el blog de luis enrique alcalá de sucre

la política como arte de carácter médico (y otras cosas)

Prenavideño

An der schönen blauen Donau

An der schönen blauen Donau

 

Como había ofrecido a los oyentes, el programa #175 de Dr. Político en RCR estuvo abierto desde su comienzo a atender llamadas de la audiencia, y éstas proveyeron material de importancia y actualidad. Mañana, la canción de Richard Strauss, y El Danubio azul, el famoso vals de Johann Strauss hijo, amenizaron la transmisión. Acá está el audio correspondiente:

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Gustavo

padre-sucre

La bonhomía del sabio honesto

 

…Gustavo Sucre S.J., verdadera columna vertebral de la Universidad Católica Andrés Bello, su Decano de la Facultad de Economía y su Secretario por muchos años. La universidad quiso premiarle con un especialísimo Doctorado Honoris Causa en Derecho, pues como cuenta el jurista José Luís Aguilar Gorrondona, quería ser abogado y sacrificó su interés al de la universidad, que tenía demasiados hombres de leyes cuando carecía de quienes supieran ciencia económica. No hay misas que den más paz y más sucintas que las que oficia, en cuyos escuetos y pertinentes sermones nunca falta una balsámica nota de humor.

Prólogo –  Alicia Eduardo: una parte de la vida

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Estar al lado de Gustavo Sucre era haber ganado un premio de felicidad. Era beber de un pozo de bondadosa sabiduría, era untarse de paz, de fe. Quizás haya sido Gustavo el más humano de su familia sobrehumana. Por eso, pensar en él hoy, cuando se ha ido, es pensar en los diez hermanos que lo precedieron en la despedida y la única que lo sobrevive.

Gustavo Sucre Eduardo fue la conciencia normativa de la UCAB, un Moisés repetido que bajaba de cuando en cuando con las tablas de algunas leyes, todas sabias, todas justas. Fue él solo, pudiera decirse, una asamblea constituyente. Y esto lo hizo al tiempo que enseñaba Economía, fabricaba ocurrencias divertidas, rajaba caña y jugaba frontón; al tiempo que ofrecía el consejo luminoso, perfecto como la música de Mozart que él amaba.

Andrés Sucre Sucre y Alicia Eduardo Durán fueron sus padres, que dieron al país un verdadero manantial de gente benéfica: «Esa pareja buena para el país procreó una docena de hijos y crió otros tres ajenos. Todos ellos llevan su marca, todos ellos han sido también buenos para nuestra tierra»:

La nobleza, la solidaridad, la discreción, la alegría, el sentido de realidad, la noción del deber ineludible, la paciencia, el respeto del prójimo y lo ajeno, el espíritu de cuerpo, la seriedad, la pasión deportiva, el tino para conseguir consortes, la falta de pretensión y una orientación práctica y desenredada hacia la vida, son rasgos comunes a los Sucre Eduardo, y esa múltiple conjunción, reiterada doce veces, sólo puede explicarse en la labor paternal y maternal de Andrés y Alicia.

Gustavo y Alicia en Innsbruck

Gustavo y Alicia en Innsbruck

Sobre todo, el cura Sucre guardó mucho amor por su madre, traslúcido cuando la mencionaba. Fue un competente hombre de amor; su familia, su universidad, sus alumnos, sus amigos, su país, la humanidad entera cabían en su corazón, que hoy decidió quedar inmóvil tras un último latido.

Pero no podemos estar tristes por Gustavo, pues no hay recuerdo de él que no venga envuelto en una sonrisa. A beber en su nombre, a celebrar su vida excepcional, a sonreír con la memoria de las veces que nos hizo hacerlo. Como cuando contó a un mesonero que le preguntaba si ponía agua en su güisqui: «La semana pasada me preguntaron con qué quería mi trago y respondí: con frecuencia».

El güisqui familiar

Mejor todavía es lo que me refiriera su compañero de libaciones, Fernando Parra, a la salida de la misa celebrada en memoria del cura en el Colegio San Ignacio:

Un día me llamó Gustavo y me dijo: «El Almacén Sucre va a cerrar, y puedo conseguirte diez cajas de McCallum’s». Cuándo le pregunté qué iba a hacer yo con diez cajas de güisqui, repuso de bote pronto: «¡Las pones en tu balance como activos líquidos!».

El cielo nos regaló que pudiéramos estar con él frecuentemente. LEA

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Extras:

1. Enlace para descargar en .pdf Homilia por Gustavo Sucre

2. Enlace a entrevista de Gustavo Sucre S. J., reproducida por Reporte Católico Laico con motivo de su fallecimiento: http://reportecatolicolaico.com/2015/12/p-gustavo-sucre-%E2%80%9Ccon-francisco-habra-cambios-pero-no-revolucion%E2%80%9D/

3. Fragmento de audio del programa Dr. Político en RCR del 19 de diciembre de 2015:

4. Artículo de María Amparo Grau en .pdf En homenaje al padre Sucre

5. Audio de la entrevista que le hiciera César Miguel Rondón el 17 de mayo de 2013:

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Un «parlamento» Helene Cursis

Manual de la bancada socialista

Manual de la bancada socialista

Quienes teníamos uso de razón en las décadas de los sesenta y los setenta del siglo pasado, conocíamos el lema de una famosa firma que ofrecía productos para el cuidado del pelo: Helene Curtis sí sabe de cabellos. Pudiera ser que el cincuentón Diosdado Cabello, nacido en 1963, lo haya ignorado por completo.

De lo que sí sabe el Presidente—a punto de cesantía—de la Asamblea Nacional, tanto como su difunto jefe, es de falacias, de razonamientos tan resbalosos como lógicamente inválidos. Reporta ayer la web de El Universal:

Durante una nueva emisión del programa rutinario de todos los martes, Con el Mazo Dando, Cabello explicó que el Parlamento Comunal, juramentado el pasado martes, está respaldado por la Constitución venezolana. Cabello fundamentó sus argumentos en el artículo 5 de la Constitución. «Los órganos del Estado emanan de la soberanía popular y a ella están sometidos», citó el presidente de la Asamblea Nacional.  (…) «La soberanía reside intransferiblemente en el pueblo, quien la ejerce directamente en la forma prevista en esta Constitución y en la Ley» añadió el diputado. Explicó que la Ley a la que se refiere dicho texto es la Ley Orgánica de las Comunas. (…) Según la interpretación de Cabello, el párrafo constitucional al que hace referencia, contempla que el máximo ente competente en materia jurídica es el pueblo y el Poder Legislativo tiene que responder primeramente a las directrices de la comunas.

No, Sr. Cabello, las comunas no eligieron a la Asamblea Nacional; ésta fue elegida directamente por los ciudadanos, sin ninguna clase de intermediación comunal; es a ellos a los que responde, y la palabra comuna no aparece en ninguna parte de la Constitución. Lo más cercano al término es esta prescripción:

Artículo 184. La ley creará mecanismos abiertos y flexibles para que los Estados y los Municipios descentralicen y transfieran a las comunidades y grupos vecinales organizados los servicios que éstos gestionen previa demostración de su capacidad para prestarlos, promoviendo (…) 5. La creación de organizaciones, cooperativas y empresas comunales de servicios, como fuentes generadoras de empleo y de bienestar social, propendiendo a su permanencia mediante el diseño de políticas donde aquellas tengan participación.

Por ejemplo, una cooperativa o empresa comunal para limpieza de oficinas o servicio de taxi. Pero las comunas o soviets venezolanos son una tramposa e inconstitucional creación del chavismo para escapar del referendo de 2007, cuando los proyectos de reforma de la Constitución introducidos por el Presidente de la República y la Asamblea Nacional fueron rechazados. El 2 de diciembre de ese año, una mayoría del Poder Constituyente Originario negó, entre otras cosas, esta pretensión* de reformar el Artículo 16:

Sobre la conformación del territorio nacional. Aparece como unidad política primaria la ciudad, la cual estará integrada por comunas «células sociales del territorio», las cuales a su vez estarán conformadas por las comunidades, «cada una de las cuales constituirá el núcleo territorial básico e indivisible del Estado Socialista Venezolano», (Wikipedia en Español).

Lo que la Constitución establece es lo siguiente:

Artículo 16. Con el fin de organizar políticamente la República, el territorio nacional se divide en el de los Estados, Distrito Capital, las dependencias federales y los territorios federales. El territorio se organiza en Municipios.

Y también:

Artículo 136. El Poder Público se distribuye entre el Poder Municipal, el Poder Estadal y el Poder Nacional. El Poder Público Nacional se divide en Legislativo, Ejecutivo, Judicial, Ciudadano y Electoral.

Y por último:

Artículo 168. Los Municipios constituyen la unidad política primaria de la organización nacional, gozan de personalidad jurídica y autonomía dentro de los límites de la Constitución y de la ley.

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El pueblo venezolano no ha mostrado un notable entusiasmo por el parto de los montes de la ley de comunas (con el ojo ciego y desentendido de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia, que ha debido declarar su inconstitucionalidad). He aquí un registro de Venebarómetro (Croes, Gutiérrez & Asociados):

 

El Pueblo no quiere un estado comunal

El Pueblo no quiere un estado comunal (clic amplía)

 

La Ley Orgánica de Comunas fue publicada en Gaceta Oficial del 21 de diciembre de 2010. ¿Cómo es que el Presidente saliente de la Asamblea Nacional no se ocupara durante cinco años enteros de instalar el «parlamento comunal», que ahora cacarea a última hora, y sujetarse a él mientras ejercía su poder? ¿Por qué él mismo jamás respondió «primeramente a las directrices de la comunas»?

La ignorancia del Sr. Cabello en materia constitucional sólo es superada por su perniciosidad política y su disposición al razonamiento falaz, y hasta en esto último es muy malo. Su alucinado «parlamento comunal» no es más que un aborto. LEA

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*Para descargar archivo .pdf con el texto de la pretendida reforma del Artículo 16: Proyecto reforma Art. 16. Su prescripción final decía: «La Organización Político-Territorial de la República se regirá por una Ley Orgánica». Negada ella, la Ley Orgánica de Comunas es una doble inconstitucionalidad: 1. por colidir directamente con el texto de la Constitución; 2. por desconocer la voluntad del Poder Constituyente Originario, expresada el 2 de diciembre de 2007. Cinco días después, una nota de prensa del Consejo Nacional Electoral se refería al anuncio de los resultados definitivos por Tibisay Lucena:

La rectora señaló que “la tendencia irreversible anunciada el pasado domingo se mantuvo y estos son los resultados finales”. La máxima autoridad electoral hizo un llamado a la población venezolana a no hacerse eco de los “cuentos de camino dichos por aventureros, y que pretenden torcer la voluntad popular y mantener el país en zozobra”. Dijo que estos “aventureros pretenden continuar engañando al país y jugar a la inestabilidad del mismo, quienes tampoco tienen respeto por los venezolanos y venezolanas que le dieron una lección de democracia al mundo entero”. La rectora Lucena afirmó que con el referendo se demostró que Venezuela es un país con profunda voluntad democrática y por lo tanto invitó a todos a rechazar esa actitud irresponsable.

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Cualquier semejanza es pura coincidencia

Götterdämmerung

Götterdämmerung

 

Fragmentos del capítulo Hitler en la derrota, del libro Los últimos Días de Hitler, por H. R. Trevor-Roper, oficial de inteligencia británico a quien se confiara la misión de establecer lo acontecido durante las semanas finales del Tercer Reich. Al finalizar su tarea, Trevor-Roper ejerció como Regius Professor de Historia en Oxford.

 

Ésa era la puesta en escena, ése el reparto de actores, cuando la ruptura aliada en Avranches en agosto de 1944 abrió el último acto en la tragedia de Alemania. El resto del drama—el ritmo de la catástrofe, la interrelación y concatenación de eventos—estuvo determinado por una fuerza externa, incontrolable: el avance de los ejércitos aliados. Con cada nueva crisis, con la caída de cada gran fortaleza, el paso de cada gran río, una fiebre fresca parecía surgir en Rastenburg, Berlín o Bad Nauheim; pero éstas eran meramente etapas en el desarrollo del drama, no cambios o factores de su curso. Aunque persistían extraños errores en la políticamente inculta corte, aunque Himmler se veía como un nuevo coloso, y Ribbentrop creyó hasta lo último en una inevitable división entre los Aliados, de hecho sólo quedaban dos cuestiones en duda: cuándo llegaría el fin y cómo lo enfrentaría el Partido Nazi en general y Hitler en particular. Porque desde el fracaso del Complot de los Generales él era el único que podía decidir el asunto. Por esa victoria había obtenido, no en verdad la salvación o aun el perdón de Alemania, sino al menos el poder de arruinarla a su modo.

No se podía dar una respuesta racional en Alemania a la primera de esas preguntas, porque la respuesta ya no dependía solamente de Alemania. El Partido, por supuesto, tenía una respuesta oficial: el fin no llegará en absoluto, o al menos no en forma de una derrota para Alemania. El grito que ya había puntuado las manifestaciones de Hitler en 1933—«¡Nunca capitularemos!»—, esa protesta nunca había sido elevada tan a menudo, tan estridentemente, tan poco convincentemente, como en el último invierno de la guerra. Tal respuesta, si hubiera sido realmente admitida, hubiera hecho irrelevante la otra pregunta. Sin embargo, en verdad no todo el mundo, ni siquiera los propios líderes del Partido podían creerla en realidad; muchos de ellos ya preparaban sus planes de escape o, al menos, de supervivencia. Sin embargo, ésa era la respuesta oficial; ninguna otra se permitía, y sobrevino una curiosa pero inevitable consecuencia. Con eslóganes de victoria en los labios, todo el mundo se preparaba para la derrota, y como no podía contemplarse ninguna preparación oficial, se hizo aparente el colapso total de la disciplina y la organización. La planeación de una resistencia colectiva, o incluso de una supervivencia colectiva, se hizo imposible, puesto que todos o casi todos estaban individualmente involucrados en secretas negociaciones de rendición o planes secretos de deserción. Había ruidosa jactancia de un bastión inexpugnable en el sur, un Reducto Alpino en las colinas sagradas de la mitología nazi, colinas cargadas con leyendas de Barbarroja y santificadas por la residencia de Hitler; pero cuando nadie, salvo Hitler mismo y unos cuantos escolares recalentados creyeron en esa resistencia, y todos los demás estaban ocupados con proyectos personales de rendición o desaparición, tales imágenes quedaron en el ya superpoblado reino de la metafísica alemana. La misma falla fatal condenó al llamado movimiento de resistencia alemana desde el comienzo. De hecho, nunca hubo tal movimiento. Un «movimiento de resistencia», definido por las circunstancias de la guerra, es un movimiento de gente no conquistada en un país conquistado. Pero la doctrina oficial del gobierno nazi era que Alemania no sólo no sería, sino que no podía ser conquistada. De hecho, dado que tenía esta implicación, cualquier mención de un movimiento alemán de resistencia estaba absolutamente prohibida.

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Cuando él se veía contra el telón de fondo de la historia, cuando su imaginación había sido calentada y su vanidad intoxicada con la adulación y el éxito, y se levantaba de su modesta cena de pastel de vegetales y agua destilada para saltar sobre la mesa e identificarse con los grandes conquistadores del pasado, no era como Alejandro, o César o Napoleón que deseaba ser celebrado, sino como la reencarnación de esos ángeles de la destrucción: Alarico, el saqueador de Roma, Atila, «el azote de Dios», de Gengis Khan, el líder de la Horda Dorada. En uno de esos estados de ánimo mesiánicos declaró: «No he venido al mundo para hacer mejores a los hombres, sino a hacer uso de sus debilidades». Y conforme a este ideal nihilista, este amor absoluto por la destrucción, él destruiría, si no a sus enemigos, entonces a Alemania y a sí mismo, y a todo lo que pudiera involucrarse en las ruinas. «Aun si no pudiéramos conquistar»—había dicho en 1934—«deberemos arrastrar medio mundo a la destrucción con nosotros, y no dejar que nadie triunfe sobre Alemania. No habrá otro 1918. No nos rendiremos». Y de nuevo: «¡Nunca capitularemos! ¡No! ¡Nunca! Podremos ser destruidos, pero si lo somos, arrastraremos un mundo con nosotros, un mundo en llamas». Ahora, en su odio positivo del pueblo alemán, que le había fallado en sus planes de megalómano, regresaba al mismo tema. El pueblo alemán no era digno de sus grandes ideas: por tanto, que perezca por completo. «Si el pueblo alemán va a ser conquistado en la lucha»—dijo a una reunión de Gauleiters en agosto de 1944—entonces ha sido demasiado débil para enfrentar la prueba de la historia, y sólo era apto para la destrucción».

Ésa era, por consiguiente, la respuesta de Hitler al desafío de la derrota. En parte era una respuesta personal; el gesto vengativo de un orgullo herido. Pero en parte se derivaba de otro aspecto más deliberado de su terrible filosofía. Porque Hitler creía en el Mito, como lo recomendaban los filósofos irracionalistas Sorel y Pareto, cuyos preceptos seguía tan fielmente y tan elocuentemente ratificaba. Más aún, él desdeñaba con abrumador menosprecio al Káiser y sus ministros, los «tontos de 1914-18» que figuraban tan nutridamente en su limitado vocabulario de abuso. Les despreciaba por muchas razones; les despreciaba por muchos de los errores en los que también incurrió, como subestimar a sus enemigos, como hacer la guerra en dos frentes, y por muchos que eludió, como ser demasiado blandos en sus políticas y demasiado escrupulosos en su métodos de guerra; y les despreciaba en particular por su falta de éxito en comprender la importancia del mito y las condiciones de su crecimiento y su utilidad. En 1918 el Káiser se había rendido; en débil desesperación, había abandonado la mano (tal era la versión oficial nazi), sin esperar a la derrota. De esa debilidad y esa desesperación no podía crecer ningún mito floreciente, independientemente de las útiles mentiras que se pudiese inventar. Los mitos requieren un fin dramático, heroico. Aunque sus campeones sean aplastados la idea debe continuar viviendo, para que cuando haya terminado el invierno de la derrota y retornen los aires acariciantes, puedan brotar nuevas flores en aparente continuación. Por tanto, en el papel, hacía tiempo que los expertos estaban contestes (aunque tales especulaciones parecieran remotas y ridículas) en cómo Hitler y sus apóstoles enfrentarían el desastre. En el invierno de 1944-45 el tiempo para la corroboración de esta teoría era obviamente cercano; y como en otras horas oscuras, el profeta Goebbels se adelantó una vez más a corroborarla.

Ya todos sus trucos habían sido gastados y habían fallado, o su éxito temporal había contribuido demasiado poco a lograr esa última necesaria diferencia. Había probado la gloria del militarismo y había fracasado. Había probado con el «socialismo verdadero» y fracasado. Había probado el Nuevo Orden y fracasado. Había probado con la cruzada de avance contra el bolchevismo y fracasado. Había probado la defensa de Europa contra las hordas invasoras de Asia y eso también había fracasado. Con el oscurecimiento de los días había probado (como Speer recomendó que probara) el atractivo de sangre, sudor y lágrimas. Pero la propaganda está sujeta a la ley de rendimientos decrecientes; lo que había funcionado en Inglaterra en 1940 no funcionaría en Alemania en 1944, luego del fracaso de tantas promesas incompatibles; eso también había fracasado. Luego había probado con la guerra de Federico. Recordó al pueblo alemán cómo, en el siglo dieciocho, incluso el gran Federico había parecido condenado, cuando sus aliados cayeron y sus enemigos estrechaban el cerco, cuando los rusos tomaron Berlín y se encontraba solo y superado por todas partes. No obstante sobrevivió y al final triunfó, gracias a su resistencia oriental, su brillante estrategia y el favor cierto de la Providencia, que había sembrado la disensión entre sus enemigos. Ya que los alemanes de 1944 estaban gobernados por un líder de no menos recursos, por el más grande genio estratégico de todos los tiempos, no menos favorecido por la Providencia (como habían mostrado los eventos recientes) ¿no podrían también esperar, en caso de que exhibiesen la misma resistencia, un desenlace similar? Pero aun este llamado parecía inadecuado en el invierno de 1944-45. ¿Qué le quedaba profetizar al profeta?

Goebbels se creció con la ocasión. Si todos los llamados adicionales habían fracasado, al menos restaba el eslogan original del nazismo revolucionario, el eslogan que había inspirado a los déclassés y los desposeídos, los marginados y las víctimas de la sociedad que habían hecho al nazismo antes que los Junkers y generales, los industriales y los funcionarios públicos se hubieran sumado, y que pudiera inspirarles de nuevo, ahora que no podía contarse con estos aliados de buen tiempo. Por Radio Berlín, y luego por Radio Werewolf, se escuchó el eslogan de nuevo: el eslogan de la destrucción; la voz auténtica del nazismo desinhibido, inalterado por todos los desarrollos del ínterin; la misma voz que Rauschning había escuchado, con tímida consternación aristocrática, repicando repentinamente entre las tazas de té, los bollos de crema, los relojes cucú y el bric-à-brac del Berchtesgaden original. Era la doctrina de la guerra de clases, de la revolución permanente, de la sin propósito pero jubilosa destrucción de la vida y la propiedad y de todos aquellos valores de la civilización que el nazi alemán, aunque a veces trate dolorosamente de imitar, fundamentalmente envidia y detesta. Las pruebas de la guerra, los horrores del bombardeo, adquirían ahora un nuevo significado para el exultante Dr. Goebbels: eran instrumentos de destrucción benéfica en lugar de temible. «El terror de las bombas», se deleitaba, «no conserva las viviendas ni de ricos ni de pobres; ante los laboriosos oficios de la guerra total las últimas barreras de clase han tenido que caer». «Bajo los escombros de nuestras ciudades destrozadas», hacía eco la prensa alemana, «los últimos presuntos logros de la clase media del siglo diecinueve han sido finalmente sepultados». «No hay un fin de la revolución», gritaba Radio Werewolf; «una revolución está condenada al fracaso sólo si aquellos que la hacen dejan de ser revolucionarios»; y también daba la bienvenida a los bombardeos que entonces caían con más devastador efecto cada noche sobre las ciudades industriales de Alemania: «junto con los monumentos culturales se desmoronan también los últimos obstáculos al logro de nuestra tarea revolucionaria. Ahora que todo está en ruinas, estamos obligados a reconstruir Europa. En el pasado las posesiones privadas nos ataban a una moderación burguesa. Ahora las bombas, en vez de matar a todos los europeos, sólo han roto los muros de la prisión que les mantenían cautivos… Al tratar de destruir el futuro de Europa, el enemigo sólo ha tenido éxito en destruir su pasado; y con eso todo lo que es viejo y gastado se ha ido».

Hugh Redwald Trevor-Roper, Barón Dacre de Glanton

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Tomado de la primera Ficha Semanal de doctorpolítico, 29 de junio de 2004. (Puede cotejarse con El efecto Munich, artículo para La Verdad de Maracaibo del 22 de agosto de 1998).

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Para poner las cosas en su sitio

Los Sukhoi no votan en referendo

Los Sukhoi no votan en referendo

 

“Las heridas venezolanas son tantas y tan lacerantes, que no hay modo de curarlas sin una apelación perentoria al poder fundamental y originario del Pueblo…”

Gran Referendo Nacional, 5 de febrero de 2003.

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Después de sobresaltar a los caraqueños, el viernes de esta semana que cierra, con el sobrevuelo de aviones Sukhoi, el presidente Maduro reunió ayer en Fuerte Tiuna a una nutrida formación de militares venezolanos para arengarles. Esto dijo: «No me voy a llamar a engaño. Estamos frente a una crisis de grandes dimensiones que he caracterizado como una crisis contrarrevolucionaria de poder, que va a generar una lucha de poder entre dos polos: el polo de la patria que quiere seguir construyéndose y que es profundo; y el polo de la antipatria que por primera vez se anota, sobre la base de la guerra y el juego sucio, un éxito circunstancial (…) Fedecámaras, Consecomercio y la derecha circunstancialmente han logrado una mayoría (…) ¿Quién podrá más, el polo de la patria o ellos? Que cada quien vaya definiendo su corazón». De seguidas, les dijo que debían salir de funciones de gobierno para regresar a los cuarteles, a posiciones de combate.

De nuevo trajo la gastada explicación de la guerra económica. Reporta en su web el diario El Universal (12 de diciembre):

El Presidente durante su discurso, reiteró que el país fue sometido a una guerra de carácter no convencional durante años, pero que este 2015 «concentró su capacidad de maldad. Una guerra económica nunca antes vista».

Pero el mismo periódico, entonces en otras manos, informaba el 2 de junio de 2010 que fue el mismísimo Hugo Chávez quien iniciara la presunta guerra:

«Me declaro en guerra económica. A ver quién puede más, ustedes burgueses de pacotilla o los que quieren la Patria», dijo en cadena nacional desde la planta de la empresa Diana, en Carabobo. (…) «Yo invoco a la verdadera clase obrera a la guerra económica contra la burguesía».

Claro, para la revolución «bolivariana», está prohibido amar la Patria a quienes no son partidarios de Maduro, antes de Chávez; para su ingenua autocomprensión épica—las epopeyas (la Ilíada, el mito del rey Arturo, el Mío Cid, etc.) son la forma literaria más elemental y primitiva de las sociedades—, nadie que no haya votado por el «Gran» Polo «Patriótico» el pasado 6 de diciembre ama la Patria.

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Una vez que admitiera el triunfo de la Mesa de la Unidad Democrática, presentando factura por su «talante democrático», una vez que Fidel Castro lo felicitara por el «gesto»—como escribiera a Carlos Andrés Pérez para felicitarlo porque hubiera superado la asonada del 4 de febrero de 1992—, Maduro retomó el lenguaje pendenciero y fanfarrón que únicamente sabe. Esto, a pesar de que el liderazgo de la MUD expresara de varias maneras que no pretendía llegar al parlamento en ánimo pugnaz o de vindicta.

Bueno, si desde hace tiempo parecía aconsejable consultar al Soberano sobre la pretensión oficial de instaurar un régimen socialista en el país, hoy es esto más que nunca necesario. No sólo no debe darse a Maduro la satisfacción de caer en la pelea que anticipa, no debe seguirse el guión confrontacional que ha escrito con mala letra, sino que debe apagarse su incendio por asfixia, arropándolo con una cobija. Lo estratégicamente profundo es convocar a la Patria misma para que ella sea quien decida.

La Asamblea Nacional que se instalará el martes 5 de enero de 2016 puede, por mayoría simple de 84 brazos parlamentarios alzados, convocar un referendo consultivo que pregunte: ¿está Ud. de acuerdo con la implantación en Venezuela de un régimen político-económico socialista? (Ver en este blog, por ejemplo, Doctrina del referendo sobre el socialismo). El Consejo Nacional Electoral no tendrá más remedio que convocarlo de inmediato:

Artículo 71. Las materias de especial trascendencia nacional podrán ser sometidas a referendo consultivo (,,,) por acuerdo de la Asamblea Nacional, aprobado por el voto de la mayoría de sus integrantes…

Y entonces el discurso pendenciero, ciego, torpe de Maduro perderá todo fundamento. El Pueblo, el Soberano, la Patria se encargará de decirle que no está divertida con eso del socialismo, «We are not amused», como bastaba que dijera la reina Victoria de Inglaterra para que su voluntad se cumpliera. Hace más de un año, Datanálisis certificó que tal era la opinión de cuatro quintas partes de la Nación, y hoy esa proporción debe ser mayor.

Expresada en referendo la mayoría del Poder Constituyente Originario, nada quedará de la malsana trampa madurista, de su llamado a la guerra en un país que ha conquistado la paz; el enfrentamiento de representantes y mandatario que Maduro cree le salvará es perfectamente evitable, y es preciso saldar de una vez por todas el meollo de la cuestión: ¿queremos o no los venezolanos un país socialista? Los nuevos diputados, socialistas incluidos, tienen el deber de convocar esa consulta, a los cinco minutos de ser juramentados el 5 de enero, dentro de tres semanas y dos días. LEA

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Con Asamblea nueva

Edward Elgar

Edward Elgar (1857-1934)

El tema dominante del programa #174 de Dr. Político en RCR fue, naturalmente, el benéfico cataclismo—no todos son malos—del 6 de diciembre electoral, que también era el interés de la mayoría de la audiencia. Aun así, cupo felicitar a la emisora por los 85 años del inicio de sus actividades. Hubo oportunidad de corregir y resarcir a Edward Elgar con su Salut d’amour y, al final, se escuchó el inicio de la sección coral del último movimiento de la grandiosa Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven. Como siempre y de seguidas, acá está el archivo de audio de esa emisión:

LEA

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