el blog de luis enrique alcalá de sucre
la política como arte de carácter médico (y otras cosas)CS #157 – Candideces candidaturales
Casi todo el mundo intuye que hace falta un líder. Si uno hace caso, como yo lo hago, de los hallazgos de los encuestadores serios del país, hasta una proporción importante de chavistas preferiría que otra persona sucediera a Chávez al comienzo de 2007. Alfredo Keller obtiene—en focus groups—el siguiente retrato hablado del líder ideal: «…preferiblemente hombre de imagen fresca, casado, con hijos, proveniente de estratos sociales bajos, con sensibilidad social, economista de profesión o vinculado con la política, con capacidad para trabajar en equipo y relacionarse con ‘cualquier persona’, luchador social, demócrata, innovador, con demostrada capacidad para gerenciar y delegar funciones, motivador, agradable, respetuoso, que sea capaz de cumplir lo que dice y capaz de transmitir confianza y seguridad. Además, los venezolanos concluyen que su líder debe evitar parecer maleducado, grosero, distante del pueblo, egoísta, orgulloso, violento y excluyente social». (Eugenio Martínez, El Universal, 25 de septiembre de 2005). Entre los precandidatos opositores más significativos ¿hay quien se acerque suficientemente a ese desiderátum?
Teodoro Petkoff es probablemente la figura que se ve más fuerte en el trasfondo, y se da por seguro que importantes actores de la vida nacional le apoyarían, como algunos dueños de medios y algunos entre los prestigiosos dirigentes de aquel Grupo Roraima que emergiera al inicio del gobierno de Jaime Lusinchi. (En aquella oportunidad destacaban en él Luis Augusto Vegas Benedetti—cuyas oficinas del edificio Roraima dieron su nombre al grupo—Marcel Granier, Gustavo Roosen, Eduardo Quintero Núñez—estos dos últimos, a la sazón, los principales ejecutivos del Grupo Polar—Philippe Erard—que comandaba las empresas de Corimón—Carlos Bernárdez y otros).
En el mismo trabajo de Eugenio Martínez otras dimensiones distintas del arquetipo kelleriano entran en juego. Por ejemplo, se menciona lo hallado por Hinterlaces, la encuestadora dirigida por Oscar Schemel: «¿Teodoro Petkoff? Hinterlaces no cuantificó alternativas de liderazgo ni intención de voto. Sin embargo, los focus groups revelan que Teodoro Petkoff y Álvarez Paz sólo son percibidos como candidatos presidenciales en las clases A y B. Las clases C, D y E los asocian con gobiernos pasados y consideran que no son consecuentes en sus planteamientos».
Petkoff ha dicho que está pensando sobre su candidatura. Julio Borges ha dicho que es candidato. Francisco Monaldi, del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello, cree que la oposición se va a polarizar en apoyo a un candidato que puede ser Borges o Petkoff, a pesar de que falta una definición a este respecto, pero que en todo caso esa figura perdería con 40% de votos ante un 60% que a su juicio obtendría el presidente «incumbente». (Monaldi destaca el rango actual de la candidatura Borges: entre 12% y 25% en distintas encuestas). Como es el único candidato explícito, Borges es el único formalmente obligado a hacer ofertas al electorado. Mientras se completa una «definición ideológica» anunciada para Primero Justicia, Borges ha ofrecido su juventud y algunas ocurrencias esporádicas. Por ejemplo, terciando en el brollo marqueseño, ha sugerido ayer que se entregue a campesinos sin tierra parte de los terrenos de Fuerte Tiuna. Supongo que considera a esta ocurrencia ingeniosa y de gran pegada política, como aquella de Henrique Salas Roemer de exaltar el «caracazo» de 1989 hasta la misma liga de la caída del Muro de Berlín y los acontecimientos de la plaza de Tiananmén, pues lo consideraba más democrático que la efemérides chavista del 4 de febrero.
En cambio promete hacer ofertas—y dice que éste no es el momento para hablar de su candidatura—Roberto Smith en la presentación de su movimiento «Venezuela de Primera»: «Vamos a presentar soluciones a todos los problemas y nos proponemos resolverlos con eficacia y honestidad, a partir de la creación de ‘movimientos regionales de primera’ en cada estado venezolano». Una de sus promesas viene formulada en spanglish: «full empleo», al tiempo que indica que pretende llevar a Venezuela a la categoría de país del «primer mundo». Algunos de sus colaboradores creen que un tal «primerismo» vendría a ser una formulación ideológica de superior potencialidad comparada con el liberalismo y el socialismo. A pesar de que en algún momento pareció despegar el ensayo de una tendencia a entenderse como un tal «movimiento de movimientos»—idea no totalmente pasada de moda en ciertos círculos opositores y hasta cierto punto lograda en la extinta Coordinadora Democrática (un movimiento de movimientos u organizaciones, en lugar de un movimiento de ciudadanos, que tal vez es lo que se necesitaría)—ahora reincide al presentar la iniciativa como «una unión de organizaciones nacionales y regionales que comparten inquietudes políticas sociales y culturales, pero que mantienen su identidad y autonomía». (Vivian Castillo, El Universal, 28 de septiembre de 2005).
«Venezuela de Primera» ha postulado candidaturas propias a la Asamblea Nacional en Aragua, Barinas, Carabobo, Cojedes, Lara, Miranda, Táchira y Distrito Capital. En cambio, en Amazonas, Monagas, Nueva Esparta, Portuguesa y Vargas ha consentido en apoyar candidaturas de otras organizaciones. (Esencialmente las de la alianza partidista de AD, COPEI, Primero Justicia, MAS, Proyecto Venezuela, etcétera). Es interesante notar que se haya decidido tal cosa para el estado Vargas, por cuanto fue allí donde se iniciara Smith en actividad política con su candidatura a la gobernación en las elecciones del 30 de octubre de 2004, y Cipriano Heredia, Director General de «Venezuela de Primera», ha explicado que las candidaturas no unitarias de la organización se justificarían porque en el primer grupo de circunscripciones «la dirigencia regional del partido ha trabajado intensamente en esas entidades, entrando en contacto directo con el elector». Ergo, tal cosa no habría ocurrido en Vargas, lo que tal vez explica por qué «Vargas de Primera» no obtuvo allí ni un solo concejal en las elecciones municipales de este año.
Hace no mucho se aseguraba en chisme político publicado que Smith intentaría convencer a Petkoff de que declinara su candidatura.
Hasta los momentos, por tanto, parece haber tres candidatos al abanderamiento de la oposición, del nuevo «polo democrático» que se opondría al nuevo «polo patriótico» (en el que tal vez ya no estén los Tupamaros, Lina Ron y Walter Martínez): Petkoff, que ha sido dos veces candidato presidencial, y Borges y Smith, que se estrenan en estas lides. No se vislumbra un mecanismo de elecciones primarias para dirimir este liderazgo opositor, que tantos analistas nacionales e internacionales echaron en falta para la ocasión del referendo revocatorio. Hoy como entonces parece haber una prioridad: fajarse con las elecciones parlamentarias de diciembre; hoy como entonces pudiera ser que tuviera razón lo que advirtiera Robert C. Helander, Socio Administrador de InterConsult LLP, en un foro en Internet sobre Venezuela (19 de agosto de 2003): «Parece que la oposición no ha podido reunirse alrededor de un candidato viable que pudiera unirla contra Don Hugo. Hay un viejo adagio en política que dice que no se puede derrotar a alguien con nadie» (You can’t beat somebody with nobody). A pesar de que la batalla por la Asamblea Nacional—ya la oposición no habla de conquistar la mayoría, y estaría muy conforme con evitar que el gobierno controlara dos terceras partes de la misma, lo que le permitiría aprobar un proyecto de reforma constitucional—parece ser algo muy distinto de una candidatura presidencial, lo cierto es que la clientela opositora requiere para todo una cabeza, un líder principal, una contrafigura de Chávez.
Pero las guerras no son una única batalla, sino una serie de varias, y un error estratégico gravísimo es confundir alguna batalla, por más importante que sea, con la última o definitiva. Por más crucialidad que pueda tener el tema de la reforma constitucional en la Asamblea Nacional—que se teme declare de una vez el socialismo del siglo XXI y la RBSS (República Bolivariana Socialista Soviética)—convendría al liderazgo opositor pasearse por el siguiente hecho: ni una mera enmienda, ni tampoco una reforma constitucional, tendrían vigencia hasta que no lo estableciera así un referendo aprobatorio. (Artículos 341 y 344 de la Constitución). La instancia verdaderamente final y definitiva sería ese referendo, independientemente de la calificación mayoritaria que pudiera alcanzar el gobierno. La batalla crucial se daría, no en el Capitolio, sino en el terreno de los Electores. (De hecho, la actual mayoría gobiernista pudiera aprobar hoy por mayoría simple las enmiendas que le vinieran en gana. ¿Por qué una mayoría tan abusadora como la dirigida por Nicolás Maduro no se ha atrevido a intentar el camino asequible de las enmiendas?)
………
Las precandidaturas mencionadas no están ni con mucho consolidadas. Pudiera imaginarse acuerdos posibles entre ellas. Por ejemplo, Borges y Smith pudieran proporcionar a Petkoff, el más sólido de la trinidad, el de mayor pegada y experiencia, maquinarias de alcance nacional de las que éste aparentemente carece, difiriendo sus aspiraciones, en virtud de su relativa juventud, para un más lejano 2012. Pero ninguna de las posibilidades parece haber excitado en demasía la imaginación de la tropa de oposición, al punto de que hace tan sólo una semana una hambrienta «sociedad civil» comenzaba a creer que Carlos Azpúrua, el líder de La Marqueseña, podría transmutar en «el líder de la oposición que hace falta». (Como en su momento, y en otro espasmo de impaciente esperanza, aquel coronel Soto de frustrada detención en la avenida Boyacá de Caracas, fue tenido por mesías durante unas cuantas horas).
En 1987, en trabajo titulado Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela, registraba que Bohdan Hawrylyshyn decía en Road maps to the future lo siguiente: «En química, puede uno disolver más y más sólidos en una mezcla hasta que se alcanza el estado de saturación. Un solo cristal adicional puede entonces precipitar a todos los sólidos fuera de la solución. La historia reciente muestra que los eventos pueden ser precipitados en una forma análoga en sociedades en las que se acumulan demasiadas tensiones. Lo que se requiere entonces es sólo un catalizador. En Portugal puede haber sido un libro publicado por un general. En Irán, que también tenía un ejército fuerte y una implacable organización de seguridad interna, fue la voz de Khomeini, oída directamente (como del cielo) en cassettes de audio. En Polonia, el Papa, durante su reciente visita, pudo haber desencadenado casi cualquier conjunto de eventos según su escogencia».
Y entonces hacía la siguiente afirmación: «Es nuestra impresión que la situación actual de la política venezolana corresponde a la situación de saturación descrita anteriormente en los términos de Hawrylyshyn. Por esta razón pensamos que ninguno de los nombrados en esta lista tiene la potencialidad de ser el ‘catalizador’ que cristalice, o mejor, canalice a su favor las tensiones. La gran mayoría de ellos han tenido ya exposición pública suficiente, por lo que, si hubiera sido percibido alguno como el líder buscado, hace tiempo ya que se hubiera producido la estampida y hace tiempo ya que esto se hubiera manifestado en los registros de opinión pública».
La estructura del problema sigue siendo la misma de hace dieciocho años. En orden decreciente, Petkoff, Borges y Smith han recibido mucha exposición. Sólo el último de este trío pudiera pretender en algo la condición de «outsider». («Preferiblemente hombre de imagen fresca», según la formulación que Alfredo Keller tamizara de sus focus groups). Habrá que ver si es capaz de convertirse en un verdadero candidato de primera.
Pero otro futuro posible es que ninguno quisiera posponer sus aspiraciones, y entonces el gobierno se divertiría mucho: «Divide y vencerás». Chávez y Rangel deben haber conversado bastante sobre la conveniencia de aupar—y hasta financiar—al menos una de estas candidaturas contra otra.
LEA
LEA #157
Las capitulaciones parecieran estar en el ambiente. Hace nada se pensaba que el affaire del fundo La Marqueseña proveería un mártir instantáneo, un líder prêt-à-porter en la persona de Carlos Azpúrua, pues éste habría asegurado que primero saldría muerto de la propiedad de su familia. Pero ahora Azpúrua nos habla de la amabilidad y generosidad del Presidente de la República, y ha rechazado las manifestaciones de apoyo de colegas ganaderos y estuvo dispuesto a las negociaciones que habría dirigido de su lado el ex Ministro de Hacienda de Jaime Lusinchi, Manuel Azpúrua. La esposa de Carlos Azpúrua, la señora Fifí Pantin, estuvo entre las pioneras de la lucha de calle contra el régimen, cuando sólo unas mujeres aguerridas se atrevieron a marchar para decir: «Con mis hijos no te metas», bastante antes de las megamarchas de 2002 a 2004. ¿Estará el gobierno cobrando eso?
Por los momentos no pareciera ser éste el caso de Lorenzo Mendoza, el Presidente de Empresas Polar, pues ha indicado que peleará la expropiación de sus silos barineses en terrenos tribunalicios. (Con el cinismo que le es tan propio, José Vicente Rangel ha declarado que si Mendoza no se dispone a negociar eso sería su problema, como si no se estuviera «ofreciendo» la negociación con una pistola sobre la cabeza del interlocutor). Pero un Chávez desconocido, ahora más conciliador que su Vicepresidente, le dice a Mendoza que le llamará para conversar y que no se debe romper «los puentes». En esa conversación anunciada ¿cobrará Chávez que a Mendoza lo tienen anotado como asistente a Miraflores el 12 de abril de 2002?
No es Chávez quien cobraría de la CANTV más de trescientos millones de dólares, sino sus jubilados, en cumplimiento de sentencia firme del Tribunal Supremo de Justicia. Pero ¿habrá autorizado Gustavo Roosen a su señora esposa, la indudable especialista en asuntos colombianos Beatriz de Majo, a publicar artículo en El Nacional en el que parece congraciarse con la política exterior del gobierno? Allí dice de Majo: «La hora venezolana en el proceso de paz colombiano está llegando. La posibilidad de convertirse en una pieza clave en la pacificación colombiana y de constituirse en el más importante elemento de la política de los últimos tiempos ha tocado a la puerta del gobierno revolucionario, y Hugo Chávez se ha agachado para recoger el guante. En efecto, el ofrecimiento del gobierno revolucionario de convertirse en acompañante y facilitador de las negociaciones de paz entre el ELN y el Gobierno colombiano es una de las más importantes y sagaces decisiones que este gobierno haya tomado en el plano internacional desde que Hugo Chávez se inauguró en el poder».
El artículo—Jugársela hasta la muerte—es verdaderamente agudo, revelador del profundo conocimiento que la autora posee acerca de Colombia, digno de leerse por lo inteligente y sensato. Pero ¿no hay un cuadre con el gobierno en el planteamiento? Por ejemplo, de Majo escribe de las bondades de la mediación de Chávez: «A la vez, Venezuela limpiaría su imagen de las acusaciones de connivencia con el terrorismo guerrillero, se evidenciaría como el mejor amigo del pueblo de Colombia y daría un portazo en la nariz de los Estados Unidos, esgrimiendo la argumentación de que a pesar de haber invertido 3.500 millones de dólares en colaborar con el Gobierno colombiano, los americanos no han conseguido sino distanciar a las partes del conflicto». A mitad del artículo, por otra parte, la autora menciona a Francisco Galán, el líder del ELN recientemente liberado, para citar sus palabras: «se jugaría hasta la vida por la paz colombiana». Preparación retórica para cerrar el artículo así: «Nadie está más consciente que Uribe que el revolucionario venezolano es de los que saben, al igual que Galán, jugársela hasta la muerte».
Lo que me llevó a recordar un pasaje en thriller de Agatha Christie (Destination Unknown, 1954), y que no debiera ser traducido para preservar el inglés tan inglés de la reina de la novela policíaca:
«When all this comes to an end?» Hilary repeated. «But why should it come to an end?»
«One must have the common sense,» said Dr. Barron, «nothing is permanent, nothing endures. I have come to the conclusion that this place is run by a madman. A madman, let me tell you, can be very logical. If you are rich and logical and also mad, you can succeed for a very long time in living out your illusion. But in the end»—he shrugged—“in the end this will break up. Because, you see, it is not reasonable, what happens here! That which is not reasonable must always pay the reckoning in the end. In the meantime»—again he shrugged his shoulders—»it suits me admirably».
LEA
FS #65 – Un mal negocio
LEA, por favor
Después de la Revolución Francesa, las fuerzas de la Revolución Industrial continuaron cambiando la estructura y la dinámica de las sociedades. La emergencia de las grandes masas proletarias en las naciones industrializadas auspició la formación de una conciencia de clase y una variada panoplia de proposiciones socialistas. Carlos Marx las consideraba «socialismos utópicos», y se complacía en presentar su propia receta como la única que sería «científica».
Alguna base hubo para esa pretensión. En fin de cuentas, propuestas como las de Robert Owen o Charles Fourier contenían poco más que una emoción romántica y la expresión reivindicadora de una inconformidad con la situación de la clase obrera. Marx se había tomado al menos el trabajo de construir en El Capital un análisis profesional—de economista—acerca del fenómeno de la explotación capitalista. También creía haber enmendado la plana a Jorge Guillermo Federico Hegel en la comprensión de la historia, al sostener que la dialéctica hegeliana debía ser sustituida por sus «científicos» materialismo dialéctico y materialismo histórico.
En ciencia, sin embargo, la bondad de las teorías es implacablemente juzgada por los hechos. La teoría marxista—Lenin—del imperialismo moderno de fines del siglo XIX y principios del XX adjudica a la dominación colonial un sentido estrictamente económico. (Marx postuló que sólo las relaciones económicas dentro de una sociedad bastaban para explicar el movimiento de la historia). Resulta ilustrativo, por tanto, examinar la realidad histórica para decidir si el marxismo es en verdad un discurso científico. (Sobre razones estrictamente lógicas Karl Popper ha asentado su opinión de que el materialismo histórico no lo es, tanto en su discusión general La lógica del descubrimiento científico como en su trabajo especial La pobreza del historicismo).
En The European World, una sobresaliente historia sinóptica de la civilización europea escrita por Jerome Blum, Rondo Cameron y Thomas G. Barnes, se examina la justificación económica del imperialismo. Esta Ficha Semanal #65 de doctorpolítico reproduce ese análisis, contenido en dos secciones del capítulo El renacimiento del imperialismo occidental, de esa obra. Los autores en absoluto absuelven a ese imperialismo; por lo contrario, denuncian «el sufrimiento y la dislocación» que ese proceso impuso a los países sojuzgados por Occidente. Pero desnudan, auxiliados por los hechos, la poca sustancia de la explicación marxista del fenómeno y, por ende, ponen de manifiesto lo poco de científico que tiene esa ideología.
LEA
……
Un mal negocio
Una de las más populares explicaciones del capitalismo moderno concierne a la necesidad económica. De hecho, el imperialismo moderno es a menudo referido como «imperialismo económico», como si formas previas del imperialismo no tuviesen contenido económico. Hay apenas suficiente evidencia empírica a favor de estas explicaciones para hacerlas plausibles.
Una tal explicación va como sigue: (1) la competencia en el mundo capitalista se hace más intensa, resultando en la formación de empresas de gran escala y la eliminación de las pequeñas; (2) el capital se acumula en las grandes empresas más y más rápidamente, y ya que el poder adquisitivo de las masas es insuficiente para adquirir todos los productos de la industria de gran escala, la tasa de ganancia declina; (3) a medida que el capital se acumula y la producción de las industrias capitalistas deja de venderse, los capitalistas recurren al imperialismo con el fin de obtener control político sobre áreas en las que pueden invertir su capital excedentario y vender sus productos excedentarios. Tal es la esencia de la teoría marxista del imperialismo o, más bien, la teoría leninista, por cuanto Marx no previó el rápido desarrollo del imperialismo aunque vivió hasta 1883. Sobre los fundamentos de la teoría marxista, y en algunos casos modificándola, Lenin publicó su teoría en 1915 en el ampliamente leído panfleto Imperialismo, la etapa más avanzada del capitalismo.
Lenin no era ni con mucho la primera persona en adelantar una explicación económica del imperialismo. Había tomado mucho prestado de John A. Hobson, el crítico liberal británico del imperialismo, quien a su vez había adoptado en forma revisada muchos de los argumentos de los partidarios del imperialismo en los países capitalistas. Uno de estos era el capitán A. T. Mahan, un oficial naval norteamericano que influyera fuertemente sobre Theodore Roosevelt, el exponente principal del imperialismo en América. El dictum de Mahan era «El comercio sigue a la bandera». Otro capitalista defensor del imperialismo era Jules Ferry, un periodista y político francés que fue dos veces primer ministro y principal responsable por las más grandes adquisiciones coloniales de Francia. Es interesante que en ambas ocasiones su política de anexión colonial le costó el primer ministerio; pero los franceses, como los británicos, encontraron difícil retirarse una vez que se habían comprometido con una conquista o anexión particulares. Es igualmente interesante que Ferry no utilizó argumentos económicos para defender sus acciones ante la asamblea francesa; en su lugar enfatizó el prestigio de Francia y la necesidad militar. Sólo después de que se hubiera retirado permanentemente de los cargos públicos escribió libros que justificaban sus acciones en los que por primera vez destacaba las ganancias económicas que Francia supuestamente obtendría de su imperio colonial.
En muchos casos los abogados del imperialismo eran meros oportunistas. Periodistas que buscaban vender sus libros y artículos; políticos que buscaban su elección a cargos públicos; oficiales militares y navales que buscaban mayores asignaciones de dinero para sus ejércitos y escuadras. Trataron de lograr sus fines mediante la persuasión del público general, así como de los hombres de Estado y burócratas, de que el imperialismo sería bueno para la nación. El surgimiento de las nuevas naciones industriales y las importaciones masivas de productos del Hemisferio Occidental y de Australia habían hecho crecer las presiones competitivas tanto en la industria como en la agricultura. Una severa depresión que comenzó en 1873 inició una larga declinación en los precios que duró hasta 1896. Estos eventos precipitaron el retorno a los aranceles proteccionistas. Aun cuando los aranceles continuaron creciendo en las dos últimas décadas del siglo, no produjeron los resultados deseados. Las ventas y las ganancias aumentaron para algunos industriales y agricultores, pero disminuyeron para otros empeñados en las industrias de exportación. Las masas—los obreros, los profesionales asalariados, incluso los propios agricultores—pagaron el costo de esta protección, que generó agitación social y descontento y estimuló el crecimiento de los sindicatos y los partidos socialistas.
Es en este punto cuando los defensores del imperialismo dieron un paso al frente con sus argumentos a favor de la expansión. Argumentaban que además de ofrecer nuevos mercados y desahogo para el capital excedentario, las colonias proveerían nuevas fuentes de materia prima y servirían como desahogo para las poblaciones rápidamente crecientes de las naciones industriales. Muchos hombres de negocios creyeron en los argumentos, y unos pocos se enriquecieron aprovechando posiciones privilegiadas en las colonias. Otros aprobaban las aventuras imperialistas como un medio de prevenir la agitación y una posible revolución al agitar el sentimiento patriótico y nacionalista y distraer la atención de otros asuntos políticos, económicos y sociales. Es por tanto razonablemente claro que la creencia en la necesidad de expansión económica en las áreas coloniales fue importante para la motivación de las políticas imperiales. Que esa creencia haya estado justificada o no es una cuestión diferente.
El argumento de que las colonias servirían como desahogo para la población excesiva es fácilmente visible como falaz. La mayoría de las colonias estaba localizada en climas que los europeos encontraban opresivos. La mayoría de los emigrantes prefirió ir a países independientes, como los Estados Unidos y Argentina, o a los territorios autónomos del Imperio Británico. Es verdad que las colonias proveyeron en algunos casos nuevas fuentes de materia prima, pero el acceso a las materias primas o a cualquier producto comprable no requería el control político. De hecho, América del Norte y del Sur, junto con los dominios autónomos de Australasia fueron los más grandes proveedores de materia prima para la industria europea.
También era falaz la justificación de las colonias como mercado para las manufacturas excedentarias. Las colonias ni eran necesarias para este propósito ni fueron empleadas para eso una vez que fueron adquiridas. Antes de 1914 poco más de un 10 por ciento de las exportaciones de Francia iba a las colonias francesas. Las colonias estaban demasiado poco pobladas y eran demasiado pobres para servir como mercados de importancia. Más aún, como en el caso de las materias primas, el control político no era requerido. India, «la joya más brillante de la corona británica», era ciertamente un gran mercado, puesto que a pesar de su pobreza compraba grandes cantidades de mercancía europea—pero no sólo de Inglaterra. Los alemanes vendían más en India que en todas sus propias colonias reunidas. Francia vendía más a India que a Argelia. Más aún, tan importante como era India para los manufactureros británicos, éstos vendían mucho más a Australia, que sólo tenía una fracción de la población de India. A pesar de aranceles proteccionistas, las naciones industriales imperialistas de Europa continuaron comerciando predominantemente entre ellas mismas. El más grande mercado exterior para la industria alemana era Inglaterra, y uno de los más grandes mercados para la industria británica era Alemania. Francia era un gran suplidor y a la vez un gran cliente de Inglaterra y Alemania. Los Estados Unidos fueron también un gran cliente y suplidor de los países europeos.
Quizás el argumento más importante del imperialismo como fenómeno económico era el concerniente a la inversión de capital excedentario, por lo menos en la teoría marxista. De nuevo aquí los hechos no substancian la lógica. Inglaterra tenía el imperio más grande y las mayores inversiones extranjeras; pero más de la mitad de las inversiones extranjeras británicas fue a países independientes, especialmente los Estados Unidos, y a los territorios autónomos. Los hechos respecto de Francia son aun más sorprendentes: menos del 10 por ciento de las inversiones extranjeras francesas antes de 1914 fue a las colonias francesas. Los franceses invirtieron fuertemente en otros países europeos y en América Latina. Rusia sola, ella misma una nación imperialista, absorbió más de una cuarta parte del capital francés exportado; y los franceses invirtieron en Alemania y Austria-Hungría, con los que más tarde estarían en guerra. Las inversiones alemanas en sus colonias fueron insignificantes. Algunas de las naciones imperialistas eran en verdad deudores netos; éstas incluían a Rusia, Italia, España, Portugal y los Estados Unidos.
Así, la idea de que el imperialismo era una necesidad económica para las naciones industriales altamente desarrolladas es esencialmente falaz, aunque contenga algunos elementos de verdad y plausibilidad. La más crucial prueba de validez del argumento económico es la siguiente: ¿resultó rentable el imperialismo? Y en ese caso ¿para quién?
Esta cuestión tiene muchos aspectos, y una contestación completa sería muy compleja. En términos gruesos, el imperialismo no fue rentable en un sentido estrictamente pecuniario. Con pocas excepciones, de las que India fue la más importante, los impuestos recolectados en las colonias rara vez bastaron para cubrir los costos de la administración rutinaria, mucho menos los de la conquista. Se adujo, sin embargo, que los beneficios indirectos del incremento comercial hicieron que la aventura valiera la pena. Aquí las estadísticas son difíciles de desentrañar e interpretar. El comercio colonial, ciertamente, no significó gran cosa en el comercio internacional; y en algunos casos, notablemente en Francia y Alemania, el valor total del comercio con las colonias no alcanzaba el gasto incurrido en obtenerlo y mantenerlo.
Es indudable que algunos individuos hicieron enormes fortunas en aventuras coloniales—siendo Cecil Rhodes el ejemplo sobresaliente—y que muchos otros pudieron obtener modestos medios de vida; pero los beneficios no fueron en ningún caso equitativamente compartidos. Hubo de recaudarse impuestos en las naciones imperiales para pagar las expediciones militares y navales y las guarniciones y los funcionarios que administraban las colonias, así como las obras públicas cualesquiera que éstos construyeran. La mano de obra debió ser distraída de otros usos para nutrir los ejércitos, las flotas y los servicios coloniales. Bajo el sistema de imposición prevaleciente en Europa, la mayor parte del dinero de los impuestos procedía de los trabajadores ordinarios y los agricultores, que no tenían interés pecuniario, directo o indirecto, en las colonias. En efecto, el ingreso y la riqueza fueron redistribuidos por el proceso de imposición y el gasto; las masas pagaron los costos, los beneficios fueron cosechados por unos pocos. Los costos finales, sin embargo, deben ser calculados por el sufrimiento y la dislocación de los pueblos sujetos al imperialismo occidental, así como por las rivalidades y frustraciones generadas en la carrera por la supremacía colonial—rivalidades que condicionaron psicológicamente a Europa para la guerra y fueron en sí mismas factores que condujeron a la guerra. Estos costos están siendo pagados todavía.
Jerome Blum, Rondo Cameron y Thomas G. Barnes
CS #156 – Bravura barata
En casa sólo dispongo del Diccionario Manual e Ilustrado de la Lengua Española, editado para la Real Academia Española por Espasa-Calpe. La versión que me regalaran en Maracaibo corresponde a la cuarta edición revisada, de 1989, y «tiene como base fundamental el Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española, vigésima edición, Madrid, 1984». Ese volumen me informa que, al menos para esa fecha, podía entenderse por «perdonavidas» al «Baladrón que ostenta guapezas y se jacta de valentías o atrocidades». Quise buscar la definición exacta justamente luego de que terminara de escuchar al presidente Chávez decir—el martes pasado—que «el Estado» pagaría las expropiaciones de terrenos urbanos ociosos según el Estado «pudiera», por ejemplo con un documento que se cobrase a él en 2030, con aires de perdonavidas, pues más tarde sugirió con magnanimidad fingida que a cada quien se le reconocería y se le pagaría en dos o tres cuotas. En mi castellano no académico creía que un perdonavidas era un guapo, un matón que de vez en cuando perdonaba, con lo que reforzaba la imagen de su poder.
Luego, como es natural, quise estar seguro del significado de «baladrón», y allí mismo hallé: «Fanfarrón que, siendo cobarde, blasona de valiente». Y para estar el triple de seguro busqué «fanfarrón»: «Que se precia y hace alarde de lo que no es y en particular de valiente».
Es muy fácil jactarse desde el poder. Es muy fácil ser valiente desde una posición de fuerza. Como Sucre nos enseñara, del triunfo lo que debe desprenderse es suavidad, y hay personas para las que esa conducta es imposible.
………
Chávez no dice las cosas por nada. Cuando se le señala que más de la mitad de las tierras agrícolas ociosas son del Estado entonces contesta que sí, que justamente las tierras son del Estado, porque precisamente el territorio es del Estado, y que si el territorio está exactamente formado por las tierras, entonces cabalmente las tierras son del Estado.
Esto no es un comentario casual. No en quien sostiene que ser rico es malo. En quien rehúsa escuchar quejas laborales y populares y cree superarlas presentándolas como comportamiento capitalista y por consiguiente revolucionariamente indebidas. Ni siquiera las cooperativas deben arrojar ganancias. Para Hugo Chávez todo lo apropiable es, en el fondo, del Estado.
Por eso es que la Constitución ya no le sirve: es una constitución moribunda más. Un papel no puede ser superior a una voluntad, pero para superar un papel constitucional se requiere una voluntad de héroe. El héroe es el Estado, y él fijará su propia constitución. Chávez no se piensa a sí mismo como poder constituido, sino como poder constituyente. Así se presentaba ya una mañana de enero de 1999 en La Viñeta, cuando sostuvo que él tenía poderes constituyentes. Poco después pretendería preguntar a la ciudadanía si le daba poderes totales en cierto tema constituyente—»¿Autoriza usted al Presidente de la República para que mediante un Acto de Gobierno fije, oída la opinión de los sectores políticos, sociales y económicos, las bases del proceso comicial en el cual se elegirán los integrantes de la Asamblea Nacional Constituyente?»—y su difunto corifeo Omar Meza explicaba en Sartenejas que la ley habilitante, que por esos días se discutía, tenía el mismo propósito que la constituyente: darle todos los poderes a Hugo Chávez.
Pero ¿qué ha representado para el país que Chávez sea plenipotenciario, todopoderoso? El Estado venezolano es el dueño de más de la mitad de las tierras agrícolas ociosas del país. ¿Qué ha impedido que en casi siete años de dominio chavista, casi cinco años desde la promulgación de la Ley de Tierras y Desarrollo Agrícola, el Estado constituya fundos zamoranos o maisantinos con el latifundio más grande que es el suyo? Y al no conceder espacio a la ganancia, ni títulos individuales sino cooperativos ¿no está creando siervos de la gleba en un sojuzgamiento que no se veía desde la Edad Media?
No se trata de que sea nuevo el repudio constitucional al latifundio y la institución de la reforma agraria. Así estipulaba el Artículo 105 de la Constitución de 1961, con la que se comenzó una democracia que ahora se echa de menos: «El régimen latifundista es contrario al interés social. La ley dispondrá lo conducente a su eliminación, y establecerá normas encaminadas a dotar de tierra a los campesinos y trabajadores rurales que carezcan de ella, así como a proveerlos de los medios necesarios para hacerla producir».
Tampoco se trata de desconocer problemas estructurales de lo agrario nacional. Una indudable autoridad en la materia, el profesor de la Universidad Central de Venezuela Olivier Delahaye, reporta: «El monto total del crédito agrícola (público y privado) ha estado fuertemente correlacionado (0,821) con el precio de la tierra agrícola entre 1960 y 1997, mientras no se observa relación significativa con el valor de la producción. Esto nos induce en pensar más en cuál puede ser el resultado más importante de los programas de créditos agrícolas en su forma tradicional: ¿el crecimiento del patrimonio de los propietarios de tierras, o el aumento de la producción?» (La discusión sobre la ley de tierras: Espejismos y realidades, Revista SIC No. 647, 25 de agosto de 2004).
Pero el mismo profesor Delahaye debe admitir que en el mismo lapso se ha manifestado una desconcentración de la tenencia de la tierra. Las propiedades de más de mil hectáreas, que a comienzos del período comprendían 71,7% de la superficie de explotación agrícola nacional, para el cierre del lapso representaban 46,4% de la misma. Por su lado, las explotaciones pequeñas (menores de 50 hectáreas) mostraron un pequeño avance al pasar de 8% a 10,7%. El mayor crecimiento se produjo en el segmento de los fundos medianos (entre 50 y 1.000 hectáreas), que de 20,3% de la Superficie de Explotaciones Agrícolas (SEA) al inicio del período pasó a 42,9% al cierre del mismo.
Luego Delahaye hace una observación muy interesante: «Tal desconcentración no es producto de la reforma agraria; el mercado de la tierra ha sido mucho más activo en este período; un examen del intercambio anual de la tierra entre 1958 y 1997, en 6 distritos representativos de las distintas situaciones agrarias existentes en el país muestra que, en general, se intercambió anualmente más de 4% de la SEA en el mercado. Es decir, que el mercado de la tierra (que sea formal, es decir, en tierras de propiedad privada, o informal, en tierras del Instituto Agrario Nacional) resulta sustancialmente más activo en la reestructuración de la tenencia, que la reforma agraria (la cual no afectó nunca más del 2,5% de la SEA)».
Ojo. Delahaye también pone crudamente de manifiesto las imperfecciones del mercado, al señalar que a pesar de una mayor eficiencia productiva de las unidades medianas y pequeñas, tal cosa no se refleja en la tenencia relativa. Para 1971 las pequeñas unidades de explotación agrícola producían más de la mitad de la producción vegetal venezolana, pero sólo cubrían 7,58% de la superficie de explotación. En teoría, ya no por razones de una manida justicia social, sino en función de la eficiencia productiva, convendría al país que fuera menor el promedio de la superficie de las unidades de explotación agrícola. (El asunto es distinto si se tata de actividad ganadera).
Pero, como han destapado en sucesión cronológica un editorial del diario Tal Cual, un artículo de Manuel Caballero en El Universal y otro de Agustín Blanco Muñoz en el primero de los periódicos, no parecieran ser consideraciones como las de Delahaye las que impulsaron la intervención del hato La Marqueseña, sino un reconcomio ancestral del Presidente de la República, quien confió al último de los nombrados que las tierras poseídas por la familia Azpúrua serían en realidad de sus antepasados. (De los de él, Hugo Chávez Frías). Es preciso ser muy inescrupuloso con el poder para permitir que las tierras que el Presidente de la República reclama estén entre las primeras intervenidas.
………
El presidente Chávez se excusó una vez por su altanería. Al regresar de su detención de dos días en abril de 2002, se desdijo del desprecio con el que despidió en público a unos ejecutivos de PDVSA, les reenganchó y retiró al presidente que acababa de nombrar en la empresa y que disgustaba a la mayoría de sus trabajadores. Claro, venía de un susto mayúsculo que logró bajarle la cresta por un tiempo, al menos en público. Por ahora las contrariedades que le esperaban en el estado Bolívar le han causado más ira que miedo, y sigue en su insolencia cuando se refiere a casos como el de La Marqueseña y la extiende a la amenazante baladronada de los terrenos urbanos.
Nada ha desnudado más al presidente Chávez que recibir en su contra tácticas que parecieran de Evo Morales. Su contacto con quienes reclamaban en Puerto Ordaz una variada gama de reivindicaciones preteridas y promesas incumplidas, fue a distancia de helicóptero, y no se atrevió o dignó recibir al pueblo en protesta. Él cree que no aprendemos, y que la arbitrariedad le continuará reportando popularidad, aun cuando la vuelva contra el pueblo mismo. Están doblando sus campanas.
LEA
LEA #156
Al menos en mi caso los nombres de Bagdad y Basora pertenecían a Las Mil y Una Noches. Eran las ciudades requeridas para contar las aventuras de Simbad el Marino. Ahora forman parte de nuestra cotidianeidad, pues los antiguos enclaves de Saddam Hussein son noticia dramática desde hace décadas, y hoy son territorio ocupado por los Estados Unidos y sus aliados.
Para uno de ellos la cosa se le ha puesto fea. Funcionarios iraquíes han acusado a las tropas británicas estacionadas en Basora de arrogancia y conducta bárbara, luego de que arremetieran con tanques de guerra contra una estación de policía donde estaban detenidos dos soldados ingleses. Ya no son terroristas partidarios de Hussein o de bin Laden quienes protestan la presencia inglesa. Por unanimidad de sus 41 miembros, el Consejo Provincial de Basora ha aprobado una resolución por la que suspende toda cooperación con los soldados de Su Majestad Británica, hasta que se reciban formales excusas y satisfacciones y compensaciones materiales para los familiares de los muertos y los heridos resultantes. Unos 200 iraquíes—la mayoría policías indignados—protagonizaron una airada marcha de protesta contra Albión, la pérfida. Esto delante de un telón de fondo de continua actividad violenta de los insurgentes.
En Estados Unidos mismos ni la tragedia de Luisiana ha relegado el tema de Irak al olvido. Ya hay analistas que comparan la retórica de Bush sobre la injustificable ocupación con la que empleaba Lyndon Johnson en los días finales de la guerra de Viet Nam. Kathleen Hall Jamieson, Directora del Centro Annenberg de Políticas Públicas de la Universidad de Pennsylvania explicó: «Cuando una guerra es prolongada y no es demostradamente positiva, las líneas argumentales disponibles a un presidente están seriamente constreñidas. Demócrata o republicano, los sesenta o la primera parte del siglo 21, uno va a oír una retórica común». Por ejemplo, al confrontárseles con la evidencia de crecientes bajas, tanto Johnson como Bush aducen como razón para seguir peleando los muertos que ya ha habido.
Naturalmente, los partidarios del gobierno norteamericano niegan cualquier parecido entre Irak y Viet Nam. Pero lo que se está comparando, no obstante, es la similitud retórica de dos presidencias separadas por cuatro décadas. Johnson y Bush, por ejemplo, emplearon ambos alusiones a la etapa formativa de los Estados Unidos para justificar su bélica presencia en tierras que buscarían su libertad y una forma democrática de gobierno. Tal vez el absurdo es más evidente en Bush, que ha dicho: «Tal como los fundadores de nuestra propia nación hace más de doscientos años, los iraquíes están luchando con problemas difíciles, tales como el papel del gobierno federal. Lo que es importante es que los iraquíes atacan ahora esos problemas mediante el debate y la discusión, no frente a un cañón». (¿?)
LEA
FS #64 – Idea de civilización
LEA, por favor
No es frecuente que una mente ilustrada llegue a ocupar altos cargos públicos en su sociedad. Por esto resaltan como caso atípico la obra y trayectoria de François Guizot (1787-1874), quien llegara a ejercer la cabeza del gobierno de Francia entre 1840 y 1848, después de que hubiera establecido una sólida reputación académica con cuatro obras históricas. (Historia del Gobierno Representativo, Historia de la Revolución Inglesa, Historia de la Civilización en Europa e Historia de la Civilización en Francia). Ya a sus veinticinco años de edad había sido nombrado profesor de historia moderna en la Universidad de la Sorbona.
Como puede verse, el tema de la civilización era preocupación central de Guizot. Antes había abandonado sus estudios de Derecho para dedicarse a la investigación histórica y la literatura. Su dominio del inglés puede colegirse de su traducción al francés (con notas) de la obra de Gibbon, Decadencia y Caída del Imperio Romano.
En política adoptó un punto de vista conservador, favorable a la monarquía. No era para menos. Su padre había sido llevado al cadalso durante el Reino del Terror en 1794. La postura conservadora de Guizot le valió un puesto en el gobierno de Luis XVIII (1814). No obstante, sus ideas eran demasiado liberales para el gusto del monarca, y al poco tiempo fue despedido. En 1820 regresó a sus clases en la Sorbona.
El sucesor de Luis XVIII, Carlos X, era aun más retrógrado que su antecesor, y llegó a prohibir a Guizot el ejercicio de su cátedra en 1822. Es entonces cuando emprende sus grandes obras de historia. Seis años después un cambio en el gobierno permite su regreso a la universidad, donde fue recibido con aclamación y una entusiasta audiencia para las clases que ofreció durante dos años. La primera de las clases la dedicó al tema de la civilización. Esta Ficha Semanal #64 de doctorpolítico contiene los fragmentos que escribió, con característico estilo decimonónico, sobre la definición del concepto.
En 1830 regresó a la vida política al resultar electo a la Cámara de Diputados, y luego nombrado en varios ministerios, hasta que diez años más tarde fue nombrado Ministro de Asuntos Exteriores, lo que le convirtió en jefe del gobierno. Este gobierno cayó con la revolución de 1848, que rechazaba la rigidez y la corrupción del gobierno. Luis Felipe destituyó a Guizot el 23 de febrero, pero él mismo debió abdicar al día siguiente. La Cámara de Diputados fue invadida por la masa parisina y forzada a desconocer el sucesor designado por el monarca en fuga (su nieto) y a declarar constituida la Segunda República. El poeta Alphonse de Lamartine asumió el cargo que detentaba Guizot. Eran tiempos revolucionarios, y el príncipe Clemens von Metternich, canciller de Austria, fue forzado a renunciar ese mismo año. Fue entonces cuando diría: «Cuando Francia estornuda, Europa se resfría».
LEA
……
Idea de civilización
Por un largo período, y en muchos países, la palabra civilización ha estado en uso; las gentes han asignado a la palabra ideas más o menos claras, más o menos comprehensivas; pero allí está en uso, y aquellos que la usan le asignan algún significado u otro. Es el significado general, humano, popular de esta palabra el que debemos estudiar. Casi siempre hay más precisión en la acepción usual de los términos más generales que en las definiciones de la ciencia, aparentemente más estrictas, más precisas. Es el sentido común lo que da a las palabras su significado ordinario, y el sentido común es una característica de la humanidad. El significado ordinario de una palabra se forma por un progreso gradual y en la constante presencia de hechos; así que cuando un hecho se presenta y parece caber dentro del significado de un término conocido, es recibido dentro de él, por decirlo así, naturalmente; el significado del término se extiende, se expande, y gradualmente se incluyen en esa palabra los diversos hechos, las diversas ideas que de la naturaleza de las cosas mismas los hombres deben incluir.
Cuando el significado de una palabra, por otro lado, es determinado por la ciencia, esta determinación, la obra de un individuo o de un pequeño número de individuos, tiene lugar bajo la influencia de algún hecho particular que ha impresionado la mente. Así, las definiciones científicas son, en general, mucho más estrechas y, por tanto, mucho menos exactas, mucho menos verdaderas, en el fondo, que los significados populares de los términos. Al estudiar como un hecho el significado de la palabra civilización, al investigar todas las ideas que comprende de acuerdo con el sentido común de la humanidad, haremos un más grande progreso hacia un conocimiento del hecho mismo que intentando darnos una definición científica, por más clara y precisa que esta última pueda parecer en principio.
Comenzaré esta investigación procurando colocar algunas hipótesis delante de ustedes: describiré algunos estados de la sociedad y preguntaré luego si el instinto general reconocería en ellos la condición de un pueblo que se civiliza; si reconocemos en ellos el significado que la humanidad asigna a la palabra civilización.
Primero, supongamos un pueblo cuya vida externa es fácil, llena de confort físico; paga pocos impuestos, está libre de sufrimiento; la justicia es bien administrada en sus relaciones privadas—en una palabra, la existencia material es totalmente feliz y felizmente regulada. Pero al mismo tiempo, la existencia intelectual y moral de esta gente es mantenida estudiadamente en un estado de letargo e inactividad; no diré de opresión, puesto que no comprende el sentimiento, sino de compresión. No carecemos de ejemplos de esta situación. Ha habido un gran número de pequeñas repúblicas aristocráticas en las que la gente ha sido así tratada como rebaño de ovejas, bien mantenida y materialmente feliz, pero sin actividad moral e intelectual. ¿Es esto civilización? ¿Está este pueblo civilizándose?
Otra hipótesis: aquí tenemos un pueblo cuya existencia material es menos fácil, menos confortable, pero todavía tolerable. Por otro lado, las necesidades morales e intelectuales no han sido descuidadas, se le ha servido una cierta cantidad de pienso mental; sentimientos puros y elevados son objeto de cultivo; sus puntos de vista religiosos y morales han logrado un cierto grado de desarrollo; pero se tiene gran cuidado de ahogar en él el principio de libertad; las necesidades intelectuales y morales, como las necesidades materiales en el caso anterior, son satisfechas; a cada hombre se le ha repartido su porción de verdad; a ninguno se le permite buscarla por sí mismo. La inmovilidad es la característica de la vida moral; es el estado en el que ha caído la mayoría de las poblaciones de Asia, donde las dominaciones teocráticas mantienen bajo control a la humanidad; es el estado de los hindúes, por ejemplo. Y hago aquí la misma pregunta que antes: ¿es éste un pueblo que se civiliza?
Ahora cambio de un todo la naturaleza de la hipótesis: aquí tenemos un pueblo en el que hay un gran despliegue de libertades individuales, pero en el que el desorden y la desigualdad son excesivos: es el imperio de la fuerza y del azar; cualquier hombre, si no es fuerte, es oprimido, sufre, perece; la violencia es el rasgo predominante del estado social. Nadie ignora que Europa ha pasado por esta condición. ¿Es esto un estado civilizado? Puede que contenga, sin duda, principios de civilización que se desarrollarán por grados sucesivos, pero el hecho que domina en una sociedad tal es, seguramente, no lo que el sentido común de la humanidad llama civilización.
Tomo una cuarta y última hipótesis: la libertad de cada individuo es muy grande, la desigualdad entre los hombres es rara y, a todo evento, muy transitoria. Cada hombre hace casi lo que desea, y difiere poco en poder de su vecino; pero hay unos muy pocos intereses generales, muy pocas ideas públicas, muy poca sociedad—en una palabra, las facultades y las existencias de los individuos aparecen y se van, totalmente aparte y sin que actúen los unos sobre los otros, sin dejar huella tras de sí; las sucesivas generaciones dejan a la sociedad en el mismo punto en el que la encontraron: éste es el estado de las tribus salvajes; la libertad y la igualdad están allí, pero ciertamente no la civilización.
Es claro que ninguno de los estados que he esbozado corresponde, según el buen sentido natural de la humanidad, a este término. ¿Por qué? Me parece que el primer hecho comprendido en la palabra civilización (y esto resalta de los diferentes ejemplos que les he mostrado rápidamente) es el hecho del progreso, del desarrollo; esto presenta de una vez la idea de un pueblo que marcha hacia delante, no para cambiar su lugar, sino para cambiar su condición; de un pueblo cuya cultura se acondiciona a sí misma y se mejora a sí misma. La idea de progreso, de desarrollo, me parece que es la idea fundamental contenida en la palabra civilización. ¿Qué es este progreso? ¿Qué es este desarrollo? He aquí la más grande de las dificultades.
La etimología de la palabra pareciera contestar en una manera clara y satisfactoria: dice que es el perfeccionamiento de la vida civil, el desarrollo de la sociedad propiamente dicha, de las relaciones de los hombres entre sí.
Tal es, de hecho, la primera idea que se presenta a la comprensión cuando la palabra civilización es pronunciada; de una vez nos imaginamos la extensión, la mayor actividad, la mejor organización de las relaciones sociales: por un lado, una producción creciente de los medios de fortalecer y hacer feliz a la sociedad; por el otro, una distribución más equitativa de la fuerza entre los individuos.
¿Es esto todo? ¿Hemos agotado así todo el significado natural y ordinario de la palabra civilización? ¿Es que de hecho no contiene otra cosa que esto?
Es casi como si preguntáramos: ¿Es la especie humana, después de todo, un puro hormiguero, una sociedad en la que todo lo que se requiere es orden y felicidad física, en la que mientras más grande la cantidad de trabajo, y más equitativa la división de los frutos del trabajo, se logra el objeto con mayor seguridad, se logra el progreso?
Una tan estrecha definición del destino humano repugna a nuestro instinto. A primera vista éste comprende que la palabra civilización abarca algo más extenso, más complejo, algo superior al simple perfeccionamiento de las relaciones sociales, del poder social y la felicidad.
Los hechos, la opinión pública, el significado generalmente recibido del término concuerdan con este instinto.
Tómese a Roma en los florecientes días de la república, después de la Segunda Guerra Púnica, en el momento de sus mayores virtudes, cuando marchaba hacia el imperio del mundo, cuando su estado social estaba evidentemente en progreso. Tómese después a Roma bajo Augusto, en la época cuando comenzaba su declinación, cuando, a todo evento, el movimiento progresivo de la sociedad fue detenido, cuando principios malvados estaban en vísperas de prevalecer: sin embargo, no hay quien no piense y diga que la Roma de Augusto era más civilizada que la Roma de Fabricio o Cincinato.
Transportémonos más allá de los Alpes: tomemos la Francia de los siglos diecisiete y dieciocho: es evidente que, desde un punto de vista social, considerando la cantidad real y la distribución de la felicidad entre los individuos, la Francia de los siglos diecisiete y dieciocho era inferior a algunos otros países de Europa, a Holanda e Inglaterra, por ejemplo. Creo que en Holanda y en Inglaterra la actividad social era mayor, estaba aumentando más rápidamente, distribuyendo sus frutos más plenamente que en Francia; sin embargo, pregúntese al buen sentido general y dirá que la Francia de los siglos diecisiete y dieciocho era el país más civilizado de Europa. Europa no ha dudado en su respuesta afirmativa a la pregunta: las marcas de esta opinión pública, en cuanto a Francia, se encuentran en todos los monumentos de la literatura europea.
Podemos señalar muchos otros estados en los que la prosperidad es mayor, de más rápido crecimiento, está mejor distribuida entre los individuos que en cualquier parte, y en los que, sin embargo, según el instinto espontáneo, el buen sentido general de los hombres, su civilización es juzgada inferior a la de países no tan bien dotados en un sentido puramente social.
¿Qué significa esto? ¿Qué ventajas tienen estos últimos países? ¿Qué es lo que les da, en el carácter de países civilizados, este privilegio? ¿Qué es lo que tan ampliamente compensa en la opinión de la humanidad aquello de lo que carecen en otros aspectos?
Ellos han manifestado gloriosamente un desarrollo distinto del de la vida social; el desarrollo de la vida individual, interna, el desarrollo del hombre mismo, de sus facultades, sus sentimientos, sus ideas. Si la sociedad es con ellos menos perfecta que en otras partes, la humanidad se yergue con mayor grandeza y poder. Quedan todavía, sin duda, muchas conquistas sociales por obtener; pero se logra inmensas conquistas intelectuales y morales; los bienes mundanos, los derechos sociales, no llegan a muchos hombres; pero viven muchos hombres que brillan a los ojos del mundo. Las letras, las ciencias, las artes, despliegan todo su esplendor. Doquiera la humanidad contempla estas grandes señales, estas señales glorificadas por la naturaleza humana, doquiera ve creados estos tesoros del disfrute sublime, allí reconoce y menciona a la civilización.
Dos hechos, por ende, quedan abarcados por este gran hecho; la civilización subsiste bajo dos condiciones, y se manifiesta en dos síntomas: el desarrollo de la actividad social y el de la actividad individual; el progreso de la sociedad y el progreso de la humanidad. Doquiera la condición exterior del hombre se extiende, se vivifica, se mejora; doquiera la naturaleza interior del hombre se despliega con lustre, con grandeza; ante estos dos signos, y a menudo a pesar de la profunda imperfección del estado social, la humanidad proclamará la civilización con sonoro aplauso.
François Guizot






intercambios