LEA #285

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La senadora Hillary Clinton trabajó duro ayer, luego de que los resultados del martes en las primarias de Indiana y Carolina del Norte parecieran indicar que su campaña por la candidatura demócrata a la Presidencia de los Estados Unidos es un caso perdido. Clinton ganó la primaria de Indiana, pero sólo por 1,84% de diferencia, mientras que perdió la de Carolina del Norte por catorce puntos.

Ayer recibió un golpe de otro tipo. La persona para la que ella hiciera su primer trabajo político, el ex candidato George McGovern (que no pudo gobernar en su momento a pesar de su estupendo apellido), y que originalmente le había dado su apoyo, declaró ahora a favor de la candidatura de Barack Obama, no sin recordar su propia experiencia para advertir que no era nada bueno para los demócratas herir a quien seguramente portaría su estandarte, en referencia a los ataques desatados contra Obama en las semanas más recientes.

Reponiéndose de este golpe, Cinton procuró restañar la previsible hemorragia de superdelegados a favor de Obama, en reunión a puertas cerradas en Washington D. C. Lo que pudo ofrecer, sin embargo, es harto improbable. La oferta consiste en ganar cuatro de las seis primarias restantes, lograr el reconocimiento de delegados a la convención demócrata para los estados castigados de Florida y Michigan—porque se celebraron en contravención de normas del partido—y reclutar a su favor la gran mayoría de los 250 superdelegados que aun no se han pronunciado. No es una oferta creíble.

Luego habló por unos veinte minutos en la Universidad Shepherd, ante una audiencia que la abucheó en más de una ocasión. Su lenguaje había cambiado. Ya no dijo “cuando yo sea Presidente”, sino “si soy electa Presidente”.

Lo que resta de contienda entre Obama y Clinton debiera conducirse con realismo por parte de los demócratas. Su partido debiera capitalizar la idea de que cualquiera de sus dos precandidatos haría historia convirtiéndose en candidato y luego en presidente. Uno por ser negro, otra por ser mujer. Cualquiera de las dos opciones representa un cambio auspicioso.

De escuchar Clinton los llamados más frecuentes, que le recomiendan abandone la carrera, pudiera abrirse la puerta a que Obama le ofrezca el cargo número dos, como candidata a la Vicepresidencia, No es difícil percatarse de que que un ticket como ése será la combinación candidatural más poderosa de la historia política moderna de los Estados Unidos. La llave Obama-Clinton pudiera hacer prácticamente imposible la elección de John McCain, que ha venido usufructuando la disputa en el campo demócrata. Sería un regreso a las percepciones de hace unos meses, cuando una mayoría de estadounidenses pensaba que cualquier candidato republicano perdería ante cualquier candidato demócrata.

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LEA #284

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Ha habido más de una campaña electoral que ha sido comparada con una montaña rusa; esto es, como un trayecto de subidas y bajadas que se alternan. Ciertamente, ésta es una caracterización que puede muy bien aplicarse a la carrera por la nominación de la candidatura demócrata a la Presidencia de los Estados Unidos. Hasta el martes pasado la candidatura del senador Barack Obama parecía invencible, al punto de que la senadora Hillary Clinton recibió presiones para que retirara la suya. Sin embargo, los resultados de la elección primaria de Pennsylvania, que le han dado el triunfo y un nuevo aire a Clinton, parecen haber puesto a Obama a la defensiva.

Por supuesto, Clinton fue siempre la favorita para ganar en ese estado—the Keystone state—, donde las encuestas le auguraban inicialmente una ventaja de hasta veinte puntos, y Obama logró recortar esa diferencia a la mitad. Este “logro” es destacado por el comando de campaña del senador por Illinois. También es verdad que Obama sigue punteando en votos totales, en delegados adquiridos, en compromisos públicos de “superdelegados” y, last but not least, marcadamente en recursos financieros. (Aunque la victoria en Pennsylvania le ha reportado a Clinton un súbito crecimiento de contribuciones en dinero a su campaña). Todavía tiene Clinton más problemas que Obama.

Pero los resultados del martes han disminuido el aura de invencibilidad que Obama había comenzado últimamente a disfrutar. Hay analistas que adelantan que el factor racial está afectando negativamente a la carrera de Obama. Una encuesta entre los electores de Pennsylvania—Edison-Mitofsky—indica que Clinton obtuvo el favor de 63% de los votantes de raza blanca, mientras que Obama se alzó con 90% de los negros.

Obama ha tratado de minimizar estas interpretaciones de sus recientes dificultades, señalando que fue un factor más importante que los votantes de mayor edad “son muy leales” a Hillary Clinton. La implicación es que ese grupo de edad, por razones naturales, tiende a temer el grado de cambio que Obama representa. La oposición republicana, por su parte, no ha dejado de estimular el sesgo racial, al continuar la explotación publicitaria de los incendiarios discursos de Jeremías Wright, el pastor negro que dirige la iglesia a la que Obama está afiliado.

Pero algún efecto negativo han debido ejercer unas imprudentes declaraciones del candidato negro, quien poco antes del cotejo de Pennsylvania propuso en San Francisco, en clara alusión a pobladores de ese estado, la tesis de que la amargura de los obreros les llevaba a refugiarse en la religión y las armas de fuego. Una cosa así suena demasiado a arrogancia, a una persona que ya se sentía ungido como el candidato demócrata, que creyó que su exitoso discurso sobre el problema racial norteamericano le autorizaba a juicios críticos horizontales que no pueden caer bien a estratos enteros de la población. Si éste es el caso, tal conducta no es un buen síntoma.

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LEA #283

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Varias veces se ha traído acá una observación de George Lakoff, experto en el empleo de “marcos lingüísticos”. El profesor describe la hábil expresión “alivio fiscal”, introducida por el gobierno de George W, Bush para camuflar su trato preferente a los grandes capitales, a los que favorece con rebajas impositivas. Al usar la palabra “alivio”, se sugiere que quien alivia es bueno y que quien se le opone es malo. Escribe Lakoff: “Pronto una buena cantidad de gente estaba usando la expresión ‘alivio fiscal’, y antes de darnos cuenta los demócratas comenzaron a usar la expresión ‘alivio fiscal’ y se dieron un tiro en el pie”. Se oponían a ventajas adicionales a los más grandes empresarios, pero al copiar la terminología del gobierno actual de los Estados Unidos, sin percatarse encarnaron a villanos desalmados que se oponían a un “alivio”.

Por estos lados se cae en trampas similares. Una notoria es la aceptación de los términos “Cuarta República” y “Quinta República”. Ramón Guillermo Aveledo, por ejemplo, en hábil y justa defensa de los gobiernos democráticos anteriores al de Chávez, tituló a su útil y más reciente libro “La 4ta. República” (Lo bueno, lo malo y lo feo de los civiles en el poder).

Esta semana se convocaba, en el sector de la caraqueña urbanización Sebucán, una asamblea de ciudadanos con el fin de organizar oposición al proyecto oficialista de reforma curricular. Pero al vocear la convocatoria desde vehículos con altavoces, o incitar a la asistencia con afiches pegados por toda la urbanización, declaraban que la iniciativa iba contra el “Proyecto de Currículum Bolivariano”. Esta peculiar construcción, con mayúsculas y todo, se hace eco de la terminología gubernamental y por eso mismo la consagra indebidamente. Es como darse un tiro en el pie.

No hay nada de bolivariano en el proyecto de currículo que vende Adán Chávez. No es ésta una república bolivariana, y mucho menos es bolivariana esta “revolución”, que es más bien involución, puesto que se trata de un retroceso.

A pesar de que la proclamen pasaportes, cédulas, billetes de banco, vallas y gigantografías, la república que Hugo Chávez preside no es bolivariana. Nos hemos dejado arrebatar el exacto significado del concepto bolivariano, y hemos permitido un uso adulterado del mismo por parte de un gobierno sin escrúpulos, que manipula a punta de propaganda mientras pretende el monopolio del adjetivo y ha convertido a Bolívar en marca y franquicia.

Cada vez que admitimos que a algún despacho “del poder popular” se le llame así, que se caricaturice la hazaña democrática venezolana como “Cuarta República”, que se etiquete cualquier cosa—las ejecutorias, por caso, de Barreto y Bernal—como bolivariana, reforzamos, sin proponérnoslo, la perniciosa coartada chavista.

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LEA #282

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Leído el documento declarativo de “principios” (7 de los corrientes) de la agrupación política Un Nuevo Tiempo, es poco lo que pueda uno rechazar, tan genéricas e inocuas son sus proposiciones. ¿Quién se alzaría para expresar oposición, por caso, a la noción de que “este siglo debe ser de las democracias de avanzada con justicia social”? ¿Cómo puede uno oponerse a la formulación que dice: “Exigimos para todos los pueblos del mundo—sea cual fuere su cultura tradicional—su emancipación de toda forma de despotismo político y su derecho a reconstruir su destino sobre la base de la voluntad ciudadana libremente expresada”? Ni siquiera Hugo Chávez sale a proponer abiertamente las bondades del despotismo político.

La Declaración de Principios Ideológicos y Programáticos de Un Nuevo Tiempo no es, pues, otra cosa que un amasijo de lugares comunes, buenos para cualquier cosa en función de su inanidad y mediocridad. La redacción, por otra parte, no es muy cuidada. Al cierre mismo del documento, por ejemplo, se lee lo siguiente: “Un Nuevo Tiempo nació para que la Democracia Social en Venezuela nos conduzca a un país donde la libertad, la equidad económica y la justicia social, logre para nuestra patria un desarrollo sustentable, para que nuestros ciudadanos satisfagan sus necesidades materiales y se realicen espiritualmente, nacemos mirando hacia el futuro, dispuestos a luchar porque no se repitan los errores del pasado y se supere el desastre del presente”.

La insistencia de los partidos convencionales—Acción Democrática, COPEI y demás residuos atávicos, pero también el Partido Socialista Único de Venezuela, Primero Justicia y ahora Un Nuevo Tiempo—en declarar compromisos ideológicos, les ubica nítidamente en grupo ya periclitado. No es una ideología—una panacea llena de palabrería y a veces de prepotencia—lo que puede servir como solución a los grandes problemas públicos, que es preciso acometer, antes que con ideología, mediante metodología profesional.

Pero es todavía peor cuando estos obsoletos esfuerzos no son sino excusa más o menos vistosa para disfrazar un proyecto personalista. En los primeros dos párrafos de la declaración principista de Un Nuevo Tiempo se menciona por nombre y apellido a Manuel Rosales: “Un Nuevo Tiempo como movimiento político nace en el Estado Zulia, bajo la conducción de su líder y fundador Manuel Rosales… Al convertirse Manuel Rosales en el año 2006, en el candidato presidencial de la unidad opositora al continuismo autocrático, con propuestas y valores, que a pesar de lo corto de la campaña obtuvieron el apoyo de más de cuatro millones de venezolanos, motivó la decisión de miles de ciudadanos en todo el territorio nacional, de organizar este esfuerzo, estas propuestas y valores, en un gran movimiento político nacional, para lo cual se decidió designar y juramentar nuestra Comisión Organizadora Nacional el pasado 3 de Marzo de 2007”.

No puede negarse que Manuel Rosales es un operador político diligente, no exento de valentía—pedradas soportó en la campaña de 2006—pero no hizo en aquel momento otra cosa que usufructuar el mercado cautivo opositor, que igualmente habría votado en la misma magnitud por casi cualquier otro candidato y al que Rosales no añadió ni un solo voto. (Perdió las elecciones presidenciales hasta en el estado Zulia, y de hecho, proporcionalmente, levantó menos votos opositores que los del referendo revocatorio de 2004).

No tiene Rosales talla de estadista, y si pudiera todavía, con el tiempo y mucho estudio, crecer hasta ella, no tiene nada de moderno ni de democrático exaltar su figura justamente al comienzo de una declaración “de principios”. Ya está bueno de sujetar las organizaciones políticas a obligaciones personalistas.

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LEA #281

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El mundo no para. Mientras algún sobresalto de origen oficialista captura la atención de los venezolanos—las recientes acusaciones contra Isaías Rodríguez o de la familia latifundista presidencial, por ejemplo—el planeta produce millones de acontecimientos significativos cada día. De éstos sólo podemos enterarnos de unos pocos, y es más fácil captar los que suceden en los países más prominentes, sobre todo si con ellos tenemos una importante relación.

De todas las cosas que ocurren en los Estados Unidos, si a ver vamos, dos noticias destacan por estos últimos días. Una de ellas, ominosa, es la evaluación que acaba de presentar el Presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, sobre las perspectivas inmediatas de la economía estadounidense, ante el Comité Económico Conjunto de ambas cámaras del Congreso de su país.

Bernanke reconoció que el desempeño económico más probable de los Estados Unidos, durante el primer semestre de 2008, era el de un estancamiento, sin descartar la posibilidad de una contracción:  “Parece ahora probable que el producto nacional bruto no crecerá mucho, si es que lo hace, en la primera mitad de 2008, y pudiera incluso contraerse ligeramente”.

El jefe del banco central de los Estados Unidos añadió que los mercados financieros continuaban bajo presión considerable, limitados en su capacidad de añadir crédito, y dijo que esperaba un aumento del desempleo, reducción de las nóminas en términos monetarios y una caída de la construcción. Puso su esperanza, sin embargo, en una recuperación durante el segundo semestre del año. La recesión en los Estados Unidos, pues, ya ha sido predicha oficialmente.

La dinamicidad de la economía norteamericana tiene mucho que ver con la del planeta entero, y en nuestro caso impacta la demanda general de petróleo. No tenemos nada que celebrar cuando el gigante norteamericano se enferma.

Tampoco cuando allá se destapa, es la segunda noticia, un memorándum procedente del Departamento de Justicia, dirigido al Pentágono en 2003. En él se daba libertades a los militares estadounidenses para que obviaran cualquier principio humanitario, en el tratamiento de prisioneros de su guerra privada contra el terrorismo, Es decir, era la autorización de la tortura. La pieza se conoce ya como el “memo Abu Ghraib”, en alusión a la infame cárcel en Irak. ¿Qué más puede decirse del gobierno de George W. Bush para certificarlo como el peor en la historia de los Estados Unidos?

La buena noticia es que en los Estados Unidos se puede descubrir cosas así y repudiarlas públicamente, sin que el jefe del ejecutivo pueda atribuir ese examen al “terrorismo mediático”. Hasta Sony Entertainment Television ha puesto en el aire una rochelera comedia—That’s my Bush—que ridiculiza su figura por nombre y apellido, presentándola sin tapujos como la de un incompetente. Aquí se enviaría huestes de franela roja a atacar a quien osara una producción independiente de ese tipo.

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LEA #280

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En artículo publicado el lunes de esta semana en El Nacional, Willian Lara acoge y saluda no sólo declaraciones recientes del Obispo de San Cristóbal, Mario Moronta, sino que valora la tesis central de un famoso libro cocinado en el IESA a mediados de los ochenta—El caso Venezuela: Una ilusión de armonía—cuyo editores fueran el sociólogo Ramón Piñango y Moisés Naím, luego ministro de Carlos Andrés Pérez en su segundo gobierno y hoy editor de la revista Foreign Policy.

Lara alude a Moronta porque éste habría respondido una observación del periodista que lo entrevistaba, Reynaldo Trombetta, respecto de la división de clases que el gobierno nacional aviva y explota. Moronta apuntó que esa división no es nueva: “Desde hace muchos años siempre ha habido un problema de división”. En verdad, una realidad de mole tan evidente no escapó a la mirada de Lech Walesa, cuando vino a Venezuela en 1989 para asistir a la segunda toma de posesión de Pérez. Le bastó el recorrido desde el aeropuerto de Maiquetía hasta Caracas para diagnosticar que Venezuela era, no un país, sino dos países en realidad.

También cita el ex ministro el libro editado por Naím y Piñango para afirmar: “…la cohesión de la sociedad venezolana era en realidad una apariencia forjada con el reparto de migajas del ingreso petrolero a las mayorías nacionales, excluidas del lomito del bienestar rentista logrado con la exportación del oro negro. Esta visión predictiva [de El caso Venezuela] fue brutalmente confirmada en 1989 con la insurgencia del 27 de febrero. La armonía era sólo una ilusión”.

Pero Moronta también abogó en la entrevista mencionada por el establecimiento de un clima de diálogo entre gobierno y oposición. A esto acota Lara que, por una parte, el gobierno sí mantiene diálogo con “las bases” de la oposición: “Pero peca [Moronta] de reduccionismo al omitir que sí hay diálogo de quienes apoyan y protagonizan la revolución con parte sustantiva de las bases sociales de la oposición. En el seno de sindicatos y gremios el encuentro es real entre revolucionarios y partidarios de otras opciones. El pueblo dialoga más allá de las posiciones ideopolíticas; y lo hace con base en sus intereses comunes, de lo que le une: la elevación de su nivel de vida, por lo que ese diálogo invisibilizado por los medios de comunicación, nutre la defensa de los logros populares conquistados en los últimos años como, por ejemplo, el médico de familia, el acceso a la educación, la red de distribución de alimentos”.

A continuación precisa: “La propuesta de Moronta vale como una invitación a extender el diálogo desarrollado desde el seno del pueblo y llevarlo al liderazgo político formal, pero incurre el proponente en una omisión fundamental al dejar sin respuesta una pregunta clave, ¿quién ha de ejercer la vocería interlocutoria de la oposición en una dinámica conversacional?: ¿Rosales–Un Nuevo Tiempo? ¿Borges–Primero Justicia? ¿Baduel–Podemos? ¿Salas–Proyecto Venezuela? ¿Mendoza–Copei? ¿Oscar Pérez–Comando de la Resistencia? ¿Ledezma–Alianza Bravo Pueblo? ¿Los empresarios de la telepolítica? ¿Ramos Allup–Acción Democrática? ¿Urosa–Conferencia Episcopal? ¿González–Fedecámaras? ¿Andrés Velásquez–Causa R?”

A lo que Lara alude es a una circunstancia diagnosticada desde hace tiempo, la ausencia de una cabeza definida en la oposición, de la añorada contrafigura de Hugo Chávez. Ésta es una añoranza que se hace cada día más evidente para esas mismas bases opositoras que Lara menciona.

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