el blog de luis enrique alcalá de sucre

la política como arte de carácter médico (y otras cosas)

CS #223 – Política elemental

Cartas

Fue bajo el Secretario de Defensa de John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson, el genio ejecutivo Robert Strange McNamara, que se introdujera el concepto de “presupuesto de base cero” (zero-base budgeting) al seno de la administración pública de los Estados Unidos. Formaba parte de un conjunto de métodos para la planificación y la toma de decisiones que Charles Hitch, el Contralor del Departamento de Defensa, instauró bajo instrucciones de McNamara. (PPBS, Programming, Planning and Budgeting System. Johnson ordenó su extensión al resto de la administración federal). Era algo así como lo siguiente: el comandante de la Sexta Flota llegaba al Departamento de Defensa para entrevistarse con el jefe, a quien decía como estaba acostumbrado: “Señor Secretario: he aquí el presupuesto de la Sexta Flota para 1961. El incremento respecto del año anterior es de sólo siete por ciento. Permítame explicar esa diferencia”. Pero McNamara interrumpía y contestaba: “No, Almirante. Lo que necesito que me explique en su integridad es todo el gasto de la Sexta Flota. Quiero que me lo justifique por entero, desde cero. Podemos empezar por esto: ¿para qué se necesita la Sexta Flota? ¿No podríamos obtener lo que ella logra con algo distinto y mejor?”

Zero-base. Back to basics. Square one. El ABC, la cartilla. Por ese procedimiento, McNamara forzaba a toda unidad significativa del aparato militar estadounidense a reflexionar sobre su propia existencia. Y ésa es la misma pregunta que la Nación debe hacerle a la política. Inocentemente, frescamente ¿para qué es necesaria la política?

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Los humanos sólo hacemos ciertas cosas bien en enjambre. La mayoría de las veces, además, ni siquiera actuamos en enjambre, sino individualmente o en pequeños grupos. Resolvemos la mayoría de nuestras necesidades de ese modo. Así ganamos nuestro pan, así compramos, así aprendemos y jugamos, así amamos y odiamos. Pero hay cosas que la transacción civil no alcanza a cubrir. El más perfecto de los códigos civiles concebibles no puede acomodar los procesos públicos, los que son indigeribles a base de transacciones privadas. Ése es el reino de los problemas públicos, y es por ellos que tendríamos que permitir la existencia a la política. Ninguna política se justifica si no es capaz de mostrar que puede resolver esos problemas al menor costo humano.

Porque existen los problemas públicos se justifica el Estado. Si no los tuviéramos no necesitaríamos al Estado. Y si el Estado, si sus distintas instituciones no sólo no resuelven los problemas de carácter público, sino que encima los agravan, debemos cambiar ese Estado. Pero este derecho es del enjambre, de la Nación, de la ciudadanía, del Poder Constituyente Originario, del Poder Público Primario, no de un hombre que se confunda con el Estado.

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Todo paciente tiene derecho al mejor tratamiento posible, dilucidado con los criterios más confiables. No hay más confiables criterios que los científicos. La medicina se justifica porque administra al paciente lo mejor que la ciencia puede ofrecer.

Las naciones tienen el derecho de exigir a sus políticos que lo que se propongan imponer sea lo mejor según criterio lo más científico posible. No lo más ideológico posible. El arte de la política debe ser hoy en día, luego de lo que se ha aprendido en materia de creación y aplicación de políticas, de raíz científica, no ideológica. La ideología debe ser suplantada por la metodología. Ningún político serio podría exigir a estas alturas de la civilización planetaria poderes sobre bases ideológicas, mucho menos únicas, puesto que las ideologías son presuntas curaciones de los males públicos que no son diferentes de “la medicina del siglo dieciocho, cuando los doctores aplicaban sanguijuelas para extraer sangre de los pacientes, a menudo matándolos en el proceso”. (Jeffrey Sachs).

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La política no es una ciencia, por más que finque sus cimientos en la ciencia. Es un arte, una profesión, un oficio, un métier, como la medicina no es una ciencia, aunque haya ciencias médicas, como las hay políticas. Por esta razón hay un estado del arte de la política, su state of the art. Éste cambia y crece, con la creatividad humana. Los protocolos de ataque a la pobreza no son los mismos después de que Muhammad Yufus, el economista de Bangladesh que fundó y ha dirigido el Banco Grameen—y que recibió por eso el Nobel de la Paz—introdujera los programas crediticios que han significado el abandono de la pobreza para millones de personas desatendidas por la banca convencional, especialmente mujeres. La política no es una ciencia, mucho menos una ciencia deductiva, una geometría. (“Una nueva geometría del poder”). La política no se deduce, sino que se inventa. Y una ideología es la pretensión falaz de proveer axiomas sobre la sociedad y la historia, de los que pueda la política deducirse. La noción del valor terapéutico de las ideologías es tan inoperante y obsoleta como la doctrina de los miasmas de la medicina precientífica.

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El mejor médico, aun ante alguien estudiado en sucesión en Boloña, la Sorbona y Yale, es el propio cuerpo humano. No hay terapia tan fina y tan poderosa como la que provee el sistema inmunológico natural. Por esto el más consciente de los médicos confía en la sabiduría fisiológica. Del mismo modo el político debe ser modesto, percatado de que el cuerpo social en su conjunto, así sea el del país más pobre y atrasado, es más sabio que él. No es un buen político quien se pretende inerrante. Menos aún cuando se cree moralmente superior a sus congéneres, o a algún grupo social. La peor de las políticas es la moralizante, como la de McCarthy, Robespierre o Torquemada, que se sintieron autorizados a condenar. El buen médico emite dictámenes, sujetos a mejora, no juicios finales.

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El médico no es el jefe del paciente. En Argentina se acepta, incorrectamente, que se diga Presidencia de la Nación. El presidente de una república moderna no debe ser aceptado como jefe del país, mucho menos su dueño. Lo que debiera presidir es la rama ejecutiva del poder público constituido, nada más. No debe legislar, no debe juzgar, no debe condenar. No puede decirle a todo un país que le obedezca. Quien decide si acepta el tratamiento que el mejor médico le propone es el paciente. Sólo de él es ese derecho. Sólo en una emergencia, y cuando el paciente se encuentre sin conciencia, estará el médico autorizado a intervenir sin su consentimiento. La Venezuela paciente no ha perdido todavía la conciencia.

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No se legitiman los tratamientos que un médico prescribe porque sea gigantesco o extraordinariamente fuerte, ni porque sea el médico que primero vio al paciente, ni tampoco porque algunos de sus colegas sean gente indeseable. Lo único que puede legitimarlos es que sean eficaces a bajo costo, y es el deber de un médico, como el de un político, explicar claramente los costos y beneficios de una prescripción. El médico, el político, no están obligados con una doctrina, sino con la salud del paciente, de la sociedad, y con la verdad.

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Las nociones precedentes, propias de una medicina política, son de fácil aceptación y comprensión popular, que intuitivamente las sabe verdaderas. Se oponen, naturalmente, a las de una política precientífica, ocupada principalmente del acceso al poder. A la larga, son las únicas que pueden sustituir el paradigma de la Realpolitik, la política de poder, que es la que prevalece. Son las únicas que más temprano que tarde la superarán, puesto que no puede detenerse el mayor estado de conciencia de la humanidad.

El ya clásico texto de John Vásquez, The power of power politics (1983), destaca la crisis de ineficacia explicativa y predictiva del paradigma que concibe a la actividad política como proceso de adquisición, intercambio y aumento del poder detentado por un sujeto de cualquier escala (individuo, corporación, estado). Aun cuando su investigación se centra sobre la inadecuación de esa visión en el campo académico de las ciencias políticas, este fenómeno tiene su correspondencia en el campo de la política práctica. (A fin de cuentas, lo que la baja capacidad predictiva de ese paradigma significa es que en la práctica política el estilo de la Realpolitik parece, al menos, haber entrado en una fase de rendimientos decrecientes).

Una de las razones para esta situación de crisis del paradigma del poder por el poder, puede ser encontrada en la informatización acelerada del planeta y sus consecuencias. La Realpolitik ha necesitado siempre del secreto para garantizar su eficacia. Pero en los últimos tiempos hemos sido testigos del descubrimiento y exposición pública de los más elaborados planes de ocultamiento político. Un caso particularmente notable fue el del financiamiento de la Administración Reagan a los «contras» en Nicaragua. Un complicadísimo y retorcido esquema de ocultamiento, que involucraba a insospechables aliados momentáneos (Irán, que para los efectos de relaciones públicas era enemigo de los Estados Unidos), resultó ser imposible de ocultar.

Por esto es que el glasnost, la política de «transparencia» declarada por Gorbachov en la antigua Unión Soviética, más que un deseo inspirado en valores éticos, era una necesidad. Ante el asedio de los medios de comunicación, que se ha unido a las previsibles acciones de los adversarios políticos que intentan descifrar las intenciones del contrario, el actor político de hoy se ve forzado, cada vez más, a determinar sus planes suponiendo que van a ser, a la postre, conocidos públicamente. La política de hoy tiende a parecerse cada vez más a un juego de ajedrez, en el que cada oponente posee información completa acerca de la cantidad, calidad y ubicación de las piezas del contendiente.

Una política de poder puro, de imposición, de pretendida inerrancia, moralista, por más que a corto plazo pueda dominar, tiene sus días contados, porque la humanidad, a pesar de sus tropiezos y desmanes, siempre aprende, y a la larga da cabida a la racionalidad.

Son éstas las cosas que deben ser enseñadas a los Electores, puesto que es su sabiduría política lo más importante. Neil Postman y Charles Weingartner sostenían en La enseñanza como actividad subversiva (1969), que una de las tareas fundamentales de la educación era proporcionar a los educandos un “detector de porquería” (crap detector). El estudiante debía aprender a distinguir entre un discurso válido y con sentido, y uno construido con falsedad. Así el paciente racional debe preferir la medicina científica a cacareadas “medicinas sistémicas” o “alternativas”, independientemente de la propaganda televisada que nuestros canales de televisión admitan. Así debe el ciudadano preferir, más bien exigir, una política científica, y rechazar la payasada que en estos días busca imponérsenos. Suena a “científica”, porque una astucia terminológica la vende con imágenes de mecánica automotriz. No hay nada más inadecuado que la metáfora mecánica para la referencia social. Nada más burdo que el símil de unos “motores”, nada más inexacto. La política eficaz y responsable es postmecánica.

El primer deber del político es el de educar al pueblo, para que sea cada vez más autónomo, menos tutelado, políticamente. (Claro que entonces él mismo debe ser educado en la verdad política). Así que recordaremos a John Stuart Mill y Bárbara Tuchman. Dice ésta en conjetura profundamente democrática: «El problema pudiera ser no tanto un asunto de educar funcionarios para el gobierno como de educar al electorado a reconocer y premiar la integridad de carácter y a rechazar lo artificial».

Dice Mill: “Si nos preguntamos qué es lo que causa y condiciona el buen gobierno en todos sus sentidos, desde el más humilde hasta el más exaltado, encontraremos que la causa principal entre todas, aquella que trasciende a todas las demás, no es otra cosa que las cualidades de los seres humanos que componen la sociedad sobre la que el gobierno es ejercido… Siendo, por tanto, el primer elemento del buen gobierno la virtud y la inteligencia de los seres humanos que componen la comunidad, el punto de excelencia más importante que cualquier forma de gobierno puede poseer es promover la virtud y la inteligencia del pueblo mismo… Es lo que los hombres piensan lo que determina cómo actúan”.

Pero también advierte: “Un pueblo puede preferir un gobierno libre, pero si, por indolencia, descuido, cobardía o falta de espíritu público, se muestra incapaz de los trabajos necesarios para preservarlo; si no pelea por él cuando es directamente atacado; si puede ser engañado por los artificios empleados para robárselo; si por desmoralización momentánea, o pánico temporal, o un arranque de entusiasmo por un individuo, ese pueblo puede ser inducido a entregar sus libertades a los pies de incluso un gran hombre, o le confía poderes que le permiten subvertir sus instituciones; en todos estos casos es más o menos incapaz de libertad, y aunque pueda serle beneficioso tenerlo así sea por corto tiempo, es improbable que lo disfrute por mucho”. LEA

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FS #129 – Populismo togado

Fichero

LEA, por favor

El sociólogo venezolano Orlando Albornoz, profesor de larga y fructífera trayectoria en la Universidad Central de Venezuela, escribió una obra dedicada al examen de lo que él denomina «populismo académico», que es la postura del régimen chavista ante la educación superior. Para buscar mayor resonancia, Albornoz escribió la obra, en dos tomos, en idioma inglés. Academic Populism: Higher education policies under State control fue publicada en 2005 por la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la UCV, en asociación con Bibliotechnology C. A. En ella hace Albornoz la disección del problema de una universidad asediada por primitivos y equivocados planteamientos revolucionarios. El primer tomo desentierra «Las raíces del populismo académico»; el segundo describe al «Populismo académico en progreso: El caso venezolano».

La Ficha Semanal #129 de doctorpolítico traduce la sección final del capítulo 12—Educación superior en 2004: educación superior para todos—del primer volumen. En estos trozos el sociólogo confronta la ingenua idea igualitarista, cargada de emocionalidad pero desprovista de todo soporte científico, y recuerda el experimento peronista que sirve de fuente al chavista.

Al término del capítulo mencionado, una nota al pie remite a la conferencia dictada por Juan Domingo Perón en 1949, ante el I Congreso Nacional de Filosofía de Argentina, obviamente escrita para él por algún amanuense anónimo, para exhibir una cultura que Perón no tenía y con la cual quería lucirse ante los profesores nacionales y extranjeros asistentes. Si bien ciertas formas exteriores del peronismo y el chavismo son similares, las analogías llegan a su término en cuanto a la apreciación sobre el marxismo. Así leyó Perón en la ocasión mencionada:

Todavía Fichte crea un amplio espacio donde el individuo, subordinado al todo social, puede realizarse. Hegel convertirá en Dios al Estado. La vida ideal y el mundo espiritual que halló abandonados los recogió para sacrificarlos a la Providencia estatal, convertida en serie de absolutos. De esta concepción filosófica derivará la traslación posterior: el materialismo conducirá al marxismo, y el idealismo, que ya no acentúa sobre el hombre, será en los sucesores y en los intérpretes de Hegel, la deificación del Estado ideal con su consecuencia necesaria, la insectificación del individuo. El individuo está sometido en éstos a un destino histórico a través del Estado, al que pertenece. Los marxistas lo convertirán a su vez en una pieza, sin paisajes ni techo celeste, de una comunidad tiranizada donde todo ha desaparecido bajo la mampostería. Lo que en ambas formas se hace patente es la anulación del hombre como tal, su desaparición progresiva frente al aparato externo del progreso, el Estado fáustico o la comunidad mecanizada.

Frente a Chávez, hasta el mismísimo Perón se hubiera rasgado las vestiduras. LEA

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Populismo togado

Las sociedades están organizadas como un cuerpo asincrónico, y lo mejor que podemos hacer es compensar algunas de las variables que afectan la desigualdad con el fin de lograr cierta igualdad democrática y justa. Pero alguna gente se aprovechará de las oportunidades y otra no, y esto, tarde o temprano, enfatizará diferencias sociales que no pueden ser evitadas. Es inútil tratar de hacer a las sociedades homogéneas, puesto que las sociedades están compuestas de individuos y éstos nunca obedecen reglas que se les imponen externamente sobre lo que sería interesante llamar “natural”, sin importar cuál sea la red de su ambiente social. La búsqueda de igualdad puede conducir a grandes injusticias cuando quiera que sus políticas estén concebidas incorrectamente y sean emprendidas para acomodar metas políticas e ideológicas de corto plazo. Éste es otro ejemplo de cómo el populismo académico puede trabajar en contra de los mejores deseos y los más nobles ideales. La desigualdad, como la pobreza, no es cualquier enfermedad endémica que pueda eliminarse de una vez y para siempre, con la administración de la medicina adecuada. La una y la otra son variables de muy compleja naturaleza, y su manejo requiere cuidado y compasión. Del mismo modo, estos argumentos, empleados en nombre de alguna revolución disponible, sólo servirán propósitos perversos y serán la causa de tristeza y frustraciones.Ningún venezolano que conozca los déficit sociales de esta sociedad negará que hay desigualdades salvajes—el término está tomado del libro de Jonathan Kozol (1991) Savage inequalities, children in America’s schools, New York: Crown Publishers—que son no sólo no equitativas sino injustas. También son obstáculos para el desarrollo, cualquiera sea el modelo que se escoja para ese objetivo. En desesperación, las sociedades toman a veces el camino equivocado al efecto de un deterioro incrementado de tales problemas y la creación de otros nuevos. Esto pudiera ser el efecto de la revolución venezolana, que tratando de hacer bien sólo ha logrado empeorar las cosas y aumentar el costo de la recuperación. La indignación moral no es suficiente para mejorar la calidad de vida en una sociedad dada. Para hacer ese bien se requiere políticas públicas probadas que son el resultado de cuidadoso análisis; de otra forma las improvisaciones y la toma de decisiones arbitraria producirán sólo efectos negativos. Muchas de las decisiones de la revolución parecen ser hechas al calor de una aproximación emocional y sentimental a la solución de problemas. Por otro lado, aun cuando algunas de esas decisiones parecen haber sido tomadas sin racionalización aparente, la revolución ha sido muy persistente en la búsqueda de sus fines. Se trata de un objetivo muy simple: tomar por completo el poder de la sociedad para cambiar el modelo de la “sociedad capitalista neoliberal” al modelo de la “nueva sociedad revolucionaria”. Debe emplear la estrategia de dos pistas para el desarrollo político: establecer “lo nuevo” junto a “lo viejo” hasta que “lo nuevo” ocupe todo el espacio y “lo viejo” se desvanezca y desaparezca. Según la lógica de la revolución, el poder debe ser retenido a toda costa. Ésta puede ser la tragedia que se cultiva en Venezuela, una sociedad secuestrada por alguna gente con la peregrina idea de que el poder puede ser retenido indefinidamente por algunos en nombre del conjunto. Esto se llama dictadura y/o totalitarismo, y como tal es una perspectiva muy desagradable para una sociedad al comienzo del siglo XXI. Muchos venezolanos sienten que la democracia debiera prevalecer.

Los fundamentos ideológicos de la revolución son engañosos en cuanto a la condición humana. Es razonable creer que todos los hombres son iguales ante la ley. Pero afirmar que todos tienen las mismas capacidades cognitivas para aprender, y los mismos niveles de interés, motivación y expectativas de logro es totalmente equivocado, científicamente hablando. Hay diferencias individuales que no pueden ser fácilmente cambiadas por la intervención del gobierno. Los hallazgos científicos acumulados en los últimos cincuenta años han demostrado que las diferencias en inteligencia, por ejemplo, son intratables, y que la capacidad intelectual promedio de varios grupos socioeconómicos y étnicos es diferente; y en caso de tratar de modificar tal cosa el procedimiento está lleno de complejidades. No es suficiente proponer la justicia y la equitatividad como instrumento de cambio. Gente sin información puede ser fácilmente llevada a creer que la inteligencia puede ser mejorada. Esto fue una política de Estado en Venezuela, cuando un gobierno trató infructuosamente de mejorar los niveles de inteligencia social de la población. Se aseguró a la gente que un cierto número de años este país estaría entre los pueblos más inteligentes del mundo, y que los Premios Nóbel lloverían sobre Venezuela por docenas. Todos estos propósitos se demostraron equivocados. Pero en vez de aprender de la experiencia, el actual régimen está prometiendo a todos los venezolanos una escolaridad hasta el nivel de postgrados. Ésta es una proposición cruel, inmoral e injusta. Una sociedad que ha sido incapaz de ofrecer escolaridad a todos los niños en un sistema formal, difícilmente pueda adiestrarlos a todos al nivel de postgrado. Los regímenes están acostumbrados a desarrollar una capacidad inagotable para ofrecer lo imposible y manipular esperanzas. La revolución venezolana ha aplicado el mecanismo de la propaganda política para vender su imaginario ideológico, y la impresión es que ha tenido éxito. Los venezolanos más pobres y menos educados pueden estar más dispuestos a creer que la felicidad está a su alcance, y que muy pronto todos tendrán los beneficios de la educación, el empleo y la vivienda, y que todos serán libres de la pobreza y la inseguridad social. Los incansables líderes de la revolución son visibles en los medios masivos con ideas articuladas que promueven la ilusión. Obviamente, tal como ocurre, los fondos estatales para este esfuerzo propagandístico se consiguen fácilmente, y se emplea estrategias comunicacionales hábiles y profesionales a este efecto.

Como se sabe, el populismo es ilimitado en sus proposiciones. El catálogo de promesas hechas por el prototipo de todo populismo, el régimen de Juan Domingo Perón en Argentina, es legendario. Su programa político, que llamaba una tercera posición entre el capitalismo y el comunismo, era fuertemente nacionalista, anti-imperialista y anti-Estados Unidos. Estaba basado en una rápida industrialización y la autosuficiencia económica. En el poder, Perón se hizo cada vez más autoritario: los oponentes eran encarcelados, la prensa acallada o cerrada, y la educación estrictamente controlada. Con ayuda de su popular esposa, Eva Duarte, convirtió a los sindicatos en una organización militante conocida como los descamisados según líneas fascistas. A esto se llama la lógica de algunos regímenes populistas; están destinados a suprimir la libertad como parte del paquete. No hay necesidad de establecer falsas comparaciones entre las situaciones argentina y venezolana, sin embargo, es importante observar que ambos regímenes han tenido el apoyo del Ejército, y en estos casos, y quizás a causa de la naturaleza anti-intelectual del Ejército, han chocado contra la vida y la fuerza académicas, que siempre prevalecen. Una de las tempranas influencias ideológicas sobre los líderes de la revolución venezolana viene de Perón, aunque hasta ahora no ha sido tomada ninguna de las acciones violentas de los líderes argentinos. De hecho, “la revolución bonita” navega a puerto a pesar de los muchos obstáculos puestos por la oposición, de los que el régimen se ha aprovechado. Todavía está por verse si la revolución venezolana tomará alguna vez el camino emprendido por Perón.

Orlando Albornoz

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LEA #222

LEA

George W. Bush escogió cuidadosamente decir en su mensaje del martes sobre el “Estado de la Unión”: “No podemos fracasar en Irak”. Dos cosas son notables en tan escueto lema. Primera, el empleo del plural de la primera persona, cuando la invasión de Irak es de él, no del Congreso al que hablaba, mucho menos del 70% de los estadounidenses que ahora rechaza ésa, su guerra. (Encuesta del Washington Post y ABC News justo antes del discurso de anteayer). Es en él en quien no se confía: el público prefiere (60%) que el Congreso demócrata resuelva el conflicto a que lo maneje Bush (33%). Sesenta y cinco por ciento está opuesto al envío de más tropas a Irak, la última ocurrencia del Presidente de los Estados Unidos. (El Brujo, o más bien el Estadista, de Los Palos Grandes recuerda que mientras Nixon negociaba la salida de Viet Nam, ordenaba el recrudecimiento de los bombardeos, para poder acusar de traidores a los demócratas que le negaban apoyo). El 71% de los encuestados considera que los Estados Unidos están seriamente fuera de curso. Es ése el verdadero estado de la unión.

La segunda particularidad del eslogan propuesto por Bush es que, increíblemente, no percibe que ya él ha fracasado en Irak. Invadió al país sobre la base de dos supuestos rotundamente desmentidos por la realidad: que el régimen de Hussein almacenaba armas de destrucción masiva y que actuaba de consuno con al Quaeda. Al verificarse la inexistencia de ambas cosas Bush resbaló su justificación para replantearla como la meta de traer la democracia y la estabilidad, no sólo a Irak, sino a todo el convulsionado Cercano Oriente. Pero ahora sunnis y shiítas se aprestan a agarrarse por los moños en toda el área, y no hay signos de que el democrático gobierno iraquí, bushdependiente, pueda estabilizar su país sin la presencia de las fuerzas de ocupación.

No es que no se puede fracasar en Irak; es que ya se fracasó. Bush hijo ha fracasado como presidente. Esto es algo que ya sabe la ciudadanía norteamericana, y la sabiduría institucional de los Estados Unidos, con independencia de poderes que ya quisiéramos acá, está respondiendo a esa conciencia. Tan sólo un senador republicano salió en defensa de la política de Bush en Irak. El resto del Congreso, demócratas y republicanos por igual, ha hecho saber con rapidez que las “correcciones” de Bush a su demencial política son decididamente insuficientes.

Bush disfruta todavía de 33% de aprobación, su punto más bajo desde que alcanzó el poder en 2001. Rememora The Washington Post: “Sólo dos presidentes han tenido índices de aprobación más bajos en vísperas de un discurso sobre el Estado de la Unión. Richard Nixon estaba en 26 por ciento en 1974, siete meses antes de que renunciara por el escándalo de Watergate. Harry S. Truman estaba en 23 por ciento en enero de 1952, empujado por la desaprobación pública del conflicto coreano y su despido del general Douglas MacArthur”.

A la postre, las guerras en las que los Estados Unidos se han metido después de 1945 terminan siendo rechazadas por su pueblo: Corea, Viet Nam, Irak. Esta última debe cesar ya: es un horrible y sangriento e injustificable e insostenible fracaso. Como debe cesar, pues no tiene compón, la presidencia de Bush. Para eso los Estados Unidos tienen el procedimiento de impeachment. ¿Qué otra cosa decidir para neutralizar a quien es responsable del repudio más generalizado que ese país haya tenido nunca?

LEA

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Entrevista con Carolina Jaimes Branger – 25/01/07

Esta entrevista fue grabada el 18 de enero de 2007, poco después del triunfo electoral de Hugo Chávez contra Manuel Rosales, y transmitida por Radio Caracas Radio una semana después. LEA

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CS #222 – Marcha atrás

Cartas

No hace mucho que una marcha opositora en 23 de enero hubiera reunido centenares de miles de dispuestos ciudadanos. De la marcha de anteayer, 23 de enero de 2007, dijo el pie de foto de Niccola Rocco para El Universal: “Los manifestantes fueron apenas los suficientes para copar la Plaza Morelos”. Añade: “Un sector de la dirigencia opositora no asistió al acto”. Elvia Gómez, quien escribió la escueta nota, concluye: “Los que asistieron promediaron los 55 años. Algunos dijeron estar allí porque rechazan al Gobierno, pero confesaron su escepticismo por la propuesta de diálogo de la oposición”. MWC News contó a “400 o 500 protestantes”, y menciona a tres personas (con sus edades) en la noticia—Las medidas de Chávez agitan protesta en Venezuela—: Grace Pulido (40), María Butto (70) y Luis Miquilena (87).

Pareció, pues, una de aquellas ralas marchas convocadas por Alejandro Peña Esclusa; para colmo, totalmente desprovista de juventud. ¿Dónde está el poder de convocatoria de los dirigentes opositores venezolanos? No estaban todos, como quedó dicho, pero Leopoldo López había colocado en televisión repetidas cuñas en las que aparecía invitando a la protesta, no sin mencionar que de ese modo hacía caso al llamado de Manuel Rosales. Fue, sin duda, el más notable de los líderes empeñados en la cosa.

Desde la manifestación salió una representación de antiguos parlamentarios hasta la Asamblea Nacional, donde fue recibida por su Segundo Vicepresidente, Roberto Hernández, militante del Partido Comunista de Venezuela. Éste acogió un documento atenido a señalar el peligro de “una reforma constitucional que no incluya a todos los sectores del país”. Ni una sola mención a las medidas concretas de estos días: cierre de RCTV, estatización de CANTV y La Electricidad de Caracas, eliminación de la autonomía del Banco Central, expropiación de empresas extranjeras que operan en la Faja Petrolífera del Orinoco, etcétera. El foco de este liderazgo está puesto en el nivel constitucional; ante las decisiones específicas de gobierno se comportan como ciegos. A pesar de esto Leopoldo López dijo en su discurso: “No es tiempo de agachar la cabeza ni dar todo por perdido. Tarde o temprano seremos una nueva mayoría que represente una alternativa de poder democrático”. No pareciera, a juzgar por la magra asistencia.

Otros notorios participantes: Alfonso Marquina y Pedro Pablo Alcántara (adecos disidentes de la línea de Ramos Allup), Julio Montoya (mano derecha de Manuel Rosales), Gerardo Blyde (de una facción que da en llamarse Primero Justicia “Popular”, aunque no parece serlo, que opone la figura de López a la de Borges), César Pérez Vivas (defenestrado de la Secretaría General de COPEI y ahora impenitente crítico de Eduardo Fernández). Cuatro semipartidos—facciones de Acción Democrática, Un Nuevo Tiempo, Primero Justicia y COPEI—pueden reunir quinientas personas en la fecha magna del 23 de enero.

En la plaza Morelos, Johan Perozo, pasado hace poco a las filas de Un Nuevo Tiempo, instaba la constitución de “redes populares”, la nueva fórmula mágica—¿contraposición a los concejos comunales?—en la que insiste COPEI luego de que López la recomendara unos días después del 3 de diciembre. Es la nueva moda, la nueva ocurrencia de la oposición, la nueva herramienta sin producto o contenido. Hasta ahí llega la imaginación opositora, su virtud creativa. No en balde le siguen sólo cuatro gatos.

Por supuesto, ya se escucharán razonamientos en apariencia pertinentes: que así de exiguas eran las marchas en 2001, hasta que crecieron inmensas al año siguiente. Que la marcha era necesaria para “calentar la calle” (receta opositora automática, otra vez escasamente imaginativa), y que era imprescindible movilizar a los más de cuatro millones de personas que votaron por Manuel Rosales. Bueno, movilizaron al 0,0125% de ese contingente. Primero Justicia y Un Nuevo Tiempo habían reivindicado, recuérdese, ser la primera fuerza opositora o la segunda fuerza política del país, cada una por su lado, a raíz de las pasadas elecciones presidenciales. Razonamiento falaz, naturalmente, como acaba de comprobarse en la plaza Morelos.

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Debe ser de meridiana obviedad que no hay liderazgo opositor en el país que dé pie con bola. Que el que queda es de una ineptitud descomunal, que es preciso crear otros espacios políticos y atender otras voces, propiciar la emergencia de nuevos actores. Desde que Chávez se pusiera por primera vez en campaña, nada de lo intentado por la dirigencia opositora ha funcionado: la candidatura de Salas Römer y la campaña anticonstituyente, la postulación a la constituyente, la candidatura de Arias Cárdenas, el pacto tripartito de La Esmeralda que desembocó en el brevísimo régimen de Carmona, el paro en fases pre y postpetroleras, el referendo revocatorio, la candidatura de Manuel Rosales… y ahora la vergonzosa marcha de anteayer. ¿Qué más se necesita para desahuciar—eso sí, con mucho agradecimiento—a dirigencia tan incapaz?

No ha habido, desde los presuntuosos partidos de oposición, ni una sola refutación eficaz de los fundamentos conceptuales de las polémicas medidas anunciadas por Chávez. A lo sumo se aduce que “no tienen nada que ver con el socialismo moderno” y se las usa como base para volver a decir que Chávez es despótico y maluco. (El tsunami no ha cesado; ayer Diosdado Cabello anticipaba la expropiación del Aeropuerto Caracas, para seguir fastidiando a quienes, dueños de automóviles BMW—descripción presidencial—también disfrutan de aviones privados). Y la dirigencia se muestra sorprendida por las decisiones declaradas. ¿Era tan difícil preverlas? Acá mismo se escribió, tan temprano como el 19 de agosto de 2004 (Carta Semanal #100 de doctorpolítico): “Sería ingenuo suponer que ahora Chávez no apretará una tuerca más. La ley de policía nacional, la amenaza de renacionalizar la CANTV (tiene los reales), la ley de contenidos, una nueva ley de cultos, la toma de las universidades y nuevas represiones penales contra sus más detestados oponentes, están a la vuelta de la esquina”.

Hace nada que Chávez, a mayor abundamiento, ha prefigurado la desaparición de las alcaldías de López y Capriles Radonsky, al dictar que debe volverse a la entidad del Distrito Federal. Para apuntalar su opinión explicó que en la mayor parte de los países del mundo las ciudades capitales están sitas en un distrito federal. No se le ocurre a Blyde o a Marquina—ni siquiera a Rosales—señalar: “Señor Presidente, en la mayoría de los países los bancos centrales son autónomos”.

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El esfuerzo que debiera estar emprendiéndose en estos instantes es el de convocar un referendo múltiple por iniciativa popular, en el que se consulte a los Electores si aprueban las medidas avisadas (y ocultadas por Chávez adrede durante su pasada campaña), una por una, cada una en su ámbito. ¿Quieren los venezolanos realmente que su red telefónica doméstica sea administrada por este gobierno? ¿Quieren los caraqueños, que desde que tuvieron electricidad, hace más de un siglo y una década, fueron servidos muy satisfactoriamente por la empresa privada que fundara el ilustre Ricardo Zuloaga, que su eléctrico suministro dependa de una empresa estatal presidida por Juan Barreto?

Habría mucho campo para argumentar eficazmente, sin necesidad de apelar otra vez, ya al borde de la náusea, a la acusación de Chávez sin refutarlo. Que si el alumbrado eléctrico se interrumpe en una calle de cualquier barrio, en cuestión de horas una camioneta de la empresa se presenta a resolver la emergencia. Que sus tarifas están controladas por el gobierno y no han aumentado desmedidamente. La paranoia que sirve de coartada a Chávez, quien pudiera temer que los accionistas norteamericanos de La Electricidad de Caracas interrumpan la electricidad de la capital, en coordinación con una invasión de marines desatada por el emperador George II—algo ocupado y debilitado por estos días, pero loco al fin—, se refuta al indicar que tal contingencia no requiere la estatización de la compañía, sino que un dispositivo de oficiales y tropas de la Fuerza Armada, debidamente especializado, esté siempre listo para asumir el control operativo del suministro, y que otro de la DISIP pueda arrestar diligentemente a los ejecutivos traidores. No hay ninguna razón para estatizar a La Electricidad de Caracas, y esto puede ser explicado transparentemente a los caraqueños, sin la vergüenza inexplicable que enmudece a los infructíferos líderes, y puede pedírseles  en referendo su pronunciamiento.

Dicen algunos—»Ya yo marché, ya yo firmé, ya yo recogí firmas, y no valió de nada»—que no se ganaría un referendo tal, sin tomar en cuenta que si se perdiese no estaríamos peor que en estos mismos momentos, cuando las medidas son de aplicación inminente. Es que estamos muy ocupados en la construcción de “redes populares”, en la liza de Borges y López, en la expansión de Un Nuevo Tiempo mientras se gobierna en el Zulia, en la angustia de la reforma constitucional, en el ritual descrédito de Chávez, en tomar línea del verdadero comando de la oposición (Aló Ciudadano). Ah, y en el calentamiento de la calle con alguna que otra marcha. Mientras tanto nos apabullan.

………

Para el cuarto y penúltimo movimiento de su Sinfonía Fantástica, Héctor Berlioz escogió como título Marcha al cadalso. Toda la obra, autobiográfica, retrata el amor del músico por una mujer. En ese movimiento en particular describe el sueño que le sobreviene luego de tomar opio, persuadido de que su amor no es correspondido. Sueña que ha dado muerte a la amada, y que le condenan y conducen al patíbulo. “La procesión avanza al compás de una marcha que por momentos es sombría y salvaje, en otros brillante y solemne”. En el sueño asiste a su propia ejecución, y le invade como último pensamiento la imagen de su amor, herido mortalmente por su causa.

El amor de Primero Justicia (Popular o Impopular), el de Un Nuevo Tiempo, el de AD y COPEI por el poder no es correspondido. Quinientos ciudadanos fueron a la plaza Morelos el 23 de enero de 2007. López, Blyde, Montoya, Perozo, Marquina, Alcántara y Pérez Vivas, tal vez, están a punto de fumar opio, despechados con la indigencia del apoyo que levantan. Entretanto, mientras todavía no sueñan que ellos mismos mataron ese apoyo, convocan marchas al cadalso, absolutamente inservibles.

LEA

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FS #128 – Tercer aire

Fichero

LEA, por favor

William James (1842-1910) viene a la Ficha Semanal #128 de doctorpolítico para hacernos reflexionar sobre un asunto que incidiría nuestra actual realidad: la de una desmoralización extendida en algún estrato de la población venezolana; el de los ciudadanos más modernos, menos cargados ideológicamente. Entre ellos cunde la desesperanza, el desánimo, la pretensión de fuga, de rendición.

Los fragmentos iniciales de su ensayo Las energías de los hombres nos confrontan con nuestra holgazanería. («Ya yo marché, ya yo firmé, ya yo recogí firmas, y no valió de nada»). Nos revelan que disponemos de energías ocultas, rara vez exigidas, que despiertan si decidimos continuar el esfuerzo. En un ensayo diferente—Sobre una cierta ceguera en los seres humanos—sentencia: «Doquiera que un proceso vital comunica un ansia a quien lo vive, allí se vuelve la vida genuinamente significativa. A veces el ansia está más atada a las actividades motoras, a veces con las percepciones, a veces con la imaginación, a veces con el pensamiento reflexivo. Pero, doquiera se encuentre, allí está el entusiasmo, el cosquilleo, la excitación de la realidad; y hay allí ‘importancia’ en el único sentido real y positivo en el que la importancia pueda estar en cualquier caso».

Vistos en retrospectiva, los últimos ocho años, si bien han exigido del ciudadano común una actividad cívica a la que no estaba acostumbrado, no son tampoco un tesoro de heroicos esfuerzos. Una media docena de marchas no pueden compararse con el paso de Los Andes por nuestros llaneros de a pie. Durante el boom económico que caracterizó el primer período de Carlos Andrés Pérez, la venta de motor homes se disparó a niveles insólitos, y el parque aeronáutico civil de La Carlota se triplicó en año y medio. Hubo un empresario de la construcción que pronto hacía más dinero vendiendo puestos en la lista de espera de un Cessna Citation—él mismo nunca compró uno; simplemente obtenía un puesto y lo vendía meses o semanas más tarde como revendedor de estadio—que en su actividad habitual. En aquella época comenté, desagradado, a un amigo extanjero: «Los romanos, los ingleses, después de siglos de influencia civilizadora, tienen derecho a la decadencia. Venezuela no ha trabajado lo suficiente como para tener ese derecho».

La figura de William James, junto con Charles Sanders Peirce y John Dewey, descuella en la intelectualidad norteamericana como fundador de la escuela filosófica del Pragmatismo, que privilegia la importancia de los efectos prácticos en relación con las ideas teóricas. Habiendo sido el primero en emplear el término por escrito, en uso de su honestidad intelectual le atribuyó la paternidad a Peirce. Fue, primordialmente, un filósofo, y también un psicólogo: fundó el primer laboratorio de psicología experimental en tierras americanas. Sostenía la posición de que cada individuo tiene un valor único, y por tanto estaba opuesto a cualquier intento de colectivización. Dentro de tres años se cumplirá un siglo de su muerte.

LEA

Tercer aire

A Leo Alcalá

Todo el mundo sabe lo que es comenzar un cierto trabajo, sea intelectual o muscular, sintiéndose rancio o viejo. Y todo el mundo sabe lo que es el “calentamiento” antes de un esfuerzo. El proceso de calentamiento se hace particularmente sorprendente en el fenómeno conocido como “segundo aire”. Con bastante frecuencia incurrimos en la práctica de detenernos en una ocupación tan pronto como encontramos la primera capa eficaz –por llamarla de algún modo– de fatiga. Entonces hemos caminado, jugado o trabajado “suficiente” y entonces desistimos. Esa cantidad de fatiga es una obstrucción eficaz en nuestra vida cotidiana. Pero si una necesidad inusual nos fuerza a seguir adelante, entonces ocurre una cosa asombrosa. La fatiga empeora hasta un cierto punto crítico, para desaparecer gradual o súbitamente, y entonces nos sentimos más frescos que antes. Evidentemente, en ese momento hemos descubierto un nuevo nivel de energía, el que hasta entonces estuvo enmascarado por el obstáculo de fatiga al que usualmente obedecemos. Podemos toparnos con capa tras capa de esta experiencia. Puede sobrevenirnos un tercer o cuarto “aire”. La actividad mental exhibe el fenómeno, así como la actividad física y, en casos excepcionales podemos encontrar, más allá del propio extremo de la molestia de la fatiga, cantidades de facilidad y de potencia que nunca soñamos poseer, fuentes de fortaleza que no hemos aprovechado jamás, porque habitualmente no pasamos más allá del obstáculo, nunca pasamos más allá de esos puntos críticos iniciales.

Por muchos años he meditado sobre el fenómeno del segundo aire, tratando de encontrar una teoría fisiológica. Es evidente que nuestro organismo tiene almacenadas reservas de energía que no son ordinariamente exigidas, pero que podemos convocar: estratos cada vez más profundos de material combustible o explotable, dispuestos de modo discontinuo, pero listos para el uso de cualquiera que explore profundamente, y reparables por el reposo de la misma forma que lo hacen los estratos superficiales. La mayoría de nosotros continúa viviendo innecesariamente cerca de la superficie. Nuestro presupuesto energético es como nuestro presupuesto nutritivo. Los fisiólogos dicen que un hombre está en “equilibrio nutritivo” cuando día tras día ni gana ni pierde peso. Pero la cosa extraña es que esta condición puede obtenerse con cantidades de alimento sorprendentemente diferentes. Tomemos un hombre en equilibrio nutritivo e incrementemos o disminuyamos sistemáticamente sus raciones. En el primer caso comenzará a ganar peso, en el segundo a perderlo. El cambio será más grande en el primer día, menor en el segundo, menor aún en el tercero y así sucesivamente, hasta que haya ganado todo lo que aumentará, o perdido todo lo que perderá, con esa dieta alterada. Ahora está de nuevo en equilibrio nutritivo, pero con un nuevo peso; y éste ni disminuye ni aumenta porque sus distintos procesos de combustión se han ajustado ya a la dieta cambiada. Se desprende, de una manera u otra, de tanto N, C, H, etc., como ingiere diariamente.

Del mismo modo uno puede estar en lo que llamo “equilibrio de eficiencia” (ni se gana ni se pierde potencia una vez que el equilibrio es alcanzado) en cantidades de trabajo sorprendentemente diferentes, sin importar en que dirección pueda medirse el trabajo. Puede tratarse de trabajo físico, intelectual, moral o espiritual.

Por supuesto que hay límites: los árboles no crecen hasta el cielo. Pero sigue siendo un hecho simple que los hombres poseen cantidades de recursos que sólo individuos muy excepcionales empujan a un uso extremo. Pero estos mismos individuos, que empujan sus energías hasta el extremo, pueden en un vasto número de casos mantener el ritmo día tras día, sin encontrar “reacción” negativa, mientras se mantengan condiciones higiénicas decentes. Su mayor tasa de energizar no les destruye, puesto que el organismo se adapta y, a medida que aumenta la tasa de desperdicio, aumenta consecuentemente la tasa de reparación.

Digo la tasa y no el tiempo de reparación. El más ocupado de los hombres no necesita más horas de descanso que el holgazán. Hace unos años, el profesor Patrick, de la Universidad del Estado de Iowa, mantuvo a tres jóvenes despiertos durante cuatro días y sus noches. Cuando sus observaciones de los sujetos hubieron concluido, les permitió dormir. Todos despertaron del sueño completamente refrescados, y el único que tardó algo más para reponerse de la prolongada vigilia sólo durmió una tercera parte más del tiempo que acostumbraba.

Si el lector reúne estos dos conceptos, primero, que pocos hombres viven a su máximo de energía y, segundo, que cualquiera puede estar en equilibrio vital a muy distintas tasas de energización, encontrará, creo, que un problema muy práctico de la economía nacional, así como de ética individual, se abre sobre esta perspectiva. En términos gruesos, podemos decir que un hombre que energiza bajo su máximo normal fracasa por esa misma proporción en beneficiarse de su oportunidad en la vida, y que una nación llena de hombres tales es inferior a una nación que corre a presiones superiores.

William James

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