Música elegíaca y fúnebre

Partitura de Tod und Verklärung (Muerte y transfiguración), de Richard Strauss. (Clic amplía).

 

A Aurelio Useche Kislinger, amante de la mejor música.

 

elegía. (Del lat. elegīa, y este del gr. ἐλεγεία). 1. f. Composición poética del género lírico, en que se lamenta la muerte de una persona o cualquier otro caso o acontecimiento digno de ser llorado, y la cual en español se escribe generalmente en tercetos o en verso libre. Entre los griegos y latinos, se componía de hexámetros y pentámetros, y admitía también asuntos placenteros.

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No podía la muerte estar ausente de la obra musical de los compositores más famosos. La música es vida y ésta es muerte. Federico Nietzsche había sentenciado que «Sin la música, la vida sería una equivocación» y, más simplemente, la abuela de mi esposa—como la madre de Forrest Gump—solía decir que «La muerte es parte de la vida».

Se ha producido, pues, abundante música fúneraria, desde la que conmemora la muerte en forma de réquiem hasta la que sirve para acompañar cortejos exequiales con marchas. Movimientos enteros de sinfonías, como el tercero de la primera sinfonía romántica—la Heroica o Tercera Sinfonía de Ludwig van Beethoven en Mi bemol mayor—, el tercero de la Sinfonía #1 en Re mayor (Titán) de Gustav Mahler, o de sonatas, como en el caso de la #2 de Federico Chopin en Si bemol menor, son marchas fúnebres. Charles Gounod escribió la jocosa Marcha fúnebre para una marioneta, que sirvió de tema a la serie televisiva de misterios de Alfred Hitchcock y es apropiada para el luto de personas que se dejan manejar por terceros, sobre todo si éstos son gobernantes extranjeros.

Como es natural, se trata de música frecuentemente sobrecogedora y muy hermosa. En muchas ocasiones han sido llamadas elegías, incluso en música popular como la canción de Joan Manuel Serrat para la muerte de un amigo de Miguel Hernández sobre poema de éste: «En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, a quien tanto quería».

Elegía – Joan Manuel Serrat

Pero es la música académica la que cuenta con mayor cantidad de estas manifestaciones luctuosas. Un ejemplo temprano y destacadísimo viene provisto por la Música para el funeral de la Reina María II de Inglaterra (1662-1694), compuesta por el más grande de los compositores ingleses, Henry Purcell. Ésta es la Marcha fúnebre, de una obra formada por diecisiete piezas; fue popularizada en la ácida película La naranja mecánica, del genio Stanley Kubrick:

Música para el funeral de la Reina María – Henry Purcell

En un continente cristiano, sus músicos compusieron muchas veces con la vista puesta en alguna forma de resurrección. Así, por ejemplo, la Segunda Sinfonía de Gustav Mahler fue apodada, precisamente, Resurrección, y Richard Strauss compuso a sus 25 años de edad el poema sinfónico Muerte y transfiguración. Después de haberlo completado, pidió a su amigo, el poeta Alexander Ritter, que escribiera versos que correspondieran a las cuatro partes de la obra musical. La primera de ellas representa a un artista enfermo, cercano a la muerte, con un dulce tema:

Muerte y transfiguración, 1ra. sección – Richard Strauss

Y he aquí a la Orquesta Filarmónica de Berlín, dirigida por Daniel Harding, al comienzo de la sección siguiente, una batalla entre la vida y la muerte en la que el artista no conoce cuartel:

 

 

En sucesión, ahora, cinco piezas elegíacas, de los compositores Gabriel Fauré y Jules Massenet, franceses, Alexander Glazunov y Sergei Rachmaninoff, rusos, y Edvard Grieg, noruego.

Elegía – Gabriel Fauré

Elegía – Jules Massenet

Elegía para viola y piano – Alexander Glazunov

Elegía – Sergei Rachmaninoff

La última primavera (de Dos melodías elegíacas) – Edvard Grieg

Grieg fue, por supuesto, un gran melodista y por eso cabe proponer acá otras dos piezas de carácter elegíaco: primero, La muerte de Åse, de la música incidental al drama Peer Gynt de su glorioso compatriota, Henrik Ibsen; luego, el inefable Aire—Andante religioso—de su Suite (al viejo estilo) En tiempos de Holberg. Aunque fue compuesta toda para celebrar el bicentenario del nacimiento de otro dramaturgo noruego (y danés), Ludvig Holberg, el aire tiene ciertamente ese carácter.

La muerte de Åse – Edvard Grieg

Aire (Andante religioso) – Edvard Grieg

Finalmente, es otro concepto distinto del luto el de la saga germánica del Anillo del Nibelungo, el ciclo de cuatro óperas de Richard Wagner. En la última de ellas, El ocaso de los dioses (Götterdämmerung), muere Sigfrido a manos de Hagen, quien lo hiere por haber jurado en falso sobre la lanza que lo mata. Es asunto épico, no romántico o renacentista, sino mucho más primordial y antiguo. De aquí que la Música funeral de Sigfrido no sea dulce o melancólica sino poderosa, hasta triunfal. Es la que Hitler quería para el cataclismo de su muerte, con la que debía hundirse todo el pueblo alemán. Joseph Goebbels decía él mismo, o mandaba que dijera la prensa alemana en 1945, o que Radio Werewolf propalara cosas como éstas:

El terror de las bombas no conserva las viviendas ni de ricos ni de pobres; ante los laboriosos oficios de la guerra total las últimas barreras de clase han tenido que caer. Bajo los escombros de nuestras ciudades destrozadas, los últimos presuntos logros de la clase media del siglo diecinueve han sido finalmente sepultados. No hay un fin de la revolución; una revolución está condenada al fracaso sólo si aquellos que la hacen dejan de ser revolucionarios; junto con los monumentos culturales se desmoronan también los últimos obstáculos al logro de nuestra tarea revolucionaria. Ahora que todo está en ruinas, estamos obligados a reconstruir Europa. En el pasado las posesiones privadas nos ataban a una moderación burguesa. Ahora las bombas, en vez de matar a todos los europeos, sólo han roto los muros de la prisión que les mantenían cautivos. Al tratar de destruir el futuro de Europa, el enemigo sólo ha tenido éxito en destruir su pasado; y con eso todo lo que es viejo y gastado se ha ido.

Los alemanes supieron evitar ese destino, y nosotros también podremos. Podemos oír a Wagner sin temor alguno:

Música funeral de Sigfrido – Richard Wagner

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Las elegías formaron todo un género poético en la Edad Media. Se las llamaba planto cuando eran cultas y endechas cuando populares. Jorge Manrique escribió ésta en sus Coplas a la muerte de mi padre:

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el placer,
cómo después de acordado
da dolor,
cómo a nuestro parescer,
cualquiera tiempo pasado
fué mejor.

Y pues cemos lo presente
cómo en un punto es ido
y acabado
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
má que duró lo que vió,
porque todo ha de pasar
por tal manera.

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos á se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos;
allegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.

Y la más antigua de las canciones funerarias españolas que se conserva fue la cantada por las mujeres canarias a la muerte del caballero Guillén Peraza (1443). Así dice:

Llorad las damas, / si Dios os vala,
Guillén Peraza / quedó en la Palma,
la flor marchita / de la su cara.
No eres palma, / eres retama,
eres ciprés / de triste rama,
eres desdicha, / desdicha mala.
Tus campos rompan / tristes volcanes,
no vean placeres, / sino pesares,
cubran tus flores / los arenales.
Guillén Peraza, / Guillén Peraza,
¿dó está tu escudo, / dó está tu lanza?
Todo lo acaba / la malandanza.

No toda elegía es elogiosa. LEA

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Retatarabuelo bicentenario

José Gabriel de Alcalá y Sánchez, Diputado al Congreso de 1811, firma el 7 de julio de ese año el Acta de la Independencia. Retrato encargado por su nieto, Sandalio, para obsequiar a su padre, José Miguel Alcalá. La cinta del reloj de bolsillo es tricolor, y en la pechera ostenta un broche masónico.

 

Hijo del segundo matrimonio de su padre. Regidor y Síndico Procurador del Ayuntamiento de Cumaná en 1794, Diputado al Congreso de 1811 y Miembro del Congreso de Cúcuta de 1821 a 1822. Designado por su tío abuelo, el Pbro. Antonio Patricio de Alcalá para ejercer el patronato y administración del Hospital de Caridad de Cumaná. Fundó la casa de Ciudad Bolívar. Casado con Ana Teresa Ramírez de Bastos y Guerra (1791) y con Basilia Espinosa (1828) en Angostura, donde muere en 1833.

Carlos Iturriza Guillén

Algunas familias de Cumaná

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Firmante del Acta de la Independencia. Emparentado con el sacerdote Antonio Patricio de Alcalá y María de Alcalá, cumaneses que se distinguieron por su filantropía y obras sociales. Fue diputado por la provincia de Cumaná al Congreso Constityente de 1811, y como tal, firmante del Acta de Independencia de ese mismo año. Secretario de la Junta de Gobierno constituida en Cumaná para apoyar el movimiento independentista. En 1821 asiste al Congreso de Cúcuta como diputado por la provincia de Cumaná.

Fundación Polar

Diccionario de Historia de Venezuela

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De juicio recto, leal, patriota, desinteresado, prestó invalorables servicios a la República. Nació el 16 de junio de 1776 en Cumaná. Hijo de don Antonio de Alcalá, oficial de la Real Hacienda, y de doña Carolina Sánchez, como aparece en los libros de bautizos que se llevan en la iglesia de Santa Inés.

Fue designado diputado, por el partido Capitular, al primer Congreso de la República, instalado el 2 de marzo de 1811. Este prócer civil no estuvo en los campos de batalla,  pero sí en aquellos actos trascendentales que le dieron al país una identificación. Sin embargo, mantuvo estrecho contacto con grandes próceres: Bolívar, Sucre, Piar, Mariño y Bermúdez, a quienes representó en misiones especiales. Como diputado, antes de firmar del Acta de Independencia, el 5 de julio de 1811 expresó, junto con otros legisladores por la provincia de Cumaná, Francisco Javier Mayz y Mariano de la Cova:

Caracas verá, en fin, el complemento de sus votos y el término de sus deseos. El 5 de Julio tendrá un lugar muy distinguido entre las partes de Venezuela. Lejos de nosotros los temores cualquiera que sean se atreverán a cambiarlos, desmintiendo indispensablemente las ideas generosas con que nos hemos caracterizado. Este será el momento, en mi concepto, que estrechará la unión y la concordia entre todos los habitantes de estos países. Pero, señor, no mancillemos nuestra regeneración con acciones bajas y propias de unos espíritus limitados; respetemos las efigies y atributos quiméricos de Fernando VII, no considerándolo como rey, cuya expresión debemos olvidar, sino como individuo particular que si nos ha causado algunos males, habrá sido más bien por falta de experiencia que por efecto de convicción.

El 21 de diciembre del mismo año, en el Palacio Federal de Caracas, estampa su rúbrica en la primera Constitución de Venezuela y, en 1813, el coronel Santiago Mariño lo designa, junto a Casimiro Isava Sucre, como emisarios ante el general Bolívar, a quien debían felicitar por el éxito de la recién terminada Campaña Admirable, así como expresar «la necesidad de armonizar los proyectos políticos y militares entre ambos ejércitos». En las credenciales, Mariño expresaba que los delegados «tenían toda la solvencia para negociar todos los asuntos, de cualquier naturaleza”.

Los fracasos de 1814 lo obligan a exiliarse en la isla de Trinidad, pero sigue trabajando por la libertad. Se incorpora luego al país y fue designado diputado al Congreso de Cúcuta, instalado el 30 de agosto de 1821, por lo cual es firmante de la Constitución en la Villa del Rosario de Cúcuta, el 6 de diciembre del mismo año. Ese instrumento jurídico fue refrendado por los generales Simón Bolívar, Pedro Briceño Méndez, Pedro Gual y Diego Bautista Urbaneja. Se traslada a Angostura. De aquí ve con tristeza la desintegración de la Gran Colombia y en el ejercicio de un cargo público local fallece el 9 de octubre de 1833, después de haber plasmado su pensamiento e ideas en materia constitucional.

En su matrimonio con Ana Teresa Ramírez Guerra procreó dos hijos: José Miguel y Francisco Javier Alcalá Ramírez. José Miguel, nacido en Cumaná, murió en Angostura el 27 de febrero de 1871. Se incorporó al ejército en 1816 y tomó parte en las campañas libertadoras de Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú, combatiendo en las batallas de Pantano de Vargas y Boyacá (1819), Bomboná (1822), Junín y Ayacucho (1824), donde sale herido, casi todas ellas al lado de Bolívar y Sucre. En 1825 recibe la condecoración de Ayacucho y el 12 de octubre del año siguiente Bolívar lo asciende a teniente coronel efectivo.

La familia Alcalá es una de las más antiguas y distinguidas de la República. Vinieron en 1569 con Diego Fernández de Serpa. De aquí se extienden por el oriente. Doña María de Alcalá, en 1784, funda la primera escuela pública en Cumaná.

General José Gabriel de Alcalá

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En Caracas el canónigo Antonio Patricio de Alcalá Centeno fue ascendiendo en jerarquía dentro del Cabildo Eclesiástico, siendo sucesivamente tesorero, chantre y arcediano del mismo; en 1801 tomó posesión de la última de esas dignidades. Entre tanto, el hospital fundado por él en Cumaná había sufrido las consecuencias del terremoto del 21 de febrero de 1797; para refaccionarlo, el gobernador e intendente de la provincia de Cumaná Vicente de Emparan propuso a la Corona que se pechase al aguardiente con un impuesto destinado a los fondos del hospital, lo cual fue aprobado en 1801 por el Rey. En 1803, desde Caracas, el arcediano Alcalá traspasó a su sobrino José Gabriel de Alcalá el patronato que ejercía sobre el hospital, e instituyó una capellanía para que en éste hubiera permanentemente un sacerdote. En los últimos años de su vida fue protector y guía de su pariente y ahijado Antonio José de Sucre [y Alcalá]. Al fallecer continuaba desempeñando las funciones de arcediano, y fue enterrado en la catedral de Caracas.

Antonio Patricio Alcalá Centeno

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Glosa a un comentario aureliano

Cosecha del 99

Aurelio Useche Kislinger tuvo la amabilidad de comentar Hallado lobo estepario en el trópico. He aquí su comentario:

…quizás una de las personas con mayor grado de responsabilidad en el deterioro institucional del país es Miquilena, quien promovió la reforma constitucional del 99, dando pie a un derrumbe del sistema político de la Constitución del 61. El objetivo de la reforma al derrocar al Congreso elegido—el cual, a través de sus dirigentes de entonces (incluido quien es hoy flamante precandidato presidencial) desempeñó un triste papel entreguista—era darle un soporte político-institucional a Chávez. Lo que no se pudo hacer por las armas, se hizo a través de la muy cuestionada Asamblea Constituyente de entonces. No hay que olvidar que apenas un 15% del electorado votó a favor de “la mejor constitución del mundo”.

De modo que ahora Miquilena, arrepentido, es un factor de peso en la oposición a Chávez, y uno de sus más fieles seguidores (Gaviria) es igualmente activo en la MDU.

Desde luego que el concepto del perdón es un valor muy importante para los católicos, y no podemos más que admitir que, gracias a la contrición de ellos y muchos otros que fueron fieros seguidores de Hugo Chávez, estén hoy en día participando en la MUD.

Pero, insisto, no era necesaria la entrega del 99. Y, lamentablemente, todo esto ha degenerado en un inmenso estado de deterioro, jamás imaginado por los analistas de entonces. Muy pocos políticos de envergadura se enfrentaron a la reforma de la Constitución.

Pudiéramos decir que todo este proceso se inició con aquel fatídico discurso del 4 de febrero de 1992…

Aurelio alude acá al comportamiento de la dirigencia opositora de hoy en 1999, cuando la Asamblea Constituyente excedió sus atribuciones y decapitó al Congreso electo en 1998 al cercenar el Senado de la República. Henrique Capriles Radonski presidía entonces la Cámara de Diputados. Había llegado a esa posición propuesto por otro Henrique, «el Gallo»—autobautizado—Salas Römer, quien presentó la candidatura del joven político como modo de sentar allí a alguien que no tuviera enemigos—a sus 26 años de edad, era prácticamente imposible que los tuviera—, como salida a la tensa competencia por la Presidencia de los diputados al cabo de la debacle electoral. Es Capriles Radonski el precandidato aludido por el comentarista. (A propósito, un buen amigo llamó a mi casa en 1975 para ofrecerme un hijo que acababa de nacerle; me dijo que lo llamaría Henrique, con hache, puesto que así escribirían su nombre quienes tienen plata: Henrique Pérez Dupuy, Henrique Machado Zuloaga… Mi segundo nombre se escribe sin hache).

Conviene refrescar la historia inmediatamente anterior a esa decapitación.

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El 25 de abril de 1999 se sometió a los venezolanos dos preguntas en referendo, la segunda de ellas relativa a las normas para la elección de una asamblea constituyente, figura no prevista en el texto fundamental de 1961. Previamente—19 de enero—, la Corte Suprema de Justicia había resuelto un recurso de interpretación del novísimo Artículo 181 de la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política, que había sido reformada con la introducción de un título enteramente nuevo, el sexto, sobre los referendos. Hasta ese momento, el único referendo contemplado en la legislación venezolana era el aprobatorio que se requería en caso de «reforma general» de la Constitución. Con plena razón, la Corte determinó que sí podía aplicarse el Artículo 181—permitía consultar a la población sobre «materias de especial trascendencia nacional»—para plantear un referendo consultivo sobre la posibilidad de convocar una asamblea constituyente aunque ella no estuviera prevista por la constitución entonces vigente, puesto que el Poder Constituyente Originario, aquél que da origen a la Constitución, no está limitado por ella al ser un poder supraconstitucional.

La primera de las preguntas del 25 de abril, en cambio, era la fundamental y definitoria: «¿Convoca usted una Asamblea Nacional Constituyente con el propósito de transformar el Estado y crear un Nuevo Ordenamiento Jurídico que permita el funcionamiento efectivo de una Democracia Social y Participativa?» Esta pregunta recibió la aprobación de 87,75% de los votos escrutados ese día, aunque, similarmente a lo que apunta el comentario de Useche, se abstuvo el 62,35% de los electores inscritos para ese momento. La convocatoria misma de las elecciones de la Asamblea Nacional Constituyente de 1999, en consecuencia, fue mandada por el 33% de los electores lo que, por supuesto, no las hizo menos legítimas.

El mandado está hecho, Presidente

El mandado está hecho, Presidente

El 15 de diciembre de 1999, en medio de inclementes deslaves e inundaciones, 23,1% de los electores venezolanos (no 15%, como pone Useche)—descontados los votos nulos y una abstención de 67,8%—aprobaba la Constitución que rige a la República «Bolivariana» de Venezuela. En el camino a ese desenlace, el 25 de julio se elegía a la ANC—cuatro de los diputados electos no pertenecían a los promovidos por el gobierno—y ella daba un golpe de Estado con la amputación del Senado que había sido elegido y creado por el pueblo menos de un año antes. Un extraño acatamiento de tal desafuero, derivado de una aparente vergüenza, de una tácita admisión de culpa republicana, provino del silencio opositor. Particularmente, el Presidente de la Cámara de Diputados, Henrique (con hache) Capriles Radonski continuó despachando, cobrando su sueldo y trasladándose en carro con chófer sin declararse en rebeldía ante el desaguisado. A fin de cuentas, el deslave del Miquilenazo sólo había afectado la cámara vecina, no la suya.

Ahora quiere intercalar el azul

Por contraste, desde las posibilidades de un Enrique sin hache escribí Contratesis (10 de septiembre de 1998) , un artículo para el diario La Verdad de Maracaibo que se anticipaba a lo que vendría y luego reproduje (20 de septiembre) en el último número de mi antigua publicación (referéndum). Allí ponía:

La constituyente tiene poderes absolutos, tesis de Chávez Frías y sus teóricos. Falso. Una asamblea, convención o congreso constituyente no es lo mismo que el Poder Constituyente. Nosotros, los ciudadanos, los Electores, somos el Poder Constituyente. Somos nosotros quienes tenemos poderes absolutos y no los perdemos ni siquiera cuando estén reunidos en asamblea nuestros apoderados constituyentes. Nosotros, por una parte, conferiremos poderes claramente especificados a un cuerpo que debe traernos un nuevo texto constitucional. Mientras no lo hagan la Constitución de 1961 continuará vigente, en su especificación arquitectónica del Estado venezolano y en su enumeración de deberes y derechos ciudadanos. Y no renunciaremos a derechos políticos establecidos en 1961. Uno de los más fundamentales es, precisamente, que cuando una modificación profunda del régimen constitucional sea propuesta, no entrará en vigencia hasta que nosotros la aprobemos en referéndum.

La dirigencia de oposición hizo caso omiso de esta argumentación en 1999.

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Dos cosas más deben ser glosadas en el certero comentario de Aurelio Useche. Él habla, primero, de una «reforma constitucional» en 1999. No hubo tal; aunque previsiones de la Constitución de 1961 fueran preservadas en la Carta Magna de 1999, ésta no fue una reforma de la anterior, sino una enteramente nueva. Fue, precisamente, porque lo que se quería era un concepto constitucional fresco y no una mera reforma del anterior, que el procedimiento constituyente se hizo necesario. Ángel Fajardo explicó el punto en su Compendio de Derecho Constitucional (1987):

El órgano cuya función consiste en reformar la Constitución, es el denominado poder constituyente constituido, derivado, etc., y cuya facultad le viene de la misma Constitución al ser incluido este poder en la ley fundamental por el poder constituyente; de modo, que la facultad de reformar la Constitución contiene, pues, tan sólo la facultad de practicar en las prescripciones legal-constitucionales, reformas, adiciones, refundiciones, supresiones…; pero manteniendo la Constitución; no la facultad de dar una nueva Constitución, ni tampoco la de reformar, ensanchar o sustituir por otro el propio fundamento de esta competencia de revisión constitucional, pues esto sería función propia de un poder constituyente y el legislador ordinario no lo es, él sólo tiene una función extraordinaria para reformar lo que está hecho, no para cambiar sus principios y aún menos para seguir un procedimiento distinto al establecido por el poder constituyente.

Al comentar ese pasaje de Fajardo en referéndum (Comentario constitucional, 12 de octubre de 1995), aduje: «Esto significa (…) que de aceptarse la tesis de que se requiere una nueva constitución, el Congreso de la República no es el órgano llamado a producirla, puesto que excedería sus facultades. En este caso la única forma admisible de proveernos de una constitución nueva sería la de convocar una Asamblea Constituyente». El Congreso de la República habría excedido sus funciones si hubiera intentado producir un texto constitucional fundamentalmente distinto de aquél que le daba el ser. Sólo un proceso constituyente expreso podía hacer esta tarea y eso, exactamente, fue lo que se hizo en 1999.

Por último, Useche alude a un «fatídico discurso del 4 de febrero de 1992». Ese día hubo dos discursos que pudieran ser tenidos por fatídicos; el primero, brevísimo, fue el de un oficial alzado y rendido que incluyó estas palabras: «Lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital». El análisis superficial ha exagerado la presunta fatalidad de esa provisionalidad. No es porque dijo «por ahora» que Chávez manda en Venezuela. Entre ese día y su elección en diciembre de 1998 mediaron decenas o centenas de acontecimientos políticos que produjeron, en secuencia trágica, su asunción al poder. Por supuesto, su alocución fue uno de ellos, muy significativa cuando dijo: «…yo, ante el país y ante ustedes, asumo la responsabilidad de este movimiento militar bolivariano». Pero explicar su triunfo electoral a partir de ese solo dato no es sino superficialidad y simplismo.

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…por ahora…

El segundo discurso al que se ha atribuido desproporcionadas virtudes es el que pronunciara Rafael Caldera en una sesión conjunta de las cámaras legislativas hacia el final de la tarde del mismo 4 de febrero. Se ha convertido en lugar común señalar que aprobaba el intento de golpe de Estado, que fue oportunista, que por haberlo dicho ganó su segunda presidencia en 1993. Estas cosas son puras necedades, de nuevo superficiales y simplistas. Por un lado, el discurso en sí fue una gran pieza republicana en dificilísima hora. En Memoria a disgusto (8 de febrero de 2007), escribí:

En efecto, Rafael Caldera pronunció uno de los mejores discursos de su vida en horas de la tarde del 4 de febrero de 1992, premunido de su condición de Senador Vitalicio. De nuevo la simpleza atribuye a este discurso su triunfo electoral de 1993, que se debió mucho más a otros factores de muy diversa índole. (Como que venía—era prácticamente el único dirigente nacional de importancia que lo hiciera—de varios años de coherente oposición a la receta “ortodoxa” del Consenso de Washington, administrada sin miramientos por Carlos Andrés Pérez). De nuevo el simplismo político tiene por dogma que Caldera se colocó con sus palabras en connivencia con los conjurados. Esto es una tontería. La condena de Caldera al golpe no deja lugar a equívocos: “…la normalidad y el orden público están corriendo peligro después de haber terminado el deplorable y doloroso incidente de la sublevación militar…” “Yo pedí la palabra para hablar hoy aquí antes de que se conociera el Decreto de Suspensión de Garantías, cuando esta Sesión Extraordinaria se convocó para conocer los graves hechos ocurridos en el día de hoy en Venezuela, y realmente considero que esa gravedad nos obliga a todos, no sólo a una profunda reflexión sino a una inmediata y urgente rectificación”.  “Debemos reconocerlo, nos duele profundamente pero es la verdad: no hemos sentido en la clase popular, en el conjunto de venezolanos no políticos y hasta en los militantes de partidos políticos ese fervor, esa reacción entusiasta, inmediata, decidida, abnegada, dispuesta a todo frente a la amenaza contra el orden constitucional”.

Caldera estaba diciendo, valientemente, la verdad. Más valientemente continuó: “Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y por la democracia, cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer y de impedir el alza exorbitante en los costos de la subsistencia; cuando no ha sido capaz de poner un coto definitivo al morbo terrible de la corrupción, que a los ojos de todo el mundo está consumiendo todos los días la institucionalidad… El golpe militar es censurable y condenable en toda forma, pero sería ingenuo pensar que se trata solamente de una aventura de unos cuantos ambiciosos que por su cuenta se lanzaron precipitadamente y sin darse cuenta de aquello en que se estaban metiendo”. Tenía razón.

El 8 de febrero de 1992 el diario El Nacional publicó un artículo firmado por Manuel Alfredo Rodríguez, llamado sencillamente “Caldera”. En éste expuso: “El discurso pronunciado por el Maestro Rafael Caldera el 4 de febrero, es un elevado testimonio de patriotismo y un diáfano manifiesto de venezolanidad y humanidad. Pocas veces en la historia de Venezuela un orador pudo decir, con tan pocas palabras, tantas cosas fundamentales y expresar, a través de su angustia, la congoja y las ansias de la patria ensangrentada”. Y para que no cupieran sospechas aclaró: “Nunca había alabado públicamente a Rafael Caldera, aunque siempre he tenido a honra el haber sido su discípulo en nuestra materna Universidad Central. Nunca he sido lisonjero o adulador, y hasta hoy sólo había loado a políticos muertos que no producen ganancias burocráticas ni de ninguna otra naturaleza. Pero me sentiría miserablemente mezquino si ahora no escribiera lo que escribo, y si no le diera gracias al Maestro por haber reforzado mi fe en la inmanencia de Venezuela”. Nada menos que eso después de declarar: “La piedra de toque de los hombres superiores es su capacidad para distinguir lo fundamental de lo accesorio y para sobreponerse a los dictados de lo menudo y contingente. Quien alcanza este estado de ánimo puede meter en su garganta la voz del común, y mirar más allá del horizonte”.

Por otro lado, Caldera no ganó en 1993 a causa de ese discurso. En Tiempo de desagravio (artículo para El Diario de Caracas del 18 de diciembre de 1998) salí al paso de este nuevo simplismo:

Se ha repetido hasta el punto de convertirlo en artículo de fe que Rafael Caldera fue elegido Presidente de la República por el discurso que hizo en el Congreso en horas de la tarde del 4 de febrero de 1992. Esto es una tontería. Caldera hubiera ganado las elecciones de 1993 de todas formas. Sin dejar de reconocer que ese discurso tuvo, en su momento, un considerable impacto, Caldera hubiera ganado las elecciones porque representaba un ensayo distanciado de los partidos tradicionales cuando el rechazo a éstos era ya prácticamente universal en Venezuela y porque venía de manifestar tenazmente una postura de centro izquierda frente al imperio de una insolente moda de derecha.

De mediados de 1991 data una encuesta que distribuía la intención de voto entre los precandidatos de aquellos días de modo casi totalmente homogéneo. Rafael Caldera, Luis Piñerúa, Eduardo Fernández, Andrés Velázquez, absorbían cada uno alrededor del 20% de la intención de voto (con pequeña ventaja para Caldera) y un restante 20% no estaba definido o no contestaba. Se trataba de una distribución uniforme, indiferente, que a la postre iba a desaguar por el cauce calderista por las razones anotadas más arriba. Las elecciones de 1993 contuvieron dos ofertas sesgadas a la derecha en lo económico, la de Álvarez Paz y la de Fermín, y dos sesgadas a la izquierda, la de Velázquez y la de Caldera. Con este último ganó, si se quiere, una izquierda sosegada, puesto que los candidatos furibundos eran claramente Álvarez Paz y Velázquez, que llegaron detrás de los más serenos Caldera y Fermín.

No, aquel discurso no fue el pecado de Caldera. Otras cosas sí lo serían.

El sobreseimiento de la causa contra los alzados presos en Yare, decretado por Caldera, ciertamente, en medio de extenso consenso—Claudio Fermín, Oswaldo Álvarez Paz, Fernando Ochoa Antich, Luis Herrera Campíns, Patricia Poleo, Juan Martín Echeverría, Freddy Muñoz, el cardenal José Alí Lebrún, Jorge Olavarría y Américo Martín, entre otros, se pronunciaron a favor de la medida—, sí constituyó, a mi juicio, un error mayúsculo. Pero no porque gracias a eso Chávez ganara las elecciones en 1998. En el mismo artículo anterior opiné:

Se ha dicho que la ‘culpa’ de que Chávez Frías haya ganado las elecciones es de Rafael Caldera, porque el sobreseimiento de la causa por rebelión impidió la inhabilitación política del primero. Esto es otra simplista tontería. Al año siguiente de la liberación de Chávez Frías se inscribe una plancha del MBR en las elecciones estudiantiles de la Universidad Central de Venezuela, tradicional bastión izquierdista. La susodicha plancha llegó de última. Y la candidatura de Chávez Frías, hace exactamente un año, no llegaba siquiera a un 10%. La “culpa” de que Chávez Frías sea ahora el Presidente Electo debe achacarse a los actores políticos no gubernamentales que no fueron capaces de oponerle un candidato substancioso. Salas Römer perdió porque no era el hombre que podía con Chávez, y ninguna elaboración o explicación podrá ocultar ese hecho.

La luna de Yare (clic para ampliar)

Caldera había explicado, por supuesto, en entrevista que el 2 de junio de 1994 le hiciese César Miguel Rondón:

…la libertad de Chávez fue una consecuencia de la decisión que se había tomado con todos los participantes de los alzamientos del 4 de febrero y del 27 de noviembre… esos sobreseimientos comenzaron a dictarse en tiempos del propio presidente Pérez, que fue el Presidente que estaba en Miraflores cuando ocurrió la sublevación; continuaron durante el gobierno del presidente Velásquez y cuando yo asumí habían puesto en libertad a casi todos, por no decir a todos, los participantes de la acción… Sería contrario a todas las normas jurídicas que se hubiera sobreseído el juicio que se les seguía a los demás oficiales y se hubiera mantenido a Chávez en la cárcel por el temor de que pudiera llegar a ser Presidente. Temor que nadie compartía en ese momento…

Pero la nocividad del sobreseimiento residía en otro de sus aspectos. El 4 de junio de 1994, dos días después de la entrevista mencionada, escribí en referéndum: «No es un costo bajo el de poner en la calle, en libertad, a los responsables de las asonadas del 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992… Es por esto que lo correcto desde el punto de vista legal hubiera sido que los golpistas de 1992 hubieran purgado la condena exacta que las leyes prevén en materia de rebelión. Puede que sea políticamente útil tener en la calle al ex comandante Chávez exhibiendo la escasez de su discurso. Puede pensarse que Caldera, después de su discurso del 4 de febrero de 1992, pudiera estar de algún modo obligado a perdonar a los infractores. Puede hasta admitirse que las sacudidas de 1992 conmovieron o consolidaron la opinión contra Pérez, pero no existe asidero legal que permita afirmar que los golpistas hicieron lo debido”.

El costo aludido era “la terrible modelación que se hacía ante los ciudadanos: que no era nada grave levantarse en armas contra las instituciones de la República, que uno podía alzarse y causar la muerte de venezolanos sin mayor pena que la de una temporada en el penal de Yare, antes de ser puesto en plena libertad con sus derechos políticos intactos; que hasta podía uno de una misma vez conseguir un empleo público. (Caldera ofreció a Arias Cárdenas la dirección del PAMI, el programa de asistencia materno-infantil del gobierno nacional)».

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Aun hubo una abdicación más grave de Rafael Caldera, más de fondo, en su segundo período presidencial. Caldera no quiso convocar el referendo que hubiera producido la Constituyente, a pesar de que esto le fuera especialmente recomendado:

En el número anterior se avisó que en esta Ficha Semanal #145 de doctorpolítico se reproduciría un trabajo relativamente extenso—Primer referendo nacional—que fuera publicado originalmente el 20 de septiembre de 1998 en el número 28 de la publicación referéndum, redactada y editada por quien escribe entre 1994 y 1998. En el largo artículo se proponía la realización de una consulta sobre la deseabilidad de convocar una asamblea constituyente, aprovechando que el Congreso de la República había incluido un título nuevo—De los referendos—en la reforma de diciembre de 1997 a la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política. Para el momento la proposición no tuvo acogida. Fue elevada directamente a la consideración del Presidente de la República de entonces, Rafael Caldera, por intermedio de representación ante su Ministro de la Secretaría de la Presidencia, Fernando Egaña, actuación parecida ante su Ministro de CORDIPLÁN, Teodoro Petkoff, y por entrega del texto que aquí se transcribe en La Casona. Ambos ministros, sobre todo este último, indicaron su general acuerdo con la idea, pero por razones que desconoce el autor de estas líneas, la proposición fue desestimada.

Además de las gestiones mencionadas, el Dr. Ramón J. Velásquez consintió amablemente en ser mi embajador de la iniciativa ante Caldera. Éste no hizo el menor caso. Caldera había ofrecido cambios constitucionales de importancia en su Carta de Intención con el Pueblo de Venezuela, su oferta de campaña en 1993, incluyendo la inserción de la figura de constituyente en una reforma de la Constitución lo que, dicho sea de paso, no era cosa que podía ofrecer un candidato a la Presidencia de la República, que no tenía entonces iniciativa constituyente, ni ordinaria ni extraordinaria. Su período transcurrió, sin embargo, sin que esa promesa se cumpliera. Tal circunstancia me permitió escribir en octubre de 1998, ya agotada la posibilidad de la convocatoria: “Pero que el presidente Caldera haya dejado transcurrir su período sin que ninguna transformación constitucional se haya producido no ha hecho otra cosa que posponer esa atractriz ineludible. Con el retraso, a lo sumo, lo que se ha logrado es aumentar la probabilidad de que el cambio sea radical y pueda serlo en exceso. Este es el destino inexorable del conservatismo: obtener, con su empecinada resistencia, una situación contraria a la que busca, muchas veces con una intensidad recrecida” .

Es probable que un proceso constituyente detonado por Caldera hubiera sido menos abrasivo, ciertamente sin el abuso del Miquilenazo, que el que Chávez puso en marcha y, en todo caso, ya este último no habría tenido la celebración de una constituyente como su principal bandera de campaña. Le habría sido arrebatada.

Era la tercera vez que Caldera rechazaba una iniciativa que yo le propusiera. En la campaña de 1983, que perdió increíblemente ante el muy inferior Jaime Lusinchi, le había recomendado un discurso amplio, explicador de la crisis:

Mis recomendaciones alcanzaban a vislumbrar varios “momentos” posibles en la campaña de Rafael Caldera. El primero sería el de la “asunción de la crisis”. Para esto había elaborado un discurso prototípico cuyo texto anexé. El discurso exigía de Caldera hablar bien del país. Pero no únicamente del país en abstracto o del país en general. Lo ponía, debiendo adoptar una posición superior a la esperada y minúscula competencia, a hablar bien de Acción Democrática, del Movimiento al Socialismo, de la Confederación de Trabajadores de Venezuela y de la Federación de Cámaras y Asociaciones de Comercio y Producción. Lo ponía a explicar la crisis financiera como un resultado casi natural derivado del atragantamiento y consiguiente indigestión de dólares de la recrecida renta petrolera. Lo ponía a reconciliar al país con su propia imagen, al mostrar cómo era que las economías de los países más prestigiosos (Alemania Federal, los Estados Unidos de Norteamérica), también se hallaban en problemas y, por tanto, cómo no éramos “los indios” los únicos que habían mostrado un desempeño económico defectuoso. Lo ponía a desmontar esas inexactas visiones dicotómicas de los buenos y los malos y a explicar cómo las cualidades morales también mostrarían al análisis una distribución estadística normal. Lo ponía, finalmente, a prometer algunas consecuencias prácticas para su propia campaña electoral, en consonancia con la necesidad de contribuir a la austeridad que ya era evidentemente requerida. (Como renunciar al empleo de asesores electorales extranjeros como un medio de ahorrar, aunque fuese poco, la erogación de divisas). Ése era, claro está, el discurso que yo hubiera pronunciado de haber sido Rafael Caldera, pero fue también el discurso que Caldera no quiso pronunciar. (Memorias prematuras).

Ésa ha sido la historia. LEA

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Testigo excepcional

 

Ramón J. Velásquez con mi madre, María Josefina Corothie-Chenel de Alcalá

 

Cuando el gran Pedro Grases fue entrevistado por Rafael Arráiz Lucca tres meses y tres días antes de su deceso, habló a éste de quiénes habían sido sus amistades. Lo que Grases dijo desde la punta de la lengua fue: “Entre mis amigos, Ramón J. Velásquez ha sido de los más entrañables”. Cuando el Dr. Velásquez recibía de la Universidad de Los Andes el Doctorado Honoris Causa en Historia, dijo Grases de él: “Su integridad humana, formada en la tradición tachirense, fue modelando su carácter de hombre probo, recio, honesto, intransigente con el error y la picardía…”

Grases es el dueño de un aforismo con el que cerró otra entrevista, que el diario El Universal le hizo con motivo de sus setenta y cinco años: «La bondad nunca se equivoca». La certificación que hiciera un hombre así del Dr. Velásquez es, por consiguiente, sólida como la cordillera de su cuna.

En un acto en su honor en el IESA, recordó hoy el Dr. Velásquez a Grases—y la colaboración que emprendieron, junto con Manuel Pérez Vila, para publicar el copioso registro del Archivo Histórico de Miraflores y producir la prodigiosa colección del pensamiento político venezolano en el siglo XIX—y lo llamó venezolano. Antes, el Dr. Asdrúbal Batista había dicho que Venezuela no podía ser un mal país, si había concebido y gestado al eximio prócer de San Juan de Colón. También dijo una verdad incontestable: que la historia que el Dr. Velásquez nos había aportado era la del futuro. En efecto, como ningún otro político más joven, es Ramón J. Velásquez el predicador más insistente de una política radicalmente nueva; este hombre de casi 95 años es quien más nos ha hablado de la política de las redes informáticas y la telefonía móvil; este andino nacido en 1916, es hombre de la más reciente modernidad.

La ocasión era el tributo de una revista de historia—El desafío de la historia—a un historiador. Antes de Batista, María Helena Jaén, Cristóbal Bello Vetencourt y Elías Pino Iturrieta le rindieron homenaje. Todos hicieron alusión, además, a su paso sereno y útil por la Presidencia de la República en hora menguada de ésta, y a la deuda que los venezolanos tenemos con él por esa labor y ese sacrificio. Luego, habló el periodista, el historiador, el presidente.

En un asombroso recuento, lleno de detalles que una memoria común habría olvidado hace tiempo, nos trasladó a los días de una crisis política que no tenía precedente en Venezuela. Y fue como si un periodista estuviera reportando en vivo el tránsito de las horas y las frases cuando la candidatura de Diógenes Escalante emergió para perderse, en pocos días, en la locura: la propia y la del país. El Dr. Velásquez nos regaló el vívido recuento de cómo fue que por primera vez viviese la política de la nación venezolana. Tenía entonces veintinueve años; hoy se excusó por la edad que llamó, con su invariable buen humor, insultante: sus noventa y cinco.

Volvió, pues, a ser maestro, y con la magia de la sugestión de su palabra, al hablar con la calidez de un testigo de excepción acerca del cierre de un ciclo político en la Venezuela de 1945, nos hizo entender inequívocamente la inminencia de otra clausura: la del régimen presente, sin mencionarlo siquiera. Habló desde la infalibilidad, Grases dixit, del hombre bondadoso. Dulce, como el de leche de cabra coriana que le llevo cuando puedo para agradecerle que me haya hablado. LEA

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Omaggio a un grande signore

 

Fiori dal Rinascimento per il Secondo Risorgimento d'Italia

Así como todos los ciudadanos del planeta debemos estar agradecidos de la lucha de los egipcios, los tunecinos, los libios, los sirios, y de las protestas en la madrileña Puerta del Sol y de la justicia de Nueva York sobre Dominique Strauss-Kahn, debemos también estarlo de Riccardo Muti. Si ya le debíamos homenaje por sus opulentas interpretaciones musicales, su reciente gesto en el Teatro de la Ópera de Roma, al convocar al público para que cantara junto al coro Va pensiero—del Nabucco de Giuseppe Verdi—en protesta por la obscenidad de la Presidencia de Italia y en presencia del mismísimo Silvio Berlusconi, añade una dimensión ulterior a nuestra admiración por el gran director de orquesta. Como tributo insuficiente a su grandeza de hombre íntegro, coloco acá algunos ejemplos de su vigorosa dirección orquestal, precedidos todos de la misma pieza o fragmento tal como los interpretan otros directores de gran calidad.

Salvo el encore final, toda la música de esta entrada fue compuesta por el gran compositor ruso Pyotr Illich Tchaikovsky, cuya riqueza orquestal se aviene al fogoso temperamento del italiano. Pero, para manifestar claramente el punto que quiero hacer, para saber de qué hablamos, el primer ejemplo no será de él sino de uno de sus más ilustres predecesores, el húngaro Antal Doráti (1906-1988), de conducción parecida a la de Muti en su claridad, en su apego a la intención del compositor y la esencia de la música, en su electrizante energía.

Un vals es una pieza compuesta en el compás de 3 por 4, y es música que se baila. Las reglas rítmicas exigen que un compás ternario lleve normalmente acentuado el primero de sus tiempos. Para percibir una cosa tan elemental como se debe, hay que escuchar dirigiendo a gente como Doráti o Muti, lo que puede comprobarse con el ejemplo que sigue: el conocidísimo Vals de las Flores del ballet Cascanueces. André Previn es, ciertamente, un magnífico director de orquesta; no en balde fue Director Titular de la Orquesta Sinfónica de Londres, una de las mejores agrupaciones del mundo, que aquí dirige. Pero luego hace sonar Doráti la misma orquesta, y notaremos cómo la hace marcar con decisión, especialmente en las cuerdas bajas, el primer tiempo de cada compás. Así se toca un vals en serio.

Vals de las flores de Cascanueces – Previn

Vals de las flores de Cascanueces – Doráti

Ahora, más valses, más Tchaikovsky. Uno de sus más famosos 3/4 es el Vals Final de La bella durmiente, archiconocido gracias a la película de Walt Disney. Primero suena con la misma Sinfónica de Londres, bajo la impecable dirección de uno de mis directores favoritos: Anatole Fistoulari. A continuación, il signore Muti dirige a la Orquesta de Filadelfia, de la que fue su Director Musical y luego su Conductor Laureate, antes de mudarse a Chicago. (Muti transformó el famoso sonido de una privilegiada sección de cuerdas, la renombrada textura sedosa que puliera Eugene Ormandy, para lograr una orquesta de secciones equilibradas, con el beneplácito de los ingenieros de sonido que la grabaron por él dirigida. Ya la Orquesta de Filadelfia ha adquirido una elocuente sección de metales, capaz de pronunciarse con la aspereza que a veces se le exige). La versión de Muti, nos percataremos, tiene una fogosa urgencia que falta en la de Fistoulari.
Vals final de La bella durmiente – Fistoulari

Vals final de La bella durmiente – Muti

Un altro valse. Cuando, a comienzos de los años sesenta, el ilustre precursor de Muti al frente de la Orquesta de Filadelfia, Eugene Ormandy—la dirigió por 44 años—, grabó para el sello Columbia un álbum de dos discos con música del ballet El lago de los cisnes, se tuvo a esa ejecución por la versión definitiva de la obra. Pero esa cumbre fue superada después, con la misma orquesta, por Riccardo Muti. Oigamos dos versiones del Vals del Acto I; primero por el húngaro, luego por el italiano. Es digno de notar en la segunda rendición el trabajo de los metales.

Vals del Acto I de El lago de los cisnes – Ormandy

Vals del Acto I de El lago de los cisnes – Muti

Riccardo Cuore di Leone

El programa cierra con una comparación extraordinariamente difícil, pues acá tiene Muti que medirse con la que es habitualmente considerada la mejor orquesta del mundo: la Orquesta Real del Concertgebouw de Ámsterdam, dirigida por Bernard Haitink. He aquí el fragmento de cierre del primer movimiento de la Sinfonía Manfredo; es música potente, con el despliegue orquestal pleno del noble tema de Manfredo. Muti dirige acá a la Orquesta Philharmonia, una de las grandes agrupaciones londinenses. De la comparación se obtiene un claro veredicto: es Riccardo Muti el director más poderoso.

Tema de Manfredo – Haitink

Haitink: más uniforme espectro sonoro (clic para ampliar)

Tema de Manfredo – Muti

Muti: espectro sonoro de mayor contraste dinámico (clic para ampliar)

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Prometí un encore. Aunque es de Romeo y Julieta, no es música de Tchaikovsky, sino de su compatriota, Sergei Prokofiev. De este ballet, el número Montescos y Capuletos; primero, en una clara versión de la Orquesta Sinfónica de Londres dirigida, de nuevo, por André Previn y, de seguidas, por Muti al frente de la Orquesta de Filadelfia. Un detalle para la comparación: el trabajo incisivo de las cuerdas a los 1′ 25″ de la versión de Previn vs. que el que logra Muti a los 1′ 21″ en la suya. Los cuatro segundos que al momento adelanta Muti atestiguan la acostumbrada urgencia musical del brioso director italiano.

Montescos y Capuletos – Previn

Montescos y Capuletos – Muti

Bravo, maestro. Como dice mi señora, será Muti, pero de muto no tiene nada. Por su música, por su postura política, grazie mille. LEA

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Apología a Polonia

Chopin en su lecho de muerte – Teofil Kwiatkowski

En recuerdo de Josefa Cotillo, La Polaca (Barrio de Lavapiés, Madrid, 1944 – Sevilla, 2010)

A ME, a un mes de su partida

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Abel Korzienowski, músico, nació en Cracovia, Polonia, el 18 de julio de 1972; es decir, tiene 39 años de edad. Ésta es la edad que no pudo superar su más famoso e importante compatriota y colega, Federico Chopin (1810-1849). He aquí música de ambos, reunida para repasar con lápiz HTML una trayectoria, el profundo eje creativo del sufrido pueblo polaco.

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Fryderyk Franciszek Chopin murió en París, consumido por la tuberculosis. Era esa ciudad el escenario de su considerable éxito en vida, el espacio en el que encontró la pasión de Georges Sand (Amantine Lucile Aurore Dupin), su ciudad de adopción, la que, a pesar de su glamour y su veneración por él, nunca pudo hacerle olvidar su tierra y su gente polacas. El levantamiento de esta gente contra el yugo ruso en 1830 fue sangrientamente suprimido; Varsovia fue bombardeada por los cañones sin misericordia. Comenzó entonces la Gran Emigración Polaca, y Chopin llegó a París en septiembre de 1831; un compañero refugiado era Teófilo Kwiatkowski, que lo retrataría en su triunfo y en su deceso. El Estudio «Revolucionario»—#12 del opus 10, en Do menor, compuesto en Viena en 1831—expresó su furia patriótica ante los sangrientos sucesos. (—¿Eres tú, Dios, acaso un ruso?—escribió en su diario). Vladimir Horowitz interpreta esa obra emblemática, con la apropiada fiereza eléctrica que fue sólo suya, en esta grabación de 1975:

Estudio Revolucionario, op. 10 #12 en Do menor – Vladimir Horowitz

Chopin al piano: Baile en el Hotel Lambert de París, de Kwiatkowski

La furia de Chopin dio paso a la melancolía, y ésta es uno de los sellos propios de su música, muy mayormente para piano solo. El tono melancólico y de gran belleza de sus composiciones, por otra parte, convenía al temperamento romántico, dominante en su época. Habiendo adquirido la nacionalidad francesa en 1835, vio en este año a sus padres por última vez a su paso por Cárlsbad, en la Bohemia occidental. Para ese entonces, ya era un artista de fama europea, a quien Robert Schumann había proclamado un genio. De regreso hacia París, se reencontró con María Wodzińska, su compatriota de dieciséis años, a quien pidió en matrimonio al año siguiente, pero la tierna edad de la novia y su propia salud—en el invierno anterior, llegaron a Varsovia rumores de su muerte—pospusieron por siempre la celebración de la boda. (El Vals del adiós, en La bemol Mayor, marca la imposibilidad de ese amor). Le quedaban fuerzas para trece años más, prolíficos, asombrosos.

En 1836 conoció a Amantine Dupin, en ese momento amante de su amigo Franz Liszt, y comenzó con ella una tormentosa relación que duraría diez años. Ella, escritora que vestía como hombre y adoptara el nom de plume masculino de Georges Sand, fue una influencia benéfica en su inventiva musical; también cuidó a Chopin enfermo, en una temporada en la isla de Mallorca (de noviembre de 1838 a febrero de 1839). Entre María y Amantina, Chopin sostuvo un episódico amorío con Delfina Potocka, quien era su prima.

Los amores de Federico Chopin

María Wodzińska – Autorretrato

Delfina Potocka – Moritz Daffinger

Sand cose, Chopin toca – Eugène Delacroix

La relación con Amantine terminó en 1847. Al año siguiente, luego de la revolución parisina de marzo de 1848, Chopin viajó a Londres, donde hizo su última aparición pública como concertista a beneficio de los refugiados polacos en Inglaterra. Su salud empeoraba con los días y sus recursos económicos no eran los de antes. Murió en París, en un buen apartamento, el #12 de la Place Vendôme, cuya renta pagaba su adinerada alumna y asistente ocasional, Jane Stirling. El día era el 17 de octubre de 1849.

Derniers instants de Frédéric Chopin – Teofil Kwiatkowski, por encargo de Jane Stirling

En su noble memoria, se pone acá algunas de sus piezas más características y hermosas.

Estudio en Mi mayor, op. 10 #3 – Maurizio Pollini

Preludio #12 en Sol sostenido menor, op. 28 – Vladimir Horowitz

Nocturno #4 en Fa mayor, op. 15 #1 – Maria João Pires

Preludio #17 en La bemol mayor, op. 28 – Ivo Pogorelich

Preludio #4 en Mi menor – Wladislaw Szpilman
Preludio #20 en Do menor, op. 28 – Vladimir Ashkenazy

Nocturno #13 en Do menor, op. 48, #1 – Eugene Istomin

Finalmente, el Nocturno en Mi menor, op. 72 #1 (Póstumo) es interpretado acá por Scott MacIntyre, quien fue finalista favorito en el programa de concursos American Idol en 2009. (El Sr. MacIntyre, de 25 años de edad, sufre de visión de túnel. Su campo visual es sólo 2% del normal).

Es todavía hoy Federico Chopin el dueño del piano. Pianista, fue sin embargo él quien dijo: «Sólo hay algo más hermoso que una guitarra: dos guitarras». Paráfrasis: «Sólo hay algo tan hermoso como un nocturno de Chopin: otro de sus nocturnos».

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Abel Korzeniowski, cellista como su madre

Korzeniowski, en cambio, está en la plenitud de su proceso creador de música. Viene de una familia musical; sus dos hermanos son músicos y su madre es intérprete del violonchelo, y es este instrumento el que Abel escogió como su especialidad. Su producción se dirige fundamentalmente a la musicalización de cine y obras de teatro, y se la consigue en filmes polacos—Un ángel en Cracovia, El clima de mañana, Gwiazda Kopernika (La estrella de Copérnico) —y películas de Hollywood: Terra (o La batalla por Terra), Tickling Leo, PU-239 y la aclamada A single man, con la actuación estelar de Colin Firth.

Musicalización nominada al Globo de Oro en 2009 (clic para ampliar)

Abel Korzeniowski es graduado en composición y violonchelo de la Academia de Música de Cracovia, donde estudió bajo el muy importante compositor polaco contemporáneo Krzystof Penderecki (La Pasión según San Lucas, Trenodia por las víctimas de Hiroshima). Hay una similitud estilística, minimalista, entre la música de Korzeniowski y otros compositores contemporáneos, como Philip Glass o Arvo Pärt. De melodías simples y repetitivas—a fin de cuentas, la música para el cine tiene por objeto establecer un refuerzo sonoro de la imagen, un ambiente—, sus obras son sin embargo de significativa riqueza armónica y no poca belleza temática. En materia de textura, por otro lado, la simplicidad de sus diseños melódicos recuerda a la música renacentista. La fama de competente compositor que tiene Korzeniowski, conseguida con tales planteamientos elementales, le valió ser escogido para musicalizar una rematrización de la película Metrópolis (1927), de Fritz Lang, uno de los clásicos del cine expresionista alemán.

Torre de Babel, Metrópolis – Fritz Lang

Torre de Babel – Brueghel el viejo (clic amplía)

Las piezas que siguen están entre las más conocidas de este apreciado compositor polaco.

Song of time – Music for drama

Drowning – A single man

My sons are alive – Tickling Leo

Nowy dzien – Nuevo día

Sinfonía del miedo – Metrópolis

Stillness of the mind – A single man

Sunset – A single man

Coronemos esta muestra de la música de Abel Korzeniowski con el video que sigue; la pieza tiene el nombre de Birdie (Pajarillo, pero no en nuestro sentido llanero), de la película Battle for Terra. Es música hermosa, y la opulenta fuerza de las imágenes se lleva muy bien con ella. No deje de poner este festín audiovisual a pantalla completa. LEA


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