LEA #299

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Se me dijo una vez que uno debe distinguir entre agitación y desarreglo. (En inglés, se me dijo, turmoil or disarray). El país no está agitado, se me dijo; el país está desarreglado.

Hugo Chávez ha traído al país toda su carga de violencia y autoritarismo, que es compartida por sus asociados principales. Hoy en día, por poner un caso, es el Chief Operating Officer del PSUV quien fuera su jefe de campaña en 1998, Alberto Müller Rojas—un ex general de división jefeado por alguien que sólo llegó a alcanzar un rango de tres escalones por debajo de él, un ex teniente coronel—y que, dicho sea de paso, declaró en su momento que él había sido uno de los nueve que votó en contra de esa candidatura en el seno del PPT en aquel año. Pareciera que Chávez se venga de esa antigua oposición mandándole, como lo ha hecho con Arias Cárdenas.

Pues bien, de visita en mi casa en el año 1991, un año antes de la asonada del 4 de febrero de 1992, Müller Rojas quería venderme la siguiente fórmula: “Este país se arregla con tres mil entierros de primera clase”. Luego me sugirió una operación bastante más económica: una bomba plantada en el entierro de Gonzalo Barrios, que para la época no había fallecido todavía, acabaría con la aristocracia nacional. Cuando le pregunté qué vendría después, me contestó que eso no importaba. Que ya se vería. Recuerdo haberle sugerido que es una gravísima irresponsabilidad intervenir quirúrgicamente si se desconoce lo que habrá que hacer en el proceso postoperatorio.

Pero esa percepción de Müller es la percepción básica de Chávez y del núcleo principal de quienes le acompañan. Après moi le déluge. No es, por supuesto, una percepción generalizada en todo aquél que ha votado por él. La mayoría del país, incluso de los que hayan votado repetidamente por Chávez, no piensa tan criminalmente.

En todo caso, el país camina actualmente por las rutas del desarreglo, sin haber entrado aún definitivamente en el cauce de la agitación. Y esta es una situación que permite, estimula, exige, la invención y la creatividad en materia política. En el estudio de los sistemas complejos se conoce cómo es que un sistema puede evolucionar, por decirlo así, en el borde del caos, en gran diferencia respecto de los sistemas plenamente caóticos. Éste es un resultado de la tendencia, observable en cualquier sistema complejo, hacia la autorganización. Más aún, la condición que los expertos llaman “caos débil”, es muy común en la naturaleza. Es el estado normal de los sistemas más dinámicos en cuanto a potencialidad evolutiva. Tan castrante del cambio creativo es el excesivo rigor, el excesivo orden, como el caos pleno.

Resbalemos, pues, por este borde del caos, en este desarreglo, con los ojos bien abiertos y la imaginación bien dispuesta, porque es así como vamos a encontrar la verdadera salida.

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LEA #298

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Cada cierto tiempo se hace necesario recordar ciertas cosas, porque aun sabidas se olvidan. Hugo Chávez ha dicho reiteradamente que él y sus compañeros intentaron derrocar al gobierno de Carlos Andrés Pérez porque éste habría ordenado al Ejército volver sus fusiles contra el Pueblo en febrero de 1989, contra la explícita condena del Libertador, que había declarado la posibilidad abominable.

Para la época de su prisión en Yare, sin embargo, Hugo Chávez ya había admitido que “su grupo” conspiraba desde hacía siete o nueve años (desde el Bicentenario de la muerte de Bolívar). Por tanto, para el 27 y 28 de febrero de 1989, la intención de tomar el poder por la fuerza ya estaba formada varios años antes. Mal puede presentarse como pretexto para el golpe fallido del 4 de febrero de 1992 algo que no pudo tener nada que ver para la conformación de una logia conspirativa.

Antes había ofrecido ya otras explicaciones. El ex comandante Chávez argumentaba a la revista Newsweek a comienzos de 1994 que el artículo 250 de la Constitución Nacional prácticamente le mandaba a rebelarse. Lo que el artículo 250 estipulaba es que en caso de inobservancia de la Constitución por acto de fuerza o de su derogación por medios distintos a los que ella misma dispone, todo ciudadano, independientemente de la autoridad con la que estuviese investido, tenía el deber de procurar su restablecimiento. Pero con todo lo que podíamos criticar a Carlos Andrés Pérez en 1992, y aun cuando estuviéramos convencidos de que lo más sano para el país era su salida de Miraflores, ni Pérez había dejado de observar la Constitución en acto de fuerza, ni la había derogado por medio alguno. Todas las cosas que le eran censurables a Pérez tenían rango subconstitucional.

Ni siquiera era un posible fundamento de Visconti, Arias Cárdenas, Chávez, etcétera, aquella disposición sobre el derecho a la rebelión recogida en la Declaración de Derechos de Virginia: “…cuando cualquier gobierno resultare inadecuado o contrario a estos propósitos –el beneficio común y la protección y la seguridad del pueblo, la nación o la comunidad– una mayoría de la comunidad tendrá un derecho indubitable, inalienable e irrevocable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, del modo como sea considerado más conducente a la prosperidad pública”. La norma de Virginia exige como sujeto de la acción una mayoría de la comunidad, y ni los oficiales nombrados representaban una mayoría de la comunidad ni una mayoría de ésta admitía un golpe de Estado como salida a la muy desagradable situación. Es por esto que lo correcto desde el punto de vista de la pedagogía cívica hubiera sido que los golpistas de 1992 hubieran purgado la condena exacta que las leyes prevén en materia de rebelión, porque con el sobreseimiento de su causa se enviaba al país entero la señal de que cualquiera podía alzarse sin que las consecuencias fueran para él muy graves.

Pero, otra vez, el sujeto del derecho de rebelión no es otro que una mayoría de la comunidad, y cualquier grupo que se lo arrogue sin autorización de esa mayoría es claramente un usurpador.

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LEA #296

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El sitio web de El Universal llevaba el lunes de esta semana una noticia originada en Santiago de Chile, la que reunía, al menos, una inexactitud junto con lo que en el argot periodístico se conoce como refrito. La nota se refiere a declaraciones proferidas por Peter Kornbluh, de la ONG estadounidense Archivo de Seguridad Nacional, en el marco de un seminario sobre “Derechos humanos y acceso a la información pública” celebrado en aquel país.

La inexactitud proviene de la fuente periodística más que de Kornbluh. Al comentar la aseveración de éste, en el sentido de que su organización no dispone de pruebas de la participación de España en el golpe del 11 de abril de 2002, dice el texto noticioso: “Durante la cumbre Iberoamericana celebrada en Santiago en 2007, Chávez acusó al ex presidente español José María Aznar (1996-2004) de haber apoyado ese golpe, episodio que propició el famoso ‘¿Por qué no te callas?’ del rey Juan Carlos I”. Esto es una construcción inexacta, posiblemente interesada; el monarca español sugirió el silencio a Hugo Chávez, actual poseedor de una franela alusiva obsequiada por el rey, sencillamente porque el presidente venezolano interrumpía a cada momento, fuera de su derecho de palabra, al orador de turno, el presidente Rodríguez Zapatero, sin que el director de debates lo llamara al botón.

El refrito consistió en registrar como noticia fresca otras declaraciones de Kornbluh, orientadas a establecer la participación del gobierno de los Estados Unidos en la conspiración. Dijo Kornbluh a la agencia EFE: “No tengo duda de que Estados Unidos está involucrado en el atentado contra Chávez”. Y añade la nota: “Kornbluh… señaló que su organización ha obtenido ‘documentos que demuestran que Estados Unidos, su servicio de inteligencia y el Gobierno conocían con muchos días de antelación los planes de los golpistas’.”

Es verdad que el Archivo de Seguridad Nacional—ubicado en la Universidad George Washington—se dedica, precisamente, a recopilar y almacenar documentos—actualmente archiva 75.000 piezas—procedentes del gobierno de los Estados Unidos, y que ha puesto especial interés en casos como el derrocamiento de Allende. Pero, en virtud de la Ley de la Libertad de Información (Freedom of Information Act, FOIA), el gobierno estadounidense tiene que exponer cada año una buena cantidad de documentos al escrutinio público.

En el caso concreto del 11 de abril de 2002, los Informes Ejecutivos Senior de Inteligencia producidos por la CIA, correspondientes a ese año, fueron liberados dos años más tarde y son de conocimiento público. Por tal razón se puede saber, por ejemplo, que el informe correspondiente al 6 de abril de 2002 decía, entre otras cosas: “Para provocar una acción militar, los conspiradores pueden tratar de explotar el descontento que surja de manifestaciones de la oposición programadas para más adelante en el mes o de huelgas en curso en la compañía petrolera estatal PDVSA”.

Fueron precisamente estos informes, ya públicos, los que permitieron argumentar a Eva Golinger—a sueldo del gobierno venezolano—que el gobierno estadounidense estaba involucrado en el golpe, a pesar de que el mismo informe citado reportase “las repetidas advertencias de que los Estados Unidos no apoyarán ninguna acción inconstitucional para sacar a Chávez”. El propio Kornbluh debió reconocer que su organización no tenía “documentos (sobre) un plan o una participación norteamericana” en la rebelión.

En cualquier caso, lo que EFE difunde como si se tratara de una primicia, es en verdad un refrito, periódico de ayer. LEA

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LEA #295

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Durante su reciente visita a Ecuador, el presidente Chávez reiteró sus principales consignas: que es necesaria la unidad de las naciones de América Latina, y que en un mundo de imperialismo y neocolonialismo, con hegemonía capitalista estadounidense, sería preciso construir un socialismo del siglo XXI.

Tales cosas las dice en reunión con sus pares de Ecuador y Nicaragua, esto es, en una cumbre. Ha ingresado ya a su zona de olvido aquella denuncia suya de que los presidentes se la pasaban de cumbre en cumbre, mientras los pueblos pasaban de un abismo a otro.

La integración de América Latina o, menos ambiciosamente, la de América del Sur debe ser, precisamente, predicada y vendida a los pueblos latinoamericanos o suramericanos, no a sus gobernantes. Si sólo se plantea en cumbres—o como en el caso que nos ocupa, en minicumbres—otras dinámicas conspirarán para impedir la consecución de tan necesario como difícil objetivo.

Por ejemplo, ¿es un estímulo a la integración política de América del Sur el nivel de compras de armamento por parte del gobierno presidido por Chávez? En su reciente reunión con los empresarios venezolanos, Chávez remachó su intención de convertir a Venezuela en “una potencia mediana”, y en ninguna otra cosa es más evidente ese propósito que en el rearme venezolano de los últimos años. ¿Cómo pueden recibir los mandatarios de la región una invitación a reunirse con quien militariza todo lo que toca?

Tampoco puede creerse, por otra parte, en un programa de integración que venga con la condición previa de reunir regímenes socialistas, o el anunciado fin de suscitar el derrumbe del capitalismo. (Que es lo que Chávez recomienda de nuevo, ahora cuando resuella por la herida de la negativa evaluación que Barack Obama tiene de su persona política).

La imposición de una ideología, cualquiera sea ésta, a todo un continente es desproporcionadamente pretenciosa. Ni siquiera Cuba aceptaría una cosa así. Raúl Castro acaba de declarar que lo que ahora viene en su país es un “socialismo realista”, léase à la manière chinoise. Es decir, un socialismo que se convierte en capitalismo.

Una vez más, entonces, Hugo Chávez se equivoca cuando acierta. Una cosa es repudiar el Consenso de Washington, una cosa es preferir un mundo multipolar a uno que sea unipolar bajo hegemonía de los Estados Unidos o la democracia participativa sobre la meramente representativa; otra cosa muy diferente es creer que la única opción al ya viejo catecismo del Banco Mundial y a la unipolaridad es el socialismo. Hoy en día, en el actual state of the art de la política, es ésta una opción de aficionados.

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LEA #294

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Impeacheney. The action of charging the holder of the Office of Vicepresident of the United States with misconduct. (El acto de acusar al titular del Oficio de Vicepresidente de los Estados Unidos de conducta indebida). No es probable que la anterior definición aparezca, en años futuros, en el Diccionario Webster del idioma inglés porque prosperasen los presentes amagos de acusación formal de Dick Cheney por abusos diversos de su cargo. El año pasado, el representante Robert Wexler (demócrata por Florida), quien copreside la campaña de Barack Obama en su estado, intentó introducir una resolución de impeachment contra Cheney, y acaba de sumar su apoyo a la introducida por Dennis Kucinich (representante demócrata por Ohio) contra el propio presidente Bush esta semana. Entre los treinta y cinco cargos enumerados en la moción de Kucinich, figura prominentemente el Artículo II: “Falsa y sistemáticamente, y con intención criminal, mezclar los ataques del 11 de septiembre de 2001 con una representación tergiversada de Irak como amenaza de seguridad, como parte de una justificación fraudulenta de una guerra de agresión”.

Por su lado, la senadora demócrata Bárbara Boxer (California), quien preside el comité senatorial del Ambiente y las Obras Públicas, se propone recabar, judicialmente si es necesario, información pertinente al alegato de Jason Burnett, antiguo funcionario de la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos. Según supo primeramente por carta de Burnett del 6 de julio, la oficina del vicepresidente Cheney había presionado por la supresión de más de seis páginas en el testimonio preparado por la jefa del Centro de Control de Enfermedades y Prevención, que detallaban las consecuencias del calentamiento global sobre la salud de la gente. Esto es, Dick Cheney, en su destacado rol de cabildero de corporaciones petroleras, procuró que se dejara al pueblo norteamericano en la ignorancia de los efectos de los gases de invernadero sobre la salud general. Ese testimonio, fuertemente editado, fue presentado al Senado estadounidense. La senadora Boxer declaró: “Este encubrimiento está siendo dirigido desde la Casa Blanca y la oficina del Vicepresidente”.

A pesar de tales enormidades, no es probable que los intentos de impeachment contra ninguno de los dos personajes prosperen. (Para destituir de su cargo a algún funcionario impeachable, la Cámara de Representantes debe aprobar la moción, que iría al Senado para una convicción que requiere una mayoría calificada de las dos terceras partes).

El propio Barack Obama no está de acuerdo con la iniciativa. El año pasado declaró: “Creo que si comenzamos los procedimientos de acusación seremos tragados por la política que ha hecho que Washington funcione mal. Una vez más, en lugar de atender los asuntos de la gente, nos ocuparíamos en un circo incesante de ojo por ojo, de mutua retaliación”. Pareciera a primera vista, sin embargo, que son “asuntos de la gente” el enorme gasto de la guerra de Irak que sale de los bolsillos de los contribuyentes y los efectos nocivos a la salud del calentamiento global, que la Administración Bush ha desconocido de modo contumaz.

Pero la política convencional es la política que tenemos, y Obama, que ha prometido cambio, bien pudiera convertirse en decepción. Por eso no se escuchará el grito de “iImpeach Cheney!” y menos aún se formará en inglés el vocablo imbushment.

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LEA #293

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El mundo está, en algunas cosas, muy mejorado últimamente. Nosotros tuvimos, primeramente, un espectacular 2 de diciembre, cuando se derrotara el terrible proyecto de “reforma” constitucional auspiciado por el Ejecutivo y la Asamblea Nacional. A partir de allí, el gobierno de Chávez ha tenido que recular en varias ocasiones. (“La imposición de normas demagógicas de admisión a las universidades, el currículo ‘bolivariano’, la declaración de las FARC como insurgentes, la prohibición de aumentar el costo de los pasajes en Caracas, el cobro de la transmisión de videos de Venezolana de Televisión, la Ley de Inteligencia y Contrainteligencia”).

Luego, los demócratas en los Estados Unidos se han puesto de acuerdo para postular al primer hombre de raza negra a la Presidencia, y éste hace campaña ahora abrazado de su hasta hace nada contendiente, la primera mujer en aspirar al mismo cargo. Tan sólo el domingo pasado, además, la Madre Patria se alzó, para alborozo de todo español, de todo peninsular, de todo hispanoamericano, invicta, con la copa europea de fútbol al cabo de cuarenta y cuatro años.

Pero el evento más dramático y positivo de todos los últimos es, sin que quepa un asomo de duda, el astuto operativo del gobierno de Colombia que devolvió, finalmente, la libertad a Ingrid Betancourt y a otros catorce rehenes en poder de las FARC. El mundo entero está de fiesta. Bueno, no todo el mundo. Las FARC deben estar desoladas, y algo tristes Ramón Rodríguez Chacín y su jefe, el presidente Chávez. Sería especulación pura imaginar los sentimientos al respecto de Ahmadinejad y Mugabe.

El muy feliz suceso viene a ser la puntilla para las FARC, dejadas en ridículo luego de que hubieran sufrido las mortales bajas de Manuel Marulanda, Raúl Reyes e Iván Ríos. El ejército colombiano, que tenía cercados a los guardianes de Ingrid Betancourt, optó por dejarlos con vida en el engaño, y el gobierno de Colombia presentó tal decisión como acto de buena voluntad, que acompañó con una nueva invitación a que los irregulares depongan las armas—como recomendó el presidente Chávez después de sacar cuentas más realistas—con la promesa de una reincorporación digna a la vida ciudadana civilizada.

Las declaraciones de Ingrid Betancourt a su llegada a Bogotá, serenas, agradecidas e inteligentes, fueron una poderosa defensa de la democracia y la civilidad y un decidido espaldarazo a Álvaro Uribe. No sólo dijo que, por fortuna, había sido no ella sino Uribe electo a la Presidencia de Colombia, pues había resultado ser “un gran presidente”, sino que había reflexionado largamente y concluido que la reelección, concretamente la de Uribe y en general como posibilidad constitucional, había sido inmensamente beneficiosa para Colombia.

En momentos cuando ha sido judicialmente cuestionada la reelección de Uribe, una afirmación como ésa, proveniente de voz tan querida y poderosa, la de la mujer del día, no tiene precio. Para todo lo demás existe Mastercard.

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