el blog de luis enrique alcalá de sucre
la política como arte de carácter médico (y otras cosas)CS #180A – Diestra y siniestra
¡Izquierda! ¡Izquierda! ¡Izquierda, derecha, izquierda! En las «semanas de la Patria» de Pérez Jiménez—derechista—los estudiantes de la época, algunos en calidad de componentes de las bandas de guerra colegiales, aprendíamos a llevar el paso en los desfiles al ritmo de aquellos gritos a diestra y siniestra. Cuatro izquierdas gritadas contra una sola derecha. (El primer paso desde la posición «firmes» debía darse con la pierna zurda, y las cinco exclamaciones correspondían exactamente al tiempo de los golpes de bombo o tamborón: ¡pom! ¡Pom! ¡Pom, pom, pom!)
Esta proporción de cuatro a uno lleva carga metafórica, en el sentido de una trillada observación según la cual los partidos políticos «modernos» en Venezuela—los emergentes a partir de 1928—siempre han halado hacia la izquierda. En el siglo XX venezolano no han sido muchos los movimientos políticos que hayan admitido abiertamente sus preferencias por las posturas de derecha.
Acción Democrática tuvo obvias raíces izquierdistas—a las alturas de 1958 todavía se declaraba como «partido marxista» en documentos de su Secretaría de Doctrina, dirigida por Domingo Alberto Rangel—al encarnar una suerte de MVR modelo 1945 y alojar mucho dirigente importante, empezando por Betancourt, Leoni y Barrios, que hubiera militado en el Partido Comunista. Fundado en 1941, accede al poder mediante golpe de Estado contra el presidente Medina Angarita, para dar inicio a un «trienio adeco» caracterizado por el sectarismo, una constituyente, un equivalente al decreto 1.011 (el tristemente célebre 321 enfilado contra los colegios católicos), y hasta la amenaza de las «bandas armadas» de AD. Después del escarmiento de 1948 y la década perezjimenista, el partido se morigeró, aunque nunca se ha postulado «de derechas» y no ha dejado de trasladarse por la órbita socialdemócrata.
En 1946 nace COPEI—en su origen el Comité de Organización Política Electoral Independiente, luego Partido Social Cristiano COPEI—para hacer oposición a AD, lo que le valió el temprano apoyo de los tres estados andinos, cuyos gobernantes habían sido desplazados del poder por los adecos. Si en sus orígenes—la Unión Nacional de Estudiantes de 1936—podía identificarse en Rafael Caldera, su líder histórico, una precoz simpatía por el falangismo franquista, él mismo se encargó de definir a COPEI como partido de «centro-izquierda», en el mitin de cierre de su campaña presidencial de 1963, desde tarima erigida en la Plaza Venezuela de Caracas. La rama juvenil de COPEI, por otra parte, dio en llamarse Juventud Revolucionaria Copeyana. (No demasiado, como se comprobó con la defenestración de Abdón Vivas Terán—líder entonces de los siniestros «astronautas», y mucho más tarde ministro del segundo gobierno de Caldera—en la crisis de1966, cuando se trajo del bullpen al derechista Álvarez Paz para controlar los brotes de radicalidad juvenil).
Es en la misma campaña de 1963, por cierto, cuando Arturo Úslar Pietri arremetió contra Rafael Caldera en el primer debate televisado de nuestra historia política, acusándole del pecado mortal de haber apoyado, como leal soporte del Pacto de Punto Fijo, al demonio comunista de Rómulo Betancourt. El Frente Nacional Democrático (FND) que postulara al «candidato de la campana» atrajo ciertamente a los electores de gusto más conservador (de derechas). Pero es que Úslar había sido fundador del Partido Democrático Venezolano (PDV) en tiempos de Medina, y dirigente muy principal del mismo. Tal vez más principal que él, sin embargo, fue el preclaro Mario Briceño-Iragorry. Resulta ilustrativo en este tema de las izquierdas y derechas venezolanas, leer de su pluma algunos conceptos sostenidos por tan destacado medinista. Briceño-Iragorry escribió el prólogo de un libro que recogió las conferencias de un ciclo celebrado entre el 5 y el 22 de septiembre de 1944, organizado por el PDV, entre las que se encontraba una dictada por Úslar. Y ahí dice Briceño-Iragorry cosas como éstas:
«En las bases programáticas del Partido se propuso estimular la intervención del Estado como medio eficaz para el abaratamiento de las subsistencias y de los costos de producción. Nuestro Movimiento, en esa forma, declaró el firme propósito de separarse de los viejos conceptos del liberalismo económico que, partiendo de una abultada valorización de los derechos del individuo, dejó a éste la plena libertad de dirigir los procesos de la producción y del consumo y el goce irrestricto de los instrumentos que a ellos conducen». «La controversia se ha planteado en forma clara entre quienes suponen que el Estado sea un instrumento al servicio de las clases que detentan el poder político y el dominio económico, y aquéllos que, guiados por una visión más amplia y humana, valdría decir cristiana, de la justicia, consideran que el Estado tiene por fin primordial e indeclinable mirar al desarrollo integral de todos los miembros de la sociedad». «Con apariencia liberaloide y al influjo de la misma oligarquía, que ha sabido camuflarse oportunistamente, nuestra economía general se ha mantenido en un estado de atraso por lo que dice a la función social de las fuentes de producción y a la ley racional del consumo humano». «El Estado ha de procurar que las franquicias que derivan del grado de la civilización, no se acumulen en las viejas clases que detentan los instrumentos de producción; sino de lo contrario, ha de afanarse, en un recto sentido humano, porque la mayoría social, es decir, las clases llamadas desheredadas, gocen de las posibilidades máximas para desarrollar su personalidad entitiva».
Etcétera. La última de las oraciones citadas pareciera ser la misma idea de una «participación protagónica» del pueblo vertida en lenguaje un tanto barroco. ¿Por qué no denunció Úslar el prólogo mencionado con la misma vehemencia con la que reconvendría a Caldera casi veinte años después? ¿Era Briceño-Iragorry un comunista de closet?
Por supuesto que no; en el mismo texto prologal precisa: «Para intentar el equilibrio de los intereses comunes sin recurrir a las formas del Socialismo de Estado, los Gobiernos han acudido a los sistemas intervencionistas, como expresión de la propia función que les compete en el orden de la justicia, fin último del Estado». Comunista no, pero sin duda «a la izquierda» de los liberales de hoy.
Los que antaño se llamaban liberales, los del Partido Amarillo guzmancista, eran cosa distinta, pues en su caso estaban «a la izquierda» de los conservadores de Páez. Lo que nos lleva a concluir que no es que en Venezuela no haya habido derechistas, gente conservadora, más pendiente del interés empresarial que el popular—en un viejo concepto, pues lo empresarial y lo popular no tienen por qué ser opuestos—aunque formaciones de derecha, como el Partido Popular de Aznar o la Alianza Popular de Álvarez Paz adopten el término en su denominación. Lo que han sido, tal vez, estos movimientos de derecha locales es menos tenaces. El FND uslarista no sobrevivió, en la práctica, al gobierno de Leoni. El Partido Liberal de Jorge Olavarría también fue un caso de mortalidad infantil. Más recientemente volvería a formarse una asociación con exactamente el mismo nombre, dirigida al inicio por Andrés Sosa Pietri, arrebatada de sus manos por la antigua sindicalista Haydeé Deutsch, a quien luego se la quitara Marco Polesel, sin mayor trascendencia.
Otras presencias han sido igualmente fugaces o escuetas, como en el caso del Partido de Acción Nacional de Ángel Borregales, y las iniciativas de Integración Republicana y Acción Venezolana Independiente, con importante identificación empresarial. Pero lo cierto es que siempre ha existido «la derecha» venezolana, así como gobiernos de derecha a montones. Uno cercano, sin ir muy lejos, fue el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, quien de socialdemócrata y amigo de Felipe González y Fidel Castro, fue quien levantara en nuestro país las banderas del Consenso de Washington, nuestro propio y autóctono Carlos Saúl Menem. Más cerca aún, un gobierno de derecha en Venezuela ostenta el récord de fugacidad: el de Pedro Carmona Estanga.
LEA
CS #180 – Petkoff-Machado: unidad para ganar
Hay al menos dos sentidos en los que deben ser entendidos los términos izquierda y derecha en el ámbito político. Más allá de su etimología por la ubicación de las facciones de la asamblea revolucionaria francesa de fines del siglo XVIII, una primera distinción se establece entre quienes buscan preservar el statu quo—los de derecha—y quienes buscan modificarlo o reemplazarlo. Claro, hay momentos cuando los usufructuarios del statu quo son “de izquierda” y quienes los reemplazan son “de derecha” o conservadores—Julián Castro sucediendo a José Tadeo Monagas, por caso, o Miguel Gorbachov dando paso a un repudio de lo soviético—pero la mayoría de las veces, cuando un gobierno de derecha sucede a un statu quo izquierdista, busca una restitución de condiciones previas a la entronización del gobierno “de izquierdas” que es revocado. Es decir, en general los derechistas o conservadores, de ahí su nombre, procuran preservar un pasado, sobre todo en lo tocante a dominios y privilegios, puesto que en una dimensión tecnológica esta gente puede ser muy avanzada y progresista.
El otro sentido es posterior y más específico. A fines del siglo XIX comenzó a llamarse—sobre todo a raíz de la encíclica Rerum novarum de León XIII—“la cuestión social” o “el problema social moderno” a la siguiente disyuntiva: a cuál lado de la división clasista entre patronos y obreros debía favorecerse a la hora de distribuir la renta general de una sociedad. Si se optaba por los empresarios, por ejemplo propugnando un Estado gendarme que se limitara a preservar el orden y la garantía de libertades económicas, entonces se había adoptado una posición de derechas. Si, por lo contrario, se privilegiaba una legislación que protegiese a los proletarios, a los trabajadores, se adoptaba una de izquierdas.
Lo anterior es el sentido más frecuente de los términos derecha e izquierda. Pero cada uno puede cubrir una gradación más o menos amplia de posturas, y llegar a incluir los polos radicales de una extrema derecha—Pinochet, Mc Carthy—o una extrema izquierda—Castro, Mao Tse Tung. “La propiedad es un robo” de Proudhon—La propriété, c’est le vol!—o la idea de que los pobres alcanzan su estado por indolencia o escasez moral.
¿Debe sorprender que en nuestro país la mayoría de los partidos prefiera decirse de izquierda? La muy patológica y sesgada curva de distribución de nuestras riquezas ofrecería una explicación suficiente: en efecto, si por definición la izquierda es una oferta de favorecer al desposeído, una sociedad que mayoritariamente esté conformada por gente pobre tenderá a preferir una política izquierdista. Lo contrario sería irracional.
Pero hete aquí que más de un estudio de opinión señala que en Venezuela hay apoyo mayoritario a favor de posturas que pudieran ser tenidas como de derecha; por ejemplo: preferir la sociedad norteamericana a la cubana, preferir un empleo privado que uno público, preferir la propiedad privada a una colectiva.
Es esa constatación la que ahora parece alentar un nuevo movimiento de derechas, el que busca aglutinarse en torno a un documento que asegura que el 4 de diciembre los venezolanos emitimos un mandato—o dieciséis mandatos—y que agrupa notoriamente personalidades de derechas. Acá se ha comentado antes la pretensión interpretativa refrendada por Oswaldo Álvarez Paz, Oscar García Mendoza, Marcel Granier, María Corina Machado, Ricardo Zuloaga, entre otros notables. (Dicho sea de paso, hace nada que Álvarez Paz ha tomado la calle del medio para asegurar que no participará en el evento electoral del próximo mes de diciembre. Si el “movimiento 4 de diciembre” lleva intención política ¿es su posición electoral idéntica a la del líder de Alianza Popular?) La lectura parece ser: si Chávez encarna la más zurda de las izquierdas, y si nuestros compatriotas tienen mayoritariamente preferencias inclinadas en sentido contrario, “lo que hay que hacer” es crear de una vez por todas una opción enfrentada de derechas.
Debe reconocerse que ese silogismo tiene sentido, y tal cosa constituye una de las dos posiciones políticas principales del momento. (Apartando la oficialista). La segunda posición sigue sosteniendo, por lo contrario, que debe seguirse siendo de izquierda en Venezuela (y en el mundo), sólo que hay dos izquierdas: una buena y una mala. (La del gobierno). En esta interpretación síguese sospechando de programas parecidos al emprendido por Pérez a partir de 1989 pues, además de su convicción doctrinaria, no ha dejado de tomar nota de los peligrosos resultados de la aplicación de récipes tan simplistas e insensibles como el Consenso de Washington.
Es opinión del suscrito que ambas posturas se construyen con raíces obsoletas. A fin de cuentas, el mundo no es ya el que juzgaba León XIII o retrataba Charles Dickens; las gradaciones de roles sociales se han hecho más numerosas, y una política dicotómica, de izquierda y derecha, de blanco y negro, de Bush y Chávez, no puede aspirar a comprender ese mundo nuevo. Las ideologías que resolvían la política a fines del siglo XIX ya no son otra cosa, a estas alturas del juego civilizatorio, que una excusa para no pensar.
Amos Davidowitz explica en The Internet and the Transformation of the Political Process: MAPAM, a Case Study (http://www.isoc.org/inet96/proceedings/e1/e1 1.htm) la distinción entre partidos “de segunda ola” y los de “tercera ola”. (Siguiendo la nomenclatura de Alvin Toffler). Hablando de su propio partido—el MAPAM, el ala “izquierda” del laborismo israelí—como institución anquilosada por una perspectiva anterior a la conciencia postindustrial, reportaba: “Me parece que si un partido de segunda ola centraba sus actividades alrededor de la producción, el trabajo y los recursos en una estructura jerárquica centralizada, un partido moderno debiera ocuparse de información, comunicación, medios y servicios en un sistema más abierto, interactivo y distributivo, un sistema que necesita los medios de procesar y distribuir información”.
Es desde percepciones como la de Dawidowitz como pudiéramos imaginar soluciones políticas de mayor profundidad temporal. En otras ocasiones se ha sostenido acá que se requiere un recambio paradigmático a fondo en la actividad política. Reitero ahora esa convicción, pero tal vez lo práctico pueda darse ya a otro nivel más inmediato y simple: por ejemplo, en un ticket electoral conformado por Teodoro Petkoff para la presidencia y María Corina Machado para la vicepresidencia.
Hace dos años (12 de febrero de 2004) lo había sugerido esta carta en su número 73, cuando se presumía la revocación del mandato del presidente actual: “…María Corina Machado y Parisca. Su nombre pudiera entonces asomarse como magnífica opción para la Vicepresidencia Ejecutiva de la República. Vistas las atribuciones constitucionales de este cargo, podríamos estar muy tranquilos si en un futuro próximo la Vicepresidencia pasara a manos de la ingeniera Machado, joven, moderna, independiente, seria, eficiente, responsable, tenaz y serena. Cualquier Presidente de la República contaría en ella con una Vicepresidenta de lujo… La figura de María Corina Machado refrescaría de inmediato el tráfico político nacional. Una mujer joven, carismática, profesional, que ha dirigido la organización ancla de la sociedad civil con gran tino, eficacia y equilibrio, con imparcialidad que quisiera para sí el CNE, sería una contrafigura ideal a la perniciosa gestión de José Vicente Rangel, y probablemente crearía entusiasmo y un foco positivo hacia el futuro, cosa que nuestros nobles ‘Ni-ni’ esperan con angustia… La Presidencia es otra cosa. En nuestro criterio, dentro de la lista informal de candidatos que se manejan para la presidencia de transición, Teodoro Petkoff sería probablemente la opción preferible. Con suficiente experiencia política, hoy independiente, con carácter y energía suficientes, Petkoff es un presidente con quien todos podríamos vivir, incluso los chavistas… Estatura de estadista tiene, ciertamente, y experiencia concreta de gobierno, a la que aportó además de su trayectoria política su formación de economista… aquí se trata no sólo de gerenciar, sino de proveer una visión de Estado. Acoplado este capital a los evidentes talentos de la directora de Súmate, Petkoff y Machado pueden convertirse en dupla invencible”.
Seguramente esa fórmula tendría que combinarse sobre las diferencias ideológicas, los despojos de la suspicacia y las exigencias de pretensiones centrípetas, pero estoy seguro de que no hay muchas disponibles que, como ella, por efecto de un encuentro de potencia histórica, compondrían el antimicótico de amplio espectro que necesitamos para superar la actual micosis política. Izquierda y derecha reunidas, fórmula ambidextra para que esas distinciones periclitadas desaparezcan al final en síntesis que salte a la modernidad.
LEA
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FS #88 – Vacuna de Toro
LEA, por favor
El año de 1848 fue excepcionalmente agitado para los europeos continentales. Varias revoluciones hicieron temblar a los estados, comenzando por Francia, donde el fermento anunciado por Tocqueville trajo consigo la abdicación de Luis Felipe y la dimisión de Guizot, quien decía con insensabilidad característica: «Háganse ricos, entonces podrán votar». La enfermedad parisina se extendió a territorio de los Habsburgo, cuyo canciller, el príncipe Metternich, había sentenciado: «Cuando Francia estornuda Europa se resfría». El propio Metternich fue obligado a renunciar a su cargo, luego de lo cual corrió a refugiarse en Inglaterra, y es desde este país que el Manifiesto Comunista de Marx y Engels es lanzado, aunque su aparición fue mera coincidencia y no tuvo ninguna incidencia en los eventos continentales.
De este lado del Atlántico, más concretamente en Venezuela, el mismo año estuvo signado por una constante agitación política. Gobernaba en el país José Tadeo Monagas, que de hombre de Páez había devenido liberal de conveniencia, suscitando la reacción en su contra de la oligarquía conservadora. La muy amena y práctica Historia Política de Venezuela, de Manuel Vicente Magallanes, registra las vicisitudes de esta confrontación. En una sección—138. Los conservadores piden la intervención—de su capítulo decimocuarto (Conspiración oligárquica), Magallanes refiere los oficios vendepatria de Juan Manuel Manrique, Fermín Toro y el propio José Antonio Páez. La Ficha Semanal #88 de doctorpolítico reproduce íntegramente la sección mencionada.
Toro, por ejemplo, se dio el lujo de sugerir al encargado de negocios norteamericano de la época—Benjamín Shields—que pudiera enmendarse la plana de criterios muy firmes de Jorge Washington a favor del principio de no intervención. En su Discurso de despedida, de 1796, Washington había dicho: «Nuestra gran regla de conducta en lo que atañe a las naciones extranjeras es que, al extender nuestras relaciones comerciales, tengamos con aquéllas tan poca conexión política como sea posible. Ya que para estos momentos hemos contraído compromisos, permitamos que se cumplan con perfecta buena fe. Detengámonos aquí». (Referido en la Ficha Semanal #49, del 7 de junio de 2005).
No es, pues, invento contemporáneo la tendencia de algunos connacionales a voltear su esperanzada mirada hacia Bush, Rice o Rumsfeld, en busca de solución instantánea y eficaz a nuestros problemas políticos actuales. Siempre hay espíritus que eluden su responsabilidad nacional para solicitar a una potencia extranjera su intervención, y que olvidan, una y otra vez, las usualmente desastrosas consecuencias que sufren sus países cuando el país requerido les hace caso. Los italianos del norte debieron aprender con dolor, en su momento, las desgracias que trajo la solicitud de esta ayuda a los austriacos o los franceses, como mucho antes los egipcios pidieron la intervención de los romanos. Quizás los nuevos solicitantes de estas tierras crean que las glorias de gente como Páez o Toro, que las tuvieron, les ubiquen en buena compañía.
LEA
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Vacuna de Toro
Es cosa sabida el interés que ponen las grandes potencias en influir interesadamente en la política de los pequeños países. Las naciones latinoamericanas tienen una dolorosa experiencia a este respecto, desde su nacimiento. Venezuela no es precisamente de las que pueden vanagloriarse de constituir una excepción. Hasta 1848 algunos agentes consulares o diplomáticos habían logrado, con habilidad y malicia, inmiscuirse en nuestros asuntos y hasta participar en decisiones donde estaba implícita nuestra soberanía. Es ésta una verdad irrefutable. Pero que un venezolano pidiese a una nación extranjera su intervención en nuestros asuntos internos, para que mediase entre los bandos, aconsejase una política o impusiera un criterio, era cosa que no se había visto todavía. Y esto fue lo que hicieron algunos representantes del partido oligarca.
La cuestión tuvo su origen en la Junta de Gobierno de la provincia de Maracaibo. Alentada ésta por algunas publicaciones aparecidas en el New York Herald que hacían suponer que el Presidente Polk tenía disposición favorable a la tendencia paecista, resolvió enviar en misión especial a los Estados Unidos al señor Juan Manuel Manrique. Salió éste hacia Curazao a mediados de abril, desde donde escribió al señor Benjamín Shields, encargado de negocios de los Estados Unidos en Caracas, excitándolo a obrar de una manera eficaz a nombre de su gobierno «cerca del que continúa ejerciendo el general José Tadeo Monagas, para impedir que consume la obra principiada de destruir la forma de gobierno reconocido por la República y que continúe el derramamiento de sangre en una guerra fratricida que acaso podrá durar muchos años». Manrique hace un recuento de los recientes acontecimientos para hablar «sobre la necesidad en que, por simpatía y por la defensa de sus propios intereses, se encuentra el gobierno de los Estados Unidos de mezclarse en la cuestión política del país». Luego, como buen discípulo de Páez, revive las recomendaciones de éste en su carta del 31 de enero para Monagas. «Interponiendo su poderosa mediación—dice—para que el general Monagas, dejando obrar con entera libertad al Congreso, se someta al fallo de este Soberano Cuerpo, y cooperando de esta manera al restablecimiento del orden legal en Venezuela, el gobierno de V. S. Haría un importante servicio a la causa de la Humanidad y de la libertad americana». Cumpliendo las instrucciones que ha recibido de la Junta de Gobierno de Maracaibo—expresa—»y esperando con que el ilustrado gobierno de Su Señoría no permanecerá indiferente a la suerte de esta República, se atreve a suplicarle encarecidamente que, si estuviese en sus facultades, interponga su mediación cerca del gobierno del general Monagas para que, suspendiendo todas las hostilidades, convocando extraordinariamente al Congreso y dejándole en absoluta libertad para sus deliberaciones, se! someta en un todo a sus decisiones y quede así restablecido el imperio de la Constitución en Venezuela…» «Espera el infrascrito de su ilustración y del interés que debe tener por la preservación del orden legal en esta República—termina diciendo—, que implorará del Gobierno de los Estados Unidos las órdenes convenientes para obrar en este sentido o en el de una intervención eficaz, si fuere necesario».
No sabemos si Manrique seguiría viaje hacia Norteamérica, como era el encargo de la junta del Zulia, o si se limitó a enviar desde Curazao su representación a Shields, pero lo que sí podemos afirmar es que las ideas expresadas por él eran compartidas por los principales personeros del Partido Conservador de Caracas, lo cual queda demostrado en una carta de fecha 20 de mayo que, al mismo funcionario consular, envía el señor Fermín Toro. Esta carta, inserta por Parra-Pérez en su obra Mariño y Las Guerras Civiles, Tomo III, páginas 165 a 169, empieza así:
«El que suscribe, ciudadano de Venezuela, teniendo a la vista la excitación que en las actuales circunstancias de esta República hace la junta gubernativa de Maracaibo al señor Encargado de Negocios de los Estados Unidos para que interponga su mediación en los partidos beligerantes que hoy dividen la nación, ha creído oportuno hacer rápidamente algunas observaciones en apoyo de aquella solicitud y dirigirlas al señor Ministro por si creyese que merecen someterlas a la consideración de su gobierno».
Hace Toro ciertas apreciaciones sociológicas, describe el estado de adelanto en que se encontraba el país, el crédito moral que tenía en el exterior, el progreso de sus instituciones. Pero todo esto se alteró «por la reacción inesperada de un resto de barbarie que resiste todavía al espectáculo del orden y al influjo de la civilización». Mas la nación no es cómplice de ese crimen. Existen en Venezuela elementos de orden, amor a las instituciones, una sociedad culta y moral. Y basta el apoyo «de una gran nación para darles, sin derramamiento de sangre, el triunfo, y asegurarles sin violencia un imperio duradero». ¿Cuál es esa gran nación—Toro se pregunta—a quien la Providencia, en la profundidad de sus designios, ha conferido el humano y honroso destino de ejercer la protección, no de fuerza, sino de mediación y de consejo sobre esta sociedad que padece? «Sin duda—se contesta—, los Estados Unidos. No en vano El que fija la suerte de las naciones la ha colmado de todos los bienes de la tierra, ha puesto en su seno las fuentes más abundantes de riqueza y de poder, y la ha colocado a la vanguardia de otros pueblos más atrasados y venturosos».
Dice que los Estados Unidos han observado siempre el principio de no intervención, pero que los nuevos Estados sudamericanos han visto esa conducta con asombro y dolor. Encuentra que las antiguas máximas del gabinete de Washington comienzan a resultar estrechas para la dirección de un poder que impone un nuevo carácter a la política del mundo, y afirma que si la Europa entera se conmueve, la causa está en el ejemplo y en la influencia moral de los Estados Unidos.
Toro señala como el medio más conveniente, justo y legal, el indicado por la Junta de Maracaibo: la suspensión de las hostilidades y la convocación del Congreso con los mismos miembros que lo integraron originalmente. Según él éstos son medios de conciliación, que propuestos en una intervención amistosa por el Gobierno de los Estados Unidos, no serían rechazados por ninguno de los dos partidos. Además, esta mediación no parecería de ninguna manera extraña, pues las naciones europeas, bien por motivos políticos o por miras comerciales, no se descuidan en ejercer su influencia en las repúblicas hispanoamericanas. Y suponiendo que ni intereses comerciales ni políticos muevan a cambiar de conducta a los Estados Unidos, ¿son éstos acaso los únicos móviles de un gobierno? ¿No hay otros motivos para tomar parte en la suerte de otros pueblos? ¿Y la gloria, la honra y los deberes de humanidad? Hay una necesidad pública, un deber imperioso impuesto a los grandes poderes de la tierra: hacer el bien por amor al bien. Así se honran honrando la Humanidad y fijan en la opinión del mundo la alteza de su carácter y su dignidad moral.
Y ya para firmar termina así Don Fermín: «Con toda libertad, pero con el más profundo respeto y admiración, somete estas observaciones a la sabiduría, a la prudencia y a la humanidad del Gobierno de los Estados Unidos, el ciudadano de Venezuela, Toro».
Tanto la representación de Manrique, en nombre de la junta de Maracaibo, como la carta de Toro, respaldando la gestión, no eran más que dos formas de expresión de una misma intención conspirativa. Dos consecuencias habría podido tener la intervención norteamericana. Bien que Monagas aceptase las recomendaciones derivadas de ella, que no eran otras que las del grupo paecista, con lo cual se labraría su propio sepulcro; o bien que no las aceptara, lo que tal vez habría desairado al Gobierno norteamericano y colocado a éste al lado de los revolucionarios, prestándose a colaborar con ellos de manera material. Cualesquiera de las consecuencias eran buenas para los paecistas, pero el Gobierno de los Estados Unidos—no obstante el contenido de la nota oficial de Shields y las apreciaciones de su carta con que acompañó las representaciones que le fueron entregadas—optó por hacerse el indiferente ante aquellos planteamientos.
Pero si las actuaciones de Manrique y Toro, al invocar la protección norteamericana con el pretexto de salvaguardar las instituciones, podían ser cuestionadas, más todavía debían serlo las de Páez, quien en Curazao activaba la conspiración y preparábase para venir a restaurar su predominio oligárquico. Este general, olvidando su heroica participación en la guerra de independencia, irrespetando la gloriosa tradición de sus luchas, ocurre a los que menos debía ocurrir, por lo absurda que resultaba su conducta, a los españoles de Puerto Rico. En efecto, con fecha 20 de septiembre, por intermedio de su agente José Hermenegildo García, escribe al capitán general de esta isla pidiéndole ayuda para su empresa revolucionaria. La respuesta del representante del Gobierno español, copia de la cual fue encontrada entre los papeles decomisados en el vapor Scourge, tiene los escrúpulos que no supo tener Páez al solicitar la ayuda. «Siento mucho no poder recibir al señor García—contesta el capitán general Juan de la Pezuela el 30 de septiembre—, que me ha hecho entregar la comunicación de V. E. del 20 del corriente. Aunque como particular mis simpatías sean por los hombres de orden, en las costas de Venezuela tengo, como autoridad española, deberes que cumplir; y éstos me obligan a no mezclarme para nada en las disensiones que afligen a ese país tan desventurado, desde que sus naturales se rebelaran contra el gobierno de los Reyes que por tantos años los había hecho felices».
Esta carta fue publicada en el periódico El Patriota y produjo una reacción de reproche contra Páez. La indignación fue general porque veíase como una traición la conducta del general. Hasta sus mismos partidarios comentaban el hecho como una torpeza. Grave daño trajo para Páez esta carta y por mucho tiempo habría de repercutir negativamente en su reputación política.
Manuel Vicente Magallanes
LEA #179
«La imagen que proyectaremos del Presidente Chávez será fundamentalmente la del estadista. Cada pieza publicitaria que se use en la campaña se referirá al candidato como Presidente Chávez; del mismo modo se hará en cada discurso, cada declaración de prensa, etcétera. Así también la foto oficial de la campaña, que se usará en todas las piezas publicitarias y en el tarjetón electoral, mostrará al Presidente Chávez sonriente, con paltó y corbata, luciendo los símbolos del poder: banda presidencial, collar, Gran Cordón del Libertador. De idéntica manera se insistirá en los éxitos internacionales del Presidente Chávez, de modo que se le mostrará mucho en momentos de intercambio con otros jefes de Estado, presidentes o secretarios generales de organismos multilaterales. Por ejemplo, imágenes del Presidente Chávez en la toma de posesión de Evo Morales, en la Cumbre del MERCOSUR, etc.»
El párrafo precedente está tomado de un documento que lleva varias semanas circulando por las redes electrónicas, y ha sido presuntamente elaborado por el Comando Táctico Nacional del Movimiento Quinta República. En teoría, el texto contiene su «Plan de Campaña 2006» Su primera declaración establece el objetivo estratégico primario: «La estructura sigue a la estrategia. Este principio, clásico en la lucha política, comporta la pertinencia de definir el objetivo de la campaña como referencia estratégica central: derrotar a Bush reeligiendo al Presidente Chávez con 10 millones de votos como mínimo para acelerar y profundizar la construcción del proyecto de país contenido en la Constitución bolivariana, enrumbado por la vía definitoria del Socialismo Siglo XXI con especificidades venezolanas».
Chávez no ha ocultado su pretensión de hacernos entender que quien vote contra él vota a favor de George W. Bush. Así lo ha planteado desde que arrancó, una vez más ilegalmente, su campaña por la reelección. Quien ose competir contra él sería, en efecto, un traidor a la patria.
Por supuesto, tal cosa es una falsedad, como lo son centenares de otras especies puestas a rodar por el gobierno. No obstante, tiene su valor electoral, en el sentido que mucha gente pudiera creerla. Por esto no es una ayuda a la oposición la declaradera de Rice y Negroponte, o que pudiera pensarse en candidaturas sospechosas de vínculos con el gobierno norteamericano, o que se predique que, como Francia en 1944, no debiéramos tener escrúpulos ante una intervención de los Estados Unidos en nuestra actual circunstancia política. Hay quienes sostienen que la vía electoral es una ilusión, que de Chávez no se sale sino por la fuerza, y que hay que crear «una crisis de gobernabilidad» para que el gobierno caiga. Según ellos esta vez la crisis no sería un «carmonazo» o un paro petrolero, sino una abstención masiva, pues así lo habría demostrado el pasado 4 de diciembre. Como a la vez señalan que los militares venezolanos estarían totalmente controlados por Chávez, postulan que la puntilla debe venir de afuera.
Si el documento atribuido al MVR no es apócrifo, entonces su gente ve el asunto del modo siguiente: «El objetivo descrito comprende la necesidad de lograr que George Walker Bush no tenga margen de maniobra para instrumentar la estrategia de desconocer el resultado electoral. La ventaja del Presidente sobre quien ocupe el segundo lugar aunque sea la abstención debe ser abrumadora. De este modo Bush carecerá de pretextos para abrir un debate sobre Venezuela en la OEA o cualquier otro foro multilateral. Bush se ha planteado como objetivo estratégico internacional la toma de las riquezas (petróleo, gas, hierro, bauxita, oro, piedras preciosas, agua dulce, biodiversidad, ubicación geoestratégica) del Estado venezolano para lo cual es imprescindible la salida del presidente Chávez de Miraflores. El bushismo ha definido un plan de desestabilización del gobierno en el marco de la campaña electoral tratando de impedir que la misma transcurra y concluya con normalidad, a objeto de arrojar dudas sobre la legitimidad de la reelección e intentar someter el país a un tutelaje que conlleve nuevas elecciones bajo el control del bushismo».
¿Delirante paranoia? Por de pronto, ¿querrán allá arriba amarrar a sus locos, esos que ya han declarado que los Estados Unidos debieran considerar el asesinato de Chávez?
CS #179 – Prohibido pensar
En el «viejo modelo político» los caciques mandan, los héroes matan dragones, pero no tienen que pensar en la solución a los problemas públicos. De eso deben ocuparse, subordinados siempre a quienes mandan, los sabios que encuentran los significados y los brujos que producen menjurjes y encantamientos. Profesionales que encuentren soluciones. El modelo, el arquetipo, el paradigma en el viejo sentido de ejemplo, prescribe a quien detente o quiera detentar el mando el papel y el carácter de un combatiente. No en vano las imágenes con las que los actores políticos convencionales hacen autoreferencia tienden a ser las de «combatiente» o «luchador» político o social, y se refieren a la «arena» y a la «lucha» políticas y a los procesos de «vencer» y «derrotar».
Y piensan ellos, así como la mayoría de nosotros, que su papel consiste en «mandar». No en mandar a secas, lo que pudiese ser moderado si se restringiera al mando sobre los órganos ejecutivos del Estado, sino que se entiende como mandando sobre la Nación. Un antiguo candidato presidencial que, en plena campaña, declaró con la mayor frescura desconocer cuál es el modelo político que necesita Venezuela se refirió, en un conocido programa de televisión, a quienes pretendan «gobernar sobre un país». Y esta idea de que se gobierna sobre un país es, con seguridad, algo que debe ser cambiado, justamente, en un nuevo modelo político para Venezuela y, si a ver vamos, para cualquier país. No se gobierna sobre un país, se gobierna para un país.
Con un concepto de la política como mando es del único modo como pudo sostenerse una postulación de Irene Sáez para las elecciones de 1998 como la de una persona que no necesita ser particularmente docta o versada sobre los problemas públicos y sus posibles soluciones o los métodos con los que se puede generarlas, con tal de que pueda concitar a su alrededor a un grupo suficiente de personas capaces que son las que trabajan resolviendo los problemas y sobre las que se manda. (Luis Herrera Campíns, Presidente de COPEI y adalid de la candidatura Sáez, fue preguntado por las capacidades de su candidata y contestó: «No se preocupen, que modernamente el poder es compartido», con lo que quiso decir que él estaría tras bastidores cubriendo las deficiencias de la reina de bellezacondición que más tarde se atribuiría a Salas Römer).
Todas estas cosas pertenecen a la noción que encontramos en una antigua leyenda germánica, según la cual al comienzo del mundo sólo había dos clases de hombres: héroes y sabios. (Dicen que en algunas traducciones se lee justos en lugar de sabios). Según el mito los héroes se levantaban todas las mañanas dispuestos para la faena: conquistar castillos, derrotar bandidos, rescatar doncellas y matar dragones. Al caer el día cesaba la jornada; y entonces los héroes se dirigían a las cuevas de los sabios, para que éstos les explicaran el significado de sus hazañas, pues no sabían ni por qué ni para qué las emprendían.
El corolario fuerte es que los sabios, los brujos, no mandan, no pueden mandar, no se les debe permitir que manden, porque ellos no saben matar dragones ni vencer oponentes en las arenas políticas. Es lo que encontramos en el dictum de Argenis Martínez: «La característica general de la política venezolana hasta ahora es que si usted está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país, entonces usted ya perdió las elecciones».
No se concibe que quien ostensiblemente lea mucho, piense mucho, invente mucho, pueda ser un buen gobernante, sea un hombre capaz de acción, capaz de defenderse. Esta percepción va a cambiar, no obstante.
Desde hace ya algún tiempo es posible registrar una nueva irrupción del pensamiento y la inteligencia en el ámbito del poder. La revista Fortune titulaba hace uso años: «Ahora capital significa cerebro, no sólo dólares». Y citaba a líderes empresariales norteamericanos que decían cosas como las siguientes: que el capitalismo empresarial había dado paso a un capitalismo gerencial que ahora cedía el sitio a un «capitalismo intelectual»; que «la materia gris es tan diferente a los billetes que la economía neoclásica, con sus leyes de la oferta y la demanda y de los rendimientos decrecientes, no puede explicar adecuadamente cómo funciona su substancia»; que el capital intelectual producirá un profundo desplazamiento en la riqueza del mundo de los dueños de los recursos naturales a quienes controlen las ideas y el conocimiento.
Este proceso, que ya ha comenzado en el ámbito de la economía, no tardará en manifestarse con igual fuerza en el ámbito de la política, y cuando lo haga cambiará radicalmente el modo como ésta es practicada. Es probable que continúe habiendo un predominio de los «hombres de acción» en las cabezas ejecutivas de los Estados, de los partidos políticos, pero aun en este caso habrá un marcado aumento del espacio y la influencia de los «hombres de pensamiento» en la política.
Es probable que los hombres de pensamiento que se dediquen a la formulación de políticas se entiendan más como «brujos de la tribu» que como «brujos del cacique». Esto es, se reservarán el derecho de comunicar los tratamientos que conciban a los Electores, sobre todo cuando las situaciones públicas sean graves y los jefes se resistan a aceptar sus recomendaciones.
Pero también es probable que en algunos pocos casos algunos brujos lleguen a ejercer como caciques. En situaciones muy críticas, en situaciones en las que una desusada concentración de disfunciones públicas evidencie una falla sistémica, generalizada, es posible que se entienda que más que una crisis política se está ante una crisis de la política, la que requiere un actor diferente que la trate.
Y luego el nuevo paradigma político se extenderá por el planeta: uno en el que la inteligencia reivindique su espacio y su función y en el que los hombres intelectualmente más capaces no sean tratados como inhábiles políticos.
Vilfredo Pareto, sociólogo y economista italiano de principios de siglo, se ha hecho muy conocido en el ámbito empresarial, gracias a que sus «curvas» han devenido en concepto medular de la escuela gerencial de la «calidad total». También es el autor de La circulación de las élites. En este libro Pareto describe la configuración de poder más frecuente como aquélla en la que los hombres de acción, los «leones», son los que gobiernan. Pero también expone que cíclicamente los «leones» arriban ante atolladeros que no pueden superar, y deben venir entonces los «zorros» al gobierno, los hombres de pensamiento, los que dominan el «arte de la combinatoria», a resolver la situación. Según su esquema, los «leones» y los «zorros» se alternan cíclicamente; según Pareto las élites circulan.
Tal vez, entonces, estemos en Venezuela necesitando un desplazamiento, aunque sólo sea temporal, de «leones» por «zorros», de caudillos por filósofos. Tal vez estemos ante la necesidad de un nuevo ciclo de Pareto, y entonces recupere la vigencia la idea de un «retorno de los brujos», que fuera el título de uno de los libros de mayor influencia en la fértil década de los años sesenta.
Mientras no se generalice el cambio de paradigma necesario—y los cambios paradigmáticos son de suyo procesos de distribución general más bien lenta (por más que a nivel individual puedan darse casi instantáneamente)—tal vez sea posible admitir un tratamiento excepcional y transitorio a los más básicos y profundos problemas de la política venezolana, en el que se asegure una participación determinante de los «hombres de pensamiento» del país.
Es preciso admitir que ese cambio es difícil. Porque es que a la disposición habitual de la percepción, que como vimos tiende a negar al intelectual la posibilidad de mando, se une, tal vez, un miedo profundo a tal eventualidad.
En Poor Koko, John Fowles relataba la violencia aparentemente gratuita que un intelectual hace brotar de un ladrón más bien inculto, provisto tan sólo de un barniz de catecismo marxista, a quien vence en una discusión. Precisamente porque había sido vencido por las palabras del intelectual, el ladrón reaccionó con violencia especialmente cruel. No hay nada tan humillante como una derrota intelectual.
Una vez un politólogo que ahora es político me propuso la siguiente cuestión para debatir: ¿cuál es el deporte más violento? Él proponía que era el fútbol el deporte más violento. (Él lo practica). Yo le sugerí considerar al ajedrez. En el enfrentamiento igualitario de dos inteligencias no caben las excusas. No se puede diluir la responsabilidad entre los varios miembros de un equipo, ni se puede argumentar que un defensor corpulento, mucho más grande que nosotros, nos ha impedido con tácticas sucias. No hay nada tan humillante como una derrota intelectual. Y los intelectuales pueden ser particularmente crueles al inflingirla.
Así, pues, hay un trasfondo de miedo en el rechazo a la posibilidad de un gobernante intelectual. Ante él se tiene tanta aprensión como ante la mujer que es la vez bella e inteligente en grado sumo. Mientras más brillante sea el intelectual más se le teme.
Esto es hasta cierto punto natural. Puede con facilidad sentirse que una persona así tenderá al totalitarismo, basada en una conciencia egomaníaca que le haga pensarse superior a los demás. Pero si se es un verdadero intelectual se sabe que la inteligencia no es meritoria si no está al servicio de los demás, si no respeta y cree en la sabiduría superior del pueblo—»lo primero que debieran enseñar (las) escuelas (de política) es que el pueblo es más sabio y poderoso que el gobierno»—si se cree inmune al error. Por fortuna varios siglos de una ciencia más social y menos exclusiva, menos esotérica, han enseñado a quienes emplean sistemáticamente el pensamiento que las mejores teorías no son eternas.
Esto exige una manera diferente de entender la política. Exige, por tanto, un liderazgo ya no solamente programático, sino paradigmático. Y quienes pueden ejercer ese liderazgo no son otros que quienes encarnan el nuevo paradigma, y éstos se hallan entre quienes lo han inventado o ya lo han hecho suyo. Hasta que ese nuevo paradigma haya permeado para generalizarse, y pueda confiarse de nuevo el gobierno a un nuevo político convencional
Esto es posible en Venezuela. No digo que probable; afirmo tan sólo que es posible. La probabilidad irá en aumento, como ha venido siendo, con el crecimiento del mal. Que la mera posibilidad pueda convertirse en realidad efectiva dependerá, a la larga, del ineludible aumento de conciencia de los Electores venezolanos en general. En un cierto punto del futuro forzarán el cambio. Que esto pueda darse en un plazo más corto dependerá de la lucidez de las élites de poder del país: de ésas que asignan oportunidades y recursos, y que podrían, en un salto de conciencia que les justificaría como tales élites, abrir las puertas a la incruenta revolución, a la revolución mental que la magnitud de los problemas exige.
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LEA #178
Así como ya están en juego varias candidaturas o precandidaturas presidenciales en el tablero político nacional, proliferan ahora iniciativas de organización. La más reciente de la que tengamos noticia es una alianza—al estilo de la extinta Coordinadora Democrática—entre algunos partidos políticos y algunas organizaciones no gubernamentales. Ésta es la lista de asociados, en el orden en que aparecen al pie de un documento de presentación en sociedad (enviado por correo electrónico desde la dirección de la Asamblea de Educación): Primero Justicia, Movimiento Al Socialismo, Izquierda Democrática, Causa Radical, Solidaridad, Gente del Pueblo, Nueva Democracia, Asamblea de Educación y Compromiso Ciudadano.
Es notable, entre otras cosas, que a pesar de que Primero Justicia, que encabeza el elenco de organizaciones miembros (en un intento más de construir una «organización de organizaciones»), se retirara de las elecciones del 4 de diciembre, refrende un documento en el que se asegure que habría que devolver la esperanza a «…un país que ya sabe que ni la violencia ni la abstención son caminos útiles para la construcción de nuevas realidades». Asimismo aprecian los firmantes «…como positivo el gesto de Julio Borges al asumir la candidatura presidencial de su partido, así como la expectativa de sectores del país en torno a los nombres de Teodoro Petkoff y Manuel Rosales…» Curiosamente, ni Roberto Smith ni William Ojeda son saludados específicamente en el texto.
Por estos mismos días ha comenzado a circular la proposición de «Una dirección para la oposición», documento que viene suscrito por Roberto Casanova, Alonso Domínguez, Gerver Torres, Felipe Benites, Esteban Gerbasi, Carlos Blanco, Alfonso Molina, Trino Márquez, Eduardo Quintero N., Anabel Pérez M., Oscar García Mendoza y Amelvi Barrera. Así propugnan la constitución, mediante elecciones, de una «Junta Nacional de Oposición» llamada a la acción para «reconstruir el sistema electoral», «consolidar el proyecto alternativo de país», «definir la estrategia internacional» y «definir la estrategia de participación electoral». (Esta última debiera establecer «las reglas que garanticen unas elecciones primarias, populares y transparentes, para seleccionar el candidato unitario de la oposición», así como «los criterios para decidir sobre la participación o no de dicho candidato en la contienda electoral presidencial». Cinco del grupo de firmantes—Casanova, Domínguez, Torres, Benites y Barrera—son ejecutivos de «Liderazgo y Visión», sin contar a García Mendoza, que preside el Banco Venezolano de Crédito, el principal apoyo financiero de esta última asociación.
García Mendoza y Torres, por otra parte, así como Trino Márquez, son asimismo suscritores del comunicado que fue comentado aquí la semana pasada, y que expone la tesis del «mandato» o «mandatos» del 4 de diciembre, de la que el articulista Carlos Blanco, sumado a la idea de la «Junta Nacional de Oposición», es por cierto entusiasta y reiterativo expositor.
Resulta sorprendente que este último grupo—que a juzgar por artículo de Carlos Gutiérrez F. se convertirá en el «Movimiento 4 de diciembre» con un «…fuerte respaldo de la iglesia y los sectores constitucionalistas de la Fuerza Armada» y que en vez de «… a candidaturas, apuntan a un nuevo liderazgo para la modernidad…», lo que pareciera abstencionista y no participacionista—y en el que destacan varios abogados, como Marcel Granier, Oswaldo Álvarez Paz, Tulio Álvarez y Ramón José Medina, insista sobre la falsa especie del «mandato», o más bien de dieciséis «mandatos» supuestamente emitidos por el pueblo venezolano el pasado 4 de diciembre.
Y es que debieran conocer por su profesión que los mandatos no se presumen, sino que deben ser expresos, sobre todo aquellos que distingue José Luis Aguilar Gorrondona en su obra «Contratos y garantías»: «Después de conferir mandato para realizar toda clase de actos jurídicos, salvo para aquellos respecto de los cuales no cabe representación». Nuestro Código Civil dedica un título entero de su articulado a la figura del mandato, y dice en su artículo 1.688: «El mandato concebido en términos generales no comprende más que los actos de administración. Para poder transigir, enajenar, hipotecar o ejecutar cualquier otro acto que exceda de la administración ordinaria, el mandato debe ser expreso». Y en su artículo 1.689: «El mandatario no puede exceder los límites fijados en el mandato. El poder para transigir no envuelve el de comprometer». Es algo traído por los cabellos la noción de que una ausencia electoral, una falta de participación, equivalga a un mandato expreso.
Como se ve, cunde la imaginación organizativa, lo que revela la profunda necesidad de una organización política suficiente y eficaz, dado que obviamente ninguna de las actuantes cumple con esa condición. Quizás sea también necesaria la celebración de primarias para determinar cuál es la organización adecuada y aceptable, o la de un congreso «para la formación de una nueva asociación política» en el que pudiera discutirse las distintas formulaciones. Así fue propuesto hace ya 21 años, en el mes de febrero de 1985.
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