Desde este momento, 4 de octubre, Día de San Francisco, hasta después del 8 de diciembre, Día de la Inmaculada Concepción y de las elecciones municipales de 2013, este blog entra en receso. Espero hacerlo regresar en una forma que valga la pena. Mientras tanto, por supuesto, permanecerá activo y abierto como repositorio de un total de 1.431 entradas que podrán seguir siendo consultadas, vistas y escuchadas. Creo que algunas no están mal del todo. Para quien quiera entender la trayectoria política de Venezuela, ciertos materiales pueden serle de utilidad. Tampoco podré atender comentarios durante ese lapso. Solamente añadiré semanalmente, cada sábado, el audio de las emisiones de Dr. Político en Radio Caracas Radio, y una que otra puya. LEA
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(En fecha posterior).
«Puedo resistir cualquier cosa excepto la tentación», dice Lord Darlington en El abanico de Lady Windermere, de Oscar Wilde. No he podido resistir la tentación de interrumpir el receso del blog para incluir acá el video de una especialísima emisión de Holanda tiene talento, en la que Amira Willighagen, una niña de 9 años que jamás ha recibido lecciones de canto, acomete O mio babbino caro, la difícil aria de Giacomo Puccini para su Gianni Schicchi. La increíble rendición y la alegría de esa niña bondadosa de voz milagrosa valen todo.
Cornelis Zitman: Fietsers
Abajo de ese video, el de una conferencia TED en la que Benjamin Barber da frescas razones para entender la importancia de unas elecciones municipales, que no deben ser subsumidas en dinámicas políticas—seudoplebiscitos, por ejemplo—de la nación-estado venezolana. (Barber asegura que las bicicletas urbanas compartidas son un sistema que empezó en América Latina hace veinte o treinta años, pero antes de eso supe de las Bicicletas Blancas de Ámsterdam por Cornelis Zitman; fueron instituidas en 1965, hace cuarenta y ocho).
Cordiales saludos de
luis enrique ALCALÁ
Amira Willighagengana el billete de oro en Holanda tiene talento
«¡Alcaldes a cargo del mundo!», es el grito de Benjamin Barber
Se las consigue en todos lados (hacer clic sobre la foto para ampliar)
No debe descontarse a la ligera que el presidente Maduro haya recibido mensajes de ultratumba de parte de Hugo Chávez por vía ornitológica. Hace no mucho, James Lipton—Inside the Actors Studio—entrevistaba a Liam Neeson, el gran actor irlandés de La lista de Schindler, La misión, La guerra de las galaxias (Episodio 1)… Neeson refirió cómo, el día de la lejana muerte de su padre—un hombre que amaba a los pájaros—, su hermana fue visitada por una paloma y a él mismo se le apareció un pájaro que entró a su apartamento y se retiró luego de dar varias vueltas en la sala. El actor estima interesantes tales episodios.
Quedó igualito
Menos todavía podemos despreciar otros incidentes de los que existe constancia, como la emergencia del rostro de Chávez en un túnel de la Línea 5 (en construcción) del Metro de Caracas. Es cierto que ya no puede observarse in situ—»Así como apareció, desapareció», dijo Maduro—, pero perdura la prueba fotográfica, tomada por la cámara de un teléfono celular. Reportó el Presidente de la República: «Miren esta figura que les apareció a los trabajadores, pueden hablar con ellos (…) un rostro (…) ¿quién está en ese rostro? Una mirada; es la mirada de la Patria que está en todos lados, inclusive en fenómenos que no tienen explicación». Luego precisó: «Me mostraron un celular y en el celular tenían una foto y me dijeron: Mira Maduro, mira esta foto, la tomamos a las dos de la mañana de hace varios días; estábamos trabajando y de pronto nos apareció aquí, en este paredón de abajo, del hueco, una figura», y añadió conturbado: «Se me paran los pelos nada más de contarlo», antes de sentenciar: «Chávez está en todas partes, Chávez somos todos».
Positivo y negativo del rostro de Turín
Las huellas corporales de personajes célebres han sido documentadas en más de una ocasión; sin ir muy lejos, está el caso del Santo Sudario de Turín, la tela sobre la que habría quedado impresa una imagen de cuerpo entero de Jesús de Nazaret. La rendición en negativo de la imagen del rostro muestra una E—¿de enterrado?—que estaría invertida en el rostro real. Si esto es la impresión del cuerpo de un crucificado, es comprensible que permanezca en una tela antigua pues habría habido contacto directo del rostro con el material de lino. No es éste el caso de la efigie de Chávez; no está documentado que haya visitado en vida el túnel particular del Metro en el que fuera avistada su efigie, y tampoco que su cadáver haya sido paseado por esas profundidades.
Otro ángulo que muestra dos caras
Pero expertos forenses pudieran hacer estudios de la métrica en la foto del celular para corroborar que se trata de la imagen del presidente fallecido. Hay quien ha señalado que hasta la verruga presidencial aparece nítidamente en ella; otros, pasándose de vivos, han creído invalidar esta circunstancia al señalar que esa excrecencia facial la tenía el muerto del otro lado, sin considerar que se trataría de una imagen especular, no fotográfica; para explicar el asunto de la E invertida en el presunto rostro de Jesús, anota Wikipedia en Español: «Hay que tener en cuenta que, a diferencia de una foto, la imagen en el sudario sería la impresión directa del cuerpo sobre la tela, de tal manera que su lado derecho (a la izquierda en la imagen) correspondería a la izquierda del rostro real». Tal cosa significa que la imagen registrada se manifestó en el muro por impacto directo de una proyección ectoplásmica de Hugo Chávez y que, como la cara muestra los ojos abiertos, el evento ha debido producirse mientras seguía con vida.
No faltarán los incrédulos de oficio que señalarán que siempre es posible distinguir un rostro o un caballo o un hipótamo en una nube o alguna superficie con rastros irregulares y difusos o que, si se trata de una cara verdadera, muchas otras personas pudieran tener rasgos coincidentes con los de la foto exhibida por el presidente Maduro. Otros, más irreverentes aún, dirán que es apropiado que fuera encontrada en localización subterránea, como correspondería a alguien que esté en el infierno.
A estos desconfiados opondré mi propio descubrimiento—se me paran los pelos nada más de contarlo—: la fotografía que encabeza esta nota—Three in bed, del fotógrafo Iain Blake, residenciado en Escocia—apareció al azar en la pantalla de mi computador, tras una distraída búsqueda de Stumble! por Internet, y en ella veo ¡no menos de siete veces la figura de Chávez!
Descontemos los guijarros menores—sorprendentemente, parecen dedos de pies—y numeremos las piedras de izquierda a derecha y de arriba abajo; de la número 1 hasta la número 5 están en la fila superior; de la 6 hasta la 11 en la inferior. En la primera se nota la figura del Corazón de la Patria—ya detenido—tras unas persianas, pero se observa claramente que blande algo en su mano izquierda, tal vez el loro con el que se retrató hace varios años. En la rojiza número 2 (cuadrante superior) puede observarse el rostro esquemático de Chávez con birrete universitario, como usó en actos varios en el país; de nuevo, parece haber una impresión de la verruga, algo chorreada, en la ubicación correcta, la misma de la foto de la Línea 5. La piedra número 3 (ya roja-rojita) exhibe, en mi opinión, la imagen más impresionante entre todas: Chávez, de pie, con su inconfundible boina, lee un libro tras una barrera blanquecina; sus piernas están indudablemente vestidas por pantalones de camuflaje y terminan enfundadas en botas militares. La que sigue me confunde; creo ver cosas distintas en ella cada vez que la veo, pero la número 5 lo representa desnudo, como los héroes antiguos, y el puño izquierdo (según Wikipedia) alzado como símbolo de la lucha contra el imperio.
Piedra 1
Piedra 2
Piedra 3
En la fila inferior la piedra número 6 lleva inscrito su rostro hacia abajo y el borde derecho, ataviado con tricornio de prócer; la siguiente muestra dos caras, una arriba y una abajo, y no he podido decidir cuál es cuál. Una vez más, es el índice enhiesto de la mano izquierda de Chávez lo que nos señala el rumbo al socialismo en la piedra 8, y la novena lo muestra de niño, asomado a un muro con los pelos erizados por el destino que presentía. No logro ubicar su imagen en las dos últimas piedras, quizás porque están más lavadas, pero añado este dato: mi difunta madre encontró el caparazón de una chinche de monte con la imagen de la Virgen de Coromoto, y monseñor Ferreira, entonces Párroco de El Recreo, a quien llevó el hallazgo en una cajita, le dio permiso a su devoción estrictamente personal; no debía predicar el milagro más allá de nuestra casa.
Piedra 4
Piedra 5
Piedra 6
Piedra 7
Piedra 8
Piedra 9
Creo haber demostrado que Chávez, como Maduro dice, está en todas partes, doquiera que alguien quiera verlo. Más de un venezolano lo encontraba hasta en la sopa. LEA
La obra de Henrik Ibsen (1882) preserva su vigencia
Jorge Palacios y Basilio Álvarez representan en Enemigo del puebloa los hermanos Stockman: el alcalde—gobernador en la adaptación de Ugo Ulive—y el médico de un pueblo noruego que se enfrentan para defender, uno, el poder y el otro la verdad. A juicio de mi señora y de una amiga común, que comparto, la actuación más destacada es la del primero, la del villano, no la del héroe. El montaje es minimalista (para una «sala» minimalista), pero el texto de Ibsen es lo más importante y es convincente. Mark Twain dijo que la diferencia entre la ficción y la realidad es que la primera tiene que ser verosímil, y la trama de la obra lo es enteramente; hechos como los que retrata ocurren con lamentable frecuencia. Vale la pena ver el drama montado por Skena, Grupo Teatral. A la fecha de hoy, quedan dos semanas de actividad; un total de seis presentaciones más. (Dos viernes y dos sábados a las 8 p. m. y dos domingos a las 6. p. m., en los espacios culturales de BOD-Corpbanca en la Plaza Isabel la Católica de La Castellana).
Henrik Ibsen fue un dramaturgo notable, uno de los más influyentes de todos los tiempos. Sus obras son enteramente realistas, verosímiles, poderosas. La gente de la Enciclopedia Británica emprendió la publicación de una colección de obras admirables—Great Books—por autores fundamentales que van desde Heródoto hasta Freud; también hizo una selección de otras obras imperecederas, a modo propedéutico, a la que llamó Gateway to the Great Books. En el tomo 4, dedicado comootros dos a la Literatura imaginativa, escogió reproducir, no Hedda Gabler o Peer Gynt, ni siquiera la anticipatoria Casa de muñecas, sino An Enemy of the People. En la nota introductoria dice, a partir de lo que se aprende en el potente drama:
Un hombre solo de pie, con la justicia de su lado contra el tirano, es una figura dramática familiar y poderosa. Pero también existe en la vida real. A menudo sufre la derrota personal, incluso la muerte. Pero su acción heroica no perece con él. Ella perdura, y hace a la vida más justa y habitable para el resto de nosotros. El idealismo, pues, en lugar de ser tonto e impráctico, puede resultar al final el único camino práctico.
El Dr. Stockman se irguió ante la más insidiosa de las tiranías: la de la mayoría, instigada por políticos inescrupulosos. Ver la pieza de Ibsen es la mejor forma de vacunarse contra ella. LEA
Debo a Andrés Ignacio Sucre Guruceaga la inmensa fortuna de haber conocido a mi esposa, en la noche del martes 11 de mayo de 1976. En El padrino, de Mario Puzo, se da cuenta del rayo que cayó sobre Michael Corleone cuando por primera vez vio a Apolonia. María Elena Ramos reseña el pasaje:
Descansaba a la sombra de un naranjo cuando sufrió el ataque de lo que los sicilianos llaman “el rayo”. Su corazón empezó a latir “más de prisa de lo normal, se sentía un poco aturdido y notaba que la sangre bullía en su cuerpo. Percibía intensamente los mil perfumes de la isla; el aire olía a naranja, a limón y a flores. El cuerpo no le pesaba. Se sentía en otro mundo (…) Estaba tan anonadado que se hubiera dicho que acababa de atropellarlo un coche”. (…) “Lo que sentía en ese momento era un irresistible deseo de posesión (…) No conseguiría quitarse de la cabeza el recuerdo de la muchacha si no conseguía que fuera suya. De repente, su vida se había simplificado. Ahora todo convergía en un solo punto, haciendo lo demás indigno de atención”. (…) “Flechazo” o “amor a primera vista”, no alcanzan a definir, a nuestro parecer, el golpe inédito, eléctrico, violento, feliz y animal, que sufren todos nuestros sentidos cuando pega el rayo; un golpe que te deja anonadado. (…) El rayo es una instantánea revolución de los sentidos en la que no existe la ternura, la dulzura. Es como un exuberante paraíso en el que nunca creímos, pero que se aparece de repente.
Fue más o menos eso lo que me pasó esa noche, y nunca me había ocurrido algo que se le aproximara medianamente. Como dijera de mi primer hijo, ella es causa de un amor y de un orgullo de los que no he podido recuperarme.
Andrés Ignacio me había invitado a un concierto aniversario en su casa de una coral que dirigía mi compadre y amigo de juventud, Eduardo Plaza Aurrecoechea. Allí me cayó el rayo. Nacha Sucre—¡qué nombre único y perfecto!—formaba parte del grupo de contraltos. Me fueron evidentes su vivacidad y su alegría, su poderosa hermosura. Al salir de la casa de la Calle 5 de Los Palos Grandes, obtuve de Andrés una sucinta información acerca de la situación sentimental de su prima y concebí esperanzas. A pesar de no haber cruzado con ella más de dos decenas de palabras, tenía la clarísima certeza de que era la mujer que siempre amaría. Ya en mi apartamento de divorciado solitario, me atravesaba un solo pensamiento: que yo debía por sobre todo respetar, siempre y escrupulosamente, la libertad de esa mujer de la que me había instantáneamente enamorado.
Días después (28 de mayo), sentí la necesidad de escribir sobre lo que me pasaba, e imaginé que decía a un cercano amigo: «Quiero contarte, Diego Bautista, de una mujer. Que se me está metiendo, compañero»:
Es muy fácil recordarla. Tan fácil como difícil describirla. Claro, puedo poner en palabras cada atuendo que le he visto. Desde el uniforme de pañuelo color contralto, hasta la blusa rayada de botones grandes. Puedo escribir los objetos que la tocaron o las cosas que me ha dicho en una noche, una mañana y una noche. De allí hacia más, la tarea se me escapa. Logro sólo, por ejemplo, después de un buen esfuerzo, desmenuzar alguno de sus gestos de demolición. Es algo así como una explosión de breve eternidad en la que coinciden una inclinación de la cabeza, una sonrisa inestimable y un brillo salado en la mirada. Pero eso no es avanzar demasiado, pues no describo—y quizás no pueda hacerlo—ninguno de esos socios expresivos, ni otros solidarios en su fuga y que no he sabido glosar aunque sé que están presentes. Tampoco me importa mucho, porque cuando viven en su rostro están juntos. Mi intento, por tanto, profano. Además puedo repetir en mi memoria la escena de ese gesto, su dulce violencia, con nitidez de lluvia fina.
Llegado julio, había aceptado compartir conmigo un café en Sabana Grande, y el recuerdo de la noche en que un hombre se acercó a nuestra mesa—para ver si le comprábamos un ejemplar de La ciencia en la Unión Soviética—quedó plasmado en Camarada Carmona, que justamente comienza con otra imagen pluvial: «Ya la lluvia se había hecho enumerable». Nacha era capaz de calar los huesos de cualquiera.
Eso lo supe después. Se tomó casi tres años para aceptarme el matrimonio, y en ese lapso fue cortejada por una serie interminable de caballeros. Francisco Villegas me contó una vez que en la discoteca La Lechuga se referían a ella como «la Mata Hari», tal era su fama de competente femme fatale. Pero yo había jurado respetar su libertad y mi suegra me explicó de uno de los pretendientes: «Es sólo un amigo que la distingue».
En 1979 fuimos marido y mujer, y nos dedicamos a procrear tres hijos hermosos, entre ellos el primer descendiente varón de mis suegros. (Trajimos uno previo cada uno; yo el ya aludido, ella una hija que vale la pena). Hicimos primero a Eugenia, a quien su abuelo le escogió el nombre para significar que era bien nacida; yo la exhibía feliz, al mes de haber venido, en mi oficina, y uno de los empleados la bautizó como Estrella de la mañana. Luego, Luis Armando, la copia exacta del mismo abuelo materno, genéticamente portador de 45 cromosomas Sucre, hombre de mil amigos en quien sus hermanas confían ciegamente. Por último, María Ignacia, nacida en el cumpleaños de mi madre para distinguirse mucho académicamente y con su pluma y, recientemente, en el ciclismo urbano. Los tres han heredado la nobleza de la madre.
Más allá de eso, Nacha no ha dejado de crecer personal y profesionalmente. No conozco gente que sepa de ella y no la quiera, y ella quiere—mis celos se desvanecen ante el hecho—estrictamente a todo el mundo y sobre éste distribuye su bondad. Ha surgido en ella una escritora de seguro instinto narrativo; es autora publicada—Alicia Eduardo: Una parte de la vida—: «…es la misma Nacha Sucre de siempre, sabia ante la vida y el amor, la misma mujer de fresca relación con lo real, que escribe as a matter of fact de modo eficaz y bello con el don de los escritores natos. …la oportunidad del trabajo sistemático le hizo sentirse segura en la constatación de su poder, y ya sabe que es irreversiblemente una escritora». No cesa de estudiar y aprender su nuevo oficio.
Mientras yo esperaba (o desesperaba) su admisión de que yo era «el hombre de su vida», concebí en mi guayabo componer una novela que la tuviera como centro, y los capítulos iban a tomar su título de cada verso de La idea de orden en Cayo Oeste, el gran poema de Wallace Stevens, pues ella, en verdad y no sólo como contralto en un coro, cantaba más allá del genio del mar. Es el mar parte de la sustancia de mi esposa, y aunque el matrimonio hizo innecesaria la novela, acá dejo constancia hoy, en el día de su cumpleaños, de su retrato anticipado por Stevens: «But it was she and not the sea we heard. For she was the maker of the song she sang».
It was her voice that made The sky acutest at its vanishing. She measured to the hour its solitude. She was the single artificer of the world In which she sang. And when she sang, the sea, Whatever self it had, became the self That was her song, for she was the maker. Then we, As we beheld her striding there alone, Knew that there never was a world for her Except the one she sang and, singing, made.
(Pero era ella y no el mar lo que oímos./ Porque era ella la hacedora de la canción que cantaba. (…) Era su voz la que hacía el cielo más agudo al desvanecerse./ Ella medía su soledad a la hora./ Ella era la sola artífice del mundo/ En que cantaba. Y cuando cantaba, el mar,/ Cualquiera esencia tuviera, se hacía la esencia/ Que era su canción, porque era ella la hacedora. Entonces nosotros,/ Al verla allí caminando sola,/ Supimos que nunca habría un mundo para ella/ Que no fuera el que cantaba y, cantando, hacía).
El poema leído por su autor
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Apostilla del 2 de agosto:
Claude Debussy también presintió a esta mujer de mar en 1905; por supuesto, en La mer. La anticipación ocurre en el último movimiento de la gran suite: Dialogue du vent et de la mer. He aquí su cierre, que comienza con la melancólica dulzura de su canto en oboe y flauta. Nacha ha condimentado su alegría, su rasgo fundamental, y como la magnífica cocinera que es, con una pizca de la tristeza que ha vivido. Pero a ésta se superpone el triunfo luminoso de su dicha, y danza juguetona en la orilla mojándose los pies. Entonces se aleja para atender cosas de la tierra diciendo adiós con la voz penetrante y lejana del flautín, y el mar se agita para pedirle que vuelva; él queda convencido de su promesa de retorno y calla abruptamente.
Gustavo Sucre Eduardo entre Laureano Márquez, César Miguel Rondón… e Ignacio de Loyola
Al padre Gustavo Sucre S. J., verdadera columna vertebral de la Universidad Católica Andrés Bello, su Decano de la Facultad de Economía y su Secretario por muchos años. La universidad quiso premiarle con un especialísimo Doctorado Honoris Causa en Derecho pues, como cuenta el jurista José Luís Aguilar Gorrondona, quería ser abogado y sacrificó su interés al de la universidad, que tenía demasiados hombres de leyes cuando carecía de quienes supieran ciencia económica. No hay misas que den más paz y más sucintas que las que oficia, en cuyos escuetos y pertinentes sermones nunca falta una balsámica nota de humor.
Prólogo a Alicia Eduardo: Una parte de la vida
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Seguramente como secuela de un exitosísimo e insólito espectáculo del que fuera moderador, César Miguel Rondón entrevistó al padre Gustavo Sucre, queridísimo tío de mi esposa. En la Universidad Católica Andrés Bello, la casa de este sacerdote jesuita, Rondón había dirigido las Confesiones del Padre Sucre, que fueron sacadas de su buche por el hábil inquisidor Laureano Márquez. Tuve la suerte de estar con mi familia en la atestada Aula Magna de la universidad y reír indeteniblemente. No es en nada inexacto decir que esa reciente noche (25 de febrero) el cura superó con creces al humorista.
Esta mañana, la emisora Éxitos FM transmitió una conversación amable y divertida con este cura impar. Su hermano Gonzalo fue el único de los que pudo competir con él en el ingenio de su buen humor, pero Gustavo es la destilación—¿por aquello del güisqui?—de los Sucre Eduardo, de quienes pudo decirse:
…para hablar con propiedad de los Sucre Eduardo se requeriría oficio de antropólogo, puesto que hay una cultura Sucre Eduardo. Seguramente es su primer rasgo distintivo la religiosidad. Don Andrés y Doña Alicia fueron católicos fervientes, y decir Sucre Eduardo es decir Loyola, y no sólo por el deporte. En recuerdo del cura Gustavo también Hernando habría considerado el sacerdocio como vocación, tal como le confiara en una carta, y son las innumerables misas en familia, en fechas especiales del santoral o en recuerdo de los muertos, ocasión a la vez de recogimiento y regocijo, y no pocas terminan en condumio copioso, recientemente en areperas.
La nobleza, la solidaridad, la discreción, la alegría, el sentido de realidad, la noción del deber ineludible, la paciencia, el respeto del prójimo y lo ajeno, el espíritu de cuerpo, la seriedad, la pasión deportiva, el tino para conseguir consortes, la falta de pretensión y una orientación práctica y desenredada hacia la vida, son rasgos comunes a los Sucre Eduardo, y esa múltiple conjunción, reiterada doce veces, sólo puede explicarse en la labor paternal y maternal de Andrés y Alicia.
He aquí el audio del trabajo Sucre-Rondón:
Gustavo Sucre con César Miguel Rondón
Poquísimas entradas de este blog me han permitido más alegría. LEA
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