superior de adiestramiento ejecutivo de la compañía Shell, la famosa empresa transnacional del petróleo, una entre aquellas “siete hermanas” que hasta 1973 determinaron el rumbo del mercado petrolero mundial. El curso en cuestión fue ofrecido a unas cuantas decenas de empleados de la Shell provenientes de todo el mundo.
Algunas de las sesiones del curso fueron dedicadas al análisis de las paridades entre diversas monedas del planeta; el bolívar era una de ellas. Para ese momento, la política de control de cambios ya imperaba, lo sabemos, en Venezuela, y fuera del engorroso sistema oficial en el que se obtenía dólares a 170 bolívares, podía conseguirse la moneda norteamericana a un precio que oscilaba alrededor de 230 bolívares.
Cuando se hizo en el curso el análisis del valor que en principio debía tener el bolívar—empleando el criterio de paridades del poder de compra—a los profesores les daban las cuentas un bolívar a 153 por dólar. Según su opinión, la diferencia entre 153 y 170 o 230 sólo tenía una explicación: desconfianza.
Es importante por tanto preguntarse ¿qué es lo que causa la desconfianza?
Ciertamente, podemos atribuir una responsabilidad significativa al Gobierno Nacional, y en este punto creemos que es la combinación de un cierto grado de desorden en las señales emitidas por ministros y altos funcionarios, junto con el casi completo silencio por parte del Presidente de la República, la fuente principal de la desconfianza de origen gubernamental. Pero hay otras fuentes igualmente importantes o, tal vez, aún más importantes.
Imaginemos un paciente en grave condición. Está acostado sobre una cama, asaetado por agujas hipodérmicas de todos los calibres, vendado, amarrado, cosido, conectado. Y supongamos que todo el personal médico y paramédico del hospital se agrupa a su alrededor, y que también todos los miembros de su larga familia se hallen presentes, y periodistas, sacerdotes, sepultureros y vendedores de seguros estén también allí, todos hablando en voz alta, opinando, criticando, debatiendo. “Se ve muy mal. Yo vine a verlo ayer y hoy está mucho peor. Ese suero no está goteando casi nada. El adhesivo se le está desprendiendo. Por aquí se está desangrando. Por este lado le está saliendo pus. Qué sala tan horrible, no hay derecho. A mí me han dicho que ese médico es un pirata. A mí me dijeron que bebía. Este paciente no tiene remedio” ¿Cómo pensamos que puede recuperarse un paciente en estas condiciones?
Esta imagen se aproxima bastante a lo que ha sido la comunicación “formadora de opinión” en el proceso venezolano reciente. En una evaluación que hacíamos hace unos años acerca del gobierno de Luis Herrera Campíns destacábamos cuatro factores que gravitaron adversamente en su período. Uno de éstos, sin duda, fue el tipo de oposición que llevó a cabo por ese entonces Acción Democrática, que se encontraba necesitada de recuperación luego del traumático episodio del “Sierra Nevada”. Escribíamos por ese entonces: “La oposición de Acción Democrática también era natural. Si durante un tiempo, por la época del caso «Sierra Nevada», ese partido estuvo deprimido y acomplejado, no tardó en reponerse bajo el liderazgo de Jaime Lusinchi, quien inmediatamente después de la derrota electoral animó a sus copartidarios a reagruparse para continuar en la lucha. Los resultados son, obviamente, correspondientes con esa valerosa postura de rechazo a la rendición. Pero la oposición de Acción Democrática contribuyó en mucho a la conformación de un clima de desconfianza en las políticas económicas del gobierno de Herrera Campíns. Una prédica incesante desacreditaba la bondad de las decisiones, y la participación adeca en el Congreso de la República no le hacía en nada fácil la vida a Luis Herrera”.
El desempeño de los actores económicos tiene mucho que ver con los climas psicológicos y de opinión. Especialmente en una época cuando la economía es dominada por transacciones virtuales, por la emisión de papeles, por las vicepresidencias de finanzas, por las decisiones de jóvenes ejecutivos de cuentas con celular y computador, la evaluación psicológica de las expectativas se convierte en un factor dominante. Y por esto la cacofónica actuación del liderazgo de opinión en Venezuela tiene mucho que ver con el estado actual de su economía. Con la desconfianza a la que se referían los analistas y profesores de la Shell en el curso que mencionamos anteriormente.
Tal vez la enfermedad más grave de la sociedad venezolana es su inclinación, aparentemente inevitable, a criticarse y rechazarse a sí misma. Es una exhortación insistente, permanente, a buscar, destacar y amplificar lo negativo. No es fácil encontrar un tratamiento económico perfecto, y si no, pensemos en los actuales problemas y desequilibrios de México y Argentina, que son los países donde se ha aplicado con mayor fidelidad el recetario ortodoxo al que es renuente el gobierno de Rafael Caldera.
Pero seguramente el mejor tratamiento posible estará destinado al fracaso si alrededor del paciente se congrega un coro de voces histéricas y agoreras para agobiarlo con una cantilena de pronósticos negativos.
Al nivel del ciudadano común repetimos ese patrón de conducta de muchos entre los líderes venezolanos. Repetimos los rumores más estrambóticos y las opiniones más pesimistas. Más grave aún: muchos de nuestros ciudadanos carecen del escrúpulo suficiente para no aprovecharse de los resquicios de aparatos legales siempre insuficientes. Y entonces un empresario de Maracay avala con su fortuna personal la emisión de 16 tarjetas de crédito a otros tantos obreros de confianza de su fábrica, para tomarlas luego y pararse ante telecajeros de Miami a extraer dólares en efectivo. Luego la culpa es del gobierno.
En gran medida, claro, la culpa es del gobierno. De un gobierno, de un estamento político en general, incluyendo a la oposición, que todavía piensa que el maestro es el “apóstol de la juventud” y que la universidad es “ante todo, una comunidad de profesores y estudiantes en busca de la verdad”, como reza nuestra obsoleta e ineficaz Ley de Universidades. Que supone que es suficiente una exhortación a la solidaridad en el vacío, en ausencia de un esquema estratégico convincente y una visión entusiasmante. Debe ser muy desagradable a un Presidente de la República decir: “Caramba, yo pensé que podíamos contar con el sector privado, y por eso primero intenté salvar a las instituciones privadas bancarias con sus juntas directivas privadas antes de decidir la intervención. Y yo establecí el control de cambios que no quería cuando era un clamor general que se tomara esa medida. Y después comencé a flexibilizar ese control para encontrarme con todo género de trampas y triquiñuelas que consumieron más divisas de lo que sería necesario consumir para la sana marcha de la economía nacional. Ustedes, ciudadanos, se han portado mal conmigo y con el país”. No es muy fácil decir estas cosas desde la Presidencia de la República poco antes de la celebración de unas elecciones.
Las críticas a las decisiones políticas del gobierno comenzaron desde el mismo arranque del período. Los dos primeros movimientos de política económica de Caldera fueron, por un lado, el tratar de obtener una reducción consensual de las tasas de interés con el fin de animar al aparato productivo, intento que fue torpedeado por Ruth de Krivoy; por el otro, un esquema de acciones estrictamente contraídas a la búsqueda de una reducción del gasto público, lo que se dio en llamar el “Plan Sosa”. Pero esto último jamás fue presentado con la pretensión de ser una política económica integral, sino tan sólo un programa parcial dirigido al puntual y loable objetivo de comenzar la lucha contra la inflación por la disciplina del propio gobierno. A pesar de esto, el “plan” Sosa fue criticado porque no era una política económica integral.
Después cobró fuerza el mito-cliché de que el gobierno había presentado demasiados planes, porque al “plan” Sosa siguió una presentación, en larga medida no oficial por Asdrúbal Batista, de un esquema general de política económica. La única vez que el gobierno ha presentado oficialmente algo de alcance global fue cuando, en septiembre de 1994, el Ministro de Hacienda, Julio Sosa Rodríguez, hizo la exposición del “Plan de Estabilización y Recuperación Económica” que fue bautizado como “Plan Corrales” y que, como hemos señalado en esta publicación, contó con la opinión favorable del Banco Mundial y la del propio Director-Gerente del Fondo Monetario Internacional, Michel Camdessus, pocos meses más tarde de haber sido dado a conocer. También hemos destacado que el mismo Presidente de la República se refirió (10 de marzo de 1995) a una estrecha vinculación entre este “plan de emergencia” y el IX Plan de la Nación. Y esta secuencia significa que, en el fondo, no hay tal proliferación de planes. A pesar de eso, la inexistente multiplicidad es una de las críticas más proferidas.
Seguramente es posible encontrar importantes defectos en la gestión económica del gobierno de Rafael Caldera, como puede encontrarse en el desempeño de la economía pública de Argentina y México, en la de España, en la de Inglaterra y en la de, si a ver vamos, los Estados Unidos. Pero las limitaciones e ineficiencias de estas políticas económicas se amplifican y agravan con las fáciles profecías autocumplidas de quienes aseguran a priori que nada funcionará.
Esta es una historia más viva, por más reciente, que ese recuento de 1945 hacia atrás, que algunos han logrado transmutar, con un poderoso empleo de recursos comunicacionales, de historia en histeria.
LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Sep 24, 1995 | General, Política |

Juro por Dios que por lo que me quede de vida practicaré el arte de la Política según las siguientes estipulaciones:
*Recomendaré o aplicaré, según sea el caso, sólo las acciones y cambios que entienda sean beneficiosos a las personas y a sus asociaciones, a menos que este beneficio particular implique perjuicio a la sociedad general o daño innecesario a otras personas o sus asociaciones, y jamás recomendaré o aplicaré nada que yo sepa sería dañino a las personas o asociaciones que pidan mi consejo o asistencia.
*Procuraré comunicar interpretaciones correctas del estado y evolución de la sociedad general, de modo que contribuya a que los miembros de esa sociedad puedan tener una conciencia más objetiva de su estado y sus posibilidades, y contradiré aquellas interpretaciones que considere inexactas y lesivas a la propia estima de la sociedad general y a la justa evaluación de sus miembros.
*Pondré a la disposición pública mis prescripciones para la salud de la sociedad general cuando su aplicación requiera la aprobación de los Electores de esa sociedad, y daré a cualquier Elector que me la pida mi opinión acerca del estado y progreso de su sociedad general.
*Protegeré el secreto de lo que se me confíe como tal, a menos que se trate de intenciones cuya consecuencia sea socialmente dañina y yo haya advertido de tal cosa a quien tenga tales intenciones y éste probablemente las lleve a la práctica a pesar de mi advertencia.
*Consideraré mis apreciaciones y dictámenes como susceptibles de mejora o superación, por lo que escucharé opiniones diferentes a las mías, someteré yo mismo a revisión tales apreciaciones y dictámenes y compensaré justamente los daños que mi intervención haya causado cuando éstos se debiesen a mi negligencia.
*Podré admitir mi postulación para cargos públicos cuyo nombramiento dependa de los Electores en caso de que suficientes entre éstos consideren y manifiesten que realmente pueda ejercer tales cargos con suficiencia y honradamente. Cuando yo no coincida con esa opinión preferiré recomendar a quienes considere idóneos para el desempeño de las funciones del caso. En cualquier circunstancia, procuraré desempeñar cualquier cargo que decida aceptar en el menor tiempo posible, para dejar su ejercicio a quien se haya preparado para hacerlo con idoneidad y cuente con la confianza de los Electores, en cuanto mi intervención deje de ser requerida.
*No dejaré de aprender lo que sea necesario para el mejor ejercicio del arte de la Política, y no pretenderé jamás que lo conozco completo y que no hay asuntos en los que otras opiniones sean más calificadas que las mías.
*Reconoceré según mi conocimiento y en todo momento la precedencia de aquellos que hayan interpretado antes que yo o hayan recomendado antes que yo aquello que yo ofrezca como interpretación o recomendación, y estaré agradecido a aquellos que me enseñen del arte de la Política y procuraré corresponderles del mismo modo.
*Me asociaré, para el perfeccionamiento del arte de la Política y para lo que sea beneficioso a las personas y sus asociaciones, con aquellos que hagan este mismo juramento.
Séame dado, si cumplo con las estipulaciones de este juramento, vivir y practicar el arte de la Política en paz con mis semejantes y sus asociaciones, y reconocido y compensado justamente por mis servicios. Sea lo contrario mi destino si traspaso y violo este juramento.
Luis Enrique Alcalá
24 de septiembre de 1995
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