FS #141 – Viva Zuloaga

Fichero

LEA, por favor

Debo agradecer al amigo Jorge Correa Romero la gentileza de obsequiarme la colección de cuatro volúmenes que, bajo el nombre Misión Riqueza: Para rehacer a Venezuela con ética y libertad, publican las asociaciones CEDICE, Conciencia Activa y la Universidad Monteávila en memoria de la vida y obra de Nicomedes Zuloaga Mosquera. El conjunto es complementado por un disco de video documental.

 Escriben en los volúmenes de la obra colectiva Pynchas Brenner, Rafael Alfonzo Hernández, Fernando Vizcaya Carrillo, Carolina Jaimes Branger, Vladimir Chelminski, Ignacio De León, Jean Baptiste Itriago, Juancho Eckhout Smith, Julio Franco Corzo, José Manuel Andrade, Carlos Machado-Allison, Leonor Filardo, Hugo Faría, Jorge González, Luis Alberto Penzini, Ricardo Pérez, Stephanie Zalzman, Jesús Zerpa, Esteban Torbar y el mismo Jorge Correa Romero. Esta Ficha Semanal #141 de doctorpolítico, sin embargo, se limita a reproducir íntegramente el artículo solicitado a Roberto Ball Zuloaga en recordación de su tío, el Dr. Zuloaga Mosquera. (Con la libertad de incluir mínimas correcciones al texto). Ball hace en él un justo y fiel retrato del gran personaje desaparecido.
 De este modo esta publicación se suma al merecido homenaje a Nicomedes Zuloaga. Era un hombre vigoroso y jovial, de clara y rápida inteligencia, de honestidad cabal y lleno de consistente amistad. Inscrito en el pensamiento liberal, fue junto con Pedro R. Tinoco hijo el más eficaz ideólogo del liberalismo moderno en nuestro país.

Hombre intenso y vehemente, en algunas ocasiones cargaba fuertemente sus apreciaciones. Así, por ejemplo, destaca Ball en su elogio cómo Zuloaga se oponía a “quienes están empeñados en llevar a Venezuela por el camino del socialismo, ya sea éste evolutivo, a la usanza adeca…” Esta postura no obstó para que CORPA, la agencia publicitaria presidida por Nicomedes Zuloaga, se ocupara de la campaña del muy adeco Carlos Andrés Pérez en 1973.

Ball alude a una presentación de Zuloaga ante el Grupo Santa Lucía. Se trató de su estudio Crítica constitucional. En trabajo compuesto en diciembre de 1997, el suscrito admitió estar totalmente de acuerdo con el criterio expuesto en aquél por Nicomedes Zuloaga: “Si regresamos a la comparación crítica de las disposiciones de la Constitución venezolana con la norteamericana nos encontramos que la americana protege derechos de sentido negativo al establecer lo que el Estado no puede hacer porque constituiría una violación de los derechos de los ciudadanos. Esa es una Constitución coherente donde el Poder Judicial puede ejercer lógicamente su facultad contralora de revisión examinando si una disposición emanada del Poder Legislativo o una medida tomada por el Poder Ejecutivo violan las garantías constitucionales. La Constitución venezolana, en cambio, otorga tanto derechos individuales en sentido negativo como derechos individuales en sentido positivo, y una constitución así resulta incoherente y sus disposiciones son de muy difícil interpretación por el Poder Judicial… La eliminación que propongo de todo el Capítulo IV de la Constitución Nacional, que establece los llamados derechos sociales no producirá una disminución de la actividad social del Estado ni de la beneficencia pública, como no produjo su inclusión un aumento de esa actividad del poder público. Esas actividades se seguirán cumpliendo al través del Ejecutivo y del Legislativo, con el destino político de los ingresos fiscales decididos por el Congreso y por el Presidente de la República siguiendo el resultado de las discusiones políticas, y el poder electoral relativo de las diversas ideologías de las organizaciones políticas en el poder”.

LEA

Viva Zuloaga

Gran honor me hacen los autores de esta obra al pedirme escribir unas reflexiones sobre Nicomedes Zuloaga Mosquera, mi tío. Hombre querido y admirado que dejó una profunda huella intelectual en el país, de la cual este libro es quizás un gran ejemplo. Para muchos fue símbolo de la aristocracia criolla, pero con su vida ejemplar demostró la razón de Jacinto Benavente cuando escribió: “La única aristocracia posible es la de las personas decentes”.

“Nico”, como sus amigos le decían, nació en Caracas en 1926 en el seno de una familia que ha producido hombres y mujeres que se han destacado por sus aportes a Venezuela por más de trescientos años. La lucha por la libertad, el orden, la prosperidad, el derecho y la justicia ha sido siempre una característica de esta familia, y por ello no es casual que desde el momento de la Independencia, cada generación ha sufrido los trastornos de la ruina, la cárcel y el exilio. Nicomedes se formó en ese contexto, donde el honor y la responsabilidad eran el eje de la vida. De su padre, Nicomedes Zuloaga Ramírez, eminente abogado y empresario, Enrique Tejera París escribe: “Era un jurista y patriota que rechazaba toda acción incorrecta o cualquier posible cliente que pretendiera hacer negocios inconvenientes a Venezuela”. Su abuelo, Nicomedes Zuloaga Tovar, sufrió los estragos de La Rotunda a la avanzada edad de setenta años, por su oposición a la dictadura gomecista. De este eminente jurista, redactor de códigos y maestro de generaciones de abogados, escribió Alejandro Urbaneja: “Ni la amistad halagadora, ni las amenazas y atropellos de los poderosos, ni las apremiantes necesidades de la existencia, ni los reclamos crecientes de la posición, fueron jamás motivos bastantes para hacerlo torcer, ni un ápice, el camino que se tiene trazado desde los albores de su vida intelectual […] Ha puesto Zuloaga al servicio de su país todas las aptitudes que posee para coadyuvar y contribuir al mejoramiento, a la prosperidad y a la honra de la República”.

Al igual que su padre y su abuelo, Nico se hizo abogado, graduándose summa cum laude en la Universidad Central de Venezuela. Si bien ejerció el derecho activamente por más de cincuenta años, al igual que sus antepasados su vida profesional trascendió en mucho la carrera de abogado. Hombre intensamente emprendedor y creativo, fue fundador y promotor de empresas, muchas de ellas tremendamente exitosas y emblemáticas. No exageramos al decir que cientos de venezolanos tuvieron el privilegio de una vida digna y mejor para ellos y sus familias por trabajar, participar y colaborar en las muchas empresas creadas por el ingenio y emprendimiento de Nico. Fe él un vivo ejemplo del círculo virtuoso que produce la acción empresarial en beneficio de la sociedad. Pionero de la industria de la publicidad moderna en Venezuela, donde se mantuvo activo hasta los últimos días de su vida, participó además en los negocios de la banca, la generación y transmisión eléctrica, los seguros, la construcción, la aviación de turismo, de la cual también fue pionero, la agroindustria y la ganadería.

El ganado y el campo fueron unas de las verdaderas pasiones de su vida, donde como en todo lo demás fue un triunfador. En ningún sitio se sentía más a gusto que en su finca en el llano; y con su energía innata, se dedicó a modernizar la industria agropecuaria, y fue uno de los primeros en utilizar herramientas computarizadas para el análisis de la productividad de los rebaños a principios de la década de los ochenta del siglo pasado.

Su actividad empresarial fue extensa y con ella consiguió la legítima recompensa del éxito económico. Como siempre sucede con los hombres que sobresalen, este éxito le aseguró no pocos enemigos, que le endilgaban peyorativamente el haber nacido en una cuna privilegiada. A uno de tantos, Nico le respondió: “Me acusa de haber ‘heredado’ millones. Fácil explicación encuentran algunos políticos del éxito ajeno, sobre todo cuando ellos no han sabido nunca cómo se gana dinero trabajando”. Pero el dinero nunca fue el propósito fundamental para Nico. A pesar de haber sido uno de los principales líderes empresariales de su generación, toda su actividad tenía como propósito fundamental hacer de Venezuela una nación más próspera, más moderna y más desarrollada; y ésa es la clave para entender la persona que fue Nicomedes Zuloaga.

Como parte de esa lucha por hacer de su país un lugar mejor, fue diputado al Congreso de la República a principios de la década de 1960, postulado por la tarjeta independiente que apoyaba la candidatura presidencial de su amigo Arturo Úslar Pietri. Su más conocido logro durante su breve paso por el Congreso fue el cambio de la hora legal de Venezuela, que hasta entonces cabalgaba sobre dos husos horarios. Pero quizás de mayor significación fue el hecho de que desde su curul en la Cámara de Diputados, Zuloaga defendió con su acostumbrada vehemencia los principios y valores de la libertad, frente a “quienes están empeñados en llevar a Venezuela por el camino del socialismo, ya sea éste evolutivo, a la usanza adeca, disfrazado con olor a incienso y a buenas intenciones, a la usanza de COPEI, o violento y asesino como lo pretenden los partidarios de Fidel”.

La defensa de los principios y valores de la libertad fue sin duda la mayor obra de vida de Nicomedes Zuloaga.

A temprana edad, Nico se interesó por el análisis de la economía. Con su insaciable curiosidad, comenzó el estudio de las ciencias económicas en la década de 1940, asistiendo a las charlas dictadas por Ludwig von Mises en la Universidad de Nueva York. Desde entonces se convenció de que la única ruta a la prosperidad de Venezuela se encontraba en la libertad económica: en el capitalismo, basado en un contrato social donde los ciudadanos se reservan el derecho a la vida, a la libertad y al fruto de su trabajo. Y dedicó el resto de su vida y cuantiosos recursos económicos a intentar convencer a sus compatriotas de las bondades de la libertad, frente a la ruina y la esclavitud implícita en el socialismo.

En 1960, junto con varios colaboradores, entre los que destacaba su amigo Joaquín Sánchez Covisa, funda el Instituto Venezolano de Análisis Económico y Social, precursor de CEDICE y uno de los primeros think-tanks liberales en América Latina, y publica la revista Orientación Económica, que llegó a ser de las más prestigiosas e influyentes publicaciones en el continente. El propósito, en sus propias palabras, era: “Construir un organismo que se dedicara al estudio y promulgación de los principios en que se basa el sistema capitalista, bajo el signo de la división del trabajo, con respeto a la verdadera libertad y al cual corresponde, al menos en teoría, la organización constitucional y jurídica de la República […] formamos parte de una comunidad capitalista y, salvo muy honrosas excepciones, nosotros los empresarios que deberíamos ser centro y motor de ese sistema, no somos capaces de defender los principios del capitalismo ante los ataques diarios de los diversos grupos marxistas e intervencionistas”.

Con el mismo propósito fundó y mantuvo el diario La Verdad entre 1965 y 1973, desde donde se defendió los principios del capitalismo, la libertad, el estado de derecho y la justicia. De allí en adelante Nico libró una batalla de más de cuatro décadas que él definió así: “He pasado años defendiendo en Venezuela a la economía de mercado. He tratado de demostrar en las más diversas formas el beneficio de un régimen económico donde funcione el mercado. He destacado las virtudes (y reconocido los defectos) de los mecanismos interpersonales y automáticos, de un sistema que aprovecha la condición humana para hacer posible la riqueza sólo a aquéllos que han sido más capaces en el servicio a sus semejantes. He criticado el intervencionismo económico por ser un sistema irracional, cuyo verdadero producto es una frondosa y bien pagada burocracia. He combatido al socialismo como sistema económico irrealizable y como sistema político esclavista”.

Pero de nada servirían políticas económicas adecuadas sin un contrato social apropiado que asegure la libertad y los derechos de los ciudadanos. Ésa es la función fundamental de la constitución, y Nicomedes Zuloaga fue uno de los más acérrimos críticos de la estructura constitucional de nuestro país, que él consideraba el origen de todos los males. Mientras que “juristas”, “expertos constitucionalistas” y más recientemente “constituyentes originarios” redactaban adefesios literarios con infinitas listas de derechos y deberes, Zuloaga alertaba que la función fundamental de la constitución es limitar el poder de las mayorías mediante garantías otorgadas a las minorías. Es ésa la única forma de asegurar la convivencia pacífica y es además la base de sustentación de la democracia. Y sin la existencia y aplicación práctica de esos límites y garantías, el Estado carecía de bases institucionales y por ende se transformaba en un poder ilegítimo. En una charla ante el Grupo Santa Lucía en octubre de 1990, Zuloaga dijo: “El poder en Venezuela, ejercido sin freno constitucional, va a cumplir treinta años de ilegitimidad a pesar de los procesos de votación que han tenido lugar en ese período. Y aunque nos damos poca cuenta, es precisamente esa ilegitimidad la que sufrimos todos los venezolanos […] que nos agobia y que otorga de paso, al funcionario de turno, nombrado por la mayoría, el poder discrecional que está detrás de todas las venalidades y corrupciones”. Las bases de la democracia venezolana estaban contaminadas, y ello representaba el mayor peligro para su supervivencia. En 1992, Zuloaga escribió: “Las reglas del juego democrático se escriben en las constituciones de los pueblos. Y nuestras actuales reglas requieren de una urgente reforma para salvar la democracia”.

Y así, durante décadas, a través de artículos de prensa, discursos, panfletos y programas de televisión, Nicomedes Zuloaga alertó que el rumbo que había tomado Venezuela era equivocado, y que éste sólo traería pobreza, atraso y eventualmente el autoritarismo. La destrucción paulatina y sostenida de la que una vez fue la nación más próspera de América Latina es la prueba lamentable de que Nico siempre tuvo la razón. Su obra, recopilada en dos libros, El poder ilegítimo y Política en pretérito: 40 años de oposición ideológica, conforma un verdadero monumento a la honestidad intelectual, al sentido común y a la tradición liberal de Occidente.

Al igual que sus antepasados, Nico tuvo que pagar un alto costo por destacarse en una sociedad donde el éxito y la integridad generan temor. En 1989 un corrupto con cargo de juez le obliga a soportar largos meses de prisión sin razón alguna. La causa real era un intento por desviar la atención del país del saqueo sistemático de las arcas públicas, cometido por una clase política profundamente corrompida y aislada de las realidades del país. El intento fracasó cuando Nicomedes Zuloaga rehusó cualquier arreglo extra-judicial y deshonesto y decidió ir a prisión, desde donde se convirtió en un símbolo de la Venezuela decente e irreductible. Este caso representó ante la opinión pública el más craso ejemplo de terrorismo judicial cometido hasta entonces en Venezuela.

En lo personal, Nico era un hombre de gran simpatía. “Muy amiguero” como alguien lo describiría recientemente. En extremo sencillo, con mucho sentido del humor, que decía siempre lo que pensaba, claramente y sin tapujos. Era un caballero en el estricto sentido de la palabra. Hablaba rápido y en su mirada reflejaba su gran inteligencia. Conoció y viajó el mundo entero. Mantuvo estrecha relación con algunos de los hombres y mujeres más importantes e influyentes en el mundo; pero su preferencia fue siempre Venezuela y los venezolanos.

Se mantuvo en actividad hasta el último día de su vida. A los setenta y siete años fue coautor de los anteriores volúmenes de la serie “Para rehacer a Venezuela”, que trata el tema del marco constitucional. Alertó al país en artículos de prensa y entrevistas de televisión sobre el nuevo adefesio salido de la Asamblea Constituyente de 1999, así como de los peligros del nuevo marxismo bolivariano. En las tertulias casi diarias que se celebraban en su casa, a las que asistían muchos de los autores de esta obra, se analizaba el pasado y se discutía sobre el presente; pero Nico siempre quería hablar sobre el futuro.

En sus últimos años sufrió los inconvenientes de serias limitaciones físicas, pero su mente mantuvo la inteligencia y lucidez de siempre, y su espíritu jamás perdió el ímpetu de la juventud. Llevó su enfermedad con la hidalguía y estoicismo característico de los hombres recios. Y al final, Dios le concedió la gracia de que la última visión que tuvo de este mundo fue aquello que él más quiso: su esposa Cachy.

Un antiguo refrán español dice: “Siempre vive con grandeza quien hecho a grandeza está”. Nicomedes Zuloaga fue un gran hombre. Venezuela pierde a uno de sus más ilustres hijos; pero nos queda su ejemplo de integridad y de lucha por la patria, y el reto de proseguir su causa por una nación más próspera y justa.

“Indispensable es que los venezolanos a quienes corresponda la conducción de la vida pública actúen guiados únicamente por esos probados principios generadores de bienestar, de libertad y de progreso. Difícil pero indispensable es que tengan suficiente entereza para resistir las presiones inmensas de las ideologías y grupos de intereses contrapuestos con el interés general. Que Dios los ilumine y les otorgue la fuerza suficiente para que […] podamos ofrecer a nuestros libertadores una Venezuela cada vez más próspera, cada vez más fuerte y cada vez más independiente”.

Roberto Ball Zuloaga

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LEA #233

LEADespués dicen que los habitantes de las zonas tropicales somos de clase moral inferior, y que se nos debe imponer—to the natives—la civilización, la democracia y el mercado; si es posible, con la asesoría de Moisés Naím.

El gobierno presidido por George W. Bush no sólo permite y protege la actuación de su cercana Halliburton en Irak; no sólo sostiene a un Fiscal General, Alberto Gonzales, que dirigió el despido de subalternos porque su lealtad partidista estaba en duda (un Rafael Ramírez cualquiera, pues); no sólo forzó—y ahora perdió—la embajada de John Bolton en la ONU, la organización objeto de sus críticas; sino que ahora defiende sin remilgos a Paul Wolfowitz, el autor de las más inhumanas estrategias bélicas de los Estados Unidos, en la presidencia del Banco Mundial, en la que lo impuso contra el malestar de muchos otros países.

El señor Wolfowitz llegó al Banco Mundial como líder de una cruzada contra la corrupción en los gobiernos del mundo. En prosecución de tal política cerró líneas de crédito a una media docena de países. (Como la India, por ejemplo, que ahora se escandaliza porque Richard Gere besó públicamente la mejilla de una de sus mejores actrices).

Pero se ha destapado que el mismo señor Wolfowitz, desde su olímpica presidencia, abogó por una ventajosa transferencia de su girlfriend a un cargo en el Departamento de Estado de los Estados Unidos, mientras ella obtenía un jugoso aumento de sueldo igualmente procurado por su novio, puesto que la funcionaria permanece en nómina del Banco Mundial.

El flagrante y farisaico doble estándar ha caído como plomo derretido sobre los empleados y ejecutivos del Banco Mundial, y ya se habla de una “guerra civil” entre quienes quieren la salida de Wolfowitz y quienes prefieren mantenerlo. (Estos últimos son quienes han sido elevados por él a cargos vicepresidenciales, nacionales de países del Próximo Oriente alineados con los Estados Unidos, principalmente).

Ayer, uno de sus segundos, Graeme Wheeler, director gerente de la institución, solicitó la renuncia de Wolfowitz en una sesión extraordinaria de sus más altos funcionarios, y está recibiendo el apoyo de América Latina y Asia del Este y del Sur, según reporta el Financial Times. El señor Wolfowitz respondió que no tenía las más mínimas intenciones de abandonar su cambur.

Claro, cuenta con el muy moralmente elevado apoyo del presidente Bush. Un vocero de la Casa Blanca anunció antes de que se conociera la petición de renuncia: “El Presidente (Bush) tiene plena confianza en el presidente Wolfowitz”.

Es exactamente lo mismo que dijo Bush sobre el asediado Alberto Gonzales, que hoy deberá explicar al congreso de su país el papel que jugó en la cesantía de ocho fiscales norteamericanos, siete de los cuales fueron defenestrados en la navidad de 2006.

Bush, Cheney, Gonzales, Bolton, Wolfowitz… ¡Qué grupito!

LEA

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CS #233 – Fecha patria

Cartas

Las efemérides son fechas, sin duda, usualmente útiles a las sociedades, pero son en sí mismas arbitrarias. Nada hay de mágico, pues, en los segundos días de diciembre, los cuartos, quintos, décimo cuartos o vigésimo sextos de julio, como tampoco en los décimo nonos de cualquier abril, como es el día de hoy.

Naturalmente, la recordación de hechos aleccionadores puede convenir a las psiquis de las naciones, cuando ellos son hechos positivos. El problema, sin embargo, es que esa positividad resulta de estimaciones totalmente subjetivas. Lo que para unos es motivo de júbilo para otros es una mala noticia. Por ejemplo, la Historia de España Alfaguara, que dirigiera Miguel Artola Gallego y que hasta donde supe iba por siete tomos—más de tres mil páginas en total—no dedica más de una decena de páginas a la emancipación de las colonias españolas de América. Digamos que ese portentoso proceso ocupa en la monumental obra algo menos de 0,4 por ciento del espacio. Algunos historiadores españoles prefieren que no se les recuerde el asunto.

Para nosotros, sin embargo, el tema es timbre de orgullo, y la fecha del 19 de abril de enorme importancia, pues marca el inicio de nuestra emancipación de la que hemos llamado, al menos hasta ahora, la Madre Patria. Pero aun en esa fecha de 1810, quienes exigieron la renuncia de don Vicente Emparan, Capitán General de la Provincia de Venezuela, se tenían por españoles. El Acta del Ayuntamiento de Caracas del 19 de abril de 1810 justificaba las cosas resaltando que los venezolanos de la época habían “ …sido declarados, no colonos, sino partes integrantes de la Corona de España, y como tales han sido llamados al ejercicio de la soberanía interina y a la reforma de la constitución nacional…”

Ciertas personas, a pesar de eso, y quizás porque sólo pueden exhibir un magro conocimiento de la historia, insisten en negar nuestro genotipo español, aun cuando se llamen Hugo o Rafael, nombres ciertamente hispánicos, no salivas o maquiritares, o se apelliden Chávez o Frías, nombres de familia que no son ni guajiros ni piaroas.

Algunas personas, pues, andan muy confundidas por la vida.

………

Así pareciera estarlo el ciudadano que responde al nombre de Hugo Rafael Chávez Frías, que no termina de decidir si está a favor del biocombustible llamado etanol—que denunciara después de encargar a Cuba nueve plantas para producirlo y volviera a absolver al ponerse duro el gobierno de Luis Inazio Lula Da Silva—, si es amigo o enemigo de Alan García o si puede o no entenderse con las instituciones públicas de Chile, en particular con su senado.

Claro que la base del reclamo de la presidenta Bachelet, a raíz de que el presidente Chávez sugiriese que una oligarquía fascista controlaba la cámara alta chilena—porque ésta condenara la negativa a renovar la concesión de Radio Caracas Televisión—no es demasiado sólida. La presidenta de la nación que Andrés Bello escogiera como patria y ayudara decisivamente a fundar, argumentó que debía respetarse la soberanía del Senado de su país. Chávez pudiera fácilmente ripostar que el senado chileno empezó la cosa, opinando sobre caso que es de indudable ámbito venezolano, entrometiéndose en negocio de nuestra soberanía.

Pero no, Chávez no hizo eso. En cambio, reclutó la indígena figura de Evo Morales para aducir que se le rechazaba al presidente boliviano y a él porque no eran blancos criollos. Más específicamente, opinó que las oligarquías vendepatria y proyanqui no le querían a él como gobernante por su condición racial de pardo. Algunos puristas han adelantado que también aquí es presa de una confusión, pues su fenotipo indicaría un origen racial menos mezclado que el de los pardos: Chávez, según estos antropólogos de salón, sería zambo.

Por supuesto que esta discusión es totalmente impertinente. Chávez es, créase o no, un ser humano provisto de plenos derechos a mera cuenta de sus cuarenta y seis cromosomas, y ninguna de sus características fenotípicas le inhabilita para el cargo que detenta, aunque otras, de corte psicológico o causa ideológica, sí le niegan idoneidad. No hay constitución venezolana, ni la de 1999 ni aquélla que declaró moribunda, que especifique que indios, negros, mulatos, mestizos, zambos o pardos tengan prohibido el ejercicio de ningún cargo público. Allí están para atestiguar esto el pelo algo chicharrón de Betancourt o el de Joaquín Crespo, el rostro presuntamente aindiado de Caldera, la tez oscurecida del segundo Castro y la más oscurecida todavía de Prieto Figueroa, que presidiera nuestro extinto Congreso y fuese candidato a la Presidencia de la República. El más reciente argumento de Chávez sobre el tema de la concesión de televisión abierta a RCTV, por tanto, no tiene otro origen que sus propios complejos y resentimientos. Es evidente que ha debido sentir, desde muy niño, la discriminación racial en su contra, y que en vez de dominar esos recuerdos con el constructivo, orgulloso y benévolo aplomo de, por ejemplo, Nelson Mandela, todavía hace política a partir de sus amarguras biográficas.

………

Con lo anterior no pretendo negar que no se encuentre en un buen número de venezolanos una actitud discriminatoria de raíz racial. Encontrándonos en onda de efemérides, el suscrito se permitirá una privada, reproduciendo acá algunos trozos de material ya expuesto en esta carta; concretamente, en el número 196 del 27 de julio del año pasado. La argumentación iba así:

A fines del muy accidentado año de 2002, un cierto líder político exponía algunas consideraciones ante un nutrido grupo de oyentes. A la hora de las intervenciones del público, una persona afirmó que el grupo político del expositor no era inclusivo, que sólo captaba adeptos «de la clase media hacia arriba». El aludido negó que tal cosa fuera cierta, y adujo a su favor recientes actos de incorporación de militantes que provenían del partido favorito de los pobladores pobres. Entonces intervino una dama «de sociedad» para contradecirlo: «¡Pero chico! Yo estuve ayer en el acto que ustedes hicieron en La Guaira ¡y allí lo que había era un negrero!»

Que la señora en cuestión haya dicho tal cosa, de modo tan fresco, supone que se sintiera en un grupo que compartiría su aversión racial, naturalmente; rodeada de personas para quienes ese despectivo tratamiento fuese familiar, aceptable y útil. No ha muerto el mantuanismo en Venezuela. En son de guasa, pero sintomáticamente expresivo, un cierto personaje de la sociedad caraqueña había redactado un proyecto de ley de artículo único: «Restitúyase a sus legítimos dueños la propiedad de los negros». Repetía el chiste de mal gusto para alegría e hilaridad de muchos. Otro prohombre venezolano, ex director de empresa petrolera y promotor de institutos de educación de alto nivel, se complacía en señalar en públicas reuniones políticas: «Mi voto vale más que el de quinientos negros de Barlovento». Decir que no hay discriminación racial en Venezuela es faltar a la verdad; lo saben las personas que la sienten.

Como la mayoría del país no tiene piel blanca, mucho del menosprecio que alguna gente acomodada manifiesta hacia el país tiene su origen en la discriminación racial. Es verdad que no llegamos a establecer un Ku Klux Klan o a sentar a las personas de piel oscura en el rincón de un autobús; es decir, en términos relativos discriminamos de modo menos violento e inhumano que otras naciones, pero hay desprecio social basado en la raza en Venezuela. Tal cosa se cobra políticamente en estos tiempos.

Pero no se limitan a la pigmentación cutánea las acusaciones en contra de nuestra nación. La geografía sería cómplice del pecado original de la raza. Así se expone: «…una naturaleza sobreprotectora, que nos ha dotado a la vez de un clima benigno y de riquezas naturales, que no exigen otro sacrificio que la extracción, ha ido estimulando en nosotros… la certidumbre de que nos basta extender la mano para que el pan llueva sobre ella, y por esa vía, ha fomentado en nosotros la irresponsabilidad, la pereza y la sensación de que siempre algún milagro nos rescatará de la miseria, sin necesidad de que ofrezcamos nuestro esfuerzo a cambio».

La teoría del mal «material humano» venezolano, favorecida por algunas cúpulas políticas, sociales y económicas en Venezuela como explicación del nivel de desarrollo nacional, es que la combinación del mestizaje de grupos «inferiores»—indios, españoles dañados, negros—la geografía paradisíaca de los trópicos, y la insólita riqueza natural del país conspiran para que no seamos una sociedad moderna y avanzada, en la que sólo una élite más o menos pura e ilustrada escapa a la deyección y el abismo. No estamos mejor porque con «este piazo’e pueblo» no se podría hacer otra cosa.

………

Tres notas al final del artículo (“Este piazo’e pueblo”) complementaban lo expuesto. La primera se refería al actual cobro político de la discriminación, y decía: “Unos veinte años antes de la asunción de Hugo Chávez al poder, José Manuel Briceño Guerrero escribía proféticamente El discurso salvaje, que incluyó después en El laberinto de los tres minotauros. (Monte Ávila, 1997). Comentaría luego Francisco Toro Ugueto: ‘…explica no sólo por qué existe el chavismo, sino también por qué tiene éxito. La atracción política de Chávez está basada en el lazo emocional que su retórica crea con una audiencia que resiente profundamente su marginalización histórica. Funciona al hacerse eco de la profunda resaca de furia de los excluidos, una furia que Briceño Guerrero explica poderosamente. La retórica de Chávez está basada en una comprensión intuitiva profunda del discurso no occidental/antirracional en nuestra cultura, un discurso que ha sido alternadamente atacado, descontado y negado por generaciones de gobernantes de mentalidad europea. Chávez valida el discurso salvaje, lo refleja y lo afirma. Lo encarna. En último término, transmite a su audiencia un profundo sentido de que el discurso salvaje puede y debe ser algo que nunca ha sido antes: un discurso de poder’.”

La última de las notas apuntaba que la tesis del mal material humano originario de Venezuela había sido adelantada por Francisco Herrera Luque en su libro La huella perenne.

La nota del medio, la segunda, se limitaba a identificar al autor de las palabras citadas sobre la “la irresponsabilidad, la pereza y la sensación de que siempre algún milagro nos rescatará de la miseria, sin necesidad de que ofrezcamos nuestro esfuerzo a cambio»: Marcel Granier, en La generación de relevo vs. el Estado omnipotente.

………

Al quejarse Chávez amargamente de que el rechazo de que es objeto se debe a su pretendida condición de pardo, en el contexto de un debate continental-bilateral sobre su muy cacareada negativa a renovar la concesión de frecuencia abierta a Radio Caracas Televisión, ha desnudado inadvertidamente su alma atormentada y rencorosa. Ha hecho a Marcel Granier, a quien amenazara ya, poco veladamente, antes de que siquiera un mes hubiera transcurrido de su primera asunción al poder en 1999, el objeto focal de su reconcomio de resentido social. Lo ha hecho el objeto de su odio.

No tiene Chávez ningún argumento consistente para negar a RCTV la renovación de su licencia. Todos los que ha empleado, y que han repetido como loros sus más obsequiosos funcionarios, no tienen sostén válido, ni jurídico ni político, y no pueden disimular la verdadera motivación: la antipatía de un resentido, que proyecta sobre una persona específica todo el dolor, toda la vergüenza y toda la rabia que atesoró por largo tiempo.

Un verdadero estadista, por supuesto, tendría vedado el odio personal. Un político realmente benéfico se eleva sobre sus propios dolores, y no emplea su poder para conseguir la reivindicación de facturas privadas. Ningún magistrado tiene autorización para hacer políticas con su amargura.

LEA

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FS #140 – Amargo de Angostura

Fichero

LEA, por favor

En Angostura, ciudad que luego de su muerte llevaría su nombre, el Libertador Simón Bolívar inauguró el segundo congreso constituyente con su más famoso discurso. El Discurso de Angostura fue pronunciado el 15 de febrero de 1819, seis meses antes de que el general y estadista de 36 años de edad liberara a Colombia con su triunfo en la Batalla de Boyacá. (6 de agosto de 1819).

Aunque ni Venezuela, ni Colombia ni Ecuador estaban aún libres de la dominación española, ya se formó en Angostura la República de Colombia, constituida por las tres naciones nombradas y con un nombre que honraba al Descubridor, de cuya efigie el régimen imperante hoy en Venezuela toleró su asalto y demolición.

Esta Ficha Semanal #140 de doctorpolítico reproduce la primera sección del discurso de Bolívar (sin incluir el preámbulo). Es ella la sección que dedica a consideraciones sobre el tema de la libertad.

No era nueva en Bolívar la preocupación por la libertad de los pueblos. Ya en la Carta de Jamaica (6 de septiembre de 1815) cita a Montesquieu para decir: “Es más difícil sacar un pueblo de la servidumbre, que subyugar uno libre”. De hecho, emplea pedagógicamente exactamente los mismos ejemplos en la Carta de Jamaica y el Discurso de Angostura. En la primera dice: “En las administraciones absolutas no se reconocen límites en el ejercicio de las facultades gubernativas: la voluntad del gran sultán, Kan, Bey y demás soberanos despóticos, es la ley suprema, y ésta, es casi arbitrariamente ejecutada por los bajáes, kanes y sátrapas subalternos de Turquía y Persia, que tienen organizada una opresión de que participan los súbditos en razón de la autoridad que se les confía”. Como se verá, propone la consideración de los mismos hechos al Congreso reunido en Angostura.

Es muy sintomático que el Libertador haya escogido precisamente ese tema para iniciar su oratoria en Guayana. Es de ese discurso de donde se cita la siguiente admonición, clara y grave: “… nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía”. Simón Bolívar, pues, votaría en contra de la reforma constitucional por la que se pretende permitir en Venezuela la reelección indefinida del mismo ciudadano en la Presidencia de la República.

No es, por supuesto, el único punto en que la idea política de Bolívar antagoniza la de cierto gobernante que se llena la boca con su nombre. El Libertador no era gente que persiguiese a la gente de industria. Dice en el discurso—publicado en varias entregas de El Correo del Orinoco—lo siguiente: “Al proponeros la división de los ciudadanos en activos y pasivos, he pretendido excitar la prosperidad nacional por las dos más grandes palancas de la industria, el trabajo y el saber. Estimulando estos dos poderosos resortes de la sociedad, se alcanza lo más difícil entre los hombres, hacerlos honrados y felices”.

LEA

Amargo de Angostura

¡Legisladores!

Yo deposito en vuestras manos el mando supremo de Venezuela. Vuestro es ahora el augusto deber de consagraros a la felicidad de la República; en vuestras manos está la balanza de nuestros destinos, la medida de nuestra gloria, ellas sellarán los decretos que fijen nuestra libertad. En este momento el Jefe Supremo de la República no es más que un simple ciudadano; y tal quiere quedar hasta la muerte. Serviré, sin embargo, en la carrera de las armas mientras haya enemigos en Venezuela. Multitud de beneméritos hijos tiene la patria capaces de dirigirla, talentos, virtudes, experiencia y cuanto se requiere para mandar a hombres libres, son el patrimonio de muchos de los que aquí representan el pueblo; y fuera de este Soberano Cuerpo se encuentran ciudadanos que en todas épocas han mostrado valor para arrostrar los peligros, prudencia para evitarlos, y el arte, en fin, de gobernarse y de gobernar a otros. Estos ilustres varones merecerán, sin duda, los sufragios del Congreso y a ellos se encargará del gobierno, que tan cordial y sinceramente acabo de renunciar para siempre.

La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos. Las repetidas elecciones son esenciales en los sistemas populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía. Un justo celo es la garantía de la libertad republicana, y nuestros ciudadanos deben temer con sobrada justicia que el mismo magistrado, que los ha mandado mucho tiempo, los mande perpetuamente.

………

Al desprenderse América de la Monarquía Española, se ha encontrado, semejante al Imperio Romano, cuando aquella enorme masa, cayó dispersa en medio del antiguo mundo. Cada desmembración formó entonces una nación independiente con forme a su situación o a sus intereses; pero con la diferencia de que aquellos miembros volvían a restablecer sus primeras asociaciones. Nosotros ni aun conservamos los vestigios de lo que fue en otro tiempo; no somos europeos, no somos indios, sino una especie media entre los aborígenes y los españoles. Americanos por nacimiento y europeos por derechos, nos hallamos en el conflicto de disputar a los naturales los títulos de posesión y de mantenernos en el país que nos vio nacer, contra la oposición de los invasores; así nuestro caso es el más extraordinario y complicado. Todavía hay más; nuestra suerte ha sido siempre puramente pasiva, nuestra existencia política ha sido siempre nula y nos hallamos en tanta más dificultad para alcanzar la libertad, cuanto que estábamos colocados en un grado inferior al de la servidumbre; porque no solamente se nos había robado la libertad, sino también la tiranía activa y doméstica. Permítaseme explicar esta paradoja. En el régimen absoluto, el poder autorizado no admite límites. La voluntad del déspota, es la ley suprema ejecutada arbitrariamente por los subalternos que participan de la opresión organizada en razón de la autoridad de que gozan. Ellos están encargados de las funciones civiles, políticas, militares y religiosas, pero al fin son persas los sátrapas de Persia, son turcos los bajáes del gran señor, son tártaros los sultanes de la Tartaria. China no envía a buscar mandarines a la cuna de Gengis Kan que la conquistó. Por el contrario, América, todo lo recibía de España que realmente la había privado del goce y ejercicio de la tiranía activa; no permitiéndonos sus funciones en nuestros asuntos domésticos y administración interior. Esta abnegación nos había puesto en la imposibilidad de conocer el curso de los negocios públicos; tampoco gozábamos de la consideración personal que inspira el brillo del poder a los ojos de la multitud, y que es de tanta importancia en las grandes revoluciones. Lo diré de una vez, estábamos abstraídos, ausentes del universo, en cuanto era relativo a la ciencia del gobierno.

Uncido el pueblo americano al triple yugo de la ignorancia, de la tiranía y del vicio, no hemos podido adquirir, ni saber, ni poder, ni virtud. Discípulos de tan perniciosos maestros las lecciones que hemos recibido, y los ejemplos que hemos estudiado, son los más destructores. Por el engaño se nos ha dominado más que por la fuerza; y por el vicio se nos ha degradado más bien que por la superstición. La esclavitud es la hija de las tinieblas; un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción; la ambición, la intriga, abusan de la credulidad y de la inexperiencia, de hombres ajenos de todo conocimiento político, económico o civil; adoptan como realidades las que son puras ilusiones; toman la licencia por la libertad; la traición por el patriotismo; la venganza por la justicia. Semejante a un robusto ciego que, instigado por el sentimiento de sus fuerzas, marcha con la seguridad del hombre más perspicaz, y dando en todos los escollos no puede rectificar sus pasos. Un pueblo pervertido si alcanza su libertad, muy pronto vuelve a perderla; porque en vano se esforzarán en mostrarle que la felicidad consiste en la práctica de la virtud; que el imperio de las leyes es más poderoso que el de los tiranos, porque son más inflexibles, y todo debe someterse a su benéfico rigor; que las buenas costumbres, y no la fuerza, son las columnas de las leyes; que el ejercicio de la justicia es el ejercicio de la libertad. Así, legisladores, vuestra empresa es tanto más ímproba cuanto que tenéis que constituir a hombres pervertidos por las ilusiones del error, y por incentivos nocivos. «La libertad—dice Rousseau—es un alimento suculento, pero de difícil digestión». Nuestros débiles conciudadanos tendrán que enrobustecer su espíritu mucho antes que logren digerir el saludable nutritivo de la libertad. Entumidos sus miembros por las cadenas, debilitada su vista en las sombras de las mazmorras, y aniquilados por las pestilencias serviles, ¿eran capaces de marchar con pasos firmes hacia el augusto templo de la libertad? ¿Serán capaces de admirar de cerca sus espléndidos rayos y respirar sin opresión el éter puro que allí reina?

Meditad bien vuestra elección, legisladores. No olvidéis que vais a echar los fundamentos a un pueblo naciente que podrá elevarse a la grandeza que la naturaleza le ha señalado, si vosotros proporcionáis su base al eminente rango que le espera. Si vuestra elección no está presidida por el genio tutelar de Venezuela que debe inspiraros el acierto de escoger la naturaleza y la forma de gobierno que vais a adoptar para la felicidad del pueblo; si no acertáis, repito, la esclavitud será el término de nuestra transformación.

Los anales de los tiempos pasados os presentarán millares de gobiernos. Traed a la imaginación las naciones que han brillado sobre la tierra, y contemplaréis afligidos que casi toda la tierra ha sido, y aún es, víctima de sus gobiernos. Observaréis muchos sistemas de manejar hombres, mas todos para oprimirlos; y si la costumbre de mirar al género humano conducido por pastores de pueblos, no disminuyese el horror de tan chocante espectáculo, nos pasmaríamos al ver nuestra dócil especie pacer sobre la superficie del globo como viles rebaños destinados a alimentar a sus crueles conductores. La naturaleza, a la verdad, nos dota al nacer del incentivo de la libertad; mas sea pereza, sea propensión inherente a la humanidad, lo cierto es que ella reposa tranquila aunque ligada con las trabas que le imponen. Al contemplarla en este estado de prostitución, parece que tenemos razón para persuadirnos que, los más de los hombres tienen por verdadera aquella humillante máxima, que más cuesta mantener el equilibrio de la libertad que soportar el peso de la tiranía.

Simón Bolívar

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LEA #232

LEA

Ayer ocurrió la celebración de las bodas de madera de la deposición de Hugo Chávez Frías, del 11 de abril de 2002. Como era de esperarse, éste presidió un enésimo acto de los que gusta dirigir, y por supuesto quiso monopolizar el significado de la fecha, presentándolo deformadamente. Como era de esperar, se cuidó de rememorar la hipócrita mansedumbre con la que regresó al poder, ofreciendo conciliación, rectificación y cristiana contrición. Sus actuales coordenadas distan mucho del susto que recibió por aquellos días.

Es así como, para fines estrictamente circenses y oportunistas, y a cinco años de unos eventos que jamás han sido clarificados por una nonata «comisión de la verdad», se imputa ahora a cuatro miembros de la Guardia Nacional por una de las muertes, alrededor de un centenar, de aquel fatídico día.

Chávez, es lo que se expone en el artículo que sigue, provocó los acontecimientos del 11 de abril de 2002, los deplorables como los meritorios, con su insolencia y su arbitrariedad, rasgos que en él se han consagrado como técnicas de gobierno.

Pero también hubo, el 11 de abril de 2002, otra tragedia, otra insolencia y otra arbitrariedad más hipócritas. Y ésas fueron las que protagonizaran unos conspiradores antichavistas cuya cabeza visible era el Presidente de Fedecámaras de la época, Pedro Carmona Estanga. A estas alturas, hasta la Ley de Libertad de Información de los Estados Unidos ha permitido conocer documentos de su Agencia Central de Inteligencia, que dan cuenta de la existencia de esa conspiración y del conocimiento del gobierno norteamericano de lo que se preparaba. Por ejemplo, un Informe Ejecutivo Senior del 6 de abril de 2002 advertía: “Para provocar una acción militar, los conspiradores pueden tratar de explotar el descontento que surja de manifestaciones de la oposición programadas para más adelante en el mes o de huelgas en curso en la compañía petrolera estatal PDVSA”.

Detrás de todo el asunto operó, sin hacerse explícita, una justificación jurídica para las arbitrariedades que, el día 12 de abril, se expresarían en el decreto que leyera Daniel Romero (asistente y representante de Carlos Andrés Pérez), y que fuera refrendado voluntariamente por, entre otros, Manuel Rosales. El 26 de julio de 2001 el abogado Oswaldo Páez Pumar había sostenido, ante la asamblea de Fedecámaras que eligió en Margarita a Carmona como su presidente, la peregrina idea de que la Constitución vigente era la de 1961, puesto que ésta establecía en su artículo 250 que no podría ser derogada por “otro medio distinto del que ella misma dispone”, y una constituyente no estaba contemplada en esa constitución. En verdad, el texto de 1961 ¡no dispone de absolutamente ningún medio para derogarlo! Su artículo 250 se refería a algo inexistente.

A pesar de esta inconsistencia, la tesis de Páez Pumar confirió tranquilidad de espíritu a Carmona para volar de un plumazo la Asamblea Nacional y el Tribunal Supremo de Justicia, aunque el pretexto de su asunción era un tal “vacío de poder” que, en todo caso, sólo afectaba a la cabeza del Ejecutivo Nacional.

El experimento usufructuado brevemente por Carmona hizo un enorme daño a la oposición venezolana a Chávez, del que todavía no se ha recuperado plenamente.

LEA

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CS #232 – Tragedia primaveral

Cartas

En “Para leer mientras sube el ascensor”, colección de textos humorísticos del español Enrique Jardiel Poncela, se encuentra una narración muy preocupante. Dos amigos discuten. Uno de ellos ha propuesto la siguiente descripción: “El hombre lleva siempre a la fiera atroz en su interior”. El otro se opone a tan cínica tesis.

La discusión lleva a una apuesta. Quien sostiene la tesis asegura que logrará hacer surgir tal bestia de dos tranquilos viejecitos, que conversaban sentados en un banco de un parque protegidos por una verja de hierro. Allí va a molestarles, llamando su atención con un bastón y constantes gritos: “¡Eh, fieras!”

Al principio, los ancianos respondían con gran paciencia y dulzura, siempre con calma, y argumentaban que puesto que sólo eran dos ancianos inofensivos se les permitiese conversar en paz. Al final, luego de un larguísimo período de hostigamiento, los ancianos rugían, echaban espuma por la boca, mordían los barrotes de la verja y amenazaban con la peor de las muertes a su torturador. Asunto demostrado.

El cuento viene al caso porque sobre el 11 de abril de 2002 hay más de una interpretación y, más fundamentalmente, porque varios procesos coexistieron en paralelo ese día. Esto es, no hay una explicación lineal, unidimensional, del 11 de abril. Pero aun si lo que hubiera ocurrido fuese tan sólo lo que el gobierno de Chávez pretende vender como única verdad, que el 11 de abril solamente ocurrió un golpe de Estado en Venezuela, esa ocurrencia sería resultado de las pasiones que Hugo Chávez procuró muy bien excitar por todos los medios a su alcance. Hugo Chávez estuvo buscando la fiera atroz que anidaría, Jardiel Poncela dixit, en el alma de cada venezolano, desde el instante mismo que tomó posesión del gobierno y aun mucho antes. Por bastante menos de lo que hasta entonces había hecho Chávez, muchos presidentes recibieron, en Venezuela y el mundo, un golpe de Estado.

A su asunción de la Presidencia de la República de Venezuela, Chávez contó con un amplificador de gran potencia para su particular interpretación de lo político. En el acto mismo de prestar juramento ya evidenció mezquindad e inclemencia al referirse al libro sobre el que juraba como constitución moribunda. Dos días más tarde, al cumplirse siete años de su rebelión de febrero de 1992, exaltaba esa intentona violenta y atemorizaba a la presidenta de la Corte Suprema de Justicia. Como se ha contado acá varias veces, poco después, en su primera alocución desde el Salón Ayacucho del Palacio de Miraflores, y ante un auditorio lleno de personalidades, ofrecía a un conocido empresario de televisión venderle un carro blindado del que el gobierno se desprendería dentro de un programa de austeridad fiscal, propósito que, como sabemos, duró muy poco. La directa implicación era que el empresario aludido podría necesitar el vehículo para la protección de su vida.

El amedrentamiento ha sido arma favorita de Chávez durante todo su período, y desde su mismo inicio. Más de una de esas reuniones televisadas desde el Salón Ayacucho parecía atenerse a un estilo de gobernar en corte, como si se tratara del más absoluto de los monarcas franceses tomando decisiones sobre la marcha y delante de todo el mundo, sin discreción alguna, muchas veces para vergüenza de los involucrados.

Pero al estilo versallesco de decidir enfrente mismo de los cortesanos, Chávez ha añadido el poder intimidante de una cámara de televisión, clavada sobre el semblante de la persona a quien pudiera ocurrírsele aludir directamente. Por ejemplo, con motivo de la primera reestructuración de la plana mayor de PDVSA, Chávez se dirigía al país desde el centro del estrado, mientras a su lado derecho observaba, entre otros, el recién nombrado presidente de la compañía, Roberto Mandini. Éste último no estaba conforme con el candidato que Chávez quería imponer en PDVSA Gas, Domingo Marsicobetre. Chávez forzó una transmisión televisada al país para informar acerca de la reestructuración de autoridades en PDVSA y, ante las cámaras de televisión, dijo que todavía no había acuerdo respecto de quien dirigiría PDVSA Gas. “Hemos hablado de un nombre… ¿No es así, Mandini? ¿Marsicobetre, no?” El acosado Mandini, sabiéndose enfocado por la cámara, y sin atreverse a contradecir al Presidente de la República ante los ojos de la Nación, capituló allí mismo.

Hugo Chávez gobierna con el descaro de quien considera importante exhibir el poder que tiene. En sus comunicaciones siempre hay un reto a alguien, muchas veces de un modo muy directo. En su lenguaje, una propensión a la procacidad, un desprecio por las formas y el protocolo. Una significativa porción del rechazo que Chávez provoca tiene que ver con este lado formal de sus expresiones, con su gesticulación, su imprudencia, su informalidad, con, en suma, su mala educación.

………

Pero, por supuesto, para abril de 2002 no era una añoranza de la urbanidad perdida en la Presidencia de la República lo que más preocupaba a la inmensa proporción de venezolanos que ya consideraban a Chávez completamente inconveniente. Eso habría sido sólo criticar al lobo, no porque se comiera al cordero, sino porque no lo hacía con cubiertos. Para la época del “carmonazo” un abultado prontuario de desaguisados del gobierno, más la exacerbación intencional de la psiquis nacional, había llevado el rechazo a niveles de paroxismo. Ya Chávez había exhibido suficientemente, más allá de la conducta y empaque de baladrón, su preferencia por relacionarse con dictadores o terroristas y su inequívoca tendencia autoritaria. La primera versión del decreto para el referéndum que daría origen a la Constituyente de 1999 es emblemática en materia de tentaciones totalitarias. La redacción estipulaba que los venezolanos depositaríamos en las manos de Chávez un cheque en blanco para que él determinase a su antojo todo lo concerniente al referéndum. Era tan evidente la construcción autoritaria que la Corte Suprema de Justicia pudo forzar la reformulación del decreto, gracias a recurso introducido por Gerardo Blyde, que con este hecho llegó por vez primera a la conciencia nacional.

Salvo ese momento estelar de la oposición, el resto de su actuación fue ineficaz. Para las elecciones de 2000, aparentemente necesarias como relegitimación dentro de un nuevo marco constitucional, la oposición fue incapaz de oponer a Chávez nadie mejor que Francisco Arias Cárdenas, otro golpista de 1992, con la esperanza de que en política, como en carpintería, nada sería más eficaz que una cuña del mismo palo, a pesar de que de ese modo se absolvía la culpa de la criminal insurrección del 4 de febrero.

Después de esas elecciones, en las que Chávez ganó con la mayor facilidad ante el gris y poco carismático Arias Cárdenas, la oposición cayó en el estupor una vez más. Sólo quedaba esperar que Chávez cavara su propia fosa. Entretanto, las esperanzas se cifraban en cualquiera que emergiese como opositor, así fuera alguien que hubiera tenido responsabilidad destacada en la llegada de Chávez al poder o en el inicio de su gobierno. (Alfredo Peña, Luis Miquilena, Alejandro Armas, Guaicaipuro Lameda, etcétera). Miquilena se convirtió en líder respetado por la oposición a su salida del gobierno a comienzos de 2002, a pesar de que no hacía mucho que hubiera preguntado con sorna: “¿La sociedad civil? ¿Con qué se come eso?”

Fue justamente esa incomible “sociedad civil” la que produciría las condiciones que llevaron al efímero derrocamiento de Chávez el 11 de abril de 2002. La sociedad civil o, más propiamente, las más activas entre las organizaciones no gubernamentales que no formaban parte del diseño chavista, habían marcado algunos logros tempranos en el largo proceso de oposición al gobierno de la “Quinta República”. Por ejemplo, Elías Santana y Liliana Ortega, las cabezas visibles de Queremos Elegir y COFAVIC (Comité de Familiares de las Víctimas del 27 y 28 de febrero), tuvieron éxito en producir la suspensión momentánea de las elecciones pautadas para el 28 de julio de 2000.

Al calor de estos hechos, y ante la obvia ineficacia de la convencional acción partidista, estos líderes y otros más comenzaron a arreciar su oposición y a establecer algunas instancias de coordinación. Para estos fines contaron con el apoyo de los principales medios de comunicación, constantemente vapuleados por Chávez. Igualmente se les sumaba la Iglesia Católica, cuya jerarquía había sido también objeto de ataque público por parte del Presidente. No menos importantes, Fedecámaras y la CTV se ubicaban en franca oposición al gobierno. Esta última había protagonizado, antes del paro empresarial de diciembre de 2001 (en protesta por los frutos de la primera ley habilitante), la primera derrota evidente del chavismo, cuando la plancha oficialista que encabezaba Aristóbulo Istúriz recibiera una verdadera paliza en las elecciones de la central de sindicatos.

Cada uno de estos sectores, el empresarial, el sindical, el comunicacional, el eclesiástico, el cívico, tenía algo que reclamar de modo directo, vilipendiados como habían sido por la verborrea agresiva e incesante de Hugo Chávez. Los ancianos del parque estaban fuera de sí.

No podía faltar en el concierto opositor un sitio privilegiado para el estamento militar. El malestar en el seno de las fuerzas armadas—Fuerza Armada en el prurito nominalista del chavismo—había ido in crescendo desde que el gobierno les hubiera colocado en funciones ajenas a la suya propia con el Plan Bolívar 2000. Pero también hacía mella profunda la dudosa relación del gobierno con los movimientos guerrilleros colombianos, la presencia de asesores cubanos de seguridad, la figura de José Vicente Rangel como Ministro de Defensa, la distorsión de la meritocracia castrense en aras de un control “revolucionario” de los puestos de comando y el soborno y corrupción de la oficialidad. Los militares venezolanos comenzaron a escuchar, insistentemente, peticiones cada vez más apremiantes de que interviniesen para asegurar la caída de Chávez.

Los militares resistieron el embate por un buen tiempo. En general, argumentaban que el problema era esencialmente civil, que el voto civil había colocado a Chávez en la Presidencia de la República y que era la sociedad civil la que debía producir un inequívoco rechazo, el que a fines de 2001, a pesar de que las encuestas revelaban por primera vez una mayoría del país en oposición a Chávez, no era aún absolutamente convincente. Llegado el caso de una manifestación muy explícita, los militares podrían considerar la intervención. Con no poca razón, la oficialidad asediada aducía que no era su función enderezar un entuerto que era propiedad de los civiles.

………

No fue sino hasta el mes de enero de 2002 que pudo cuajar la convicción de que Chávez era derrotable, de que su salida era posible aun antes de que venciera su período presidencial. La gran marcha del 23 de enero de 2002 así lo demostró.

Chávez hizo todo lo posible por minimizar la significación de la marcha, que hasta el 11 de abril fue la mayor manifestación pública escenificada en Venezuela. Desde prohibir el sobrevuelo de helicópteros en intento de impedir que los medios de comunicación pudieran mostrar su verdadera magnitud, hasta su mentira directa y patética al comparar el tamaño de la concentración opositora con el de la de sus partidarios. Previamente había buscado negar la importancia de la efeméride, preguntando qué era lo que había que celebrar en esa fecha. El país no cayó en el engaño, sin embargo, y todo el mundo supo que Chávez, por primera vez, había “perdido la calle”.

Casi un mes después, cuando quiso conmemorar, primero el 4 y luego el 27 de febrero—robándole la idea a Salas Roemer—las cámaras de televisión mostraban a un Chávez acompañado de una rala asistencia que no llegaba a quinientas personas. Chávez, el otrora invencible guerrero de boca suelta y actitud desafiante, empezaba a dar lástima. Los perros de presa de la oposición ya estaban oliendo sangre y el país daba por caído el régimen de Chávez. Sólo faltaba saber cuál sería la forma del desenlace definitivo. El anuncio de un “pacto de gobernabilidad” entre Fedecámaras, la CTV y, de alguna manera, la Iglesia, era muestra de que todo temor había desaparecido.

Chávez procuró a última hora recuperar la eficacia de su táctica de amedrentamiento. Lina Ron tuvo éxito, con agresiones físicas que causaron heridos entre estudiantes y periodistas, en desorganizar una marcha de protesta que pretendía salir de la Universidad Central de Venezuela. Cuando la OEA envió a su Relatoría de la Comisión de Derechos Humanos a investigar las agresiones a medios y periodistas, un peculiar personaje atacó a un camarógrafo de televisión, para aparecer minutos después, atravesando por detrás de la figura de Diosdado Cabello, Vicepresidente de la República, en un acto transmitido desde el propio Palacio de Miraflores. Pero estos abusos sólo sirvieron para acrecentar el creciente tsunami de oposición.

Como sabemos, el hilo conductor del cívico asalto final fue montado a raíz del intento de someter a PDVSA a los designios de una junta directiva que violentaba los tradicionales principios meritocráticos de la industria. Los empleados de PDVSA cerraron filas en protesta, y el domingo 7 de abril, de la manera más insolente, Hugo Chávez despedía públicamente, ante una corte radiofónica, a los más notorios gerentes de la empresa. La CTV convocó a paro general.

El 11 de abril de 2002 se reunió la más grande concentración humana que se haya visto en Venezuela en torno a las oficinas de PDVSA en Chuao. Un descomunal río de gente desbordaba la arteria vial de la autopista Francisco Fajardo. Personas de todas las edades se daban cita para protestar el atropello de la industria petrolera y exigir, a voz en cuello, como ya se había gritado el 23 de enero, la salida de Hugo Chávez de Miraflores. Confiado en su innegable y colosal fuerza, y estimulado por la consigna de los oradores de Chuao, que veían desbordadas sus más optimistas expectativas, el inconmensurable río comenzó a desaguarse en dirección a ese palacio de gobierno. Por aclamación de unanimidad asombrosa, la mayoría aplastante del pueblo caraqueño, para sorpresa y terror de Chávez y sus secuaces, pedía que los militares se pronunciaran y sacaran al autócrata de la silla presidencial.

Luego los muertos. Asesinados a mansalva, con ventaja, con alevosía. La sociedad civil puso los muertos necesarios a una conspiración que, sordamente, se había solapado tras la pureza cívica de un movimiento inocente. Días antes del sangriento día, un corpulento abogado transmitía las seguridades que enviaba una “junta de emergencia nacional” a una reunión de caraqueños que habían descubierto su vocación por lo político en la lucha contra Chávez. Enardecido, con una bandera norteamericana prendida en la solapa, admitía que conspiraba junto a otros, que una junta de nueve miembros—cinco civiles y cuatro militares—asumiría el poder en cuestión de días. Un conocido editor de periódicos advertía que los “factores de poder” en Venezuela depondrían a Chávez y luego darían un “maquillaje constitucional” a un golpe de Estado. Pedro Carmona Estanga emergería como el líder de un golpe cuya víctima, antes que Hugo Chávez, depuesto por la presión de un pueblo, era este mismo pueblo, manipulado y utilizado por la sofisticación artera de operadores políticos que habían decidido la acción anticipadamente.

Viajaron a los Estados Unidos para consultas, coordinaron calendarios, calibraron la temperatura creciente de la protesta popular y estuvieron listos para el golpe de mano. Nada de esto sabían los que marcharon el 11 de abril. Nada sabrían hasta que la verdadera cara de los golpistas emergiera al día siguiente, 12 de abril de 2002, cuando Pedro Carmona Estanga traicionara sin escrúpulo la confianza de la sociedad venezolana, que había visto en él a uno de sus líderes.

Al presidir un acto arbitrario como el de su autoproclamación y el del monstruoso decreto “constituyente” del 12 de abril, echó por tierra el enorme esfuerzo, regado con sangre, de la sociedad civil que había logrado el milagro político de deponer al autócrata de Sabaneta.

Al aceptar ser sucesor de Chávez, con la ceguera de pretender sustituir negro por blanco, al furibundo denunciador de oligarquías por uno de los más destilados representantes de éstas, hizo inviable la transición que necesitábamos y que nos había costado tres años de desasosiego y un año de despertar.

Al hacer eso, Pedro Carmona Estanga dejó mal herido al hermoso movimiento venezolano de 2002, que había adquirido fuerza invencible y que, por su culpa y la de los demás conspiradores que manipularon su inocencia, quedaba teñido de sospecha.

La sociedad civil venezolana no tiene nada que agradecer a Pedro Carmona Estanga. Por lo contrario, tiene mucho que reclamarle y cobrarle, por olvidar que la solución al autoritarismo no es uno de signo contrario, que esa solución no es otra cosa que la democracia.

LEA

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