LEA #242

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En la abigarrada e indigesta dotación teórica del Presidente de la República ha hecho aparición reciente el nombre de Antonio Gramsci, el filósofo marxista italiano que tuvo la cárcel por oficina final y definitiva. Un antiguo socialista, Benito Mussolini, había llegado al poder en la Italia de 1922. Prontamente, el dictador bocón y teatral ordenó el arresto del líder del Partido Comunista Italiano, Amadeo Bordiga, y Gramsci se vio súbitamente encargado de la dirección del partido que había contribuido a fundar.

Ya Gramsci traía una significativa trayectoria política y periodística, y era un autor de gran peso más allá de Italia. Vladimir Illych Lenin, por ejemplo, lo consideraba un claro e importante pensador, que había desarrollado los fundamentos del marxismo enmendando la plana de Marx y el propio Lenin. Así, no podía estar libre demasiado tiempo. Electo diputado al parlamento italiano, pronunció en éste un único discurso, en el que describía certeramente al fascismo como movimiento de mortífera peligrosidad. Se dio la orden de arrestarlo en 1926, y dos años después fue juzgado y condenado. El fiscal del proceso declaró la verdadera intención del juicio, al decir: “Debemos impedir que este cerebro funcione por los próximos veinte años”.

Fue en prisión donde llenó doce cuadernos con textos extraordinarios de filosofía política, principalmente. Los “Cuadernos de prisión” fueron rescatados y publicados después de su muerte, la que acaeció en 1937, luego de varias y graves enfermedades, sin que hubiera disfrutado más nunca de libertad. Fue un hombre que dijo que decir la verdad era revolucionario, y que siendo pesimista a causa de la inteligencia era optimista por causa de la voluntad.

Ahora, pues, Hugo Chávez refresca su memoria, buscando en sus nociones justificación de lo que hace. Francisco Toro Ugueto ha escrito recientemente sobre esto en su blog: “…cuando Chávez descubre que es un gran seguidor de Jefferson, reconocemos una ridiculez porque Chávez nunca ha dicho ni hecho nada ni remotamente jeffersoniano. Pero oyendo la interpretación que nos propone Chávez de Gramsci, la concordancia entre teoría y práctica es innegable. De hecho, en el pensamiento de Gramsci vemos el retrato de la política comunicacional chavista de los últimos 8 años…. Desde que llegó al poder, Chávez siempre ha compartido la idea fundamental de Gramsci sobre el rol que juega la ideología a la hora de mantener los privilegios de la clase dominante. Porque, para Gramsci, lo esencial es entender que dentro de la hegemonía burguesa tus ideas no son tus ideas… Sí, ya él sabe que te va a dar rabia que te lo diga, pero igual estás equivocado. Por más íntimas que las sientas, tus ideas las absorbiste, sin darte cuenta, del sistema hegemónico que te rodea: de la radio, de las películas de Hollywood, de RCTV. Ese sistema cultural existe precisamente para convertir a los intereses de la clase dominante en ‘sentido común’, para engatusar a los oprimidos y ponerlos a defender, como cosa propia, los intereses de los opresores. Eso es lo que quiere decir Gramsci cuando habla de hegemonía. Chavismo puro, ¿no?”

Claro, lo que Chávez piensa hacer no es otra cosa que sustituir una hegemonía por otra. Ya los esposos Durant (Will y Ariel), autores de la monumental “Historia de la civilización”, habían extraído de sus estudios que “[n]ada es más claro en la historia que la adopción, por parte de los rebeldes exitosos, de los métodos que acostumbraban condenar en las fuerzas que han depuesto”.

Y ya hace más de tres años que el Brujo de Los Palos Grandes, llegado ayer de la China milenaria, explicara a quien escribe que Chávez sigue protocolos propuestos por Gramsci. Stalin, simplemente, obliteraba totalmente cualquier oposición. Gramsci, en cambio, recomendaba permitir una oposición vocinglera e ineficaz en la calle. Eso sí, había que mantenerla semi-asfixiada.

No se puede, pues, negar a Chávez su gramscismo, aunque no haya todavía entendido bien lo que el italiano quiso decir: “…incluso la filosofía de la praxis [su propia filosofía] tiende a convertirse en una ideología en el peor sentido de la palabra, es decir, un sistema dogmático de verdades eternas y absolutas”. (Entiéndase socialismo del siglo XXI).

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LEA #240

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No se puede tapar el sol con un dedo. Ni siquiera con el enhiesto puño izquierdo de Hugo Chávez en el mitin del 2 de junio en la Avenida Bolívar de Caracas. La repulsa mundial, y la de la mayoría de los venezolanos, al fin de la concesión de televisión abierta que estaba en manos de las Empresas 1BC, es un verdadero chaparrón que no cesa, y no le ha servido al gobierno guarecerse tras los 300 o 500 mil paraguas que logró reunir el sábado pasado con el empleo a fondo de todos sus recursos. (¿No y que se habían inscrito en el PSUV—por cierto de logotipo idéntico al del Partido Comunista de Cuba (ver página web de Luis Tascón)—unos 4 millones de venezolanos?)

La defensa de la arbitraria decisión por parte de los colaboradores del régimen ha sido, por su mayor parte, insultante, agresiva, paranoica y, sobre todo, inconsistente. El periodista Ernesto Villegas, por caso, decía hace unos días por Venezolana de Televisión que si RCTV se preocupaba genuinamente por sus empleados debía ponerlos a trabajar para sacar su señal por cable o por satélite. (En eco de Jesse Chacón, que lleva meses argumentando que RCTV puede hacer justamente eso). ¿En qué quedamos? Una vez que neutralizo a alguien, impidiéndole que distribuya veneno por los ductos de aire acondicionado, ¿cómo es que no tengo inconveniente en que lo administre con aguja hipodérmica?

Es así como el gobierno ha perdido la batalla de la opinión, local y planetariamente. Son muy pocas las voces que en el mundo defienden el arrebatón del que RCTV ha sido objeto. Por supuesto, los compinches Castro, Morales, Correa, Ortega. (Por orden de aparición). Decepcionante es que se haya sumado al apoyo de la medida el Partido de los Trabajadores de Brasil, al que pertenece Luis Inazio Lula Da Silva. Pero aparte de éstos, y de unos pocos mal informados políticos ingleses y uno que otro columnista aislado, el rechazo internacional es poco menos que unánime. Ah, habría que anotar también entre los aliados de Chávez, seguramente, al cineasta norteamericano Danny Glover—aunque no se le ha consultado—quien recibirá un financiamiento de Villa del Cine—adscrita al Ministerio del Poder Popular para la Cultura—de 17,6 millones de dólares para hacer una película sobre el héroe haitiano François-Dominique Toussaint Louverture.

Los cineastas locales se atrevieron a expresar su justificado disgusto ante esta erogación, equivalente de lo que su gremio ha recibido del Estado venezolano en los últimos cinco años. (Con ese monto pudiera financiarse 36 películas nacionales). La respuesta del ministro Francisco (Farruco cuando era simpático) Sesto ha consistido en cercenar las relaciones del despacho con la Cámara Venezolana de Productores Cinematográficos (Caveprol) y la Asociación Nacional de Autores Cinematográficos (ANAC), bajo el pretexto de que serían “de naturaleza elitista y excluyente, que responden a intereses personales y de pequeños grupos de presión”. Poco le faltó para decir que se trataba de golpistas al servicio del imperio norteamericano, prestos a intentar el magnicidio de Hugo Chávez.

En fin, el gobierno sigue buscándose problemas.

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LEA #239

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Las peregrinas e ineptas acusaciones de Willian Lara contra Globovisión, que deducen absurdamente pretendidos mensajes subliminales magnicidas, llaman profundamente a la preocupación. (La vistosa teoría de la eficacia de la «propaganda subliminal» está hoy grandemente desacreditada entre los entendidos en comunicación social). El ministro Lara, quien debiera auspiciar una ley que, como otrora, lleve su apellido, sabe perfectamente que está diciendo tonterías totalmente haladas por los pelos. (Su puntilloso verbo preferiría la elegante fórmula de «traídas por los cabellos»). No se necesita ser semiólogo para entender las señales: el gobierno está dispuesto a montar nuevas arbitrariedades sobre la más delgada de las falacias o la más inverosímil de las patrañas.

Esto es muy mal signo. Cuando el ministro Lara «informa» que ha consultado especialistas en semiótica—incluyendo «dos independientes», con lo que de paso confiesa impensadamente que los restantes no lo son—y expone su estrafalario teorema, nos indica que le importa un rábano si le creemos o no, si la comunidad internacional le cree o no. A fin de cuentas, ya el Presidente de la República ha aplicado varias veces el remedio: la retirada y el aislamiento. Retirado de su propio golpe de Estado el 4 de febrero de 1992, retirado de su cargo diez años más tarde un 11 de abril, retirado de la Comunidad Andina de Naciones, retirado del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, se retirará, como ha anticipado, de la Organización de Estados Americanos y, si lo considera necesario, del Mercosur. Su modelo es Castro, que ha preferido el autismo para Cuba.

Pero también es grandemente preocupante la sintomatología—o más propiamente, la semiología (médica)—de Hugo Chávez, manifestada en su atropellado y, poco característicamente, breve discurso de anteayer.

Las imágenes que empleó fueron casi todas proyecciones. (El segundo estadio de los mecanismos freudianos de defensa es la proyección en terceros de nuestras propias culpas). Así acusó a los directivos de RCTV de «manipular sentimientos», al poner «fascistamente» a llorar empleados desolados por la muerte de su sitio de trabajo. Hay que tener tupé. Si alguien manipula constantemente sentimientos, con populista y demagógica y ramplona sensiblería, ése es Hugo Chávez.

Pero también empleó el más primitivo mecanismo de defensa: el de la negación. El de la infantil negativa a ver la realidad. Es inocultable el casi unánime chaparrón de repudios internacionales a su arbitraria, rencorosa y personal decisión de cerrar la señal de RCTV, pero el presidente Chávez ha optado, una vez más, por el desprecio y la burla a periodistas y actores, a estudiantes, a naciones y órganos internacionales, a quien exprese su repudio ante el abuso que ha dirigido.

Incluso entre quienes apoyan sus más generales políticas hay quienes rechacen el cierre de RCTV. Mercedes Arancibia, portavoz de Reporteros Sin Fronteras en España, habitual admiradora de Chávez, ha dicho: «A lo mejor uno puede estar de acuerdo en líneas generales con Chávez, lo que no puede es consentirle este tipo de actuaciones». En entrevista que concediera a la Deutsche Welle, Arancibia comentó: «Vale que se cree autosuficiente, vale que está convencido de que la aceptación que recibe por su política social le autoriza a hacer cualquier cosa… Vale todo eso, pero el eco internacional que ha tenido esta última medida, probablemente, espero, le hará reflexionar. Por la resonancia que ha tenido el caso RCTV, se puede decir que Hugo Chávez ha dado un patinazo internacional».

Hasta ahora, nada le ha puesto a dar su brazo a torcer. Contesta con amenazas, admite el falaz conteo del espadachín Barreto—que los estudiantes que protestan son muy pocos comparados con la población estudiantil, sin mencionar, por supuesto, que los que han salido a defender la expropiación y la extinción de RCTV  son escasísimos—, se burla desconsideradamente de los empleados que él mismo dejó cesantes.

Está más peligroso que nunca, pues se comporta como fiera herida y acorralada. Como más de un autócrata, se conforta con el espejo falso que le ponen enfrente sus más obsecuentes colaboradores. Por eso ha aceptado como veraz la alucinación de su ministro Lara. Por eso le cree a Barreto y a Carreño.

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LEA #238

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Recientemente, una inútil polémica evaluativa ha ocupado a un ex Presidente de los Estados Unidos, James Carter, y al actual, George W Bush. El primero dijo, para luego desdecirse, que Bush Jr. era el peor presidente de la historia de su país. La Casa Blanca observó que los comentarios de Carter comprobaban su creciente irrelevancia.

Es la última encuesta (5 de mayo) de Newsweek, sin embargo, algo que los equipara. En 1979, cuando los Estados Unidos confrontaban la “crisis de los rehenes” en Irán, bajo la presidencia de Carter, este caballero recogía sólo 28% de aprobación por parte de sus conciudadanos. La semana antepasada lo ha empatado George W. Bush, con idéntico porcentaje. (Todavía un punto menos que la peor medición de su presidente padre, que llegó a medir 29%). Casi las dos terceras partes de los estadounidenses consideran que Bush es “terco y renuente a reconocer sus errores” en materia de la ocupación de Irak.

Y es este funesto presidente norteamericano, en quien menos del 30% de los ciudadanos de su país confía, quien dice que aún pone toda su confianza en el Fiscal General de los Estados Unidos, Alberto Gonzales, porque “no ha hecho nada malo”.

Ya es cadáver insepulto Paul Wolfowitz, el que se viera obligado a renunciar a la presidencia del Banco Mundial, a pesar del apoyo de Bush, por su violación a las normas éticas de la institución en beneficio de su “amiga con derecho”. Ahora es Gonzales quien está a punto de caramelo. No sólo se ha visto cada vez más implicado en el despido injusto y sectario de ocho fiscales del Departamento de Justicia, sino que su carácter desalmado se ha evidenciado al conocerse cómo fue a presionar en un hospital—por órdenes de Bush, naturalmente—a un recién operado predecesor, John Ashcrot, quien había declarado ilegal un programa de espionaje telefónico del Ejecutivo. (Bush mismo se encargó de preparar la desconsiderada visita de Gonzales y Andrew Care a Ashcroft, mediante llamada telefónica personal a la esposa del enfermo). El evento fue descrito con pelos y señales la semana pasada por James Comey, antiguo Fiscal General Adjunto, al Comité Judicial del Senado. Gonzales y Care, entonces al servicio directo de la Casa Blanca, presionaron en su presencia al paciente, quien reunió fuerzas para rechazar de nuevo la ilegalidad. (Care llegó acompañado de ruidosa parafernalia de agentes del FBI, quienes recibieron sus órdenes de no permitir que la reunión fuera impedida).

Al día siguiente, impertérrito, Bush reautorizó el programa de espionaje telefónico. Fue sólo después de la amenaza de renuncia de Comey, entonces Fiscal General en funciones, y otros altos funcionarios del Departamento de Justicia, que Bush reculó y pidió que el programa fuera puesto sobre sólidas bases legales.

Estas inhumanas conductas de Gonzales y su jefe—parecen cosas de Nicolás Maduro—muestran a las claras cómo es que Bush es el principal responsable de los desaguisados cometidos por su gobierno, que son muchos, empezando, precisamente, por haber nombrado a Gonzales, a Wolfowitz, a Bolton, a Rumsfeld. Continúa en remojo la posibilidad de un impeachment de Bush y de su Vicepresidente, Dick Cheney. (Cada vez hay más libros e iniciativas estadales y de ciudades norteamericanas sobre el tema). Sólo el frío cálculo político de los demócratas, que medirán las propias conveniencias, pudiera salvarlos de esta última instancia.

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LEA #237

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No sólo es la licencia de transmisión abierta de RCTV la que se ve amenazada por una cuenta regresiva. En latitudes norteñas así parecen estarlo los caballeros Alberto Gonzales y David Wolfowitz, Fiscal General de los Estados Unidos y Presidente del Banco Mundial, respectivamente.

Por lo que respecta al primero, cada vez más senadores se suman a las voces que exigen su renuncia. (Anteayer presentó la renuncia a su cargo su segundo de a bordo, Paul McNulty, alegando razones personales que se toparon con baja credibilidad). Entre estos senadores frescos se encuentran Chuck Hagel, senador republicano, y su colega y copartidario Pat Roberts, de modo que el asedio contra el Attorney General no se restringe a la oposición demócrata. Hagel dijo: “El pueblo norteamericano merece un Fiscal General, el principal funcionario para la ejecución de la ley, cuyas honestidad y capacidad estén libres de cuestionamiento”. Por su parte, Roberts declaró ayer que Gonzales debiera considerar la salida voluntaria del cargo: “Cuando uno tiene que gastar más tiempo aquí en el Capitolio que en la dirección del Departamento de Justicia, tal vez uno debiera pensar sobre eso”.

¿La Casa Blanca? En apariencia impertérrita, sus voceros han declarado que “todavía”—suena a “por ahora”—el presidente Bush tiene confianza en su viejo amigo. Pero ahora la sátira política norteamericana sugiere que—¡horror!—el vicepresidente Cheney habría invitado a Gonzales a una excursión de caza en su casa de campo. (En la que no hace mucho hirió a un invitado). Se asegura que alguien pudiera no regresar a su cargo de esa pretendida excursión.

En el caso de Wolfowitz, en cambio, el apoyo de Bush ya no parece ser tan sólido, luego de que el comité especial, que consideró el caso para la junta directiva del Banco Mundial, elevara un informe en el que se señala que aquél había violado expresamente el código de ética de la institución. La Casa Blanca comenzó a hablar de la consideración de opciones.

Lo más reciente es la noticia de que el propio Wolfowitz estaría dispuesto a renunciar al cargo si la junta directiva asume parte de la responsabilidad por las condiciones contractuales de su amiga, Shaha Riza. Es decir, el Sr. Wolfowitz negocia su salida. Habrá que ver lo que estará dispuesta a conceder la junta directiva del Banco Mundial.

El panel especial, que entregó su informe este pasado lunes, encontró que el aumento de remuneración obtenido por la Sra. Riza bajo la dirección del Sr. Wolfowitz había excedido el rango permitido por las reglas del banco. Riza, que trabajaba en el Banco Mundial antes de la llegada de su novio a la presidencia, fue transferida al Departamento de Estado norteamericano “para evitar un conflicto de intereses”. Su salario allí, sin embargo, continúa siendo pagado por el banco, y pasó de US$ 133 mil a US$ 193.590 luego de varios aumentos.

Ambos episodios son claras derrotas para el neoconservatismo, aunque una compensación se encuentra en la asunción de Nicolás Sarkozy a la Presidencia de la República Francesa. Ya se ha movido con rapidez, y en una hábil jugada ha nombrado a François Fillon, de notable experiencia negociadora con los sindicatos, en el cargo de Primer Ministro. Dígase lo que se diga, Sarkozy ha venido a trabajar.

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LEA #236

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Nicolás Sarkozy se apresta, como se anticipaba en el número anterior, a asumir la Presidencia de Francia. Tan sólo el anuncio de su triunfo sobre Ségolène Royal provocó tumultos en la capital francesa. El jefe de la Confederación General del Trabajo, Bernard Thibault, se sintió impelido a advertir que los sindicatos que agrupa “están dispuestos a combatir” cualquier intento de Sarkozy por forzar reformas económicas y sociales que no le sean consultadas.

La declaración de Thibault es en cierta medida una carambola contra gente cercana al nuevo presidente francés, quienes han sugerido que los sindicatos, que reúnen sólo a un 8% de los trabajadores, no pueden descarrilar el programa de quien fuera electo por 53% de los votantes franceses. Incluso la CDFT, una confederación más moderada, ha expuesto que será muy importante la consulta y la construcción del consenso.

Sarkozy comienza, pues, su mandato con tempranos nubarrones. Pero más allá de los temas programáticos, es lo anecdótico en materia de ética lo que parece plantearle el problema inmediato más agudo. Antes de asumir su nuevo cargo, Sarkozy aceptó tomarse unos días para el esparcimiento, en asueto sobre el yate de su viejo amigo, el poderoso industrial Vincent Bolloré. Más de un crítico ha interpretado el lujo abierto como algo intrínsecamente censurable.

El problema, no obstante, parece configurarse  con declaraciones en apariencia poco transparentes de Sarkozy tanto como de Bolloré. Éste declaró ayer que su compañía nunca había tenido “contactos de negocios con el Estado francés”. Por su parte, Sarkozy se refirió a su amigo como “un gran industrial francés que nunca trabajó con el Estado”.

No es fácil explicar estas declaraciones cuando la agencia AFP ha descubierto que las compañías del empresario obtuvieron contratos del Ministerio de la Defensa, el Ministerio de Relaciones Exteriores y el Ministerio de Relaciones Interiores, mientras Sarkozy ejercía esta última cartera. Los montos de los trabajos no suenan desmedidamente altos—un contrato de 36 millones de euros por servicios de carga aérea para Defensa, o uno de 5,6 millones para servicios similares a Relaciones Exteriores, o uno concedido por el ministerio de Sarkozy para la refacción de un edificio de la policía en Grenoble—así que sectores de la opinión francesa comienzan a preguntar el por qué de las negaciones. ¿Por qué es que Bolloré niega todo negocio con el Estado francés cuando su compañía de televisión coloca el 25% de sus ventas en televisoras estatales?

Hay quien teme en Sarkozy una desfachatez parecida a la de Silvio Berlusconi, el controversial político italiano con quien ya le han comparado, precisamente por su descarada afición al lujo. No parecen buenos augurios para el sucesor de Chirac.

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